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miércoles, 4 de agosto de 2021

Más predicación en tiempos de pandemia

Uno llega a Valencia, la millor terreta del món, abre un buzón atestado de cartas y, entre ellas, se encuentra la siguiente joyita:

Apreciado vecino:

Espero que se encuentre bien, mi nombre es María y le escribo para compartir con usted buenas noticias.

Me gustaría hacerle saber que Dios nos asegura "él no está muy lejos de cada uno de nosotros" (Hechos 17:27). Con ternura consuela a quienes sinceramente lo buscan.

Además Dios promete que estas condiciones solo serán temporales. Muy pronto viviremos en un tiempo en que "ningún residente dirá: estoy enfermo" (Isaías 33:24).

También en la página web: JW.ORG, la cual está en la hojita que le adjunto, podrá encontrar la respuesta a cualquier pregunta que usted tenga.

Deseo que todo le vaya bien y que usted y su familia estén a salvo del Covid-19.

Reciba un cordial saludo.

María

Y no es un envío con una carta fotocopiada, no. Escritura a mano, por mucho que todas las cartas que haya escrito María tengan exactamente el mismo contenido, dictado por la Hightower, y remitente pulcramente escrito en el reverso del sobre, por si quiero contestar a la dirección de María. Y sobre debidamente franqueado, con mi dirección, aunque no con mi nombre, que sustituye por "Apreciado vecino". No me conoce, pero me aprecia. Lo de vecino es relativo, porque, a juzgar por su dirección, la buena de María vive al final de la calle Carteros, ya cerca de Tres Cruces, y eso está a cosa de tres kilómetros de mi casa, lo cual en Siberia es el equivalente a vecino de puerta con puerta, pero en el casco urbano de Valencia hay que interpretar muy ampliamente la noción de vecino para que entre en ella la relación entre María y yo.

Los católicos deberíamos hacer una autocrítica muy seria a la luz de la mera existencia de los Testigos de Jehová, que sólo pueden haber surgido en lugares donde nos hemos dormido en los laureles. Esta secta se nutre de citas bíblicas mal traducidas y sacadas de contexto, que sólo pueden haber seducido a personas muy faltas de compañía y de formación adecuada, y de ambas cosas tenemos la culpa quienes podíamos hecho algo para paliarlas. Como no lo hemos hecho, y como esta gente, otra cosa no, pero inasequibles al desaliento son un rato, sus supercherías con apariencia de iglesia se han extendido y ahora a ver cómo les convences, una vez sorbido el seso, de que quienes les han sacado de la soledad y de su abandono son unos farsantes que han fundado una editorial con pinta de iglesia.

En fin, que hay mucho trabajo. Pero de eso tocará ocuparse en otra ocasión, porque ahora, con el Covid y esas historias, los Testigos de Jehová predican a distancia y sin contacto directo, y en ese contexto rebatir sus herejías es muy cansado.

Y, ya puestos, si a la señora que me llamó el otro día le respondí en neerlandés, lo propio sería responder a María en el equivalente nuestro, que es el valenciano, esa lengua que es oficial en la ciudad de Valencia, pero que no habla en ella casi nadie, ni los de Compromís.

A ver dónde tengo un sobre...

lunes, 26 de julio de 2021

La predicación en tiempos de pandemia

 La pandemia ha afectado duramente a las actividades de la mayoría de nosotros. Muchos hemos tenido que adaptarnos, más o menos bien, a las nuevas circunstancias, mientras que otros han tenido que restringir sus actividades o directamente quedarse en casa.

Lo que no ha cambiado es que sigo respondiendo al teléfono fijo, que por alguna razón conservo todavía, en neerlandés. Como mi número fijo aparece en la guía telefónica con un nombre equivocado, ya que la compañía de teléfonos se equivocó en su día al copiarlo (sin embargo, las facturas llegaban con el nombre pulcra y correctamente escrito), no es difícil averiguar quién llama a partir de la guía, y por tanto lo más probable es que se trate de una llamada poco interesante para mí.

