viernes, 30 de junio de 2006

El inspirador de todo esto


La política de más o menos anonimato de esta bitácora viene inspirada, obviamente, por un clásico latino, Marcial, que vivió en el siglo I y fue el primer autor importante de epigramas. Un epigrama es una composición, corta, en verso, de intención burlesca o humorística. Marcial era lo más cañero que había visto Roma hasta entonces: no dejaba títere con cabeza. Se metía con los funcionarios, militares, médicos... ni uno quedaba a salvo. Por ejemplo, hubo una que todavía recuerdo de cuando lo leí (y ya hace tiempo). Marcial estaba achacosillo, pero sin ser nada serio, y le fue a ver el médico Símaco, que le fue a ver rodeado de numerosos discípulos que querían aprender de su maestro y manosearon a Marcial:

Languebam: sed tu comitatus protinus ad me
uenisti centum, Symmache, discipulis.
Centum me tetigere manus aquilone gelatae:
non habui febrem, Symmache, nunc habeo.


(Estaba flojo y tú, Símaco, has venido a visitarme
acompañado de cien discípulos.
Me han palpado cien manos heladas por el cierzo:
no tenía fiebre, Símaco, pero ahora tengo.)


Lo que no dice la página es que Marcial, con todo lo cafre que era, fue el primero que, en lugar de destrozar directamente a las víctimas de su pluma, las disfrazó con un seudónimo, algo que era totalmente insólito en la Roma del siglo I, en que los puyazos se repartían sin la menor piedad. El Símaco del epigrama no se llamaba así, como todos los otros protagonistas de sus obras. Y Marcial, por cierto, era un español que, por cosas que pasan, había acabado viviendo en la mayor ciudad de Europa. El talento no, pero alguna cosa, pues, sí que tenemos en común, así que buena cosa será tomar ejemplo del maestro, al menos en lo posible.

jueves, 29 de junio de 2006

La ciudad más cara del mundo (I)


Lo hemos conseguido, sí, señor. Moscú es la ciudad más cara del mundo, según el estudio de la consultora, creo que suiza, de referencia para los gobiernos y grandes empresas que envían aquí a sus directivos. Durante los últimos años ha estado cerca, pero ahora hemos hecho un esfuercito, hemos sido más derrochones que de costumbre, que ya es decir, y lo hemos conseguido: ya somos los primeros. Seguro que los japoneses nos miran con envidia.

Indignado, Sergey Tsoy, jefe de prensa del alcalde Luzhkov ha reaccionado diciendo que todo eso es mentira y que Moscú no es tan cara. Que en Moscú puedes ir a un restaurante las veinticuatro horas del día, mientras que él estuvo en Pekín hace poco, y por la noche todo estaba tan parado que tuvo que acabar cenando en un McDonald's. Pobret.

Un periódico normalmente serio, el Kommersant, ha soltado el siguiente titular: "Moscú es la ciudad más cara del mundo. La culpa la tienen los extranjeros." Sieeeempre buscando un culpable, claro. Los malditos extranjeros, siempre derrochando pasta y pagando lo que haga falta. Así claro que se rompe el mercado.

La verdad está en algún sitio, pero todo el mundo parte de la base de que el principal culpable del lugar de "honor" que ocupa Moscú es el precio de la vivienda en alquiler. Y, efectivamente, alguien se ha vuelto loco: hay alquileres mensuales que son superiores a un sueldo normal español ¡de todo un año! Y lo malo es que no hay apenas nada intermedio: o vives en pisos que tiran de espaldas y por los que se paga un fortunón de alquiler, o vives en cuchitriles infectos, con portales y ascensores sucios y malolientes, por los que también se paga mucho más de lo que valen, pero que al menos se pueden pagar.

A partir de ahí, las opiniones son variadísimas: un extranjero residente aquí hace cuentas en una entrevista y declara que le es imposible gastar menos de 8.500 dólares al mes; un periódico digital ruso dice que, para una familia rusa de matrimonio y dos hijos, entre 2.000 y 2.500 dólares al mes es un presupuesto para vivir cómodamente; la alcaldía de Moscú, oficialmente, dice que la cesta de la compra mínima para sobrevivir anda por los 140 dólares por persona (pero eso es comida sólo); sin embargo, muchas pensiones están por debajo de esa cifra. La guerra de cifras está siendo hasta divertida.

