viernes, 4 de octubre de 2019

Advocaciones

Virgen de Covadonga, de los Desamparados, de Monserrat, de la Almudena, de Lidón, del Rocío, de la Montaña, de los Reyes, de Sales... España es el país de las advocaciones de la Virgen, a no dudar.

Mientras yo, devoto de la Virgen de los Desamparados, andaba por España, Alfina, devota de la del Rocío, ha tenido que pasar el verano en Bélgica y ha aprovechado para hacer algo de turismo, que le llevó a visitar una capilla en una ciudad no lejana a Bruselas, en la que había, como prácticamente en todas, una imagen de la Virgen. Por allí, en la iglesia, había una señora que parecía atender el templo. Alfina se le acercó y le preguntó:

- ¿Cómo se llama esta Virgen?

La señora miró a Alfina como quien mira a un extraterrestre, pero finalmente dijo:

- María.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Yo no he sido

Esto no es Grozny, ni Kabul, ni Mosul. No: esto es Bruselas, y más concretamente el edificio otrora conocido como Hospital Edith Cavell, y que ahora es un amasijo menguante de hierro y polvo.

No le puedo tener la menor simpatía al lugar (por esto, esto y esto), pero que conste que no tengo nada que ver con su derribo.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Parsimonia

La esperanza de vida de los belgas es, parece ser, algo inferior a la española, pero igualmente muy alta, y no es para menos. Un belga necesita mucho tiempo, mucho más que los naturales de otros sitios. Un año en España está lleno de sucesos y de singladuras, de batallitas y de acontecimientos; las cosas van tan rápidas, incluso en Salvacañete, que no parece que les dé tiempo a suceder.

Aquí, no.

En Bélgica las cosas pasan con mucho esfuerzo y dificultad. Diríase que es como España a cámara lenta. Es como cuando ajustas mal el freno de una bicicleta, y las zapatas rozan con las ruedas, y dar pedaladas te cuesta un montón más de lo que debiera.

El ejemplo típico son los restaurantes. Ir a un restaurante belga es algo que sólo debería suceder si no tienes hambre en absoluto. Si la tienes, has hecho un mal negocio. Yo comprendo que parece razonable ir a un restaurante cuando tienes hambre, pero, si eso te pasa en Bélgica, considera la posibilidad de comprarte un bocata en un supermercado (suponiendo que estén abiertos, que ésa es otra...), o de ir a un puesto de patatas fritas a comprarte una ración con mayonesa. Que sí, que no es lo más sano del mundo, ni mucho menos, pero hemos quedado en que tenías hambre, y te comerías lo que sea y pronto. Pues eso último es lo que no vas a conseguir si te metes en un restaurante belga.

Hace año y pico abrió en la esquina de nuestra calle un restaurante belga, a unos magros cincuenta metros de la puerta de nuestra casa. Antes había habido allí una bocatería, que desapareció a las pocas semanas de mudarnos. Cada día, cuando volvíamos a casa, mirábamos el local con curiosidad, hasta que llegó el gran momento de la apertura.

- Tenemos que ir un día.
- Claro.

Nos perdimos el aperitivo de apertura que dieron, pero eso no nos arredró. El local tenía buena pinta, y ya les valía, porque habían tardado la tira y media en terminarlo. Total que, un buen día, Alfina y yo nos dijimos que había llegado el momento de hacer gasto a los vecinos, recorrimos los cuarenta metros que nos separaban del local, y entramos.

Se nos acercó una chica joven.

- ¿Van a cenar?

Eran como las ocho de una agradable tarde de verano, y estábamos entrando en un restaurante. En España podría pensarse que quisiéramos merendar, pero allí no había muchas alternativas, la verdad.

- ¡Sí! - respondimos.

La joven se rascó la cabeza, como si no esperara la respuesta. Vamos, como si otra respuesta fuera posible.

- Ah... a cenar...
- ¿Nos podemos sentar ahí? - y señalamos una mesita, ideal para dos personas, situada cerca de una de las ventanas.
- Bien. Ahora les traigo la carta.

