miércoles, 29 de julio de 2015

Comprando una casa: los vecinos

Cuando uno compra una casa, no sólo compra un terrenito y las paredes que lo acotan, no: también compra a sus vecinos, con el añadido de que éstos pueden cambiar con el tiempo y vaya usted a saber en qué se convierten y quién viene a vivir en los aledaños de la casa de uno.

Cuando ya estaba decidida la compra y pagada la señal, fuimos a visitar a los todavía dueños, que estuvieron muy amables, y ya podían, ya, con el pastón que habían trincado. Así nos enteramos de cositas sobre el vecindario.

- Los vecinos de este lado - decía la dueña, apuntando hacia la izquierda - son encantadores, y nos hacemos favores constantemente. Si están en casa, pasaremos y se los presentaré.

- Ah, muy bien.

- En cambio, hemos tenido problemas con los vecinos del otro lado.

- Vaya...

- El hombre, que creo que es abogado, se queja mucho, pero qué se le va a hacer. Creo que es extranjero, ya ve...

Mira que atreverse a ser extranjero... no tenemos perdón de Dios, los extranjeros.

- Pero la mujer, que es belga, o igual también es extranjera, es horrible ¡Horrible! Insiste en historias imaginarias sobre humedades y nos quiere hacer responsable de todos sus problemas. Es muy desagradable, mucho.

Seguro que eso pasa cuando te casas con un extranjero. Te haces de un desagradable que lo flipas.

- Hemos tenido muchos problemas con ella. Nos ha amenazado con ir a los tribunales. Tengan cuidado con ella. Gracias a Dios, los seguros lo dejaron todo claro, pero ella seguía insistiendo. No se la voy a presentar, porque no nos llevamos bien.

Vamos, que menos mal para ella que ya habíamos pagado la señal y era una pasta, porque ya teníamos serias tentaciones de irnos a vivir a otro barrio. Qué digo a otro barrio, a otro planeta.

Dicho esto, la dueña nos presentó a sus vecinos de la izquierda, que fueron efectivamente muy amables y nos desearon lo mejor para nuestra instalación. A todo esto, resulta que eran extranjeros, pero poco, porque eran franceses. Ya se sabe que, gracias al presidente Hollande, Bélgica en general, y Uccle en particular, tiene una concentración desusada de franceses con el riñón bien cubierto y pocas ganas de ser crucificados por la hacienda gala.

Como por aquel lado parecía haber pocos problemas, pero el otro lado estaba en estado de guerra fría, y a saber qué nos depararía el futuro, Alfina y yo celebramos un consejo de guerra.

- ¿Dónde ponemos el piano?

- Uf, en la pared de la izquierda, claro. Cualquiera se pone a tocar al otro lado, para provocar a esa arpía de vecina.

- De acuerdo.

Y así, fuimos concentrando toda actividad molesta, insalubre o simplemente incómoda en el lado izquierdo de la casa, para mantener las relaciones más silenciosas posibles con los vecinos polémicos. Así que ya sabéis, si os enteráis de que vuestros vecinos van a vender la casa, llevarse bien con ellos puede ser muy contraproducente. La táctica correcta es quejarse de cualquier cosa, para que los vecinos, cuando vendan la casa, echen pestes de vosotros y así los nuevos dueños se asusten y, llegado el caso, decidan molestar a cualquier otro bicho viviente.

Vale, eso de evitar los conflictos con el vecino de la derecha está muy bien, pero la triste realidad nos decía que íbamos a hacer tres meses, tres, o más, de obras, incluyendo el derribo de un par de paredes, la construcción de alguna otra, chapados varios, montajes de muebles, mudanza... todo ello a cargo de una cohorte de obreros alegres y dicharacheros... no es que fuéramos a molestar a los vecinos de la izquierda, de la derecha, de atrás, de delante y de cualquier dirección, es que íbamos a molestar a los vecinos de los vecinos, y hasta a los vecinos de los vecinos de los vecinos. Chungo.

Comprado que hubimos la casa, nos acercamos a ella y recordamos las cuitas pendientes que había. El arquitecto que nos llevaba la obra, y eso es tema aparte, vio el peligro, se le encendió una luz roja, y dijo muy serio:

- Pues vamos a enviarle un perito para que certifique el estado actual de su casa, no vaya a ser que luego nos vengan con monsergas de que les hemos causado un daño que ya tenían.

- Ah, pues sí...

- Además, si el hombre es abogado, peor aún. Los abogados son muy peligrosos, y éste además parece que es extranjero.

Diga usted que sí: los abogados extranjeros somos lo peor.