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domingo, 19 de julio de 2026

Cine de verano

Bruselas debería ser todo el año como es en julio.

Días largos, buen tiempo, colegios cerrados, ningún atasco, obreros de vacaciones... en realidad, casi todo el mundo está de vacaciones.

Una delicia de ciudad.

Y, además, está el cine de verano. Vale, no siempre estamos hablando de obras maestras del séptimo arte, pero se agradece el esfuerzo y, por ese precio (es gratuito), sale muy a cuenta. Creo que hasta ahora no había escrito sobre el cine público de verano al aire libre en Bruselas, una iniciativa apoyada por la Comisión Comunitaria Francesa (sí, también en español es la COCOF), que consiste en la proyección de una película en cada uno de los diecinueve municipios de Bruselas, entre finales de junio y, este año, el 18 de julio, con algún descanso por el medio.

Es verdad que las películas son mejores o peores, según los casos. Suelen ser producciones europeas de presupuesto ajustado, pero no tienen por qué estar mal, ni mucho menos. Pero, aparte de las películas, estas proyecciones le dan a uno la oportunidad de conocer lugares interesante en municipios diferentes al de uno, porque se exponen en parques o explanadas que, en ocasiones, merecen bastante la pena. Así, en Forest, la proyección tuvo lugar nada menos que en los jardines de la antigua abadía, lo cual, ya de paso, me vino bien para echar un ojo a las excavaciones en curso; en Uccle, la proyección fue en el parque de Wolvendael, que está bastante cerca de mi casa y que conozco aceptablemente bien, pero al que siempre es interesante volver; en Schaerbeek, por poner otro ejemplo, la proyección tuvo lugar en un espacio que esta bitácora ya visitó y que tiene un fuerte componente valenciano. Vamos, que uno termina por conocer la ciudad, lo que no es poca cosa.

El único pero consiste en que no estoy de vacaciones, por lo visto a diferencia de la mayoría de los espectadores, que evidentemente no tienen que presentarse a las ocho y media en sus respectivas oficinas y, si tienen que hacerlo, yo diría que se toman dicha obligación de manera bastante relajada. Porque, claro, el cine de verano se ve fatal de día y, en estas fechas, tenemos día hasta pasadas las diez de la noche; el tiempo hasta entonces se pasa entre presentaciones del director, alocuciones del concejal de cultura o el alcalde del municipio agraciado con la proyección y otras zarandajas. En Uccle, además, pusieron a una orquesta sudamericana a ambientar la espera, suponiendo que entre el público habría bastantes españoles, porque la película era española y en versión original.

El otro pero consiste en que es mejor llegar pronto, porque, según el municipio, ponen más o menos sillas. En Uccle pusieron sillas de sobra, pero en Forest sólo pusieron unas cuantas, que se llenaron enseguida, de modo que a mí y a mis dos compañeras nos tocó sentarnos en unos bancos sin respaldo. Y dos horas de cine sin respaldo se hacen bastante largas.

Finalmente, y fatalmente, cuando una película, entre pitos y flautas, comienza a las diez y media y el día siguiente no es sábado ni domingo, tienes un problema, porque rara vez llegas a casa antes de la una y, si te tienes que presentar en el trabajo a las ocho y media, en mi caso hay que ponerse en marcha sobre las seis y media, con lo que el día lo pasa uno medio zombi.

Porque, sí, se hizo tarde. Como siempre.

viernes, 3 de febrero de 2023

Cosas positivas de Bélgica: es verde

Claro, hay otros muchos sitios verdes en el mundo. Moscú sea quizá más verde todavía... pero Moscú, durante buena parte del año, es blanca, debido a la nieve, o más bien marrón, porque la nieve se ensucia, se derrite o se mezcla con barro. Los tres o cuatro meses restantes, de mayo a mediados de septiembre, sí, es verde.

¿Y Valencia? Valencia no es muy verde que digamos. Lo es mucho más que en mi infancia, cuando el cauce del río era una especie de solar abandonado y muchos terrenos que hoy son parques y jardines eran... eso, solares abandonados. Que sí, que entretanto las cosas han cambiado mucho y supongo que el hecho de que haya sido designada como capital verde europea para 2024 tendrá algo que ver, aunque ese verde es menos el color verde, y más las pirulas de la red del carril-bici y todas las zarandajas sostenibles de las que presume (con toda la razón del mundo, que quede claro) el alcalde compromisero que nos hemos dado al menos hasta las próximas elecciones de final de mayo. Y, por la impresión que me va dando, bien posible es que más allá, aunque no seré yo quien contribuya a su permanencia.

