martes, 1 de mayo de 2007

Cumpleaños

Ya, ya sé que muchos lo llaman "cumpleblog", pero yo, purista de mí, a los blogs les llamo bitácoras, y "cumplebitácora", además de inexacto (lo que se cumplen son los años), queda feísimo.

Pues sí. Un año hace que empecé a teclear y, desde entonces, andan por ahí 166 entradas, unos seiscientos comentarios, algo menos de cuatro mil visitas ajenas y bastantes horas dedicadas a esto, y no sólo por mí. A los comentaristas y lectores no sé qué les parecerá, pero a mí me ha servido, además de para aprender un montón de cosas sobre las que escribir, para desentumecer la pluma después de largos años de actividad embotada. Y es que yo, de joven, tenía la pluma tan afilada como la lengua, cosa peligrosa en estos mundos que nos ha tocado vivir. Con el tiempo y unos cuantos bofetones, la lengua se ha ido quedando roma y, salvo algunos irreflexivos latigazos recurrentes, la agudeza que la distinguió antaño ha ido siendo tamizada por la prudencia, para bien de todos y, principalmente, para bien del parlanchín de su dueño.

La pluma, que también se las traía, también quedó domada con el tiempo y se estuvo dedicando exclusivamente a informes áridos e impersonales a más no poder, hasta que llegó la decisión de escribir algo diferente. Y así nació esta bitácora. La cosa comenzó timidilla, se desarrolló una rutina, hubo algún cabreo (el sentido del humor abunda menos de lo que yo quisiera), la cosa ha seguido mal que bien y, en general, algo he aprendido de todo esto, y es que la única forma de estar seguro de que no vas a molestar a nadie es escribir sólo de gente que lleve muerta varios siglos y que no suscite pasiones excesivas hoy día. Y, aun así, vaya usted a saber, uno se va de la pluma, y le sale algún partidario ofendidísimo de los Infantes de la Cerda, del falso Demetrio, de Witiza o de Aníbal Barca.

Y así hasta hoy. Un saludo especial a Esther, que es la que me dio la idea, la comentarista más constante y la que tiene una bitácora más distinta a la mía, al menos de entre las que leo.

A partir de ahora, aparte de que seguramente me tomaré esto con más sosiego, porque otras actividades reclaman mi atención, creo que ha llegado el momento de cambiar un poco alguna cosa de por aquí. En todo caso, a estas alturas, el que haya seguido esto más o menos ya es consciente de que en Rusia suceden con inusitada frecuencia cosas que en España consideramos surrealistas, así que es probable que me dedique en futuras entradas a otros asuntos, o que los trate de otra manera. Ya lo iremos viendo.

lunes, 30 de abril de 2007

Punto de encuentro

En Madrid, el oso y el madroño; en Düsseldorf, el ayuntamiento y la estatua del conde Adolfo; en mi pueblo, el bar del tío Garrofa; en Valencia, el Parterre y la estatua ecuestre de Jaime el Conquistador.

Y, en Moscú, el punto de encuentro por excelencia es la plaza Pushkin con la estatua del poeta no menos por excelencia de Rusia. Uno va en cualquier momento, y se encuentra a todo tipo de personajes solitarios sin hacer nada, porque están esperando a alguien, mirando a los transeúntes con la esperanza de que el que se está acercando sea precisamente la persona esperada, y comience una nueva fase en su actividad.

A un lado de la plaza, junto a la estatua, se encuentra la gente que espera, muchas veces sin saber exactamente a quién. Casi cada día tengo que pasar por allí, camino de mi casa, y nunca he visto vacía la plaza; pero tampoco la he visto nunca llena: no es un lugar para quedarse. La gente nunca permanece allí, una vez ha llegado la persona a la que esperan. Así como en otros sitios, incluso en la misma plaza, pero en otro lado, se pueden ver grupos de personas conversando, jugando o bebiendo, allí no. Como si la estatua de Pushkin fuera demasiado imponente, o como si el tiempo de espera fuera demasiado largo, la gente huye de allí en cuanto la espera se termina, ya sea porque ha llegado la cita, o porque no ha llegado y se ve que no va a hacerlo.

