martes, 1 de enero de 2019

Más vale una vez rojo que ciento amarillo

En la penúltima entrada, que versó sobre el color político de moda, el amarillo, dejé de lado de manera totalmente deliberada el hecho de que es un color que no sólo lo utilizan los chalecos amarillos y el Vlaams Belang, sino que también se ha convertido en el signo distintivo de los separatistas catalanes. Éstos llevan más de un año eligiendo Bélgica como teatro de operaciones de sus maniobras, así que, aunque no soy muy dado a mezclar en mi bitácora asuntos de la política interna española, voy a hacerlo por una vez, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de un asunto éste que tiene sus repercusiones en Bélgica. Y no olvidemos que Bélgica, y Bruselas en particular, es el rompeolas de Europa y que en ella conviven importantes comunidades de la mayor parte de los países europeos, hasta el punto de que se puede decir sin exagerar que Bruselas es una ciudad española más. La comunidad española, sumando a los emigrantes y sus descendientes, y a los funcionarios internacionales y sus familias, supera holgadamente en número a muchas ciudades de la península, y dispone de parroquia, librería, colegios, universidad, tiendas especializadas en productos españoles, e incluso radio. Hasta hay horchata, vamos.

Así que, forzosamente, las aventuras de Puigdemont y sus seguidores enrarecen, no sólo las relaciones entre los reinos de España y Bélgica, sino las relaciones internas de Bélgica. Y así, después de que la Alianza Neoflamenca (NVA) haya abandonado el gobierno belga, es bastante probable que abandone, también, las cortapisas y el pudor que pudiera tener, por responsabilidad institucional, a la hora de ponerse de lado de los separatistas catalanes. Es de suponer que los próximos meses van a presenciar un incremento de los actos de apoyo de la NVA al, llamémoslo así como una licencia poética, Govern de la República Catalana. Si, hasta ahora, los miembros de la NVA se cortaban un poco, pues no en vano estaban en el gobierno federal, ahora es probable que, puestos a tensar la cuerda, lo hagan a base de bien. Hace unos meses el parlamento flamenco, de mayoría independentista, rechazó una moción de apoyo a la independencia de Cataluña, que no contó sino con los votos de Vlaams Belang, y con el rechazo de todos los demás. Sí, también el de la NVA. De hecho, es razonablemente habitual que en el parlamento flamenco se rechace cualquier cosa que presente el Vlaams Belang, que es un partido, como ya se ha repetido alguna vez por aquí, que no tiene pelos en la lengua y que perdió hace mucho tiempo el respeto a lo políticamente correcto (cosa que igual termina por beneficiarle electoralmente, en los tiempos que corren), por lo que es repetidamente calificado de ultraderechista. Y la gente es muy reacia a que la asocien con quienes son calificados de ultraderechistas.

No sé yo si la NVA puede atreverse a presentar en el parlamento flamenco la misma moción (o casi) que rechazó hace unos meses sólo porque fue Vlaams Belang quien la presentó, pero ignoro el nivel de caradura que puedan tener. En todo caso, bueno sería estar pendientes.

En cuanto al nivel de simpatía que pueden despertar en general en Bruselas los separatistas catalanes, pues éste es bastante relativo y difícil de evaluar. Lo que está clarísimo es que los separatistas están haciendo su trabajo de manera impecable, organizando sus relaciones públicas de la mejor manera que pueden. La manifestación que montaron en diciembre de 2017 fue tremenda y sería absurdo negarlo, y algún otro happening que han organizado entretanto ha tenido bastante buena acogida entre quienes han participado en el mismo. Así que yo no me creería mucho, ni lo que dicen los medios catalanes, ni tampoco lo que dicen los medios del resto de España.

Pero eso es otra historia, y habrá que contarla en su momento.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Bolduque

El siguiente viaje por los Países Bajos nos lleva hacia el norte de Bruselas, en lugar de hacia el oeste. Tomamos la carretera de Amberes, que dejamos a un lado, para cruzar la frontera entre Bélgica y los Países Bajos y, tras algunos kilómetros más, acabar en el siguiente destino: Bolduque.

