sábado, 30 de diciembre de 2023

Vecinos

La casa llevaba algún tiempo vacía. Los anteriores inquilinos decidieron convertirse en propietarios y compraron una vivienda en Saint Job. Estaba un poco más lejos del centro de Bruselas y de su lugar de trabajo, pero, por lo menos, iba a ser suya y ya no tendrían que preocuparse de pagar un alquiler todos los meses o de que, el día menos pensado, el dueño decidiera que necesitaba la casa para él mismo (poco probable) o para algún pariente y les echara. Sí, en Bélgica el inquilino -o el okupa-  no goza de la misma protección que en España, y un propietario no tiene demasiadas dificultades para rescindir un contrato, con tal de que esté bien asesorado. Y doy fe de que el dueño de la casa vecina, que tiene el dinero por castigo y que pasa casi tanto tiempo veraneando en Portugal como en Bélgica, donde vive más de las rentas que de su empresa, está bien asesorado.

El caso es que la vivienda se quedó vacía y yo lo lamenté, porque eran buenos vecinos y ahora a saber quién iba a ocupar la casa. Pasó un mes, pasaron dos y una compañera de trabajo, que andaba buscando casa en Bruselas y se había enterado de que estaba libre ésa, me preguntó cómo contactar con el dueño.

De resultas de algunas humedades en la pared medianera, había contactado en su día con el dueño y disponía de sus datos. Se los pasé a la compañera de trabajo, una griega casada con un alemán, y con la que, por supuesto, terminé comunicándome en alemán.

Al poco tiempo, como no tenía noticias de ella, la llamé.

- ¿Habló usted con el dueño?

- Lo hice, pero llegué tarde. Va usted a tener nuevos vecinos.

- Ah... Lo siento por usted.

- Si quiere, le digo quiénes son sus nuevos vecinos, que se van a mudar dentro de un par de semanas.

- Si es tan amable...

- Es una familia mixta. Él es inglés. Creo que es el representante del Partido Laborista británico en Bruselas. Al menos, parece que lo era. No sé si, después del Brexit, el Partido Laborista mantiene representación en Bruselas, pero es posible.

Y tanto que es posible. Los británicos no pierden ocasión de hurgar y de sacar tajada, a pesar de la pifia que cometieron.

- Ella es alemana. Creo que trabaja en un lobby, pero no sé en cuál. O quizá represente al SPD en Bruselas, más o menos lo mismo que hace su marido.

- Vaya.

- Tienen dos hijas que irán al colegio religioso que hay en el barrio.

Uno podría admirarse de que dos socialistas lleven a sus hijas a un colegio religioso, en lugar de a la escuela pública que también está en el barrio, pero ya hace algún tiempo que es mejor no admirarse de nada. Probablemente ese colegio religioso lo sea más de nombre y por inercia que de contenido. También los hijos de los vecinos anteriores iban al mismo colegio, y me consta que al menos el padre veía la religión como algo más histórico que actual, y aceptaba que sus hijos fueran a clase de Religión como el precio que había que pagar por que sus hijos asistieran a clase en un colegio que, después de todo, debe ser bueno, prescindiendo de su carácter confesional o no.

A las dos semanas, en efecto, apareció un camión de mudanzas y una cuadrilla de mozos. Durante un día completo, muebles y más muebles pasaron del camión a la vivienda, con la ayuda de una grúa, una plataforma y mucha paciencia. Uno de aquellos días estaba yo teletrabajando desde casa y escuché en el jardín algunas conversaciones en inglés y en alemán, de manera indistinta. Quizá el inglés hubiera aprendido alemán, todo es posible; desde luego, las hijas lo hablaban con corrección.

En Bélgica, y creo que también en España, es el nuevo vecino el que tiene la obligación de presentarse a los anteriores. No es realmente una obligación, claro, pero es de buen gusto. Cuando llegamos nosotros, los anteriores propietarios nos presentaron directamente a los vecinos que les caían bien, pero no a los que les caían mal. Eso ya tuvimos que hacerlo nosotros.

Los vecinos actuales pasaron ampliamente de presentarse. Igual me pillaron fuera y, teniendo en cuenta que vivo solo, renunciaron a tomar contacto conmigo, pero, qué sé yo, hay un buzón en el que me pueden dejar una nota. También es posible que se acercaran y vieran mi nombre escrito en la placa de la puerta, con los dos apellidos que delatan mi condición de sureño, y ya se sabe que ciertos ingleses y alemanes tienen un marcado complejo de superioridad.

