jueves, 6 de agosto de 2026

Guía de inmigración

Todavía no se han apagado del todo los incendios forestales en España y ya tenemos un nuevo lío en nuestro país, en este caso en la frontera africana entre nuestra ciudad de Ceuta y el Reino de Marruecos que está al otro lado de la línea. Varias decenas de miles de maghrebíes han pasado a nado a España y, cuando escribo esto, todavía muchos campan por sus respetos por Ceuta y han provocado el colapso completo de la ciudad. No uno, ni dos, sino varias decenas de miles, que poco menos que habían duplicado el número de personas que ocupa un territorio de veinte kilómetros cuadrados.

Me temo que esto acabará mal, se mire como se mire.

Estas cosas las veo con interés, obviamente desde el punto de vista de alguien que, como yo, lleva más años vividos fuera de España que dentro de ella, por lo cual digamos que algo de empatía con los que abandonan su país de origen sí que tengo. Es verdad que he residido siempre de manera legal, lo cual ya de por sí es recomendable para no meterse en berenjenales. Vamos, ya sé que no es lo mismo, que yo no emigré por estar pasando hambre, pero sí por aspirar a una vida más acomodada, que es en lo que están éstos, después de todo. Porque lo de que están todos pasando hambre supongo que no cuela, o no debería colar.

En primer lugar, me viene a la cabeza que lo de estos pollos viene a dar una pésima impresión de su propio país. Marruecos debe de ser un lugar muy malo, cuando tanta gente quiere pirarse. Es algo así como la República Democrática Alemana, pero en el norte de África. Vamos, si sesenta mil españoles salieran el mismo día a nado, o aunque fuera a pie, hacia cualquier país fronterizo, yo me plantearía muy seriamente qué está pasando en España para que tanta gente no quiera ni oír hablar de quedarse, incluso con riesgo de la propia vida. Creo que la última vez que pasó algo semejante fue en febrero de 1939, cuando una infinidad de republicanos cruzó la frontera francesa perseguidos por los nacionales, que indudablemente no venían en son de paz. Claro, Francia metió a los republicanos en campos de internamiento, después de desarmarlos, pero es que era evidente que no se estaban metiendo en Francia para invadirla, sino porque se habían quedado sin terreno para seguirse retirando en España. Tampoco era la primera vez: casi todas las guerras civiles en España han terminado con el ejército derrotado entrando en Francia para ser internado allí.

Luego hubo emigración desde España en los años posteriores a la guerra, como la había habido durante todo el siglo, pero no de esa manera, desde luego. Esos españoles salieron legalmente del país y entraron legalmente en sus países de destino y se pusieron a trabajar con papeles inmediatamente, normalmente a la entera satisfacción de esos países de destino, donde hacían falta manos.

Esto que ha pasado no es lo mismo. Entre los que nos han visitado, se encuentra uno gente que no sabe nadar y que se mete con flotadores en el mar para entrar en España, parece que engañados por vaya usted a saber quién, y entran gritando ¡viva España! como si esperaran que se les recibiera con flores y guirnaldas. Luego se encuentran con que en Ceuta no hay papeo para todos y con que el paisanaje, aterrado ante la llegada de aquella horda famélica, se encierra en casa, no vaya a ser que, entre los que entraban dando vivas a España hubiera algún maleante, cosa por cierto probable. Total, que los más han tenido que terminar por darse la vuelta para su país y es que, aunque en Ceuta ataran los perros con longanizas, tampoco serviría de mucho, porque las longanizas son de cerdo y a la mayoría de estos inmigrantes les pasa con el cerdo lo mismo que a mí con los caracoles: repelús del todo. Yo pensaba que era por motivos religiosos, hasta que me di cuenta de que los que están razonablemente integrados en España, que alguno he tenido alojado recientemente por Bruselas, el cerdo siguen sin tocarlo, pero se aprietan cervezas, vino, ginebra y todo lo que haga falta, a despecho de las órdenes del profeta.

A todo esto, salvo algunos con un nivel decente, la gran mayoría de los que han entrado balbucean un poco de pésimo español, totalmente insuficiente para encontrar trabajo o para entenderse con el paisanaje local. Otros, ni eso. Llama la atención ese desconocimiento tan básico del idioma del otro lado de la raya, y más si tu intención es irte a vivir allí; con los medios de hoy en día, uno se puede dedicar con un teléfono móvil, por pocos medios que tenga, a sacar materiales para aprender lenguas extranjeras que serían la envidia de los que tuvimos que estudiarlas en tiempos mucho peores. Y bastantes de los que han llegado tenían teléfonos móviles mejores que el mío. No sé, da la impresión de que los que han pasado tampoco son precisamente la élite de Marruecos.

