miércoles, 19 de agosto de 2026

Plazas emblemáticas. De Brouckère

El verano en Bruselas es similar al de muchas otras ciudades turísticas. Los barrios están medio muertos, porque los que los habitan se han ido de vacaciones, y los belgas se van de vacaciones lejos del país; incluso diría que cuanto más lejos, mejor, pero la verdad es que su destino preferido es España, que no está al volver la esquina, pero tampoco es Australia. El caso es que los barrios son una delicia: no hay atascos, no hay apenas gente, no hay bullicio y, para colmo, este año ni siquiera ha llovido apenas y ha hecho bastante calor, pero sin pasarse más que unos cuantos días. Para firmar que este tiempazo dure para siempre.

En cambio, el centro de la ciudad es otra cosa.

En el centro se concentra todo el que se ha quedado por aquí, además de los habitantes locales menos pudientes. Creo que ya escribí en alguna ocasión que en el centro de Bruselas viven las dos "M", moros y maricones, según me dijo en una fiesta un español que pertenecía a una de esas dos comunidades. Los de la segunda comunidad expresada suelen ser gente con posibles, al menos los suficientes como para salir de allí en verano, pero los de la primera no tanto, así que muchos se quedan donde están y salen a pasear todo el santo día. A ellos se suman los turistas, que en Bruselas son legión. Ya escribí en algún momento que Ryanair ha hecho mucho daño y, si le añadimos WizzAir, TUI, Vueling y alguna otra de la que no quiero acordarme, el daño se multiplica hasta extremos dramáticos.

Así pues, en verano, Bruselas se transforma en un núcleo donde ocurre todo lo que puede ocurrir, en forma de posibilidades de ocio, programación cultural, bares abiertos hasta tarde (bueno, tarde para estándares belgas) y diversos tipos de entretenimiento.

Y, entre ellos, está el cubo azul, del que hablaremos dentro de nada.

Si exceptuamos la Grand Place, el meollo de la ciudad de Bruselas es la plaza De Brouckère. Charles De Brouckère fue un alcalde de Bruselas entre 1848 y 1860, año de su muerte y posible (nunca seguro) descenso a los infiernos, ya que era un masonazo del quince, uno de los fundadores de la Universidad Libre de Bruselas, además de uno de los próceres de la revolución de 1830. Pero, como dejó buen recuerdo como alcalde de la ciudad y su carácter más bien brusco y avinagrado se fue olvidando, pues le dedicaron una plaza, y no una cualquiera, porras. Una plaza como Dios manda, aunque quizá él hubiera preferido al Gran Arquitecto del Universo.

Es una plaza de gran tamaño cuyos accesos, la verdad sea dicha, han mejorado mucho últimamente, salvo que te quieras acercar en coche, porque, en ese caso, te vas a encontrar con un infierno (y con Charles De Brouckère dentro, posiblemente). El bulevar Anspach, que a mi llegada a la ciudad era una importante arteria de comunicaciones automovilísticas, ahora es peatonal, y por uno de los laterales de la plaza aún pueden pasar los coches, pero de uno en uno y con frecuentes paradas para dejar pasar a los peatones que, en verano, pasan constantemente de un lado a otro.

Estaba yo en casa teletrabajando tranquilamente, cuando me llamó una compañera de trabajo.

- ¡Alfor! ¡Buenos días!
- ¡Juana! ¿Qué tal?
- Todo el mundo se ha ido de vacaciones menos tú. Tengo una pregunta para ti ¿Estás libre entre siete menos cuarto y nueve y cuarto esta noche?

Esto me sonó a que me quería pedir un favor. Pasear a su perrita. O recibir un paquete. El caso es que efectivamente yo estaba libre a esa hora y, la verdad, Juana es una persona agradable que se hace querer. Ningún problema en hacerle un favor.

- Pues... sí, estoy libre.
- Estupendo. Pues vente a las siete menos cuarto a De Brouckère. Tengo dos entradas para Prodigy 12, pero Manuela, con la que iba a ir, me ha dicho que no puede venir, así que, antes que regalárselas a cualquiera por la calle, prefiero ir contigo.
- ¿Prodigy 12? ¿Qué es eso?
- Es un espectáculo que me han dicho que está muy bien. Sobre la Bruselas del futuro.

La conversación dio, pues, un giro inesperado...

- Vaya... Interesante. Muchas gracias. Allí estaré ¿A las siete menos cuarto?
- Sí, comienza a las ocho y dura más o menos una hora?
- Venga. Luego te invito a tomar algo por allí.
- ¡Gracias! Menos mal, que ya me veía yo sola con una entrada de más.

Después de varios agradecimientos de un lado al otro de la videollamada, colgamos. Y yo, a eso de las siete, pillé la bicicleta y me encaminé a De Brouckère, no se me fuera a hacer tarde.

(continuará)

sábado, 15 de agosto de 2026

Baloncesto en Molenbeek (II)

 - ¿Qué hacemos, árbitro? Ya hace una hora que esperamos.
- Me han dicho que han contactado con el que tiene la llave y que van a abrir.

Llevábamos casi dos horas de retraso sobre el horario previsto. En casi cualquier situación, pérdida del partido y sanción, pero parecía que íbamos a jugar pasara lo que pasara.

Finalmente llegó un pollo, abrió la puerta y entramos a la cancha. No estaba mal, por cierto. Amplia, con los marcadores en su sitio, todo en buenas condiciones. Incluso diría que estaba mejor que la nuestra, que era justita de tamaño.

Comenzó el calentamiento. A un lado, los blanquitos (menos un negro, vale); al otro, los morenos. Hay que reconocer que, entre todos los norteafricanos de origen, había un chaval rubio, tirando a bajito, que parecía alguien totalmente anómalo en ese equipo. De hecho, no disputó ni un minuto. Yo creo que lo pusieron por completar el acta y porque les debía faltar gente.

Me senté en la mesa y me puse a revisar las fichas federativas y a rellenar el acta. A ver... Uccle: Sosnowsky, Van Couten, Von Buchweizen, Martínez López, Durand, De Tekelaer, Van Porteren... El entrenador, Tsongé, el anómalo. Molenbeek: Abdelkarim, El-Moussa, Alhakem... y todos por el estilo, menos el rubio, que era algo así como Dewander. El entrenador también era algo así como El-Khartak. Las fichas federativas, en orden para todo el mundo, incluida la mía.

- ¡Árbitro! Me falta rellenar su nombre.
- Lo escribo yo mismo, gracias. Aquí está mi licencia.

Mohamed Abdelmelikh.

Me lo temía.

Silbato, y tres minutos para el comienzo. Los entrenadores pasan por la mesa y comunican el quinteto inicial.

Balón al aire. Nuestro pívot, el negro, salta más que nadie, toca el balón... y lo manda fuera de un manotazo. Bueno, ya aprenderá.

Las gradas no están muy animadas, cosa normal, porque, si alguien ha tenido paciencia para aguantar el retraso, a todos los que no fueran familia directa de los jugadores se les ha pasado hacía muchísimo y se han ido a otros menesteres. O a ninguno, vale, pero en todo caso lejos de allí. Los que quedan son espectadores con un vínculo directo con el club, y hay un chavalín, bajito y regordete, lo menos jugador de baloncesto que ha parido madre, que ha conseguido un trípode y una cámara y está filmando a ratos el partido.

Los dos equipos son de nivel similar. Uccle comienza algo por delante gracias a nuestro base, que está inspirado y lo mete todo. Luego Molenbeek remonta a base de físico, porque nuestro pívot se carga de personales. A falta de medio minuto para el descanso, gana Molenbeek por diez puntos, pero el balón es nuestro. Nuestro base tira coincidiendo con la sirena del final y clava un triplazo desde nueve metros, que el árbitro da por bueno. Todo el equipo va a abrazarse al base, y eso que vamos perdiendo por siete. El chavalín bajito y regordete se acerca al árbitro.

- ¡Mohamed! Si quieres, podemos decidir que la canasta ha estado fuera de tiempo. Lo he filmado.
- Bueno, no hace falta, ésta se la vamos a dar.

No es por nada, pero yo estaba comenzando a detectar cierta connivencia entre el equipo local y el árbitro. No es normal hablar de tú al árbitro. Tampoco es normal ofrecer una revisión de la jugada con una grabación privada. De hecho, ahora sólo se hace en España en la Liga ACB y en la Euroliga, pero no en las otras categorías.

Me dirigí a nuestro entrenador.

- Oye, ¿el árbitro no es muy amigo de éstos?
- Lo conozco. Creo que antes jugó aquí unos años. Igual sigue jugando para el equipo senior.
- ¿Cómo ves el partido?
- Bueno, siete puntos es una diferencia que podemos remontar. Pero lo importante es que jueguen todos. 

Ya lo creo que iban a jugar todos. De hecho, los nuestros eran sólo siete. Hacia buen tiempo y me temo que buena parte del equipo se había rajado y se había ido a pasar una tarde de campo y playa.

Comenzó la segunda parte. La diferencia se redujo a cinco. Luego se redujo a tres. La cosa se ponía interesante. Entonces un jugador de Molenbeek cogió el balón debajo de la canasta, defendido por nuestro pívot, de manera bastante intimidatoria. Lanzó a canasta como pudo, nuestro pívot saltó y quizá rozó la red con la cabeza, mientras taponaba el lanzamiento; el balón no es que no entrara, es que salió en dirección contraria, y luego fuera de banda, después de rebotar en la cabeza del jugador de Molenbeek.

Silbato del árbitro, que comenzó a hacer gestos con la mano que ninguno entendió. Y yo menos que nadie. Aquello parecía un tapón y balón para nosotros, pero el árbitro señalaba cosas rarísimas, así que lo llamé.

- ¿Qué ha pasado?
- Vale la canasta (y el árbitro inclinó dos dedos hacia abajo), porque el jugador número 9 del equipo visitante ha tocado la red, y falta personal del jugador número 9 (y levantó cinco dedos de una mano y cuatro de la otra), por empujón (y se puso las manos en las caderas mientras las movía). Un tiro libre (y señaló hacia arriba con el índice de la mano derecha) para el jugador 5 de Molenbeek.

Yo alucinaba con aquello ¿De verdad? Pero no podía hacer nada, así que anoté lo que me dijo.

- Quinta falta personal del jugador 9 de Uccle - tuve que añadir.

Nuestro pívot estaba eliminado.

El resto del partido ya no tuvo mucha historia, la verdad. No sé si al final perdimos por veinte puntos. He estado en varias encerronas en mi vida, pero de aquélla me acuerdo especialmente, de la que hasta hoy ha sido la última, porque luego llegó la pandemia y el pase de Ame a edad senior y a su abandono de la práctica deportiva federativa (y me temo que también de la no federativa).

