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sábado, 25 de julio de 2026

La final del mundial de fútbol en Bruselas

Ahora que ya han pasado unos cuantos días desde que terminó el campeonato mundial de fútbol y se han calmado un poco los ánimos, incluso los de los argentinos, creo que ya se puede escribir de cómo se vivió el evento en Bruselas. Yo lo vi desde el mismo bar desde el que vi la semifinal y los cuartos de final contra Bélgica.

En el bar, muy cerca de la estación de Midi, que no pasa precisamente por ser la zona más pacífica de la ciudad, estaríamos como veinte españoles y el resto de otras nacionalidades, normalmente belgas, pero lo cierto es que, con mayor o menor intensidad, todos parecían estar deseando que ganara la selección española. En el caso belga, es comprensible: aunque los españoles los eliminaron en cuartos de final, lo cual deja un regustillo amargo, también es verdad que los belgas metieron a los españoles el único gol que han encajado en todo el torneo y no veas cómo se están ufanando con eso, así que esperaban que ganara España y, sobre todo, sin que les metieran ningún otro gol, para poder seguir presumiendo de haber sido los únicos capaces de batir al portero español. Los españoles, al menos yo, en las numerosas pausas que tuvo el partido, les estábamos felicitando la mar de contentos, porque, total, ¿para qué hacer enemigos?

Ésta es la pregunta que demasiados argentinos no se han hecho, o eso me parece a mí. Yo no sé gran cosa de fútbol, pero vi el partido y yo diría que hubo marrullerías a porrillo, supongo que hasta cierto punto de unos y de otros; ahora bien, hace bastantes años que comenzó el siglo XXI y éste es el día en que hay cámaras por todos los sitios e imágenes desde casi todos los ángulos. Y medios y redes sociales que las difunden, con una calidad que alucinas. Y, a tenor de las imágenes, yo diría que los argentinos, en lugar de comerse el tarro con teorías conspirativas, podían estar contentos de que ninguno de sus jugadores saliera del campo esposado o, por lo menos, en libertad condicional.

Sea como fuere, la selección española se llevó el trofeo después de una prórroga, con lo que, una vez más, se hizo tardísimo, tanto más cuanto que el día siguiente era lunes. Como el martes era festivo, la fiesta nacional belga que alguna vez hemos glosado por aquí, supongo que hubo no pocos que hicieron puente, pero yo no era uno de ellos y, así como quien no quiere la cosa, tenía que levantarme al día siguiente a las siete y media como muy tarde. En cuanto terminó el partido, dejé a mis compatriotas celebrando el resultado, desaté mi bicicleta y tomé la derrota de mi casa para dormir todo lo posible. Ya digo que no soy futbolero. Entiendo que hubo gente que no pudo dormir de la alegría, como hubo gente vestida con la albiceleste que evidentemente tampoco pudo dormir, aunque por otras razones, pero a servidor el fútbol no le quita el sueño. Como mucho, lo limita, y sólo cuando el partido termina a deshora y, así y todo, hay que madrugar.

A pesar de que los Diablos Rojos llevaban una semanita larga de vacaciones, el centro de Bruselas estaba animadísimo. No se diría sino que todos eran españoles por allí, pero no, nada de eso. Para mi sorpresa, porque la leyenda negra tiene gran pujanza en este país en que resido, todo hijo de vecino estaba contentísimo con la victoria de la selección española, sonaban bocinazos en las calles y eso que era pasada medianoche, y hasta los repartidores de Glovo me adelantaban haciendo piruetas y diciendo ¡Viva España! De hecho, estaban más contentos que yo, que ya digo que no soy futbolero y, si me viera un argentino de los forofos de pro que evidentemente son más de uno y más de dos, diría que soy un pecho frío. O algo peor.

Dejo la explicación de tanta euforia a quienes tengan sus propias teorías. Que si es normal que en Bélgica, que es Europa, se tuviera más simpatía por una selección europea como la española; que si la alegría no era tanto porque ganara España, sino porque quien perdía era la selección argentina, que no ha hecho muchos amigos últimamente; que si la gente tiende a apuntarse al carro del vencedor y que, si hubiera ganado Argentina, también habrían salido a dar bocinazos por la calle. Todo eso es posible.

Lo cierto es que el trayecto de retorno a casa, siguiendo una cuesta arriba bastante empinada entre la puerta de Hal y la avenida Albert, fue bastante rico en emociones, porque, entre los bocinazos y los adelantamientos de moto haciendo cabriolas, tenía que ir aún más ojo avizor que de costumbre. Cuando llegué a Albert, que es cuando pasamos de la zona proletaria a la pija, para aclararnos, fue como pasar de un país a otro. Se acabaron los bocinazos como por ensalmo y el resto del camino ya fue algo mucho más propio de un domingo a medianoche.

Al día siguiente, en el trabajo, el mundial no fue un tema de conversación, la verdad. La práctica totalidad de mis compañeros son mujeres y el fútbol les apasiona entre poco y nada y, por si fuera poco, un porcentaje apreciable está compuesto por italianos, para quienes este campeonato del mundo ha carecido completamente de relevancia e incluso de existencia. Alguno me felicitó y yo devolví un agradecimiento sin dar más importancia de la que tiene, que no es tantísima. Creo que me alegré más cuando el Valencia Basket ganó la liga el mes pasado (y la liga femenina el anterior), pero ahí no me felicitó nadie. Vaya pechos fríos...

Sea como fuere, ya se ha terminado el mundial de fútbol y se ha celebrado lo justo y necesario y ni un poquito más. Dejemos a los subcampeones que sigan recordando la final y a otra cosa, que se hace tarde.

domingo, 19 de julio de 2026

Cine de verano

Bruselas debería ser todo el año como es en julio.

Días largos, buen tiempo, colegios cerrados, ningún atasco, obreros de vacaciones... en realidad, casi todo el mundo está de vacaciones.

Una delicia de ciudad.

Y, además, está el cine de verano. Vale, no siempre estamos hablando de obras maestras del séptimo arte, pero se agradece el esfuerzo y, por ese precio (es gratuito), sale muy a cuenta. Creo que hasta ahora no había escrito sobre el cine público de verano al aire libre en Bruselas, una iniciativa apoyada por la Comisión Comunitaria Francesa (sí, también en español es la COCOF), que consiste en la proyección de una película en cada uno de los diecinueve municipios de Bruselas, entre finales de junio y, este año, el 18 de julio, con algún descanso por el medio.

Es verdad que las películas son mejores o peores, según los casos. Suelen ser producciones europeas de presupuesto ajustado, pero no tienen por qué estar mal, ni mucho menos. Pero, aparte de las películas, estas proyecciones le dan a uno la oportunidad de conocer lugares interesante en municipios diferentes al de uno, porque se exponen en parques o explanadas que, en ocasiones, merecen bastante la pena. Así, en Forest, la proyección tuvo lugar nada menos que en los jardines de la antigua abadía, lo cual, ya de paso, me vino bien para echar un ojo a las excavaciones en curso; en Uccle, la proyección fue en el parque de Wolvendael, que está bastante cerca de mi casa y que conozco aceptablemente bien, pero al que siempre es interesante volver; en Schaerbeek, por poner otro ejemplo, la proyección tuvo lugar en un espacio que esta bitácora ya visitó y que tiene un fuerte componente valenciano. Vamos, que uno termina por conocer la ciudad, lo que no es poca cosa.

El único pero consiste en que no estoy de vacaciones, por lo visto a diferencia de la mayoría de los espectadores, que evidentemente no tienen que presentarse a las ocho y media en sus respectivas oficinas y, si tienen que hacerlo, yo diría que se toman dicha obligación de manera bastante relajada. Porque, claro, el cine de verano se ve fatal de día y, en estas fechas, tenemos día hasta pasadas las diez de la noche; el tiempo hasta entonces se pasa entre presentaciones del director, alocuciones del concejal de cultura o el alcalde del municipio agraciado con la proyección y otras zarandajas. En Uccle, además, pusieron a una orquesta sudamericana a ambientar la espera, suponiendo que entre el público habría bastantes españoles, porque la película era española y en versión original.

El otro pero consiste en que es mejor llegar pronto, porque, según el municipio, ponen más o menos sillas. En Uccle pusieron sillas de sobra, pero en Forest sólo pusieron unas cuantas, que se llenaron enseguida, de modo que a mí y a mis dos compañeras nos tocó sentarnos en unos bancos sin respaldo. Y dos horas de cine sin respaldo se hacen bastante largas.

Finalmente, y fatalmente, cuando una película, entre pitos y flautas, comienza a las diez y media y el día siguiente no es sábado ni domingo, tienes un problema, porque rara vez llegas a casa antes de la una y, si te tienes que presentar en el trabajo a las ocho y media, en mi caso hay que ponerse en marcha sobre las seis y media, con lo que el día lo pasa uno medio zombi.

Porque, sí, se hizo tarde. Como siempre.

domingo, 14 de junio de 2026

El Día del Padre

Hoy es el día del padre en Bélgica. Bueno, en casi toda Bélgica.

Yo pensaba que el día del padre sería como en España, el 19 de marzo, día de San José, patrón de los padres y modelo de paciencia y de guardar silencio, algo que los padres, y hombres en general, haríamos muy bien en hacer. Después de todo, Bélgica era un país católico cuando se empezó a hablar del día del padre y otras zarandajas de este tipo. Sin embargo, parece ser que los belgas han tomado el modelo estadounidense no religioso y han escogido el segundo domingo de junio, no sé muy bien por qué. Parece que en Francia es el tercero, así que los padres, a una mala, podemos ir desplazándonos por los países del entorno para ir celebrando nuestro día varias veces.

Es más, ni siquiera necesitamos salir de Bélgica.

Sí, porque los belgas tampoco han conseguido ponerse de acuerdo en eso. Hoy es el día del padre en Bélgica... excepto en la región de Amberes. Allí, el día del padre es el 19 de marzo, igual que en España. Es curioso que sea así, precisamente en la que probablemente sea la región más descristianizada del país (en dura competencia con todas las demás, la verdad sea dicha), pero allí se celebra San José por partida múltiple: como solemnidad religiosa obligatoria, para los católicos que queden por allí, y como día del padre, para todos aquéllos que tengan hijos, ya sean católicos, musulmanes, tirios o troyanos.

En todo caso, antes de que se acabe el día y se haga demasiado tarde, ¡feliz día del padre belga a los lectores de esta bitácora que lo sean!

martes, 28 de abril de 2026

La zona de bajas emisiones

En otras entradas de esta bitácora hemos escrito sobre la zona de bajas emisiones que el anterior gobierno de la región de Bruselas, del que formaba parte el partido ecologista local (de nombre 'Ecolo', no se disfrazaron, no), impuso en la región de Bruselas en la que habito. La mayoría que salió de las elecciones de verano de 2024 no consiguió formar gobierno hasta el mes pasado. Sí, casi dos años después de las elecciones, pero eso es algo que en Bélgica se lleva mucho y casi ni llama la atención. Por cierto que el elegido ha sido nada menos que el alcalde de Uccle, Boris Dilliés, cuya carrera política avanza con paso seguro.

Aunque el gobierno haya tardado dos años, ya vimos que sí que se pusieron de acuerdo en algo. Y ese algo fue una medida poco ecológica, pero bastante social. La zona de bajas emisiones preveía un calendario que, a partir del 1 de enero de 2025, prohibía bajo penas de fuertes multas la conducción de coches de combustible Diésel de norma Euro 5 y de coches movidos por motor de gasolina de norma Euro 2. Eso hubiera dejado fuera de la circulación, al menos en Bruselas, a mi propio vehículo automóvil, el Topomóvil. Y no sólo al Topomóvil, sino a unos treinta mil vehículos más, muy frecuentemente propiedad de personas que no están en condiciones de aflojar treinta mil euros para adquirir otro vehículo. El caso es que, como vimos en su día, varios partidos (los ecologistas no, claro) se pusieron de acuerdo para poner en marcha una moratoria de dos años para esos vehículos.