Pero, claro, después de todo vivimos puerta con puerta y pared con pared. Es imposible no encontrarse. Y así fue. Alguna vez nos cruzamos. Él era un hombre muy entrada la cuarentena, o quizá algo mayor, razonablemente corpulento, por no decir obeso, y con gafas tan gruesas como él mismo. Yo, que soy miope, pero no demasiado, cuando salgo a la calle no suelo llevar gafas, así que tengo un aspecto como ausente, con la mirada perdida, además de ser de natural huraño, de modo que -lo reconozco- no animo mucho a que se me dirija la palabra.

Las primeras veces que nos vimos nos limitamos a un gesto con la cabeza. El mío debía ser más perceptible, porque, al fin y a la postre, yo tengo cuello. El cuello del británico estaba oculto tras una capa de pellejo que unía la cabeza con el tronco. Yo no veía claro que no se hubieran presentado ellos, y él a saber qué pensaría de mí, pero seguro que nada bueno.

Un día le pillé cargando el coche con un montón de cachivaches, como quien se va de viaje, y decidí abordarlo ¿En inglés? Jamás. En alemán, por supuesto.

- Naja, viel zu tun heute? (¿Qué, mucho que hacer hoy?)

El inglés se me quedó mirando, obviamente desconcertado por el hecho de que un extranjero le abordara en otro idioma que no fuera el inglés, esa lengua que todos tienen la obligación de conocer.

- Ja - contestó.

Mucha conversación no daba, la verdad.

- Viel Spaß noch! (¡A seguir disfrutando!)

En alemán y en directo queda menos irónico que en español, pero a saber cómo se lo tomó. Dicho esto, y como se me hacía tarde, más o menos como ahora mismo, monté en la bicicleta y me alejé de allí.

Desde entonces, nos hemos encontrado por la calle bastantes veces. Nunca hemos pasado de la inclinación de cabeza, y parece difícil que lo consigamos, al menos en el corto plazo. Igual piensa él que soy un poco rarito, o soy yo el que piensa que él hubiera debido dar el primer paso. El caso es que hemos empezado la relación de manera muy mejorable, y que sólo Dios sabe si pasaremos a conversaciones de cierto calado.

Puesto que con él las cosas están complicadas, cabría preguntarse si con la esposa la relación sería menos tirante, al menos para lo que un español considera tirante, porque igual un inglés cree que somos los mejores amigos. Pero este aspecto queda para una entrada posterior, porque el año se termina, y hay que hacer balance antes de que se haga tarde.

domingo, 24 de diciembre de 2023

Feliz Navidad

a todos los lectores que queden de esta bitácora, que hace sus esfuerzos por no desaparecer y lograr una continuidad que las muchas ocupaciones y preocupaciones de su autor no llegan a impedir, pero sí a limitar mucho.

Y que el Señor, que nace hoy, reine en los corazones de quienes lean esto.

Ya si eso, en otro momento, sigo con los políticos o politicastros belgas, serie que promete bastante, porque, si pensáis que los políticos españoles son una casta vergonzosa o una banda endogámica que lo daría todo por el poder, eso es porque no tenéis con quienes compararlos. Después de leer la serie sobre políticos belgas, es muy posible que el lector medio español se vea consolado hasta cierto punto, pero eso llegará más adelante. Entretanto, de nuevo, ¡feliz Navidad!

martes, 5 de diciembre de 2023

Políticos belgas: Introducción

Los políticos belgas son, en general, poco conocidos en España, cosa que no es de extrañar mucho, porque, después de todo, Bélgica no es lo que se dice una gran potencia. Ni siquiera son vecinos nuestros, ni probablemente sería eso una gran diferencia, porque tampoco creo yo que los políticos portugueses sean muy conocidos en España. Los franceses lo son un poco más, pero eso es porque Francia, después de todo, cree ser todavía una gran potencia, e intenta convencernos de eso a los demás, y además los políticos franceses intentan fastidiarnos todo lo que pueden y eso parece que une mucho. Ojo, intentan fastidiarnos a los españoles y probablemente también a todos los demás, excepto a ellos mismos.