Llegamos a casa magullados, sumisos y sudorosos. Y tarde, muy tarde. Como que dos horas después de lo que habíamos pensado. 

miércoles, 12 de agosto de 2026

Baloncesto en Molenbeek (I)

Durante los años en que esta bitácora estuvo en estado vegetativo, pasaron muchas cosas, y una de ellas fue que Ame se integró en las categorías inferiores del equipo local de baloncesto, pomposamente llamado "Uccle-Europe". En España, me consta que el baloncesto, en cualquier categoría, es un deporte bien organizado, como lo prueban dos campeonatos del mundo absolutos, unos cuantos de Europa y numerosos títulos de las categorías inferiores, masculinas y femeninas. Los árbitros son muchas veces profesionales y los anotadores de mesa y cronometradores son proporcionados por las federaciones correspondientes y se las saben todas, pero todas. Llevan una tableta para registrar automáticamente las incidencias del juego, de modo que las estadísticas las tienes prácticamente en tiempo real. Se nota que en España hay dinero para el deporte.

Aquí, no. Por lo menos, no tanto.

En Bélgica, el deporte es otra cosa, con la posible excepción del ciclismo y quizá del fútbol o el tenis, o hasta el hockey sobre hierba, donde sí que hay dinero. Los demás deportes sobreviven como pueden y reducen costes, porque faltan medios. Es sumamente difícil vivir del deporte y muchos de los que lo intentan terminan malviviendo, siendo lo más normal que trabajen en algo que les permita vivir y que conviertan el deporte en una afición, ya sea como jugador, como entrenador o como directivo u organizador. No da para más.

Las federaciones sufren algo parecido. Los que participan en ellas lo hacen básicamente por amor al arte y, si perciben alguna compensación económica, ciertamente no les convierte en ricos.

En estas circunstancias, y por lo que hace al baloncesto, al menos en categorías inferiores, los clubes y las federaciones, para reducir gastos, habían optado por un sistema quizá no muy efectivo, pero barato. Los árbitros eran enviados por la federación y cobraban una cantidad pequeña, creo recordar que unos veinticinco euros por partido, directamente de los responsables de los clubes y no estoy muy seguro de que no fuera en efectivo y en un sobre. De esta manera, encontrábamos árbitros muy jóvenes, evidentemente estudiantes que necesitaban dinero para complementar sus magros ingresos, o muy mayores, evidentemente jubilados... que necesitaban dinero para complementar sus magros ingresos.

¿Y los anotadores, cronometradores...? Vamos, lo que venimos llamando "la mesa". Bueno, pues en categorías inferiores, ahí entrábamos los padres. En una mesa hacen falta por lo menos tres personas: una para llevar el acta del partido, a ser posible con buena letra; otra para poner en marcha y detener el cronómetro; y la tercera para manejar el reloj de veinticuatro segundos, que es el tiempo que tiene cada equipo desde que pone en juego el balón hasta que el balón toca aro (o entra limpio en el mejor de los casos) o el equipo contrario comete una infracción. Bueno, pues la regla era que el equipo que jugaba en casa proporcionaba el cronometrador de veinticuatro segundos y el que jugaba fuera ponía los otros dos.

A diferencia de buena parte de los padres, yo he jugado a baloncesto y conozco las reglas aceptablemente bien, así que imagínese el lector a quién le tocaba, en lugar de ver el partido tranquilamente desde la grada, sentarse en la mesa a soportar la presión de algunos árbitros. Porque muchos árbitros eran comprensivos con el hecho de que no éramos profesionales de esto y trataban de ayudar, pero alguno de los estudiantes era un niñato insufrible y alguno de los jubilados olía a sudor y a cerveza a varios metros. Alguno olía más a sudor, cosa más comprensible a medida que avanzaba el encuentro, porque a veces hay que correr, y alguno olía más a cerveza y éstos, claro, eran los que despertaban más sospechas y, en ocasiones, se ponían de peor humor.

Un buen día, resultó que al equipo de Ame le tocó ir a jugar contra el club de Molenbeek. El equipo de Ame era todo lo que uno no espera de un equipo de baloncesto: menos uno, todos los jugadores eran blancos, y el negro que había la verdad es que era alto, sí, y un chaval trabajador y encantador, pero jugar no sabía, tiraba pedradas al tablero y pasaba sólo cuando le quitaban el balón de las manos, además de estar bastante descoordinado. En cambio, el entrenador era negro, cuando es un oficio que suelen tener más los blancos. Por lo menos era algo curioso. El caso es que, a la hora convenida, y cada uno por su lado y acompañado de sus padres o de quien fuera, ese equipo, con su camiseta blanca, su piel blanca y sus cabellos claros se plantó en Molenbeek, en la dirección indicada, que era un colegio.

Allí no había nadie y la puerta estaba cerrada.

Al cuarto de hora, o así, se presentó alguien que dijo ser representante del equipo local y al que, obviamente, pedimos explicaciones.

- ¿Aquí qué pasa? ¿Hay partido o no?
- Normalmente sí, lo que pasa es que no sabemos quién tiene la llave del colegio y no podemos abrir.

En un mundo normal, semejante situación provocaría automáticamente una pérdida del partido por incomparecencia del equipo local y una sanción. En categorías inferiores, sin embargo, la prioridad es que los chavales jueguen y se fogueen y eso no se consigue con incomparecencias, así que dijimos que volveríamos dentro de una hora y nos dispersamos a la espera de que el club de baloncesto de Molenbeek encontrara una solución al entuerto.

- ¿Y el árbitro?
- Ya le hemos dicho que venga dentro de un rato.

Ya puestos, era una excelente oportunidad para callejear por Molenbeek como hacía tiempo que no sucedía. Las calles de alrededor del colegio donde, ojalá, iba a tener lugar el partido estaban francamente sucias, lo cual ya es mucho en Bruselas, cuyo centro también tiene serios problemas de higiene; había pintadas en casi todos los muros, de ésas que simulan letras sin decir nada y que todavía no entiendo bien a santo de qué aparecen y qué beneficio obtiene el que las perpetra, aparte de gastarse los cuartos en pintura. Yo no he estado en África, todavía, excepto en Molenbeek, pero comienzo a pensar que los marroquíes no sólo es que se integren con dificultad en los demás países: es que consiguen que las partes de los demás países en las que acaban por predominar terminen por parecerse a Marruecos.

En una actitud posiblemente deplorable y contraria a la más elemental protección de datos personales, me acerqué a algunos portales de la zona para leer los apellidos de los inquilinos, que en Bélgica es obligatorio poner en los buzones o telefonillos. Había algún que otro DeVries que podríamos pensar que es blanco, belga y residente allí desde generaciones, pero la gran mayoría comenzaban por Al o El y me temo que tenían alguna chilaba en el domicilio, aunque no la usasen a diario.

Después de comer una ensalada, y sin muchas esperanzas de que el viaje a Molenbeek sirviera para otra cosa que para cerciorarse de que es otro mundo, Ame y yo volvimos a la puerta del colegio, a la que, también con pocas esperanzas, iba acudiendo gente. Entre ellos estaba el árbitro que debía dirigir el partido.

Al verlo, tan moreno, sin ser negro, y con ese pelo rizado, empecé a sospechar algo... La Federación Belga de Baloncesto, sección Bruselas, efectivamente anda escasa de parné y, para ahorrar dietas de desplazamientos, prioriza árbitros que residan lo más cerca posible de los terrenos de juego.

Ay, madre.

(continuará, que hoy se ha hecho tarde)

jueves, 6 de agosto de 2026

Guía de inmigración

Todavía no se han apagado del todo los incendios forestales en España y ya tenemos un nuevo lío en nuestro país, en este caso en la frontera africana entre nuestra ciudad de Ceuta y el Reino de Marruecos que está al otro lado de la línea. Varias decenas de miles de maghrebíes han pasado a nado a España y, cuando escribo esto, todavía muchos campan por sus respetos por Ceuta y han provocado el colapso completo de la ciudad. No uno, ni dos, sino varias decenas de miles, que poco menos que habían duplicado el número de personas que ocupa un territorio de veinte kilómetros cuadrados.

Me temo que esto acabará mal, se mire como se mire.

Estas cosas las veo con interés, obviamente desde el punto de vista de alguien que, como yo, lleva más años vividos fuera de España que dentro de ella, por lo cual digamos que algo de empatía con los que abandonan su país de origen sí que tengo. Es verdad que he residido siempre de manera legal, lo cual ya de por sí es recomendable para no meterse en berenjenales. Vamos, ya sé que no es lo mismo, que yo no emigré por estar pasando hambre, pero sí por aspirar a una vida más acomodada, que es en lo que están éstos, después de todo. Porque lo de que están todos pasando hambre supongo que no cuela, o no debería colar.

En primer lugar, me viene a la cabeza que lo de estos pollos viene a dar una pésima impresión de su propio país. Marruecos debe de ser un lugar muy malo, cuando tanta gente quiere pirarse. Es algo así como la República Democrática Alemana, pero en el norte de África. Vamos, si sesenta mil españoles salieran el mismo día a nado, o aunque fuera a pie, hacia cualquier país fronterizo, yo me plantearía muy seriamente qué está pasando en España para que tanta gente no quiera ni oír hablar de quedarse, incluso con riesgo de la propia vida. Creo que la última vez que pasó algo semejante fue en febrero de 1939, cuando una infinidad de republicanos cruzó la frontera francesa perseguidos por los nacionales, que indudablemente no venían en son de paz. Claro, Francia metió a los republicanos en campos de internamiento, después de desarmarlos, pero es que era evidente que no se estaban metiendo en Francia para invadirla, sino porque se habían quedado sin terreno para seguirse retirando en España. Tampoco era la primera vez: casi todas las guerras civiles en España han terminado con el ejército derrotado entrando en Francia para ser internado allí.

Luego hubo emigración desde España en los años posteriores a la guerra, como la había habido durante todo el siglo, pero no de esa manera, desde luego. Esos españoles salieron legalmente del país y entraron legalmente en sus países de destino y se pusieron a trabajar con papeles inmediatamente, normalmente a la entera satisfacción de esos países de destino, donde hacían falta manos.

Esto que ha pasado no es lo mismo. Entre los que nos han visitado, se encuentra uno gente que no sabe nadar y que se mete con flotadores en el mar para entrar en España, parece que engañados por vaya usted a saber quién, y entran gritando ¡viva España! como si esperaran que se les recibiera con flores y guirnaldas. Luego se encuentran con que en Ceuta no hay papeo para todos y con que el paisanaje, aterrado ante la llegada de aquella horda famélica, se encierra en casa, no vaya a ser que, entre los que entraban dando vivas a España hubiera algún maleante, cosa por cierto probable. Total, que los más han tenido que terminar por darse la vuelta para su país y es que, aunque en Ceuta ataran los perros con longanizas, tampoco serviría de mucho, porque las longanizas son de cerdo y a la mayoría de estos inmigrantes les pasa con el cerdo lo mismo que a mí con los caracoles: repelús del todo. Yo pensaba que era por motivos religiosos, hasta que me di cuenta de que los que están razonablemente integrados en España, que alguno he tenido alojado recientemente por Bruselas, el cerdo siguen sin tocarlo, pero se aprietan cervezas, vino, ginebra y todo lo que haga falta, a despecho de las órdenes del profeta.

