martes, 20 de diciembre de 2016

Intensidad

Llevaba varios lustros sin aprender un idioma nuevo desde cero, y la verdad es que, a pesar de que la experiencia es un grado, encontrarse en una situación de orfandad lingüística cuando uno está acostumbrado a chapurrear lo que sea con mayor o menos acierto no es plato de gusto.

De repente, uno pasa de estar ufano hablando con fluidez a tartamudear, buscar las palabras con desesperación y apoyarse en otra lengua (el alemán, en este caso, para enfado de la profesora) para conseguir hacerse entender. De repente, uno pasa a no poder utilizar más que el presente de indicativo, porque los demás tiempos sospecha cómo pueden formarse, pero formalmente no los ha dado. De repente, uno pasa de tener conversaciones sesudas sobre temas trascendentes, a hablar del tiempo que hace y de cuál es su país (Ik ben uit Spanje. Ik ben spaniaard), y nada más porque no hay manera.

A todo esto, la profesora pone el grito en el cielo cada vez que alguno de los que dominamos el alemán nos confundimos y soltamos un "ich" en lugar del obligatorio "ik", o "haben" en lugar de "hebben", y así varias más. Todo son actividades de conversación, en las que nos divide por grupos y en el que, después de sudar tinta para comunicar las poquitas cosas que nos da con las doscientas palabras y tres estructuras de las que disponemos, miramos a nuestro alrededor y seguimos hablando en francés, inglés o alemán (y en un caso incluso en ruso, sí).

A medida que avanzan las semanas, y más concretamente en la tercera, ya nos soltamos un poquito más. Ejercicios y más ejercicios han tenido la virtud de hacernos soltar la lengua un poquito. Recuerdo en mi tiempos del colegio que había quien antes de los exámenes orales de alemán se acercaba al bar de la esquina a hacerse una casalleta y despegarse así la lengua. Aprobó, pero no sé si recomendar el sistema.

Aquí, lo más difícil es hacerse a la idea que debemos comunicarnos en una lengua en la que nos cuesta mucho decir algo que tenga un mínimo sentido, cuando podríamos decir casi cualquier cosa en otras lenguas, pero, una vez nos acostumbramos a balbucear con dificultad y nos resignamos a abandonar el inglés, el francés o, más que nada, el alemán, idioma especialmente proscrito, pues ya sólo nos queda seguir hacia delante.

Al final, el curso lo pasé con buena nota, y se supone que puedo pasar a segundo nivel. La verdad es que, desde que terminé el curso, el neerlandés lo he usado más o menos lo mismo que antes, que es muy poquito más que prácticamente nada, salvo para pasar a Flandes y tratar de caer bien con un par de frases, porque es evidente que comunicarse en francés por allí no está muy bien visto, incluso en municipios que están en esa estrecha franja que queda encajada entre la región de Bruselas y la de Valonia y que están rodeados de francofonía, y no sólo rodeados, sino con una quinta columna francófona que fatalmente se hace más y más numerosa.

Pero, así y todo, lo del neerlandés parece una buena idea, y no dudo que voy a continuar tomando clases en el poco tiempo que me deja el resto de mis ocupaciones y que, como es evidente, han tenido un impacto brutal sobre la frecuencia de publicación de entradas en esta bitácora de mis pecados. Pero, el otro día, fui a un supermercado en Alsenberg, que está cerca de Bruselas, pero que no es Bruselas, y el cajero que me atendió resultó ser un armario pelirrojo con unos brazos que parecían piernas y tatuados de muñeca a hombro, y un aspecto taciturno y antipático que ríete de Guillermo el Estatúder. Inmerso en mis pensamientos, se me escapó un 'bonjour' y, como era el cliente, aún recibí un 'goedemorgen' como respuesta, porque, de no haberlo sido, quizá mis buenos deseos para con su día no me hubieran servido para evitar un bufido.

Así que sí, va a ser que el neerlandés es un idioma importante, al menos, para mantener la paz en el mundo. En mi mundo, por lo menos.