domingo, 19 de julio de 2026

Cine de verano

Bruselas debería ser todo el año como es en julio.

Días largos, buen tiempo, colegios cerrados, ningún atasco, obreros de vacaciones... en realidad, casi todo el mundo está de vacaciones.

Una delicia de ciudad.

Y, además, está el cine de verano. Vale, no siempre estamos hablando de obras maestras del séptimo arte, pero se agradece el esfuerzo y, por ese precio (es gratuito), sale muy a cuenta. Creo que hasta ahora no había escrito sobre el cine público de verano al aire libre en Bruselas, una iniciativa apoyada por la Comisión Comunitaria Francesa (sí, también en español es la COCOF), que consiste en la proyección de una película en cada uno de los diecinueve municipios de Bruselas, entre finales de junio y, este año, el 18 de julio, con algún descanso por el medio.

Es verdad que las películas son mejores o peores, según los casos. Suelen ser producciones europeas de presupuesto ajustado, pero no tienen por qué estar mal, ni mucho menos. Pero, aparte de las películas, estas proyecciones le dan a uno la oportunidad de conocer lugares interesante en municipios diferentes al de uno, porque se exponen en parques o explanadas que, en ocasiones, merecen bastante la pena. Así, en Forest, la proyección tuvo lugar nada menos que en los jardines de la antigua abadía, lo cual, ya de paso, me vino bien para echar un ojo a las excavaciones en curso; en Uccle, la proyección fue en el parque de Wolvendael, que está bastante cerca de mi casa y que conozco aceptablemente bien, pero al que siempre es interesante volver; en Schaerbeek, por poner otro ejemplo, la proyección tuvo lugar en un espacio que esta bitácora ya visitó y que tiene un fuerte componente valenciano. Vamos, que uno termina por conocer la ciudad, lo que no es poca cosa.

El único pero consiste en que no estoy de vacaciones, por lo visto a diferencia de la mayoría de los espectadores, que evidentemente no tienen que presentarse a las ocho y media en sus respectivas oficinas y, si tienen que hacerlo, yo diría que se toman dicha obligación de manera bastante relajada. Porque, claro, el cine de verano se ve fatal de día y, en estas fechas, tenemos día hasta pasadas las diez de la noche; el tiempo hasta entonces se pasa entre presentaciones del director, alocuciones del concejal de cultura o el alcalde del municipio agraciado con la proyección y otras zarandajas. En Uccle, además, pusieron a una orquesta sudamericana a ambientar la espera, suponiendo que entre el público habría bastantes españoles, porque la película era española y en versión original.

El otro pero consiste en que es mejor llegar pronto, porque, según el municipio, ponen más o menos sillas. En Uccle pusieron sillas de sobra, pero en Forest sólo pusieron unas cuantas, que se llenaron enseguida, de modo que a mí y a mis dos compañeras nos tocó sentarnos en unos bancos sin respaldo. Y dos horas de cine sin respaldo se hacen bastante largas.

Finalmente, y fatalmente, cuando una película, entre pitos y flautas, comienza a las diez y media y el día siguiente no es sábado ni domingo, tienes un problema, porque rara vez llegas a casa antes de la una y, si te tienes que presentar en el trabajo a las ocho y media, en mi caso hay que ponerse en marcha sobre las seis y media, con lo que el día lo pasa uno medio zombi.

Porque, sí, se hizo tarde. Como siempre.

viernes, 17 de julio de 2026

La penúltima mudanza

Viene de aquí.

En la última entrada sobre los asuntos relativos a las mudanzas ya debió quedar claro que las posesiones con las que contábamos ocupaban un volumen inmenso, que ascendía a doscientas sesenta y cinco cajas, piano incluido. Habíamos acabado en una casa de tamaño similar al que habíamos gozado en Moscú y, por lo tanto, conseguimos meterlas todas. Además, contábamos con un sótano amplísimo, en el cual colocamos todas las cajas que, según fuimos viendo, no eran de utilidad inmediata.