La pega de todos estos estudios compatarivos es que todas las comparaciones son odiosas, y que tratan de comparar cosas difíciles de poner en paralelo. Este estudio, en concreto, se dirige a altos directivos destinados en Moscú, y compara los precios de los bienes y servicios que éstos demandan. Y ahí sí que Moscú es carísima: un año de escolaridad en un colegio internacional para un párvulo puede ser mucho más caro que un MBA en una universidad estadounidense; el alquiler de una oficina de clase A pone los pelos de punta; el supermercado elitista que tenemos al lado de casa deja temblando la cartera del más pintado; se puede pagar por una noche de hotel en el centro casi lo mismo que cuesta una semana de vacaciones en Canarias en pensión completa... y así muchas cosas más.

Y todo este mundillo de los expatriados forrados de dinero coexiste con el extremo contrario, compuesto por los pensionistas que sobreviven de milagro, los inmigrantes de países de Asia Central y del Cáucaso que buscan su fortuna en la construcción o en todo tipo de trabajos manuales, los mendigos alcohólicos que apestan y pueblan portales y sótanos, y los millones de personas que pueblan esta bendita Nínive moderna y no saben distinguir la mano derecha de la izquierda.

lunes, 26 de junio de 2006

El taxista cegato

El retorno de Georgia, a través del aeropuerto de Domodiédovo, que está a unos cincuenta kilómetros de mi casa en Moscú, fue un poco más molesto de lo habitual. Comoquiera que Georgia es un país algo sospechoso en Rusia, el control de pasaportes se alargó muchísimo (como que estuvimos una hora en la cola) y, de resultas de ello, perdimos el tren y nos vimos ante la perspectiva de esperar una hora o tomar un taxi. Ganó la segunda, y nos acercamos a la ventanilla eludiendo a la nube de piratillas que nos querían ofrecer sus servicios.

- ¿A dónde van? - preguntó la dependienta.
- Al metro M*** - dije.
- Serán 1.200 ó 1.500 rublos, según el coche, pero ahora no tenemos coches. Tendrán que esperar.

Nos separamos de la ventanilla con cara de hartazgo. En esto, nos abordó un hombre de unos cincuenta años con evidente aspecto de taxista "espontáneo".

- ¿Les hace falta un taxi?
- Depende -comenzaba, pues, la toma de posiciones.
- ¿A dónde van?
- Al metro M***.
- ¡Vamos!
- ¿Por cuánto?
- Mil quinientos rublos, como siempre.

Era el precio oficial cuando el servicio lo prestaba un coche importado. Supuse enseguida que iríamos en un coche ruso, el servicio del cual costaba algo menos. Pero no tenía ganas de regatear (digamos que "paga Juanca"), ni de esperarme una hora al tren o a un taxi oficial.

- Necesitaré una factura.
- ¡Claro que sí! Y con su sello y todo.

Bueno, al menos estaba organizado el hombre. Le seguimos hasta su coche, que, efectivamente, era ruso; al menos, era un Volga, que, a falta de otras cualidades, es amplio.

Después de un duro recorrido por el Moscú de los atascos eternos, y eso que no era hora punta, llegamos a mi casa.

- ¿Me puede hacer la factura?

El taxista sacó un papel sellado de la guantera.

- Bueno, le pongo la cantidad y usted lo rellena, que yo me he dejado las gafas.
- Vale -tragué saliva. Mi interlocutor esforzó la vista.
- Mire, sin gafas ni siquiera leo dónde he de escribir. Se lo doy en blanco y ya lo rellenará usted.

Y luego hay quien se pregunta por qué los taxistas de Moscú dan miedo.

domingo, 25 de junio de 2006

El estadístico

Estaba siendo dificilísimo mantener una conversación con aquel hombre. En la Oficina de Estadísticas de Georgia, nos recibieron bien, atendieron nuestra petición y, conseguido lo que queríamos, a los tres minutos podríamos habernos ido, pero nuestros interlocutores nos trajeron té y, para no ser descorteses, tuvimos que quedarnos un rato charlando.

No conozco muchos estadísticos, y por eso no sé si es generalizable, pero debe ser gente ensimismada en sus números y con dificultades sociales.

- Tienen ustedes una oficina muy bien puesta -dije.
- Sí.
- Y, con el calor que hace, se está muy bien con el aire acondicionado.
- Sí.
- ¿Y cuánta gente trabaja aquí?
- Unos cien.