Nos la trajo, y pedimos una ensalada de primero para compartir, y un segundo para cada uno. Nada raro. La camarera tomó nota y se retiró, supongo que a avisar en cocina de que tenían algo que hacer. Llevo seis años por aquí, pero no estoy seguro de cómo funciona un restaurante belga, y qué sistema utilizan para transmitirse información de unos a otros.

Sea cual sea, el sistema podría mejorarse. Pasaron cinco minutos, pasaron diez, pasaron quince y pasaron veinte, y nos tenían con un botellín de agua. Si, cuando entramos, teníamos hambre, a la media hora nos hubiéramos comido a la camarera, no sé si más de hambre o por venganza.

En esto, Ro pasó por allí y nos vio.

- ¡Hola! ¿Vais a cenar aquí?
- A este paso, a desayunar.
- ¿Cuánto tiempo lleváis esperando?
- Ya pasa de media hora.
- ¡Hala! Yo me voy a casa a cenar.
- En la nevera tienes lentejas.
- Vale.

Nuestra posición era un poco estúpida. Estábamos pasando un hambre canina a cuarenta metros de unas lentejas que, por si fuera poco, eran de nuestra propiedad. Y ya habíamos agotado todos nuestros temas de conversación, yo diría que por inanición.

A los tres cuartos de hora llegó la ensalada. No vayamos a creer que era el colmo de la sofisticación: tomate, lechuga y queso. Suponiendo que tuvieran los ingredientes, es difícil pensar en cómo se las apañaron para tardar tanto. Y, por si fuera poco, era para compartir, cosa que hicimos: el caso es que la devoramos en un periquete, mucho menos de lo que habíamos estado esperándola, y al acabar teníamos casi más hambre que antes.

Si para la ensalada habían tardado tanto, lo del segundo podía ser histórico, pero quisimos pensar que no habían sacado la ensalada hasta tener el plato principal a punto, de manera que no hubiera una gran separación entre los dos platos. Así que podíamos esperar el segundo casi enseguida.

Qué ilusos éramos.

Cuando ya estábamos bastante hartos de mirarnos, llamó Ame por teléfono.

- ¿Dónde estáis?
- Hemos ido a cenar al restaurante nuevo que han abierto al lado de casa. Pásate por aquí.
- Vale.

Ame estaba en casa, y no tardó ni cinco minutos. Ojalá se hubiera traído las lentejas. Además, con chorizo, tú.

- ¿Ya habéis cenado?
- Nos han traído una ensalada, pero ya no queda nada ¿Te quedas a cenar?
- ¿Son belgas?
- Sí.
- ¿Hay algo en casa?
- Lentejas.
- Me voy a casa.
- No te lo reprocho...
- Ánimo. Al final traerán lo que hayáis pedido.

El caso es que lo hubiéramos comprendido mínimamente si el restaurante hubiera estado atestado y viéramos a la camarera atosigada y con apuros para controlarlo todo, pero, ¡quia!, éramos los únicos clientes en el interior del restaurante, y en el exterior no había sino un grupito que se limitaba a picar algo y apretarse unas cervezas. Uno se pregunta a qué se estaban dedicando el cocinero y la camarera durante la hora y tres cuartos que estaba durando aquel suplicio.

Al final, ya tuvimos que decirle algo.

- ¿Ya van a traer el segundo plato?
- ¡Ah! ¿Lo quieren ya?

No, mira, si quieres, te esperas a que amanezca, no te joroba.

- Si pudiera ser...
- Voy a ver si está listo.

La camarera desapareció de nuestra vista, lo cual sin duda sucedió por su bien. Volvió un rato después, con la buena noticia de que, a la vista de la situación, el cocinero estaba teniendo la gentileza de acelerar sobremanera la preparación del plato, y que, por ser nosotros, es posible que en diez minutos estuviera ya.

El segundo plato llegó, pues, cosa de una hora después del primero. Para entonces, no ya a la camarera, yo creo que también nos hubiéramos comido al cocinero. Y la verdad es que me gustaría recordar si me gustó la cena, retrasos aparte, pero soy incapaz: en primer lugar, porque tenía tanta hambre que no me duró apenas, y así no hay quien deguste nada; y en segundo lugar porque, para cuando llegó, lo de menos era si estaba bueno, con tal de que fuera comestible y su consumo fuera legal.