El problema era que sabíamos que aquella casa en la que estábamos alquilados era un lugar de paso hasta llegar a algo más estable y en propiedad. Bruselas no era, ni es, una ciudad en la que comprar una vivienda sea algo excesivamente caro, sobre todo si lo comparamos con otras capitales europeas, e incluso con ciudades medianejas de nuestro continente; además, Moscú era un destino bien pagado, por lo que contábamos con algunos ahorros que, salvo dispendio horroroso, iban a permitirnos hacernos con un inmueble en propiedad. Pero, claro, eso venía a significar que la mudanza que acabábamos de hacer iba a repetirse en un período de tiempo relativamente breve.

Tras muchas visitas y muchas aventuras, no siempre agradables, compramos una casa muy necesitada de reforma, en una zona, eso sí, de campanillas. Por curiosidad, he revisado las entradas de aquella época en la bitácora. No son numerosas, lo cual es una prueba de que el período previo a la adquisición fue un infierno, lleno de desacuerdos, y que no me quedaban ni ganas de escribir. La primera entrada en que se hace referencia al asunto, después de varias y escasas entradas en que se escribe de temas variados, es ésta, de junio de 2015. Para entonces, hacía casi tres meses que la casa nos pertenecía. En julio y agosto el asunto salió más a menudo, lo cual es una señal clara de que había dejado atrás el choque agónico que supuso la compra. Luego vino el choque agónico de la reforma, que me pilló con la idea de que lo peor, que debía ser la compra, ya había pasado. Ja. La reforma fue otro proceso agónico, que comenzó tarde, se prolongó eternamente y, de hecho, no había terminado completamente cuando llegó, albricias, el momento de trasladarse. Es lo que pasa cuando tienes que dar un preaviso en la casa que has alquilado, mientras tienes previsto cuándo van a terminar las obras en la que has comprado, e intentas, porque con la compra y la reforma te has quedado finalmente sin un duro, que no haya períodos en que estés pagando un alquiler y, al mismo tiempo, dispongas de una casa flamante en situación de merecer.

En los dos años y medio que pasaron entre una mudanza y otra, los bultos no hicieron sino aumentar aún más, de manera absolutamente impensable. Además, hubo un malentendido, porque yo supuse que había encargado que nos embalaran los bultos, mientras que la empresa de mudanzas no lo entendió así. Afortunadamente, la cosa se resolvió echando más horas... y más pasta, claro.

Cuando la mudanza terminó, podría pensarse en un suspiro de alivio, pero lo cierto es que teníamos una casa en la que aún faltaban detalles para considerarla terminada, principalmente la cocina (cosa que ya debió quedar clara aquí y en las entradas sucesivas a ésa).

Finalmente, los obreros se marcharon de casa y la dejaron habitable, tuvo lugar la pomposa inauguración de la misma y comenzamos a vivir en ella. Las cajas de la mudanza que no abrimos se quedaron en un semisótano y, cuando me pude hacer con ellas, en un trastero húmedo y bastante insalubre.

Con el tiempo, a partir del momento en que pasé a tomar todas las decisiones por unanimidad, cosa que sucedió hace un par de años, decidí terminar la mudanza, pero terminarla de verdad, es decir, abrir todas las cajas que seguían cerradas, algunas desde Moscú, y decidir qué hacer con cada uno de los objetos que fuera encontrando.

Y lo cierto es que han salido cosas curiosísimas. Algunas de ellas, como algunos peluches, totalmente podridas por la humedad, pero otras, inesperadamente, han salido inmunes, como cuarenta cuadernos escolares oficiales rusos totalmente vacíos, que mis hijos no hubieran terminado así se hubieran quedado a estudiar en Moscú hasta acabar la universidad; algún curioso regalo que les hicieron los profesores al irse, como un manual de matemáticas para preparar el Examen Único de Estado ruso, es decir, el equivalente a la Selectividad española o como se llame ahora.

Todo ha recibido un destino, ya fuera la basura, cuando el deterioro era irreversible, o las distintas estanterías o cajones donde se guardan los libros, vídeos, material de papelería, cosas de coser y hasta papel para envolver regalos, que de todo había. Y hoy es el momento en que puedo decir con cierto orgullo que la mudanza ha terminado, casi catorce años después, y que todo está donde debe estar. Menos mal que no se ha hecho tarde.

