viernes, 16 de junio de 2006

El plumón del álamo



El álamo es a Rusia lo que el pino carrasco es a España: quizá el árbol más común, y poco menos que el símbolo nacional. Los grandes paisajistas rusos del siglo XIX (Shishkin, Kuindzhi, Levitán) se lucieron históricamente pintando bosques de álamos y abedules preciosos. Pero, en esta época del año, para terror de los alérgicos, el álamo, sin perder su aspecto inofensivo, comienza a soltar plumón y más plumón; primero tímidamente, luego con más fuerza; finalmente hay unos cuantos días (precisamente ahora), sobre todo si hay viento y tiempo seco, en que la presencia de plumón de álamo ("puj", en ruso) se convierte en algo difícil de soportar.

El "puj" cae como del cielo, levita por el aire, se desliza por el suelo, se levanta y cae caprichosamente, se introduce por las rendijas de las casas, se pega a la ropa y a la piel de las personas y desencadena las iras de los alérgicos. Es un auténtico horror.

Un periodista español, hace unos años, sufría simultáneamente el "puj" y el otro horror del verano ruso (la "profilaktika", corte del agua caliente durante tres semanas). Resignado, elevaba su mirada y decía:

- Aquí, siempre cae algo del cielo. Si no es nieve, lo que sea.

jueves, 15 de junio de 2006

Ciclismo helado

La Orbea de 1990De niño, era tan enclenque que ni siquiera aprendí a montar en bicicleta. La oportunidad me llegó mucho más tarde, a punto de cumplir los diecisiete años, y con el estímulo de poder así "desplazarme a trabajar al campo de manera autónoma". Creo que debería mencionar que el estímulo no debería llamarse así, pero lo cierto es que la cosa tuvo éxito: contra todo pronóstico, la cosa me gustó tanto que, desde entonces, apenas bajé de la bicicleta. Pocos años después me convertí en uno de los primeros ciclistas urbanos de Valencia, cuando apenas había quien se atreviera a circular por la ciudad. Y ciertamente, ahora que el ciclismo es casi una plaga, viene bien recordar aquellos tiempos pioneros. En el intento han caído sucesivamente hasta cuatro bicicletas, robadas o desvalijadas por malnacidos, pero siempre han sido oportunamente sustituidas.
Junto a ello, le di también al ciclismo por carretera, y hubo verano en que salí casi todos los días. Ahora ya casi nunca; la última vez, la semana pasada, haciendo el recorrido Alberique - Gabarda - Antella - Presa de Tous - Sumacárcel - Cárcer - Alcántara de Júcar - Puebla Larga - Algemesí, de donde son las fotos de la ilustración, gentileza de mi compañero de viaje.
Saliendo de Alcántara de JúcarEn Moscú, aunque cada vez hay más bicicletas, desplazarse en calidad de ciclista es muy raro, pero yo lo conseguí durante un par de años, mientras el tiempo acompañó. Entonces recorría unos ocho kilómetros en cada sentido, de casa al trabajo y del trabajo a casa, y la sensación era parecida a los tiempos pioneros en Valencia, cuando casi nadie circulaba. Unos cuantos brincos por el malecón del río Moscú, atravesar la Plaza Roja en bicicleta, cruzar la calle Mojovaya por el paso subterráneo y subir por la Bolshaya Nikitskaya hasta el trabajo. Era entretenido. Y cada vez hay más gente que lo hace.

miércoles, 14 de junio de 2006

La luna de Valencia


La de la foto es la auténtica luna de Valencia. Rechace imitaciones. La fama de la luna de Valencia no le viene por ser especialmente clara ni bonita, aunque la de la foto, en la realidad, era impresionante; le viene por la costumbre, en la época en que las murallas existían en Valencia, de cerrar las puertas de acceso a la ciudad a partir de cierta hora. A los valencianos que se despistaban y se quedaban fuera les tocaba pasar la noche al raso, "a la luna de Valencia", y no conseguían volver a sus casas hasta la mañana siguiente.

Hoy se emplea como sinónimo de estar despistado, que era efectivamente lo que estaba el que se retrasaba a la hora del cierre.

Ahora, que no hay murallas en Valencia, ni hay ciudad en España que se aísle por las noches, parecería difícil encontrar un lugar que resulte inaccesible por la noche y accesible por el día, pero sí que lo hay y, naturalmente, está en Rusia. Se trata de la ciudad de San Petersburgo, antes Leningrado, antes Petrogrado, antes otra vez San Petersburgo, que está construida sobre cuarenta y cuatro islas unidas por puentes, muchos de los cuales, para permitir el paso de embarcaciones, se levantan por la noche, dejando varias islas incomunicadas entre sí (salvo que alguien quiera probar su suerte nadando, cosa que no es muy recomendable, habida cuenta del tráfico fluvial en las horas en que los puentes se levantan).