- ¿Desean algún postre? - nos preguntó solícita la camarera.

La miramos con cara de poquísimos amigos.

- No, que el viernes viene el fontanero a casa, y no vea cómo se enfada si le hacemos esperar.
- Pero si es miércoles...
- Nosotros ya nos entendemos.

Creo que huelga decir que no dejamos propina y que no hemos vuelto a aparecer por el local. Y que, cuando tenemos la tentación de entrar en un restaurante regentado por belgas en general, y por bruselenses en particular, recordamos la experiencia que queda relatada arriba y nos preguntamos si no será mejor poner en remojo unos garbanzos, aunque tarden doce horas en reblandecerse.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Vuelta a Bruselas

El retorno a Bruselas después de unas semanas de vacaciones tiene algo de amargo. Debe ser parte de la naturaleza del ser humano estar insatisfecho con lo que tiene. En España hace mucho calor, vale; si tenemos que creer a los meteorólogos y a los partidarios del cambio climático, cada vez hace más. Sea. Pero uno llega a Bruselas y, tras un par de días de engaño y bonanza, cae el mercurio a plomo y, de dormir con sábana, pasa uno en materia de horas a levantarse por la noche y buscar esa manta que guardó pocas semanas antes, pero que parecen años.

Y no nos paramos con la manta, no; al día siguiente, las temperaturas siguen cayendo, y uno se pone a buscar el edredón, y así y todo no las tiene todas consigo. Eso por no hablar de las llamaditas a España:

- ¿Qué tal estáis?
- Huuuy... achicharrados, ¡hace un calor! A veinticinco grados estamos.
- Qué suerte... nosotros hemos bajado a siete esta noche.
- ¡Pero eso es magnífico! ¡Ya me gustaría que hiciera siete grados por aquí!

Yo supongo que lo dicen sinceramente, pero no puedo evitar pensar en que, con veinticinco grados, uno va en camiseta y pantalón corto, y la mar de ligero; mientras que aquí tengo que llevar camiseta interior, los pantalones cortos no son sino un recuerdo, y ya voy mirando los jerséis de reojo. Y pienso que mis interlocutores no saben lo que dicen.

lunes, 19 de agosto de 2019

Mecánica contemporánea

De ordinario, cuando llego a Valencia, tengo el bulto misterioso esperándome. El bulto misterioso es una bicicleta plegable que ha visto mucho mundo, y que, desde su adquisición en, precisamente, Valencia, ha circulado por Madrid, Moscú, Bruselas y, nuevamente, Valencia, ciudad a la que ha venido para quedarse, porque ninguna otra se adapta como ella a sus características.

El bulto misterioso suele responder, con ciertas excepciones a lo que se le exige. No en vano disfruta de un uso periódico. Otra cosa son las otras bicicletas que compré en su día para solaz, disfrute y eventual desplazamiento de los demás miembros de la familia, que pasan por aquí de uvas a peras, y aun diría que ni eso. Dichas bicicletas se limitan a criar polvo en una habitación de mi piso que hace las veces de trastero, taller y garaje. Y, en efecto, las susodichas bicicletas, cuando se las reclama tras varios años de preterición, no tienen ningún motivo para responder con el agradecimiento que se les supondría: las cubiertas están revenidas, las cámaras carcomidas, los frenos herrumbrosos, y los pedales y bielas suenan más como una carraca de feria que como un mecanismo de precisión. No es de extrañar, pues, que, cuando Abi, Ro o Ame (o Alfina, pero eso pasa todavía menos) resuelven pasar unos días de asueto por ésta mi tierra, y toca sacar las bicicletas de su guarida, aquí arda Troya.

Como ya me vi el percal en su día, decidí que no era cosa de invertir en bicicletas de alta calidad. Me hice con unas plegables de hipermercado, útiles (y sólo hasta cierto punto) para criaturas de hasta 170 centímetros, 175 como mucho y, eso sí, Alfina dispone de una bicicleta de cierta calidad, una holandesa de paseo muy cuca, con su iluminación de dinamo, guardabarros y portaequipajes.