Y sí, parece que es la penúltima mudanza, porque en algún momento llegará la que debería ser la última, que habría de ser la que me traslade de esta vivienda que ocupo en Bruselas a la que en algún momento espero tener en Benicountrí, que es a donde tendré que trasladar los enseres que más me importen. Claro que, para eso, todavía queda tiempo. O no. Una de las cosas que hemos aprendido por aquí es que, en realidad, sólo podemos hablar con cierta propiedad del pasado, mientras que el futuro es algo que, como la vida, da muchísimas vueltas, así que a saber si acabo en Benicountrí, que es lo que tenía pensado, o a saber dónde, o en Semipalatinsk, cosa que yo veo sumamente improbable, pero, ¿y si sí?

¿Y si sí? parece que es la pregunta de moda, tanto cuando el Valencia Basket se preparaba para ganar la Liga española de este año, como para hacerse la ilusión de que la selección española de fútbol puede ganar la Copa del Mundo de este deporte. Pero, como eso lo sabremos pasado mañana, vamos a prepararnos para trasnochar ese día y decidir dónde ver el partido, a sabiendas de que ese día, fatalmente, se hará tardísimo.

sábado, 11 de julio de 2026

El partido de fútbol

No soy nada futbolero. He ido a ver partidos de fútbol en contadísimas ocasiones y normalmente me he aburrido como una ostra. Como en este mundo hay que ser de un equipo de fútbol so pena de ser condenado a un ostracismo inapelable, decidí hacerme de un equipo que no molestara a nadie y me declaré del Levante, cuando el Levante estaba en la tercera categoría nacional. Quién me iba a decir a mí que el Levante iría mejorando con el tiempo y llegaría a Primera División (donde sigue, aunque por los pelos) a medirse con los mejores, cosa que ya vimos en esta bitácora hace algún tiempo.

El caso es que se está jugando el campeonato mundial de fútbol y los caminos de las selecciones de España y Bélgica se han cruzado. Como, afortunadamente, la selección de Marruecos ha sido eliminada (¡gracias, Francia!), el riesgo de incidentes de orden público se ha reducido bastante.

Pensaba esconderme en casa o hacer cualquier otra cosa, pero hay cosas que no pueden ser y al final me liaron para ver el partido en una cervecería belga de toda la vida. Obviamente, la mayoría de los presentes eran belgas, pero yo estaba con un grupillo de españoles en el que hicimos bastante ruido; celebramos el primer gol de la selección española, luego los belgas celebraron el que marcó su selección y, cuando la selección española marcó el segundo gol a poco de terminar el partido, se oyeron a la vez los gritos de alegría que proferimos los quizá quince españoles que estaríamos por allí y los lamentos de los no menos de noventa belgas que nos rodeaban. Al acabar el partido, no hubo ningún incidente, más que alguna felicitación de los belgas, igual que hubiéramos hecho nosotros si el resultado nos hubiera sido adverso.

La verdad es que es un gusto estar en un país que no es chauvinista en absoluto, y eso que la selección de fútbol es de las pocas cosas que les une. En su momento, creo que ya lo escribí alguna vez, les unía el rey y la religión católica. Lo segundo ya hace tiempo que no, y el rey creo yo que intenta pasar todo lo desapercibido que puede, así que han reemplazado la religión católica por el deporte, comenzando por los Diablos Rojos, vale, pero también por los profesionales del verdadero deporte nacional belga, que es el ciclismo, y mucho más el de clásicas que el de grandes vueltas, donde, aparte de Eddy Merckx, tampoco han tenido de momento campeones de los de primera división.

