sábado, 12 de septiembre de 2026

El aeropuerto de Valencia

Como no hay mal que cien años dure, tampoco la dicha es eterna, y las vacaciones se han terminado. Ya llevo un par de días de vuelta por Bruselas, experimentando lloviznas y dejando atrás el calor enorme que ha hecho en Valencia, y eso que creo que me he librado de lo peor.

No hemos entrado hasta ahora en el aeropuerto de Valencia, un lugar que no tiene muchas diferencias con los aeropuertos de ciudades medianas. En sí, el aeropuerto es bastante cómodo: no es enorme, a diferencia de los de Madrid, Moscú, Bruselas, o hasta Alicante, sino que es tirando a pequeño, pero tiene de todo en relativamente poco espacio.

Lo que no tiene son demasiados vuelos. A despecho de la creciente popularidad de mi ciudad como destino laboral, turístico y lo que haga falta, las comunicaciones aéreas de Valencia con cualquier sitio son bastante más escasas de lo que nos gustaría a los que tenemos que usarlas con frecuencia. La palma se la llevan las líneas de bajo coste, principalmente Ryanair y Vueling, que llevan a los valencianos a los aeropuertos de ciudades secundarias y, en el caso de Ryanair, también a la terminal de transporte de animales de Charleroi. A Bruselas, que es lo que me importa, sólo volaban directamente ésas dos compañías, juntando las cuales puedes llegar, más o menos y con alguna excepción, a un vuelo diario directo con Bruselas; últimamente se ha unido a esas dos compañías una tercera aerolínea que ofrece igualmente una conexión directa entre Valencia y Bruselas. Se trata nada menos que de la compañía aérea belga de bandera, que ahora se llama Brussels Airlines. Esta compañía es el enésimo intento de montar una línea aérea belga, desde los sucesivos ensayos con SABENA, el más largo, pero que quebró en 2001 después de llevar controlada por Swissair desde 1995; a SABENA siguió SN Brussels Airlines, que surgió de la fusión de una subsidiaria de SABENA con Virgin Express, con participación belga. SN Brussels Airlines cambió su nombre a Brussels Airlines en 2007, nombre que sigue hasta ahora. Lo que no sigue es el capital belga, porque Lufthansa compró el 45% de la compañía en 2009 y más tarde el 55% restante, así que la compañía de bandera belga es ahora de capital alemán. Bueno, alemán o de quien sea el capital de Lufthansa, yo qué sé.

Uno, cuando vuela a Valencia, no elige lo que quiere, sino lo que puede. Y, para el retorno a Bruselas, la verdad es que el vuelo que me venía mejor y no me obligaba a horarios absurdos era el de Brussels Airlines, qué le vamos a hacer. Tampoco era excesivamente caro, e incluso pillé la tarifa que me permitía llevar una maletita, que debía pesar ocho kilos, además de la típica mochila que cabe debajo del asiento. Comparado con cómo estoy viajando últimamente, casi diría que es un lujo.

La víspera, además, me llegó un mensaje de la aerolínea: "Como el vuelo va lleno, le ofrecemos la posibilidad de facturar gratuitamente su equipaje de mano." En estas circunstancias, decidí ir a por todas y llevarme a Bruselas dos tarros de miel que me habían regalado y que tenía en Valencia sin saber muy bien qué hacer con ellos. Comérmelos, claro, que a mí la miel me encanta, pero en Valencia tenía un tercer tarro abierto y tampoco voy tanto por allí como para consumirlo en cuatro días. Ni en cuatro meses.

Ya puestos, y como tenía por Valencia una maletilla, me entró el ataque de avaricia y añadí unas morcillicas, esos libros que quieres leer, pero que nunca te da tiempo a hacerlo en Valencia... en fin, menudencias.

Total, que llegó el día de irse, por la mañana, metí todas las cosas en la maleta, la levanté, y claro, como me he pasado la primavera y buena parte del verano haciendo ejercicios de fuerza en los brazos, me pareció que igual pesaba un poquito de más, pero nada preocupante que no pudiera traspasar de maleta a mochila.

Como Brussels Airlines tiene una existencia independiente porque a Lufthansa le viene bien para parecer belga, pero por nada más, los mostradores de facturación eran los mismos de todo el grupo. La cola era de aúpa, claro, no en vano estamos hablando de un domingo de septiembre, día típico de vuelta de vacaciones, pero yo había llegado al aeropuerto con tiempo de sobra y, además, la cola iba rápida.

Cuando quedaban dos o tres personas para que me tocara pasar a facturar, en el mostrador de mi izquierda se estaba produciendo un diálogo entre la azafata y una familia de pasajeros:

- La maleta le pesa diez kilos. El máximo es ocho. Tiene que retirar dos.

¡La de tiempo que hacía que no facturaba! En aquellos tiempos, la azafata ni se hubiera inmutado por dos kilos, además de que entonces el límite no era de ocho, sino de diez. No pude evitar palidecer un poco, porque, a ver, que mi maleta iba un poquito por encima del límite era evidente a cada paso que daba. Pesaba hasta rodando...

Llegó mi turno y, como la azafata del mostrador de la izquierda seguía dialogando con los pasajeros sobre sobrepesos y zarandajas de ésas, me fui a mostrador de la derecha. Con mi mejor sonrisa, estaría bueno.

- Me ha llegado un mensaje de la compañía que me pide que facture el equipaje porque el vuelo va lleno.

- Ah, claro.

Y mientras tanto, puse mi maleta sobre la cinta de equipaje y, de reojo, vi lo que marcaba la báscula: catorce kilos y medio. Ahí, con un par. De tarros de miel. No sabía yo que la miel pesara tanto. Ni que las pesas que he hecho últimamente me hubiera puesto tan cachas, joroba. Hice como que no había visto nada y traté de mejorar mi mejor sonrisa, misión prácticamente imposible, porque uno tiene sus límites.

La azafata imprimió la etiqueta, me dio la tarjeta de embarque, enrolló la etiqueta en el asa de la maletilla, pegó el resguardo en la tarjeta de embarque y me la alargó.

- ¡Arreglao! - dijo sonriendo. Y eso que estaba trabajando un domingo.

¡Ufffffff! Seis kilos y medio habían pasado impunemente al avión, mientras en el mostrador de la izquierda la otra azafata estaba dando los datos de dónde pagar los dos kilos de sobrepeso. Di las gracias a la azafata, y enseguida al cielo, en este caso por haber tenido tanta buena fortuna, y me dirigí al control de seguridad con paso rápido, no se fuera a arrepentir todavía la azafata de haberme dejado escapar.

Como todos los objetos más o menos dudosos estaban en la maletilla, en este caso pasar el control fue coser y cantar, no como al inglés que iba delante de mí, el cual, a saber por qué, trataba de colar un candado de bicicleta en U de los metálicos, que ellos solos ya pesan lo suyos. Se lo confiscaron allí mismo, se puso a despotricar y a dar golpes en las bandeja, total, para nada, porque los seguratas de aeropuerto son inflexibles, y me temo que va a tener que atar su bicicleta con el cordón de los zapatos hasta que se compre otro candado.

Ya que yo sí que estaba de buen humor y de buen rollo, me dirigí a la mujer que estaba escaneando equipajes.

- ¿Puedo hacerle una pregunta?
- Sí, claro.
- ¿Se puede pasar la matrícula de un coche?

La pregunta parece bastante friqui, ¿no? Bueno, pues la respuesta y lo que pasaba por mi cabeza quedara para otro momento, porque se me hace tardísimo.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Cascarrabias

 

Efectivamente, estoy unos días por Valencia, después de dejar atrás los diferentes espacios religiosos del aeropuerto de Bruselas.

Valencia siempre ha sido una ciudad maravillosa. La dejé con veintisiete años para no volver a ella más que de vacaciones, cosa que no es sinónimo de descanso. Efectivamente, en Valencia no suelo perder un minuto, siempre estoy haciendo algo o quedando con alguien y, en suma, llego al final del día quizá más cansado de lo que llego en Bruselas. Que ya es decir. Al final de las vacaciones, suelo necesitar unos días de trabajo 'normal' para recuperarme de las vacaciones. Ya sé que le pasa a mucha más gente que a mí.

Pero a mí Valencia me la han cambiado y me temo que para siempre. Siempre que he vuelto por aquí, he tenido por costumbre coger la bicicleta por las noches, después de cenar, y dar un paseo por el centro, que no me pilla tan lejos de mi casa. Pasar por la plaza del Ayuntamiento, por la Catedral y, por encima de todo, por la Basílica de la Virgen de los Desamparados, que ahí está visible día y noche para quien quiera pasar a rendir visita. Pero también por la plaza del Patriarca, por el Parterre, por los Jardines del Real, por el Paseo al Mar, por la misma playa si me quiero aventurar más lejos... Valencia tiene rincones de sobra para darse una vuelta por ellos, y no digamos si incluimos los pueblecillos que se ha ido anexionando con el tiempo y que conservan un centro, una plaza del pueblo y una iglesia parroquial en ellos. Patraix, Campanar, Ruzafa, Benimaclet...

Eran paseos agradables, después del ajetreo diurno, con temperatura agradable y con un ritmo relajado, para disfrutar del camino. Incluso en esta bitácora apareció uno de esos episodios.

En los tiempos pandémicos que aparecen en la entrada enlazada arriba, las calles estaban casi completamente vacías. Era un extremo. El otro extremo te lo encuentras el otro día, con toda Valencia convertida en una yincana de obstáculos para moverse de un lugar a otro, además de estar atestada de gente. En los últimos veinte años, los que tiene esta bitácora, no sé yo cuánta gente ha pasado a vivir a Valencia, ni tengo los últimos datos de empadronamiento, pero mucho me temo que, si no pasamos del millón de habitantes, nos acercamos bastante.

Entre las diferencias que encuentro entre mis incursiones nocturnas de hace veinte años y las actuales hay algunas que destacan poderosamente. La más evidente es el enorme porcentaje de extranjeros. En Valencia siempre ha habido extranjeros, claro que sí, pero hace veinte años eran bastante discretos y no llamaban mucho la atención. Lo de ahora es tremendo. Quizá los que viven aquí no se den cuenta, acaso porque el aumento haya sido paulatino y en el día a día no se echa de ver, pero yo vengo menos a menudo y, cada vez que vengo, hay más. Hay magrebíes en abundancia, hay sudamericanos a porrillo, hay tantos italianos que me pregunto si queda alguien en Italia y, para colmo, cada vez que me acerco al centro escucho cada vez más lenguas como el ruso y hasta el neerlandés. Lo que apenas escucho es castellano. Y valenciano menos todavía, pero ya hace veinte años la lengua vernácula era excepcional en el cap i casal del Regne, cosa que no ha cambiado desde entonces, ésa no.