No sé cuántos plantones habrá visto el poeta, cuánta gente que se habrá quedado allí mucho más tiempo del que había pensado. O de cuántos encuentros habrá sido testigo, gente que se reúne allí, incluso sin conocerse, para acto seguido marcharse hacia otros horizontes. Nadie, nadie se queda en el punto de encuentro.

El único que sigue siempre allí, con la mirada fija, la cabeza gacha y la mano en el corazón, es Pushkin.

sábado, 28 de abril de 2007

Brotando a lo bestia

Hoy la cosa va de plantas, que no protestan nunca. Seguro que habéis visto a mucha gente hacerse lenguas de lo bonita que es la primavera en Rusia, pero lo que estoy aún más seguro que no habéis visto es una prueba científica de lo a la carrera que va creciendo esto. Pues no os preocupéis, que aquí estoy yo para ilustrar la velocidad primaveral en este bendito país. Para eso utilizamos una planta de control, concretamente la que cuida a conciencia mi vecina, tyotya Alla.




Así de cochambrosa estaba la planta el 3 de abril.







El 18 de abril la cosa había mejorado sensiblemente.










El 24 de abril ya la cosa era incluso diríase que frondosa.












Y hace un rato, 28 de abril, esto ya era puro espectáculo.







En fin, me voy a tomar un antihistamínico, porque la primavera será muy bonita, sí, pero yo no la aguanto. Me pican los ojos, moqueo que da asco y... ayayay... ¡atchís!

Que pase pronto esto, Dios mío...

martes, 24 de abril de 2007

No pasa nada

Las primeras páginas de los periódicos de medio mundo están dedicadas nuevamente a Rusia, porque ayer murió Borís Yeltsin, que fue presidente de Rusia entre 1991 y 1999. Es curioso el temor reverencial que, incluso en sus últimos años, despertaba, hasta el punto de que nadie le trataba de "ex-presidente de Rusia", sino de "primer presidente de Rusia", que, ciertamente, queda mucho más fino.

El personaje tenía a estas alturas mucha menos importancia de la que le atribuye la prensa, y la prueba es que nadie se ha dado por enterado del suceso, ni ha cambiado sus costumbres por el mismo. Y eso me da pie a comentar que, en Moscú, ciudad donde ocurren cosas peligrosas con muchísima frecuencia, la gente corriente ha llegado a un punto de indiferencia que no por envidiable resulta menos curioso.

En 1991, durante el golpe de estado comunista, mientras los tanques iba y venían de aquí para allá, y hasta sonaba algún pepinazo, la gente iba tranquilamente, al menos en apariencia, por entre los tanques para ir a comprar el pan; en 1993, en pleno rifirrafe entre el mencionado Yeltsin y el parlamento, con bombardeo incluido del mismo, la gente cruzaba la calle a pocos metros de los tanques; en 1998, cuando la devaluación bestial del 400%, la gente, en lugar de asaltar los centros de poder y cortar la piel a tiras a los responsables del desastre (y no era el primero), se dedicó a comprar, también tranquilamente, con sus últimos rublos. Y la semana pasada, con la convocatoria de manifestaciones múltiples y detenidos diversos en pleno centro de Moscú, la prensa occidental se ha puesto las botas, pero la verdad es que yo vivo bastante cerca de allí y ni me he enterado, ni he alterado demasiado mis costumbres.

Esos sí, la más gorda que viví sucedió en octubre de 2002, cuando un comando de terroristas suicidas chechenos ocupó el teatro de la calle Dubrovka en plena función, tomó cerca de un millar de rehenes entre actores y espectadores y amenazó con volarlo. Como yo vivía a unos tres o cuatrocientos metros de allí, calle abajo, en caso de explosión no sólo tenía todos los números de enterarme de la mascletà, sino de quedarme sin cristales, o algo peor. La calle fue cortada, los trolebuses se agolpaban en los cables, los OMON tomaron posiciones, el ejército hizo lo propio, los tanques apuntaban al edificio... pero, nosotros, tranquilos, seguimos allí, haciendo vida normal (salvo que aparcar se puso difícil) y a los dueños de la tienda de enfrente ni se les ocurrió cerrar. Antes al contrario, tanto policía y tanto militar garantizaba una clientela estupenda mientras durase el rifirrafe.

