La parroquia, o más bien unidad pastoral, a cuya demarcación territorial pertenezco, es posiblemente el paradigma del progresismo eclesial belga. Ojo a lo que he dicho. No el progresismo eclesial, pongamos, polaco, o incluso español, sino belga, que, ya de por sí, es woke en estado bastante avanzado. No he estado en todas las parroquias de Bruselas, ni mucho menos de Bélgica, pero me parece difícil superar a la mía. Soy consciente de que quizá esté exagerando y de que hay parroquias, y de alguna de ellas hemos hablado aquí, en las que lo que hacen se pasa de castaño oscuro, pero permítaseme la exageración en aras de la atención al concepto, qué narices.
El caso es que, a primera vista, uno se acerca y no ve nada demasiado raro. Que sí, que en la consagración nos arrodillamos tres y gracias, pero eso ya sucede en prácticamente toda Bélgica, donde no sé exactamente cuándo les entró la manía de boicotear a quienes hubieran querido arrodillarse y quitaron los bancos, los reclinatorios y todo lo que hiciera la vida más fácil a los feligreses devotos. Aquí, el que se arrodilla, tiene que proponérselo, tiene que hacerlo sobre el duro suelo (a veces, enladrillado, para que el mérito sea mayor) y, si te duelen las rodillas, supongo que lo que hay que hacer es ofrecer el sufrimiento. En la práctica totalidad de los casos, de sufrimiento nada: gente perfectamente sana se queda de pie tan pichi en presencia de nuestro Señor. A veces me pregunto si saben lo que está pasando ante sus ojos o, si lo saben, si se lo creen.
Por lo demás, al menos, nadie se inventa nada en la liturgia, lo cual se agradece mucho. Recuerdo mis primeras experiencias en Bruselas, recién llegado de Moscú, ciudad en la que nadie se desmandaba lo más mínimo, y darme poco menos que un patatús cuando vi al sacerdote inventarse parte del Credo. Aquí, hasta ahora, no ha sucedido tal desmán, pero eso no quiere decir que no haya originalidades, qué va.
La primera originalidad de mi parroquia es que el párroco es un laico. Convendremos en que eso, de por sí, es una rareza que fomentó un obispo anterior, que había sido párroco de mi actual parroquia antes de ser nombrado obispo y que, al irse o más tarde, cuando tuvo ocasión, debió parecerle bien no dejar su rebaño en manos de un clérigo, a saber por qué oscuro motivo. Es el párroco, aunque no se llama exactamente así, sino algo parecido a “responsable de la unidad pastoral”, pero, siendo laico y casado, no administra los sacramentos. En la unidad pastoral, por otra parte, hay dos sacerdotes, ninguno de los cuales nació en Bélgica, aunque uno lleva algún tiempo bastante enfermo y está más bien de retirada, así que en buena parte del año pasado, que es el tiempo en el que sucedió lo que voy a relatar a continuación, no había más que uno, que corría de un templo a otro tratando de llegar a todo como buenamente podía.
El año pasado, más o menos por estas fechas y en un momento especialmente delicado en mi vida personal, vi con cierta sorpresa que la unidad pastoral iba a organizar un acto penitencial. No contaba con ello, pero eso era precisamente lo que me hacía falta, me dije, así que, no sé muy bien si contrito y lo suficientemente arrepentido, me presenté en la iglesia a la hora indicada, un día de entre semana por la tarde.
El templo, del que ya hemos tenido ocasión de escribir por aquí, no estaba tan concurrido como en la misa dominical (sí, sólo hay una misa, no ya dominical, sino en toda la semana), pero fácilmente habría como sesenta personas. Tras una monición de entrada, y con la música de fondo suave y tranquila que al parecer se requiere en estos trances, el sacerdote tomó la palabra y dijo que era el momento de que se confesara quien lo deseara. Añadió que él se pondría a un lado a confesar y que, si de lo que se trataba era simplemente de hablar, el responsable de la unidad pastoral también estaba disponible para conversar con quienes lo desearan.
Acostumbrado a actos semejantes en mi parroquia en Valencia, con una asistencia semejante y en la que hay cuatro sacerdotes confesando, los dos titulares, uno jubilado y otro más que invitan para la ocasión, pensé que no saldríamos de allí, como pronto, hasta medianoche, si el pobre cura tenía que oír en confesión a toda la feligresía presente, por mucho que el responsable conversara con alguno que hubiera acudido allí para no confesarme, cosa que no cabía en mi cabeza. Pero claro, en mi parroquia en Valencia, uno va a un acto penitencial a confesarse, no a pasar el rato oyendo música relajante.
Así pues, el sacerdote se fue al rincón que había escogido, porque en un templo como el de mi unidad pastoral a nadie se le pasó por la cabeza construir confesonarios, y se puso a esperar a los penitentes. El responsable, por su parte, se sentó en una silla de plástico en el lado contrario del templo, no muy lejos de donde estaba yo, e hizo lo propio, sólo que los que él recibiera seguirían con los mismos pecados antes o después de hablar con él.
Yo, que ya digo que llevaba algún tiempo en una situación difícil, no me animé a ser el primero en levantarme y andar, obviamente en dirección al sacerdote, no al responsable, pero sí que fui el tercero. Me confesé, recibí la absolución, para mi propia sorpresa, y yo creo que salí de allí en una situación más difícil de la que había entrado, pero ésa es otra historia. El caso es que, muy contra mis temores de que no saldríamos de allí hasta medianoche, hacia la nueve, cosa de hora y media después del comienzo del acto, ya estábamos saliendo del mismo. No llegó a la decena el número de penitentes cuyos pecados habían sido perdonados; no me preguntéis a qué habían ido a semejante acto los demás asistentes. De los penitentes de verdad, eran de origen belga dos o tres, todo lo más; el resto éramos extranjeros, los más africanos o asiáticos.
Cuando ya quedó claro que no se iba a confesar nadie más, el sacerdote y el responsable se levantaron de sus respectivos asientos y tuvo lugar el final del acto, que consistía en colocar una velita sobre los escalones del altar y luego rezar un Padrenuestro cogidos de las manos. Mucha simbología, pero la chicha estaba en el sacramento, no en las velitas ni en cogerse de las manos.
Al terminar el acto, y todavía un poco mosqueado por todo lo sucedido, me puse a ayudar a recoger las velas y a guardar las aprovechables para otra ocasión. Junto a mí había dos mujeres que evidentemente se conocían bien y charlaban mientras recogían.
- Eso del pecado -decía una- suena fatal. Incluso la palabra suena mal. Deberíamos dejar de usarla por completo. Deberíamos usar palabras como error o alguna así.
Ojo. No estamos hablando de una Charo cualquiera, no. Se trata de una mujer activa en su parroquia, que, por su fuera poco, o “para más inri”, acaba de asistir a un acto penitencial, aunque sin confesarse. Ése es el nivel.
La historia no termina aquí o, al menos, no termina del todo, pero estoy en un tren que no tardará en llegar a su destino, así que se hace tarde y prefiero publicar ya antes de que me pille el toro. Pero queda una pequeña continuación.
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