Luego están los zombis.

Cuando uno va en bicicleta por una zona peatonal, cosa lícita, a veces tiene que ir con más cuidado que cuando va por la calzada, cosa igualmente lícita. Los coches, por lo general, respetan la línea recta y son vehículos previsibles. Un peatón es mucho menos previsible, sobre todo por la noche; suele bambolearse y, cuando está en zona peatonal, o que él cree que es peatonal, no parece sino que piense que la calle es suya, como si fuera un Ministro del Interior. Además, hay gente perjudicadilla a partir de ciertas horas, o con ciertos problemas de equilibrio: el resultado de todo eso es un desastre para el ciclista que querría ir relajado. De verdad que yo no soy de esos ciclistas que circulan como si fueran profesionales y zigzaguean por las calles a velocidades de vértigo; no, yo soy de los que dan las pedaladas justas para no caerse, y más en vacaciones y paseando por la ciudad. Para correr, hay otras ocasiones.

Pero no hay forma de pedalear relajado en el centro de Valencia. Muchos peatones, en lugar de mirar por dónde van, caminan absortos mirando la pantalla de su teléfono, que sostienen con una mano, cuyo dedo pulgar se desliza por la pantalla. Creo que algunos tienen un sexto sentido, como ya vimos en otra ocasión, pero el ciclista no puede nunca estar seguro del todo de esta circunstancia, y menos si se junta el hecho de estar perjudicadillo con el de estar pendiente de la pantalla del móvil. Si se estuvieran quietos y supieras que iban a seguir estándolo, todavía podríamos tener cierta seguridad de esquivarlos, pero ¡qué va! Esta gente va caminando más o menos en línea recta, o no, y tú no sabes por dónde meterte. Yo, la verdad, no entiendo esta adicción tan acusada, cuando debe ser mucho más cómodo mirar el móvil sentado en un bar con un granizado de limón al lado, pero oye, se ve que hay gente que tiene el mono si se aparta de la pantalla más de treinta segundos. Esto acabará mal, ya veréis.

La tercera plaga es la de los patinetes eléctricos.

Valencia es una ciudad completamente llana y las mayores distancias que uno puede encontrar dentro de ella no superan los diez kilómetros. Ideal para las bicicletas, pero hay gente que quiere correr, qué le vamos a hacer, y les ha ayudado el invento ése del patinete eléctrico, un engendro demoníaco que posiblemente le cueste años de purgatorio al que lo haya diseñado. Hay gente que no sabe conducir, o que no puede permitirse un coche, y que a la vista está que no pedalearían ni cuesta abajo, pero, ¡eh!, se montan en un patinete, se ponen casco (a veces no se lo abrochan, total, ¿para qué?), gafas de sol, cara de velocidad y, ¡hala!, a volar por las calles a toda mecha. Si alguien se pone en medio, o si le pasas a medio centímetro, peor para él.

Además de los guiris, los patinetes eléctricos y de los zombis, la cuarta plaga es la de los repartidores de comida en bicicleta. La madre que los parió... Cuando yo era joven y vivía por aquí, una empresa local tuvo la idea de aprovechar que Valencia es llana, entonces y ahora, y no demasiado grande, para montar un servicio de reparto a base de ciclistas. Eran los induráin, salían en la prensa como empresas innovadora, y por el nombre ya se deduce que tal cosa sucedió en los primeros noventa. Desgraciadamente, la cosa no cuajó. La mayoría de los mensajeros de entonces era españolitos, que es lo que había entonces en España, y el coste terminó por ser demasiado elevado y menos rápido que el equivalente servicio, prestado por motoristas, así que la empresa se fue a pique.

De entonces ahora, han aparecido, en primer lugar, los guiris, en este caso hispanoamericanos (ellos dicen latinos, como si fueran Virgilio u Ovidio), bastantes de los cuales están dispuestos a trabajar por bastante menos que los induráin de los noventa; pero la puntilla la han dado los vehículos individuales eléctricos, que hacen que cualquier gordinflas indocumentado, incapaz de pedalear medio kilómetro sin jadear, ahora se ponga a la espalda esa caja cuadrada amarilla que llevan y se lance a recorrer Valencia a llevar comida a tanto vago como pasa de cocinar, creando un mal rollo importante en los carriles bici, zonas peatonales y allá por donde aparezca, porque esa gente siempre lleva prisa y, los más molestos, incluso llevan un altavoz desde el que se vomita reguetón o cualquier otro sonido, que no música.

El lector ya habrá advertido a estas alturas que las cuatro plagas pueden, y de hecho suelen, presentarse de manera acumulada: un patinete eléctrico conducido por un guiri hispanoamericano, con la caja amarilla de Glovo, mirando el móvil mientras se desplaza escuchando reguetón. Yo a éstos los mandaba a un campo de reeducación o a trabajar limpiando montes en Vitigudino, pero, lamentablemente, como no mando yo, me toca soportarlos.

Pero por poco tiempo, al menos aquí, porque ya estoy para volver a Bruselas a pasar menos calor, antes de que se haga tarde ¡Hasta otra!

lunes, 31 de agosto de 2026

La capilla ateo-humanista del aeropuerto

Un día u otro tenía que ser, así que finalmente ha llegado el momento en que este humilde autor de la presente bitácora no ha tenido más remedio que tomar vacaciones, para dirigirse a su patria, la Valencia de sus entretelas, y pasar calor en ella.

Para ello, tocaba pasar por el aeropuerto de Bruselas. Bueno, o por el de Charleroi, pero lo de Charleroi ya hemos convenido que, más que un aeropuerto, es una central de transporte de ganado que lo mejor es evitar si se puede.

La última vez que tocó pasar por el aeropuerto de Bruselas-Zaventem, recordemos que quedó pendiente una visita más detallada a uno de los espacios más curiosos del lugar: la capilla atea, o el espacio humanista, para gentes que no creen en Dios, ni en Jehová, ni en Alá, ni en ningún Ser Supremo, pero están chungos porque algo no va bien y no tienen los recursos que tenemos los creyentes, que nos dirigimos a Dios cuando las cosas no van bien para pedirle que nos ayude a enderezarlas, y cuando van bien para darle las gracias. Con el fin de paliar esta falta de recursos para el ateo consecuente que, sin embargo, quiere tener un espacio en el aeropuerto como todo quisqui, he aquí que se fundó el espacio humanista. Vamos, digo yo que sería por eso.

Llegué al aeropuerto, pasé sin novedad el control de seguridad y me dirigí decidido y a buen paso a la zona de las capillas. No lo ponían fácil, no... El aeropuerto, como buena parte de Bruselas, también está en obras, y lo que está en obras en particular es el acceso a las capillas. Para compensar, también estaban en obras las zonas de primera clase, que no piso desde hace la tira de tiempo, pero que estaban de camino a las capillas.

Las capillas están en el tercer piso, no hay escaleras mecánicas sino hasta el segundo y el ascensor está estropeado, así que el último tramo me tocó hacerlo por medio de las escaleras, disimuladas tras una puerta y más parecidas a un barracón que a un aeropuerto. Vamos, aquello parecía Charleroi, no diré más.

Pero llegué. Para ser completo, esta vez tomé fotos a las capillas que dejé de lado la última vez. Como era tan complicado llegar, pensé que no habría nadie utilizando la zona religiosa (bueno, zona religiosa, excepto la parte humanista, que ésa es explícitamente no religiosa) y no me equivoqué. A pesar de estar en plena temporada alta vacacional, o quizá precisamente por eso, aquello estaba completamente abandonado.

La capilla protestante es tan aburrida como todo lo que tiene que ver con esa herejía pensada para ir contra la verdadera iglesia, más que para proponer algo bello, cosa que se esfuerzan por evitar. Allí no hay más que sillas, un atril y un ambiente de sola scriptura que prescinde totalmente de adornos, de santos, de... bueno, de prácticamente todo. Biblias hay, eso sí.

Al fondo, han colocado un cuadro tan feo como todo lo que tocan, con unos colores que no se sabe muy bien a santo de qué vienen. Y sobre el altar han colocado una planta de plástico. No estoy muy seguro de que Dios esté allí, pero, en todo caso, a veces parece que quienquiera que haya diseñado aquel recinto estaba pensando en disuadirlo de aparecer. 

La capilla judía, por su parte, es otra cosa, la verdad. Tiene buen aspecto, supongo que porque está claro quién lleva últimamente la voz cantante en esta época que nos ha tocado vivir. Hay gorritos y muchos libros en un alfabeto que desconozco por completo, pero estéticamente da buena impresión. Los bancos son anodinos, pero tienen un pasar. En el fondo hay una placa en la que se menciona la inauguración del espacio con los agradecimientos a la BIAC y a los señores Apfelbaum y Kaufman. La BIAC no es ninguna asociación judeo-masónica, como podríamos temer, sino simplemente el propietario del inmueble, la Brussels International Airport Company. Los señores Apfelbaum y Kaufman no sé quiénes son, pero es difícil imaginar apellidos más judíos que ésos.

Esta bitácora es razonablemente respetuosa con las religiones distintas a la católica. La religión judía creo que nunca ha sido mencionada aquí hasta ahora, ni siquiera en estos tiempos en que la cuestión no deja a nadie indiferente, aunque alguna cosita, mayormente culinaria, sí que ha salido en el pasado.

Superando el temor a posibles atentados contra esta bitácora, y aprovechando que allí no había un alma, pasé también al interior del espacio reservado a los musulmanes, que también me pareció hermoso. No sé si los musulmanes tienen algo parecido a nuestra presencia real (sí, en la capilla católica del aeropuerto está Dios mismo presente), pero el espacio tenía buen aspecto. Como no conozco mucho de lo que nuestros ancestros llamaban la pérfida secta mahometana, me conformé con echar un vistazo a las alfombritas y a las telas que tenían por allí colgadas con una petición de no retirarlas de allí.