Como ya sabemos (porque lo dijimos aquí, aquí y aquí), en Bruselas el flamenco no lo habla ni el Tato, por muy oficial que sea. Cuando un teleoperador quiere venderte vino, seguros, servicios de telefonía o lo que sea y se encuentra con que el cliente potencial le responde en flamenco, el interés del comercial por el cliente desciende vertiginosamente. Es que ni uno, tú. Todos, sin ninguna excepción, han terminado balbuceando las cuatro palabras que han logrado desenterrar de cuando iban al colegio para decir que, lo sentían mucho, pero que no estaban en condiciones de continuar la conversación. Los más atrevidos, como los de mi antiguo proveedor de Internet, Proximus, me decían que alguien que hablase flamenco me llamaría. Era más que evidente que los chicos de Proximus estaban intentando que recapacitara en mi resolución de abandonarles y, como las compañías de telefonía hacen tan a menudo, me iban a hacer una de esas ofertas irrechazables con mucha letra pequeña que ponen a los clientes los ojos como platos.

Bueno, pues ni eso. Al darse cuenta de que hablaba flamenco, terminaron por desistir, lo cual confirma la prácticamente única utilidad que ha tenido hasta hoy el flamenco en mi vida: permite librarse de los pesados.

O eso creía yo.

Anteayer, sonó el teléfono fijo por primera vez desde mi retorno. Lo tomé y, de manera jovial y decidida, lancé un claro y nítido Goedemorgen!

Para mi sorpresa, al otro lado de la línea sonó una voz de mujer que, de forma evidentemente trabajosa, ni siquiera me preguntó si podía continuar en francés, sino que, en un flamenco difícil, me dijo que me quería invitar a una conferencia.

Eso ya me había pasado antes. Los comerciales llaman, y te dicen que te ha tocado un regalo, que tienes que recoger en la tienda tal en el momento cual, y todo es para que vayas a la tienda que protagoniza la campaña. Lo que no había pasado antes es que el comercial, cuyo flamenco era claramente peor que el mío (que ya es decir), consintiera en expresarse en una lengua que estaba lejísimos, no ya de dominar, sino de hablar y, sobre todo, entender, de manera suficientemente operativa.

Tras tratar de entendernos en esa jerigonza que es el flamenco, me quedó claro que la organización que estaba detrás de la llamada había organizado conferencias presenciales en el pasado, pero que la pandemia les había obligado a hacer las cosas exclusivamente en línea. Así que la conferencia era en línea, y ella me estaba dando un enlace.

- ¿Y sobre qué es la conferencia?

- Sobre el amor.

- Ah...

- El amor a Dios.

- ¿Y el enlace a la conferencia es...?

- jw.org

- Lo sospechaba.

Pinchando en el enlace anterior no se va a donde la señora quería enviarme, sino a la entrada en la que se relatan mis peripecias anteriores con los Testigos de Jehová, esos herejotes de tendencia arriana. Algo hay que reconocerles, y es que son inasequibles al desaliento, y que ya quisiera más de un comercial (y probablemente más de un predicador) tener siquiera una parte de los recursos que atesoran ellos, aunque ello requiera chapurrear una lengua como el flamenco, que está lejos de ser la más extendida del mundo. Y eso que la pandemia les ha arruinado su modelo de predicación por parejas y de puerta en puerta, en frío; pues ya sabemos lo que hacen ahora. Lejos de encerrarse en sus salones del Reino esperando a que amaine, se han puesto manos a la obra y siguen dando la vara, pero ahora lo hacen por teléfono.

No les arriendo la ganancia, pero, al menos, no les caerán tormentas encima.

La conversación siguió por los derroteros habituales que suceden cuando me encuentro con los Testigos de Jehová. Al final, les digo que yo soy católico, y que lo quiero seguir siendo; ellos me retan a que saque mi Biblia, por mucho que sea la católica. Como siempre, supongo que quieren sacar las citas que les han obligado a aprender de memoria en la Watchtower, y que no son muy difíciles de rebatir con otras citas, pero por teléfono eso no es sencillo. Quizá por ello se limitan ahora a recomendar a sus clientes (creo que se les podrá llamar así) a que visiten su página web, llena de fotos de gente guapa y sonriente que exuda felicidad. En eso hay que reconocer que, desde el punto de vista de la imagen, les dan sopas con ondas a la brutalmente sosa página del Vaticano, que debe de haber sido diseñada por un teólogo o un filósofo, pero desde luego no por un experto en posicionamiento de páginas web ni mucho menos por un experto en imagen.