Bolduque no es un lugar cualquiera, sino una ciudad que se mantuvo históricamente leal a su señor natural, el rey de España, y a la religión católica a lo largo de prácticamente toda la guerra de los ochenta años, y que desmiente categóricamente la consideración de esa guerra como una guerra entre las provincias unidas amantes de sus libertades y los españoles liberticidas. Aquello fue una guerra civil entre dos facciones que surgió por la huida hacia adelante de los Nassau en general, y de Guillermo el Taciturno en particular. Si Guillermo el Taciturno no hubiera tenido finalmente éxito y sus descendientes no estuvieran reinando en los Países Bajos, sin duda alguna no tendría la consideración de héroe nacional que tiene ahora, venerado por todos, sino que sería tenido por el traidor a su señor natural que realmente fue.

Bolduque tiene varios nombres en distintos idiomas. En el neerlandés original es 's Hertogenbosch o, más abreviado, Den Bosch. En francés es Bois-le-Duc, y ya se echa de ver de dónde viene la versión en español. Efectivamente, se trata del 'Bosque del Duque'. Es un terreno muy bajo, pantanoso, situado entre dos ríos y con tierras muy ricas, pero también muy fácilmente inundables.

Bolduque tomó partido por el rey de España, y no fue tomada por los herejes rebeldes hasta 1629. La verdad es que tampoco la trataron demasiado bien. Después del fin de la guerra entre España y las Provincias Unidas en 1648, los católicos, mayoritarios en Bolduque, quedaron como ciudadanos de segunda, y así fue hasta que los revolucionarios franceses tomaron la ciudad y terminaron con las Provincias Unidas, que fueron convertidas en República Batava. Los católicos seguían (y siguen) siendo mayoritarios en Bolduque y, al menos, consiguieron la restitución de la impresionante catedral, cuya fotografía ilustra esta entrada y que los herejes les habían arrebatado para otorgársela a los cuatro gatos calvinistas que había por allí.

Hoy, Bolduque es un sitio majo y muy tranquilo, por cuyo centro da gusto pasear. Destaca uno de los hijos de la ciudad, probablemente su residente más conocido: Hyeronimus van Bosch, más conocido como El Bosco, autor de cuadros como 'El jardín de las delicias' entre otras muchas obras maestras, y pintor favorito de Felipe II.

El Bosco tiene estatua en la plaza principal de la ciudad, y tumba en la catedral de San Juan, un templo enorme que probablemente es de dimensiones más que holgadas para albergar a la supongo que decreciente comunidad católica local. Digo que la supongo decreciente, porque me temo que el número de católicos bolduquenses sigue la pauta de los católicos neerlandeses en general, y los tiempos florecientes quedaron bastante atrás y sólo Dios sabe si volverán, pero los indicios humanos no apuntan en esa dirección.

La verdad sea dicha, la ciudad está llena de referencias al Bosco, pero obras suyas, lo que son suyas, no las hay. Copias, las hay a patadas. El Bosco, con su estilo peculiar, semejante a un tebeo, tuvo un enorme éxito en vida y vendió una enormidad de cuadros, que hoy adornan los museos de las principales ciudades del mundo, pero no de la ciudad en la que residió.

La verdad es que a mí me conmovió ver ondear una bandera española en una calle del centro de Bolduque. Es verdad que, en los tiempos en que Bolduque se enorgullecía de ser parte de la Monarquía Católica, esa bandera no existía y, cuando existió, o poco después de existir, la monarquía que la enarbolaba apenas se podía llamar católica, pero también es cierto que quien la ondea hoy lo hace contra viento y marea, y se arriesga a que lo motejen de todo tipo de insultos. Los que tenemos como nuestra bandera -o como una de las nuestras- a la rojigualda estamos y estaremos siempre bajo sospecha de reaccionarios, y las mentes bienpensantes y políticamente correctas que nos gobiernan nos despreciarán, pero, si nos atrevemos a sacar nuestra bandera, mucho más nos atreveremos a arrostrar el desprecio de aquéllos que no saben de dónde vienen o, si lo saben, prefieren renegar de su origen.