Pero Bruselas le da a ambas ciudades sopas con ondas. De momento, en Bruselas no nieva. No sé si queda mucho o poco invierno, o si ya ha pasado lo peor, pero este invierno ha nevado, o algo así, un pelín un día. Tan pelín, que me fui al trabajo en bicicleta, como si tal cosa y casi contento de que el agua que cayera del cielo lo hiciera en estado sólido, que moja menos. No cuajó y durante el día se fue derritiendo ordenadamente. Así que Bruselas es verde más tiempo que Moscú, ya que una parte importante de la vegetación que la adorna es de hoja perenne, y mantiene algo de verde más allá de que, la verdad, uno sale al bosque en estas fechas y el color predominante, toca reconocerlo, es el marrón.

La otra cosa que llama la atención de Bruselas (y es así en la mayoría de las ciudades belgas) es el gran número de zonas verdes, parques, jardines y hasta bosques dentro de la ciudad (vamos a llamar ciudad a lo que técnicamente es región). Cerca de mi casa hay por lo menos tres bosques: el mayor es el Bois de la Cambre o Kamerenbos, que se prolonga hacia el sur bajo la denominación de Forêt de Soignes o Zoniënwoud (esto en la zona teóricamente flamencófona que atraviesa), pero hay por lo menos dos más. El Kauwberg ya fue objeto de un par de entrada cuando lo descubrí "gracias" a la pandemia, y el plateau Engeland no tardará en ser protagonista. Los tres son lugares en los que Pulgarcito podría perderse sin desdoro. Y seguramente lo haría, porque lo de dejar miguitas de pan no tendría mucho futuro con la de pájaros que hay por la zona, e incluso dejar piedrecitas tampoco parece el mejor método para salir del aprieto, con la de gravilla que hay aquí y allá. Es que ni pintándolas de azul.

No son sólo los bosques. Uccle en particular tiene una buena remesa de parques varios, comenzando por Wolvendael, el más cercano al centro, y continuando por la Sauvagiére, algo más salvaje, o Homborch, ya tirando al final del municipio. Por si fuera poco, la estructura típica del municipio es de casa (o casoplón) de tres pisos y jardín trasero, delantero, o alrededor de toda la casa. Basta contemplarlo a vista de satélite para darse cuenta de que el color de Uccle, que es el de Bruselas entera, incluso en el invierno más profundo, como ahora mismo, es verde.

Y eso, viniendo de un pueblo en el que el casco urbano no tiene prácticamente la menor zona verde, porque para eso está el campo, y los parques y los patios están alicatados, mientras que lo que podrían ser jardines lo que son es macetas, se agradece, porque, sí, que esté todo alicatado tiene sus ventajas y un mantenimiento sencillo, pero, a la vista está, lo que el ojo agracede es que se vea verde. Y eso Bruselas lo consigue.

Pues eso, que Bruselas en particular, así como Bélgica en general, tienen más ventajas de las que se supone que debería encontrar un valenciano que aprecie el clima bonancible de su localidad natal. Uno se acostumbra a todo, menos a que se le haga tan tarde como hoy, así que toca darle al botón de publicar, y a otra cosa.

domingo, 22 de enero de 2023

Cosas positivas de Bélgica: moviéndose

Creo que hay que volver a esta serie después de hacer balance de las últimas entradas y de comprobar, algo avergonzado, de que lo normal es que me dedique a dar cera a este país que me proporciona los garbanzos, y que algo bueno tendrá cuando no he tomado las de Villadiego con un corte de mangas.

Hasta ahora hemos visto que Bruselas no es una ciudad excesivamente cara, para ser una capital bastante postinera, y también hemos alabado los altos salarios (mejor no hablemos de los impuestos, también altos) y el sentido del humor local, de lo que hay numerosos ejemplos, pero, ahora que los días son cortos y que uno tiende a ponerse de mala leche cuando ve que a las cuatro y poco ya es de noche y, a veces, el día ha sido tan nublado y lluvioso que no está claro si se llegó a hacer de día, es el momento de buscar más ventajas a la vida de aquí.