En fin, que en Moscú, todas esas cosas que aparecen en las portadas de medio mundo, a la población de a pie nos afectan más bien poco. Si lo comparo con mi 23 de febrero de 1981 en Valencia, en pleno golpe de estado con toque de queda incluido y tanques pasando por delante de mi casa, está claro que los españoles somos gente más prudente: no había ni uno por la calle.

domingo, 22 de abril de 2007

Preparando un viaje en coche

Una de las cosas más imprevisibles de Rusia consiste en saber cuánto durará un viaje por carretera. El que consiga averiguarlo con cierta aproximación tiene bien ganado el rango de profeta, y no estará de más preguntarle si obtiene su conocimiento de alguna revelación sobrenatural, magia negra, videncias diversas o simplemente es pura chiripa. Por ejemplo, viajar desde la casa de uno a cualquiera de los aeropuertos de Moscú puede durar entre cuarenta minutos (eso si todo va bien) y cinco horas (si todo va mal). En realidad, puede durar incluso más de cinco horas, pero reconozco que son casos excepcionales. Mi récord personal está en cuatro horas y media, un día en que se conjuraron todos los hados, hubo una nevada copiosísima, camiones tirados en la carretera y hasta una colisión entre un camión y un autobús, cosa que, aunque pueda parecer excepcional, no lo es tanto como pueda creerse. Además de esto, otros clásicos de las carreteras moscovitas son los atascos de fin de semana, tanto de salida (los sábados por la mañana, a partir de las seis y media de la mañana, y no es coña) como de entrada (los domingos durante todo el día y buena parte de la madrugada del lunes).

Pues bien, dentro de un par de días estaré camino de Ivánovo, ciudad provincial situada a unos trescientos kilómetros al nordeste de Moscú. Vamos, más o menos como Zaragoza respecto de Madrid o Valencia. Podría decirse que es el prototipo de ciudad mal comunicada, con tres trenes al día (o más bien a la noche, porque son nocturnos), sin vuelos de pasajeros comerciales (me gustaría ver cómo está ese aeropuerto), y con la única regularidad del servicio de autobuses. Pero, claro, para eso...

Para eso, la opción elegida ha sido ir en coche, y ahora todo son cavilaciones sobre la antelación con que partir, teniendo en cuenta que a la una del mediodía hay que estar allí. Uno, si fuera de Valencia a Zaragoza, lo tendría claro: saliendo hacia las nueve y media se llega bien y sin necesidad de correr, pero aquí las cosas son distintas.

- Que si quedamos para salir a las ocho.
- ¿Y vamos a llegar?
- Deberíamos. Son unos trescientos kilómetros.
- Pues a saber cómo son.
- Bueeeeno, no exageres.
- Pues yo saldría a las seis y media.
- ¿Tan prontooooo?
- Es que, si no, habrá atasco de salida seguro.

Ya veremos cómo queda la cosa. De momento, he recordado con un escalofrío el vídeo de abajo, que mi cuñado tuvo la gentileza de enviarme hace un par de meses. Vale que lo del vídeo es una carretera siberiana, lejos de la parte europea de Rusia... pero, por si acaso, voy a llevar víveres.

viernes, 20 de abril de 2007

Fanáticos del baloncesto

Los aficionados al baloncesto, pensaba yo, son gente mucho más objetiva y pacífica que los fanáticos futboleros. Eso lo pensaba yo hasta el otro día, en que tuve la desdicha de sentarme al lado de la mujer de la foto en el pabellón del CSKA. La susosdicha me estuvo dando la tabarra todo el partido con los dos globitos ruidosos como ellos solos ¡Qué tía! Uno se hace la imagen de las mujeres rusas como gente con clase, civilizada, a la que responden la mayoría, pero está visto que la occidentalización hace estragos entre las espectadoras.