En cualquier caso, Bolduque merece la pena. Merece la pena su ciudadela fortificada, ejemplo de libro de fortificación militar en la Edad Moderna. Merece mucho la pena la catedral de San Juan, sobre la que quizá haya ocasión de volver, y merecería la pena detenerse a conocerla con un poco de sosiego, pero el viaje continúa, el fin de semana avanza, y a pocos kilómetros de Bolduque hay un lugar que está grabado con letras de oro en la historia militar española, y que un español no puede dejar de lado si tiene la ocasión de acercarse.

Nuestro siguiente destino era Empel.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Amarillo, amarillo es

Me gustaría hacer una pausa en la serie de entradas sobre los distintos viajes a los Países Bajos. Esto puede sonar bastante pretencioso, no lo dudo, sobre todo si se tiene en cuenta lo abandonada que tengo la bitácora, pero lo cierto es que en estos meses que no escribo (y, si no lo hago, es porque no tengo cuándo hacerlo), en Bélgica están pasando cosas. Porque los lectores de esta bitácora, si es que queda alguno con la paciencia suficiente como para sufrir los días, las semanas, y hasta los meses de ayuno, son gente bien informada y sabe del movimiento de los "Chalecos Amarillos", y de cómo París ha sufrido sus iras y el presidente Macron ha claudicado y se ha visto compelido a dar marcha atrás en sus medidas sobre el combustible diésel, que, en apariencia, era el objetivo principal de los manifestantes.

Como París tiene mucha mejor prensa de la que probablemente merece, los medios de comunicación han ignorado lo que pueda haber pasado en otras ciudades europeas. Yo no sé lo que puede haber pasado en buena parte de ellas, pero en Bruselas los "Chalecos Amarillos" han tenido dos fines de semana combativos, en los que se las han tenido tiesas con la policía belga, al concentrarse sin autorización y tratar de marchar, ya hacia el centro, en el primer fin de semana, ya hacia la plaza Schuman, en el segundo. La plaza Schuman no es un sitio cualquiera. Situada sobre la rue de la Loi (Wetstraat para los nacionalistas flamencos), es el epicentro del llamado barrio europeo. Allí están las sedes principales de la Comisión y del Consejo, y una serie de edificios emblemáticos repletos de eurócratas. Manifestarse allí garantiza el seguimiento mediático en toda la Unión Europea.

Tras darse de tortas, el color amarillo volvió a inundar el barrio europeo el fin de semana pasado. Esta vez no se trataba de los chalecos amarillos, sino de los nacionalistas flamencos. Amarillo es el color del escudo de Flandes, ése que ilustra esta entrada, y amarillo es el color del Vlaams Belang, un partido que, como buena parte de los de su cuerda en toda Europa, está subiendo en los sondeos, y no sería de extrañar que le estuviera comiendo el terreno a la Alianza Neoflamenca (NVA), algo más blanditos que los primeros.

Y es que Bélgica, una vez más, se ha quedado sin gobierno. El primer ministro, un liberal francófono (y no sería de extrañar que masoncillo), Charles Michel, aceptó los acuerdos de Marrakech, el Pacto Mundial sobre la Migración, que pretende dar ciertas garantías a los inmigrantes. O migrantes, que yo ya no sé cómo llamar las cosas. Cuando hablamos de inmigración, y no digamos si ésta es irregular, hay partidos que comienzan a picarse y, en este caso, eso le sucedió al que probablemente es hoy el principal partido de Bélgica, la NVA. Son independentistas flamencos, sí, pero tienen un puntito posibilista que les hacía participar en el gobierno federal, hasta que llegó el asuntillo de la inmigración. Por cierto que la NVA también es conocida en España por dar cobijo a los nacionalistas catalanes que se encuentran en Bélgica y con los que tienen tantas cosas en común (y tantas diferencias, pero no sé si se han dado cuenta de eso).