A todo esto, salvo algunos con un nivel decente, la gran mayoría de los que han entrado balbucean un poco de pésimo español, totalmente insuficiente para encontrar trabajo o para entenderse con el paisanaje local. Otros, ni eso. Llama la atención ese desconocimiento tan básico del idioma del otro lado de la raya, y más si tu intención es irte a vivir allí; con los medios de hoy en día, uno se puede dedicar con un teléfono móvil, por pocos medios que tenga, a sacar materiales para aprender lenguas extranjeras que serían la envidia de los que tuvimos que estudiarlas en tiempos mucho peores. Y bastantes de los que han llegado tenían teléfonos móviles mejores que el mío. No sé, da la impresión de que los que han pasado tampoco son precisamente la élite de Marruecos.

En fin, que el mandamiento número uno de cualquier emigrante debería consistir en tener un nivel razonable de la lengua del país, al menos para caer simpático y que vean que haces lo que puedes y lo estás intentando. Que no quieres ser turista, leches, sino quedarte a vivir. Cuando me fui a estudiar a Alemania, yo ya hablaba alemán como quería; cuando me fui a Rusia, tenía un ruso de nivel intermedio, me puse a hablar con lo que tenía desde el primer día y pasé varios meses hincando el codo hasta poderme comunicar con decencia; y ahora, en Bélgica, llegué con un francés igualmente intermedio y un flamenco más o menos básico, pero también me puse inmediatamente a remediar eso y hoy es el día en que seguramente soy de los no muchos residentes en este bendito país que puede hablar con cierta fluidez las tres lenguas oficiales del mismo, ninguna de las cuales, por cierto, es la mía materna. Si te quieres ir a vivir a un país, qué menos que meterte en un curso de lengua y, ya puestos, de cultura, porque lo normal es que te toque adaptarte a lo que te encuentres.

Bueno, lo de la adaptación es otra castaña. Estos días he estado leyendo acusaciones contra España por mantener un enclave en territorio marroquí, como si Ceuta no hubiera estado desde el Imperio Romano más en el ámbito de la Península Ibérica, a veinte kilómetros de allí, que en el ámbito norteafricano. Un tipo muy zumbón respondió a uno de los acusadores que Marruecos mantiene un enclave en Molenbeek, a dos mil kilómetros de Marruecos, y nadie dice nada. Sería broma, sí, pero algo hay...

De Molenbeek ya se ha escrito varias veces en esta bitácora. La primera fue aquí, apenas llegado al país, y es que me quedé sinceramente sorprendido de la existencia de semejante ghetto. La segunda fue en relación con los atentados de Bruselas y ya entonces creo que dejé claro que soy partidario de la mano dura; en la tercera se abordó, siquiera sea de refilón, el espinoso tema de los nativos locales que se ponen de lado del invasor (los podríamos llamar 'vlasovistas'); la cuarta sucedió cuando tuvo lugar el siguiente atentado, en 2016, aunque en esta ocasión la cosa no salió de Molenbeek; y la quinta vino con motivo del Mundial de fútbol de Qatar y el comportamiento de los belgas de origen marroquí que viven en Bruselas y que son belgas porque tienen el pasaporte y marroquíes por todo lo demás.

Luego ya vino la cuestión de la integración de los inmigrantes, incluso de tercera generación, que se trató en la sexta, con la ayuda tan belga del humor gráfico. Y, finalmente, ya hemos pasado al siguiente nivel, que es el de aprovechar el sistema parlamentario y las libertades de aquí para meter el hocico en la política con un partido político propio.

Hay musulmanes que se integran. Conozco varios, soy cliente de algunos y me llevo con ellos de maravilla. Lo que pasa es que suelen ser musulmanes poco practicantes y a quienes su religión (y cualquier otra) se la repampinfla bastante. Los musulmanes coherentes, y aquí espero con el paraguas el chaparrón de críticas, no se integran nunca. Su religión, cuando se la toman en serio, es totalmente incompatible con el modo de vida occidental y hasta con la dignidad de la mitad de la humanidad; la prueba es que en sus países es casi imposible practicar otra religión sin severísimas discriminaciones. Los musulmanes coherentes me temo que quieren convertir los países donde están en el mismo desastre que debe ser Marruecos, donde la gente vota con los pies y, por desgracia, algunos votan con los pies por delante. Lo lógico sería volver a esos países, donde tienen el trabajo ya hecho, pero no, tienen una misión y esa misión está entre nosotros, librándonos de la perdición occidental, queramos que no.

Como la alternativa que damos en occidente es materialmente bastante aceptable, pero espiritualmente ha empeorado muchísimo, los musulmanes coherentes, que dan respuestas simples y poco razonadas, porque la razón no es lo suyo, pero clarísimas, tienen predicamento y acaban atrayendo a demasiados musulmanes del tipo tibio. Cuando un musulmán de los que quizá no coman jamón, pero se aprietan sus buenas cervezas, pasa a ser abstemio, ojo con éste, que ya ha dado el primer paso para terminar con el cinturón de explosivos camino de encontrarse con las setenta y dos vírgenes prometidas.

A los católicos se nos podrá acusar de muchísimas cosas, y muchas de ellas con razón, pero no de que nuestras creencias son incompatibles con la sociedad occidental. No veo yo a ningún católico ejerciendo la violencia o con el cinturón de explosivos para extender el Reino de Dios, porque sabemos que eso no está bien. Si hay algún pirado, lo es por su cuenta, sin aprobación de las autoridades religiosas. Los chinos, lo mismo, no se meten con nadie. Son los musulmanes coherentes los que, desde que el fundador de su religión se dedicaba a sembrar el pánico en el desierto de Arabia en el siglo VII, asaltando caravanas y demostrando a las claras que su reino era de este mundo, no le hacen ascos a seguir el ejemplo de su fundador.

En Ceuta no sé cómo están, pero en Bruselas se han hecho con Molenbeek, un barrio al que la mala fama le precede. Lo malo es que la mala fama se corresponde bastante bien con la realidad de un sitio degradado que destaca enormemente de las zonas que lo circundan, y no sólo por el aspecto físico de la mayoría de sus habitantes, sino por el deplorable estado en el que se encuentra.

Repasando, veo que en las entradas de la bitácora no he relatado una de mis aventuras por Molenbeek, que no he visitado muy a menudo, porque me queda lejos, pero donde tuve que pasar un día entero por razones que contaré en la próxima entrada, porque hoy se hace tarde.

miércoles, 29 de julio de 2026

Habilidad forestal

Mientras España arde por los cuatro costados, quizá no vendría mal echar un vistazo a cómo se gestionan los bosques por otros andurriales, mismamente en Bélgica. Es verdad que en Bélgica no hace mucho calor prácticamente nunca y que llueve con cierta frecuencia, por lo que el riesgo de incendios es bastante menor, suponiendo que lo haya. Es también verdad, por lo tanto, que la comparación con lo que pasa aquí es por lo menos dudosa, pero nunca está de más reflexionar y tratar de buscar, no sé si una solución, pero al menos una idea alternativa, porque ahora mismo creo que no vamos a ningún sitio tal y como van las cosas, en que no hay verano en que las llamas den un mordisco importante a nuestros montes.

He oído estos días un montón de opiniones, que si el ICONA era la leche, que sí los políticos salen en la foto cuando se apagan los fuegos, pero no cuando se previenen... Un montón de ideas. Yo tengo otra más, con la misma autoridad de los que han lanzado las anteriores. Y es que no tengo muy claro cuándo empezaron a torcerse las cosas, pero sospecho que una fecha como la de 1855 quizá tenga mucho que ver. Es la llamada Desamortización de Madoz, por Pascual Madoz, ministro del gobierno progresista de entonces, y que consistió básicamente en privatizar los terrenos comunales, esto es, los pertenecientes a los ayuntamientos, de los que se aprovechaban los habitantes de los pueblos, según como decidían ellos mismos sin injerencia exterior. Los liberales son así, supongo, y más si son progresistas. Se les mete en la cabeza una cosa y que van a salir ganando a corto plazo, y adelante. Ellos son de los piensa que las cosas en los tiempos pasados se hacían siempre porque sí y para privilegio de las manos muertas, mientras que la propiedad privada mola, incluso que mola más cuanto más grande es. La propiedad comunal no mola, sólo la privada. Ya.

A corto plazo, eso sí, el tesoro público recaudó lo suyo. También a corto plazo, se creó nuevamente una clase de propietarios y terratenientes que, naturalmente, se pusieron a sacar rendimiento de su adquisición, en forma de talas para vender madera, de roturación para cultivar y todo tipo de prácticas excluyentes del uso de los demás. Porque, sí, también a corto plazo, muchos habitantes de los pueblos que llevaban una vida justita, pero aceptablemente digna, aprovechando su parte del uso que les correspondía de las tierras comunales, resultó que se vieron con una mano delante y otra detrás. La desamortización no sólo creó una clase de propietarios progresistas de izquierda, sino también una clase de proletarios, curiosamente de derecha hasta que bastantes se rebotaron, que no tuvieron otra que ponerse al servicio de los primeros.

A largo plazo, la jugada ha venido suponiendo lo que estamos viendo hoy. Primero, la despoblación y, casi como consecuencia, el decaimiento y el incendio. Nadie va a quedarse en un pueblo aislado donde va a malvivir, pudiendo ir a donde sea, y así es como se degradan las cosas. Se degradan las casas desocupadas, pero también se degradan los montes asilvestrados de los que nadie cuida porque ya no queda nadie.

En Bélgica, no hay despoblación y eso es un factor muy favorable. Es verdad que es un país con una geografía muy diferente a la española: la densidad poblacional es mucho mayor, las comunicaciones son relativamente sencillas y no hay zona del país en las que no haya cerca una población de importancia, con la posible excepción de las Ardenas. Así y todo, las Ardenas son una aglomeración poblacional insoportable comparadas con según qué lugares en España. El caso es que en Bélgica los bosques públicos y privados están cuidadísimos. Que sí, que llueve más, es cierto, pero también es verdad que los propietarios se lo curran y, cuando el propietario es público, se cuida mucho el acceso, en forma de conservación de sendas, delimitación de terrenos y limpieza y explotación de los recursos madereros como Dios manda.

El otro día, estuve paseando por el Kauwberg, que ya visitamos en otra ocasión. Releyendo aquella entrada, recuerdo que me pronunciaba por dejarlo como estaba, pero no ha sido eso lo que ha pasado. Durante los últimos años, ha habido algunas intervenciones, que no me duelen prendas en reconocer que lo han dejado mejor; todos los senderos están bien cuidados y han colocado estratégicamente vados en forma de tocones de troncos que permiten al paseante circular por allí incluso cuando la lluvia, que caerá tarde o temprano, inunde la zona y convierta los senderos en un lodazal. Las partes privadas, que las hay y lo cierto es que no les veo la menor utilidad para sus dueños, están cuidadosamente valladas, pero de manera que son permeables para la fauna local. En fin, que aquello está cuidado. Como está cuidada la gran mayoría de los espacios forestales en Bélgica. Y no, cuando voy a España a triscar por los montes, cosa que ocurre menos de lo que me gustaría, pero ocurre, no tengo la misma impresión ni mucho menos, lo cual es normal, porque en demasiadas partes de nuestro país ya no queda nadie.