Así que en España conocemos a los políticos belgas que salen en las noticias, que son fundamentalmente dos, aunque no sé si la gente sabe que son belgas. El primero de ellos es Charles Michel, que es el que ostenta un cargo más elevado, no en el gobierno belga, que presidió en su día, sino en el Consejo Europeo, del que ostenta la presidencia permanente. Ése es un puesto que les viene como anillo al dedo a los políticos belgas, los cuales están acostumbrados como nadie a moverse en un magma en el que nadie tiene la mayoría, hay que negociar con el que ayer te estaba clavando un puñal y hay que farfullar todos los idiomas posibles. Charles Michel tuvo que hacerlo en su día en el gobierno belga, pero de Charles Michel tocará escribir más en profundidad en otra ocasión.

El segundo político belga conocido últimamente en España es Didier Reynders, que ya apareció por aquí hace varios años. Entretanto, ha progresado en su carrera y, como todo el mundo medianamente informado en España conoce, es el Comisario europeo de Justicia, al que los políticos españoles de oposición se dirigen sistemáticamente para protestar por la degradación que ellos perciben en el estado de derecho en España, mientras que los políticos españoles del gobierno dicen de él que no está preocupado por ese asunto. En fin, que es nada menos que a un político belga a quien ponen los españoles de árbitro de sus disputas. No sé yo si lo han pensado bien. Entre un político belga y un diplomático salvadoreño, no sabría yo bien con qué quedarme.

Pero también es verdad que la oposición española no tiene mucho donde elegir, a no ser que se haga antisistema, cosa que evidentemente no casa bien con sus principios, así que tiene que quejarse a Reynders, que para eso cobra, para asegurarse de que la justicia en los países miembros de la Unión Europea respeta los valores europeos, sea lo que sea eso. Pero también de Reynders tocará escribir en otro momento, no faltaría más.

El resto de los políticos belgas no creo que aparezca jamás por los noticiarios españoles, y es lástima, porque muchos de ellos darían para bastante. Sin salir del ámbito de la justicia e interior, no está de más recordar al ahora dimitido ministro belga, que haría las delicias de cualquier humorista español si ejerciera en nuestro país. Como no se da ese caso, hace las delicias de los humoristas franceses, porque los franceses son geniales para reírse de los demás (en este caso me temo que merecidamente) y ofenderse cuando los demás se ríen de ellos.

Como en Bélgica hay más partidos políticos que longanizas, y además multiplicados por dos comunidades lingüísticas (la tercera comunidad lingüística no da para mucho), el número de políticos belgas es abundante. En las próximas entradas vamos a ir viendo cómo no son mejores que los políticos españoles, lo cual incluso podría mejorar nuestra autoestima, aunque sea un poco y aplicando ese execrable principio de "mal de muchos, consuelo de tontos".

No será hoy, sin embargo, porque no son horas y, como otras tantas veces, se hace tardísimo.

domingo, 26 de noviembre de 2023

Una visita a Ítaca

Estoy seguro de que Ulises, cuando finalmente volvió a su tierra, nosecuántos años después de irse a dar mamporros a Troya, la debió encontrar bastante cambiada. A lo mejor lo único que no cambió, al menos demasiado, fue Penélope, que le fue fiel durante los veinte años de singladuras a base de tejer, destejer y entretener a sus pretendientes hasta que volvió el héroe. Por lo demás, pasar de tener un hijo recién nacido a tener un mocetón hecho y derecho como Telémaco tuvo que ser un choque importante. Pero, ¿y lo bien que se lo pasó dando mamporros y tumbos por ahí y por allá?

Ulises pudo haber paliado estos sinsabores (y los de Penélope, supongo), si se hubiera dado una vueltecilla por Ítaca de cuando en cuando, como quien va de permiso durante la mili. Claro que entonces se hubiera ahorrado muchas peripecias después de la caída de Troya, lo que no está claro que hubiera sido positivo, ni para la literatura clásica ni para él, tanto más cuanto que varias de las peripecias debieron gustarle. Uno no se queda varios años con la ninfa Calipso y le hace dos hijos porque sí, como quien no quiere la cosa. El caso es que el viaje debía ser difícil en aquellos tiempos heroicos, porque Troya e Ítaca, hoy en día, están a dos pasos mal contados. Atraviesa uno Tesalia, toma el transbordador en el Épiro meridional, y ya estamos donde queríamos. No excluyo incluso que Ryanair, que tanto daño ha hecho, vuele allí, a Ítaca, desde Estambul, y llame al aeropuerto de Estambul algo así como "Troya Oeste", igual que llama "Bruselas Sur" al de Charleroi.