La NVA salió del gobierno, supongo que en parte porque nota el aliento del Vlaams Belang, un partido del que ya hemos escrito alguna vez y que, con todo lo que me disgustan muchos de sus puntos programáticos, al menos no se les pueden negar que hablan clarísimo y que la neolengua políticamente correcta no es su principal vía de comunicación. Ellos son los que han estado tras la manifestación del último fin de semana y ellos son los que han estado protestando contra la inmigración desde que existen. Y eso, por alguna razón, ahora da votos y la gente se disputa ese espacio.

Un servidor, que lleva emigrado prácticamente desde que salió de la universidad, aunque siempre de forma legal, no puede estar de acuerdo con la retórica de muchos de estos partidos, pero tampoco con ciertos resultados que se han dado a fuerza de no respetarnos a nosotros mismos y de aceptar a los musulmanes no tanto por ser musulmanes, sino para debilitar relativamente a los cristianos que tanto molestamos últimamente. En todo caso, algo esta pasando en Europa, y no sé si es París esta vez la protagonista principal, como siempre quiere ser. He leído hace poco a la Alliance Française animando a los chalecos amarillos, y no sé yo si la mayoría de los chalecos amarillos se dejarían animar por los legitimistas franceses de hoy en día. En todo caso, el río en Europa está revuelto, y no faltan pescadores que quieran sacar ganancia.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Feliz Navidad

Este año podrá habido escasez de entradas, pero lo que no puede faltar es la felicitación navideña a los lectores que todavía queden y no hayan huido decepcionados por el ritmo parsimonioso de publicación. Así que, a todos los que quedéis, ¡feliz Navidad!

sábado, 22 de diciembre de 2018

Lila, y el principio del fin

Si lo prometido es deuda, lo que tocaría ahora es un relato de la visita a Lila, Lille en francés, villa que, como tantas otras de la región, formó parte de la Monarquía hispánica en los tiempos en que en la misma no se ponía el sol. En efecto, Lila formó parte de los estados patrimoniales de los Austria desde que la última descendiente de la casa de Borgoña, que dominaba el condado de Flandes, se casó con el emperador Maximiliano, y así fue como pasaron a España, porque el emperador Carlos, que, nunca se repetirá bastante, era de esta zona, no los cedió a su hermano Fernando, sino que los mantuvo entre los dominios que cedió a su hijo Felipe II (V de Borgoña).

Lila, pues, permaneció bajo dominio español hasta 1668. Tras la muerte de Felipe IV (VII de Borgoña), España quedó agotada, y el reino en manos de un niño menor. Es cierto que durante el reinado de Carlos II apenas se perdieron dominios, y que la integridad territorial de la monarquía se conservó en lo básico, pero los pocos territorios que se perdieron lo fueron precisamente en esta zona de Flandes. Luis XIV, que por lo visto no era alguien con quien bromear, invadió los Países Bajos españoles en 1667, en la llamada Guerra de Devolución, y tomó Lila tras un corto asedio de nueve días. Las sucesivas paces de las guerras de Luis XIV trajeron consigo la restitución a España de la mayor parte de las conquistas militares de los franceses, pero no de todas. Una de las que no volvieron nunca más al poder del Rey de España fue Lila.

Del tiempo de dominio español en la ciudad queda el edificio de la bolsa, un lugar curioso, situado en la plaza principal de la ciudad. Cuando aparecimos por allí, en pleno verano, lo hicimos en medio de un bullicioso mercadillo de libros, tebeos de segunda mano, y otros objetos curiosos. El propio edificio merece la pena, y es lástima que no fuera posible visitarlo por dentro. Por lo demás, la ciudad está completamente afrancesada, y de su pertenencia al ducado de Flandes no queda ni el recuerdo, y eso que tiene nombre en flamenco, Rijsel. Únicamente vimos a dos personas en una tienda hablando flamenco entre sí, pero estaba clarísimo que no eran indígenas, sino turistas como nosotros que habían accedido a la ciudad para pasar el día.