Ya no se me ocurría qué preguntar. Nos miramos con un silencio embarazoso durante unos segundos. Al final, traté de sacar el tema del separatismo abjasio.

- ¿Y también tienen datos de Abjasia?
- No.
- Claro, tienen dificultades en la región.
- Sí.

Era desesperante. Un buen tío, sí, pero qué difícil era hablar con él.

- ¿Cuál es la distribución étnica en Abjasia?

Por fin, al estadístico se le iluminaron los ojillos.

- Alrededor de un 19% de abjasios, un 42% de georgianos, un 2,5% de griegos, un 7% de rusos, un 4% de ucranianos, y diversas minorías tártaras, osetias, ingushes, judías, armenias y azeríes, según el último censo que se hizo.

Si tenía que haber empezado por ahí...

miércoles, 21 de junio de 2006

Todos los guiris somos iguales


Universidad Estatal de Medicina de Tiflis. Aquí, como también sucede a menudo en Rusia, las universidades constan de una sola facultad, en este caso de medicina. Hoken y yo bajamos del taxi destartalado que, tras más vueltas y revueltas de las esperadas, nos ha traído hasta allí y, tras algunas preguntas en ruso, idioma que evidentemente se va olvidando poco a poco en este país, entramos en el edificio del rectorado, donde también está el departamento de relaciones internacionales que nos interesa.

- A ver si preguntamos por la persona que venimos a visitar, y a quién lo hacemos.

A nuestra derecha, una mujer nos hace señas de que la sigamos.

- Mira, debe ser ésta.

La seguimos, abre una puerta a su izquierda, y vemos que es un auditorio de tamaño respetable, con un estrado en el que habla un orador y donde hay varios sitios libres. A esto no veníamos. Encerrona. La mujer nos dice algo en georgiano, y luego llama en voz baja a otra mujer que se levanta de la última fila y a un hombre alto y barbudo que nos mira, se levanta también y nos aborda. El orador se detiene y nos mira, con aspecto de invitarnos a ocupar los sitios libres y secundarle en su charla.

El barbudo se presenta con un nombre interminable.

- Alf -le respondo, estrechándole la mano.
- ¿British Council? -me pregunta, y yo le miro incrédulo.
- No, soy español, y busco a... ¿cómo se llama la tía a la que buscamos?

Hoken saca un papel doblado, lo desdobla y lee:

- Nana Maglakelidze.

El barbudo levanta las manos al cielo y vuelve a su sitio. Las dos mujeres hablan entre ellas en su incomprensible lengua y la que nos había traído allí, algo corrida, nos saca y nos guía por los ruinosos pasillos de la universidad. Y es que, así como para nosotros todos los georgianos se parecen, supongo que, para ellos, todos los extranjeros somos, en primer lugar, eso, extranjeros. Y nos confunden.

Después de todo, nosotros también pensamos que los chinos o los negros, por ejemplo, son todos iguales. Nihil novum sub sole.

lunes, 19 de junio de 2006

En el Cáucaso


El director ejecutivo de la Agencia Internacional de la *** envió una invitación para una conferencia en Tiflis, capital de Georgia, al director general de la empresa *** . Éste recordó oportunamente, después de mirar en el mapa, probablemente, dónde estaba Georgia, un compromiso anterior que tenía y excusó su asistencia, asegurando que acudiría el jefe de la delegación de Moscú. Éste, recibido el recado, recordó, no menos oportunamente, que estaría lejos esos días, por lo que delegó en un jefe de departamento que firma como Alf; este jefe de departamento, a su vez... noooo, la cosa no siguió más adelante. El jefe de departamento se sacó el billete de avión a Tiflis y, eso sí, dispuso que le acompañara un becario de su departamento, conveniente camuflado con un cargo alusivo, y al que llamaremos, de acuerdo con la política de esta bitácora de no revelar los nombres verdaderos de quienes aparecen en ella, Hoken.

Otro día explicaré las razones de esta política, por supuesto con ayuda de ejemplos clásicos latinos.

El caso es que quienes esquivaron el viaje se perdieron, de momento, un primer día bastante relajado, ya que los organizadores de la conferencia previeron una mañana de paseo turístico por los alrededores de la ciudad. Allí se juntaban varios tipos de participantes: los grandes gurús de la energía y otros altos funcionarios de la Agencia Internacional de la *** y de los gobiernos nacionales; los organizadores del evento; y, finalmente, gente algo más joven y menos estirada, que en buena parte se encontraba allí "por delegación". Huelga decir en qué grupo me reconozco.