El partido era importante, vale. CSKA y Maccabi, los dos últimos campeones de Europa, jugando a vida o muerte por un lugar en la final a cuatro. El pabellón de bote en bote, no cabía un alfiler. Pero el CSKA se puede decir que dejó resuelto el partido en el primer cuarto, en que ya se fue en el marcador por veinte puntos, que aún aumentaron en el segundo.

Pues la mujer, dale que te pego. Además, como me oyó hablando en extranjero con mi vecino de asiento, otro español, debió pensar que era aficionado del Maccabi y me miraba con cara de conmiseración. Hay que reconocer que, si hubiera sido realmente del Maccabi, la compasión hubiera sido realmente merecida, porque el baño estaba siendo de impresión.

En el último cuarto, ya prácticamente con los jugadores dejando correr el tiempo y con los del Maccabi con bastantes ganas de que aquello acabara de una vez para irse a la ducha, se me volvió varias veces y no me dijo nada, pero tenía una sonrisa de oreja a oreja. Aún así, yo pienso que debía ser una futbolera que pasaba por allí y consiguió una entrada y los dos puñeteros globos ruidosos. Yo insisto en que la gente del baloncesto tiene más clase.


- Pínchale los globos -me decía mi vecino de asiento.
- Bueno, por lo que queda...
- Pero es que la tía no para.
- Sí, pero, como se los pinche, habrá lío. Que tiene al maromo al lado y la gente se cree que somos del Maccabi.
- ¿Del Maccabi?
- Leche, claro. Si tú estás en España en una cancha de basket y te ves a un grupo de tíos que hablan en una lengua que no entiendes, ¿qué piensas? Pues que son del equipo contrario.
- Ah... - dijo el compañero, que había estado animando al CSKA como un moscovita más- Pues igual sí.

Finalmente acabó el partido, y todos nos levantamos a aplaudir a los jugadores del CSKA, que desde el centro de la pista saludaban a la afición. Nosotros nos levantamos también a aplaudir, mientras mi vecina hacía sonar los globos de m... con sus últimas fuerzas y soltaba un "Ar-mei-tsí Moskvy!" a grito pelado. Hasta yo grité lo mismo.

Salíamos del pabellón entre una multitud de gente, cuando la mujer le dijo a su marido.

- Fíjate si habremos jugado bien, que hasta los israelíes éstos nos aplaudían.

martes, 17 de abril de 2007

Derribos frustrados

Habíamos quedado en la anterior entrada en la pretensión de la Unión de Ateos Militantes de derribar la iglesia de la foto, concretamente la iglesia del Profeta Elías, de Yaroslavl. La iglesia llevaba cerrada unos diez años, los ornamentos habían sido confiscados, la plata fundida y los libros litúrgicos desvalijados. Al menos, no fue convertida de momento en almacén o en cárcel, como otras, sino que desempeñaba las funciones de museo de arte antiguo, que es más aseado. Pero los almacenes debían escasear en Yaroslavl por aquella época, así que las autoridades decidieron destinar a almacenes parte de la iglesia (jorobando de paso los frescos, pero eso parece que era lo de menos); entonces, viendo el ambiente propicio, la Unión de Ateos Militantes decidió intervenir más decisivamente.

Como el asunto de las campanas les había salido bien, resolvieron utilizar la misma táctica de recoger firmas entre los obreros fabriles de la ciudad, que, como en la ocasión anterior, se unieron a la protesta de manera unánime. En esta ocasión, habían pasado unos años desde la creación de los "campamentos" para gente díscola, y los obreros -y todos los demás- ya sabían que los díscolos que eran enviados allí tenían tantas posibilidades de volver enteros como un seiscientos de ganar un gran premio de Fórmula 1. Para darle más respetabilidad al asunto, el diario "El Obrero Septentrional" (sin coñas, se llamaba así: Северный Рабочий) publicó un artículo en el que exigía derribar la iglesia para ampliar la plaza donde estaba situada. La plaza, ya de por sí, es bien grande, así que no se explica qué más querían, pero las autoridades decidieron apoyar la moción y realizaron una petición de derribo a sus superiores. La petición no tiene desperdicio, así que me permito traducirla:

"El Consejo Municipal, basándose en las peticiones masivas de la amplia sociedad proletaria de las mayores fábricas, subraya especialmente la necesidad de liberar inmediatamente de la iglesia del Profeta Elías la plaza (central) Sovietskaya de la ciudad, considerando que la mencionada iglesia estorba sobremanera la nueva planificación de la ciudad y se encuentra en una plaza que posee significado administrativo, en la cual, a petición de la sociedad, se planea erigir un monumento a los luchadores de la revolución caídos en la rebelión de los blancos. Hay que decir que la ciudad no dispone de plaza más amplia que la dicha y que la existencia de la iglesia en la plaza Sovietskaya impide realizar en el centro de la ciudad manifestaciones masivas, desfiles, etc. Pedimos apoyo al Consejo Municipal y a la sociedad de la ciudad para eliminar del inventario de iglesias la susodicha, para su derribo, considerando que Yaroslavl es rica en arquitectura religiosa y que, tras el desmontaje de algunas iglesias en el centro de la ciudad y en los arrabales, sigue quedando un número significativo de las mismas."

La barbaridad no salió adelante porque el director del museo de arte antiguo, que, bolchevique o no, le había tomado cariño al edificio (y no me extraña nada) decidió quedarse a vivir en el mismo y se negó a salir mientras pendiera sobre la iglesia la amenaza de derribo. Contra todo pronóstico, las autoridades municipales decidieron no forzar la máquina y no sepultar al señor director del museo bajo los escombros, cosa tanto más sorprendente cuanto que la vida humana, allí y por aquel entonces, valía menos que la de un tutsi en Ruanda.

A finales de los años treinta del siglo pasado, la iglesia volvió a estar de actualidad cuando el secretario general del comité regional del Partido (sí, ese partido, no había otro), decidió que una ciudad como Yaroslavl merecía un museo antirreligioso, y qué mejor lugar que la iglesia del Profeta Elías. Y qué mejor director del museo que uno de los líderes de la Unión de Ateos Militantes, Víktor Mijailovich Kovaliov, que se enorgullecía de haber colaborado en el cierre de cerca de doscientas iglesias, incluyendo el desmontaje de las campanas y su venta como chatarra. El único problema es que de museística sabía poco, pero eso era secundario, así que lo llamó a su despacho.

- Víktor Mijailovich, le voy a dar una buena noticia: vamos a crear un museo antirreligioso en Yaroslavl.
- ¡Pero, camarada secretario general, eso es estupendo! Ya hacía tiempo que lo necesitábamos.
- Sí, y he pensado en usted como director del museo.

Víktor Mijailovich no lo veía claro.

- Camarada secretario general, ¿y no habrá otro? Yo es de que de museos no tengo experiencia. Debo rehusar este honor.

El secretario general no debió quedarse contento.

- ¿Rehusar? Bieeeeen... deje su carné del partido sobre la mesa y lárguese.

Víktor Mijailovich decidió que, después de todo, entre los trabajos forzados en las minas de oro de Kolyma y la dirección del museo antirreligioso de Yaroslavl, quizá la segunda opción fuera muy satisfactoria, así que recapacitó y aceptó "entusiasmado" el encargo.

Finalmente, el antiguo dirigente de la Unión de Ateos Militantes demostró algo de sensibilidad. Frente a las opiniones de sus colaboradores, que sugerían convertir en astillas los iconostasios del siglo XVII, para dar más espacio a la exposición, él siempre se negó a consentir el destrozo. Y, a pesar de que la tendencia del museo no dejaba lugar a dudas sobre su parcialidad, incluso consiguió una pequeña colección de campanas, como parte de la exposición.

Como no hay mal que cien años dure, en 1955 alguien tomó la decisión de restaurar lo que quedaba de la iglesia del Profeta Elías. Había polvo de décadas, los frescos no hacían en absoluto honor a su nombre y los iconos estaban en un estado lamentable, pero la iglesia comenzó a ser visitable en 1960. En 1989, su altar mayor fue consagrado de nuevo, y así hasta hoy, y esperemos que por muchos años.