De todas formas, el hecho de que la selección belga haya quedado eliminada del Mundial de fútbol es algo que podía pasar y que no iba a amargar a los belgas el fin de semana, ni siquiera el viernes por la noche. Cuando volvía a casa montado en mi bicicleta, no hacía yo más que cruzarme con todo tipo de grupitos masculinos y femeninos (y mixtos), alguno con la bandera por bufanda, que no parecían demasiado angustiados por el fin de la aventura belga en el Mundial y que se desplazaban por la ciudad para aprovechar que hacía una noche estupenda que invitaba a proseguir la fiesta todo lo que fuera posible, aunque se hiciera espantosamente tarde. Yo, por mi parte, como tenía otros planes, seguí mi camino hasta mi casa, donde acabé en Discopiltra un rato después, quizá más tarde de lo que hubiera deseado. Eso de hacerse tarde es que no falla...

domingo, 28 de junio de 2026

La ola de calor

Estos últimos días, en Bélgica ha estado haciendo mucho más calor que en España. Es verdad que al que haya mirado las cifras crudas no le habrá parecido que sea para tanto, porque las temperaturas han sido hasta cierto punto similares, pero el efecto no ha sido el mismo. Mientras en España es el pan nuestro de cada día superar los treinta grados en junio y estamos preparados para afrontarlos, en Bélgica esos mismos treinta grados, y hay que decir que se ha llegado a bastante más de 35 en Bruselas, y más aún en otras partes del país, son una tortura china.

Lo fundamental es que las casas belgas están preparadas para todo lo contrario que para expulsar calor. Los arquitectos belgas, y yo diría que centroeuropeos en general, diseñan casas para aprovechar cada rayito de sol que aparece, porque no suelen aparecer muchos. Sin ir más lejos, mi dormitorio está acristalado y orientado al sur. En invierno, esto es fantástico, ya lo creo: retiene el calor que no veas y hay que ver lo que se ahorra uno en la factura del gas. En la mayor parte de los veranos belgas, que se llaman verano sólo porque coinciden con los meses que van entre junio y septiembre, tampoco viene mal un poco de calorcito.

El problema ha venido ahora.

Con un sol de justicia y temperaturas de más de treinta y cinco grados, el acristalamiento de mi dormitorio, que hace las veces de lupa, ha convertido la estancia en una especie de crematorio inmisericorde. Un infierno sin demonios. Jamás había visto esto desde que estoy aquí. Tuve la humorada de meter un termómetro en la misma, que marcó 39 grados. Otros residentes en Bruselas me han confirmado que no es que yo sea especial ni mi casa la única sucursal de Belcebú en Bruselas: ellos están pasando por lo mismo.

Los primeros días de la ola de calor, me enchufé un ventilador y, mal que bien, fui tirando, durmiendo a ratos, pero hace tres días no pude más y tomé la radical decisión de mudarme a dormir al sótano. Creo que esto ha salvado a más de un belga del achicharramiento. Al menos en mi sótano, la temperatura es de 23 grados, que ya es otra cosa; además, tengo un sofá transformable en cama para alojar rápidamente a algún invitado que se pase por aquí. En este caso, el invitado he sido yo mismo.

Después de tres días durmiendo en el sótano, la noche pasada hubo una tormenta de aúpa con aparato eléctrico abundante y lluvia a raudales. No ha sido cualquier cosa, pero de eso, es decir, de los daños que ha provocado, tocará escribir en otra ocasión; daños aparte, por lo menos ha traído aire fresco, así que por la mañana me apresuré a abrir puertas y ventanas y a ventilar lo mejor que supe, de modo que el dormitorio ha bajado de la temperatura psicológica de treinta grados. El calor sigue, pero menos.

Los belgas, y supongo que otros centroeuropeos, han reaccionado de manera bastante aparatosa a esta ola de calor inesperada por lo intensa. El teletrabajo ha bajado drásticamente la semana pasada, porque pocos belgas tienen aire acondicionado en sus casas, así que se estaba mejor en las oficinas, que sí que suelen tener sistemas de regulación de temperatura. En el sistema escolar, por una vez, no han reaccionado poniéndose en huelga, sino directamente cerrando los colegios, no vaya ser que a la chiquillería le dé un periflús. Yo creo que es más probable que el periflús se lo dé al profesorado, pero bueno, tampoco tiene tanta importancia.