Bélgica en general, y Bruselas en particular, está bien comunicada.

Es decir, tú puedes estar avinagrado toda la semana por el mal tiempo, pero, chico, si no tomas el viernes un avión para Canarias, Alicante o Vitigudino es porque no quieres. Bueno, y porque en Vitigudino no hay aeropuerto, porque, de haberlo, seguramente habría un vuelo que lo comunicara con Bruselas. En la época de los vuelos baratos, que ya veremos cuánto más dura, casi ahorras tomando un vuelo a España y pasando allí el fin de semana, donde los precios son sensiblemente inferiores.

He de reconocer que, desde que me quedé huérfano, ya no hago ese ejercicio de saltar un fin de semana a Valencia a ver a mis progenitores, cosa que hice con cierta frecuencia durante mi primer año en Bruselas. De hecho, durante mis primeros meses en Bruselas, con mis padres y hermanos en Valencia y mi familia inmediata en Moscú, pasé muchísimo tiempo en los cielos pululando entre los tres sitios.

Pero es que no sólo es el avión. En tren se planta uno en casi cualquier sitio en un plazo muy razonable, e incluso en coche se puede ir a lugares muy interesante, si es que uno se puede permitir pagar el combustible, claro...

¿Que quieres ir a París? A hora y media de tren está ¿Que a Londres? También en tren, en un ratito te plantas ¿Que te apetece ir a comer a Holanda? Entonces estás mal de la cabeza, porque no hay país en que se coma peor, pero, si te empeñas, tienes trenes para ir en nada a casi cualquier sitio de por allí. Incluso a España podrías ir en tren, pero, como eso ya tarda algo más, entre los aeropuertos de Zaventem y Charleroi tienes vuelos directos a casi cualquier aeropuerto de España. Leche, si es que hay vuelos hasta al aeropuerto de Castellón (con todos los respetos por Castellón, que quede claro).

Y es que, claro, alguna ventaja tenía que tener el hecho de que por aquí pasan los próceres de toda Europa, así como sus respectivas cortes y la caterva de funcionarios, grupos de presión y vividores varios que mantiene en pie todo este tinglado. Esa gente no es de aquí y de vez en cuando les entra morriña de lo suyo. Imagínate que eres finlandés y echas mucho de menos la nieve (porque lo que cae aquí no merece ese nombre, seamos claros). Pues nada, un fin de semana en Laponia no es ninguna tontería, porque, diantre, ¿quién quiere ver caer cuatro copos mal contados en Bruselas, pudiendo estar haciendo esquí de fondo en Rovaniemi?

Total, que esta entrada es un toque de atención para mí mismo, que no me estoy aprovechando lo suficiente de las posibilidades del país, cosa que debería hacer, antes de que se haga tarde, porque, la verdad, hasta a un tipo tan adaptado a los usos locales como yo le entrará la morriña y se irá, o ésa es la intención, a pasar el resto de sus días al lugar de donde procede.

Entretanto, vayamos cerrando esto, ¡porque hoy sí se hace tarde!

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Cosas buenas de Bruselas: sentido del humor

No sé si en España es algo muy conocidos, pero los belgas son tenidos por graciosos entre sus vecinos. Y no es para menos. Están rodeados de pueblos que, la verdad, son un poco como para darles de comer aparte y que se consideran el ombligo del mundo. No sé muy bien si creerse el ombligo del mundo es compatible con disponer de un sentido del humor de notable alto o superior, pero yo diría que no.

Los belgas no se creen el ombligo del mundo. Están rodeados de franceses, alemanes y holandeses, y se las han apañado para existir, e incluso para haber arrancado a cada uno de sus vecinos un trocito de su país. Y ahí los tienes. Uno va a los Países Bajos y se encuentra con un país, digamos, que ha hecho de la tacañería su seña de identidad, así como de su habilidad para los negocios y de haber creado un imperio económico. Uno va a Alemania y se da cuenta de que los alemanes se creen el centro de mundo, gracias a su industria y a que sus produkten se venden por todo el mundo con una imagen de calidad del quince por el mero hecho de que se han fabricado en su suelo. Y uno va a Francia (y no digamos si va a París) y poco menos que los franceses se asombran de que haya gente que se atreva a levantar la cabeza a pesar de no ser francés.