Los ecologistas, que por cierto seguían gobernando en funciones, pusieron el grito en el cielo. Supongo que instigados por ellos o por sólo Dios sabe qué grupo verde, una serie de asociaciones ecolocoñazos interpusieron recursos contra el aplazamiento. La demanda, no sé muy bien cómo, terminó cayéndole al Tribunal Constitucional belga. Uno esperaba que la cosa fuese la típica rabieta de perdedor y que, si la zona de bajas emisiones no había existido en Bruselas desde los tiempos de Lamberto el Barbudo hasta anteayer, nada parecía impedir que siguiera sin existir en lo sucesivo. O que existiera, pero aplazada.

Bueno, pues saltó la sorpresa en Las Gaunas, y es que los jueces son gente impredecible y no digamos los tribunales constitucionales. El Tribunal Constitucional belga dio la razón a los demandantes, argumentando, en suma, que existe un derecho constitucional a la protección de la salud y a un medio ambiente sano, y que de ello se deduce que no puede haber una marcha atrás en la protección de estos derechos. Y, efectivamente, el aplazamiento del calendario de prohibición de los vehículos más contaminantes era una marcha atrás, así que, el 11 de diciembre de 2025, de repente el Topomóvil, que acababa de pasar la ITV satisfactoriamente y con una nota de autorización hasta diciembre de 2026, se encontró con que nuevamente dejaba de ser bienvenido en la región de Bruselas.

La cosa se ponía pero que muy negra, porque más allá del Tribunal Constitucional no hay nada. Las multas iban a llegarme a partir del momento siguiente, si nos tomábamos el fallo del tribunal en puridad.

Será en la próxima entrada cuando veremos lo que pasó a continuación con el gobierno regional, los verdes, el Topomóvil y mi paciencia, porque hoy se hace tarde.

sábado, 28 de febrero de 2026

La plaza Flagey

Efectivamente, la plaza Flagey no sólo es fea sin remedio, sino que lo más bonito que tiene, que es la iglesia, está situada en un lugar arrinconado, hasta el punto de que el único motivo de que sea visible consiste en que uno de los edificios más altos de la zona. Si no, ni pum. De hecho, la foto que ilustra esta entrada está tomada apuntando a la iglesia, que está detrás de esa torre y de la que no se ve ni la cúpula.

Sin embargo, lo que no se puede negar es que se trata de una plaza viva y bien viva, en lo cual le saca una enorme ventaja, sin ir más lejos, a la Grand Place, que es un purísimo escaparate turístico por el que no se acercará un belga salvo que lo arrastren. En Flagey hay un mercado los fines de semana, donde los vecinos pueden proveerse de género de calidad (eso sí, a un precio también de calidad), hay tiendas en los lados, no museos; hay bares con precios más o menos asequibles, cerveza de mil tipos y, por haber, incluso hay una librería. En la Grand Place sólo hay restaurantes en los que no sé si se paga la comida o más bien la vista de la plaza. Tiendas, lo que es tiendas, no hay ni una.

Y, en Flagey, también hay un puesto de patatas fritas. Una friterie.


Frit Flagey
es el nombre del establecimiento, que es una especie de chiringuito que presume de calidad y que, de hecho, siempre tiene clientes haciendo cola. En honor a la verdad, todavía no he probado el género, porque yo soy mucho más de Maison Antoine, pero ya llegaremos a ese momento. No he probado el género, mayormente, porque yo suelo estar de paso y porque para comer allí hay que estar un buen rato haciendo cola y a mí no suele darme la vida. Bueno, excepto aquel día, pero la verdad es que, habiendo quedado a comer, me pareció descortés presentarme al otro comensal, cuando se dignara llegar, con un cucurucho de patatas fritas con salsa andalouse en la mano. Hasta ahí no llego.

Las colas en Frit Flagey, como en cualquier chiringuito de patatas fritas, son bastante ilustrativas de la fauna local. Hay gente sola que, como hace sol, se baja a la plaza a comprar la comida, y la comida son las patatas fritas con mahonesa y, si se atreven (y sí, se atreven), se aprietan también unas fricadelle. Lo que son las fricadelle ya lo vimos aquí y no es ahora el momento de repetirlo. Baste ahora con decir que, con semejante dieta, nos podemos imaginar que el individuo que la siguiera debía ser muy poco apolíneo y bastante dionisíaco. Y gordinflas, añadiría yo.

De ésos había uno entre los clientes de la friterie, que, después de hacer la cola, salió de la misma con su cucurucho y sus fricadelle y se sentó en un banco cercano al chiringuito, momento en el cual, animado por la temperatura bonancible, empezó a despojarse de sus vestiduras y se quedó vestido sólo por encima de la cintura con la camiseta interior de tirantes, la cual apenas podía contener sus lorzas que pugnaban por desparramarse por el espacio exterior a la camiseta. Al menos, el desinhibido señor tuvo la precaución de meterse la camiseta por debajo del pantalón, sin cuyo auxilio no dudo de que las lorzas hubieran conseguido su propósito y habrían campado por sus respetos hasta donde les diera su volumen máximo.

Dejemos al señor obeso y poco preocupado por su reputación haciendo la fotosíntesis mientras contribuye al aumento de su volumen apretándose las viandas y la cerveza que ha adquirido en el chiringuito, y veamos otros personajes que pululan por la plaza. Hay alguna menesterosa que, sin dedicarse en ese momento a pedir limosna, busca por allí algo que le sirva de provecho, ya sea alguna vianda abandonada o cualquiera cosa que haya quedado desperdiciada. Hay clientes del mercado de alimentación que simplemente buscan rellenar su despensa y, ya que están, comer un perrito caliente o un bocadillo de queso en uno de los puestos del mercado. Y hay a mi lado una familia, compuesta por el padre, la madre y tres niños pequeños, dos niñas y un niño, que han bajado a la plaza con un par de bicicletas infantiles y que buscan en la cola de Frit Flagey una solución no muy sana, pero un día es un día, a la comida del sábado al mediodía. Los padres se comunican en alemán y se las ven y se las desean para controlar a sus hijos, mientras una de las niñas llora por vaya usted a saber qué contrariedad.

Me los quedo mirando con una especie no sé si de nostalgia o de envidia. Creo que más de lo primero, como rememorando escenas similares en el parque de Kolómenskoye, hace dos décadas, que ciertamente ya no volverán y en las que yo estaba en el lugar de ese padre tratando de poner orden en su tropa.

Estaba yo en mis pensamientos cuando, finalmente, apareció el compañero con el que había quedado, apenas un cuarto de hora más tarde de la hora convenida y, mientras escuchaba los motivos de su retraso, empezamos a considerar dónde comer; en todo caso, lejos de Frit Flagey, por el amor de Dios y en aras a la salud de nuestras arterias.

Y más valía que fuéramos a comer lo antes posible, porque, entre tanto pensamiento y retraso, se había hecho fatalmente tarde.

jueves, 12 de febrero de 2026

Lugares emblemáticos: las plazas. Flagey

En Bruselas, existes plazas enormemente conocidas, la principal de las cuales es, naturalmente, la Grand Place, o Grote Markt, según la lengua vernácula que nos haga más tilín. Ya la hemos visto aquí en alguna ocasión y no dudo de que volverá a ser protagonista de estas pantallas. Sin embargo, no es la única plaza de relumbrón del centro de la ciudad, donde tenemos lugares como la plaza Sainte Cathérine o la plaza de la Bourse.

Esos sitios están atestados de turistas, como el centro de Valencia. Y es que es lógico y natural: así como en el centro de Valencia se escucha francés y flamenco casi a cada paso, en las plazas céntricas de Bruselas que están mencionadas arriba lo que se escucha es el castellano y, a partir de las nueve de la noche, sólo el castellano. Diríase que se han intercambiado los visitantes y que a todos les gusta más la ciudad que están visitando que aquélla de la que proceden. En mi modestia, debo reconocer que contribuyo algo a este fenómeno y que no dudo en llevar allí a todo amigo o visitante que viene a esta ciudad a pasar unos días.

Sea como fuere, los locales no acaban de sentirse a gusto en las plazas del centro de la ciudad, y en el concepto de locales incluyo a los que residimos aquí desde hace más de dos lustros, que ya sólo falta que nos salgan las patatas fritas y los mejillones por las orejas. Hay alguna plaza que está reservada a los cachorros de las instituciones europeas, en particular los jueves por la tarde, que es la plaza de Luxemburgo y que también hemos visitado con motivo de las manifestaciones de todo cuño que tienen lugar en la misma y que terminan por dejarla en un estado bastante deplorable.

¿A dónde va, entonces, el bruselense que no es turista ni cachorro de eurócrata, pero que quiere salir un rato a apretarse unas cervezas? Bueno, pues afortunadamente hay alguna que otra plaza que sirve para tal menester y que vamos a ir revisando en las próximas entradas.

A todo esto, no olvidemos que Bruselas-región no deja de ser un conglomerado de diecinueve municipios, todos los cuales cuentan con su plaza principal, a cuya vera se apretujan los locales para privar y picar algo. Cada uno de los municipios tiene lo que sería su plaza del pueblo. Cuando el asuntillo del camino de Santiago, vimos, sin ir más lejos, la plaza principal de Saint Gillis y también pasamos por cerca del rastro de Marolles.

Hoy esta bitácora va a visitar una plaza emblemática, nada menos que la plaza Flagey, dedicada a la memoria de un alcalde local, Eugène Flagey, y que forma un espacio nada desdeñable en una zona del municipio de Ixelles. He quedado a comer por los alrededores, y he aquí que, cuando llego a la plaza, me encuentro con un mensaje del otro comensal “Llego diez minutos tarde”. Como es bien sabido, en aplicación de la Ley de Relatividad del Tiempo, diez minutos en boca de un español, y más cuanto más del sur sea, pueden estirarse una enormidad, así que me resigné a un buen cuarto de hora de espera. Por fortuna, el día era casi primaveral, hasta el punto de que parecía mentira que fuese principios de febrero; la temperatura era agradable, lucía el sol y soplaba una brisa muy suave, así que até la bicicleta, me puse las manos en los bolsillos y me puse a ver lo que tenía alrededor.

Lo primero que llama la atención es lo enormemente fea que es la plaza Flagey. Transito por ella casi todos los días de camino al trabajo, porque es paso casi obligado entre Uccle y la plaza de Luxemburgo, pero normalmente voy con sumo cuidado de no tener un mal encuentro con la miríada de coches, autobuses, tranvías, camiones y todo tipo de vehículos que se cruzan entre todas las calles que desembocan en la plaza. A diario trato de dejarla atrás lo más pronto posible y no me detengo nunca a observar qué pasa en ella ni mucho menos cómo es.

Vamos, que nunca tengo un cuarto de hora para, plantado en medio del bullicio, girar la vista a mi alrededor y observar, más que ver, la plaza y los edificios que la componen.

Al que viene a Bruselas y se le lleva a las plazas bonitas de la ciudad -y la más bonita es, fuera de toda duda, la Grand Place- le puede resultar chocante la mera existencia de sitios como la plaza Flagey, de un gusto totalmente opuesto a la opulencia de los edificios gremiales y administrativos del siglo XVII. Es todo lo contrario. La plaza Flagey es de construcción relativamente reciente. Muy cerca de ella se encuentran los estanques de Ixelles y, de hecho, uno de ellos se encontraba en su día donde hoy se sitúa la plaza, pero éste fue desecado para ejecutar un ambicioso plan urbanístico y ahí fue donde apareció la plaza. No es de extrañar, pues, que sea una especie de fondo de sartén: todas las calles que confluyen hacia ella, como Malibran o Vleurgat, presentan pendientes considerables, con la única excepción de la calle que conduce a los otros estanques, que es llana, y la que saldría de él siguiendo el curso del Maelbeek, que es la calle Grey, pero del Maelbeek y de otros cursos fluviales escondidos ya tocará escribir en otra ocasión.