No viene mal que a cierta gente, algo ensoberbecida y amiga de señalar a los demás, y especialmente a los españoles, como vagos y siesteros, les den un bofetón de realidad climática y sufran por algún tiempo lo que los españoles pasamos un verano sí, y otro también. No recuerdo que jamás me cerraran el colegio por mucho calor que hiciera. De hecho, recuerdo más de un examen en la facultad, bien entrado junio, con treinta y pico grados en el exterior y quizá más todavía en el aula, donde seiscientas personas sudorosas y oliendo a tigre esgrimían el bolígrafo y rellenaban folios con desesperación. Y recordemos que, en aquel tiempo, Zapatero (hoy tan criticado por otras razones que no vienen al caso) no había llegado a la presidencia del Gobierno y se podía fumar en las aulas. Y, durante un examen, ya lo creo que se fumaba. Maldición, salía uno de allí más gaseado y quemado que de un campo de exterminio.

El verano se anuncia calentito. Incluso en Bélgica. No tengo claro si superar mi atávica aversión y comprarme un aire acondicionado, antes de que acaben y sea demasiado tarde.

sábado, 27 de junio de 2026

Estética francesa

Hay países que, yo no sé qué pasa, pero salen bien, y Francia debe ser uno de ellos. Fijémonos en la foto que ilustra esta entrada y que tomé hace unos días. Corresponde a un callejón de la ciudad de Estrasburgo, capital alsaciana, perteneciente al Imperio Alemán durante bastante tiempo y que, desde que en 1945 pasó definitivamente (o no...) a manos francesas, ha sufrido un proceso de desgermanización bastante importante. Naturalmente, esta desgermanización ha corrido en paralelo a un afrancesamiento de todo lo que existe, se mueva o no. Es cierto que el asimilamiento a lo francés no es completo. Por ejemplo, la onomástica suena mucho más alemana que francesa, por no hablar del alsaciano, un dialecto del alemán en lamentable retroceso, que subsiste como puede en lugares recónditos, hablado por gentes que se pasan al francés en cuanto necesitan algo más de vocabulario. Porque el alsaciano, como la gran mayoría de lenguas de estar por casa, patina bastante en cuanto la conversación o el discurso requieren un vocabulario más complejo.

El caso es que Estrasburgo es Francia y ojito con cuestionar esto. Al hacer la foto, que corresponde al callejón de Santa Elena, intenté fijarme en lo más devastado del centro de la ciudad. De hecho, llama la atención el solar del primer plano, cuya valla está cubierta de pintadas. Al fondo, una casa cuyas ventanas dan al solar y cuya pared también presenta pintadas aquí y allí. Y más al fondo, a lo lejos, apuntando al cielo con su silueta, se yergue la catedral de Estrasburgo, uno de esos edificios que son difíciles de olvidar una vez que se han visitado.

No sé si en la foto se aprecia, pero, a pesar de estar buscando los lugares menos estéticos del centro, sigue dando una impresión sumamente estética. Estoy seguro de que, si fuera alemana, no la daría. Bueno, si fuera alemana, para empezar, lo que no habría es un solar en pleno centro con pintadas; por lo menos, ésa hubiera sido la Alemania que recuerdo de mis tiempos de estudiante, aunque me cuentan que ha cambiado bastante y que ya no es lo que era. Será cosa de pasarse por allí un mes de éstos.

Y es que es así. Aunque Estrasburgo es la menos francesa de las ciudades francesas, setenta años de asimilación han dado sus frutos. Por ser francés, ya lo tienes que considerar bello. Es verdad que uno va por la calle y se encuentra con que los nuevos dueños de la ciudad han alzado la estatua de Kléber, un asesino revolucionario de lo peorcito que vivió en aquellos tiempos convulsos, y que a dos pasos de la misma están las galerías Lafayette, y que las mujeres alsacianas tratan de parecer francesas, aunque se llamen Kellermann y sus abuelos hubieran militado en el ejército del Káiser. Pero eso parece que no les interesa. Estéticamente, son tan francesas como las parisinas. Y, muy probablemente, estéticamente mejoran bastante a sus abuelas.