Y sí, la verdad es que las telas que tienen colgadas son bastante chulas, aunque no puedo identificar para qué sirven. Ignoro completamente qué hacen los musulmanes en las mezquitas. Rezar, supongo.

En mi trabajo hay una sala que se supone que es para meditar, pero que es utilizada para otros menesteres, o eso creo, por los trabajadores musulmanes que tenemos. Al menos, alguna vez que he entrado en ella me he encontrado con un sarraceno sobre una alfombrilla (que se guardan allí mismo), prosternado y supongo que en dirección a La Meca. Me va a tocar enterarme de cuál es la liturgia de los mahometanos, siquiera sea por razones de cultura general y porque ya son tantos que habrá que entender un poco mejor de qué pie cojean, además de lo que de por sí es evidente, como que a las mujeres las llevan bastante tapadas, por lo menos de cejas para arriba, si tienen suerte. Si no tienen suerte, entonces pasan a vivir detrás de una tienda de campaña andante, tapadas hasta con guantes. 

Pero el objeto de la visita no era ninguna de esas tres estancias, sino la capilla rimbombantemente llamada humanista, en la que entré resuelto, después de entreabrir la puerta y de comprobar que allí no había absolutamente nadie, ni siquiera la chiquilla de la otra vez cargando su teléfono. Seguía habiendo, sí, un sillón y un enchufe cerca de él, pero allí no había un alma, como no fuera la mía.

Aquello, en el fondo, era un despacho de alguien que no estaba de servicio. La impresión que daba era directamente depresiva. Lo de las plantas de plástico lo puedo perdonar sin el menor problema, porque, seamos claros, las plantas vivas no tendrían la menor posibilidad en semejante espacio.

Pero es que aquello era feísimo. Que ni hecho adrede. Jolines, que, al lado de este adefesio, la capilla protestante parecía una estancia decorada con buen gusto. No es extraño que allí no estuviera ni Dios (literalmente), es que me pareció un lugar repulsivo y desalmado, ajeno a toda estética y que sólo podía ser servido por vaya usted a saber qué gentes. Espero que les paguen bien, pero no lo dudo, porque Satanás suele pagar bien en este mundo, antes de cobrarse con creces en el otro lo que ha invertido anteriormente. 

Esos papeles amontonados sin orden ni concierto sobre esa mesilla, a saber con qué aviesa intención, trataban sobre todo el universo progre y modernista llevado al extremo: anticoncepción, feminismo, empoderamiento... las típicas palabras fetiche de lo que se presenta como humanista y, en realidad, termina por ser la negación del hombre.

Y, sobre esos papeles, había una bolsa marrón medio abierta.

Miré con disimulo el interior, que contenía restos de comida, un tenedor mordisqueado y una servilleta sucia. Está visto que la utilidad de la sala era más bien como lugar tranquilo en que no ser molestado, pero apuesto que pocos visitantes con inquietudes humanistas habrá tenido semejante espacio. Ahora bien, lo de dejar la basura sobre los papeles excede lo permisible.

En todo caso, y a la vista del contenido de la bolsa, a la repulsión se unió el asco puro y duro. Pocas veces he estado más contento de salir de un sitio por hacérseme tarde. Me fui y pasé por la capilla católica, donde pasé un buen rato hasta que llegó la hora del embarque.

Uf. 

jueves, 27 de agosto de 2026

El cubo de De Brouckère

El cubo se veía desde lejos, ya desde antes de llegar al antiguo edificio de la bolsa y esquivar la recurrente manifa antisionista. Lo cierto es que el cubo no deja indiferente a nadie. Cuando le saqué la foto, estaba por pensar que hacía juego con los edificios modernos que rodean la plaza por el sur, pero luego di la vuelta y, como podemos ver en el reflejo, con lo que no pega nada es con los edificios clásicos que rodean la plaza por el norte. De cualquier manera, la plaza De Brouckère, como buena parte de Bruselas, está fatalmente en obras y un cubo azul más o menos no iba a cambiar esta circunstancia. Hay gente que detesta el cubo de marras y, a falta de razones estéticas válidas universalmente, aducen que es una vergüenza que una empresa privada ocupe un verano entero el espacio público. No se me podría ocurrir un argumento más tonto, al menos mientras no se aplique por igual a todos, incluyendo a la malhadada Foire du Midi que ha privatizado un bulevar casi por completo. Por la plaza, por lo menos, se puede pasar sin tropezar con demasiados obstáculos.

Juana también llegó un poco antes de la hora a la que habíamos quedado, así que nos pusimos a la cola para poder entrar dentro del cubo. Nos controlaron las entradas, y entramos. 

Por dentro, el cubo es un teatro. Una especie de teatro prefabricado a base de módulos, pero aceptablemente terminado. Nuestras entradas nos dieron acceso a asientos situados en una zona absolutamente ideal, en pleno centro de la sala, ni muy cerca ni muy lejos del escenario y con la posibilidad de mirar por los lados. Prodigy 12 es un espectáculo original, eso por supuesto. No tengo ninguna intención de destriparlo, pero daría lo mismo, porque lo importante no es el argumento. Es más, no estoy muy seguro de que tenga un argumento explicable. Los autores pretenden sumergir al auditorio en un mundo de sensaciones con un vago escenario enmarcado en una Bruselas del futuro que es también una parte de la Bruselas del pasado.

Lo que no es, desde luego, es una Bruselas del presente. No había obras, ni apenas gente por las calles.

Dura una hora, y está bien así, porque yo diría que hacerlo durar más equivaldría a empachar al espectador, mientras que hacerlo durar menos se quedaría corto.

Cuando salimos de la sala, a eso de las nueve, todavía era de día. Supongo que me sorprendí porque no voy mucho al cine ni al teatro, y dentro de la sala era noche cerrada, como era negro o azul oscuro buena parte de los detalles cromáticos del fondo, así que debí pensar que ya se había terminado el día. Y no era así.

Juana, que hasta donde yo sé no bebe, está haciendo dieta, por una razón que no alcanzo a comprender, y yo, que lo sospechaba, ya había comido antes de salir, así que nos limitamos a sentarnos en una zumería cercana y apretarnos sendos smoothies de mango. Intentamos desviar la conversación hacia cualquier tema independiente del trabajo, y los había, de verdad, e incluso conseguimos hablar durante un buen rato de algo que no fuera trabajo, pero no tardamos mucho en sucumbir y ponernos a hablar de cuestiones laborales. Un martes, a las nueve y pico de la noche, y con Juana de vacaciones y yo poco menos. Es lamentable.

Eran ya casi las diez, lo cual en Bruselas ya se acerca bastante al concepto de deshora, incluso cuando uno está de vacaciones, así que nos agradecimos mutuamente la compañía, nos despedimos hasta nuestros respectivos retornos, ella tomo su coche, yo mi bicicleta y cada mochuelo se fue a su olivo, porque se hacía tarde. 

lunes, 24 de agosto de 2026

Camino a De Brouckère

Como ya quedó dicho, la periferia de Bruselas está amodorrada durante este verano, por lo que el trayecto hasta el centro, mientras seguí en la susodicha periferia, fue de lo más agradable. Hacía calor, pero sin pasarse, así que el camino en bicicleta por el territorio del municipio de Uccle, prototipo de lugar amodorrado en verano, fue de lo más tranquilo y, como iba sobrado de tiempo, me podía permitir pedalear con suavidad por el remedo de carril-bici que han construido a lo largo de la avenida Churchill. Una delicia, vamos.

Ahora bien, más o menos al llegar a Albert, la cosa cambia. Recordaremos que pasamos no muy lejos de esta zona cuando, el año pasado, recorrimos el camino de Santiago a su paso por Bruselas. En Albert confluyen los límites municipales de Uccle, que dejábamos atrás, de Forest (o Vorst), que tenemos frente a nosotros, y de San Gilles, que queda a nuestra derecha. Uccle es zona noble prácticamente en su totalidad; Forest tiene una pequeña zona noble, pero una mayoría lumpen que tiende a abigarrarse en el parque de Forest, no muy lejos de donde estábamos.

San Gillis es decididamente zona lumpen. En su día ya dijimos que ahí se concentró la inmigración portuguesa. A diferencia de la emigración española, que ocupó Marolles y terminó por desaparecer de allí a medida que fueron mejorando de situación económica, en San Gillis sigue escuchándose portugués por la calle, pero la colonia portuguesa se ha visto superada en número por otros habitantes, unos alegres y divertidos, pero otros bastante poco recomendables. El resultado es un municipio animado. Quizá demasiado. Ha salido últimamente en las noticias por un quítame allá este tiroteo.

El trayecto hasta De Brouckère tiene que esquivar muchos bares, motos y coches y mucha gente en ellos. De Albert pasamos al Chaussée d'Alsemberg, una carretera que, saliendo de la barrera (aduanera, en otros tiempos) de San Gilles, llega, obviamente, hasta la población de Alsemberg, a unos veinte kilómetros de allí. En este punto presenta una acusada inclinación hacia abajo (a la vuelta, claro, será al revés), así que hay poner los cinco sentidos en frenar y no cargarse alguna rueda en los numerosos baches que presenta el firme y que nadie parece tener mucha prisa en reparar. Al menos, en los casi catorce años que llevo por aquí esta parte de la ciudad se ha degradado al mismo ritmo aproximado que el firme de su arteria principal.

El traqueteo concluye al llegar al bulevar del Sur, en franchute Boulevard du Midi y en flamenco Zuidlaan, que forma parte del pentágono que circunda el núcleo de Bruselas y que está mejor cuidado que el resto de la ciudad. Las calzadas son amplias, las aceras también, hay un carril-bici de verdad en los dos sentidos y, cuando acaben las obras eternas que hay frente a la estación de tren y que quizá mis nietos vean terminadas, puede incluso convertirse en un eje emblemático de la ciudad.

En verano, sin embargo, todo eso es filfa. Aprovechando que hay menos densidad de tráfico y que hay mucha gente ociosa, el gobierno municipal ha dado permiso para que tenga lugar una feria. Vamos, que hay un parque de atracciones enterito en pleno centro de la ciudad, con sus maquinarias, sus feriantes, sus clientes, niños despistados, algarabía diversa y ocupación del espacio público. Ni aceras, ni carril-bici. Y gente, mucha gente... todo el que se ha quedado en Bruselas parece estar aquí, incluida gente que ha venido a Bruselas, al parecer, para visitar el parque de atracciones, como si no hubiera ninguno cerca de su casa.