En su día, la plaza se llamó “de la Santa Cruz”, en referencia a la iglesia que, más o menos oculta entre edificios mucho más feos que ella, se encuentra en dirección a los referidos estanques. Las cosas no duraron demasiado y la plaza cambió de nombre para adoptar el actual, mientras que la denominación de la Santa Cruz cayó en desuso y, como mucho, quedó para el espacio inmediatamente anterior a la iglesia. El cambio de nombre debió de ser una alcaldada de libro: el alcalde en ejercicio se aseguró un puesto en la posteridad dedicándose la plaza a sí mismo.

La plaza Flagey es, por lo tanto, un lugar ganado al agua, que se utilizó en buena medida como lugar para aparcar coches y que comenzó a ser rodeada por los edificios más horribles imaginables. Y esto es cosa sumamente curiosa, porque los alrededores de la plaza realmente no están nada mal desde un punto de vista estético. El barrio de Matongé tiene sus problemitas de seguridad ciudadana, vale, pero estéticamente tiene un pasar más que bueno; la calle Grey tiene su encanto (y no digamos el día en que la terminen), así como la calle Vleurgat y todas las que huyen de la plaza Flagey para ascender hasta la avenida Louise. Pero la plaza Flagey tiene el dudoso honor de estar circundada por adefesios de la peor especie, así lo nieguen todos los arquitectos que en el mundo han sido.

Y, así y todo, la plaza Flagey es un lugar que no deja de tener su encanto, sobre todo por el ambiente que tiene, pero, una vez la hemos lapidado desde el punto de vista estético, se está haciendo tarde, así que vamos a dejar la continuación de esta visita para una próxima entrada.

miércoles, 21 de enero de 2026

El subsidio de desempleo y las tijeras

Continuamos con aspectos de las reformas y recortes del gobierno belga que tan enfadados tienen a los sindicatos, a los socialistas y a los grupos de la oposición en general. Uno de los más destacados es la reforma del subsidio de desempleo. Hasta el año pasado, el subsidio de desempleo se iba reduciendo con el tiempo, pero no hasta el punto de dejar al desempleado sin recurso alguno, es decir, a partir de cierto momento era una prestación indefinida. El gobierno ha supuesto que tal circunstancia no incentivaba la búsqueda de empleo. Hasta ahí, estamos de acuerdo. Parece que hay gente que se conformaba con el subsidio, que le daba lo suficiente para subsistir, y que pasaba de buscar empleo o, lo que es peor, rechazaba los que se les ofrecían.

El recorte ha consistido en acabar con ese subsidio a perpetuidad. En el futuro, el subsidio, que se reduce a medida que avanza el tiempo, quedará limitado a dos años, todo lo más. Y, entretanto, se ha establecido un período transitorio. Por ejemplo, lo que más llama la atención es que aquéllos que llevaban percibiendo el subsidio más de veinte años (parece que había alguno de éstos...) han dejado de cobrar a partir del 1 de enero. Para los que llevaban cobrándolo menos tiempo, se establecen distintos períodos que terminan en junio.

Hasta aquí, todo claro, ¿no? Los que llevan una eternidad cobrando después de no haber trabajado durante los últimos lustros tendrán que buscar trabajo, ingresos o algo que les permita llevarse los garbanzos, o los mejillones con patatas fritas, a la boca. En todo caso, eso permitirá reducir los gastos del sector público.

Bueno, pues parece que no.

En cada municipio belga, existe algo llamado CPAS, que significa "Centro Público de Acción Social". Estos centros, que funcionan de manera autónoma, se ocupan de garantizar unos recursos mínimos a quienes no disponen de ingresos. Vamos, a los pobres de solemnidad, eso sí, que residan legalmente en Bélgica. Entiendo que los mendigos que ejercen en las puertas de los supermercados y de las iglesias no son residentes legales, porque, si lo fueran, podrían dirigirse al CPAS de su municipio y éste ya se ocupará de prestar la ayuda necesaria, que puede ser un ingreso vital mínimo, ayuda al alquiler, ayuda médica urgente, entre otras posibilidades. No se morirían de hambre, vamos.

Los municipios han caído a finales del año pasado en la cuenta de que los recortes en el subsidio eterno de desempleo iban a tener un impacto entre la clientela de todos y cada uno de los CPAS. Alguien que lleva la friolera de veinte años sin conseguir trabajo, y probablemente sin buscarlo, es poco probable que sea atractivo para algún empleador, pero, si se queda sin el subsidio con el que quizá contara hasta que se jubilara, algo tendrá que hacer y ese algo va a ser ir al CPAS a poner la mano. O el plato.

Yo no sé qué habrán hecho los otros municipios, pero el mío, Uccle, ha decidido reforzar el presupuesto del CPAS local, para hacer frente a las peticiones que se esperan. Todo esto no tendría mayor importancia, si no fuera porque la pasta para ese incremento del presupuesto va a salir de un aumento criminal del impuesto sobre bienes inmuebles, que va a crecer un 10% prácticamente lineal. Para hacerse una idea, el impuesto sobre bienes inmuebles, que en franchute se llama "précompte immobilier", que pago yo anda por los tres mil euros, afortunadamente sólo una vez al año, lo cual ya se acerca mucho a mi concepto de barbaridad. Pues ya puedo desembolsar trescientos euros más para que los parados de larga duración sean atendidos por el CPAS de mi pueblo.

El resultado económico de los recortes en materia de desempleo es curioso, al menos en mi municipio, que además es de los pudientes. Ya me gustaría saber cómo se apañarán en otros lugares, como Molenbeek, Anderlecht o Bruselas-Centro. El gobierno federal se ahorrará una pasta, pero esa pasta la van a pagar los municipios a través del CPAS. En el caso de Uccle, esa pasta la vamos a pagar todos los que somos propietarios de un inmueble, en mi caso del que utilizo para residir en él. Si lo estuviera alquilando a otro, supongo que repercutiría ese aumento en el alquiler que pagara mi inquilino. Total, que en realidad el recorte no es tal: el sector público gasta lo mismo en gasto social y lo que ocurre es que nos ha subido los impuestos.

Toma ya, gobierno liberal belga. No entiendo por qué los socialistas se quejan de este gobierno: esto es exactamente lo que ellos hubieran hecho.

lunes, 17 de marzo de 2025

Con calma

Decíamos en una de las últimas entradas que las cosas en palacio van despacio. No se diría sino que Bélgica entera es un gran palacio, porque la cachaza, la calma y la parsimonia no son patrimonio único del sector público, sino que se extiende a todo el paisanaje, público, pero también privado. No ya la justicia, sino que todo hijo de vecino se toma las cosas con muchísimo tiempo.

Eso incluye a mi vecino. Bueno, es mi vecino porque es el dueño de la casa con la que tengo la... desdicha, me temo, de compartir pared medianera, pero en realidad no vive ahí. Quien vive es una familia anglo-germana con la que no tengo demasiado contacto, como ya sabemos, pero que no son propietarios.

En agosto de 2021, que ya ha llovido desde entonces, se me inundó el semisótano de la casa, principalmente a causa de las tormentas torrenciales que dejaron Bélgica convertida en una enorme piscina, pero también a que un desagüe estaba obstruido y ya se sabe que el agua siempre encuentra un camino por el que discurrir. Ahora bien, las tormentas y la obstrucción del desagüe no fueron la causa exclusiva del desaguisado, cosa que se comprobó nuevamente en agosto, pero de 2022, cuando una noche cayó nuevamente una tormenta fortísima y al levantarme por la mañana me encontré el semisótano inundado de nuevo, a pesar de que mis desagües funcionaban esta vez a la perfección.

La causa evidente, porque la pared medianera, llena de chorretones marrones, así lo atestiguaba, eran filtraciones desde la vivienda vecina, así que contacté con el entonces vecino alquilado, que me pasó los datos del propietario, y después de mucho sudar conseguí que hiciera un apaño y sellara la baldosa que rodeaba la entrada del desagüe de su jardín.

A mí no me parecía que allí estuviese la causa de las humedades en mi semisótano, pero me tuve que conformar con el apaño. La humedad seguía allí, y hasta aparecía moho cuando uno se despistaba demasiado y no ventilaba suficiente, pero por lo menos no había inundaciones.

Bueno, eso fue hasta agosto, pero de 2024, en que llovió nuevamente con la suficiente fuerza como para que mi semisótano reapareciera inundado y volvieran a presentarse los manchurrones marrones sobre la pared medianera. Hay que decir que la vivienda vecina está algo más elevada que la mía y que, al otro lado de donde yo tengo un semisótano, en la suya no hay más que tierra. Y, como el agua no va hacia arriba salvo por obligación, todo hacía indicar que sus desagües tenían una fuga importante y el agua había decidido aliviarse, precisamente, hacia mi vivienda.

Estamos bien entrado marzo de 2025, mi vecino me ha dado buenas palabras no sé cuantísimas veces, han pasado dos expertos y dos compañías de seguros a examinar el semisótano, sus cañerías, las mías, y algo que debía estar arreglado desde 2022, cuando se vio venir por primera vez que el problema era serio, parece que sólo va a empezar a resolverse definitivamente el mes que viene, con suertecilla. Lo siguiente ya es tratar de usar una cuña de la misma madera y enviarle, no mis padrinos, como haría en el pasado, sino mis abogado, a ver quién es más lento, si la justicia belga o él.

A ver si mis nietos pueden ver el asunto terminado o tengo que malvender una casa con humedades antes de pasarle el marrón a quien venga detrás.

domingo, 2 de marzo de 2025

Mas cosas de palacio: el paisanaje

Cuando me senté en la antesala, por allí no había demasiada gente. Es verdad que me puedo imaginar planes más apasionantes que asistir a una vista judicial en materia civil. Una abogada joven estaba repasando con su defendido los documentos del caso que les ocupaba; supongo que estaban preparando la defensa, o la acusación, quién sabe. La abogada vestía la toga que visten los abogados de aquí y que es un poco diferente a la que se usa generalmente en España, con ese tejido blanco que les cae sobre el pecho. Hubiera quedado incluso elegante de no ser porque se le adivinaban los vaqueros en la parte más cercana al calzado, que no eran unos zapatos sino unas zapatillas de deporte. Arreglada, pero informal.

Su defendido era un hombre entrado en años, algo desaliñado, que por lo que pude entender mientras esperaba allí se las prometía muy felices, pero ahí acaba todo mi conocimiento del caso. La abogada asentía regularmente con la cabeza, mientras su cliente elucubraba una y otra vez sobre las intenciones de la contraparte.

En esto, la abogada reconoció a alguien que entró con paso mesurado y calculado, todo él prestancia, y se sentó no lejos de donde estábamos. Se trataba de un abogado, con su correspondiente toga, de estatura mucho más que mediana, más afeitado que un espejo y cabellera canosa pulcramente peinada hacia atrás y engominada con tal cuidado que no se salía un pelo del sitio. Se le podría echar unos cincuenta años, pero también podría ser que aparentara más de los que realmente tenía. Lejos de la informalidad de la otra abogada, bajo la toga llevaba un pantalón de traje, y de traje caro, así como unos zapatos, no menos caros, clásicos, sin una mota de polvo; tenía un maletín de cuero de precio parecido al resto de sus complementos y, en general, exudaba respetabilidad por todos los poros.

En cuanto lo vi, supe que no nos íbamos a llevar bien.

La abogada se excusó con su desaliñado cliente y se acercó a su colega.

- ¡Profesor De Wet! ¿Cómo está?