La visita estuvo bien. Fuimos a Mskheta, capital de Georgia entre los siglos IV a VIII después de Cristo; visitamos una fortaleza impresionante sobre un lago, cerca de la zona pseudofronteriza de Osetia del Sur; y a la vuelta comimos a base de bien en un restaurante con cuarteto de música popular, organillero y elaboración en vivo de pan georgiano, jachapuri, shasliki y jinkali. Allí nos pusimos a departir más o menos según los grupos mencionados antes.

- ¿Es esto vodka? -le pregunté a un joven oriental - Ah, no, es agua.
- ¿Cómo lo sabes?
- Por las burbujas -y el hielo estaba roto.- Soy Alf, de España.
- Ah, las burbujas... soy Bern, de Malasia.
- ¿Es tu primera visita a Tiflis?
- Sí, y es terrible. Ayer pasé todo el día en el avión ¿Y tú?
- Yo vengo de Moscú, el vuelo es más corto. Es la segunda vez que visitó Tiflis.

Señalé a la mesa.

- ¿Qué tal la comida georgiana? - le pregunté.
- Bah, es muy simple, las tapas son mucho mejores. - y me hizo un guiño.

Un tío majo.

Al final, volvimos al autobús. Hoken me dijo:

- Oye, Alf, que he estado hablando con el chaval polaco éste, y tiene una charla mañana. Se ve que invitaron al ministro polaco de ***, que delegó en el director general, y ha habido una cadena de escaqueos hasta que le ha tocado a él.
- Mmmm... me suena el caso.

En el fondo, en todas partes cuecen habas.

domingo, 18 de junio de 2006

Minoría entre las minorías


El padre Le Léannec lleva en Moscú desde tiempo inmemorial; al menos, desde que yo voy viniendo por aquí, y ya hace tiempo. Es el párroco de San Luís de los Franceses, uno de los dos templos católicos de Moscú.

El padre Le Léannec debe levantarse todos los días hacia las seis. A las ocho de la mañana, sin fallar un día, festivo o laborable, dice misa en San Luís, y la dice en latín. Este domingo soy uno de los alrededor de quince fieles que oye misa.

"In nomine Patri, el Filii, et Spiritus Sancti. Amen"

Ya debe quedar claro que el latín es lengua bienvenida en esta bitácora. Sin embargo, levantarse a las seis y media para llegar a la misa del padre Le Léannec es demasiado para el cuerpo de este bloguero, y sólo asisto en casos excepcionales, como hoy, en que a media mañana parto con destino a Georgia.

"Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis."

Somos sólo quince fieles, pero no por ello la dignidad de la misa dominical pierde un centímetro. Suena el órgano, canta el coro, y tres monaguillos vestidos de blanco flanquean al padre. Y además hoy es la fiesta del Corpus Christi, no un día cualquiera.

"Credo in unum Deum, patrum omnipotentem, factorem coeli et terrae..."

La misa no es totalmente tradicional, como quizá podría pensarse. Es "novus ordo", aunque en latín. Y nunca, cuando he venido, ha estado la iglesia totalmente vacía: siempre ha habido entre quince y treinta personas en la asamblea. Por lo general, gente de mediana edad, alguna monja, hoy incluso un niño, algún estudiante.

"Pater noster, qui es in coelis; santificetur nomen tuum; fiat voluntas tua, sicut in coelo et in terra..."

Las lecturas del día y la homilía no son en latín, sino en lengua vernácula, ruso en este caso. El padre, a pesar del tiempo que lleva en Rusia, no consigue librarse de un molesto acento francés, que hace su homilía difícil de entender, a pesar de que su dominio del vocabulario y de la gramática son asombrosos.

"Ite, missa est."
"Deo gratias."


Pasan de las nueve, y los feligreses, mucho más numerosos, de la misa de nueve y media, ésta en ruso, comienzan a entrar en la iglesia. Fuera, los mendigos van tomando posiciones junto a la entrada. De camino a casa, suenan las campanas de las iglesias ortodoxas, mientras los mendigos, que saben que a la entrada no les esperan limosnas, esperan a la salida para apostarse a la salida de los templos.