No sé. Ahora que demográficamente somos un continente en decadencia imparable, pasarse por el centro de Estrasburgo, atestado de francesitas de lo más mono y de francesitos de lo más suyo, da una impresión de que quizá no estemos tan mal y de que no es para ponerse así de negativos, y que las cosas siguen su camino y, si en el futuro somos menos y nos van a sustituir por africanos, pues qué le vamos a hacer. Y que, si los políticos se pelean, que se peleen. Allá ellos. Nosotros quedémonos en ese mismo callejón a tomar algo en los bares del final del mismo, al lado de francesas y, si no hay más remedio, también de franceses, antes de que, como ahora, se nos haga demasiado tarde.

domingo, 14 de junio de 2026

El Día del Padre

Hoy es el día del padre en Bélgica. Bueno, en casi toda Bélgica.

Yo pensaba que el día del padre sería como en España, el 19 de marzo, día de San José, patrón de los padres y modelo de paciencia y de guardar silencio, algo que los padres, y hombres en general, haríamos muy bien en hacer. Después de todo, Bélgica era un país católico cuando se empezó a hablar del día del padre y otras zarandajas de este tipo. Sin embargo, parece ser que los belgas han tomado el modelo estadounidense no religioso y han escogido el segundo domingo de junio, no sé muy bien por qué. Parece que en Francia es el tercero, así que los padres, a una mala, podemos ir desplazándonos por los países del entorno para ir celebrando nuestro día varias veces.

Es más, ni siquiera necesitamos salir de Bélgica.

Sí, porque los belgas tampoco han conseguido ponerse de acuerdo en eso. Hoy es el día del padre en Bélgica... excepto en la región de Amberes. Allí, el día del padre es el 19 de marzo, igual que en España. Es curioso que sea así, precisamente en la que probablemente sea la región más descristianizada del país (en dura competencia con todas las demás, la verdad sea dicha), pero allí se celebra San José por partida múltiple: como solemnidad religiosa obligatoria, para los católicos que queden por allí, y como día del padre, para todos aquéllos que tengan hijos, ya sean católicos, musulmanes, tirios o troyanos.

En todo caso, antes de que se acabe el día y se haga demasiado tarde, ¡feliz día del padre belga a los lectores de esta bitácora que lo sean!

jueves, 11 de junio de 2026

Cajas destempladas

En una mudanza, la unidad básica de medida de complejidad es la caja. Mi primera mudanza más o menos propiamente dicha fue la que me llevó en 1992 de Alemania a España. De España a Alemania me había llevado una bolsa de deporte y gracias, así que eso no cuenta como mudanza. El retorno, que tuvo mayor complicación, ya fue otra cosa. Mis padres vinieron unos días en coche y yo vivía en una habitación de diez metros cuadrados, en la que, naturalmente, muchas cosas no cabían. Me lo llevé todo, menos un televisor enorme que doné a la residencia en la que vivía y que fue recibido con alborozo por mis ya ex-compañeros. Es que me llevé hasta la bicicleta, pero, lo que es cajas, no llevé ninguna, porque, en realidad, atesté el coche de mi padre de mochilas y de maletas, donde metí todas mis más bien magras pertenencias. Cero cajas, dificultad cero.

Las siguientes mudanzas, de España a Moscú, de Moscú a España y nuevamente de España a Moscú, tampoco fueron demasiado complicadas. En aquel entonces, yo era un tipo austero que se conformaba con poco. También era un tipo que miraba mucho la peseta, porque las pesetas en mi posesión eran bastante escasas, y al que horrorizaba pagar sobrepeso en los aviones, así que las cosas se saldaban con una maleta, una mochila, y a correr. O a volar.

Las mudanzas dentro de Moscú, menos la de 2006 que precedió al nacimiento de esta bitácora, también fueron razonablemente simples, básicamente porque se trataba de mudanzas dentro del mismo edificio, a apartamentos cada vez mayores a medida que iban llegando los churumbeles, pero dentro del mismo edificio y con ayuda local. Fuimos tirando.