- ¡Ah, qué agradable sorpresa! Bien. Estoy llevando un caso que parece bastante sencillo, pero está tardando mucho. Ya lo han aplazado dos veces por enfermedad del juez. A ver si lo terminamos hoy ¿Y qué tal está usted?

- Bien, ahora trabajando de pasante en el despacho de Maître Scheidincx.

- Buen sitio. Ya veo que se dedica a la rama del Derecho que aprendió conmigo en la universidad.

- Pues sí ¿Es muy complicado el caso que lleva hoy?

El profesor De Wet, que, en cumplimiento de la estricta política de anonimato de esta bitácora, no es el verdadero nombre del personaje, se puso a explicar su interpretación del caso que llevaba, lo cual quizá haya sido un poco imprudente sin saber si la contraparte estaba por allí cerca. Pero, claro, como era tan evidente el resultado, y no se veía a ningún togado más por las inmediaciones, apenas se le puede reprochar.

En éstas estábamos, cuando se abrió la puerta de la sala en la que estaba citado para la vista y salió de ella una señora también como de cincuenta años, que resultó ser lo que en España llamaríamos una ujier, que iba vestida de calle, con un jersey y un pantalón normalitos, como yo mismo. Exclamó un nombre y el profesor De Wet se levantó, indicando que se trataba de la parte que él representaba. Exclamó otro nombre, de hecho, exclamó el mío, y yo me levanté.

- Dat ben ik! (Ése soy yo) - dije.

Siguió una breve conversación en un neerlandés bastante mejorable por las dos partes. En Bruselas, ciudad al menos teóricamente bilingüe, hay dos órdenes jurisdiccionales, francófono y neerlandófono; siempre en teoría, el demandado puede elegir lengua. Nos encontrábamos en el tribunal francófono, que era donde se había presentado la demanda. En Bruselas, los neerlandófonos hablan el francés correctamente, porque no hay más remedio y hay que comunicarse con la mayoría de la población; los francófonos, en el mejor de los casos, consiguen balbucir algunas palabras en neerlandés a duras penas. La ujier estaba en este segundo caso.

El profesor De Wet, que resultó ser francófono hasta la médula, me identificó como la parte adversaria, se me dirigió y siguió una conversación tirando a tensa, hasta que fuimos llamados a la sala. Cada cual ocupó su puesto y aquí nos encontramos con una diferencia muy importante entre la justicia en Bélgica y en España. Así como en España hay que ir a cualquier sitio con abogado y procurador, en Bélgica no es obligatorio estar asistido de abogado (y el procurador yo creo que ni saben lo que es). Hay que reconocer que, en este punto, Bélgica nos saca algo de ventaja. Yo todavía no he conseguido comprender qué aporta un procurador que no pueda aportar el propio abogado y tengo la certeza de que los propios procuradores, en privado, tampoco lo comprenden, pero claro, ellos nunca te lo dirán hasta que se jubilen (a mí me lo confesó una procuradora jubilada). Lo de la defensa letrada obligatoria es otra cosa, pero me da a mí que está pensado sobre todo para conveniencia de los jueces, los cuales de esta manera se aseguran de tratar con alguien que domine la jerigonza jurídica.

El caso es que yo no estaba asistido de abogado y me senté en el lugar destinado a las partes, delante del estrado. La contraparte era todo lo contrario: no había más que abogado, representante, que se situó en la parte destinada a la defensa letrada, mientras que el lugar destinado a la parte demandante quedó vacío. En esta asimétrica situación comenzó la vista.

El juez, por su aspecto, parecía recién salido de la universidad. Era un chaval delgado, al que la toga le quedaba algo grande, con gafas, flequillo abundante y una pinta de yogurín empollón que tiraba para atrás. A su lado estaba el secretario judicial, también con su toga, de edad algo mayor que el juez, pero que no dijo una palabra sino para fijar la siguiente vista.

Viendo al juez y viendo cómo actuó, cosa que no es cuestión de esta entrada, uno comienza a comprender de dónde sale parte de los males del sistema judicial belga. Como ya vimos, uno de los puntos débiles es que la profesión judicial es poco atractiva, cosa que supongo que tiene que ver con el prestigio de la profesión. Yo pensaba que también con la remuneración, pero resulta que el salario mensual bruto de un juez novato, como evidentemente era el caso de quien tenía delante, es de 6.500 euros brutos, que le parecerá muchísimo al español estándar, pero estamos en Bélgica, así que la cantidad contante y sonante que puede ingresar será de unos 3.500 euros todo lo más, a no ser que tenga deducciones por lo que sea. Cuando los políticos españoles (los de izquierdas, principalmente) dicen que la presión fiscal en España no es tan grande comparada con la de otros países de Europa, supongo que piensan en países como éste en el que vivo.

A partir de ahí, uno ya puede decidir si eso es mucho o poco. De momento, es mucho más que en España, donde por otra parte es mucho más difícil acceder a la profesión de juez, pero parece que en Bélgica tienen dificultades para encontrar gente que quiera desempeñarla, no entiendo muy bien por qué. El nuevo programa de gobierno incluye un capítulo destinado a la justicia en el que habla de hacer más atractivos los empleos relacionados con la misma. De lo que no habla es de la aceleración de los procedimientos judiciales.

Pues debería. El procedimiento en cuestión, que ya llevaba aplazados dos señalamientos, todavía terminó durando un buen tiempo más, y eso sin contar la fase de ejecución ni los posibles recursos, que nadie interpuso en esta ocasión y que hubieran enviado el procedimiento quién sabe a qué marco temporal.

Y luego me quejo de que se me hace tarde.

miércoles, 26 de febrero de 2025

Las cosas de palacio

Bélgica es un país parsimonioso, cuyos residentes harán bien en mostrar paciencia en todas sus empresas. Nunca hay prisa por hacer las cosas y, aunque creo que en esta bitácora se han visto ya suficientes ejemplos de la cachaza con la que se trabaja, no está de más recopilar varios de ellos y añadir alguno.

Esto viene a cuenta por varios motivos, pero uno de ellos es mi asombro por la acelerada actividad del nuevo presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump. El contenido de las medidas que está tomando no debería ser una sorpresa para nadie, porque es bastante coherente con lo que ha ido anunciando a lo largo de todos estos años. Uno puede estar más o menos (o nada) de acuerdo con ellas, pero lo que es indudable es que no ha esperado nada a adoptarlas. Apenas ha pasado algo más de un mes en el cargo y ya ha puesto patas arriba un montón de sectores de la actividad pública que parecían imposibles de zarandear. Uno de ellos es la política exterior, donde parece que el sistema de contrapesos del que presume la democracia estadounidense no funciona bien, o no funciona en absoluto, pero sobre eso y sobre las implicaciones que tiene eso en el transcurso de la guerra que implica a Rusia ya vendrá una entrada dentro de poco. Después de todo, los primeros siete años y las primeras mil entradas de esta bitácora transcurrieron en Rusia, así que qué menos que preocuparse un poco de lo que esté pasando por allí.

En Bélgica, entre los políticos, no hay nada ni medio parecido. Siete meses han tardado, no ya en tomar medidas, sino en formar gobierno, y no es ni mucho menos la vez que más se han demorado en hacer tal cosa. Tienen, como acabamos de ver, un documento de doscientas páginas que han conseguido parir con pena y trabajo y en el que a duras penas se esboza una parte mínima de las reformas que le harían falta a Bélgica, que además tardarán, porque los conocemos, una eternidad en poner en marcha, suponiendo que lo consigan, cosa que me temo que es mucho suponer.

La lentitud no se limita a la política. Uno de los puntos del programa de gobierno belga en materia de justicia consiste en tratar de convertir la profesión de juez en algo suficientemente atractivo, porque se ha detectado que ahora no lo es. Efectivamente, doy fe de que con la justicia hay un problema en Bélgica, el cual no creo que se limite al supuesto poco atractivo de la carrera judicial.

El propio palacio de justicia no ayuda demasiado. Ya fue el protagonista de una entrada hace unos años y nada hace pensar que las cosas hayan mejorado lo más mínimo. Bastantes juicios se celebran fuera de allí, por ejemplo en el edificio colindante, de aspecto bastante anodino y funcional, que es donde tuve que personarme para participar en un juicio en calidad de parte. No, no es plato de gusto, pero uno no elige en este punto la dieta que le toca, así que no hubo más narices que desplazarse hasta allá. Hay que decir que desde la demanda a la primera vista real transcurrió más de un año, tras dos aplazamientos motivados por sucesivas enfermedades de los jueces que tenían que haber presidido las vistas de marras. Como ya sabemos, o deberíamos saber, el sistema sanitario belga no pone muchas pegas a la hora de conceder bajas laborales y supongo que mucho menos si el paciente es juez, porque ya se sabe que arrieritos somos, y en el camino nos encontraremos.

No va esta entrada del fondo del asunto, ni irá ninguna en el futuro, así que nos vamos a quedar en la forma. Uno pasa la puerta giratoria y presenta la citación a la celadora, que detrás de un cristal de seguridad le dice a uno a qué sala debe dirigirse. Bueno, eso si hay vista, porque en los casos de los aplazamientos lo que me dijo fue que me volviera por donde había venido, que ya me avisarían cuando se me convocara de nuevo. Lo del correo electrónico para avisar de estos pormenores y ahorrarse un viaje, como que no. En el membrete del juzgado hay una dirección de correo electrónico, pero yo creo que sólo funciona para recibir, y aun lo que se recibe carece de validez legal, me temo.

El control de seguridad es como en cualquier edificio público, con un grupito de seguratas charlando mientras tus cosas van pasando por el escáner. Como no llevaba nada fuera de lo normal ni mínimamente sospechoso, pasar seguridad fue engorroso, porque el invierno le hace a uno llevar una serie de complementos que en verano no son necesarios, pero sencillo.

Tras una nueva puerta giratoria y unos cuantos pasillos, se llega a la antesala de la sala de vistas, donde uno se sienta en un banco, al lado de donde se supone que va a ser recibido, y puede ver el paisanaje que se reúne allí, que no tiene desperdicio. Pero, como se hace tarde, la descripción del paisanaje y de la propia sala y sus ocupantes quedará para la siguiente entrada, o para una de las siguientes, ya veré qué hago.

lunes, 5 de agosto de 2024

El sexto sentido

Lo que voy a narrar en esta entrada no es exclusivo de Bruselas, sino que es un fenómeno probablemente universal, pero yo creo que merece la pena reseñarlo. Después de mucho estudio del ambiente viejuno al que pertenezco por derecho propio, me ha quedado clarísimo que los miembros de mi cohorte demográfica, es decir, los que son tan viejunos como yo, no soportamos a los jóvenes por un montón de razones, la principal de la cual es probablemente la envidia, pero entre las que destaca una que nos atrevemos a confesar: que se pasan el día pendientes del móvil.

Sí, amigos. Los viejunos hemos encontrado un motivo incontrovertible para afearles a los jóvenes un aspecto de su conducta y, de esta manera, tener un pretexto para quejarnos de ellos sin reconocer que lo que realmente nos molesta es que sean más ágiles, mejor parecidos (generalmente, vale), más molones y con más vida por delante. Sí, vale, pero se pasan la vida pendientes del móvil, hasta el punto de que lo miran en todo momento, incluso caminando por la calle. Puaj.

De hecho, uno lee por ahí que el hecho de que los jóvenes (y los que no lo son tanto, asumámoslo) vayan mirando el móvil por la calle es causa de un sinnúmero de tropezones y de accidentes, de modo que, a este paso, a lo mejor eso de que los jóvenes tienen más vida por delante que los viejunos hay que calcularlo de nuevo.