Durante la Revolución Francesa, ésa de la que el mundillo oficial francés está tan orgulloso, Lila no lo pasó bien. Los austríacos, desde los Países Bajos, que están a un tiro de piedra, y no digamos de cañón, bombardearon la ciudad a troche y moche, pero Lila no cayó y, de hecho, hay un pedazo de monolito en el centro de la plaza que recuerda esta resistencia. De hecho, Lila tiene el dudosísimo honor de ser la ciudad más asediada de Francia (normalmente por los propios franceses). En cuanto a las guerras mundiales, las pasó generalmente bajo ocupación alemana, hasta que los británicos se asomaron a liberarla cuando los alemanes ya perdían el resuello.

Lila es una ciudad bulliciosa, llena de gente, y donde no es fácil en fin de semana encontrar un lugar para comer, así que tocó pasear mucho, mucho tiempo. Tanto, que con todo el cansancio acumulado, llegó el momento de salir de allí, y yo sugerí a Alfina volver a Bruselas y dar por terminado el periplo de fin de semana, y que Mons, que quizá hubiera sido la siguiente etapa, podría ser el siguiente destino en otra ocasión.

Y volvimos a Bruselas en lugar de seguir hacia Mons. Es posible que eso haya sido el comienzo del fin, pero eso es otra historia, que tocará narrar a su debido tiempo.

lunes, 1 de octubre de 2018

El obispado de Iprés

Iprés era una ciudad razonablemente importante en los albores de la Edad Moderna. En 1561 pasó a ser sede episcopal, y la iglesia de San Martín pasó a ser, por lo tanto, catedral. El obispado duró hasta 1801. En aquella época, Napoleón se había hecho con los Países Bajos y, en virtud del Concordato de 1801, deshizo el obispado y lo fusionó con el obispado de Gante. Hoy no pasa de sede titular, desde 1969, que no es lo mismo ni mucho menos. Por cierto que su obispo titular actual es el auxiliar de Bruselas y Malinas, Jean Kockerols.

Dieciocho obispos tuvo Iprés entre 1561 y 1801. Sus retratos están expuestos en la iglesia de San Miguel, patrón de la ciudad y sede episcopal que fue. De entre ellos, destaca fuertemente uno de ellos, Cornelio Jansenio, obispo entre 1635 y su muerte en 1638. Sin duda alguna, es con mucho el más famoso de los dieciocho.

Jansenio es una de esas personas lo suficientemente importantes para dar su nombre a una herejía en la Iglesia Católica, el jansenismo, de la que hoy no se acuerda casi nadie, pero que en los siglos XVII y XVIII hizo correr ríos de tinta, más que nada porque se ocupaba de un asunto que entonces estaba en el propio núcleo de las guerras de religión. Este asunto es el de la justificación y el de la superación del pecado para salvar nuestra alma. Hoy en día, en este mundo moderno en que nos ha tocado vivir, el pecado es algo sobre lo que pasan a hurtadillas los propios sacerdotes católicos, salvo unos cuantos héroes que no se casan con nadie.

Pero, en los albores de la Edad Moderna, las cosas no eran exactamente así. En aquel tiempo, la humanidad era tremendamente consciente de que el diablo estaba ahí, acechando, empujando a la gente a pecar, y que, por si fuera poco, la naturaleza humana, con su tendencia al mal desde el pecado original, no ayudaba lo más mínimo. Sin embargo, por muy pecadores que seamos, la posibilidad de salvarse existe; de lo contrario, Jesucristo habría venido al mundo y habría padecido lo que tuvo que padecer absolutamente para nada, cosa que uno no espera de Dios. Si Dios hace algo, es por algo.

Entonces, si somos pecadores, pero nos podemos salvar, hay básicamente dos posibilidades: que el hombre tenga en sí mismo la fuerza para superar su tendencia a pecar, o que no la tenga, pero que Dios se la infunda. Es decir, que le dé su gracia.

