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lunes, 10 de diciembre de 2007

Echando valones fuera

Y con esta entrada voy a terminar esta serie belga, antes de volver a Rusia. Después de todo más vale escribir ahora, porque se trata de un país que podría no subsistir por mucho tiempo, tal como de están de enfadados flamencos con valones, y supongo que valones con flamencos, y donde la única cosa común es la Monarquía. Porque, lo que es Gobierno central, llevan la tira de tiempo sin él, y no pasa nada. Y eso a pesar de que el lema del país es "La unión hace la fuerza".

Después de que España dominara los entonces llamados "Países Bajos Españoles" durante cerca de doscientos años, me quedaba la duda de qué actitud mantendrían para con nosotros, igual que pasa en América del Sur, en que no falta quien nos acuse de todos los males que tienen. Pues bien, aquí, por lo menos, no nos acusan de sus males actuales (que ya los quisieran otros), pero sí que a veces parecen algo enfurruñados por los pasados.

Foto 1 (la de arriba): estatua de los condes de Egmont y Hoorn.

La foto es un ejemplo de enfado, procedente de cuando los condes de Egmont y Hoorn fueron ajusticiados en Bruselas por el Duque de Alba (ya dije que debía estar enfadado por el tiempo que hacía y esas cosas...) en junio de 1568, dice la estatua que "por una sentencia inicua". Los condes ésos, que son los mendas de la foto, eran un par de flamencos de buena familia que tuvieron sus más y sus menos con Felipe II sobre un quítame allá esa Inquisición, pero el Rey nunca estuvo para bromas y lo de gobernar sobre herejes, pijos o no, como que no iba con él. Al final, ochenta años después, la cosa salió mal, pero, si no hubiera sido por el proceso intermedio, Velázquez no hubiera podido pintar "La rendición de Breda", así que algo sí que sacamos del lío.

Foto 2: Don Quijote, Sancho, Rocinante y el Rucio en la plaza de España de Bruselas

En Bruselas existe una plaza de España, con estatua ecuestre de Don Quijote y Sancho. No es muy conocido que una de las primeras ediciones del Quijote, en español, fue la de Bruselas, tan temprano como en 1607, así que no es de sospechar que los bruseleses estén orgullosos de haber sido de los primeros en dar a la imprenta ese pedazo de novela. Supongo que la habrán leído tan poco como los españoles, y desde luego menos que los rusos, pero, lo que es imprimirla, ya lo creo que lo han hecho.

Foto 3: Spanjeplein

Y éste es uno de los letreros que señalan la plaza de España. Los demás son normales, pero éste no. Hombre, a mí la verdad es que me gusta más Gastón Elgaffe, de entre los personajes de Franquin, pero el Marsupilami no estaba tampoco mal.

Aún así... ¿cómo lo diría yo? Ya sé que Bélgica se enorgullece de sus dibujantes de tebeos, pero me pregunto si no se estarán choteando de nosotros.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Poniéndose flamenco

Lovaina, en un día feo, más lluvioso que húmedo y desagradable como él solo. Salgo de la estación de tren y me pongo a caminar bajo el impermeable por la ciudad, en busca de la oficina de turismo. El tiempo es tan malo que, y más en las fechas que estamos, me acuerdo del milagro de Empel. Se ve que el clima tampoco ha cambiado tanto en los últimos cuatrocientos y pico años. Ya bastante calado, consigo encontrar la oficina de turismo y entro en ella con decisión. Hay una mujer hablando por teléfono y una joven trajinando en su ordenador, con lo que me dirijo a ella:

- Bonjour, je voudrais acheter un plan de la ville avec quelques renseignements généraux sur les lieux d'interêt.

La joven me mira, sonríe y gira la cabeza de un lado a otro. La otra sigue hablando por teléfono.

"Bueno, igual sale en alemán, que es idioma oficial en una parte de Bélgica."

- Guten Morgen, ich wollte einen Stadtplan von Löwen kaufen, und zwar mit einigen Hinweisen über Sehenswürdigkeiten und so weiter...