El otro día, caminaba yo por una calle razonablemente concurrida, entre otros, por un buen número de familias con hijos adolescentes y preadolescentes, todos ellos pegados al móvil mientras se movían, y decidí hacer un experimento para comprobar si realmente estamos a pique de que la humanidad desaparezca a base de mamporros en la crisma por estar a otra cosa mientras avanzamos a ciegas. Me puse, pues, a caminar en sentido contrario al de la marcha de dichos grupos; no lo hacía adrede, que conste, sino que era realmente el camino que llevaba. La diferencia respecto a otras ocasiones es que no me desviaba de mi camino, sino que seguía en línea recta sin separarme a derecha ni a izquierda, a ver cuánto tiempo pasaba antes de chocarme con alguno de los zombies hipnotizados por el móvil.

Pues bien, para mi sorpresa, no me choqué ni una sola vez. Yo seguía mi camino y, más o menos dos metros antes de la colisión, el adolescente que venía a mi encuentro levantaba la vista del móvil, me miraba sorprendido y se desviaba, evitando así el choque. Y no una vez, no. Todas las que hicieron falta. Salí del paseo completamente indemne, y no fue por haberlo pretendido, sino por una habilidad inexplicable, y de la que yo carezco por completo, que presentan los ejemplares de la subespecie humana homo sapiens nativus digitalis.

Sí, queridos lectores, parece que la naturaleza es sabia. Para compensar otros defectos que parecen también proceder de la dependencia del móvil (todos los adolescentes en cuestión llevaban gafas de miope, y me temo que de muy miope), el mecanismo que rige la evolución humana ha reaccionado proporcionándoles un mecanismo de defensa que les protege de descalabrarse contra cualquier obstáculo que se les presente, incluso si este obstáculo es móvil, como un caminante en sentido contrario: un radar, como el que tienen los murciélagos y otras especies animales. Parece que un sexto sentido, a añadir a la vista, oído, gusto, olfato y tacto, se ha desarrollado entre los ejemplares humanos más jóvenes y más enganchados a los móviles, en quienes la vista no da abasto ante la necesidad de estar pendiente de lo que sucede en la pantallita del móvil y, al mismo tiempo, en los alrededores que circundan a la persona en movimiento. Podríamos llamarlo, a falta de que la ciencia encuentre una denominación más adecuada, percepción de sólidos próximos, o simplemente radar, qué caray.

Si otros experimentos lo confirman, parece que la especie humana tiene futuro, porque, por más cenutrios que sean nuestros descendientes, queda la esperanza de que la naturaleza, o la evolución, les dote de facultades que compensen sus defectos, como, en este caso, la facultad de percibir un obstáculo en sentido contrario al de la marcha y la consiguiente capacidad de levantar la cabeza y desviar el trayecto antes de que sea demasiado tarde.

Eso. Tarde. Como ahora...

sábado, 24 de febrero de 2024

Patinetes

Lo de Bruselas con los patinetes no tiene nombre, o mejor no lo tenía. Estaban por todos los sitios y eran de todo tipo o condición. Cualquier mindundi se podía pillar uno alquilado entre los tropecientos que había en cualquier sitio. Y luego, cuando llegaba al sitio al que quería llegar el mindundi, el susodicho mindundi lo arrojaba allí mismo, en mitad de la acera, o tirado por el suelo, o en el bosque, o en el cementerio, o apoyado al reves en una papelera, o encajado en un buzón de correos. Donde más rabia le diera al mindundi.

Pues se acabó. Desde hace unos días, sólo dos empresas (Bolt y Dott, que eran las más grandes. Lime, Tier y Bird eran las otras tres oficiales, y a saber qué más había por ahí) tienen permiso para operar en Bruselas. El resto de la chusma ha perdido esa posibilidad. Es más, el parque móvil, que se calculaba que era de 20.000 patinetes, ha quedado reducido a ocho mil, que sigue siendo abundante, pero menos. Finalmente, el gobierno regional ha designado mil quinientas zonas de depósito de los patinetes, así que se acabó también abandonarlos delante de la entrada de una garaje o atravesados en la acera.

Como no soy usuario de los patinetes, no sé exactamente cómo ha afectado la medida al populacho que los utiliza. Yo sigo viéndolos, pero sí que parece que la cosa se ha vuelto más civilizada. Las dos operadoras que quedan son razonablemente serias y no tienen los patinetes trucados para que vayan a toda leche, así que no se ven tantos conductores suicidas como antes. También parece que se ha terminado realmente lo de dejar los patinetes a donde a uno mejor le pareciera.

Entretanto, he leído y escuchado en la radio que las nuevas autoridades municipales de Valencia se están dedicando también a poner coto a los patinetes, que en Valencia son más bien de propiedad privada, y no de alquiler, como aquí, y que les obligan a ponerse casco, a no llevar auriculares y a ir por donde deben.  Bueno, eso de ir por donde deben, en lugar de por las aceras, parece que afecta también a los ciclistas, ahora que la actual alcaldesa no se desplaza en bicicleta. Dentro de unas semanas volveré a Valencia a comprobarlo personalmente, espero que no en mis propias carnes, aunque yo en general no voy por las aceras (está bien, con alguna excepción), pero me querría detener en lo de la prohibición de llevar auriculares.

En España, hasta donde yo sé, está prohibido a rajatabla. En Bélgica, cuando llegué, yo pensaba que llevar auriculares en bicicleta era obligatorio, porque apenas había nadie que no los llevase. En mis primeras clases de idioma de por aquí, había quien se indignaba por el hecho de que en según qué sitios del mundo estuviese prohibido. También pensaba yo que en Bélgica, al igual que en Moscú, hablar por el móvil en el coche mientras uno conducía era igualmente obligatorio, y parece que no, que también está prohibido.

En fin, debo reconocer que, a fuerza de ver al resto del mundo andar con auriculares, me compré unos de conducción ósea que están de moda, que no aíslan del ruido ambiente, cosa que sería demasiado peligrosa, y los uso por la mañana para oír la radio. Ya sé yo que, en Valencia, me puede caer un multazo del quince a la que se me ocurra llevarlos por ahí, pero es que uno tiene que intentar adaptarse a las condiciones de allá a donde va, no se le vaya a hacer tan tarde como ahora mismo.

viernes, 10 de noviembre de 2023

La zona oscura

El período comprendido entre el cambio de hora del último fin de semana de octubre y el solsticio de invierno son los casi dos meses más depresivos del año, desde luego para un residente en el centro-norte de Europa. De repente, como por sorpresa, el día termina poco menos que tras la comida; para colmo de males, hace un frío cada vez más intenso y, al menos en Bruselas, llueve con frecuencia. Vale: siempre llueve con frecuencia, pero las lluvias de día parecen más alegres. Las lluvias nocturnas, sobre todo cuando uno no tiene más remedio que estar en la calle o se avecina el momento en que debe enfrentarse a ella, le hacen a uno sentirse como el profesor Frankenstein y Aigor desenterrando muertos.

Para compensar, los humanos recurrimos a cualquier cosa con el fin de olvidar que la primavera aún está lejos. En Valencia, como tampoco hace tan mal tiempo y el día es corto, pero no tanto, no es que haya mucho que compensar, pero en Bruselas sí. En este período, las actividades culturales se multiplican y todo tipo de ocio tiene lugar. El 11 de noviembre es un día festivo (también lo es, como en España, el día de Todos los Santos), lo cual invita a montar un puente. Para ese día, ya falta poco para el 6 de diciembre, San Nicolas, que es cuando se reparte chocolate a diestro y siniestro, y ya se sabe que el chocolate tiene un interesante efecto euforizante. Llegada esta fecha, aparecen los calendarios de Adviento. Uno podrá ser más o menos creyente, pero los calendarios de Adviento tienen chocolate, y eso sí que no se perdona.

No nos olvidemos de los mercadillos de Navidad, que en Bruselas incluyen el montaje de una pista de patinaje. No hace tanto frío como para que se hiele el agua, pero en los tiempos modernos eso no es óbice para montar una pista (incluso en Valencia se hace con hielo artificial a más de veinte grados, que yo lo he visto), sin necesidad de llegar a extremos moscovitas. Allí, por cierto, sí que había pistas de patinajes de lo más natural. El caso es que los mercadillos de Navidad contribuyen a distraer al personal y a elevar el ánimo comprando cositas y bebiendo vino caliente. No, yo tampoco sé cómo hay quien aprecia el vino caliente, pero no seré yo quien lo condene.

Y así, entre distracción y juerguecilla, llegamos al solsticio de invierno, el 21 de diciembre. Llega la Navidad, con una sucesión de fiestas, que quienes somos religiosos asociamos con el nacimiento de Nuestro Señor, y quienes no lo son no lo hacen y las asocian con un difuso sentimiento de felicidad, de obligación de estar contento y satisfecho, de ver a la familia, quien la tenga (y cada vez la van a tener menos) y de alegría de vivir. Supongo que quienes no celebran el nacimiento de Cristo pueden consolarse con que los días, de momento imperceptiblemente, empiezan a alargar, con lo que el período o zona oscura termina. Sigue haciendo un tiempo muy mejorable, pero por lo menos comienza a haber un poquito más de luz cada vez.

En Valencia no son necesarios tantos pretextos para llegar con cierta ilusión al solsticio de invierno. No hay mercadillos navideños, ni falta que hacen. Las máximas superan los veinte grados con relativa frecuencia y los días son soleados. Así que uno, que ha pasado unos días en Valencia con un clima tal que, la verdad, no sé cómo hay gente que vive en otro sitio, le toca volver a Bruselas, donde, según todos los testimonios que he ido recogiendo, hace un tiempo de perros. Y no de gos rater, que ésa es raza valenciana y no está hecha a destemplarse, sino de cualquier raza centroeuropea, de las que aceptan el tiempo desapacible como una costumbre más.

En fin, sea como fuere, toca abandonar estas tierras y volver a Bélgica, donde, además de un tiempo pésimo, me esperan aventuras que preferiría omitir, pero que no podré, porque uno no elige las cruces que debe cargar. Para bien que sea y, al menos, espero que no se me haga tarde. Como se me hará tarde hoy, a no ser que termine esta entrada inmediatamente.

jueves, 27 de julio de 2023

Vetustez

Pues sí, una de las cosas que más poderosamente llama la atención del español que se encuentra en Bélgica es la enorme cantidad de cosas que siguen funcionando a pesar de que están bastante pasadas de edad. Bélgica es uno de los países líderes en materia de eutanasia, pero sólo referida a las personas; cuando hablamos de objetos, la cosa cambia radicalmente.

No ya es la afición a lo "vintage" expresada en forma de mercadillos o brocantes, que también. Es que los trenes, por ejemplo, que en Bélgica son un medio de transporte utilizadísimo, mucho más que en España, dejan muchísimo que desear. Uno va a España, y es verdad que yo no la he recorrido toda; no sé qué puede estar pasando en la famosa Extremadura, que tanto se queja de la falta de vías férreas en condiciones. Pero el material rodante, ruede más o menos rápido, es un material en excelentes condiciones y prácticamente nuevo o muy bien mantenido, y no sólo en el AVE, sino en el cercanías más recóndito, insistiendo en que no he pasado en tren por Extremadura.

En Bélgica, lo miremos como lo miremos, los trenes son viejos, quizá porque, al ser de competencia federal, las regiones se resisten a financiar la compra de nuevos. El caso es que uno se sube, es un suponer, al tren que enlaza Bruselas con Luxemburgo, y la verdad es que no es precisamente un AVE. No es que esté directamente mal, vale, pero cutrillo es un rato, y me temo que parte de la cutrez tiene que ver con el paisanaje que lo ocupa. Normalmente hago ese trayecto en primera, porque son tres horas bastante duras y suelen ser viajes de trabajo durante cuyo transcurso no estoy ocioso, así que qué menos que disponer de condiciones adecuadas para desempeñar las tareas que tocan. El hecho de que sean vagones de primera clase no cambia demasiado el tipo de pasajero que lo ocupa, y me voy a explicar.