Cuando conseguí esquivar semejante marabunta, ya entré en el Pentágono y tomé el bulevar Lemonnier. Técnicamente estaba circulando por la ribera de un río, si no por encima de él, ya que parece que el río Senne, el río que sería de Bruselas si fuera visible y no estuviera entubado cual enfermo terminal, corre bajo este bulevar. Está dedicado a Maurice Lemonnier, un político belga, también liberal y progresista (lo del callejero bruselense comienza a inquietar), que llegó a ser alcalde de la ciudad, en funciones, durante la Primera Guerra Mundial, cuando los alemanes "apartaron" del cargo a Adolphe Max.

Actualmente, el bulevar Lemonnier está medio peatonalizado. Y sigue en obras. Cuando lo terminen, día que no sé si veré, igual queda bien y todo. El primer tramo lo compartimos los ciclistas con los coches, porque el supuesto carril-bici está más oculto entre obras que el propio río Senne, y el segundo lo compartimos con los peatones. O, más bien, con los paseantes. No puedo criticar a quienes salen a pasear por una zona peatonal y van relajados y a su bola, pero lo cierto es que la dirección que pueden tomar es completamente imprevisible y eso estresa mucho a los ciclistas. Al menos, a éste que escribe.

A esta altura, ya nos encontramos en el bulevar Anspach (sí, Jules Anspach, alcalde de Bruselas en el siglo XIX, también era masón), cuya peatonalización ha terminado y he tenido el placer de presenciar. Al atravesar la plaza de la Bolsa, tenemos el honor de contemplar una manifestación más en favor de Gaza, como si la repetición de las mismas tuviera el menor efecto sobre el terreno, más allá de galvanizar la opinión pública belga en un sentido u otro. Berridos y altavoces se mezclan con movimientos espasmódicos de personajes perrofláuticos, que intento esquivar como mejor puedo.

Y, finalmente, he llegado a la plaza De Brouckère. Y ni siquiera era tarde, no como hoy, que tengo que interrumpir la entrada y dejar la continuación para otro momento, porque ahora tengo lío.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Plazas emblemáticas. De Brouckère

El verano en Bruselas es similar al de muchas otras ciudades turísticas. Los barrios están medio muertos, porque los que los habitan se han ido de vacaciones, y los belgas se van de vacaciones lejos del país; incluso diría que cuanto más lejos, mejor, pero la verdad es que su destino preferido es España, que no está al volver la esquina, pero tampoco es Australia. El caso es que los barrios son una delicia: no hay atascos, no hay apenas gente, no hay bullicio y, para colmo, este año ni siquiera ha llovido apenas y ha hecho bastante calor, pero sin pasarse más que unos cuantos días. Para firmar que este tiempazo dure para siempre.

En cambio, el centro de la ciudad es otra cosa.

En el centro se concentra todo el que se ha quedado por aquí, además de los habitantes locales menos pudientes. Creo que ya escribí en alguna ocasión que en el centro de Bruselas viven las dos "M", moros y maricones, según me dijo en una fiesta un español que pertenecía a una de esas dos comunidades. Los de la segunda comunidad expresada suelen ser gente con posibles, al menos los suficientes como para salir de allí en verano, pero los de la primera no tanto, así que muchos se quedan donde están y salen a pasear todo el santo día. A ellos se suman los turistas, que en Bruselas son legión. Ya escribí en algún momento que Ryanair ha hecho mucho daño y, si le añadimos WizzAir, TUI, Vueling y alguna otra de la que no quiero acordarme, el daño se multiplica hasta extremos dramáticos.

Así pues, en verano, Bruselas se transforma en un núcleo donde ocurre todo lo que puede ocurrir, en forma de posibilidades de ocio, programación cultural, bares abiertos hasta tarde (bueno, tarde para estándares belgas) y diversos tipos de entretenimiento.

Y, entre ellos, está el cubo azul, del que hablaremos dentro de nada.

Si exceptuamos la Grand Place, el meollo de la ciudad de Bruselas es la plaza De Brouckère. Charles De Brouckère fue un alcalde de Bruselas entre 1848 y 1860, año de su muerte y posible (nunca seguro) descenso a los infiernos, ya que era un masonazo del quince, uno de los fundadores de la Universidad Libre de Bruselas, además de uno de los próceres de la revolución de 1830. Pero, como dejó buen recuerdo como alcalde de la ciudad y su carácter más bien brusco y avinagrado se fue olvidando, pues le dedicaron una plaza, y no una cualquiera, porras. Una plaza como Dios manda, aunque quizá él hubiera preferido al Gran Arquitecto del Universo.

Es una plaza de gran tamaño cuyos accesos, la verdad sea dicha, han mejorado mucho últimamente, salvo que te quieras acercar en coche, porque, en ese caso, te vas a encontrar con un infierno (y con Charles De Brouckère dentro, posiblemente). El bulevar Anspach, que a mi llegada a la ciudad era una importante arteria de comunicaciones automovilísticas, ahora es peatonal, y por uno de los laterales de la plaza aún pueden pasar los coches, pero de uno en uno y con frecuentes paradas para dejar pasar a los peatones que, en verano, pasan constantemente de un lado a otro.

Estaba yo en casa teletrabajando tranquilamente, cuando me llamó una compañera de trabajo.

- ¡Alfor! ¡Buenos días!
- ¡Juana! ¿Qué tal?
- Todo el mundo se ha ido de vacaciones menos tú. Tengo una pregunta para ti ¿Estás libre entre siete menos cuarto y nueve y cuarto esta noche?

Esto me sonó a que me quería pedir un favor. Pasear a su perrita. O recibir un paquete. El caso es que efectivamente yo estaba libre a esa hora y, la verdad, Juana es una persona agradable que se hace querer. Ningún problema en hacerle un favor.

- Pues... sí, estoy libre.
- Estupendo. Pues vente a las siete menos cuarto a De Brouckère. Tengo dos entradas para Prodigy 12, pero Manuela, con la que iba a ir, me ha dicho que no puede venir, así que, antes que regalárselas a cualquiera por la calle, prefiero ir contigo.
- ¿Prodigy 12? ¿Qué es eso?
- Es un espectáculo que me han dicho que está muy bien. Sobre la Bruselas del futuro.

La conversación dio, pues, un giro inesperado...

- Vaya... Interesante. Muchas gracias. Allí estaré ¿A las siete menos cuarto?
- Sí, comienza a las ocho y dura más o menos una hora?
- Venga. Luego te invito a tomar algo por allí.
- ¡Gracias! Menos mal, que ya me veía yo sola con una entrada de más.

Después de varios agradecimientos de un lado al otro de la videollamada, colgamos. Y yo, a eso de las siete, pillé la bicicleta y me encaminé a De Brouckère, no se me fuera a hacer tarde.

(continuará)

sábado, 15 de agosto de 2026

Baloncesto en Molenbeek (II)

 - ¿Qué hacemos, árbitro? Ya hace una hora que esperamos.
- Me han dicho que han contactado con el que tiene la llave y que van a abrir.

Llevábamos casi dos horas de retraso sobre el horario previsto. En casi cualquier situación, pérdida del partido y sanción, pero parecía que íbamos a jugar pasara lo que pasara.

Finalmente llegó un pollo, abrió la puerta y entramos a la cancha. No estaba mal, por cierto. Amplia, con los marcadores en su sitio, todo en buenas condiciones. Incluso diría que estaba mejor que la nuestra, que era justita de tamaño.

Comenzó el calentamiento. A un lado, los blanquitos (menos un negro, vale); al otro, los morenos. Hay que reconocer que, entre todos los norteafricanos de origen, había un chaval rubio, tirando a bajito, que parecía alguien totalmente anómalo en ese equipo. De hecho, no disputó ni un minuto. Yo creo que lo pusieron por completar el acta y porque les debía faltar gente.

Me senté en la mesa y me puse a revisar las fichas federativas y a rellenar el acta. A ver... Uccle: Sosnowsky, Van Couten, Von Buchweizen, Martínez López, Durand, De Tekelaer, Van Porteren... El entrenador, Tsongé, el anómalo. Molenbeek: Abdelkarim, El-Moussa, Alhakem... y todos por el estilo, menos el rubio, que era algo así como Dewander. El entrenador también era algo así como El-Khartak. Las fichas federativas, en orden para todo el mundo, incluida la mía.

- ¡Árbitro! Me falta rellenar su nombre.
- Lo escribo yo mismo, gracias. Aquí está mi licencia.

Mohamed Abdelmelikh.

Me lo temía.

Silbato, y tres minutos para el comienzo. Los entrenadores pasan por la mesa y comunican el quinteto inicial.

Balón al aire. Nuestro pívot, el negro, salta más que nadie, toca el balón... y lo manda fuera de un manotazo. Bueno, ya aprenderá.

Las gradas no están muy animadas, cosa normal, porque, si alguien ha tenido paciencia para aguantar el retraso, a todos los que no fueran familia directa de los jugadores se les ha pasado hacía muchísimo y se han ido a otros menesteres. O a ninguno, vale, pero en todo caso lejos de allí. Los que quedan son espectadores con un vínculo directo con el club, y hay un chavalín, bajito y regordete, lo menos jugador de baloncesto que ha parido madre, que ha conseguido un trípode y una cámara y está filmando a ratos el partido.

Los dos equipos son de nivel similar. Uccle comienza algo por delante gracias a nuestro base, que está inspirado y lo mete todo. Luego Molenbeek remonta a base de físico, porque nuestro pívot se carga de personales. A falta de medio minuto para el descanso, gana Molenbeek por diez puntos, pero el balón es nuestro. Nuestro base tira coincidiendo con la sirena del final y clava un triplazo desde nueve metros, que el árbitro da por bueno. Todo el equipo va a abrazarse al base, y eso que vamos perdiendo por siete. El chavalín bajito y regordete se acerca al árbitro.

- ¡Mohamed! Si quieres, podemos decidir que la canasta ha estado fuera de tiempo. Lo he filmado.
- Bueno, no hace falta, ésta se la vamos a dar.