La joven me mira, sonríe y gira la cabeza de un lado a otro. La otra sigue hablando por teléfono.

- Good morning, I would like to buy a plan of the city with some hints about monuments and so on.

La joven me mira, sonríe y gira la cabeza de un lado a otro. La otra sigue hablando por teléfono.

- A ver, lo que yo quería era un plano, un plano de la ciudad, a ver qué c*** hay que ver aquí.

La joven me sigue mirando fijamente. Al final, me obligó a desenterrar lo que aprendí en las poquísimas clases de holandés que se me ocurrió recibir. Lo malo es que estaba muy bien enterrado.

- Alstublieft, ik wil een stadplan hebben - alcancé a balbucir. Aún no sé ni si era correcto.

Al final conseguí el mapa, e incluso lo conseguí en castellano, y pasé un día mojado, pero excelente (la ciudad es preciosa). Eso sí, tiene narices que en una oficina de turismo de la ciudad universitaria por excelencia de Bélgica tengas que expresarte en flamenco para sacar algo en claro. Luego se quejan del Duque de Alba, pero, entre el tiempo que hace y cosas como ésta, ya lo voy comprendiendo mejor: el Duque estaba hasta las narices.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

El supermercado

Fue salir de la iglesia en dirección al Grote Markt, y allí estaba:

- ¡Mira! ¡Mira lo que hay allí!

Era una tienda rusa en pleno corazón de Bruselas. Iván da María, en cirílico, sin cortarse un pelo.

- ¡Vamos a entrar!
- Oye, que aún no tengo nostalgia, que yo anteayer estaba allí.
- No, vamos.

Y fuimos.

- Oye, que aquí hay de todo. Pero de todo de todo.
- Voy a enviar un mensaje a B***, que seguro que le gustará saber que tiene aquí esta tienda, para cuando le entren ganas de comprar algo ruso.

Mientras Alfina trasteaba con el teléfono, yo me di una vuelta por la tienda. Efectivamente había de todo: pryaniki, pelmenis congelados, ryazhenka, cerveza rusa (¡en Bélgica!), tarjún, gazirovka de marcas rusas, una videoteca notable y una pequeña biblioteca al fondo. Había pan borodinsky, embutido doktorsky, toneladas de eneldo... había todo tipo de bombones rusos. Sí, en Bélgica se podía encontrar chocolate que no fuera belga. De hecho, el surtido era mucho más variado que en la mayoría de tiendas de alimentación de Moscú.

- Oye, ¡si hay hasta pelmenis congelados! ¡Qué fuerte! ¡Si tiene muchas más cosas que el produkty del barrio!

La mayor diferencia con una tienda rusa de las que hay en Moscú es que ésta estaría atestada hasta la exageración y, en cambio, en la tienda rusa bruselense no había clientes. Sólo la pareja de dependientes, cuyos nombres, posiblemente, podrían ser Iván y María, y dos ancianos, hombre y mujer, sentados en unos sillones junto a la biblioteca y conversando sin prisa.

- ¡Pero si hasta hay babushkas!

Y más que había. Aquello funcionaba como tablón de anuncios de la comunidad rusófona local. En una columna cercana a la puerta, entre los bombones y el tarjún, había multitud de hojitas de papel anunciando clases de ruso, abogados belgas con ruso, clases de piano y de ballet, peticiones de empleo para, al parecer, rusos en busca de trabajo y todo tipo de traducciones, juradas o no, del ruso al francés, alemán o flamenco, o viceversa.

- Es mucho más grande que la tienda que vimos en Valencia.

Alfina ya se dirigió directamente al dependiente, que hasta entonces había estado mirándonos entre sorprendido y curioso.

- ¿Qué dirección es ésta? (Какой адрес у вашего магазина?)

Iván no se esperaba ser interpelado en ruso.