El tren de Bruselas a Luxemburgo para en un montonazo de estaciones, lo cual tiene como consecuencia que lo utilice todo aquél que, aunque no vaya al Gran Ducado, se quede en sitios tan populosos como Namur, o vaya a hacer transbordo para ir a la nueva ciudad universitaria, Lovaina la Nueva, así que el pasaje es abundante, y se compone mayoritariamente de personas que tienen abonos de segunda y de algún vivalavirgen que, con abono o sin él, directamente pasa de meterse en segunda y se monta en el vagón de primera. Yo, si tengo billete de segunda, que es casi siempre que lo pago yo, ni se me ocurre montarme en un vagón de clase superior, pero está visto que hay pasajeros que no comparten mi opinión, y esos pasajeros, por decirlo fino, no son lo mejorcito del pasaje.

De esta guisa, el vagón de primera sale de Bruselas de bote en bote con dos tipos de pasajeros. Unos somos los que tenemos billete de primera y estamos, más o menos resignados, en un vagón de primera; los otros tienen (en el mejor de los casos) billete de segunda, pero se han subido al vagón de primera porque ellos y ellas lo valen. Éstos, y éstas, son de edad como máximo de cuarenta años, con la característica de que, cuanta más edad tienen, su aspecto es más patibulario. Un jovencito de veintipocos se meterá en el vagón con sus auriculares a tope, hasta el punto de que oyes perfectamente qué música está oyendo (suele ser la más detestable, claro), se extenderá sobre su asiento y el contiguo y allí se quedará contra viento y marea. En cambio, uno de cuarenta y tantos, y éstos suelen ser todos hombres, tendrá un aspecto desaliñado y sucio, olor en consonancia con su aspecto, tatuajes diversos, más cuanto más edad tenga el personaje, una mochila algo desgarrada y pelos por doquier, excepto a veces en la cabeza. A veces da la impresión de que en primera clase las compañías son peores que en segunda.

Esta situación sorprende a algunos pasajeros poco frecuentes. Una señora de mediana edad, sorprendida por la situación, entró en el vagón y preguntó abriendo, pero poquito, la boca:

- Est-ce qu'ils ont déclassé ce wagon? 

Difícil de traducir. A mí no me ha pasado nunca, pero parece que en ciertas circunstancias (cuando hay mucha gente, supongo) los vagones de primera son reclasificados como de segunda.

No, no lo habían reclasificado, o declasificado. Era así.

Los revisores pasan, pero no antes de Ottignies, que es cuando se bajan los estudiantes. Luego ya se arman de valor, porque saben que una de sus funciones va a consistir en hacer limpieza de polizones en el vagón de primera.

Uno pensaría que, si te pillan y te invitan a cambiarte de vagón o a bajarte del tren (porque sí, hay gente que se sube sin billete, y tan ricamente), te lo tomarías con deportividad y aceptarías que te han pillado, pero hay gente que anda escasa de deportividad. En mis viajes me ha tocado ver enfrentamientos bastante desagradables entre revisores y pasajeros, con cierta frecuencia de raza negra y de aspecto intranquilizador. También hay blancos de aspecto intranquilizador, incluso más que los anteriores, pero suelen ser más alfeñiques y no presentan grandes problemas a los revisores. Los revisores son gente entrenada para estos menesteres y saben que la voz es un arma importante, así que suelen los berridos que emiten los que hacen entrar en razón a los polizones más recalcitrantes, siempre de mala gana.

A partir de Namur, que es como decir a las dos quintas partes del viaje, ya sólo quedan en el vagón los verdaderos pasajeros de primera y ya se puede uno estirar algo. Tampoco tanto, porque ya digo que el material rodante no está precisamente a la última y le queda lejos al Orient Express de Poirot, que, por cierto, era belga y no sé si estaría contento de las comodidades que (no) se pueden encontrar en los trenes belgas del siglo XXI.

Pero, bueno, el siglo XXI llegó tarde para él. Tarde como se está haciendo ahora.

martes, 11 de julio de 2023

Vacaciones

En Bruselas, las vacaciones son escalonadas, pero no es descabellado decir que han comenzado el sábado pasado, habida cuenta de que el viernes fue el último día de clase en los colegios dependientes de la comunidad Valonia-Bruselas, es decir, de los francófonos. Los colegios de lengua flamenca, que los hay también, llevan ya una semana de asueto, pero son los menos y no se notan tanto.

En una ciudad con las calles tan estrechas como es Bruselas, el hecho de que desaparezca una flota inmensa de autobuses escolares aligera bastante las cosas. Y se nota mucho. De repente, es como si hubiera espacio. Si a esto añadimos el hecho de que el sector de la construcción se detiene radicalmente, excepto ciertas obras públicas que continúan a bajo ritmo (bueno, en realidad, siempre están a bajo ritmo y el hecho de que sea julio no viene a mejorar las cosas), la ciudad decae visiblemente en su actividad. La gente se da el piro en julio prácticamente tanto como en España nos dábamos el piro en masa en agosto, en aquellos tiempos en que las vacaciones eran de verdad y duraban todo el mes.

Este año, he decidido por unanimidad no moverme de Bruselas en julio y no ir a España ni para votar. Los que me conocen íntimamente saben que mis posiciones políticas han dado recientemente un giro radical y me han hecho abrazar el animalismo, por lo que mi voto natural sería para el PACMA, que tiene tantas posibilidades de sacar algo en las elecciones españolas como en las rusas, así que no se perderá mucho con la ausencia de mi voto.

Me quedo en Bruselas no porque haya menos trabajo. De hecho, es al contrario: en julio, la gente quiere irse, todo lo más, al llegar la fiesta nacional belga, que es el 21 de julio. Eso nos lleva a una actividad frenética hasta que pase ese día, porque la tendencia es a irse de vacaciones con los deberes hechos y sin dejarse sorpresas a la vuelta, y los curritos tenemos que multiplicar nuestros esfuerzos hasta que la cosa pase.

Porque al final pasa, y más este año, en que el día de la fiesta nacional cae en viernes, con lo cual se prevé una estampida de grandes proporciones, y una ciudad casi totalmente vacía a partir de ese momento, con un ejército de turistas apelotonados en el centro y los barrios residenciales, entre ellos el mío, en los que se van a poder oír las moscas.

En realidad, me quedo en Bruselas porque en España hace mucho calor y estoy harto de sudar la gota gorda, mientras que aquí se está de lujo. Que sí, que puede hacer treinta grados algún día, y treinta grados en Bruselas son muchos grados, pero no duran mucho: para mañana dan veintitrés de máxima, una temperatura que yo firmaría para todo el año, por no hablar de las refrescantes lluvias recurrentes, una especia de chaparrones cortos e intensos que despejan el ambiente del bochorno y, la verdad, mejoran mucho el tiempo que hace en España. Me iré hacia el final del verano lo mínimo necesario, cuando en España empiece a escampar, y por pura obligación, pero las vacaciones de verdad las voy a tomar… en noviembre.

Mientras tanto, habrá que hacer algún plan por aquí, en tanto llega el momento de partir para ese mínimo necesario, lo cual me da una idea para la siguiente entrada, que espero que me salga de cine.

Pero eso será en otro momento, porque hoy se hace tarde, y mañana toca madrugar para asistir a un curso intensivo en el que me he enrolado, y para el que debo ser puntual.

miércoles, 3 de mayo de 2023

Tradiciones

En Bruselas, las cosas viejas son bastante apreciadas. Uno podría pensar que eso es bastante paradójico en un país que fue pionero en la legalización de la eutanasia y que, según las estadísticas, la ejecuta con frecuencia (el verbo está escogido adrede, sí), pero es lo que hay.

Y eso llama bastante la atención a un español, porque, en España, las cosas viejas se tiran, no se va alardeando de ellas. Por ejemplo, en Bélgica hay coches viejos, que, en este contexto, quizá sea mejor llamar "antiguos", que gozan de excelente salud y reconocimiento, e incluso de matrícula propia. En efecto, si alguien va por las carreteras belgas, es frecuente encontrarse con vehículos que llevan matrículas como las demás, con la única diferencia de que, en lugar del primer número, hay una letra "O", que significa "old timer" y que viene a denotar que el vehículo en cuestión es una antigualla, pero muy querida por su dueño, que la usa con frecuencia y despierta admiración allá por donde pasa.

En España, como ya sabemos, el que conduce un coche viejo es porque no tiene más remedio y lo hace muy a su pesar. Que sí, que seguramente hay cuatro fanáticos que tienen sus clubs de vehículos históricos y esas cosas, pero en España son cuatro gatos; en Bélgica, en cambio, son legión, hacen concentraciones masivas y ya digo que hasta tienen matrícula propia y de aparición muy frecuente por las carreteras.

En la foto que ilustra esta entrada, el cochazo en cuestión, que nadie en su sano juicio conduciría por España, pero por aquí no hay problema, ha sido llevado hasta la plaza del Jeu de Balle por unos señores con unos mostachos muy simpáticos, que ya de por sí son la pera limonera y que forman la Orden de Amigos del Manneken Pis, a los que ya tuvimos la ocasión de conocer en esta bitácora hace algún tiempo, justo antes de la pandemia que cambió las vidas de tanta gente.

Además de organizar las donaciones de vestidos al Manneken Pis, los miembros de la orden son gente cachonda en general y de buen humor belga. En el caso que nos ocupa, además de sacar coches antiguos a la calle y apretarse cervezas, estaban haciendo una procesión festiva para elegir al mejor bigotudo de Bruselas. 

Que yo no sé quién acabaría siendo elegido, pero que bien podría ser este señor de ahí, que participó en la competición. En fin, que no sé yo si la Orden de Bigotudos y la del Amigos del Manneken Pis tienen relación, pero algo debe haber, porque el bigotudo del año se elige pasando por el Manneken Pis y, como es bien sabido, para pasar por el Manneken Pis hay que pasar primero por la Orden de Amigos del mismo. No me extrañaría que hubiera bigotudos que, además, fuesen miembros de la otra orden, porque, si se trata de pasárselo bien, éstos están en primera línea de fuego.

En fin, que, así como en España estas cosas se están perdiendo, en Bélgica parece que no, y que la afición por las cosas y modas antiguas tiene buena salud.

Lo cual no sé si siempre es bueno, porque todo tiene un límite, pero de eso tocará hablar en otra ocasión en que no se haya hecho tan tarde como hoy.

viernes, 7 de abril de 2023

El chantier

Atención, porque con este concepto nos adentramos en uno de los aspectos más temibles de la idiosincrasia belga. Hay un más o menos equivalente en ruso, por hacer honor al país que vio nacer esta bitácora, que es ремонт, y que fue una palabra mencionada y estudiada en su momento, cuando estaba en Rusia, más exactamente aquí. No, no quieren decir lo mismo, me apresuro a reconocerlo, sino sólo algo más o menos similar, pero hay una cosa que tienen en común, y es que su sola mención tiene la virtud de erizar el cabello de quien la escucha.

Sea como fuere, ahora estamos en Bélgica y la palabra clave es "chantier", que puede ser varias cosas, en esa polisemia que tanto dificulta la correcta comprensión de un término. Si, en el caso de "remont", hubo que recurrir a la correcta clasificación de los distintos tipos de reparaciones, el término "chantier" puede hacer referencia, en primer lugar, al lugar que los obreros acotan para depositar los materiales que están utilizando en la obra. Además, puede referirse a la obra misma. En los dos casos, lo menos que se puede decir es que es una lata.

Una tendencia bastante molesta de las cuadrillas de obreros belgas consiste en dejar las cosas inacabadas. No inútiles, porque eso sería inmediato objeto de una reclamación, sino a falta de un par de detalles que no acaban de desencadenar la reacción virulenta del cliente, pero tampoco dejan la cosa niquelada para poder recepcionar la obra con alegría.