Si reconocemos que la causa última de la despoblación de las nueve décimas partes del territorio español es la dichosa desamortización de Madoz (y la anterior de Mendizábal, que tuvo como víctima los bienes eclesiásticos, pero también a quienes vivían de ellos, que no eran sólo los monjes), cosa que yo creo firmemente, en algún momento habrá que dar la vuelta al calcetín y pensar en dar poder a los municipios. No sería la primera vez: los distintos gobernantes españoles de la Edad Media, con muchos menos medios que ahora, llevaron a cabo una política de repoblación que les salió bastante bien y que les llevó a tener una distribución territorial que ahora ni siquiera podemos imaginar, con bastante menos gente de la que ahora atesta las ciudades españolas y protesta porque allí la vivienda está carísima.

Es lo que se llamaba entonces conceder fueros. Una palabra que ahora está denostadísima, pero que, en su día, funcionó estupendamente. Todo es ponerse, pero no veo yo a nuestros políticos actuales por la tarea de llevar a cabo una política territorial digna de tal nombre. Yo sólo espero que no se nos haya hecho tarde, como a mí ahora, que tengo un montón de cosas que hacer.

sábado, 25 de julio de 2026

La final del mundial de fútbol en Bruselas

Ahora que ya han pasado unos cuantos días desde que terminó el campeonato mundial de fútbol y se han calmado un poco los ánimos, incluso los de los argentinos, creo que ya se puede escribir de cómo se vivió el evento en Bruselas. Yo lo vi desde el mismo bar desde el que vi la semifinal y los cuartos de final contra Bélgica.

En el bar, muy cerca de la estación de Midi, que no pasa precisamente por ser la zona más pacífica de la ciudad, estaríamos como veinte españoles y el resto de otras nacionalidades, normalmente belgas, pero lo cierto es que, con mayor o menor intensidad, todos parecían estar deseando que ganara la selección española. En el caso belga, es comprensible: aunque los españoles los eliminaron en cuartos de final, lo cual deja un regustillo amargo, también es verdad que los belgas metieron a los españoles el único gol que han encajado en todo el torneo y no veas cómo se están ufanando con eso, así que esperaban que ganara España y, sobre todo, sin que les metieran ningún otro gol, para poder seguir presumiendo de haber sido los únicos capaces de batir al portero español. Los españoles, al menos yo, en las numerosas pausas que tuvo el partido, les estábamos felicitando la mar de contentos, porque, total, ¿para qué hacer enemigos?

Ésta es la pregunta que demasiados argentinos no se han hecho, o eso me parece a mí. Yo no sé gran cosa de fútbol, pero vi el partido y yo diría que hubo marrullerías a porrillo, supongo que hasta cierto punto de unos y de otros; ahora bien, hace bastantes años que comenzó el siglo XXI y éste es el día en que hay cámaras por todos los sitios e imágenes desde casi todos los ángulos. Y medios y redes sociales que las difunden, con una calidad que alucinas. Y, a tenor de las imágenes, yo diría que los argentinos, en lugar de comerse el tarro con teorías conspirativas, podían estar contentos de que ninguno de sus jugadores saliera del campo esposado o, por lo menos, en libertad condicional.

Sea como fuere, la selección española se llevó el trofeo después de una prórroga, con lo que, una vez más, se hizo tardísimo, tanto más cuanto que el día siguiente era lunes. Como el martes era festivo, la fiesta nacional belga que alguna vez hemos glosado por aquí, supongo que hubo no pocos que hicieron puente, pero yo no era uno de ellos y, así como quien no quiere la cosa, tenía que levantarme al día siguiente a las siete y media como muy tarde. En cuanto terminó el partido, dejé a mis compatriotas celebrando el resultado, desaté mi bicicleta y tomé la derrota de mi casa para dormir todo lo posible. Ya digo que no soy futbolero. Entiendo que hubo gente que no pudo dormir de la alegría, como hubo gente vestida con la albiceleste que evidentemente tampoco pudo dormir, aunque por otras razones, pero a servidor el fútbol no le quita el sueño. Como mucho, lo limita, y sólo cuando el partido termina a deshora y, así y todo, hay que madrugar.

A pesar de que los Diablos Rojos llevaban una semanita larga de vacaciones, el centro de Bruselas estaba animadísimo. No se diría sino que todos eran españoles por allí, pero no, nada de eso. Para mi sorpresa, porque la leyenda negra tiene gran pujanza en este país en que resido, todo hijo de vecino estaba contentísimo con la victoria de la selección española, sonaban bocinazos en las calles y eso que era pasada medianoche, y hasta los repartidores de Glovo me adelantaban haciendo piruetas y diciendo ¡Viva España! De hecho, estaban más contentos que yo, que ya digo que no soy futbolero y, si me viera un argentino de los forofos de pro que evidentemente son más de uno y más de dos, diría que soy un pecho frío. O algo peor.

Dejo la explicación de tanta euforia a quienes tengan sus propias teorías. Que si es normal que en Bélgica, que es Europa, se tuviera más simpatía por una selección europea como la española; que si la alegría no era tanto porque ganara España, sino porque quien perdía era la selección argentina, que no ha hecho muchos amigos últimamente; que si la gente tiende a apuntarse al carro del vencedor y que, si hubiera ganado Argentina, también habrían salido a dar bocinazos por la calle. Todo eso es posible.

Lo cierto es que el trayecto de retorno a casa, siguiendo una cuesta arriba bastante empinada entre la puerta de Hal y la avenida Albert, fue bastante rico en emociones, porque, entre los bocinazos y los adelantamientos de moto haciendo cabriolas, tenía que ir aún más ojo avizor que de costumbre. Cuando llegué a Albert, que es cuando pasamos de la zona proletaria a la pija, para aclararnos, fue como pasar de un país a otro. Se acabaron los bocinazos como por ensalmo y el resto del camino ya fue algo mucho más propio de un domingo a medianoche.

Al día siguiente, en el trabajo, el mundial no fue un tema de conversación, la verdad. La práctica totalidad de mis compañeros son mujeres y el fútbol les apasiona entre poco y nada y, por si fuera poco, un porcentaje apreciable está compuesto por italianos, para quienes este campeonato del mundo ha carecido completamente de relevancia e incluso de existencia. Alguno me felicitó y yo devolví un agradecimiento sin dar más importancia de la que tiene, que no es tantísima. Creo que me alegré más cuando el Valencia Basket ganó la liga el mes pasado (y la liga femenina el anterior), pero ahí no me felicitó nadie. Vaya pechos fríos...

Sea como fuere, ya se ha terminado el mundial de fútbol y se ha celebrado lo justo y necesario y ni un poquito más. Dejemos a los subcampeones que sigan recordando la final y a otra cosa, que se hace tarde.

domingo, 19 de julio de 2026

Cine de verano

Bruselas debería ser todo el año como es en julio.

Días largos, buen tiempo, colegios cerrados, ningún atasco, obreros de vacaciones... en realidad, casi todo el mundo está de vacaciones.

Una delicia de ciudad.

Y, además, está el cine de verano. Vale, no siempre estamos hablando de obras maestras del séptimo arte, pero se agradece el esfuerzo y, por ese precio (es gratuito), sale muy a cuenta. Creo que hasta ahora no había escrito sobre el cine público de verano al aire libre en Bruselas, una iniciativa apoyada por la Comisión Comunitaria Francesa (sí, también en español es la COCOF), que consiste en la proyección de una película en cada uno de los diecinueve municipios de Bruselas, entre finales de junio y, este año, el 18 de julio, con algún descanso por el medio.

Es verdad que las películas son mejores o peores, según los casos. Suelen ser producciones europeas de presupuesto ajustado, pero no tienen por qué estar mal, ni mucho menos. Pero, aparte de las películas, estas proyecciones le dan a uno la oportunidad de conocer lugares interesante en municipios diferentes al de uno, porque se exponen en parques o explanadas que, en ocasiones, merecen bastante la pena. Así, en Forest, la proyección tuvo lugar nada menos que en los jardines de la antigua abadía, lo cual, ya de paso, me vino bien para echar un ojo a las excavaciones en curso; en Uccle, la proyección fue en el parque de Wolvendael, que está bastante cerca de mi casa y que conozco aceptablemente bien, pero al que siempre es interesante volver; en Schaerbeek, por poner otro ejemplo, la proyección tuvo lugar en un espacio que esta bitácora ya visitó y que tiene un fuerte componente valenciano. Vamos, que uno termina por conocer la ciudad, lo que no es poca cosa.

El único pero consiste en que no estoy de vacaciones, por lo visto a diferencia de la mayoría de los espectadores, que evidentemente no tienen que presentarse a las ocho y media en sus respectivas oficinas y, si tienen que hacerlo, yo diría que se toman dicha obligación de manera bastante relajada. Porque, claro, el cine de verano se ve fatal de día y, en estas fechas, tenemos día hasta pasadas las diez de la noche; el tiempo hasta entonces se pasa entre presentaciones del director, alocuciones del concejal de cultura o el alcalde del municipio agraciado con la proyección y otras zarandajas. En Uccle, además, pusieron a una orquesta sudamericana a ambientar la espera, suponiendo que entre el público habría bastantes españoles, porque la película era española y en versión original.

El otro pero consiste en que es mejor llegar pronto, porque, según el municipio, ponen más o menos sillas. En Uccle pusieron sillas de sobra, pero en Forest sólo pusieron unas cuantas, que se llenaron enseguida, de modo que a mí y a mis dos compañeras nos tocó sentarnos en unos bancos sin respaldo. Y dos horas de cine sin respaldo se hacen bastante largas.

Finalmente, y fatalmente, cuando una película, entre pitos y flautas, comienza a las diez y media y el día siguiente no es sábado ni domingo, tienes un problema, porque rara vez llegas a casa antes de la una y, si te tienes que presentar en el trabajo a las ocho y media, en mi caso hay que ponerse en marcha sobre las seis y media, con lo que el día lo pasa uno medio zombi.

Porque, sí, se hizo tarde. Como siempre.

viernes, 17 de julio de 2026

La penúltima mudanza

Viene de aquí.

En la última entrada sobre los asuntos relativos a las mudanzas ya debió quedar claro que las posesiones con las que contábamos ocupaban un volumen inmenso, que ascendía a doscientas sesenta y cinco cajas, piano incluido. Habíamos acabado en una casa de tamaño similar al que habíamos gozado en Moscú y, por lo tanto, conseguimos meterlas todas. Además, contábamos con un sótano amplísimo, en el cual colocamos todas las cajas que, según fuimos viendo, no eran de utilidad inmediata.