Hace algunos años, cuatro intrépidos valencianos aparecieron por San Petersburgo desde Moscú con el fin, parecía, de visitar la ciudad. Yo les conté la peculiariadad de San Petersburgo, pero aquellos cuatro valencianos no tenían planes de renunciar a una noche de marcha. Yo insistí bastante sobre este punto, pero estaban ya un poco o un mucho chispa y nadie me escuchaba así que, finalmente, me volví hacia el albergue a eso de la una, para evitar problemas.

Hice mal, creo, porque me perdí algunos sucesos estelares. Poco antes de que me separara de ellos entablaron conversación con dos nativas, que les llevaron a una discoteca en pleno canal Griboyédov, que es una de las zonas con más marcha de la ciudad. La entrada no es gratis, pero ellos la esquivaron enseñando los pasaportes, y les dejaron pasar. Luego uno se puso a bailar con una rusa, y esta parecía corresponder, pero entonces apareció el novio de la rusa con un colega. Otro se puso a salvar al primero del desastre, cosa que no me creería si no la hubieran corroborado todos. Mientras tanto, el tercero no encontraba una de las fichas del guardarropa, y quería sacar una cazadora. Como sin ficha no se la daban, pidió hablar con el jefe del encargado; llegó el dueño, y tampoco se la daba, así que pidió hablar con el jefe del dueño. Por desgracia, el dueño no tenía jefe. Al final, consiguió sacarla, y al día siguiente encontró la ficha del guardarropía en su bolsillo trasero. Después hablaban de volver a la discoteca, a ver si con la ficha se llevan una prenda gratis.

El caso es que cayeron en la trampa, porque al salir todos los puentes estaban levantados, y nadie quiso conducirles hasta la estación de Finlandia, que era donde estaba el albergue. Una disciplinada marcha de dos horas bajo la luz de la luna (de Valencia, si se quiere) les llevó hasta allí, dando vueltas y revueltas. Claro, a las dos horas ya habían bajado los puentes y pudieron pasar andando, pero si se hubieran quedado quietecitos dos horas, en lugar de caminar sin ton ni son, se hubiera alcanzado el mismo resultado.

A la mañana siguiente, se oían frases como las siguientes:

"¡Tengo un dolor de cabeza! Parece que tenga tres o cuatro cabezas..."

"Ah, pero, ¿enseñamos los pasaportes al entrar?"

"Sí, y tú querías dárselos"

"Cuando tienes resaca, te bebes hasta el agua de los floreros"

"Oye, si te deportan, ¿quién paga el avión?"

martes, 13 de junio de 2006

Antiguas amistades

Un par de cientos de estudiantes se agolpan junto a la entrada de la capilla de la Misericordia. El grupo humano tiene de todo: desde prejubilados ociosos, pasando por funcionarios con esperanzas de ascenso y necesidad de un título que se lo permita, hasta jóvenes en edad realmente universitaria, víctimas quizá de algún numerus clausus en su universidad presencial de preferencia, o condenados a compaginar estudios y trabajos. Y algún elemento extraño, víctima únicamente del deseo de saber, y que a saber en qué grupo clasificarían los demás que, conversando nerviosamente o repasando desesperadamente sus libros y sus notas, esperan que llegue la hora de la verdad.

Lentamente, vamos entrando, vamos tomando nuestros respectivos exámenes, nuestras hojas de respuesta, nuestro papel de borrador, y nos sentamos allí donde nos asignan. Aquí y allá, algún novato inquieto se siente inseguro, los más se lanzan a rellenar sus datos y a escribir, maldiciendo al típico miembro del tribunal que, inoportuno, interrumpe la concentración de casi todos para realizar algún anuncio que bien podía haber dicho antes.

Los que se han presentado sólo para cubrir el expediente, o los que tienen la suerte de tener un examen tipo test que han terminado rápidamente, comienzan a desfilar. Los demás sufrimos estoicamente las dos horas de rigor, luchando contra el papel y el bolígrafo. Apretatus intellectus ingeniat et rapiat. Ya lo creo.

Era el tercer y último examen de la semana. Aliviado por el hecho de no tener ninguno más, aunque contrariado por el hecho, menos favorable, de tener que volver a septiembre, visto el resultado que amenaza, salgo de la capilla y me dirijo a mi fiel vehículo. En el camino reconozco a alguien, una mujer de pelo largo, abundante, con tinte caoba que dejaba entrever algunas canas y que estaba hablando con otra mujer.