Un ejemplo: en una calle de Bruselas que ha estado en obras literalmente durante años, toda la maquinaria se ha retirado y han dejado la calle completamente asfaltada... excepto una franja de tres metros de largo y dos palmos de ancho que han cubierto con gravilla y tierra compactada. Cualquier vehículo que pasa por allí, por ejemplo, mi bicicleta, y yo sentado sobre ella, intenta evitar esa franja y pasar por el medio metro de calle correctamente asfaltada, pero no es sencillo, sobre todo si te cruzas con alguien que venga desde el otro lado ¿Les hubiera costado mucho asfaltar una superficie tan pequeña? No creo ¿Hay un plan detrás de esa acción, a primera vista, pérfida? Quiero pensar que sí y que la compañía eléctrica o vaya usted a saber quién tienen entre ceja y ceja renovar una instalación que pase precisamente por la franja inacabada y que, total, para eso no hace falta asfaltar. Pero no lo sé, ya han pasado unos cuantos meses desde que la franja quedó ahí, obligando a trabajar a las suspensiones de los vehículos que no tienen más remedio que pasar por ahí, y no se mueve nada.

Luego está la duración de las obras. Son eternas, y no entiendo por qué. Que seguro que hay que hacer las cosas bien, pero estamos hablando de reparar un puente o abrir una calle cortada. Esta peña trabaja como si la cosa no fuera con ellos, o como si no acabaran la obra hasta estar seguros de que tienen otra al día siguiente. Algún compañero polaco echa de menos la presencia de compatriotas (suyos), que, según él, acabarían con el "chantier" en un periquete. Se ve que es asunto de meter gente, y que las empresas constructoras belgas eso de meter gente, a la que hay que pagar, no lo ven demasiado claro. Yo veo la mano de los sindicatos por ahí, pero tampoco hay que excluir que sea la de la patronal, que tiene un tufo de cártel que apesta.

No sé qué pensar de todo esto, pero tengo la impresión de que no hay fin. En las casas privadas sí que lo hay, por la cuenta que trae a los obreros, pero las obras públicas son otra cosa y se suceden misteriosamente en una cadena de "chantiers" que sólo puedo atribuir a la ineptitud o a la connivencia de quienes están detrás de ellos. Vale, yo no tengo ni idea de estas cosas, fuera de algunas reformas que me ha tocado hacer en casa, pero algo pinta mal cuando pasan meses y más meses, y aquello sigue avanzando con una parsimonia inexplicable.

Pasa en los mejores municipios, como el mío, que se supone que es uno de los mejor gestionados de la región, fuera de las prédicas populistas de otros. Tres años, tres, les ha costado finalizar un camino semiforestal, el Crabbegat, donde, la verdad, fuera de cambiar adoquines de sitio, no tengo demasiado claro qué han terminado por hacer, y dónde estaba el peligro para el peatón que transitara por allá. Vale, puede que hubiera peligro para la conservación del propio camino, pero tres años es demasiado desde cualquier punto de vista.

Ahora, por fin, ya está abierto y, ya que he mencionado el Crabbegat, quizá no sea una mala idea recorrerlo, no de estranjis y esquivando vallas y, ejem, "chantiers", sino por las buenas, como un paseante cualquiera.

Eso será lo que haremos en una próxima entrada, pero hoy es un día muy especial y los oficios de Viernes Santo comienzan pronto, así que me toca salir de casa, que se me hace tarde.

lunes, 3 de abril de 2023

Obras son amores

Obras públicas... Dios mío, qué cruz.

Creo que pasa algo similar con la práctica totalidad de las ciudades grandes de este mundo, pero, en todo caso, es un fenómeno que alcanza su perfección en Bruselas, una ciudad con una infraestructura vetustilla que tuvo su auge por lo menos en el reinado de Leopoldo II (entonces era nueva) y que, como la edad no perdona, toca ir renovando como se puede. Y, efectivamente, es cosa de ver, por ejemplo, la infraestructura ferroviaria, para darse cuenta de que el material rodante, que es lo que más aprecia el viajero, necesitaría un rejuvenecimiento en forma de mandar al museo ferroviario los materiales más antiguos (porque habrá gente que querrá visitarlos) y sustituirlos por algo que nos recuerde que estamos en el siglo XXI.

La infraestructura viaria y las mismas viviendas también pasaron por su mejor momento hace varias décadas. Las autoridades de Bruselas, en su día, pergeñaron una red de túneles que supongo que ha venido muy bien, no sé si para evitar los atascos de tráfico (a la vista está que no), sino al menos para que todo el mundo se comprara un coche y conseguiera de esta manera aprovechar los túneles. Los atascos los tienes igual, pero así puedes tragar más coches de lo que podrías sin túneles.

Pasar por algunos de esos túneles da un poco de yuyu. El conductor no suele fijarse en los detalles del túnel que le acoge, sino sólo en el vehículo que le precede y, si ha tenido que frenar bruscamente, quizá en el que le sigue. Únicamente se fija en el túnel cuando se encuentra atascado y no tiene absolutamente otra cosa que hacer. Como los atascos en los túneles están a la orden del día, uno se encuentra con la cruda realidad en forma de humedad, goteras, barras de hierro que sobresalen, vigas podridas y todo tipo de imperfecciones, por ser suaves, que amenazan con que el tinglado se venga abajo, atrapando debajo a quien haga falta. Y sí, hay todo un plan de renovación de túneles, que avanza muy lentamente y que puede dejar inutilizada una vía de comunicación durante meses.

Así, Bruselas está bloqueada con una frecuencia insólita, para felicidad de las empresas de construcción de la región y aledaños, que cuenta con un cliente ahíto de servicios y más servicios, un volumen inagotable de trabajos para repartir y la garantía de que exprimirá al contribuyente lo que sea necesario para pagar a sus proveedores. No me consta, como pasaba en España, que el puesto de concejal de obras públicas sea el lugar para hacerse rico, pero no sería de extrañar, a la luz de las puertas giratorias y todo tipo de influencias más o menos toleradas, que dichas facultades, si no para forrarse, sí que sirvan para dejarle a uno la vida razonablemente resuelta en forma de trabajo en cuanto los votantes, caprichosos ellos, decidan que el puesto en lo sucesivo lo va a ocupar otro.

Luego están las ecolo-obras. La mayoría del gobierno de la región de Bruselas, que coexiste con los ayuntamientos de los diecinueve municipios que la componen y entre los cuales no hay la menor separación física, porque todo es zona urbana, está compuesta por una coalición entre sociatas y ecologistas. De hecho, los ecologistas tuvieron un éxito resonante en las últimas elecciones regionales y municipales y se han colado en buena parte de los ayuntamientos de la región, además de en el gobierno de la región misma. Y ya se sabe que la prioridad de un ecologista, al menos en materia de obras públicas, que es de lo que se trata aquí, consiste en jorobar a los conductores de automóviles y en construir carriles-bici. No seré yo quien se quejé de lo segundo, puesto que yo mismo me suelo desplazar en bicicleta y no conduzco mi coche más que de uvas a peras, pero el caso es que eso lleva a una de las palabras más temidas para el ciudadano ajeno al negocio de la construcción. Y esa palabra es chantier.

Esa palabra no es fácilmente traducible al castellano, por la riqueza semántica que atesora, y quizá también por los nervios que produce en quien le toca enfrentarse a ella. Habrá que dedicarle una entrada específica, pero no será ésta, porque podría quedar larguísima. Y se haría tarde.

viernes, 20 de enero de 2023

El resultado de los ataques del monopolista

Después de unos días de locura, mayormente por culpa mía, que me meto en líos de los que me podría librar, vuelvo a estas pantallas a seguir escribiendo mi versión de lo que pasa a mi alrededor.

Y recordaremos que, durante los últimos meses del año pasado, mi proveedor de energía, esto es, de electricidad y gas, que además es la compañía de bandera del país, me estuvo dando la vara para que les pagara anticipos más jugosos, porque, de lo contrario, la factura anual de diciembre me iba a doler lo que no está escrito. Que estaba siendo malévolo y consumiendo más, y que los precios se habían puesto por las nubes.

¿Cómo quedó la cosa? Pues, efectivamente, en diciembre llegó la factura de regularización entre los anticipos que había ido pagando durante el año y lo que había consumido realmente. Lejos de las cantidades que la compañía temía que me iba a tocar pagar, el monopolista ha terminado por devolverme casi cien euros.

Pero el monopolista siempre gana: por mi bien, ha decidido por unanimidad fijarme el anticipo mensual en 210 euros, casi cien más de lo que venía pagando. Lo puedo cambiar, sí, y no excluyo que lo haga de aquí a poco, pero lo único que se me ocurre es que la Engie Electrabel tiene un morro que se lo pisa.

Eso sí, mis esfuerzos me ha costado. No puse la calefacción hasta mitad de noviembre, aprovechando que, hasta entonces, las temperaturas fueron bastante razonables. En ese momento, sin embargo, comenzó a hacer más frío y la casa se puso a quince grados, lo cual ya dolía, a despecho de todas las mantas y suéteres de que me había provisto; en fin, que puse la calefacción, pero sólo a dieciocho grados, que es como sigue ahora, algo por debajo de los diecinueve que recomiendan los políticos y bastante por debajo de los veinte del año pasado, con Ame todavía por aquí, y de los veintiuno de años anteriores, en que había presencia femenina (y friolera). Por la noche, la tengo normalmente a catorce, o sea, prácticamente no la tengo, pero estos días tengo una hija por aquí, me ha dado penica, y la he subido por las noches a dieciséis. Que no se diga.

He de reconocer también que tuve invitados desde Valencia a principios de diciembre, en esos días en que, gracias a los puentes que nos hemos dado, Bruselas se llena de españoles. Como venían de Valencia, y como me considero un buen anfitrión, decidí subir la calefacción a veinte grados, para que estuvieran a gusto en casa.

Ahora hace frío, la verdad. Andamos alrededor de los cero grados, a veces menos que eso, y nieva algo de vez en cuando. A regañadientes, pero voy a dejar el anticipo mensual donde lo han colocado los ladrones de la compañía, a sabiendas de que, en cuanto las temperaturas suban, que Dios quiera que sea pronto, mi consumo va a caer muy por debajo de lo que suponen esos chupópteros.

Para entonces, más vale que lo cambie todo antes de que sea tarde. Como ahora.

miércoles, 4 de enero de 2023

El último intento de liar la instalación de la cocina

Tras mover Roma con Santiago, como hemos visto en las entradas precedentes, la cocina estaba lista. La encimera, preciosa, tenía un aspecto impecable. Todos los muebles estaban en su sitio. El señor Vandenborre, jefe de la tienda causante de todas nuestras cuitas, había dado su brazo a torcer y, según entendí, había tenido lo que se llama un "gesto", consistente en no cobrar una cajonera que se había añadido al proyecto algo más tarde (y que, también, se había instalado más tarde), es decir, de perdonar unos ochocientos euros.

Así las cosas, envíe al servicio de mediación el siguiente mensaje de agradecimiento:

Madame,

Comme convenu, j'ai le plaisir de vous annoncer que le dossier en objet peut être clôturé. (Como quedamos, tengo el placer de anunciarle que el expediente objeto de este escrito puede cerrarse).

En effet, finalement l'instalation a été finalisée. Comme suggéré par vous, le magasin d'Ixinna à Drogenbos a eu un geste commercial (remise d'une facture supplémentaire pour un meuble de 40 cm de longueur). (Efectivamente, finalmente la instalación ha terminado. Como sugirió usted, la tienda de Ixina de Drogenbos tuvo un gesto comercial, el descuento de una factura añadida por un mueble de 40 centímetros de largo).