El problema era que sabíamos que aquella casa en la que estábamos alquilados era un lugar de paso hasta llegar a algo más estable y en propiedad. Bruselas no era, ni es, una ciudad en la que comprar una vivienda sea algo excesivamente caro, sobre todo si lo comparamos con otras capitales europeas, e incluso con ciudades medianejas de nuestro continente; además, Moscú era un destino bien pagado, por lo que contábamos con algunos ahorros que, salvo dispendio horroroso, iban a permitirnos hacernos con un inmueble en propiedad. Pero, claro, eso venía a significar que la mudanza que acabábamos de hacer iba a repetirse en un período de tiempo relativamente breve.

Tras muchas visitas y muchas aventuras, no siempre agradables, compramos una casa muy necesitada de reforma, en una zona, eso sí, de campanillas. Por curiosidad, he revisado las entradas de aquella época en la bitácora. No son numerosas, lo cual es una prueba de que el período previo a la adquisición fue un infierno, lleno de desacuerdos, y que no me quedaban ni ganas de escribir. La primera entrada en que se hace referencia al asunto, después de varias y escasas entradas en que se escribe de temas variados, es ésta, de junio de 2015. Para entonces, hacía casi tres meses que la casa nos pertenecía. En julio y agosto el asunto salió más a menudo, lo cual es una señal clara de que había dejado atrás el choque agónico que supuso la compra. Luego vino el choque agónico de la reforma, que me pilló con la idea de que lo peor, que debía ser la compra, ya había pasado. Ja. La reforma fue otro proceso agónico, que comenzó tarde, se prolongó eternamente y, de hecho, no había terminado completamente cuando llegó, albricias, el momento de trasladarse. Es lo que pasa cuando tienes que dar un preaviso en la casa que has alquilado, mientras tienes previsto cuándo van a terminar las obras en la que has comprado, e intentas, porque con la compra y la reforma te has quedado finalmente sin un duro, que no haya períodos en que estés pagando un alquiler y, al mismo tiempo, dispongas de una casa flamante en situación de merecer.

En los dos años y medio que pasaron entre una mudanza y otra, los bultos no hicieron sino aumentar aún más, de manera absolutamente impensable. Además, hubo un malentendido, porque yo supuse que había encargado que nos embalaran los bultos, mientras que la empresa de mudanzas no lo entendió así. Afortunadamente, la cosa se resolvió echando más horas... y más pasta, claro.

Cuando la mudanza terminó, podría pensarse en un suspiro de alivio, pero lo cierto es que teníamos una casa en la que aún faltaban detalles para considerarla terminada, principalmente la cocina (cosa que ya debió quedar clara aquí y en las entradas sucesivas a ésa).

Finalmente, los obreros se marcharon de casa y la dejaron habitable, tuvo lugar la pomposa inauguración de la misma y comenzamos a vivir en ella. Las cajas de la mudanza que no abrimos se quedaron en un semisótano y, cuando me pude hacer con ellas, en un trastero húmedo y bastante insalubre.

Con el tiempo, a partir del momento en que pasé a tomar todas las decisiones por unanimidad, cosa que sucedió hace un par de años, decidí terminar la mudanza, pero terminarla de verdad, es decir, abrir todas las cajas que seguían cerradas, algunas desde Moscú, y decidir qué hacer con cada uno de los objetos que fuera encontrando.

Y lo cierto es que han salido cosas curiosísimas. Algunas de ellas, como algunos peluches, totalmente podridas por la humedad, pero otras, inesperadamente, han salido inmunes, como cuarenta cuadernos escolares oficiales rusos totalmente vacíos, que mis hijos no hubieran terminado así se hubieran quedado a estudiar en Moscú hasta acabar la universidad; algún curioso regalo que les hicieron los profesores al irse, como un manual de matemáticas para preparar el Examen Único de Estado ruso, es decir, el equivalente a la Selectividad española o como se llame ahora.

Todo ha recibido un destino, ya fuera la basura, cuando el deterioro era irreversible, o las distintas estanterías o cajones donde se guardan los libros, vídeos, material de papelería, cosas de coser y hasta papel para envolver regalos, que de todo había. Y hoy es el momento en que puedo decir con cierto orgullo que la mudanza ha terminado, casi catorce años después, y que todo está donde debe estar. Menos mal que no se ha hecho tarde.

Y sí, parece que es la penúltima mudanza, porque en algún momento llegará la que debería ser la última, que habría de ser la que me traslade de esta vivienda que ocupo en Bruselas a la que en algún momento espero tener en Benicountrí, que es a donde tendré que trasladar los enseres que más me importen. Claro que, para eso, todavía queda tiempo. O no. Una de las cosas que hemos aprendido por aquí es que, en realidad, sólo podemos hablar con cierta propiedad del pasado, mientras que el futuro es algo que, como la vida, da muchísimas vueltas, así que a saber si acabo en Benicountrí, que es lo que tenía pensado, o a saber dónde, o en Semipalatinsk, cosa que yo veo sumamente improbable, pero, ¿y si sí?

¿Y si sí? parece que es la pregunta de moda, tanto cuando el Valencia Basket se preparaba para ganar la Liga española de este año, como para hacerse la ilusión de que la selección española de fútbol puede ganar la Copa del Mundo de este deporte. Pero, como eso lo sabremos pasado mañana, vamos a prepararnos para trasnochar ese día y decidir dónde ver el partido, a sabiendas de que ese día, fatalmente, se hará tardísimo.

sábado, 11 de julio de 2026

El partido de fútbol

No soy nada futbolero. He ido a ver partidos de fútbol en contadísimas ocasiones y normalmente me he aburrido como una ostra. Como en este mundo hay que ser de un equipo de fútbol so pena de ser condenado a un ostracismo inapelable, decidí hacerme de un equipo que no molestara a nadie y me declaré del Levante, cuando el Levante estaba en la tercera categoría nacional. Quién me iba a decir a mí que el Levante iría mejorando con el tiempo y llegaría a Primera División (donde sigue, aunque por los pelos) a medirse con los mejores, cosa que ya vimos en esta bitácora hace algún tiempo.

El caso es que se está jugando el campeonato mundial de fútbol y los caminos de las selecciones de España y Bélgica se han cruzado. Como, afortunadamente, la selección de Marruecos ha sido eliminada (¡gracias, Francia!), el riesgo de incidentes de orden público se ha reducido bastante.

Pensaba esconderme en casa o hacer cualquier otra cosa, pero hay cosas que no pueden ser y al final me liaron para ver el partido en una cervecería belga de toda la vida. Obviamente, la mayoría de los presentes eran belgas, pero yo estaba con un grupillo de españoles en el que hicimos bastante ruido; celebramos el primer gol de la selección española, luego los belgas celebraron el que marcó su selección y, cuando la selección española marcó el segundo gol a poco de terminar el partido, se oyeron a la vez los gritos de alegría que proferimos los quizá quince españoles que estaríamos por allí y los lamentos de los no menos de noventa belgas que nos rodeaban. Al acabar el partido, no hubo ningún incidente, más que alguna felicitación de los belgas, igual que hubiéramos hecho nosotros si el resultado nos hubiera sido adverso.

La verdad es que es un gusto estar en un país que no es chauvinista en absoluto, y eso que la selección de fútbol es de las pocas cosas que les une. En su momento, creo que ya lo escribí alguna vez, les unía el rey y la religión católica. Lo segundo ya hace tiempo que no, y el rey creo yo que intenta pasar todo lo desapercibido que puede, así que han reemplazado la religión católica por el deporte, comenzando por los Diablos Rojos, vale, pero también por los profesionales del verdadero deporte nacional belga, que es el ciclismo, y mucho más el de clásicas que el de grandes vueltas, donde, aparte de Eddy Merckx, tampoco han tenido de momento campeones de los de primera división.

De todas formas, el hecho de que la selección belga haya quedado eliminada del Mundial de fútbol es algo que podía pasar y que no iba a amargar a los belgas el fin de semana, ni siquiera el viernes por la noche. Cuando volvía a casa montado en mi bicicleta, no hacía yo más que cruzarme con todo tipo de grupitos masculinos y femeninos (y mixtos), alguno con la bandera por bufanda, que no parecían demasiado angustiados por el fin de la aventura belga en el Mundial y que se desplazaban por la ciudad para aprovechar que hacía una noche estupenda que invitaba a proseguir la fiesta todo lo que fuera posible, aunque se hiciera espantosamente tarde. Yo, por mi parte, como tenía otros planes, seguí mi camino hasta mi casa, donde acabé en Discopiltra un rato después, quizá más tarde de lo que hubiera deseado. Eso de hacerse tarde es que no falla...

domingo, 28 de junio de 2026

La ola de calor

Estos últimos días, en Bélgica ha estado haciendo mucho más calor que en España. Es verdad que al que haya mirado las cifras crudas no le habrá parecido que sea para tanto, porque las temperaturas han sido hasta cierto punto similares, pero el efecto no ha sido el mismo. Mientras en España es el pan nuestro de cada día superar los treinta grados en junio y estamos preparados para afrontarlos, en Bélgica esos mismos treinta grados, y hay que decir que se ha llegado a bastante más de 35 en Bruselas, y más aún en otras partes del país, son una tortura china.

Lo fundamental es que las casas belgas están preparadas para todo lo contrario que para expulsar calor. Los arquitectos belgas, y yo diría que centroeuropeos en general, diseñan casas para aprovechar cada rayito de sol que aparece, porque no suelen aparecer muchos. Sin ir más lejos, mi dormitorio está acristalado y orientado al sur. En invierno, esto es fantástico, ya lo creo: retiene el calor que no veas y hay que ver lo que se ahorra uno en la factura del gas. En la mayor parte de los veranos belgas, que se llaman verano sólo porque coinciden con los meses que van entre junio y septiembre, tampoco viene mal un poco de calorcito.

El problema ha venido ahora.

Con un sol de justicia y temperaturas de más de treinta y cinco grados, el acristalamiento de mi dormitorio, que hace las veces de lupa, ha convertido la estancia en una especie de crematorio inmisericorde. Un infierno sin demonios. Jamás había visto esto desde que estoy aquí. Tuve la humorada de meter un termómetro en la misma, que marcó 39 grados. Otros residentes en Bruselas me han confirmado que no es que yo sea especial ni mi casa la única sucursal de Belcebú en Bruselas: ellos están pasando por lo mismo.

Los primeros días de la ola de calor, me enchufé un ventilador y, mal que bien, fui tirando, durmiendo a ratos, pero hace tres días no pude más y tomé la radical decisión de mudarme a dormir al sótano. Creo que esto ha salvado a más de un belga del achicharramiento. Al menos en mi sótano, la temperatura es de 23 grados, que ya es otra cosa; además, tengo un sofá transformable en cama para alojar rápidamente a algún invitado que se pase por aquí. En este caso, el invitado he sido yo mismo.