Como en casi todas las herejías, hay dos posturas radicales, y la postura ortodoxa no es ninguna de las dos. La primera postura radical es la de que el hombre se basta para superar el pecado y salvarse, sin gracia ni gaitas. El primero en predicarla fue Pelagio, un teólogo (vamos a llamarlo así) del siglo V, y por eso esta postura se conoce como pelagianismo. Para demostrar que esta postura es la correcta hay que ser muy optimista, pero además muy, pero que muy, rigorista. Los pelagianos no eran precisamente la alegría de la huerta, cosa lógica, porque, si tu idea es que con tu solo esfuerzo puedes alejarte del pecado, lo menos que puedes hacer es esforzarte. Y ellos lo hacían y, claro, iban todo el santo día con cara de esfuerzo.

El mayor opositor de Pelagio fue un contemporáneo suyo, San Agustín de Hipona, uno de los grandes doctores de la Iglesia, pero el que llevó la oposición a Pelagio hasta la posición diametralmente contraria fue un monje agustino que vivió en el siglo XVI y que atendió en español por Martín Lutero. Lutero era muy pesimista con respecto a la naturaleza humana. Pensaba que el hombre no tenía manera de escapar del pecado. Ciertamente, él debía ser un buen ejemplo de eso, y además parece que tenía el ego muy subido, así que debía considerar imposible que hubiera gentes mejores que él. Si él no podía escapar del pecado, entonces nadie podía hacerlo, y sólo Dios podía llegar a hacerlo posible mediante su gracia. Yendo aún más allá, Lutero negó todo valor a las buenas obras, que ya son ganas de desmotivar al personal, y consideró que sólo mediante la fe se podía obtener la gracia.

El colmo de la oposición a Pelagio llegó con un hereje de la época de Lutero, Juan Calvino, el dictador de Ginebra. Calvino elaboró la teoría de la predestinación, que viene a decir que Dios ya ha decidido quién va a salvarse, y que lo que hagamos nosotros es totalmente indiferente. Normalmente, eso hubiera debido conducir a un desenfreno brutal, porque, si Dios ya ha decidido lo que va a pasar, ¿por qué dedicarse al desfase? Sin embargo, Calvino añadió un elemento interesante: Dios ya ha decidido quién se va a salvar, pero no nos lo ha dicho, y nosotros lo podemos saber únicamente mediante indicios. Si tienes éxito en la vida, es señal de que Dios te ha mirado bien, así que puedes avanzar hacia el futuro ultraterrenal con confianza; en cambio, si eres un mendrugo, se siente, pero le vas a hacer compañía a Pedro Botero. No entiendo cómo una doctrina como ésta pudo colar entre gentes cuyo Dios nació en un pesebre y fue crucificado de mala manera, pero sí, parece que coló.

La consecuencia de esta doctrina en el comportamiento de las gentes fue que todos querían que la gente supiese que Dios les había predestinado para salvarse, así que tenían costumbres morigeradas, frugales y parcas, además de buscar el éxito en la vida. Es curioso, pero los calvinistas, totalmente opuestos a los pelagianos, terminaron siendo tan cenizos y tan avinagrados como ellos.

La respuesta católica está por ahí en medio y se basa en la cooperación entre hombre y Dios. El hombre solo no puede salvarse, porque su naturaleza está demasiado deteriorada; pero Dios, será todo lo omnipotente que queramos, pero tampoco puede salvarnos él solo si nosotros no queremos. Es curioso. El hombre no puede salvarse solo... pero sí puede condenarse solo, y si así lo decide, Dios respeta eso con todo el dolor que se quiera y no toca la libertad de su criatura. Ese Dios no tiene nada que ver con el de Calvino, que ha predestinado milimétricamente a cada uno de nosotros hasta convertirnos en una especie de marionetas. En palabras, muy repetidas, de San Agustín: "Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti." ¿No es bonito, un Dios que coopera contigo?