No es por nada, pero yo estaba comenzando a detectar cierta connivencia entre el equipo local y el árbitro. No es normal hablar de tú al árbitro. Tampoco es normal ofrecer una revisión de la jugada con una grabación privada. De hecho, ahora sólo se hace en España en la Liga ACB y en la Euroliga, pero no en las otras categorías.

Me dirigí a nuestro entrenador.

- Oye, ¿el árbitro no es muy amigo de éstos?
- Lo conozco. Creo que antes jugó aquí unos años. Igual sigue jugando para el equipo senior.
- ¿Cómo ves el partido?
- Bueno, siete puntos es una diferencia que podemos remontar. Pero lo importante es que jueguen todos. 

Ya lo creo que iban a jugar todos. De hecho, los nuestros eran sólo siete. Hacia buen tiempo y me temo que buena parte del equipo se había rajado y se había ido a pasar una tarde de campo y playa.

Comenzó la segunda parte. La diferencia se redujo a cinco. Luego se redujo a tres. La cosa se ponía interesante. Entonces un jugador de Molenbeek cogió el balón debajo de la canasta, defendido por nuestro pívot, de manera bastante intimidatoria. Lanzó a canasta como pudo, nuestro pívot saltó y quizá rozó la red con la cabeza, mientras taponaba el lanzamiento; el balón no es que no entrara, es que salió en dirección contraria, y luego fuera de banda, después de rebotar en la cabeza del jugador de Molenbeek.

Silbato del árbitro, que comenzó a hacer gestos con la mano que ninguno entendió. Y yo menos que nadie. Aquello parecía un tapón y balón para nosotros, pero el árbitro señalaba cosas rarísimas, así que lo llamé.

- ¿Qué ha pasado?
- Vale la canasta (y el árbitro inclinó dos dedos hacia abajo), porque el jugador número 9 del equipo visitante ha tocado la red, y falta personal del jugador número 9 (y levantó cinco dedos de una mano y cuatro de la otra), por empujón (y se puso las manos en las caderas mientras las movía). Un tiro libre (y señaló hacia arriba con el índice de la mano derecha) para el jugador 5 de Molenbeek.

Yo alucinaba con aquello ¿De verdad? Pero no podía hacer nada, así que anoté lo que me dijo.

- Quinta falta personal del jugador 9 de Uccle - tuve que añadir.

Nuestro pívot estaba eliminado.

El resto del partido ya no tuvo mucha historia, la verdad. No sé si al final perdimos por veinte puntos. He estado en varias encerronas en mi vida, pero de aquélla me acuerdo especialmente, de la que hasta hoy ha sido la última, porque luego llegó la pandemia y el pase de Ame a edad senior y a su abandono de la práctica deportiva federativa (y me temo que también de la no federativa).

Llegamos a casa magullados, sumisos y sudorosos. Y tarde, muy tarde. Como que dos horas después de lo que habíamos pensado. 

miércoles, 12 de agosto de 2026

Baloncesto en Molenbeek (I)

Durante los años en que esta bitácora estuvo en estado vegetativo, pasaron muchas cosas, y una de ellas fue que Ame se integró en las categorías inferiores del equipo local de baloncesto, pomposamente llamado "Uccle-Europe". En España, me consta que el baloncesto, en cualquier categoría, es un deporte bien organizado, como lo prueban dos campeonatos del mundo absolutos, unos cuantos de Europa y numerosos títulos de las categorías inferiores, masculinas y femeninas. Los árbitros son muchas veces profesionales y los anotadores de mesa y cronometradores son proporcionados por las federaciones correspondientes y se las saben todas, pero todas. Llevan una tableta para registrar automáticamente las incidencias del juego, de modo que las estadísticas las tienes prácticamente en tiempo real. Se nota que en España hay dinero para el deporte.

Aquí, no. Por lo menos, no tanto.

En Bélgica, el deporte es otra cosa, con la posible excepción del ciclismo y quizá del fútbol o el tenis, o hasta el hockey sobre hierba, donde sí que hay dinero. Los demás deportes sobreviven como pueden y reducen costes, porque faltan medios. Es sumamente difícil vivir del deporte y muchos de los que lo intentan terminan malviviendo, siendo lo más normal que trabajen en algo que les permita vivir y que conviertan el deporte en una afición, ya sea como jugador, como entrenador o como directivo u organizador. No da para más.

Las federaciones sufren algo parecido. Los que participan en ellas lo hacen básicamente por amor al arte y, si perciben alguna compensación económica, ciertamente no les convierte en ricos.

En estas circunstancias, y por lo que hace al baloncesto, al menos en categorías inferiores, los clubes y las federaciones, para reducir gastos, habían optado por un sistema quizá no muy efectivo, pero barato. Los árbitros eran enviados por la federación y cobraban una cantidad pequeña, creo recordar que unos veinticinco euros por partido, directamente de los responsables de los clubes y no estoy muy seguro de que no fuera en efectivo y en un sobre. De esta manera, encontrábamos árbitros muy jóvenes, evidentemente estudiantes que necesitaban dinero para complementar sus magros ingresos, o muy mayores, evidentemente jubilados... que necesitaban dinero para complementar sus magros ingresos.

¿Y los anotadores, cronometradores...? Vamos, lo que venimos llamando "la mesa". Bueno, pues en categorías inferiores, ahí entrábamos los padres. En una mesa hacen falta por lo menos tres personas: una para llevar el acta del partido, a ser posible con buena letra; otra para poner en marcha y detener el cronómetro; y la tercera para manejar el reloj de veinticuatro segundos, que es el tiempo que tiene cada equipo desde que pone en juego el balón hasta que el balón toca aro (o entra limpio en el mejor de los casos) o el equipo contrario comete una infracción. Bueno, pues la regla era que el equipo que jugaba en casa proporcionaba el cronometrador de veinticuatro segundos y el que jugaba fuera ponía los otros dos.

A diferencia de buena parte de los padres, yo he jugado a baloncesto y conozco las reglas aceptablemente bien, así que imagínese el lector a quién le tocaba, en lugar de ver el partido tranquilamente desde la grada, sentarse en la mesa a soportar la presión de algunos árbitros. Porque muchos árbitros eran comprensivos con el hecho de que no éramos profesionales de esto y trataban de ayudar, pero alguno de los estudiantes era un niñato insufrible y alguno de los jubilados olía a sudor y a cerveza a varios metros. Alguno olía más a sudor, cosa más comprensible a medida que avanzaba el encuentro, porque a veces hay que correr, y alguno olía más a cerveza y éstos, claro, eran los que despertaban más sospechas y, en ocasiones, se ponían de peor humor.

Un buen día, resultó que al equipo de Ame le tocó ir a jugar contra el club de Molenbeek. El equipo de Ame era todo lo que uno no espera de un equipo de baloncesto: menos uno, todos los jugadores eran blancos, y el negro que había la verdad es que era alto, sí, y un chaval trabajador y encantador, pero jugar no sabía, tiraba pedradas al tablero y pasaba sólo cuando le quitaban el balón de las manos, además de estar bastante descoordinado. En cambio, el entrenador era negro, cuando es un oficio que suelen tener más los blancos. Por lo menos era algo curioso. El caso es que, a la hora convenida, y cada uno por su lado y acompañado de sus padres o de quien fuera, ese equipo, con su camiseta blanca, su piel blanca y sus cabellos claros se plantó en Molenbeek, en la dirección indicada, que era un colegio.

Allí no había nadie y la puerta estaba cerrada.

Al cuarto de hora, o así, se presentó alguien que dijo ser representante del equipo local y al que, obviamente, pedimos explicaciones.

- ¿Aquí qué pasa? ¿Hay partido o no?
- Normalmente sí, lo que pasa es que no sabemos quién tiene la llave del colegio y no podemos abrir.

En un mundo normal, semejante situación provocaría automáticamente una pérdida del partido por incomparecencia del equipo local y una sanción. En categorías inferiores, sin embargo, la prioridad es que los chavales jueguen y se fogueen y eso no se consigue con incomparecencias, así que dijimos que volveríamos dentro de una hora y nos dispersamos a la espera de que el club de baloncesto de Molenbeek encontrara una solución al entuerto.

- ¿Y el árbitro?
- Ya le hemos dicho que venga dentro de un rato.

Ya puestos, era una excelente oportunidad para callejear por Molenbeek como hacía tiempo que no sucedía. Las calles de alrededor del colegio donde, ojalá, iba a tener lugar el partido estaban francamente sucias, lo cual ya es mucho en Bruselas, cuyo centro también tiene serios problemas de higiene; había pintadas en casi todos los muros, de ésas que simulan letras sin decir nada y que todavía no entiendo bien a santo de qué aparecen y qué beneficio obtiene el que las perpetra, aparte de gastarse los cuartos en pintura. Yo no he estado en África, todavía, excepto en Molenbeek, pero comienzo a pensar que los marroquíes no sólo es que se integren con dificultad en los demás países: es que consiguen que las partes de los demás países en las que acaban por predominar terminen por parecerse a Marruecos.

En una actitud posiblemente deplorable y contraria a la más elemental protección de datos personales, me acerqué a algunos portales de la zona para leer los apellidos de los inquilinos, que en Bélgica es obligatorio poner en los buzones o telefonillos. Había algún que otro DeVries que podríamos pensar que es blanco, belga y residente allí desde generaciones, pero la gran mayoría comenzaban por Al o El y me temo que tenían alguna chilaba en el domicilio, aunque no la usasen a diario.

Después de comer una ensalada, y sin muchas esperanzas de que el viaje a Molenbeek sirviera para otra cosa que para cerciorarse de que es otro mundo, Ame y yo volvimos a la puerta del colegio, a la que, también con pocas esperanzas, iba acudiendo gente. Entre ellos estaba el árbitro que debía dirigir el partido.

Al verlo, tan moreno, sin ser negro, y con ese pelo rizado, empecé a sospechar algo... La Federación Belga de Baloncesto, sección Bruselas, efectivamente anda escasa de parné y, para ahorrar dietas de desplazamientos, prioriza árbitros que residan lo más cerca posible de los terrenos de juego.

Ay, madre.