Los belgas, no. Los belgas parecen conscientes de que su país, en el fondo, es un tapón sin personalidad, creado para que sus vecinos se corten un poco a la hora de declararse la guerra. Ser un tapón no es algo de lo que se pueda estar muy orgulloso, pero, como no se puede ir por la vida pensando en lo birria que eres, los belgas resuelven el problema tomándoselo todo a chufla. Y, oye, eso es muy bueno.

Los belgas transforman en humor la gran mayoría de los defectos de los que son conscientes. Claro, de algunos defectos ni siquiera se han dado cuenta, y así es difícil burlarse de ellos, pero ellos ponen de su parte lo que pueden.

Sin ir más lejos, los gerentes de un teatro no tienen más que un solo cuarto de baño, y no hay espacio para montar uno para hombres y otro para mujeres. El alemán, un tipo tirando a sosainas, pero enormemente práctico, simplemente pondría una placa con las letras 'WC'. El belga no. El belga te pone un cartel como el de la imagen para liarte y reírse un poco contigo: el resultado es el mismo, un cuarto de baño donde puede entrar cualquiera sin distinción de sexo, o sea, lo que tenemos todos en casa, pero al menos te la han liado un poquito.

¿Y el francés? Habrá de todo, pero me parece que el francés renuncia a abrir el teatro, porque dónde se ha visto un teatro que no tiene cuarto de baño para hombres y uno separado para las mujeres, y qué falta de dignidad impropia de Francia es ésa. Probablemente vende el edificio del teatro a alguien que pasa por allí y que seguramente es un belga.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Cosas buenas de Bruselas: pagando

Bruselas no es una ciudad cara.

Y no entiendo por qué no, seamos claros. Porque vemos los precios de la vivienda en las ciudades geográficamente próximas, y es como para que se le ericen a uno los cabellos. París, Londres... pero, ¿quién se compra una vivienda en París o Londres? ¿Y en Madrid? ¿Cómo lo hacen? ¡Pero si es que un sitio como Luxemburgo, donde no vive más gente que en Alicante, con todos los respetos para Alicante, está desbocado!

Pues Bruselas no es especialmente cara. Vale, estoy seguro que en Norilsk uno compra algo por cuatro chavos, pero es que en Norilsk lo único que puedes encontrar son unos pisos deprimentes para aguantar hasta que la cirrosis acaba contigo. No hay viviendas de postín, porque no hay gente de postín: si eres gente de postín, no vives en Norilsk. Estoy seguro de que los capitostes de las minas de níquel sólo se desplazan allí cuando no hay más remedio, y si pueden se van en el mismo avión privado que les trajo y ni siquiera hacen noche por allí.

En Salvacañete los precios deben también ser bastante moderados, sí. Claro que lo son. Queda una quinta parte, con suerte, de la población que llegó a tener hace un siglo. No voy mucho por allí últimamente, pero me da la impresión de que allí no hay ni okupas. Con la de casas libres que debe haber, no habrá ningún problema en que alguien te venda una por menos precio aún del que se debe pagar en Norilsk.

En Bruselas, se paga un precio, sí, pero no es muy desproporcionado en relación con los salarios que se cobran. Todo depende de las ínfulas que tengas: si te vas a vivir a Molenbeek, a un piso rodeado de islamistas, la verdad es que se ven ofertas muy jugosas. Claro, si lo que quieres es ir a Waterloo (que no es Bruselas, pero está cerca), como el amigo exiliado y su colega, entonces sí que toca aflojar la mosca, pero aún así los precios no son la locura que tiene uno que ver en París o Londres, no. Habrá que convenir que, puestos a elegir lugar de exilio, Puigdemont ha escogido un lugar idóneo, aunque den lugar a chistes fáciles a propósito de la batalla que acabó de hundir a Napoléon.

Lo que no es vivienda, es más caro que en España, sí, pero menos que otros muchos sitios. Salir a un restaurante requiere tener el bolsillo lleno, pero, sobre todo, lo que requiere es tener mucha paciencia y, en todo caso, hay sitios buenos y rápidos, de verdad. Cuando se los descubre, se reconcilia uno con el país.