La orden creada para luchar contra el protestantismo fueron los jesuitas, que crearon un colegio en Lovaina que le empezó a hacer la competencia doctrinal a la Universidad Católica. Los jesuitas, para luchar mejor contra los protestantes, digamos que ponían el acento en las obras humanas. Mientras Lutero venía a decir que las obras no servían para maldita la cosa, los jesuitas decían que de eso nada, y que desde luego servían. Y es posible que alguno diera la impresión de estarse pasando de la raya, porque los debates es lo que tienen. Empiezas discutiendo con uno, y acabas sorprendido de las burradas que dices a fuerza de oponerte.

Los jesuitas, en los Países Bajos españoles, abrieron un centro de estudios teológicos en Lovaina. Nada menos que en Lovaina, sede de la universidad por antonomasia de la zona, con su pulquérrima cátedra de Teología. Los celos entre los jesuitas y los teólogos oficiales de Lovaina llegaron a extremos inusitados, y si no llegaron a las manos en sus controversias es porque, después de todo, eran gente educada y flojucha que no debía tenerlas todas consigo a la hora de sacar los puños a relucir.

Jansenio, que era profesor en Lovaina, se las tuvo con los jesuitas y, a la vez, estuvo bajo sospecha de querer sacar a los Países Bajos de la Monarquía Hispánica, pero logró zafarse de sus acusaciones y, al cumplir los cincuenta años, le tocó el bingo en forma de nombramiento de obispo de Yprés. Allí se dedicó a escribir a troche y moche la obra de su vida, el Augustinus, pero no llegó a verlo publicado, porque a los tres años de llegar a Yprés la palmó. Como el interés de Jansenio era seguir siendo católico, pero oponerse a los jesuitas sin llegar a protestante, le salió un texto no demasiado claro y que cada lector interpretaba como podía. Hay que reconocer que, entretanto, los jesuitas, que en aquellos tiempos hablaban con claridad, han acabado escribiendo frasecitas que cada cual interpreta, y nunca mejor dicho, como Dios le da a entender; ahí tenemos de ejemplo al Papa reinante, que es jesuita, y que a veces no acaba de dejar claro si sube o baja. Y eso sin ser gallego.

Pero ya va siendo hora de alejarnos de Yprés, y vamos a pasar un poco más al sur de los que fueron Países Bajos españoles. Hoy, la ciudad que será próximo destino de este viaje está bajo poder de la República Francesa, sucesora de la monarquía que se apoderó de la ciudad al final del siglo XVII.

Toca, pues, viajar a Lila. Todo será que no tarde dos meses en escribir algo sobre la ciudad...

martes, 24 de julio de 2018

Iperita

Vamos a comenzar esta sección con una visita a la ciudad de Yprés, una ciudad medieval completamente falsa, porque en realidad la totalidad de sus edificios fueron construidos en la década de 1920, eso sí, de acuerdo con lo que había sido la ciudad con anterioridad.

El nombre de la entrada tiene relación con el gas mostaza, una de las primeras armas de destrucción masiva, que los alemanes utilizaron en Yprés durante la Primera Guerra Mundial, y que por eso acabó llamándose iperita, un nombre tan macabro como una buena parte de la ciudad. La ciudad fue completamente destruida durante la Primera Guerra Mundial. Los alemanes rodearon la ciudad de trincheras prácticamente a lo largo de cuatro años, entre finales de 1914 y septiembre de 1918. Cinco batallas de gran envergadura se desarrollaron en sus alrededores, obviamente precedidas del correspondiente apoyo artillero.

En la primera, los aliados desalojaron a los alemanes, que por un corto espacio de tiempo se habían adueñado de la población. La segunda fue un intento alemán, fracasado, de hacerse con la ciudad, y se hizo famosa por ser la batalla en la que se dio uso militar al gas venenoso por primera vez. La tercera, entre junio y noviembre de 1917, fue un ataque aliado con el objetivo de aislar las bases submarinas alemanas por tierra. Salvo la conquista de una posición, que los alemanes reconquistaron pocos meses después, fue un fracaso que, además, causó más de medio millón de bajas.