Je vous remercie vivement pour votre médiation, qui a été faite à notre entière satisfaction. J'espère que cette affaire aura permis également au magasin de découvrir quelques problèmes internes, et que finalement ils aient été resolus, ce qui va sans doute améliorer son service à la clientèle. (Le agradezco vivamente su mediación, que ha sucedido a nuestra completa satisfacción. Espero que este asunto haya permitido a la tienda descubrir algún problema interno y que éstos hayan sido solucionados, lo que seguramente mejorará su servicio a la clientela)

Je vous souhaite une excellente journée,

Avec mes salutations les plus sincères,

Alfor von Buchweizen

Y con esto podríamos concluir esta serie, pero no, las cosas no son tan simples como aparentan, y el dueño de Ixina no se ha hecho rico haciendo descuentos magnánimos a sus clientes, por muy insatisfechos que estén éstos. Efectivamente, no bien hube enviado el correo de arriba cuando llegó una factura de Ixina exigiendo el pago de unos seiscientos euros por el mueble en cuestión.

Bueno, pues si no hay mejor cuña que la de la misma madera, y la cosa ya funcionó una vez, habría que probar si funcionaba de nuevo, sobre todo teniendo en cuenta que el expediente estaba reciente. Así que escribí a mediación el siguiente mensaje:

Madame,

Malheureusement, je dois revenir sur mon message d'hier, compte tenu que le magasin de Drogenbos semble avoir parlé avec ma femme (qui, de loin, n'a pas le français comme langue maternelle). Elle avait compris que le magasin voulait oublier la facture, mais il l'ont envoyée peu après avec une remise très réduite, que, à notre avis, ne compense pas les ennuis produites par sa négligence. (Desgraciadamente, debo volver a mi mensaje de ayer, habida cuenta de que la tienda de Drogenbos parece haber hablado con mi esposa - la cual ni de lejos tiene el francés como lengua materna -. Ella había entendido que la tienda quería olvidarse de la factura, pero la han enviado poco después con un descuento muy pequeño, que, a nuestro entender, no compensa las molestias producidas por su negligencia)

Bien à vous,

Alfor von Buchweizen

En paralelo, el señor Vandenborre también recibió lo suyo de mi parte:

Bonjour Monsieur,

Mon épouse m'a envoyé le courriel que vous l'avez envoyé. (Mi esposa me ha enviado el correo que usted le había enviado)

Elle m'a avait dit pourtant hier que l'accord auquel elle était arrivé avec vous était d'oublier complètement la facture, compte tenu du service absolument inacceptable que vous, et en particulier votre gestionnaire M. Valencia nous avez rendu, avec un retard de quelques mois qui a eu de conséquences pécuniaires assez importantes (carrelages, peinture...), dont je dois vous considérer responsables, sans parler des plusieurs démarches et conversations et le temps que nous avons tout simplement perdu suite à la négligence de nos personnes de contact auprès de vous. (Sin embargo, ayer me había dicho que el acuerdo al que había llegado con usted era de olvidar completamente la factura, habida cuenta del servicio absolutamente inaceptable que ustedes nos han ofrecido, y particularmente su agente, señor Valencia, con un retraso de varios meses que ha tenido consecuencias económicas bastante importantes (chapado, pintura...), de las que debo considerarlos a ustedes responsables, por no hablar de las distintas gestiones y conversaciones y del tiempo que hemos perdido simple y llanamente como consecuencia de la negligencia de nuestras personas de contacto en su tienda)

Merci de prendre position sur cette question.

Bien à vous,

Alfor von Buchweizen

La respuesta de Vandenborre no se hizo esperar, qué va. Si hay que defender los intereses de una empresa, ahí están los jefes de tienda para hacerlo como sea:

Bonjour Monsieur,

J’ai bien eu votre épouse au téléphone et je lui ai dit que j’allais faire une remise commerciale de 30% et elle m’a remercié ! (Sí que hablé por teléfono con su esposa y le dije que iba a realizar un descuento comercial del 30%, ¡incluso me dio las gracias!)

Nous n’avons jamais parlé d’une remise totale. (Nunca hablamos de un descuento total)

Je veux bien revoir ma position et faire 50% de remise. (Acepto cambiar mi postura y hacer una rebaja del 50%)

J’espère que nous pourrons clôturer ce dossier dans ce sens ? (¿Espero que podamos cerrar con esto el expediente?)

Je vous prie d’encore nous excuser pour les soucis rencontrés avec IXINA (Le ruego nuevamente nos perdone por los problemas ocurridos con IXINA).

Bien à vous.

Charles  

Mi contestación llegó poco después. Entorné los ojos mientras leía el correo del jefe de la tienda y entreví claramente una bandera blanca por algún sitio, mientras retrocedía en sus posiciones. Era el momento de entrar a matar y acabar con la resistencia del adversario. No había llegado hasta aquí para pagar un solo céntimo más a esta peña. Así que...

Bonjour Monsieur,

Je vous remercie d'abord pour votre courriel. (Primeramente, le agradezco su correo)

Toutefois, je suis vraiment étonné du fait que vous ayez choisi de parler avec mon épouse, qui ne maitrise pas le français, plutôt qu'avec moi. (Así y todo, estoy realmente sorprendido que haya usted elegido hablar con mi esposa, que no domina el francés, en lugar de conmigo.)

Il est vrai que mon épouse a mené assez de conversations, en espagnol, avec M. Valencia, qui le parle presque parfaitement. (Es cierto que mi esposa ha conversado frecuentemente, en español, con el señor Valencia, que lo habla casi a la perfección.)

Après avoir été informés que M. Valencia n'était plus notre gestionnaire, je me suis rendu au magasin, j'ai parlé avec votre collègue Séverine, et j'ai lui dit que, puisque il n'était possible de parler en espagnol, il valait mieux de parler avec moi. Je lui laissé mon numéro de téléphone, et elle l'a utilisé, puisqu'elle m'a appelé pour s'assurer que la pose du plan de travail s'était produite. (Tras haber sido informados de que el señor Valencia había dejado de ocuparse de nuestra cuenta, fui a la tienda, hablé con Séverina, colega de usted, y le dije que, al no poder hablar en español, valía más hablar conmigo. Le dejé mi número de teléfono, y ella llegó a usarlo, porque me llamó para asegurarse de que la instalación de la encimera se había producido.)

Cependant, après avoir sorti cette facture, vous avez choisi de parler avec mon épouse plutôt qu'avec moi. Je veux croire que cela n'est qu'une erreur, sinon, c'est très méchant. (No obstante, tras emitir esta factura, usted ha escogido hablar con mi esposa antes que conmigo. Quiero creer que no es sino un error, porque, de lo contrario, es muy malvado.)

Concernant la facture elle-même, je ne sais pas d'où est-ce qu'elle arrive. À l'époque, M. Valencia avait reconnu qu'il s'était trompé lors de la commande (il a commandé des meubles différents à ceux que nous voulions), et qu'il prendrait sur soi tout supplément qui arrive. Nous avons payé le solde totale en octobre 2015 (oui, ça fait sept mois. SEPT). Après avoir payé, nous n'avons eu que des ennuis avec vous: retards injustifiables, appels infructueux, visites au magasin au cours desquelles la responsabilité était toujours de quelqu'un d'autre, promesses inaccomplies... Ce n'est qu'après d'avoir introduit une réclamation auprès du service consommateurs, vraiment désespérés, qu'une réaction de votre part est finalement arrivée. Ne pensez pas qu'on a l'habitude de présenter des réclamations formelles. On se sentait complètement méprisés. (En cuanto a la factura, no sé de dónde sale. Entonces, el señor Valencia había reconocido que se había equivocado al hacer el encargo -encargó muebles diferentes a los que queríamos- y que se haría cargo de cualquier suplemento que viniera. Pagamos la suma total en octubre de 2015 - sí, hace siete meses. SIETE-. Tras pagar, no hemos tenido más que problemas con ustedes: retrasos injustificables, llamadas infructuosas, visitas a la tienda en las que la culpa siempre era de otro, promesas incumplidas... No ha sido sino tras haber reclamado ante el servicio de consumo, realmente desesperados, que llegó una reacción de su parte. No piense que tenemos la costumbre de presentar reclamaciones formales. Nos sentíamos totalmente despreciados.)

On a dû payer des frais de déplacement supplémentaires pour les carreleurs et les peintres qui sont venus en vain, parce la cuisine n'était pas encore terminée. On a dû payer des heures supplémentaires à nos ouvriers. On a dû cuisiner, à défaut de plan de travail, sur quelques tables de bois avec des trous qui faisaient couler les liquides dans les meubles. On a vraiment eu l'impression qu'Ixina se moquait de nous! (Hemos debido pagar gastos de desplazamiento adicionales para los chapistas y los pintores que vinieron en vano, porque la cocina no estaba terminada. Hemos pagado horas adicionales a los obreros. Hemos debido cocinar, a falta de encimera, sobre algunas tablas de madera con agujeros que hacían pasar los líquidos a los muebles. Hemos tenido realmente la impresión que Ixina se burlaba de nosotros.)

Même après la pose du plan de travail, un trou restait pour un meuble qui aurait dû être commandé depuis des mois! Et qui n'a été placé qu'il y a deux semaines. (Incluso tras poner la encimera, quedaba un hueco para un mueble que hubiera debido ser encargado desde hacía meses. Y no fue colocado sino hace dos semanas.)

Et maintenant vous sortez du chapeau une facture, malgré le constat de M. Valencia que c'était sa faute lors de la commande, et essayez de nous la faire payer. (Y ahora usted se saca de la chistera una factura, a pesar de que el señor Valencia aseguró que era su culpa al hacer el encargo, e intenta hacérnosla pagar.)

J'ai bien envie, moi aussi, de clôturer le dossier, mais refuse de payer pour le mauvais service qu'on a reçu, surtout quand M. Valencia nous avait dit que c'était sa faute et qu'il prendrai sur soi la responsabilité. (Yo también quiero cerrar el expediente, pero me opongo a pagar por el mal servicio que hemos recibido, sobre todo cuando el señor Valencia nos había dicho que era su culpa y que asumiría la responsabilidad.)

Bien à vous,

Alfor von Buchweizen

Por supuesto, el servicio de mediación recibió una copia del correo. A partir de aquí, las comunicaciones cesaron completamente, pero la factura se quedó sin pagar.

Con esto termina la saga de la instalación de los muebles de la cocina. Fue muy duro, la verdad, y me temo que estas entradas dedicadas al asunto no hacen justicia a la verdadera dimensión del mismo. Se nos dijo que nuestro gestor, el ya conocido Alain, o señor Valencia, ya no trabajaba allí, cosa que quiero creer, claro, porque ya hemos visto que no era el trabajo de su vida. Según la persona que se hizo cargo de los asuntos que llevaba al dimitir o ser despedido, que eso nunca me quedó claro del todo, no éramos los únicos en tener problemas con los asuntos que se habían quedado pendientes. Por si fuera poco, la tienda iba a ser remodelada completamente, y así fue. Por razones diferentes, básicamente para hacer la compra, pasábamos con cierta frecuencia por delante de la tienda y estuvo patas arriba durante bastante meses. Al final, reabrió, no sé, ni quiero saber, con qué gestores ni con qué jefe de tienda, pero desde aquellos luctuosos acontecimientos no he vuelto a poner el pie en una tienda de instalación de cocina, básicamente porque hasta hoy, y toco madera, la cocina funciona bien y, salvo que los números del panel del microondas (chino) han desaparecido casi por completo, el resto no ha tenido mayores problemas. El horno, en particular, debe ser una especie de obra de arte, porque una vez vino un operario a cambiar una pieza y se deshizo en elogios hacia él, casi por contraste con la opinión que le merecía el microondas.

Y ahora pasaremos a otro tema, que no sé muy bien cuál será, pero creo que vamos a dejar por algún tiempo el servicio al cliente en la bendita ciudad de Bruselas y en el Reino de Bélgica en general. Pero eso ya lo veremos en otro momento, porque hoy se hace tarde.