lunes, 9 de marzo de 2015

El final del invierno

En Bruselas, el invierno es suave, lejos de las experiencias interminables de Moscú. Nieva, sí, pero nieva muy poco, y ni siquiera lo hace todos los años. Además, la nieve apenas permanece sobre la superficie. En la ciudad, el paso monótono de los coches sobre ella la disuelve en pocas horas y la deja convertida en una mezcla de agua y barro, primero, y poco después en una pasta cada vez más líquida que termina por ser digerida por el alcantarillado urbano. Sucesivas lluvias, una vez la temperatura ha subido algo, terminan por transformarla en un recuerdo. Nada que ver, pues, con la persistencia del agua sólida en Moscú, donde entre diciembre y entrado marzo cubre las calles, con nevadas de recuerdo en los meses adyacentes.

En el bosque bruselense, la nieve persiste algo más. Momificada en una suerte de endurecimiento, una capa blanca persiste en los caminos, mientras en el monte, la tierra, menos apretada que en las sendas, engulle la nieve y se nutre de ella.

El invierno parece haber llegado a su fin. Con la llegada de marzo, el bosque está más gris que nunca, pero el sol ya aparece a lo alto, los pájaros pían tímidamente, y las nubes son menos espesas y dejan entrever la esfera luminosa que describe un semicírculo cada vez mayor sobre el fondo del cielo.

De repente, un día, y ese día fue ayer, las nubes desaparecen. El cielo, completamente azul, no encuentra ningún obstáculo en su camino hasta quienes miramos a lo alto, y el sol brilla con fuerza, haciendo subir las temperaturas por encima de los diez grados. En los jardines, las primeras flores, pequeñas y blancas, comienzan a aparecer estimuladas por el alargamiento del día, y todo hace pensar que, de un momento a otro, el bosque va a estallar y que de momento se contenta con tomar carrerilla antes de saltar del gris y del marrón al ocre y al verde.

El invierno ha terminado.