En el siglo XXI, que Penélope le sea a uno fiel después de veinte años de ausencia sería totalmente insólito. Incluso si uno se queda al lado de su esposa, eso de la fidelidad comienza a ser un fenómeno poco frecuente en estos tiempos de inconstancia y porqueyolovalgo. Pero, quizá para compensar, podemos darnos una vueltecilla por Ítaca para preparar el regreso definitivo, comprobar que todo está en su sitio y asegurarse de seguir siendo conocido y reconocido en la patria de uno, no como Ulises, que no lo reconoció ni el Tato cuando llegó y tuvo que entrar en su casa disfrazado, con la ayuda de su hijo y de parte del servicio. Y luego tuvo que liarse a mamporros con la caterva de pretendientes que se habían enseñoreado del palacio, porque vale que Penélope los rechazó, pero bien que estaban todos comiendo y bebiendo en casa ajena.

Como cualquier lector habrá adivinado, mi Ítaca es Valencia y no dejo pasar la ocasión de volver de vez en cuando para comprobar que todo, o al menos algo, sigue en su sitio. Los primeros años de mi ausencia, casi todo seguía en su sitio, mis padres estaban en plena forma y mi habitación seguía siendo mía, al menos en parte, porque siempre la compartí con un hermano. Y mis amigos seguían siendo los mismos y se ponían muy contentos al verme de nuevo y me contaban sus novedades e incluso aprovechábamos para aumentar el número de nuestras aventuras saliendo por esos campos de Dios.

Con el tiempo, algunas cosas dejaron de ser iguales, pero quedaba un rastro de ellas. Mis padres fueron declinando, pero seguían ahí. Me compré un piso, y mi habitación en casa de mis padres dejó de ser tan mía como antes, aunque conservé algunas cosas y una cajonera donde seguía recibiendo mi correspondencia. Mis amigos, cada vez más, daba la impresión de que sólo se veían cuando llegaba yo, porque estaban a otras cosas, y nuestras reuniones ya eran exclusivamente para tomar algo sentados, con alguna excepción atlética y de carrera popular.

Más adelante, mis padres fallecieron, y eso ya dejó de estar en su sitio, pero muchas otras cosas permanecen, y es bueno asegurarse de que es así. Porque se acerca el momento del regreso definitivo a Ítaca. Sí, aún queda algún tiempo, posiblemente varios años, pero está más cercano el momento del retorno que el de la salida, a no ser que Dios disponga otra cosa.

Entretanto, Ítaca sigue allí, quieta. Cambiada, y últimamente llena de turistas. En mis últimas estancias por allí ya me he dado cuenta de que en el centro de la ciudad, que visito con frecuencia, se escuchan muchas conversaciones en idiomas tales como flamenco o italiano, aparte del ruso que ya no debería sorprender a nadie. Posiblemente Valencia vaya a cambiar mucho más en los próximos años, así que bueno será seguir volviendo con la mayor frecuencia posible, antes de que, como ahora mismo, se haga tarde.

viernes, 10 de noviembre de 2023

La zona oscura

El período comprendido entre el cambio de hora del último fin de semana de octubre y el solsticio de invierno son los casi dos meses más depresivos del año, desde luego para un residente en el centro-norte de Europa. De repente, como por sorpresa, el día termina poco menos que tras la comida; para colmo de males, hace un frío cada vez más intenso y, al menos en Bruselas, llueve con frecuencia. Vale: siempre llueve con frecuencia, pero las lluvias de día parecen más alegres. Las lluvias nocturnas, sobre todo cuando uno no tiene más remedio que estar en la calle o se avecina el momento en que debe enfrentarse a ella, le hacen a uno sentirse como el profesor Frankenstein y Aigor desenterrando muertos.

Para compensar, los humanos recurrimos a cualquier cosa con el fin de olvidar que la primavera aún está lejos. En Valencia, como tampoco hace tan mal tiempo y el día es corto, pero no tanto, no es que haya mucho que compensar, pero en Bruselas sí. En este período, las actividades culturales se multiplican y todo tipo de ocio tiene lugar. El 11 de noviembre es un día festivo (también lo es, como en España, el día de Todos los Santos), lo cual invita a montar un puente. Para ese día, ya falta poco para el 6 de diciembre, San Nicolas, que es cuando se reparte chocolate a diestro y siniestro, y ya se sabe que el chocolate tiene un interesante efecto euforizante. Llegada esta fecha, aparecen los calendarios de Adviento. Uno podrá ser más o menos creyente, pero los calendarios de Adviento tienen chocolate, y eso sí que no se perdona.