Entre 2006 y 2013, algo muy gordo debió pasar. Es verdad que habíamos pasado de ocupar un apartamento a alquilar una casa entera, con la tentación que eso supone a la hora de ampliar las propiedades y los trastos de uno. También es verdad que los churumbeles iban creciendo, y con el crecimiento físico también crecían sus propias pertenencias; también es verdad que teníamos dos niñeras, una de ellas interna. También es verdad que quizá no debí haber comprado esa cinta de correr...

Cuando se produjo la mudanza de 2013, salieron de Moscú doscientas sesenta y cinco cajas. Dos-cien-tas-se-sen-ta-y-cin-co...

Yo ya llevaba unos meses por Bruselas, cuando el resto de la familia se incorporó a Bélgica a finales de agosto de 2013, coincidiendo con el comienzo del alquiler de la casa que ocupamos al principio. Se suponía que todo estaba pensado para que la entrada en la casa coincidiera con la llegada de la mudanza y sus 265 cajas, pero no contábamos con que las aduanas belgas iban a parar la mudanza por Dios sabrá qué, o con que el transportista, más bien torpón, iba a poner como excusa de su competencia mejorable las aduanas belgas. Qué duda cabe de que poner las aduanas como excusa en los transportes que entran o salen de Rusia es un clásico y todos los que hemos vivido por allí lo sabemos, cuando no lo hemos sufrido en primera persona.

En su momento no se reflejó en esta bitácora y, quien no lo crea, que mire el archivo de septiembre de 2013, pero los primeros días de toda la familia en Bruselas fueron complicados. No teníamos prácticamente nada, porque la casa que alquilamos estaba sin amueblar, de modo que sólo contábamos con los escasos enseres que tenía en mi piso del centro de la ciudad. Alquilamos un coche y compramos lo justo e imprescindible en IKEA Bruselas (bueno, hay dos). Aun así, estuvimos una semana acampados en nuestra propia casa, durmiendo en el suelo y comiendo sentados en taburetes. Vamos, que la bienvenida fue dura y no estoy seguro de que toda la tropa se lo tomara bien y de que no echara la culpa al que, después de todo, era el causante de todos aquellos males.

Pero eso no fue nada.

Lo gordo vino cuando llegó la mudanza. Recordemos: 265 cajas, una de ellas una cinta de correr y otra un piano. Las otras 263, francamente, no sabíamos lo que contenían, aunque en ellas estaba escrito el nombre de la estancia de donde venían. De Moscú había llegado absolutamente todo, y todo es todo, hasta el jabón de fregar. Clasificar todo aquello fue un trabajo agónico. Nos dimos cuenta de que las dos niñeras, a las que regularmente dábamos algo de dinero para gastos corrientes, habían creado algo así como una estructura paralela y que muchas cosas, como ese mismo jabón de fregar, lo teníamos doble. Además, en 2013, ya estando yo fuera del país, había habido una especie de vértigo de comprar libros en ruso de todo tipo, por si la cosa se complicaba (y ya lo creo que se ha complicado...).

A veces, aquello parecía como el juego del mentiroso. Había cajas que pasaban directamente al trastero sin abrirse; en otras descubrí elementos de mudanzas anteriores, como muebles de baño del siglo pasado que estaban en el trastero de la casa de Moscú, por si venían mal dadas (en ruso, en expresión maravillosa, eso se dice на чёрный день, literalmente 'para el día negro'). Superados por los acontecimientos, no tiramos nada, sino que seguimos como pudimos guardando cosas, porque, gracias a Dios (o no...), disponíamos de espacio suficiente para todo.

Tras varios días compaginando el trabajo con la apertura de cajas, logramos encontrar lo más básico para sobrevivir, incluyendo los muebles más necesarios, que fuimos montando como mejor pudimos.

Aunque fue la mudanza más pintona, no fue la última. La siguiente sucedió cuando compramos la casa que actualmente habito, pero esa mudanza la dejó para otro momento, porque se hace tarde.