- Rue de l'Empereur, 27, но лучше и легше написать по-флямандски (pero es más fácil en flamenco), Keizerslaan.
- Не волнуетесь, мы просто рекомендуем ваш магазин (No se preocupe, sólo estamos recomendando su tienda).

De vez en cuando se oía ruso en Bruselas, una ciudad donde confluyen todas las lenguas, pero desde luego mucho menos de lo que sonaba el castellano. Algunas cosas, como que una tienda en Bruselas importe cerveza y chocolate ruso, y que posiblemente los venda y todo a un precio parecido al del producto belga (que, casi no debería escribirlo, es de bastante mejor calidad), pueden parecer sorprendentes, pero está visto que la morriña hace milagros.

De hecho, entonces sonó un zumbido procedente del teléfono de Alfina.

- Un mensaje. Ah, es B***, que ya le ha llegado el mío.
- ¿Y qué dice?
- Good tip! Thank you! Have a nice trip. B***

Creo que Iván ha ganado un cliente.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Gazapos brabanzones

Bruselas está muy bien, sí, además de encontrarse llenita de españoles. Yo diría que hay más que en el siglo XVII y que, si pusiéramos un banderín de enganche, llegábamos a hacer un tercio con seguridad. Pero, por muy ordenada que esté la ciudad, si se busca bien y se es lo bastante puntilloso, se le pueden encontrar errorcillos. Veamos algunos. El que quiera ver la foto más grande, que pinche sobre ella.

Foto 1: Godofredo de Bouillon

El primer gazapo lo encontramos en la Koningsplein, Place Royale o Plaza Real, en cuyo centro se alza una estatua ecuestre de Godofredo de Bouillon, "primer Rey de Jerusalén", según reza la inscripción. Pues nada de eso. Es cierto que, tras la toma de Jerusalén en 1099, durante la primera cruzada, al tal Godofredo le ofrecieron el título de rey, pero el chico era lo suficientemente modesto para no aceptar el título real de la ciudad donde murió Jesucristo y adoptó en su lugar el de Guardían del Santo Sepulcro.

El primer Rey de Jerusalén fue su hermano Balduino I, que le sucedió al año siguiente, tras su muerte, y que era, por lo que se ve, mucho menos modesto que Godofredo. De momento, un cerapio al que encargó la estatua. La LOGSE belga también hizo estragos, por lo visto.


Foto 2: La Virgen de la Soledad, Iglesia de Nuestra Señora de la Capilla (Notre-Dame de la Chapelle)

Aquí el gazapo es un anacronismo. Según el letrero situado a la derecha de la escultura, la imagen de la Virgen de la Soledad fue llevada a Flandes por los tercios del Duque de Alba y quedó allí cuando los tercios fueron disueltos (lo que ocurrió en 1704, con la reforma militar de Felipe V) y cuando "se puso para España el sol en Flandes" (y eso pasó poco después, en 1714, con los tratados de Utrecht-Rastadt).

A los tercios no les hubiera gustado nada ver la bandera rojigualda que han puesto para señalarlos, y que ellos no pudieron conocer, porque no fue inventada hasta el reinado de Carlos III (1759-1788). Cada tercio tenía bandera propia, y la más representativa era, precisamente, una bandera que provenía del lugar en que estaban luchando, cual era la cruz aspada de Borgoña. La rojigualda no apareció nunca por Flandes.


Foto 3: Vidriera de la catedral de Bruselas.

Esto no es propiamente un gazapo. La inscripción de la soberbia vidriera, regalo de bodas de Carlos I a su esposa Isabel, que están representados en la misma, reza así:

Carolus V Romanorum Imperator
Semper augustus
Hispaniarum et Indiarum Rex,
Asiae et Africae dominator
Belgii Princeps clementissimus
et Isabella eius uxor P.C.

que se traduce como

Carlos V, Emperador de Romanos,
siempre augusto,
Rey de las Españas y de las Indias,
dominador de Asia y África,
príncipe clementísimo de Bélgica,
y su esposa Isabel P.C.

