lunes, 17 de enero de 2011

Treinta y cinco grados

Treinta y cinco grados. Incluso alguno más. Ésa es la diferencia térmica entre el sábado por la mañana, en Valencia, bajo un sol de justicia, paseando en bicicleta por el río con los niños, y el domingo por la tarde, en Moscú, caminando apresuradamente por la Tverskaya a catorce grados cero y mascullando maldiciones los ratos en que los dientes dejaban de castañear.

Pero eso fue ayer. Hoy no. Hoy ya estamos en el tajo, produciendo. Y se había quedado pendiente el asunto de las carreras populares en España y Rusia o, mejor dicho, en Valencia y Moscú.

Valencia tiene, y únicamente si se cuentan los aledaños, sólo un poco más de un millón de habitantes, que es como la décima parte de los que tiene Moscú. Aún así, cuando tiene lugar una carrera masificada, como lo es la San Silvestre, la organización trata de que la peña no se inscriba en la misma a última hora y, desde luego, de que no lo hagan todos en el mismo sitio. Durante los últimos años, la carrera ha sido patrocinada por la Caixa, y los dorsales se han podido retirar de cualquiera de las bastante numerosas sucursales que tiene en la ciudad de Valencia. Al final, siempre hay alguna cola, pero el proceso de inscripción tiene lugar sin demasiados aspavientos.

En Moscú, no.

Uno suponía que Nike, con su pomposo "Club Bowerman", organizador del Run Moscow, debe de saber algo más que la Caixa de organizar carreras populares. Por ejemplo, organizan la San Silvestre Vallecana, y no intentes conseguir un dorsal para esa carrera en los días anteriores, porque no queda ni uno con semanas de antelación (total, para que unos capullos de Vallekas te llenen de espuma para hacer la gracieta en pleno invierno).

Pero esa pericia en organizar carreras no se vio por ningún sitio. En Moscú, la mente iluminada que organizó la carrera decidió que la inscripción se haría por internet, vale, y que la retirada de dorsales se produciría en la carpa de la organización, junto a la salida, y sólo allí, desde las cuatro de la tarde del mismo día de la carrera, que era a las siete.

Cualquier cretino, y sobre todo después de darse cuenta de que por internet se inscribieron doce mil personas, y no digamos cuando se supo que se esperaba un tiempo excelente el día de la carrera, les hubiera dicho que se la estaban jugando a base de bien. Que Nike cuenta con suficientes puntos de venta en Moscú como para descentralizar la recogida de dorsales. Pero no había ni siquiera ese cretino entre los organizadores.

A las cuatro, junto a la carpa, no había llegado ni el Tato. Lógicamente, nadie tiene ganas de tener el dorsal a las cuatro y media y tener que hacer tiempo hasta las siete por una birría de carrera de cinco kilómetros, que por muy lento que vayas no vas a hacer en más de media hora. La gente comenzó a llegar masivamente hacia las cinco y media.

Cuando digo masivamente, estoy hablando de algo muy gordo. De algo tan gordo que, si no hubo muertos, como en la Love Parade, es porque Dios no quiso. Ya se sabe que al poder, como hemos visto muchas veces en esta bitácora, no le gustan las aglomeraciones de gente, así que envía mogollón de policías y antidisturbios para controlarlas. Era lo que faltaba. Éramos doce mil, y parió la abuela. Los omones, los militares y la policía acordonaron la entrada y dejaron un sitio estrechito para pasar a la carpa uno a uno, como en un inmenso embudo, al que además intentaban acceder personas que, se suponía, estaban en bastante buena forma física. Los codazos empezaron, las chicas vieron el percal y muchas decidieron que ya no les apetecía correr, sobre todo si eran bajitas; yo me puse las manos delante de los cataplines, endurecí los muslos e intenté dirigirme hacía la boca del embudo en cuanto veía la menor posibilidad.

Tardé cuarenta minutos en colarme, y entretanto vi situaciones alucinantes, cargas de la policía, berridos de un sargento y chicas poco menos que llorando, sin poder tirar para atrás ni para adelante. Pero me colé, quizá en parte porque llegó un momento en que salir de allí era imposible, como no fuera por el agujero del embudo, y porque tengo experiencia en las mascletaes de la plaza del Ayuntamiento y en algo se tiene que notar.

Con esto, y con las leches que se estaban repartiendo en la cola, decidí dar el calentamiento por terminado. Al menos, yo ya estaba caliente. Recogí la camiseta (en Valencia la dan normalmente al llegar al meta, pero eso era aquí imposible), que era bastante chula y que me llevé a Valencia para ponerme allí, y dejé la impedimenta en el guardarropa. En Valencia, no hay guardarropa salvo en carreras muy específicas, porque la gente suele ir en coche y dejar la ropa en él, pero en Moscú hay que estar loco para acercarse al centro en coche y, además, no es muy normal que vayas a una carrera con una ropa que te permita participar. Vamos, que guardarropa sí o si, aunque, excepcionalmente, en esta ocasión el tiempo era bueno y permitía prescindir de él.

Con esto, llegué a la zona de salida y me dediqué a observar al personal, cosa que no tuvo desperdicio, pero que será asunto de la próxima entrada. Porque hoy se hace algo tarde, y no es cuestión.

3 comentarios:

Orayo dijo...

Yo me veo ese percal, me doy la vuelta y para casa. Qué valor para meterse en el embudo.

Me imagino que será que yo no soporto las aglomeraciones.

Anónimo dijo...

tienes un par....
la cuñáá

Alfor dijo...

Orayo, uno, que es tozudo a saco, dijo al salir de casa que se iba a correr una carrera y por mis c*j*n*s que iba a correrla.

Cuñaa, ¿de c*j*n*s?