viernes, 23 de septiembre de 2016

Primera parte: respondiendo

El lenguaje políticamente correcto, que infesta todos los medios de comunicación públicos, y fatalmente también los privados, como esta misma bitácora, no deja de asomar la patita por donde puede. Por ejemplo, hay una palabra que, desde hace varias décadas, vende muchísimo, que es 'democracia'. Todo el mundo, pero todo, quiere ser demócrata y ser investido de poder por el pueblo, y por nadie más. Los nacionalistas de extrema derecha se quieren demócratas, los comunistas, en realidad, o en su realidad, eran democracias populares, como el PP también es popular, y el propio Franco, paradigma español del antidemócrata, hizo llamar a su propio régimen, muy finamente, 'democracia orgánica'.

Quiero decir con esto que la palabra está gastadísima y ya lo quiere decir todo, o nada, pero todo el mundo tiene muchísimo miedo de quedarse sin ella, y no hay peor insulto en estos tiempos modernos que ser llamado antidemócrata, o fascista, que debe ser el sinónimo más en boga. El propio Zhirinovski, que no tiene fama de tolerante, ha llamado a su partido liberal y demócrata, cosa que, curiosamente, no ha hecho ninguno de los otros tres partidos que pueblan la Duma. Ser demócrata hoy es como ser católico en la España del siglo XVI, ¡ay del que no lo sea!, porque será excluido de la vida pública y se convertirá en un paria.

Pero una cosa es que el que no llore no mame, como denunciaba Beloemigrant el mes pasado, y otra muy diferente que la democracia partitocrática sea el único sistema que permita llorar. El llanto no depende más que de las libertades de expresión y reunión, y ésas han existido en todos los regímenes no directamente totalitarios, con tal de que se respetasen los valores mínimos de cada momento histórico. Igual que hoy hay que respetar, quieras que no, los que hay ahora.

Que protestar y llorar ha ocurrido siempre lo demuestran los innumerables motines del Antiguo Régimen. Sin salir de España, y sin necesidad de citar el 2 de mayo, otro día escribiré sobre el motín de Esquilache, de 1766, en pleno despotismo ilustrado poco democrático (todo por el pueblo, pero sin el pueblo), que, aunque parezca naftalinoso y antiguo, podría ser el día menos pensado de actualidad de lo más rabiosa, sin ir más lejos en un país como Bélgica.

Y sí, el que no llora, no mama. Aquí y en China.