Tú imagínate que estás escribiendo esa preciosidad de vidriera con esa virguería de letra y te das cuenta de que no te cabe todo lo que tienes que escribir. "Leches, leches, que no me cabe... ¿ahora qué hago? Voy a meter sólo las iniciales de las últimas palabras, a ver si cuela." Y cuela.

Supongo que los contemporáneos tendrían claro el significado de las siglas. Yo estoy casi seguro de lo que quieren decir. Lo que tengo claro es que la emperatriz Isabel no usaba ordenadores personales ni pertenecía al Partido Comunista.

viernes, 30 de noviembre de 2007

Si hoy es viernes, esto es Bélgica

En espera, pues, de que las elecciones sean el domingo, y aprovechando los puntos de Aeroflot, heme aquí de nuevo en un avión camino del extranjero huyendo de la rusificación que se manifestaba el otro día.

Al final, lo del billete gratuito salió bien. Digo al final, porque conseguirlo fue una tortura, más para Alfina que para mí, a causa de la ineptitud de los que se equivocaban constantemente al escribir mi apellido, con lo que ha habido que hacer encaje de bolillos para que todo coincidiera. Von Buchweizen, leches, no es tan difícil.

El caso es que aquí estoy y, como he volado más que un caramelo a la puerta de un colegio, tenía puntos para viajar en primera y hasta me han sobrado. Salí de casa, tomé en metro y luego me puse en la cola de la marshrutka al aeropuerto. A la media hora de esperarla en vano (el atasco era de espanto) a cuatro bajo cero y con un viento que quitaba las ganas de sacar las manos de los bolsillos, nos juntamos cuatro de la cola y tomamos un taxi entre los cuatro. Fue bastante malo, pero pudo ser peor.

La verdad es que debo ser de los pocos pasajeros de primera que va al aeropuerto en metro y autobús y con una mochila a la espalda, y debe notárseme en la cara, porque, cuando llegue al mostrador de facturación, me puse en la cola de primera, donde no había nadie, y una indignada dievushka me gritó desde la cola de turista:

- Joven, ¿dónde va? ¡La cola es aquí!
- La de primera no, ¿pasa algo? Si a usted no le importa, pasaré yo.

La azafata, al verme, tampoco lo tenía claro.

- ¿Tiene usted billete de primera?
- Lo va a comprobar ahora mismo.

Pasé y, antes de irme al control de pasaporte, me volví a mirar a la dievushka abriendo los ojos y poniendo una sonrisa con retintín. Sí, ya sé que está feo y que algún día me partirán la cara.

En la sala VIP del aeropuerto ya se creyeron a la primera que tenía billete de idem. Se ve que, a medida que pasaba el tiempo y me adentraba en el aeropuerto, se me iba poniendo cara de ricachón. Me puse morado de pastelitos y zumitos. El lunes comienzo la preparación de la media maratón de enero, palabra.

Y en el avión estoy, agasajado por el personal de a bordo. Me he puesto como el quico en la cena y tengo un sillón en el que cabría todo el barrio.

De lo que no me he librado ha sido de la confiscación de la crema de afeitar en los controles de seguridad. Hala, otra vez a estar varios días sin afeitarme.

Bueno, ya vamos a aterrizar. Dejo aquí la entrada y otro día contaré el día que fui en primera con un ruso que nunca había pasado de turista. Tuvo su miga, pero ahora tengo que apagar el trasto.

sábado, 14 de abril de 2007

Campanas

Nuestra estancia en Alemania se iba acercando a su fin, y tocaba despedirse de Herbert y esposa, que tan amablemente nos habían acogido durante la Semana Santa. Se echarán de menos las comidas sanas, la tranquilidad del lugar, las obras pictóricas contempladas, la radicalidad ecológica a ultranza y tantas otras cosas. Y es que, ¿acaso hay algo en Alemania que nos disguste?