Después de tres días durmiendo en el sótano, la noche pasada hubo una tormenta de aúpa con aparato eléctrico abundante y lluvia a raudales. No ha sido cualquier cosa, pero de eso, es decir, de los daños que ha provocado, tocará escribir en otra ocasión; daños aparte, por lo menos ha traído aire fresco, así que por la mañana me apresuré a abrir puertas y ventanas y a ventilar lo mejor que supe, de modo que el dormitorio ha bajado de la temperatura psicológica de treinta grados. El calor sigue, pero menos.

Los belgas, y supongo que otros centroeuropeos, han reaccionado de manera bastante aparatosa a esta ola de calor inesperada por lo intensa. El teletrabajo ha bajado drásticamente la semana pasada, porque pocos belgas tienen aire acondicionado en sus casas, así que se estaba mejor en las oficinas, que sí que suelen tener sistemas de regulación de temperatura. En el sistema escolar, por una vez, no han reaccionado poniéndose en huelga, sino directamente cerrando los colegios, no vaya ser que a la chiquillería le dé un periflús. Yo creo que es más probable que el periflús se lo dé al profesorado, pero bueno, tampoco tiene tanta importancia.

No viene mal que a cierta gente, algo ensoberbecida y amiga de señalar a los demás, y especialmente a los españoles, como vagos y siesteros, les den un bofetón de realidad climática y sufran por algún tiempo lo que los españoles pasamos un verano sí, y otro también. No recuerdo que jamás me cerraran el colegio por mucho calor que hiciera. De hecho, recuerdo más de un examen en la facultad, bien entrado junio, con treinta y pico grados en el exterior y quizá más todavía en el aula, donde seiscientas personas sudorosas y oliendo a tigre esgrimían el bolígrafo y rellenaban folios con desesperación. Y recordemos que, en aquel tiempo, Zapatero (hoy tan criticado por otras razones que no vienen al caso) no había llegado a la presidencia del Gobierno y se podía fumar en las aulas. Y, durante un examen, ya lo creo que se fumaba. Maldición, salía uno de allí más gaseado y quemado que de un campo de exterminio.

El verano se anuncia calentito. Incluso en Bélgica. No tengo claro si superar mi atávica aversión y comprarme un aire acondicionado, antes de que acaben y sea demasiado tarde.

sábado, 27 de junio de 2026

Estética francesa

Hay países que, yo no sé qué pasa, pero salen bien, y Francia debe ser uno de ellos. Fijémonos en la foto que ilustra esta entrada y que tomé hace unos días. Corresponde a un callejón de la ciudad de Estrasburgo, capital alsaciana, perteneciente al Imperio Alemán durante bastante tiempo y que, desde que en 1945 pasó definitivamente (o no...) a manos francesas, ha sufrido un proceso de desgermanización bastante importante. Naturalmente, esta desgermanización ha corrido en paralelo a un afrancesamiento de todo lo que existe, se mueva o no. Es cierto que el asimilamiento a lo francés no es completo. Por ejemplo, la onomástica suena mucho más alemana que francesa, por no hablar del alsaciano, un dialecto del alemán en lamentable retroceso, que subsiste como puede en lugares recónditos, hablado por gentes que se pasan al francés en cuanto necesitan algo más de vocabulario. Porque el alsaciano, como la gran mayoría de lenguas de estar por casa, patina bastante en cuanto la conversación o el discurso requieren un vocabulario más complejo.

El caso es que Estrasburgo es Francia y ojito con cuestionar esto. Al hacer la foto, que corresponde al callejón de Santa Elena, intenté fijarme en lo más devastado del centro de la ciudad. De hecho, llama la atención el solar del primer plano, cuya valla está cubierta de pintadas. Al fondo, una casa cuyas ventanas dan al solar y cuya pared también presenta pintadas aquí y allí. Y más al fondo, a lo lejos, apuntando al cielo con su silueta, se yergue la catedral de Estrasburgo, uno de esos edificios que son difíciles de olvidar una vez que se han visitado.

No sé si en la foto se aprecia, pero, a pesar de estar buscando los lugares menos estéticos del centro, sigue dando una impresión sumamente estética. Estoy seguro de que, si fuera alemana, no la daría. Bueno, si fuera alemana, para empezar, lo que no habría es un solar en pleno centro con pintadas; por lo menos, ésa hubiera sido la Alemania que recuerdo de mis tiempos de estudiante, aunque me cuentan que ha cambiado bastante y que ya no es lo que era. Será cosa de pasarse por allí un mes de éstos.

Y es que es así. Aunque Estrasburgo es la menos francesa de las ciudades francesas, setenta años de asimilación han dado sus frutos. Por ser francés, ya lo tienes que considerar bello. Es verdad que uno va por la calle y se encuentra con que los nuevos dueños de la ciudad han alzado la estatua de Kléber, un asesino revolucionario de lo peorcito que vivió en aquellos tiempos convulsos, y que a dos pasos de la misma están las galerías Lafayette, y que las mujeres alsacianas tratan de parecer francesas, aunque se llamen Kellermann y sus abuelos hubieran militado en el ejército del Káiser. Pero eso parece que no les interesa. Estéticamente, son tan francesas como las parisinas. Y, muy probablemente, estéticamente mejoran bastante a sus abuelas.

No sé. Ahora que demográficamente somos un continente en decadencia imparable, pasarse por el centro de Estrasburgo, atestado de francesitas de lo más mono y de francesitos de lo más suyo, da una impresión de que quizá no estemos tan mal y de que no es para ponerse así de negativos, y que las cosas siguen su camino y, si en el futuro somos menos y nos van a sustituir por africanos, pues qué le vamos a hacer. Y que, si los políticos se pelean, que se peleen. Allá ellos. Nosotros quedémonos en ese mismo callejón a tomar algo en los bares del final del mismo, al lado de francesas y, si no hay más remedio, también de franceses, antes de que, como ahora, se nos haga demasiado tarde.

domingo, 14 de junio de 2026

El Día del Padre

Hoy es el día del padre en Bélgica. Bueno, en casi toda Bélgica.

Yo pensaba que el día del padre sería como en España, el 19 de marzo, día de San José, patrón de los padres y modelo de paciencia y de guardar silencio, algo que los padres, y hombres en general, haríamos muy bien en hacer. Después de todo, Bélgica era un país católico cuando se empezó a hablar del día del padre y otras zarandajas de este tipo. Sin embargo, parece ser que los belgas han tomado el modelo estadounidense no religioso y han escogido el segundo domingo de junio, no sé muy bien por qué. Parece que en Francia es el tercero, así que los padres, a una mala, podemos ir desplazándonos por los países del entorno para ir celebrando nuestro día varias veces.

Es más, ni siquiera necesitamos salir de Bélgica.

Sí, porque los belgas tampoco han conseguido ponerse de acuerdo en eso. Hoy es el día del padre en Bélgica... excepto en la región de Amberes. Allí, el día del padre es el 19 de marzo, igual que en España. Es curioso que sea así, precisamente en la que probablemente sea la región más descristianizada del país (en dura competencia con todas las demás, la verdad sea dicha), pero allí se celebra San José por partida múltiple: como solemnidad religiosa obligatoria, para los católicos que queden por allí, y como día del padre, para todos aquéllos que tengan hijos, ya sean católicos, musulmanes, tirios o troyanos.

En todo caso, antes de que se acabe el día y se haga demasiado tarde, ¡feliz día del padre belga a los lectores de esta bitácora que lo sean!

jueves, 11 de junio de 2026

Cajas destempladas

En una mudanza, la unidad básica de medida de complejidad es la caja. Mi primera mudanza más o menos propiamente dicha fue la que me llevó en 1992 de Alemania a España. De España a Alemania me había llevado una bolsa de deporte y gracias, así que eso no cuenta como mudanza. El retorno, que tuvo mayor complicación, ya fue otra cosa. Mis padres vinieron unos días en coche y yo vivía en una habitación de diez metros cuadrados, en la que, naturalmente, muchas cosas no cabían. Me lo llevé todo, menos un televisor enorme que doné a la residencia en la que vivía y que fue recibido con alborozo por mis ya ex-compañeros. Es que me llevé hasta la bicicleta, pero, lo que es cajas, no llevé ninguna, porque, en realidad, atesté el coche de mi padre de mochilas y de maletas, donde metí todas mis más bien magras pertenencias. Cero cajas, dificultad cero.

Las siguientes mudanzas, de España a Moscú, de Moscú a España y nuevamente de España a Moscú, tampoco fueron demasiado complicadas. En aquel entonces, yo era un tipo austero que se conformaba con poco. También era un tipo que miraba mucho la peseta, porque las pesetas en mi posesión eran bastante escasas, y al que horrorizaba pagar sobrepeso en los aviones, así que las cosas se saldaban con una maleta, una mochila, y a correr. O a volar.

Las mudanzas dentro de Moscú, menos la de 2006 que precedió al nacimiento de esta bitácora, también fueron razonablemente simples, básicamente porque se trataba de mudanzas dentro del mismo edificio, a apartamentos cada vez mayores a medida que iban llegando los churumbeles, pero dentro del mismo edificio y con ayuda local. Fuimos tirando.

Entre 2006 y 2013, algo muy gordo debió pasar. Es verdad que habíamos pasado de ocupar un apartamento a alquilar una casa entera, con la tentación que eso supone a la hora de ampliar las propiedades y los trastos de uno. También es verdad que los churumbeles iban creciendo, y con el crecimiento físico también crecían sus propias pertenencias; también es verdad que teníamos dos niñeras, una de ellas interna. También es verdad que quizá no debí haber comprado esa cinta de correr...

Cuando se produjo la mudanza de 2013, salieron de Moscú doscientas sesenta y cinco cajas. Dos-cien-tas-se-sen-ta-y-cin-co...

Yo ya llevaba unos meses por Bruselas, cuando el resto de la familia se incorporó a Bélgica a finales de agosto de 2013, coincidiendo con el comienzo del alquiler de la casa que ocupamos al principio. Se suponía que todo estaba pensado para que la entrada en la casa coincidiera con la llegada de la mudanza y sus 265 cajas, pero no contábamos con que las aduanas belgas iban a parar la mudanza por Dios sabrá qué, o con que el transportista, más bien torpón, iba a poner como excusa de su competencia mejorable las aduanas belgas. Qué duda cabe de que poner las aduanas como excusa en los transportes que entran o salen de Rusia es un clásico y todos los que hemos vivido por allí lo sabemos, cuando no lo hemos sufrido en primera persona.