- Eh, Ziur, ¿cómo estás?
- Holaaaa - han pasado los años, pero el tono displicente y la voz melosa no lo han hecho. Tampoco el olor a tabaco que la impregna.
- ¿Qué tal te va? ¿Y cómo tienes a la familia? -hago un intento de pasar por alto el tono y de mostrar cierto interés por una persona a la que no había visto en los últimos casi dos años.

Algunas noticias, lo más escuetas posibles, de la familia, se suceden.

- Y tú, ¿qué tal? -pregunta Ziur, lo que es todo un detalle- ¿Sigues alláa?
- Sigo allá.

Ziur hace una pequeña pausa, a la que sigue una mirada como de hartazgo.

- No nos vemos nuncaa -dice, arrastrando la última a, con un tono que parecería invitar a vernos con más frecuencia, nosotros dos y el grupo que formábamos, si no fuera porque era demasiado meloso para ser auténtico. Y porque la mirada, y la pose toda, seguía siendo de hartazgo.

- ¿Y qué es lo que estabas acabandoo? Porque, chico, como vas tan rápido.
- Bueno, la última vez iba por la mitad. Acabar es lo que estoy haciendo ahora.
- ¡Ah! -y de nuevo el deje despectivo innato se hace evidente, con una ligera elevación de la nariz. Ha llegado la hora de marchar.
- Bueno, Ziur, me alegro de verte -a pesar de todo, era verdad- ¿Nos veremos en septiembre?

Ziur sigue con unas fugaces frases de presunción de no aprobarlo todo, que suenan a algo intermedio entre el lamento por su situación y el orgullo de no ser como quienes, malvados empollones, lo aprueban todo a la primera, como si yo estuviera entre ellos y como si eso, a estas alturas de nuestras vidas, tuviera la menor importancia. Y sí, seguramente nos veremos en septiembre.

Monté en la bicicleta e hice un gesto de despedida que no fue respondido. Ya de camino a casa, caí en la cuenta de que Ziur debe haber cumplido los cuarenta hace muy poco tiempo. Hay que reconocer que los lleva bien, incluso muy bien, y que su carácter no ha cambiado nada.

A veces, hay que volver a Valencia, para asegurarse de que casi todo sigue en su sitio.

lunes, 5 de junio de 2006

Entre emigrantes

Un emigrante en su patria con la conciencia intranquila, pidiendo perdón. Una oración al aire libre. Una acción de gracias bajo la luna de Valencia.

Un emigrante en la patria del primero, emigrante de seis años, arrancado de su país por Dios sabe qué motivos. Un niño con un uniforme de la selección brasileña de fútbol, abandonado en la plaza de Patraix con un balón pasadas las diez de la noche. Unos padres que no se sabe dónde están.

Un emigrante en su patria con la conciencia intranquila, sin saber a ciencia cierta cómo calmarla.

Un balón que vuela por los aires para posarse en las ramas de un árbol. Unas ramas que retienen su presa.

Un emigrante de seis años con un problema. Una señal de Aquél que las envía. Un emigrante en su patria que desmonta y se acerca al niño. Un seguidor infantil de la selección brasileña que intenta en vano alcanzar el balón perdido.

¿Una señal de Aquél?

- ¿Has perdido el balón?

Un emigrante infantil que mira con ojos asustados al emigrante en su patria. Unos grandes ojos que hablan. Una boca que no lo hace.

Un emigrante que alza los brazos, alcanza las ramas bajas del árbol ladrón y las sacude con vigor progresivamente mayor. Un árbol que se resiste a desprenderse de su presa.

Una rama que vacila. Un balón que cae al suelo. Un emigrante de seis años que lo recoge, aún con atisbos de susto.

- Ahí lo tienes. Por fin cayó.
- Gracias.
- No sigas jugando de esa manera, que se te puede volver a encalar.

Encalar. Una palabra fuera del alcance del emigrante infantil, de castellano con acento de las Indias. Unos ojos enormes que vuelven a mirar hacia arriba.

- Vale. Gracias.

Un emigrante que vuelve a montar. Una bicicleta que se aleja. Una conciencia menos intranquila.

domingo, 4 de junio de 2006

El peregrino en su patria (II)

A veces, muchas veces, me preguntan, cuando paso por Valencia, la consabida cuestión ¿qué tal por Rusia? y la verdad es que lo paso fatal para responder.