- Sí - diría la esposa de Herbert, a quien no ponemos nombre, tanto por la política de anonimato del blog, como porque es tirando a tímida y sospecho que no le acabaría de gustar ser protagonista de algo.
- ¿Y qué es?
- Las campanas. Ahora ya he aprendido que el Viernes Santo y el Sábado de Gloria no hay misa, y por eso nos han dejado en paz, pero los demás días, a las siete de la mañana, están dale que que te pego los del Vinzenzkollegium. A las siete. Y no nos dejan dormir.
- Mmmm... sí que tiene pinta de molesto, sí.

Aunque, para un valenciano, es incluso timbre de honor que le despierten con las campanadas de la iglesia de lo que, traducido del alemán, viene a ser la congregación de San Vicente, puedo entender que el timbre de honor no acaba de compensar las horas de sueño.

Sin embargo, podía ser peor, claro que sí. Y, para el que crea que no, he aquí cómo se saluda el día en el kremlin de Rostov, lo que nos servirá de transición para salir de Alemania y volver a Rusia.



Así que más vale que nos guardemos de criticar a los salesianos que tañen la campana en el Vinzenzkollegium, que no son sino unos angelitos tímidamente susurrantes, al lado de los monjes de Rostov. Ésos sí que dan la campanada.

jueves, 12 de abril de 2007

Ruinas

- Ahora vamos a ver las ruinas.
- Ah, pero, ¿hay ruinas en Alemania?

Las hay. Y no es un paisaje industrial devastado, como el que se puede encontrar en algunos lugares de Rusia, sino un edificio religioso que debió ser hermoso, y que, incluso en su estado ruinoso, no muy lejos del centro de la ciudad, sigue siéndolo.

- ¡Hala! ¡Qué pedazo de edificio! ¿Lo están reparando?
- Pues lo estaban reparando, pero se les debió acabar el dinero.

Nos acercamos a la verja. Efectivamente, había un letrero que anunciaba a la empresa que estaba llevando a cabo la reparación, pero allí no había apenas materiales de construcción. Todo parecía parado.

- ¿Y qué son estas ruinas?
- Mmmm... pues no sé.

Vaya, ya había puesto en un aprieto a nuestros anfitriones. Pero Herbert no se dejaba apretar tan fácilmente.

- Vamos a buscar un cartel. Creo que había uno por allí.
- Vamos a darle la vuelta a la ruina, a ver si encontramos lo que es.

Le dimos la vuelta, mientras buscábamos el posible cartel, que, por desgracia, se quedó en posible.

- Pues nos quedaremos sin saber lo que es.
- En todo caso, si está roto, no es culpa de los rusos. A mí no me miréis. Está demasiado cuidado, incluso en ruinas, para que hayan sido los rusos.

Por cierto, más tarde, escudriñando por ahí, he averiguado que es el antiguo convento de las Agustinas y que se menciona por primera vez en 1207, que no está mal como antigüedad. Lo que no he podido saber es cómo se vino abajo el techo, pero seguro que eso se debe a que el comportamiento antisocial y antiecológico del causante del derribo causó hasta tal punto la indignación del pueblo westfaliano que han preferido borrar este incalificable suceso de sus anales. Qué vergüenza.

martes, 10 de abril de 2007

Tres bicicletas

- ¿Y esto es el ghetto de los rusos?
- Sí, hay gente que dice que no viviría aquí, pero a mí me parece un barrio tranquilo de las afueras.

Era más que eso, pero no era exactamente lo de la foto, que es una iglesia cercana. Era un conjunto de casitas estupendas con jardín y un parque cerca. Uno de nuestros anfitriones, al que llamaremos Herbert (a todos los más o menos alemanes que aparecen en esta bitácora les hemos llamado Herbert, y no es cosa de variar) nos guiaba a Alfina y al autor de estas líneas, todos en bicicleta, por los arrabales de su ciudad, no sé bien si ciudad pequeña o pueblo grande, en plena Westfalia.