En este caso, la conversación duró poco, que es una de las ventajas de discutir en flamenco. Y sí, espero que pase pronto la pandemia, y que los Testigos de Jehová puedan reanudar sus visitas tradicionales puerta a puerta, porque es muy triste dar la vara desde un teléfono en la soledad de la casa de uno; para eso, no hay punto de comparación con ir de dos en dos, porque lo que dijo Jesús fue que fuéramos de dos en dos, no que nos dedicáramos a llamar por teléfono a la peña, y tratar de conseguir adeptos. Es más, auguro que, a la que se termine esto, los Testigos de Jehová van a tener un cierto ascenso, porque conozco a más de uno al que este año y medio (y lo que queda todavía) le ha sentado bastante mal a nivel de coco, y puede estar tentado de aceptar unirse a un grupo que da respuestas a todas las preguntas, aunque sea a costa de cerrar los ojos a lo que dicen las partes de la Biblia que contradicen las teorías en las que basan su existencia.

Pero eso ya lo veremos más adelante. Hoy no, que es tarde.

viernes, 4 de mayo de 2018

Predicadores

Los testigos de Jehová son una población particular. Para empezar, son unos herejotes de tomo y lomo, que no creen que Jesús sea Dios, con lo que mal podemos considerarlos cristianos. Para continuar, son unos pesados de categoría especial. Yo ya sé que el proselitismo es inherente a toda religión, e incluso a todo pensamiento, pero de ahí a dar la vara a deshora hay un trecho enorme.

La verdad es que tengo familiares, o eso creo, que son testigos de Jehová. Para ser exactos, que son testigos de Jehová es seguro, pero no tanto que sigan siendo familiares míos, porque hace tantísimo tiempo que no tengo contacto con ellos que no estoy cierto de que sepan que existo en este mundo. Parece que lo del contacto con gente de fuera de su secta es algo que tienen limitado a los solos efectos de la predicación, y que deben tener prohibido acercarse a nadie que tenga una formación sólida y les pueda hacer tambalearse en sus convicciones de que, con suertecilla, se van a meter en la cifra de ciento cuarenta y cuatro mil personas, ni una más ni una menos, que se van a salvar.

Mi primera experiencia con ellos fue, como casi siempre, un domingo por la mañana, momento en que salen a cazar incautos que no estén en misa. Creo recordar que yo era un chaval de primero o segundo año de universidad, cuyos padres y hermanos se habían ido a pasar el fin de semana al pueblo, y que, en suma, estaba solo en casa. El sábado por la noche no me acostado precisamente temprano, y ni siquiera estoy seguro de que lo hubiera hecho sereno, pero desde luego que sobrio del todo no había estado.

En estas circunstancias, encontrarse con el timbre de la puerta sonando a las nueve de la mañana del domingo sólo se puede calificar de devastador ¿Quién podría ser?, dije para mis adentros, pensando en que pudieran ser mis padres que hubieran vuelto del pueblo inopinadamente y se hubieran olvidado las llaves. Con este pensamiento, me levanté de la cama, me puse en posición digna, como para hacer ver que mi estado no era lamentable en absoluto, y arrimé mi ojo a la mirilla. Vi al otro lado de la puerta dos mujeres y, sin saber muy bien a qué atenerme, abrí. Una era joven y la otra mayor, que tal debe ser la composición habitual de los grupos proselitistas de los testigos.

- Buenos días - dije algo confuso.

- Buenos días - dijo la mayor, mientras me alargaba un ejemplar de 'Atalaya' -, queremos acercarte a Dios.

- ¿A... Dios?

- Sí, a Dios - dijo la joven - ¿Tú estás en contra de la violencia?

No sé si era la pregunta más adecuada para hacer a un joven a las nueve de la mañana de un domingo tras una noche de jolgorio.

- A favor, a favor - repuse -. Estoy a favor de la violencia - y debí poner una cara de irritación máxima -. He pensado votar a Herri Batasuna en las últimas elecciones.

Debió ser una respuesta inesperada. Las dos mujeres se miraron sin saber muy bien cómo proseguir su predicación.

- Bueno - dijo la joven, dando un paso atrás -, pues ten cuidado.

Ya no volví a verlas. Quiera Dios que hayan encontrado el camino recto y hayan vuelto al seno de la Iglesia y abandonado la superchería de su secta.