Cuando nos conocimos, Alfina ya había crecido todo lo que tenía que crecer, pero ése no era el caso de nuestros tres vástagos. Si, cuando nos hicimos con las plegables de hipermercado, les venían holgadísimas incluso con el sillín en la posición más baja, a medida que los años fueron pasando, se vio claro que Abi y Ro iban a superar la estatura de su madre, y que Ame iba a superar la mía.

Total que, con el tiempo y las sucesivas visitas a Valencia, mis hijos torcían el gesto cuando les tocaba usar las bicicletas plegables y, de esta manera, éstas tendían a no usarse. No es, pues, de extrañar que sus cámaras y cubiertas se fueran deteriorando, y este verano, cuando las quise hinchar para pasear con Abi y Ame, dos de ellas estallaran por las buenas mientras las montaba. La tercera bicicleta, por fortuna, sí pude hincharla sin percances, y con ella y con la holandesa de Alfina, sobre la que montó Ame, y mi bulto misterioso, saliésalimosramos por la ciudad.

Pero, tras responder correctamente durante buena parte de la mañana y del mediodía, cuando ya volvíamos a casa por la tarde, la rueda trasera de la tercera reventó poco después, a varios kilómetros de casa y con Abi sobre ella. Maldición.

En este apurado trance, decidí tomar el toro por los cuernos, rodar hasta casa, tomar herramientas y una cámara de repuesto, volver todo lo rápidamente que me permitían las piernas, sólo para darme cuenta de que no sólo la cámara había reventado, sino que la cubierta estaba rajada, y que forzosamente había que reemplazarla para evitar nuevas averías. No pasaba nada. Conocía un centro comercial a poca distancia, en el que podía hacerme con seguridad con una cámara y, acto seguido, cambiarla con las herramientas y proseguir el camino hacia casa en cosa de una hora.

Abi parecía poco entusiasmada con mi propuesta de solución.

- No pasa nada, papá. Haz marcha. Voy a llamar a un Cabify, meto la bici en el maletero, y ya está. Nos vemos en casa.

Y, uniendo la acción a la palabra, tecleó en su móvil y, a los dos minutos, tomó la bici, la arrastró hacia la calle, y desapareció, dejándome con la boca abierta.

Cuando, sumisos y sudorosos, Ame y yo llegamos en nuestras bicis bastante tiempo después, Abi ya estaba en casa la mar de relajada tomándose un polo.

Yo no estoy programado para la vida moderna.

sábado, 17 de agosto de 2019

Agostando


Agosto ya no es lo que era.

Uno recuerda llegar agosto, y pararse la España urbana, y concentrarse la única actividad en las zonas turísticas, que entonces eran únicamente las de sol y playa, nada de turismo cultural ni zarandajas de ésas. Madrid en agosto era una delicia, sin apenas madrileños, más que los que seguían de guardia, y uno podía pasearse a sus anchas por ella y curiosear a diestro y siniestro por sus esquinas.

Eso pasó. Entretanto, agosto y sus vacaciones se han recortado, y bastante es si duran una quincena. Las calles siguen medio vacías, sí, pero porque cada año hace más calor y no hay cristiano que aguante la solana; y, por si fuera todo, hay turistas por todos los sitios, que ocupan todos los rincones de la villa y corte (bueno, lo de corte vamos a tomarlo en su justa medida). Para acabarlo de arreglar, Madrid se ha gastado en los últimos lustros lo que no tenía, y para ver de remediar sus agobios financieros se dedica a freír a impuestos, tasas y exacciones varias, no ya a sus habitantes, que bien merecidos tienen sus sufrimientos por haber votado a sus mandamases, sino a todo hijo de vecino que tiene algo que ver con su término municipal.

En fin, que baja uno del avión a pisar suelo patrio, y es llegar a la capital y comenzar a salir los euros por los poros. Pero, así y todo, se agradece el cambio de aires y de clima, y el tránsito de veinte grados y lluvias intermitentes a treinta y pico y humedad poco menos que nula.