- ¡Pero si esto es estupendo!
- Sí, eso digo yo.
- No, no, es que los rusos que viven aquí no han estado en un sitio mejor en Rusia en toda su vida. No hay sitios mejores que éste. Lo único comparable en Moscú son los "compounds" donde viven los extranjeros más ricos y cuyo alquiler va por las nubes.
- Y los demás los miramos con envidia.
- No sé... Pokrovsky, Setún... y yo creo que esto es mejor todavía.
- ¿Sí?

Rusos, lo que es rusos, no eran todos los habitantes del barrio, pero sí que había más de uno y más de dos. Antes de llegar al parque donde acabó el paseo vimos una abuelilla arrugada con delantal y un pañuelo en la cabeza que, indudablemente, no había nacido por allí; y un poco más adelante vimos a un hombre echando un pis frente a unos matorrales. No diré sin lugar a dudas que fuera ruso (la verdad es que podría ser español, aunque éste no lo era), pero apostaría lo que fuera a que, alemán, no era. Y, puesto que estábamos en el ghetto ruso...

Nos paramos en el parque a echarnos por una tirolina y luego dimos la vuelta. Pasamos por una tienda de productos ecológicos (claro) y por la oficina de empleo. La ciudad recibe ingresos federales por los rusos de origen alemán que acoge, y parece que los acoge en cantidades importantes, aunque el destino de muchos sea esa oficina de empleo de su barrio o cursos de idioma más o menos aprovechados.

- Si da ganas de hacerse ruso, para que te den una casa aquí...

Lo único malo son esas bicicletas de piñón fijo con freno de pedal. No entiendo cómo una lacra así persiste en un país materialmente tan avanzado como Alemania.

- ¿Y la gente que opina de que haya tanto ruso?
- Bueno, el profesor de autoescuela dice que no está mal, pero que hablan raro, y eso no lo ve bien.
- Y tanto. Duro con ellos.

domingo, 8 de abril de 2007

En Alemania

El largo fin de semana ha conducido mis pasos pecadores hacia la Alemania profunda, allí donde pasé parte de mis años en la universidad, visitando a unos amigos. La verdad es que la cosa ha cambiado muchísimo desde entonces; primero, porque ya no soy tan estudiante (sigo siéndolo, pero no a tiempo completo) y se nota; en segundo lugar, porque los precios parece que son los mismos, pero antes estaban en marcos y ahora están en euros: los han doblado; en tercer lugar, porque mi alemán, que ha conocido mejores tiempos, está algo oxidado.

Y en cuarto lugar, porque no es tan sencillo como podría parecer encontrar alemanes en Alemania. Eso era antes.

Llegamos al hotel de Düsseldorf, primera etapa del viaje, nos fuimos derechos a dormir y al día siguiente nos levantamos a desayunar, con ánimo de ver algo de la ciudad y proseguir camino. La señora que atendía el desayuno nos saludó con un educado "Guten Morgen", al que respondimos de la misma manera, antes de servirnos.

En esto, oímos una conversación en ruso justo en el mismo sitio desde el que había procedido el "Guten Morgen" anterior. Como no encontrábamos vasos, aproveché para levantarme y le pregunté a la señora, pero esta vez en ruso, dónde podría encontrarlos. La señora estaba hablando con una chica y, evidentemente, no esperaba que un huésped tan guiri como yo le hablara en ruso. La chica, no menos sorprendida, miró a la señora, que, superado el pasmo, se levantó y nos enseñó, en ruso nativo, dónde encontrarlo todo.

Eso rompió el hielo, así que luego nos permitimos pedir algún favor y confraternizar mejor. Resultó que la señora era rusa, y la chica era georgiana y era su primer día de prácticas en el hotel. Y no eran los únicos, ya que, más adelante, paseando por la Altstadt de Düsseldorf, también se oía ruso literalmente cada dos por tres; entre eso, y los marroquíes, que eran legión, incluso resultaba difícil pensar que estábamos en Alemania, si no fuera porque todo estaba limpio, ordenado, no había papeles por el suelo y había un Döner Kebab en una esquina de cada dos y una tienda de productos biológicos en la esquina que los Döner Kebab dejaban libres.