En su momento no se reflejó en esta bitácora y, quien no lo crea, que mire el archivo de septiembre de 2013, pero los primeros días de toda la familia en Bruselas fueron complicados. No teníamos prácticamente nada, porque la casa que alquilamos estaba sin amueblar, de modo que sólo contábamos con los escasos enseres que tenía en mi piso del centro de la ciudad. Alquilamos un coche y compramos lo justo e imprescindible en IKEA Bruselas (bueno, hay dos). Aun así, estuvimos una semana acampados en nuestra propia casa, durmiendo en el suelo y comiendo sentados en taburetes. Vamos, que la bienvenida fue dura y no estoy seguro de que toda la tropa se lo tomara bien y de que no echara la culpa al que, después de todo, era el causante de todos aquellos males.

Pero eso no fue nada.

Lo gordo vino cuando llegó la mudanza. Recordemos: 265 cajas, una de ellas una cinta de correr y otra un piano. Las otras 263, francamente, no sabíamos lo que contenían, aunque en ellas estaba escrito el nombre de la estancia de donde venían. De Moscú había llegado absolutamente todo, y todo es todo, hasta el jabón de fregar. Clasificar todo aquello fue un trabajo agónico. Nos dimos cuenta de que las dos niñeras, a las que regularmente dábamos algo de dinero para gastos corrientes, habían creado algo así como una estructura paralela y que muchas cosas, como ese mismo jabón de fregar, lo teníamos doble. Además, en 2013, ya estando yo fuera del país, había habido una especie de vértigo de comprar libros en ruso de todo tipo, por si la cosa se complicaba (y ya lo creo que se ha complicado...).

A veces, aquello parecía como el juego del mentiroso. Había cajas que pasaban directamente al trastero sin abrirse; en otras descubrí elementos de mudanzas anteriores, como muebles de baño del siglo pasado que estaban en el trastero de la casa de Moscú, por si venían mal dadas (en ruso, en expresión maravillosa, eso se dice на чёрный день, literalmente 'para el día negro'). Superados por los acontecimientos, no tiramos nada, sino que seguimos como pudimos guardando cosas, porque, gracias a Dios (o no...), disponíamos de espacio suficiente para todo.

Tras varios días compaginando el trabajo con la apertura de cajas, logramos encontrar lo más básico para sobrevivir, incluyendo los muebles más necesarios, que fuimos montando como mejor pudimos.

Aunque fue la mudanza más pintona, no fue la última. La siguiente sucedió cuando compramos la casa que actualmente habito, pero esa mudanza la dejó para otro momento, porque se hace tarde.

sábado, 6 de junio de 2026

Mudanzas y tribulaciones

Decía San Ignacio que "en época de tribulación, no hacer mudanza". Claro, él escribía en el precioso castellano del siglo XVI, en el que mudanza significaba cualquier cambio, como sustantivo correspondiente del verbo mudar. Los significados más usuales de la palabra mudanza se han reducido en el curso de los últimos cinco siglos; de esta forma, aunque la Real Academia de la Lengua todavía mantiene como primera acepción la que tenía en tiempos de San Ignacio, lo cierto es que en el español actual la acepción más utilizada es, con mucho, la segunda: Traslación que se hace de una casa o de una habitación a otra.

Y no digamos si la casa o la habitación se encuentran en países diferentes. Eso sí que es una mudanza de las que deben evitarse en tiempos de tribulación.

Sin embargo, por mucho que uno esté sin gran tribulación, o eso crea, una mudanza, en el sentido actual, ya es de por sí causa de enormes tribulaciones. Esta bitácora nació poco después de la última mudanza que mi familia emprendió en Moscú, en la que, las cosas como son, mejoró muchísimo de condición. Siete años después, tuvo lugar la gran mudanza, la del cambio de país, y eso sí que fue una tribulación de categoría especial, aunque no lo pareciera, porque en ésta cambió absolutamente todo: trabajo, vecindario, colegios, amigos... no quedó nada, y nada es nada, del ambiente anterior. Luego, cuando compramos la casa en Uccle, tuvo lugar una nueva mudanza, en la que hubo poco más que un cambio de barrio. Hay trastos que nos han seguido desde la época previa a la primera mudanza, sin que nadie hasta hoy hubiera osado insinuar que era hora de hacer limpieza y de eliminar lastre. La verdad es que lo de eliminar lastre, y así y todo con cuentagotas, sólo lo he venido haciendo con mucho cuidado y desde que vivo solo y tomo las decisiones por unanimidad y sin ningún bloqueo institucional.

Y es que no sólo se trata de no hacer mudanza en tiempo de tribulación, sino que las mudanzas pueden traer consigo bastantes tribulaciones de por sí, sobre todo si la mudanza es a peor. Y la mudanza a Bruselas, en algunos aspectos, sí que fue a peor. Bélgica no resultó ser el más o menos paraíso en la tierra que alguno se imaginaba, sino un país con un nivel de servicio inferior al ruso y con unos colegios que hacían echar de menos la severidad y el nivel de la educación pública moscovita. Es verdad que la educación pública moscovita tenía sus cosas (muchas cosas), pero cumplía perfectamente, y hasta con nota, con su función básica.

Otras cosas no. En otras cosas, Bruselas le da sopas con ondas a Moscú. Para empezar, en el tiempo atmosférico. En Bruselas llueve mucho, hace frío y el cielo está nublado con frecuencia, pero todo eso son fruslerías comparado con los siete meses de invierno que uno se puede chupar en Moscú. Poca broma con eso. Creo que soy uno de los pocos españoles que no se queja del tiempo que hace en Bruselas, porque yo no he llegado aquí precisamente desde Málaga.

Y luego están los asuntos administrativos. En Rusia, uno es extranjero y siempre lo será y se nota mucho. En Bélgica, un español es extranjero y siempre lo será, de acuerdo, pero se nota mucho menos. Bélgica es un país atiborrado de extranjeros, hasta el punto de que la mitad de los belgas son extranjeros en la otra mitad del país, y no digamos los que venimos de más lejos. El resultado es que ser extranjero es normalísimo y no pasa nada por serlo. Si, en Rusia, no hablas ruso de manera impecable (y eso que presumo de tener un ruso muy bueno, aunque el acento no me lo quita nadie a estas alturas), serás un guiri mientras vivas, así puedas pronunciar un discurso sobre jurisprudencia o sobre historia local mejor que los locales; en Bélgica, si no hablas francés a la perfección, no pasa nada, porque la mayoría de los belgas tampoco lo hace. Y, si no hablas flamenco, pero al menos lo intentas, poco menos que te abrazan. Así da gusto.

Pero lo malo que tienen las mudanzas es que quienes pasamos por ellas tendemos a lamentarnos por lo que hemos perdido, y no a regocijarnos por lo que hemos ganado. Así, la adaptación no es sencilla y, en el caso de mi familia, ha tenido un resultado bastante variado y no siempre positivo.

Desde el punto de vista de la redacción de entradas, indudablemente hemos perdido mucho con el cambio de país. Antes, en Rusia, había numerosas tribulaciones, que es de donde salen las entradas chulas, pero eran poca cosa, o yo tenía entonces mucho ánimo para afrontarlas y escribir sobre ellas. Eran tribulaciones que me parecían graciosas y sobre las que valía la pena escribir, porque ya os habréis dado cuenta de que uno llega a estas pantallas para, por lo menos, sonreír. También es cierto que, como quien no quiere la cosa, han pasado cerca de catorce años desde entonces y eso se nota.

Las tribulaciones de ahora, las que me están sucediendo en Bélgica, la verdad es que no tienen gracia o yo no se la veo, así que no escribo sobre ellas, al menos hasta que no tome cierta distancia y sea capaz de reírme de ellas. Espero que ello suceda antes de que, como está pasando ahora, se haga demasiado tarde.

domingo, 31 de mayo de 2026

Capillas aeroportuarias

Para terminar este mes del vigésimo aniversario de esta bitácora, creo que habría que referirse a las series, o etiquetas, más habituales de las mismas. Dejo aparte todas las referidas a la Historia, que los lectores ya habrán advertido que me apasiona, y paso a dos que son especialmente características de este espacio. Una de ellas es "aviones y aeropuertos", cosa lógica. Muy a mi pesar, porque yo soy de naturaleza sedentaria y poco propicio a los viajes largos, la vida me ha llevado de aquí para allá con más frecuencia de la que me hubiera gustado, así que me ha tocado visitar muchos aeropuertos y otras edificaciones que se llaman así, pero que más bien son terminales de transporte de ganado, como el aeropuerto de Charleroi. En estos sitios pasan cosas bastante rutinarias, de acuerdo, aunque a veces también hay acontecimientos reseñables, cosa que esta bitácora ha señalado con puntualidad.

Otra de las series habituales de esta bitácora es "religión". A estas alturas no debe ser ningún misterio para lector alguno que el autor de estas líneas es católico (todo lo bueno que puede y con un gran margen de mejora, pero católico al fin) y que esta bitácora se ha escrito es lugares bastante hostiles al catolicismo. En realidad, hoy hay muchísimos lugares hostiles al catolicismo, incluso en lugares que otrora eran la quintaesencia de la fe, así que eso no es tan extraño. Eso sí, como lugar hostil al catolicismo, probablemente Rusia sea uno de los líderes mundiales. La historia reciente nos dice que Rusia, en su versión soviética, ha sido un régimen directamente beligerante contra la religión en general y el cristianismo en particular; si nos vamos más atrás, o al momento actual, el cristianismo ortodoxo más anticatólico está en el machito y las llamadas al ecumenismo o, al menos, a llevarnos bien, son como un eco que se extingue.

Y luego viene Bélgica, tú. Quién ha visto Bélgica, y quién la ve. De enviar misioneros a evangelizar media África a quedarse sin sacerdotes autóctonos... y tener que recibirlos de esa misma África, y eso por no hablar del episcopado local, encabezado de hecho por ese obispo de Amberes que tantos sudores produce a los que nos hace tilín lo tradicional.

Para fusionar ambos asuntos tratados en esta bitácora, nada menos que dirigirnos al aeropuerto de Bruselas, pero el de verdad, no la cuadra infecta que se hace llamar "Bruselas-Sur". El aeropuerto de Bruselas ha sido tomado por los flamencos, cosa razonable, porque, técnicamente, está en Flandes, concretamente en Zaventem. En medio del trasiego constante, es fácil pasar por alto que, algo más allá de las tiendas de chocolate y de comida para llevar a los vuelos, hay una serie de espacios religiosos, a los que se accede dejando a un lado las salas de espera de los viajeros pudientes.

Como Bélgica, lo que es de católica, ya no tiene mucho, las autoridades responsables han sido muy multiculturales y se han puesto a conceder capillas a troche y moche. Yo, como soy así, tiendo a llegar a los aeropuertos en general, y a éste en particular, con tiempo más que de sobra, así que soy huésped habitual del espacio religioso dedicado a los católicos.

Ahí lo tenemos. Es una capillita muy aseada, bien mantenida, con biblias en varios idiomas, entre los que no está el español, y un libro de visitas que es una buena idea, porque los que pasamos por aquí podemos, no ya escribir lo que pensamos, sino también leer lo que escriben otros, que suele ser muy enjundioso. Eso sí, hay que conocer lenguas distintas al inglés. Yo no sé vosotros, pero a mí rezar en otra lengua que no sea la mía me resulta muy difícil, y ése parece ser el caso de la mayoría, así que las inscripciones están en una multitud de idiomas que ríete tú de la confusión posterior a la Torre de Babel.