La cuarta batalla de Ypres, a comienzos de 1918, fue un ataque alemán igualmente infructuoso, que se canceló con el fin de concentrar esfuerzos para la última ofensiva alemana contra París. Y la quinta, finalmente, fue una batalla librada en el contexto de la ofensiva aliada de los cien días, que, esta vez sí, tuvo éxito y terminó con la capitulación del Imperio Alemán.

Literalmente, no quedó piedra sobre piedra, como se ve en la foto, tomada en agosto de 1918, justo antes de la quinta batalla, la que finalmente alejaría el frente de la ciudad. Los habitantes, que habían sido evacuados a la fuerza, si no habían puesto antes pies en polvorosa, comenzaron a llegar tras el armisticio, pero lo de recuperar sus casas llevó tiempo. Primero les alojaron en casas de madera provisionales. Luego, llegó el debate si convenía reconstruir la ciudad o no. Alguien tan relevante como Winston Churchill sugirió no reconstruirla y dejarla en el estado en que había quedado, como un monumento a los horrores de la guerra. Una especie de Belchite, vamos. La segunda opción hubiera sido la opción Róterdam: construir en plan más moderno. Los habitantes se negaron a tal cosa también y decidieron reconstruir la ciudad exactamente (bueno, o casi) como había sido en su tiempo.

Ha sido un éxito. Han tardado años, y ciertamente el dinero para la reconstrucción, en buena parte, vino de las reparaciones alemanas, lo cual fue de lo más lógico en este caso, porque el que rompe, paga.

En la foto, además, aparece la plaza mayor de la ciudad, con el edificio que alberga el museo, impresionante, sobre la Primera Guerra Mundial en la zona. Para no perdérselo de ninguna manera. A uno se le hace un nudo en la garganta al darse cuenta del despropósito que se estaba montando, y hasta qué punto aquello no valió la pena en absoluto. En este año en que se cumple el centenario del fin de la gran guerra, no es mala cosa darse cuenta de que ciertas cosas no deberían producirse bajo ningún concepto. Cerca de un millón de personas, que se dice pronto, causaron baja defendiendo o atacando unas trincheras anegadas donde, como mucho, sólo las ratas podían sentirse a gusto.

Aparte de una ciudad renacida, Ypres es un inmenso cementerio militar. Al pasar por allí, había un número bastante abundante de turistas, casi todos ellos anglófonos, y algún grupo escolar. El monumento de la foto es la puerta de Menen, donde hay una lista enormes de nombres grabados sobre la piedra, que se corresponden con los caídos cuyos cuerpos no fueron encontrados. Hay como para tragar mucha saliva cuando uno piensa qué puede haber pasado con ellos, destrozados por la metralla, comidos por los lobos o abandonados en tierra de nadie entre trincheras, porque a ver quién era el guapo que salía a recogerlos. Y forman una lista que cubre completamente el monumento. Porque los cuerpos que sí se encontraron y no fueron repatriados están en los cementerios militares, también impresionantes, y que son lugar de peregrinación de todo tipo de visitantes, quizá muchos de ellos militares o sus descendientes.

Ypres, pues, una vez reconstruida, se ha convertido en un memorial dedicado a la Gran Guerra y a lo absurdo del nacionalismo belicoso, algo que, en los tiempos que corren, parece conveniente recordar.

Pero Ypres no sólo es Primera Guerra Mundial. Tiene un pasado anterior, aunque la guerra lo arrancara de la faz de la tierra. Hay un museo histórico, que no pude ver esta vez por falta de tiempo, y que queda para otra ocasión (y, Dios mediante, la habrá), y también hay una catedral, porque, en su día, Ypres llegó a ser sede episcopal.

Hacia la catedral toca encaminar nuestros pasos, pero de las impresiones de la misma tocará escribir en otro momento, porque hoy ya es tarde.