(continuará, que hoy se ha hecho tarde)

jueves, 6 de agosto de 2026

Guía de inmigración

Todavía no se han apagado del todo los incendios forestales en España y ya tenemos un nuevo lío en nuestro país, en este caso en la frontera africana entre nuestra ciudad de Ceuta y el Reino de Marruecos que está al otro lado de la línea. Varias decenas de miles de maghrebíes han pasado a nado a España y, cuando escribo esto, todavía muchos campan por sus respetos por Ceuta y han provocado el colapso completo de la ciudad. No uno, ni dos, sino varias decenas de miles, que poco menos que habían duplicado el número de personas que ocupa un territorio de veinte kilómetros cuadrados.

Me temo que esto acabará mal, se mire como se mire.

Estas cosas las veo con interés, obviamente desde el punto de vista de alguien que, como yo, lleva más años vividos fuera de España que dentro de ella, por lo cual digamos que algo de empatía con los que abandonan su país de origen sí que tengo. Es verdad que he residido siempre de manera legal, lo cual ya de por sí es recomendable para no meterse en berenjenales. Vamos, ya sé que no es lo mismo, que yo no emigré por estar pasando hambre, pero sí por aspirar a una vida más acomodada, que es en lo que están éstos, después de todo. Porque lo de que están todos pasando hambre supongo que no cuela, o no debería colar.

En primer lugar, me viene a la cabeza que lo de estos pollos viene a dar una pésima impresión de su propio país. Marruecos debe de ser un lugar muy malo, cuando tanta gente quiere pirarse. Es algo así como la República Democrática Alemana, pero en el norte de África. Vamos, si sesenta mil españoles salieran el mismo día a nado, o aunque fuera a pie, hacia cualquier país fronterizo, yo me plantearía muy seriamente qué está pasando en España para que tanta gente no quiera ni oír hablar de quedarse, incluso con riesgo de la propia vida. Creo que la última vez que pasó algo semejante fue en febrero de 1939, cuando una infinidad de republicanos cruzó la frontera francesa perseguidos por los nacionales, que indudablemente no venían en son de paz. Claro, Francia metió a los republicanos en campos de internamiento, después de desarmarlos, pero es que era evidente que no se estaban metiendo en Francia para invadirla, sino porque se habían quedado sin terreno para seguirse retirando en España. Tampoco era la primera vez: casi todas las guerras civiles en España han terminado con el ejército derrotado entrando en Francia para ser internado allí.

Luego hubo emigración desde España en los años posteriores a la guerra, como la había habido durante todo el siglo, pero no de esa manera, desde luego. Esos españoles salieron legalmente del país y entraron legalmente en sus países de destino y se pusieron a trabajar con papeles inmediatamente, normalmente a la entera satisfacción de esos países de destino, donde hacían falta manos.

Esto que ha pasado no es lo mismo. Entre los que nos han visitado, se encuentra uno gente que no sabe nadar y que se mete con flotadores en el mar para entrar en España, parece que engañados por vaya usted a saber quién, y entran gritando ¡viva España! como si esperaran que se les recibiera con flores y guirnaldas. Luego se encuentran con que en Ceuta no hay papeo para todos y con que el paisanaje, aterrado ante la llegada de aquella horda famélica, se encierra en casa, no vaya a ser que, entre los que entraban dando vivas a España hubiera algún maleante, cosa por cierto probable. Total, que los más han tenido que terminar por darse la vuelta para su país y es que, aunque en Ceuta ataran los perros con longanizas, tampoco serviría de mucho, porque las longanizas son de cerdo y a la mayoría de estos inmigrantes les pasa con el cerdo lo mismo que a mí con los caracoles: repelús del todo. Yo pensaba que era por motivos religiosos, hasta que me di cuenta de que los que están razonablemente integrados en España, que alguno he tenido alojado recientemente por Bruselas, el cerdo siguen sin tocarlo, pero se aprietan cervezas, vino, ginebra y todo lo que haga falta, a despecho de las órdenes del profeta.

A todo esto, salvo algunos con un nivel decente, la gran mayoría de los que han entrado balbucean un poco de pésimo español, totalmente insuficiente para encontrar trabajo o para entenderse con el paisanaje local. Otros, ni eso. Llama la atención ese desconocimiento tan básico del idioma del otro lado de la raya, y más si tu intención es irte a vivir allí; con los medios de hoy en día, uno se puede dedicar con un teléfono móvil, por pocos medios que tenga, a sacar materiales para aprender lenguas extranjeras que serían la envidia de los que tuvimos que estudiarlas en tiempos mucho peores. Y bastantes de los que han llegado tenían teléfonos móviles mejores que el mío. No sé, da la impresión de que los que han pasado tampoco son precisamente la élite de Marruecos.

En fin, que el mandamiento número uno de cualquier emigrante debería consistir en tener un nivel razonable de la lengua del país, al menos para caer simpático y que vean que haces lo que puedes y lo estás intentando. Que no quieres ser turista, leches, sino quedarte a vivir. Cuando me fui a estudiar a Alemania, yo ya hablaba alemán como quería; cuando me fui a Rusia, tenía un ruso de nivel intermedio, me puse a hablar con lo que tenía desde el primer día y pasé varios meses hincando el codo hasta poderme comunicar con decencia; y ahora, en Bélgica, llegué con un francés igualmente intermedio y un flamenco más o menos básico, pero también me puse inmediatamente a remediar eso y hoy es el día en que seguramente soy de los no muchos residentes en este bendito país que puede hablar con cierta fluidez las tres lenguas oficiales del mismo, ninguna de las cuales, por cierto, es la mía materna. Si te quieres ir a vivir a un país, qué menos que meterte en un curso de lengua y, ya puestos, de cultura, porque lo normal es que te toque adaptarte a lo que te encuentres.

Bueno, lo de la adaptación es otra castaña. Estos días he estado leyendo acusaciones contra España por mantener un enclave en territorio marroquí, como si Ceuta no hubiera estado desde el Imperio Romano más en el ámbito de la Península Ibérica, a veinte kilómetros de allí, que en el ámbito norteafricano. Un tipo muy zumbón respondió a uno de los acusadores que Marruecos mantiene un enclave en Molenbeek, a dos mil kilómetros de Marruecos, y nadie dice nada. Sería broma, sí, pero algo hay...

De Molenbeek ya se ha escrito varias veces en esta bitácora. La primera fue aquí, apenas llegado al país, y es que me quedé sinceramente sorprendido de la existencia de semejante ghetto. La segunda fue en relación con los atentados de Bruselas y ya entonces creo que dejé claro que soy partidario de la mano dura; en la tercera se abordó, siquiera sea de refilón, el espinoso tema de los nativos locales que se ponen de lado del invasor (los podríamos llamar 'vlasovistas'); la cuarta sucedió cuando tuvo lugar el siguiente atentado, en 2016, aunque en esta ocasión la cosa no salió de Molenbeek; y la quinta vino con motivo del Mundial de fútbol de Qatar y el comportamiento de los belgas de origen marroquí que viven en Bruselas y que son belgas porque tienen el pasaporte y marroquíes por todo lo demás.

Luego ya vino la cuestión de la integración de los inmigrantes, incluso de tercera generación, que se trató en la sexta, con la ayuda tan belga del humor gráfico. Y, finalmente, ya hemos pasado al siguiente nivel, que es el de aprovechar el sistema parlamentario y las libertades de aquí para meter el hocico en la política con un partido político propio.

Hay musulmanes que se integran. Conozco varios, soy cliente de algunos y me llevo con ellos de maravilla. Lo que pasa es que suelen ser musulmanes poco practicantes y a quienes su religión (y cualquier otra) se la repampinfla bastante. Los musulmanes coherentes, y aquí espero con el paraguas el chaparrón de críticas, no se integran nunca. Su religión, cuando se la toman en serio, es totalmente incompatible con el modo de vida occidental y hasta con la dignidad de la mitad de la humanidad; la prueba es que en sus países es casi imposible practicar otra religión sin severísimas discriminaciones. Los musulmanes coherentes me temo que quieren convertir los países donde están en el mismo desastre que debe ser Marruecos, donde la gente vota con los pies y, por desgracia, algunos votan con los pies por delante. Lo lógico sería volver a esos países, donde tienen el trabajo ya hecho, pero no, tienen una misión y esa misión está entre nosotros, librándonos de la perdición occidental, queramos que no.

Como la alternativa que damos en occidente es materialmente bastante aceptable, pero espiritualmente ha empeorado muchísimo, los musulmanes coherentes, que dan respuestas simples y poco razonadas, porque la razón no es lo suyo, pero clarísimas, tienen predicamento y acaban atrayendo a demasiados musulmanes del tipo tibio. Cuando un musulmán de los que quizá no coman jamón, pero se aprietan sus buenas cervezas, pasa a ser abstemio, ojo con éste, que ya ha dado el primer paso para terminar con el cinturón de explosivos camino de encontrarse con las setenta y dos vírgenes prometidas.

A los católicos se nos podrá acusar de muchísimas cosas, y muchas de ellas con razón, pero no de que nuestras creencias son incompatibles con la sociedad occidental. No veo yo a ningún católico ejerciendo la violencia o con el cinturón de explosivos para extender el Reino de Dios, porque sabemos que eso no está bien. Si hay algún pirado, lo es por su cuenta, sin aprobación de las autoridades religiosas. Los chinos, lo mismo, no se meten con nadie. Son los musulmanes coherentes los que, desde que el fundador de su religión se dedicaba a sembrar el pánico en el desierto de Arabia en el siglo VII, asaltando caravanas y demostrando a las claras que su reino era de este mundo, no le hacen ascos a seguir el ejemplo de su fundador.

En Ceuta no sé cómo están, pero en Bruselas se han hecho con Molenbeek, un barrio al que la mala fama le precede. Lo malo es que la mala fama se corresponde bastante bien con la realidad de un sitio degradado que destaca enormemente de las zonas que lo circundan, y no sólo por el aspecto físico de la mayoría de sus habitantes, sino por el deplorable estado en el que se encuentra.

Repasando, veo que en las entradas de la bitácora no he relatado una de mis aventuras por Molenbeek, que no he visitado muy a menudo, porque me queda lejos, pero donde tuve que pasar un día entero por razones que contaré en la próxima entrada, porque hoy se hace tarde.

miércoles, 29 de julio de 2026

Habilidad forestal

Mientras España arde por los cuatro costados, quizá no vendría mal echar un vistazo a cómo se gestionan los bosques por otros andurriales, mismamente en Bélgica. Es verdad que en Bélgica no hace mucho calor prácticamente nunca y que llueve con cierta frecuencia, por lo que el riesgo de incendios es bastante menor, suponiendo que lo haya. Es también verdad, por lo tanto, que la comparación con lo que pasa aquí es por lo menos dudosa, pero nunca está de más reflexionar y tratar de buscar, no sé si una solución, pero al menos una idea alternativa, porque ahora mismo creo que no vamos a ningún sitio tal y como van las cosas, en que no hay verano en que las llamas den un mordisco importante a nuestros montes.