También los ortodoxos tienen su espacio, en la capilla de al lado. Lo tenemos aquí ¿A que es bonito? Y es que los ortodoxos, en cuando a belleza de sus espacios, están muy bien situados y yo incluso diría que nos han tomado la delantera a los católicos, que por desgracia llevamos unos decenios alumbrando edificios francamente feos.

Pero no tan feos como los de los protestantes, que se llevan La Palma. La capilla de los protestantes en el aeropuerto es tan aburrida que pasé de largo en seguida, y la de los musulmanes también preferí no fotografiarla, que luego todo son líos y es mejor no bromear según con quién. Pero, ¿no habría que dedicar un espacio a la religión mayoritaria en Bélgica?

¡Ahí la tenemos! Para los que pasan ampliamente de Dios, que me temo que hoy por hoy son mayoría en Bélgica, también había que prever un espacio, y qué menos que una ‘capilla humanista’.

Aquí sí que abrí la puerta para ver qué aspecto tendría tal cosa. Lo que me encontré dentro fue un biombo en medio del espacio y ante el mismo, sentada en el suelo y cargando su teléfono en un enchufe mientras miraba atentamente la pantalla, una joven de unos veinte años que me miró con cierta sorpresa, quizá tomándome por un humanista, un responsable del espacio de meditación o a saber qué bicho masónico, que venía a turbar la carga de su teléfono.

Cerré la puerta pudorosamente y dejé a la joven con su teléfono, su pantalla y su enchufe. Quién sabe si sería ella la humanista responsable del espacio, aunque sospecho que más bien era una pasajera con el móvil casi sin batería que buscaba un enchufe donde no fuera molestada.

En todo caso, se me hacía tarde para tomar mi vuelo, así que salí hacia la zona de embarque, con la intención de continuar mi viaje, que, en esta ocasión, no me llevaba a Valencia, sino a Sevilla. Pero ésa es otra historia. Ésta continuará, porque me queda pendiente examinar con detalle el famoso espacio humanista la próxima vez que aparezca por el aeropuerto.

sábado, 16 de mayo de 2026

Escribiendo entradas

Para escribir una entrada en Rusía, la mayoría de las veces no era necesario más que abrir los ojos, con lo cual ya salía un tema que me parecía interesante. Que luego interesara a los lectores es otra cuestión, pero era más importante que me interesara a mí, porque, sin este requisito, lo más probable es que la entrada fuese una porquería. Rusia era un país donde las proporciones se habían desquiciado hasta el punto de que la realidad, para un español con ojos de español, parecía deforme y, en todo caso, era desmesurada. Los colegios y su supervivencia; la omnipresencia de la cultura a unos precios irrisorios; la desproporción entre el culto a la mujer en los alrededores del 8 de marzo y la realidad; o entre los fastos del 9 de mayo y el culto a los veteranos, ante unas fuerzas armadas que andaban lejos del prestigio pasado y que no estoy seguro de que hayan recuperado durante esta guerra que iba a durar cuatro días y ya supera los cuatro años; unos políticos totalmente serviles, aunque se dijeran de oposición... todo parecía reflejado por un espejo curvo. No hacía falta más que observar, escuchar a veces, tomar nota y tratar de reflejarlo en un relato más o menos hilado.

No es extraño que entonces me diera para escribir tres entradas por semana y ahora sólo con pena y trabajo me dé para publicar esa misma cifra, pero en un mes. En Rusia, las entradas salían por generación espontánea. Alguna vez las escribí en diez minutos y, así y todo, no quedaban mal.

Y luego están los veranos 'históricos', en los que aparecía alguna serie de algo más de enjundia. Ya vimos alguna la semana pasada, pero hubo bastantes más. No hacía falta más que abrir los ojos, descubrir algo insólito, cosa que sucedía a cada paso, tratar de vencer el hábito de lo insólito y de recordar el punto de vista de un extranjero poco avezado, y comenzar a escribir. Como del hilo sale el ovillo, bastantes veces a una entrada seguía otra relacionada.

No es preciso más que darse una vuelta por el archivo de la bitácora para darse cuenta de que, en Bélgica, las cosas han cambiado y la frecuencia de las entradas no es la que era. Administrativamente, no hay color. Mientras que Moscú es un lugar difícil para los extranjeros, que nunca (y nunca es nunca) podrán aspirar a ser tratados de igual a igual por un indígena, porque siempre quedará algo, y además la residencia en Rusia está sujeta a todo tipo de trabas administrativas, Bruselas, para un español, es Jauja. La Unión Europea tendrá sus cosas, vale, pero también tiene sus ventajas y una de ellas es que prácticamente no eres extranjero en este país. Puedes comprar un inmueble tranquilamente. En Moscú también, pero mucho menos tranquilamente, y los compañeros míos que lo hicieron, si ahora lo vendieran, no podrían sacar legalmente de Rusia el producto de la venta, porque, después del comienzo de la guerra, las cosas se han complicado mucho y la legislación cambiaria rusa, que nunca es que fuera sencilla, se ha convertido en una pesadilla en la que los agujeros hay que encontrarlos con sangre, sudor y lágrimas.

En Bélgica, también hay cosas curiosas, ciertamente, pero menos que en Rusia. No olvidemos que en Bruselas hay españoles a porrillo y que Ryanair (que ha hecho mucho daño) trae diariamente a miríadas de turistas españoles que visitan el país de cabo a rabo, cosa que en Rusia era y es impensable, porque Ryanair, si se queja de AENA y de sus tasas aeroportuarias, no te digo lo que iba a sufrir si se quisiera acercar a Rusia y tenérselas tiesas con Aeroflot. El caso es que Bélgica no tiene nada de desconocido para un español corriente, lo cual lleva a tener que abrir los ojos aún más para descubrir cosas interesantes. Que las hay, pero resaltan menos.

Iba a seguir escribiendo sobre el momento clave de esta bitácora y de quien la escribe, que es el cambio de país y de cómo se ve el mundo y el pasado tras doce años y pico de estancia en Bruselas, pero mejor lo dejo para la próxima entrada, porque se me está haciendo tarde y he quedado a comer.

lunes, 11 de mayo de 2026

Hace veinte años

Cuando releo las primeras entradas de la bitácora, una de las cosas que me sorprende es la cantidad de comentarios que aparecen en muchas de ellas, incluso cuando no la conocía casi nadie. Yo no hice jamás la menor promoción de la bitácora. Normalmente, la gente aparecía por la bitácora porque eran amigos, porque yo había dejado algún comentario en las suyas (cosa que pasaba poco, eso sí) o vaya usted a saber por qué. La gran mayoría de los comentaristas de esta bitácora siempre han sido personas educadas y respetuosas y han aportado juicios y opiniones de gran valor. Lamentablemente, ha habido excepciones, casi desde el principio, en que hubo comentaristas con la comprensión lectora algo atrofiada que se ofendieron y pensaron que me estaba metiendo con su página y azuzaron a sus lectores a morder. Su página, a la que por cosas como ésa siempre me negué a mencionar en la columna de la derecha, sigue en línea, pero lleva años sin ser actualizada, más o menos desde poco después del comienzo de la Operación Bélica Especial o como se quiera llamar esa guerra. Y es que las bitácoras y los foros, como ya ha quedado dicho más de una vez, hace tiempo que sólo sobreviven a duras penas y, en el caso que nos ocupa, se agradece el esfuerzo del administrador por no dejar caer la página y seguir pagando el dominio, pero supongo que se estaba encontrando muy desasistido.

Por lo demás, eran tiempos felices, o eso me lo parece desde la distancia. Me divertía mucho con mi familia, cosa que, fuerza es reconocerlo, ha empeorado veinte años después. Mis hijos siguen siendo razonablemente divertidos y me lo paso muy bien con ellos, pero no hay color, comparando con cómo eran con cinco años. Bueno, quizá el que he escogido no ha sido el mejor ejemplo, porque, cuando se pone, mi hija mayor sigue siendo muy ocurrente e infantil, pero no estoy seguro de que a su edad sea ésa una evolución positiva.

Moscú era una ciudad muy interesante, en la que yo no paraba de descubrir cosas. Supongo que lo sigue siendo, pero, claro, hace doce años que no paso por allí y es poco probable que vuelva en un futuro próximo, mientras no haya vuelos directos y las cosas sigan tan complicadas como ahora mismo. Es una lástima, porque, para un economista, el hecho de encontrarse en una economía de guerra es un caso interesantísimo desde el punto de vista académico, además de que estoy seguro de que habría situaciones tan desmesuradas como las que ha habido por allí desde siempre.

Además, el hecho de escribir las entradas en la bitácora y de andar siempre ojo avizor para apuntar temas posibles me ayudo enormemente a la hora de aprender. Una cosa lleva a la otra y, cuando se quiere escribir una entrada, en muchas ocasiones tocaba ordenar los pensamientos de uno, cosa siempre útil, y en otras ocasiones correspondía, simplemente, investigar asuntos que ignoraba, cosa que, también, tiene una utilidad indudable. Todavía hoy, cuando converso con algún ruso, me miran un poco raro, como preguntándose cómo narices sé tantas cosas de la cultura rusa.

La verdad es que hay muchas cosas que echo de menos de aquellos tiempos. Llegado a la edad actual y a una situación más estable, la incertidumbre es menor y, aunque conservo ciertas ganas de liarla, no tiene nada que ver con las que tenía entonces. Me sigo apuntando a un bombardeo, no todos los cuales son confesables en una bitácora que se sigue preciando de respetar escrupulosamente el anonimato de quienes participan en ella, pero los bombardeos de Rusia, en sentido figurado, eran más divertidos. Por desgracia, en sentido estricto Rusia sabe mucho de bombardeos y últimamente lo está demostrando con creces. Pero eso es otra guerra. Literalmente.

La bitácora fue creciendo en visitas, para mi sorpresa, porque el objetivo de la misma nunca fue realmente tenerla, sino dar cauce a mis inquietudes redaccionales y, si acaso, levantar la mano y dar un acceso a mi vida a algunos conocidos que se comunicaban por este medio. También para mi sorpresa, salieron algunas entradas realmente chulas y algunas series de divulgación histórica (como ésta, pero hay más) que me tuvieron ocupado algún verano y en las que aprendí mucho).

Seguiré escribiendo este mes, si no hay temas más acuciantes, sobre lo que ha sido para mí mantener esta bitácora y sobre qué sucedía en aquellos primeros tiempos, pero para eso tendré que explicar un poco cómo era el modo de vida de una bitácora que sacaba, a lo largo de sus seis primeros años, tres entradas semanales con disciplina prácticamente prusiana. Pero eso será más adelante, porque hoy se hace tarde.