¿Ah, sí? ¿Que después de haber despotricado a base de bien de la hostelería bruselense, ahora viene el arrepentimiento? Pues sí y, como muestra, en algún momento voy a hablar bien de un restaurante bruselense. Y quizá ese momento esté próximo.

No me atrevo a decir que será en la próxima entrada, porque a saber qué puede pasar y porque hasta yo me estoy extrañando de esta racha de entradas consecutivas, pero, bueno, ¿por qué no?

lunes, 9 de diciembre de 2019

Cosas buenas de Bruselas

Siguiendo con el tema de la última entrada, ¡ya está bien de quejarse! Esta bitácora se había convertido en una especie de Muro de las Lamentaciones, en la que el autor ha estado desahogando todas las frustraciones que le producía su residencia en Bruselas, esa ciudad en la que, como quien no quiere la cosa, hace poco que ha cumplido siete años, siete, como las plagas de Egipto y como los años de vacas gordas y de vacas flacas.

Bueno, quizá no todas las frustraciones. Pero sólo porque estos siete años han sido bastante estresantes, y no ha dado tiempo a dedicarle a la bitácora todo lo que debería ser. Hay frustraciones que seguro que no he expresado aquí.

El caso es que, leches, Bruselas no puede estar tan mal. A pesar de la gestión de residuos sólidos, de las dificultades para encontrar a alguien que te resuelva una chapuza, del tiempo de espera en los restaurantes o de los cuatrocientos días anuales de lluvia, hay algo más de un millón de personas que están aquí, y no en Norilsk ni en Salvacañete, así que algo tiene que haber aquí, en Bruselas, que atrae a tanta peña, aunque sean terroristas islámicos o huidos de la justicia española. Y éstos, además, ni siquiera están en Bruselas (aunque la visitan con cierta frecuencia), sino en Waterloo. Un día esta bitácora se acercará por allí, sin acritud, a ver qué tal está la zona por donde viven los otros exiliados.

En realidad, no hace falta acercarse de nuevo para saberlo: Waterloo es un lugar atestado de casoplones en donde vive quien puede pagárselo, que no es todo el mundo, para aislarse un poco del bullicio bruselense.

Pero ya me estaba yendo del tema. Esto debe ser la edad, que no perdona.

En fin, que Bruselas tiene que estar bien a la fuerza, y que hay que preguntarse por qué lo está, y la primera respuesta a esta pregunta está clara: el vil metal, como ya quedó dicho hace poco.

Sí, no sé si los salarios que se pagan (y se cobran) en Bruselas son mejores que los de Norilsk, porque para que alguien acepte ir a Norilsk hay que aflojar la mosca a base de bien, pero definitivamente son mejores que los que se ofrecen en Salvacañete, suponiendo que en Salvacañete la actividad económica dé para que haya un mercado de trabajo significativo, que creo que no.

El caso es que en Bruselas hay pasta. Gansa. Un sector público explosivo y mimado, un ejército de lobistas que hay que mantener, embajadas a tutiplén, no sólo ante Bélgica, sino ante la Unión Europea y ante la OTAN, y todo tipo de belgas ricos, porque no todos están en Roda de Isábena saqueando catedrales medievales, como aquel vivales.

Y la pasta atrae a la pasta. Ese ejército de ricachones necesita que lo mimen: necesita restaurantes, teatros, conciertos... en fin, lo que vienen haciendo los ricos desde que se inventó el dinero. También necesitan fontaneros, albañiles y electricistas, pero esta parte está peor resuelta, como ya sabemos.

Vamos, que en Bruselas se mueve pasta. No lo digáis por ahí, pero me parece que hay bastante peña que supera holgadamente los cinco mil bichos al mes, cosa que en Salvacañete es completamente ilusoria. Y Salvacañete será sanísimo con los aires de la Serranía de Cuenca soplando allí mismo, y tendrán unas lentejas con chorizo y unos embutidos de matanza que tirarán de espaldas, pero, oye, la pela es la pela, y no hay color.

Pero sigamos con cosas buenas que tiene Bruselas.