He oído estos días un montón de opiniones, que si el ICONA era la leche, que sí los políticos salen en la foto cuando se apagan los fuegos, pero no cuando se previenen... Un montón de ideas. Yo tengo otra más, con la misma autoridad de los que han lanzado las anteriores. Y es que no tengo muy claro cuándo empezaron a torcerse las cosas, pero sospecho que una fecha como la de 1855 quizá tenga mucho que ver. Es la llamada Desamortización de Madoz, por Pascual Madoz, ministro del gobierno progresista de entonces, y que consistió básicamente en privatizar los terrenos comunales, esto es, los pertenecientes a los ayuntamientos, de los que se aprovechaban los habitantes de los pueblos, según como decidían ellos mismos sin injerencia exterior. Los liberales son así, supongo, y más si son progresistas. Se les mete en la cabeza una cosa y que van a salir ganando a corto plazo, y adelante. Ellos son de los piensa que las cosas en los tiempos pasados se hacían siempre porque sí y para privilegio de las manos muertas, mientras que la propiedad privada mola, incluso que mola más cuanto más grande es. La propiedad comunal no mola, sólo la privada. Ya.

A corto plazo, eso sí, el tesoro público recaudó lo suyo. También a corto plazo, se creó nuevamente una clase de propietarios y terratenientes que, naturalmente, se pusieron a sacar rendimiento de su adquisición, en forma de talas para vender madera, de roturación para cultivar y todo tipo de prácticas excluyentes del uso de los demás. Porque, sí, también a corto plazo, muchos habitantes de los pueblos que llevaban una vida justita, pero aceptablemente digna, aprovechando su parte del uso que les correspondía de las tierras comunales, resultó que se vieron con una mano delante y otra detrás. La desamortización no sólo creó una clase de propietarios progresistas de izquierda, sino también una clase de proletarios, curiosamente de derecha hasta que bastantes se rebotaron, que no tuvieron otra que ponerse al servicio de los primeros.

A largo plazo, la jugada ha venido suponiendo lo que estamos viendo hoy. Primero, la despoblación y, casi como consecuencia, el decaimiento y el incendio. Nadie va a quedarse en un pueblo aislado donde va a malvivir, pudiendo ir a donde sea, y así es como se degradan las cosas. Se degradan las casas desocupadas, pero también se degradan los montes asilvestrados de los que nadie cuida porque ya no queda nadie.

En Bélgica, no hay despoblación y eso es un factor muy favorable. Es verdad que es un país con una geografía muy diferente a la española: la densidad poblacional es mucho mayor, las comunicaciones son relativamente sencillas y no hay zona del país en las que no haya cerca una población de importancia, con la posible excepción de las Ardenas. Así y todo, las Ardenas son una aglomeración poblacional insoportable comparadas con según qué lugares en España. El caso es que en Bélgica los bosques públicos y privados están cuidadísimos. Que sí, que llueve más, es cierto, pero también es verdad que los propietarios se lo curran y, cuando el propietario es público, se cuida mucho el acceso, en forma de conservación de sendas, delimitación de terrenos y limpieza y explotación de los recursos madereros como Dios manda.

El otro día, estuve paseando por el Kauwberg, que ya visitamos en otra ocasión. Releyendo aquella entrada, recuerdo que me pronunciaba por dejarlo como estaba, pero no ha sido eso lo que ha pasado. Durante los últimos años, ha habido algunas intervenciones, que no me duelen prendas en reconocer que lo han dejado mejor; todos los senderos están bien cuidados y han colocado estratégicamente vados en forma de tocones de troncos que permiten al paseante circular por allí incluso cuando la lluvia, que caerá tarde o temprano, inunde la zona y convierta los senderos en un lodazal. Las partes privadas, que las hay y lo cierto es que no les veo la menor utilidad para sus dueños, están cuidadosamente valladas, pero de manera que son permeables para la fauna local. En fin, que aquello está cuidado. Como está cuidada la gran mayoría de los espacios forestales en Bélgica. Y no, cuando voy a España a triscar por los montes, cosa que ocurre menos de lo que me gustaría, pero ocurre, no tengo la misma impresión ni mucho menos, lo cual es normal, porque en demasiadas partes de nuestro país ya no queda nadie.

Si reconocemos que la causa última de la despoblación de las nueve décimas partes del territorio español es la dichosa desamortización de Madoz (y la anterior de Mendizábal, que tuvo como víctima los bienes eclesiásticos, pero también a quienes vivían de ellos, que no eran sólo los monjes), cosa que yo creo firmemente, en algún momento habrá que dar la vuelta al calcetín y pensar en dar poder a los municipios. No sería la primera vez: los distintos gobernantes españoles de la Edad Media, con muchos menos medios que ahora, llevaron a cabo una política de repoblación que les salió bastante bien y que les llevó a tener una distribución territorial que ahora ni siquiera podemos imaginar, con bastante menos gente de la que ahora atesta las ciudades españolas y protesta porque allí la vivienda está carísima.

Es lo que se llamaba entonces conceder fueros. Una palabra que ahora está denostadísima, pero que, en su día, funcionó estupendamente. Todo es ponerse, pero no veo yo a nuestros políticos actuales por la tarea de llevar a cabo una política territorial digna de tal nombre. Yo sólo espero que no se nos haya hecho tarde, como a mí ahora, que tengo un montón de cosas que hacer.

sábado, 25 de julio de 2026

La final del mundial de fútbol en Bruselas

Ahora que ya han pasado unos cuantos días desde que terminó el campeonato mundial de fútbol y se han calmado un poco los ánimos, incluso los de los argentinos, creo que ya se puede escribir de cómo se vivió el evento en Bruselas. Yo lo vi desde el mismo bar desde el que vi la semifinal y los cuartos de final contra Bélgica.

En el bar, muy cerca de la estación de Midi, que no pasa precisamente por ser la zona más pacífica de la ciudad, estaríamos como veinte españoles y el resto de otras nacionalidades, normalmente belgas, pero lo cierto es que, con mayor o menor intensidad, todos parecían estar deseando que ganara la selección española. En el caso belga, es comprensible: aunque los españoles los eliminaron en cuartos de final, lo cual deja un regustillo amargo, también es verdad que los belgas metieron a los españoles el único gol que han encajado en todo el torneo y no veas cómo se están ufanando con eso, así que esperaban que ganara España y, sobre todo, sin que les metieran ningún otro gol, para poder seguir presumiendo de haber sido los únicos capaces de batir al portero español. Los españoles, al menos yo, en las numerosas pausas que tuvo el partido, les estábamos felicitando la mar de contentos, porque, total, ¿para qué hacer enemigos?

Ésta es la pregunta que demasiados argentinos no se han hecho, o eso me parece a mí. Yo no sé gran cosa de fútbol, pero vi el partido y yo diría que hubo marrullerías a porrillo, supongo que hasta cierto punto de unos y de otros; ahora bien, hace bastantes años que comenzó el siglo XXI y éste es el día en que hay cámaras por todos los sitios e imágenes desde casi todos los ángulos. Y medios y redes sociales que las difunden, con una calidad que alucinas. Y, a tenor de las imágenes, yo diría que los argentinos, en lugar de comerse el tarro con teorías conspirativas, podían estar contentos de que ninguno de sus jugadores saliera del campo esposado o, por lo menos, en libertad condicional.

Sea como fuere, la selección española se llevó el trofeo después de una prórroga, con lo que, una vez más, se hizo tardísimo, tanto más cuanto que el día siguiente era lunes. Como el martes era festivo, la fiesta nacional belga que alguna vez hemos glosado por aquí, supongo que hubo no pocos que hicieron puente, pero yo no era uno de ellos y, así como quien no quiere la cosa, tenía que levantarme al día siguiente a las siete y media como muy tarde. En cuanto terminó el partido, dejé a mis compatriotas celebrando el resultado, desaté mi bicicleta y tomé la derrota de mi casa para dormir todo lo posible. Ya digo que no soy futbolero. Entiendo que hubo gente que no pudo dormir de la alegría, como hubo gente vestida con la albiceleste que evidentemente tampoco pudo dormir, aunque por otras razones, pero a servidor el fútbol no le quita el sueño. Como mucho, lo limita, y sólo cuando el partido termina a deshora y, así y todo, hay que madrugar.

A pesar de que los Diablos Rojos llevaban una semanita larga de vacaciones, el centro de Bruselas estaba animadísimo. No se diría sino que todos eran españoles por allí, pero no, nada de eso. Para mi sorpresa, porque la leyenda negra tiene gran pujanza en este país en que resido, todo hijo de vecino estaba contentísimo con la victoria de la selección española, sonaban bocinazos en las calles y eso que era pasada medianoche, y hasta los repartidores de Glovo me adelantaban haciendo piruetas y diciendo ¡Viva España! De hecho, estaban más contentos que yo, que ya digo que no soy futbolero y, si me viera un argentino de los forofos de pro que evidentemente son más de uno y más de dos, diría que soy un pecho frío. O algo peor.

Dejo la explicación de tanta euforia a quienes tengan sus propias teorías. Que si es normal que en Bélgica, que es Europa, se tuviera más simpatía por una selección europea como la española; que si la alegría no era tanto porque ganara España, sino porque quien perdía era la selección argentina, que no ha hecho muchos amigos últimamente; que si la gente tiende a apuntarse al carro del vencedor y que, si hubiera ganado Argentina, también habrían salido a dar bocinazos por la calle. Todo eso es posible.

Lo cierto es que el trayecto de retorno a casa, siguiendo una cuesta arriba bastante empinada entre la puerta de Hal y la avenida Albert, fue bastante rico en emociones, porque, entre los bocinazos y los adelantamientos de moto haciendo cabriolas, tenía que ir aún más ojo avizor que de costumbre. Cuando llegué a Albert, que es cuando pasamos de la zona proletaria a la pija, para aclararnos, fue como pasar de un país a otro. Se acabaron los bocinazos como por ensalmo y el resto del camino ya fue algo mucho más propio de un domingo a medianoche.

