Sin embargo, lo que no se puede negar es que se trata de una plaza viva y bien viva, en lo cual le saca una enorme ventaja, sin ir más lejos, a la Grand Place, que es un purísimo escaparate turístico por el que no se acercará un belga salvo que lo arrastren. En Flagey hay un mercado los fines de semana, donde los vecinos pueden proveerse de género de calidad (eso sí, a un precio también de calidad), hay tiendas en los lados, no museos; hay bares con precios más o menos asequibles, cerveza de mil tipos y, por haber, incluso hay una librería. En la Grand Place sólo hay restaurantes en los que no sé si se paga la comida o más bien la vista de la plaza. Tiendas, lo que es tiendas, no hay ni una.
Y, en Flagey, también hay un puesto de patatas fritas. Una friterie.
Frit Flagey es el nombre del establecimiento, que es una especie de chiringuito que presume de calidad y que, de hecho, siempre tiene clientes haciendo cola. En honor a la verdad, todavía no he probado el género, porque yo soy mucho más de Maison Antoine, pero ya llegaremos a ese momento. No he probado el género, mayormente, porque yo suelo estar de paso y porque para comer allí hay que estar un buen rato haciendo cola y a mí no suele darme la vida. Bueno, excepto aquel día, pero la verdad es que, habiendo quedado a comer, me pareció descortés presentarme al otro comensal, cuando se dignara llegar, con un cucurucho de patatas fritas con salsa andalouse en la mano. Hasta ahí no llego.
Las colas en Frit Flagey, como en cualquier chiringuito de patatas fritas, son bastante ilustrativas de la fauna local. Hay gente sola que, como hace sol, se baja a la plaza a comprar la comida, y la comida son las patatas fritas con mahonesa y, si se atreven (y sí, se atreven), se aprietan también unas fricadelle. Lo que son las fricadelle ya lo vimos aquí y no es ahora el momento de repetirlo. Baste ahora con decir que, con semejante dieta, nos podemos imaginar que el individuo que la siguiera debía ser muy poco apolíneo y bastante dionisíaco. Y gordinflas, añadiría yo.
De ésos había uno entre los clientes de la friterie, que, después de hacer la cola, salió de la misma con su cucurucho y sus fricadelle y se sentó en un banco cercano al chiringuito, momento en el cual, animado por la temperatura bonancible, empezó a despojarse de sus vestiduras y se quedó vestido sólo por encima de la cintura con la camiseta interior de tirantes, la cual apenas podía contener sus lorzas que pugnaban por desparramarse por el espacio exterior a la camiseta. Al menos, el desinhibido señor tuvo la precaución de meterse la camiseta por debajo del pantalón, sin cuyo auxilio no dudo de que las lorzas hubieran conseguido su propósito y habrían campado por sus respetos hasta donde les diera su volumen máximo.
Dejemos al señor obeso y poco preocupado por su reputación haciendo la fotosíntesis mientras contribuye al aumento de su volumen apretándose las viandas y la cerveza que ha adquirido en el chiringuito, y veamos otros personajes que pululan por la plaza. Hay alguna menesterosa que, sin dedicarse en ese momento a pedir limosna, busca por allí algo que le sirva de provecho, ya sea alguna vianda abandonada o cualquiera cosa que haya quedado desperdiciada. Hay clientes del mercado de alimentación que simplemente buscan rellenar su despensa y, ya que están, comer un perrito caliente o un bocadillo de queso en uno de los puestos del mercado. Y hay a mi lado una familia, compuesta por el padre, la madre y tres niños pequeños, dos niñas y un niño, que han bajado a la plaza con un par de bicicletas infantiles y que buscan en la cola de Frit Flagey una solución no muy sana, pero un día es un día, a la comida del sábado al mediodía. Los padres se comunican en alemán y se las ven y se las desean para controlar a sus hijos, mientras una de las niñas llora por vaya usted a saber qué contrariedad.
Me los quedo mirando con una especie no sé si de nostalgia o de envidia. Creo que más de lo primero, como rememorando escenas similares en el parque de Kolómenskoye, hace dos décadas, que ciertamente ya no volverán y en las que yo estaba en el lugar de ese padre tratando de poner orden en su tropa.
Estaba yo en mis pensamientos cuando, finalmente, apareció el compañero con el que había quedado, apenas un cuarto de hora más tarde de la hora convenida y, mientras escuchaba los motivos de su retraso, empezamos a considerar dónde comer; en todo caso, lejos de Frit Flagey, por el amor de Dios y en aras a la salud de nuestras arterias.
Y más valía que fuéramos a comer lo antes posible, porque, entre tanto pensamiento y retraso, se había hecho fatalmente tarde.


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