Y así, tras unos días de relajo en la capital, a base de deporte y piscina, y alguna que otra reconvención a Abi por tener el piso más sucio que la conciencia de un proxeneta, toca tomar el tren y allegarse a la patria chica, donde siempre esperan nuevas aventuras.

jueves, 15 de agosto de 2019

Aviones y aeropuertos... belgas

Bruselas, esa ciudad única y a la vez múltiple, llevaba ya algún tiempo de calma chicha. A partir de la fiesta nacional, que es el 21 de julio, la desbandada empieza. Los pocos que nos hemos quedado hemos visto como, en nuestros lugares de trabajo, las filas clareaban hasta extremos poco comunes, y los que quedábamos nos dedicábamos a terminar los expedientes que esperaban algún trámite y a contar los días hasta que, también nosotros, enfiláramos en camino del aeropuerto, Zaventem o Charleroi y, desde allí, partiéramos hacia otros andurriales. Yo he vuelto por mis fueros y, en este caso, por mi ya tradicional curso intensivo de neerlandés, que, después de todo, es una lengua oficial de este país que me acoge, y aun de esta ciudad. A la chita callando, ya he terminado el cuarto curso, lo cual me debería permitir desenvolverme con cierta soltura, pero la verdad es que, allí donde lo he intentado, sin ir más lejos en el propio aeropuerto, he estado más bien torpe.

Uno llega al control de seguridad de Zaventem, en Flandes, y se dirige con paso firme al control de seguridad. El agente se le encara a uno y le pregunta:

- English? Français? Nederlands?

Hasta hacía poco, y con la única intención de hacer la puñeta, cosa que confieso humildemente, yo respondía indefectiblemente:

- Deutsch!

No en vano el alemán es lengua oficial en Bélgica, siquiera sea en una región chiquitita, cosa que no se puede decir del inglés. Los letreros del aeropuerto, por cierto, no sólo están rotulados en las tres lenguas que me ofrecía el operario, sino también en alemán, pero lo cierto es que aún no me he encontrado con ningún segurata que controle la lengua de Goethe. Generalmente tuercen el gesto y siguen en inglés.

- Do you have any liquids? Tablets? Computers?

- Wie bitte?

Aquí ya las cosas se complican. El segurata tipo no está preparado para gentes que desconozcan alguna de las tres lenguas en que pueden comunicarse y, sin embargo, deberían estarlo. Me he encontrado con turistas alemanes cuyo inglés no vale ni para pedir la hora, y mucho menos para comprender la respuesta, y eso por no hablar de los españoles. Como tantas veces he repetido, Ryanair y las compañías aéreas de bajo coste han hecho mucho daño, y han permitido viajar al extranjero a gentes que no están preparadas para cruzar los Pirineos. Además, los españoles, con ese espíritu gregario que nos gastamos, y que comparten hasta los más independentistas del país, llevamos mal conocer gente que no hable nuestro idioma. Tendemos a hacer corro entre nosotros y, si alguien quiere conocernos, más le vale adaptarse y hablar el mejor castellano que sepa.

- Liquiden! Tabletten! Computeren!

El segurata, claro, no conoce palabras como Flüssigkeiten o Rechner, y no le vendría mal aprenderlas, que no hay para tanto, así que soy yo quien intenta enseñárselas.

- Meinen Sie Flüssigkeiten und allemöglichen Rechner? Die habe ich bei mir nicht, mindestens nicht heute...

Al final, la maleta pasa, así como mis trastos, y el segurata le chamulla a su colega en neerlandés que me registre hasta los calzoncillos, que este tío habla raro.

Ahora, no. Ahora, la pregunta sigue siendo la misma, vale:

- English? Français? Nederlands?

Pero la respuesta ya no es un seco «Deutsch!», sino:

- Nederlands, alstublieft!

Mi acento debe seguir siendo mejorable, porque el segurata me mira con cierta dosis de escepticismo, resiste la tentación de continuar en inglés, y finalmente me dice:

- Vloeistoffen? Tabletten? Computers?

Y no es que sea muy difícil lo que dice, no, pero cuando me hablan mis profesores parece un idioma inteligible, y cuando lo hace el maromo éste es como si fuera otra lengua, tú, así que me quedo como pasmado y, con mucho esfuerzo, me limito a negar con la cabeza. El segurata hace un gesto como de conmiseración, y me dirijo al arco metálico con la cabeza gacha.

Al menos, he caído lo suficientemente simpático como para que no me registren ni un poquito. Ya le hemos sacado alguna utilidad al neerlandés.