En Bruselas, no es que el trabajo esté bien remunerado, es que además suele ser muy interesante y, lo que no es poco, hay trabajo. En Norilsk, también hay trabajo, vale, pero consiste en la extracción de níquel a base de azufre, y las tardes consisten en olvidarse de los días a base de cogorza y anestesia. Aquí lo malo (o lo bueno, claro) es que a mi generación la mandaron a la universidad. Antes de que yo pisara las aulas de la Facultad de Derecho, repaso mis ancestros por vía paterna, y nadie tenía ni el bachillerato, cuánto menos una licenciatura; por vía materna, vale, parece que hay algún caso con estudios, pero podrían ser sólo rumores.

Yo reconozco que mis padres hicieron un pedazo de esfuerzo por mandarme a la universidad y sacarme de destripar terrones en Benicountrí o en Salvacañete, pero el resultado es que uno sale de la facultad con el título bajo el brazo, ¿y ahora qué? Como se me ocurriera ir a Salvacañete a cuidar cabras o a Benicountrí a desbrozar naranjos, ¿para qué tanto estudio? Total, que resulta que en Salvacañete no hay abogados ni falta que hacen, con lo que, tras desesperarse bastante buscando curro y encontrando ocupaciones mal pagadas y poco consideradas, termina uno, sin saber cómo, mirando un poco más lejos, y -vale, tras pasar por una ciudad como Moscú, que es un caso aparte- aterrizando en Bruselas para trabajar en lo que había estudiado. Veinte años después, vale, pero veinte años no es nada y, total, nunca es tarde.

Y mi trabajo es interesante. Me temo que mucho más que cualquier oficio que se pudiera encontrar en Salvacañete. Que sí, que le echo un montón de horas (y así va la bitácora de abandonada), pero, oye, no veo que en España la gente llegue mucho antes que yo a su casa, y quizá lleguen menos contentos. Así que, sí, Bruselas es el rompeolas de Europa, aquí pasan cosas y, estando aquí, uno participa de alguna manera en ellas.

Y sí, seguiremos viendo cosas buenas de Bruselas.

viernes, 6 de diciembre de 2019

Ventajas de vivir en Bélgica

A quien haya leído la gran mayoría de las entradas de esta bitácora le puede parecer que el autor de las mismas, yo mismo, es un tipo amargado que no hace sino quejarse, y que no está contento en ningún sitio. Se quejaba amargamente de Rusia, aunque le veía las ventajas culturales, vale, y ahora no hace sino despotricar de Bélgica y de los belgas. Si tan mal está allá donde va, dirá el lector, que se vaya a España y se deje de monsergas.

Estos últimos días he estado releyendo las entradas belgas de esta bitácora, que son aproximadamente las últimas doscientas, porque ya se sabe que como Rusia no hay nada en lo tocante a cosas sorprendentes y curiosas, y aquí hay mucha menos materia que suspenda el ánimo, como no sea hasta qué punto se puede despreciar al cliente impunemente en este país. Y, así, si en Moscú escribía a troche y moche, aquí los temas son más limitados y las entradas mucho más espaciadas, también porque aquí estoy mucho más ocupado de lo que jamás estuve en Moscú.

La conclusión a la que he llegado después de tanto leer es que antes escribía mejor, vale, y además que si estoy tan ocupado es porque en esta bendita ciudad no hay más remedio que apañárselas uno solo si quiere hacer cosas. Y, además, que la mayoría de las entradas son de lo más plañidero y quejica, y que no parece sino que esto es un sinvivir y un valle de lágrimas. Bueno, de lágrimas no sé, pero llover ya os digo que llueve.

Y no es para tanto.

Porque, si lo fuera, ¿a santo de qué iba a tener Bélgica la densidad de población que presenta, que ni de lejos se le acerca la española? Tanta gente no debe estar equivocada, y yo mismo tampoco, así que algún motivo tendremos para permanecer por estos pagos a pesar de la morriña que nos embarga cuando pensamos en la horchata y el arroz a banda.

La ventaja más evidente de estar por aquí es el vil metal, fuerza es reconocerlo. Que no os engañen: el residente de aquí que blasone de que no le mueve el dinero para permanecer en Bruselas, o es un hipócrita, o es, no sé, sacerdote, por lo menos...

Pero tiene que haber más, y ¿qué mejor lugar para escudriñarla que esta bitácora, reconvertida de sección de quejas en alabanzas a este jardín del Edén?

Lo iremos viendo, lo iremos viendo, ahora que me parece que estoy algo más desahogado.

O no...