Al día siguiente, en el trabajo, el mundial no fue un tema de conversación, la verdad. La práctica totalidad de mis compañeros son mujeres y el fútbol les apasiona entre poco y nada y, por si fuera poco, un porcentaje apreciable está compuesto por italianos, para quienes este campeonato del mundo ha carecido completamente de relevancia e incluso de existencia. Alguno me felicitó y yo devolví un agradecimiento sin dar más importancia de la que tiene, que no es tantísima. Creo que me alegré más cuando el Valencia Basket ganó la liga el mes pasado (y la liga femenina el anterior), pero ahí no me felicitó nadie. Vaya pechos fríos...

Sea como fuere, ya se ha terminado el mundial de fútbol y se ha celebrado lo justo y necesario y ni un poquito más. Dejemos a los subcampeones que sigan recordando la final y a otra cosa, que se hace tarde.

domingo, 19 de julio de 2026

Cine de verano

Bruselas debería ser todo el año como es en julio.

Días largos, buen tiempo, colegios cerrados, ningún atasco, obreros de vacaciones... en realidad, casi todo el mundo está de vacaciones.

Una delicia de ciudad.

Y, además, está el cine de verano. Vale, no siempre estamos hablando de obras maestras del séptimo arte, pero se agradece el esfuerzo y, por ese precio (es gratuito), sale muy a cuenta. Creo que hasta ahora no había escrito sobre el cine público de verano al aire libre en Bruselas, una iniciativa apoyada por la Comisión Comunitaria Francesa (sí, también en español es la COCOF), que consiste en la proyección de una película en cada uno de los diecinueve municipios de Bruselas, entre finales de junio y, este año, el 18 de julio, con algún descanso por el medio.

Es verdad que las películas son mejores o peores, según los casos. Suelen ser producciones europeas de presupuesto ajustado, pero no tienen por qué estar mal, ni mucho menos. Pero, aparte de las películas, estas proyecciones le dan a uno la oportunidad de conocer lugares interesante en municipios diferentes al de uno, porque se exponen en parques o explanadas que, en ocasiones, merecen bastante la pena. Así, en Forest, la proyección tuvo lugar nada menos que en los jardines de la antigua abadía, lo cual, ya de paso, me vino bien para echar un ojo a las excavaciones en curso; en Uccle, la proyección fue en el parque de Wolvendael, que está bastante cerca de mi casa y que conozco aceptablemente bien, pero al que siempre es interesante volver; en Schaerbeek, por poner otro ejemplo, la proyección tuvo lugar en un espacio que esta bitácora ya visitó y que tiene un fuerte componente valenciano. Vamos, que uno termina por conocer la ciudad, lo que no es poca cosa.

El único pero consiste en que no estoy de vacaciones, por lo visto a diferencia de la mayoría de los espectadores, que evidentemente no tienen que presentarse a las ocho y media en sus respectivas oficinas y, si tienen que hacerlo, yo diría que se toman dicha obligación de manera bastante relajada. Porque, claro, el cine de verano se ve fatal de día y, en estas fechas, tenemos día hasta pasadas las diez de la noche; el tiempo hasta entonces se pasa entre presentaciones del director, alocuciones del concejal de cultura o el alcalde del municipio agraciado con la proyección y otras zarandajas. En Uccle, además, pusieron a una orquesta sudamericana a ambientar la espera, suponiendo que entre el público habría bastantes españoles, porque la película era española y en versión original.

El otro pero consiste en que es mejor llegar pronto, porque, según el municipio, ponen más o menos sillas. En Uccle pusieron sillas de sobra, pero en Forest sólo pusieron unas cuantas, que se llenaron enseguida, de modo que a mí y a mis dos compañeras nos tocó sentarnos en unos bancos sin respaldo. Y dos horas de cine sin respaldo se hacen bastante largas.

Finalmente, y fatalmente, cuando una película, entre pitos y flautas, comienza a las diez y media y el día siguiente no es sábado ni domingo, tienes un problema, porque rara vez llegas a casa antes de la una y, si te tienes que presentar en el trabajo a las ocho y media, en mi caso hay que ponerse en marcha sobre las seis y media, con lo que el día lo pasa uno medio zombi.

Porque, sí, se hizo tarde. Como siempre.

viernes, 17 de julio de 2026

La penúltima mudanza

Viene de aquí.

En la última entrada sobre los asuntos relativos a las mudanzas ya debió quedar claro que las posesiones con las que contábamos ocupaban un volumen inmenso, que ascendía a doscientas sesenta y cinco cajas, piano incluido. Habíamos acabado en una casa de tamaño similar al que habíamos gozado en Moscú y, por lo tanto, conseguimos meterlas todas. Además, contábamos con un sótano amplísimo, en el cual colocamos todas las cajas que, según fuimos viendo, no eran de utilidad inmediata.

El problema era que sabíamos que aquella casa en la que estábamos alquilados era un lugar de paso hasta llegar a algo más estable y en propiedad. Bruselas no era, ni es, una ciudad en la que comprar una vivienda sea algo excesivamente caro, sobre todo si lo comparamos con otras capitales europeas, e incluso con ciudades medianejas de nuestro continente; además, Moscú era un destino bien pagado, por lo que contábamos con algunos ahorros que, salvo dispendio horroroso, iban a permitirnos hacernos con un inmueble en propiedad. Pero, claro, eso venía a significar que la mudanza que acabábamos de hacer iba a repetirse en un período de tiempo relativamente breve.

Tras muchas visitas y muchas aventuras, no siempre agradables, compramos una casa muy necesitada de reforma, en una zona, eso sí, de campanillas. Por curiosidad, he revisado las entradas de aquella época en la bitácora. No son numerosas, lo cual es una prueba de que el período previo a la adquisición fue un infierno, lleno de desacuerdos, y que no me quedaban ni ganas de escribir. La primera entrada en que se hace referencia al asunto, después de varias y escasas entradas en que se escribe de temas variados, es ésta, de junio de 2015. Para entonces, hacía casi tres meses que la casa nos pertenecía. En julio y agosto el asunto salió más a menudo, lo cual es una señal clara de que había dejado atrás el choque agónico que supuso la compra. Luego vino el choque agónico de la reforma, que me pilló con la idea de que lo peor, que debía ser la compra, ya había pasado. Ja. La reforma fue otro proceso agónico, que comenzó tarde, se prolongó eternamente y, de hecho, no había terminado completamente cuando llegó, albricias, el momento de trasladarse. Es lo que pasa cuando tienes que dar un preaviso en la casa que has alquilado, mientras tienes previsto cuándo van a terminar las obras en la que has comprado, e intentas, porque con la compra y la reforma te has quedado finalmente sin un duro, que no haya períodos en que estés pagando un alquiler y, al mismo tiempo, dispongas de una casa flamante en situación de merecer.

En los dos años y medio que pasaron entre una mudanza y otra, los bultos no hicieron sino aumentar aún más, de manera absolutamente impensable. Además, hubo un malentendido, porque yo supuse que había encargado que nos embalaran los bultos, mientras que la empresa de mudanzas no lo entendió así. Afortunadamente, la cosa se resolvió echando más horas... y más pasta, claro.

Cuando la mudanza terminó, podría pensarse en un suspiro de alivio, pero lo cierto es que teníamos una casa en la que aún faltaban detalles para considerarla terminada, principalmente la cocina (cosa que ya debió quedar clara aquí y en las entradas sucesivas a ésa).

Finalmente, los obreros se marcharon de casa y la dejaron habitable, tuvo lugar la pomposa inauguración de la misma y comenzamos a vivir en ella. Las cajas de la mudanza que no abrimos se quedaron en un semisótano y, cuando me pude hacer con ellas, en un trastero húmedo y bastante insalubre.

Con el tiempo, a partir del momento en que pasé a tomar todas las decisiones por unanimidad, cosa que sucedió hace un par de años, decidí terminar la mudanza, pero terminarla de verdad, es decir, abrir todas las cajas que seguían cerradas, algunas desde Moscú, y decidir qué hacer con cada uno de los objetos que fuera encontrando.

Y lo cierto es que han salido cosas curiosísimas. Algunas de ellas, como algunos peluches, totalmente podridas por la humedad, pero otras, inesperadamente, han salido inmunes, como cuarenta cuadernos escolares oficiales rusos totalmente vacíos, que mis hijos no hubieran terminado así se hubieran quedado a estudiar en Moscú hasta acabar la universidad; algún curioso regalo que les hicieron los profesores al irse, como un manual de matemáticas para preparar el Examen Único de Estado ruso, es decir, el equivalente a la Selectividad española o como se llame ahora.

Todo ha recibido un destino, ya fuera la basura, cuando el deterioro era irreversible, o las distintas estanterías o cajones donde se guardan los libros, vídeos, material de papelería, cosas de coser y hasta papel para envolver regalos, que de todo había. Y hoy es el momento en que puedo decir con cierto orgullo que la mudanza ha terminado, casi catorce años después, y que todo está donde debe estar. Menos mal que no se ha hecho tarde.

Y sí, parece que es la penúltima mudanza, porque en algún momento llegará la que debería ser la última, que habría de ser la que me traslade de esta vivienda que ocupo en Bruselas a la que en algún momento espero tener en Benicountrí, que es a donde tendré que trasladar los enseres que más me importen. Claro que, para eso, todavía queda tiempo. O no. Una de las cosas que hemos aprendido por aquí es que, en realidad, sólo podemos hablar con cierta propiedad del pasado, mientras que el futuro es algo que, como la vida, da muchísimas vueltas, así que a saber si acabo en Benicountrí, que es lo que tenía pensado, o a saber dónde, o en Semipalatinsk, cosa que yo veo sumamente improbable, pero, ¿y si sí?

¿Y si sí? parece que es la pregunta de moda, tanto cuando el Valencia Basket se preparaba para ganar la Liga española de este año, como para hacerse la ilusión de que la selección española de fútbol puede ganar la Copa del Mundo de este deporte. Pero, como eso lo sabremos pasado mañana, vamos a prepararnos para trasnochar ese día y decidir dónde ver el partido, a sabiendas de que ese día, fatalmente, se hará tardísimo.