No nos olvidemos de los mercadillos de Navidad, que en Bruselas incluyen el montaje de una pista de patinaje. No hace tanto frío como para que se hiele el agua, pero en los tiempos modernos eso no es óbice para montar una pista (incluso en Valencia se hace con hielo artificial a más de veinte grados, que yo lo he visto), sin necesidad de llegar a extremos moscovitas. Allí, por cierto, sí que había pistas de patinajes de lo más natural. El caso es que los mercadillos de Navidad contribuyen a distraer al personal y a elevar el ánimo comprando cositas y bebiendo vino caliente. No, yo tampoco sé cómo hay quien aprecia el vino caliente, pero no seré yo quien lo condene.

Y así, entre distracción y juerguecilla, llegamos al solsticio de invierno, el 21 de diciembre. Llega la Navidad, con una sucesión de fiestas, que quienes somos religiosos asociamos con el nacimiento de Nuestro Señor, y quienes no lo son no lo hacen y las asocian con un difuso sentimiento de felicidad, de obligación de estar contento y satisfecho, de ver a la familia, quien la tenga (y cada vez la van a tener menos) y de alegría de vivir. Supongo que quienes no celebran el nacimiento de Cristo pueden consolarse con que los días, de momento imperceptiblemente, empiezan a alargar, con lo que el período o zona oscura termina. Sigue haciendo un tiempo muy mejorable, pero por lo menos comienza a haber un poquito más de luz cada vez.

En Valencia no son necesarios tantos pretextos para llegar con cierta ilusión al solsticio de invierno. No hay mercadillos navideños, ni falta que hacen. Las máximas superan los veinte grados con relativa frecuencia y los días son soleados. Así que uno, que ha pasado unos días en Valencia con un clima tal que, la verdad, no sé cómo hay gente que vive en otro sitio, le toca volver a Bruselas, donde, según todos los testimonios que he ido recogiendo, hace un tiempo de perros. Y no de gos rater, que ésa es raza valenciana y no está hecha a destemplarse, sino de cualquier raza centroeuropea, de las que aceptan el tiempo desapacible como una costumbre más.

En fin, sea como fuere, toca abandonar estas tierras y volver a Bélgica, donde, además de un tiempo pésimo, me esperan aventuras que preferiría omitir, pero que no podré, porque uno no elige las cruces que debe cargar. Para bien que sea y, al menos, espero que no se me haga tarde. Como se me hará tarde hoy, a no ser que termine esta entrada inmediatamente.

martes, 31 de octubre de 2023

Primavera de invierno

En valenciano, otoño se dice primavera d'hivern, al menos entre quienes no hemos ido al colegio en valencia-no normalizado ni hemos acatado el vocablo catalán tardor que se nos mete con calzador a través de colegios y medios de comunicación de masas.

Primavera d'hivern es mucho más bonito y, en estos tiempos que corren, considerablemente más descriptivo del tiempo que hace en otoño, al menos en Valencia.

Estoy en Valencia, efectivamente. Por el día disfrutamos de una temperatura de entre veinte y veinticinco grados, y de noche refresca hasta entre diez y quince, lo cual es un tiempo que yo firmaría todo el año, si se pudieran firmar estas cosas. Es verdad que antes el frío llegaba antes, pero hay que reconocer que el cambio climático también tiene sus ventajas. Pasar de los escasos diez o doce grados de máxima, con sus lluvias y su frio, al tiempazo primaveral de Valencia es uno de esos goces de los que entran pocos en un kilo.

¿Y cómo es posible que pueda escaparme de Bruselas en esta temporada tan convulsa, incluso laboralmente? Bueno, en realidad decidí acortar las vacaciones de verano, esperando escapar del calor y aprovechar lo que yo esperaba que fuera un tiempo bonancible en Bélgica (no lo fue, que fue un truño de verano), para alargar las de otoño e invierno. Antes, no podía hacerlo, porque mandaban las vacaciones escolares de la tropa, pero la tropa ya acampa por su cuenta, aunque estos días estén precisamente en Bruselas, guardando la casa, así que el cabo de la misma puede permitirse ciertas licencias.