En mis años en Rusia, no vi un solo testigo de Jehová. Parece que Putin los tiene atados bien corto y que no permite que se desmande nadie que no sea ortodoxo o luterano, y que incluso a los católicos nos mira con prevención (pero de eso ya se ha escrito en esta bitácora muchísimas veces).

Eso sí, ha sido llegar a Bélgica y reaparecer los testigos en mi vida.

En nuestra primera casa, hace ya un par de años, volvía yo de correr por el bosque y estaba estirando antes de entrar en casa, cuando se paró junto a mí un señor que, por las trazas, debía andar por la cincuentena avanzada. Después de ponderar con amables palabras que dedicase un sábado por la mañana a cultivar el cuerpo, insinuó que debía hacer lo propio con el alma, y que Dios me ayudaría más de lo que sin duda ya lo hacía.

Por muy agradable que sea tal consejo, no es lo que espera oír alguien que vuelve a casa tras veinte kilómetros de triscar por el bosque y que sólo quiere estirar un poco para recuperar la musculatura y, acto seguido, meterse en la ducha a quitarse el sudor y las manchas de tierra. Este sentido de la oportunidad o, mejor, de la inoportunidad, debe ser algo que caracteriza a los testigos de Jehová, al menos a juzgar por las veces que han aparecido en mi vida.

Así y todo, uno ha recibido buena crianza y, salvo la penosa experiencia relatada más arriba, no está en mi naturaleza mandar a hacer gárgaras a mis interlocutores, por peñazo que sean.

- Por supuesto que también hay que ocuparse de cultivar el espíritu, tiene usted mucha razón - dije, mientras sujetaba el empeine para tensar el cuádriceps derecho.

El hombre, que iba solo, por lo que deduzco que no estaba de servicio ni formaba parte de un comando predicador organizado, vio el cielo abierto.

- ¡Claro que sí! Venga conmigo al salón del Reino, allí hablaremos de Dios.

Fue oír las palabras 'salón del Reino', caer en la cuenta de que era sábado, y darme cuenta de qué pie cojeaba mi espiritual heresiasca. Le dije, pues, que lo tenía claro si quería incorporarme a su congregación, que era católico a machamartillo, y que, si ni siquiera la Iglesia Católica en Bélgica me había hecho apostatar, lo más probable es que lo fuera a ser muchísimo tiempo más, y hasta toda la vida, si Dios quería.

Con una sonrisa beatífica, mi interlocutor lamentó mi, según él, errónea decisión, pero me invitó a acudir al salón del Reino, a donde él mismo corría peligro de llegar tarde, así que siguió su camino, y yo me agarré el otro empeine para recuperar el cuádriceps de la otra pierna.

Y así hasta el martes pasado, primero de mayo, en que volví a enfrentarme a una pareja de predicadores, esta vez de sexo masculino, pero igualmente uno de edad más avanzada y otro que estaría en sus últimos veinte. Llamaron a la puerta sobre las diez y media (que ya es otra cosa), mientras Ame y yo estábamos desayunando. Ame, que está lejos de ser el niño adorable que fue y se ha convertido en un adolescente con todo lo que ello significa, siguió desayunando como si tal cosa, y yo bajé a ver qué quería la pareja. Por suerte, no se dieron cuenta de que la puerta sigue abriéndose con empujarla un poco (de la puerta trataré otro día, espero), y estaban allí, tan campantes.

Dijeron ser de la comunidad de testigos de Jehová del municipio. Se me hace raro que la haya en Uccle, un lugar acomodado donde yo diría que la gente es, o católica, los menos, o directamente descreída a fuerza de molicie, desorden y posición económica acomodada, que debe ser el caso de la mayoría. Yo les dije que era católico y que el Señor había hecho en mí maravillas sin necesidad de escuchar monsergas como que Jesús no es Dios. Ellos dijeron que querían discutir de la Biblia conmigo, y que si hacía falta lo harían con mi Biblia. Yo repuse que mi Biblia, la que tengo a mano, estaba en ruso, y allí ya acabó la cuestión, porque parece que la Hightower no prepara a sus predicadores para tales eventualidades. Aún así, se quedaron con mi dirección y yo les dije que de mil amores les recibiría en otra ocasión. Y, añadí para mí, en otra ocasión en que no tenga el desayuno a medias.

Volverán, supongo, dentro de unos años. Cuando hayan aprendido ruso.