- Bien, bien...
- ¿Estáis bien allí?

Fijémonos en el hecho. Si viviera, por ejemplo, en Motilla del Campo o en Vitigudino, la pregunta ¿qué tal? o ¿cómo estás? sería típicamente de cortesía; yo respondería "bien" y seguramente allí se cambiaría de tema y pasaríamos a otros asuntos. Pero, como no estamos hablando de Motilla del Campo, ni de Vitigudino, sino de Moscú, pues resulta que el interlocutor quiere saber algo más.

Al principio, yo respondía mi verdad.

- Pues se está bastante bien. El frío se aguanta como se puede, pero no hay mayor problema. Los rusos son gente chocante a veces, pero yo ya hablo bastante bien el idioma y no tengo dificultades de comunicación. Las cosas van bien y allí hay de casi todo. Y es bastante bonito.

Mis interlocutores, indefectiblemente, quedaban decepcionados. Ellos no querían oír eso.

- Pero, ¿de verdad?
- Sí, de verdad.
- Pero, con el frío que hace, ¿sales a la calle?
- Claro.
- Yo no aguantaría.
- ¿Y puedes comprar comida?
- Estooo... ¿cómo te lo explicaría yo?

Con el tiempo, he desarrollado una estrategia adaptativa a lo que mis interlocutores quieren escuchar.

- ¿Qué tal por Rusia?
- Uffff... es duro. Hace un frío insoportable, es dificílisimo moverse para un extranjero. Encontrar cosas es complicado. Y luego está el idioma. Nadie, pero nadie, habla inglés, y su lengua es un galimatías incomprensible. Os aseguro que hay momentos en los que se pasa muy mal, sobre todo en invierno.

Y ahora sí: mis interlocutores han oído lo que esperaban oír. Me creen y no hay más preguntas. A veces, tímidamente, alguien se asoma y dice:

- ¿Y por qué sigues por allí?
- Para servir a Dios y a España, hombre. Alguien tiene que hacerlo.

viernes, 2 de junio de 2006

El examen final

Los padres somos la pera cuando se trata de nuestros hijos. Nos deberían dar de comer aparte.

Esta mañana fue el examen final de la primaria a distancia, en la Embajada de España en Moscú. Me acerqué por aquel lugar, que hacía años que no visitaba, con Abi, que llevaba "un lápiz bien afilado, una regla pequeña, goma de borrar, un sacapuntas y lápices de colores", según la normativa de examen.

Cuando llegamos, había otros dos niños examinándose, que habían llegado con su madre. Los responsables de educación, que evidentemente no estaban allí para vigilar, se fueron a hacer sus cosas. Abi se sentó a la mesa, tomó el cuadernillo de seis páginas y se puso toda aplicada a pasar las tres horas de examen.

Los otros dos niños, una niña de la edad de Abi y un niño que estaba ya en quinto, también estaban la mar de tranquilos; pero su madre no. Su madre, una mujer delgada y hasta huesuda con dientes de color tabaco, estaba con los nervios a flor de piel, como si se examinara ella misma. Me miró con lo que pretendía ser un gesto de complicidad, pero es que yo no me sentía nada cómplice, así que le devolví una sonrisa acompañada de un encogimiento de hombros, y me enfrasqué en el libro que había traído.

La mujer comenzó a levantarse y a dar indicaciones, y hasta alguna reprimenda, a sus hijos. Yo veía que Abi no iba muy rápida, pero iba, y opté por dejarla trabajar.

Entraron entonces otros dos niños acompañados por su padre y también se sentaron a hacer el examen. Su padre ya ni se sentó, sino que se puso directamente a ayudarles; incluso, no contento con ayudar a sus hijos, se puso a ayudar a los de los demás.

- No, así no... -le decía a Abi.

A la tercera, ya tuve que intervenir.

- Bueno, bueno, la niña ya lo irá resolviendo sola.

Aquel examen era la repera, con la madre, cuando no estaba fumando fuera, metiendo presión a sus hijos y el padre detrás de todos, a veces en castellano, y al final casi siempre en catalán (mal van de castellano estos niños). Y yo, sentado a un lado procurando no molestar y flipando con cómo somos los padres a veces.

Abi terminó su examen, con bastantes faltas. Le dije que repasara, y seguía habiendo faltas. Al final consiguió corregir bastantes, aunque todavía le quedó más de una y más de dos. Digo yo que los otros niños tendrían un examen perfecto.

- Papà, ¿tu penses que he aprobat?
- Sí, chiqueta, no està perfecte, pero l'aprobat el tens. I tu a soletes.