Entre esas licencias está la de salir a dar una vuelta relajada en pantalón corto, cosa que voy a hacer acto seguido, antes de que se haga tarde, que hay que aprovechar la... tardor.

sábado, 28 de octubre de 2023

Atentados

La noticia de la semana pasada en Bruselas ha consistido en el retorno de los atentados islamistas. En este caso, el lunes de la semana pasada, cuando un tipo muy poco recomendable y desde luego poco adaptado a la vida en Occidente se lio a tiros contra unos pacíficos aficionados suecos al fútbol que habían venido a Bruselas a ver cómo su selección jugaba contra los Diablos Rojos, y en lugar de eso se encontraron con un diablo, sí, pero verde y con muy mala leche. Al parecer, la excusa es que alguien quemó un Corán en Suecia. Está bajando el nivel de la ofensa. Para que llegaran las represalias, primero había que maldecir al (falso) profeta, después bastaba con dibujarlo, ahora basta con maltratar un Corán, que no deja de ser un libro, y el día menos pensado nos la vamos a cargar sólo por vender jamón.

Lo que pienso sobre el particular lo dejé bien claro hace ya ocho años, y no cambio una coma de lo que escribí entonces. Yo lo siento mucho, pero está más que demostrado que el modelo de aceptar a los extranjeros con sus propias costumbres incompatibles con nuestro orden público simplemente no funciona. Yo llevo más tiempo como extranjero que como español, pero mi orden público no es incompatible con el local, ni en Alemania, ni en Rusia, ni ahora en Bélgica, y en todos estos sitios he tenido un razonable trato con locales y no se me ha ocurrido montar un "ghetto" de españoles ni mucho menos imponer mis ideas por la fuerza. Los musulmanes tienden a concentrarse en lugares concretos y en ellos a hacer de su capa un sayo de forma todo lo violenta que se tercie, porque ése es lamentablemente el ejemplo que les dejó el fundador de su secta, un personaje violento, belicoso y de costumbres sexuales muy poco edificantes, que no es criticado por las feministas y otras gentes de mal vivir porque dichas gentes comparten con los mahometanos el odio al cristianismo, y eso les une. El día que, Dios no lo quiera, deje de preocuparles el cristianismo, deberían darse cuenta de que entre sí son todavía menos compatibles.

Sea como fuere, entretanto el terrorista se dio a la fuga en moto, sin suicidarse ni nada. Esto es Bélgica, un país que alberga muchos fenómenos chocantes y algunos de ellos tienen que ver con su policía. En este caso, sé que voy a ser injusto, pero se diría que a los policías se les acabó la jornada laboral y dejaron el trabajo de neutralizar al asesino hasta el día siguiente; lo cierto es que al día siguiente lo localizaron y el sarraceno murió de un tiroteo. Consta que era tunecino, que ya venía con mala fama desde su patria, que estaba casado y tenía una hija, que había pedido asilo, el cual lógicamente le fue denegado, porque no se sabe que en Túnez persigan a los opositores políticos, pero eso no hizo que el pollo abandonase Bélgica, sino que siguió viviendo tranquilamente en Schaerbeek, conocido nido de personajes de comportamiento mejorable. Nadie le molestó en serio. Ni en broma. Es más, Túnez había pedido su extradición por delitos bastante comunes, y aquí a nadie se le ha ocurrido que el individuo podía ser peligroso. Lo de Bélgica acogiendo a delincuentes extranjeros es una tradición que viene, al menos por lo que respecta a España, desde que se constituyó en santuario de ETA y últimamente de independentistas catalanes. Todo esto es una actitud arriesgada que en algún momento tenía que terminar mal. Ha tocado ahora.

Habrá que ir haciéndose a la idea de que cambiar la mentalidad de un musulmán no es sencillo, ni ahora ni en tiempos de Felipe III. He oído hablar de algunos, muy pocos, musulmanes que se han convertido al cristianismo, pero no he conocido personalmente a ninguno, sí que se me  permitirá que ponga su existencia bajo una pequeña sospecha.

La chapuza interna ha tenido como consecuencia la dimisión del Ministro belga de Justicia, un señor que ya apareció por esta bitácora con motivo del "pipigate" y que ya no ha podido aguantar más en su puesto. No sé si lo sucedido tendrá como consecuencia que la justicia belga reconozca que es a la justicia como la madre política a la madre, pero me temo que no, porque hay cosas que están profundamente arraigadas en el imaginario colectivo, y la soberbia frente a todo lo que está al sur parece una de ellas.

Entretanto, vamos a rezar porque el siguiente atentado no nos pille cerca ni a nosotros, ni a nuestros allegados, ni siquiera al susodicho ya ex-Ministro de Justicia de Bélgica. Vamos a rezar antes de que sea tarde, como se está haciendo ahora.