En fin, que el mandamiento número uno de cualquier emigrante debería consistir en tener un nivel razonable de la lengua del país, al menos para caer simpático y que vean que haces lo que puedes y lo estás intentando. Que no quieres ser turista, leches, sino quedarte a vivir. Cuando me fui a estudiar a Alemania, yo ya hablaba alemán como quería; cuando me fui a Rusia, tenía un ruso de nivel intermedio, me puse a hablar con lo que tenía desde el primer día y pasé varios meses hincando el codo hasta poderme comunicar con decencia; y ahora, en Bélgica, llegué con un francés igualmente intermedio y un flamenco más o menos básico, pero también me puse inmediatamente a remediar eso y hoy es el día en que seguramente soy de los no muchos residentes en este bendito país que puede hablar con cierta fluidez las tres lenguas oficiales del mismo, ninguna de las cuales, por cierto, es la mía materna. Si te quieres ir a vivir a un país, qué menos que meterte en un curso de lengua y, ya puestos, de cultura, porque lo normal es que te toque adaptarte a lo que te encuentres.

Bueno, lo de la adaptación es otra castaña. Estos días he estado leyendo acusaciones contra España por mantener un enclave en territorio marroquí, como si Ceuta no hubiera estado desde el Imperio Romano más en el ámbito de la Península Ibérica, a veinte kilómetros de allí, que en el ámbito norteafricano. Un tipo muy zumbón respondió a uno de los acusadores que Marruecos mantiene un enclave en Molenbeek, a dos mil kilómetros de Marruecos, y nadie dice nada. Sería broma, sí, pero algo hay...

De Molenbeek ya se ha escrito varias veces en esta bitácora. La primera fue aquí, apenas llegado al país, y es que me quedé sinceramente sorprendido de la existencia de semejante ghetto. La segunda fue en relación con los atentados de Bruselas y ya entonces creo que dejé claro que soy partidario de la mano dura; en la tercera se abordó, siquiera sea de refilón, el espinoso tema de los nativos locales que se ponen de lado del invasor (los podríamos llamar 'vlasovistas'); la cuarta sucedió cuando tuvo lugar el siguiente atentado, en 2016, aunque en esta ocasión la cosa no salió de Molenbeek; y la quinta vino con motivo del Mundial de fútbol de Qatar y el comportamiento de los belgas de origen marroquí que viven en Bruselas y que son belgas porque tienen el pasaporte y marroquíes por todo lo demás.

Luego ya vino la cuestión de la integración de los inmigrantes, incluso de tercera generación, que se trató en la sexta, con la ayuda tan belga del humor gráfico. Y, finalmente, ya hemos pasado al siguiente nivel, que es el de aprovechar el sistema parlamentario y las libertades de aquí para meter el hocico en la política con un partido político propio.

Hay musulmanes que se integran. Conozco varios, soy cliente de algunos y me llevo con ellos de maravilla. Lo que pasa es que suelen ser musulmanes poco practicantes y a quienes su religión (y cualquier otra) se la repampinfla bastante. Los musulmanes coherentes, y aquí espero con el paraguas el chaparrón de críticas, no se integran nunca. Su religión, cuando se la toman en serio, es totalmente incompatible con el modo de vida occidental y hasta con la dignidad de la mitad de la humanidad; la prueba es que en sus países es casi imposible practicar otra religión sin severísimas discriminaciones. Los musulmanes coherentes me temo que quieren convertir los países donde están en el mismo desastre que debe ser Marruecos, donde la gente vota con los pies y, por desgracia, algunos votan con los pies por delante. Lo lógico sería volver a esos países, donde tienen el trabajo ya hecho, pero no, tienen una misión y esa misión está entre nosotros, librándonos de la perdición occidental, queramos que no.

Como la alternativa que damos en occidente es materialmente bastante aceptable, pero espiritualmente ha empeorado muchísimo, los musulmanes coherentes, que dan respuestas simples y poco razonadas, porque la razón no es lo suyo, pero clarísimas, tienen predicamento y acaban atrayendo a demasiados musulmanes del tipo tibio. Cuando un musulmán de los que quizá no coman jamón, pero se aprietan sus buenas cervezas, pasa a ser abstemio, ojo con éste, que ya ha dado el primer paso para terminar con el cinturón de explosivos camino de encontrarse con las setenta y dos vírgenes prometidas.

A los católicos se nos podrá acusar de muchísimas cosas, y muchas de ellas con razón, pero no de que nuestras creencias son incompatibles con la sociedad occidental. No veo yo a ningún católico ejerciendo la violencia o con el cinturón de explosivos para extender el Reino de Dios, porque sabemos que eso no está bien. Si hay algún pirado, lo es por su cuenta, sin aprobación de las autoridades religiosas. Los chinos, lo mismo, no se meten con nadie. Son los musulmanes coherentes los que, desde que el fundador de su religión se dedicaba a sembrar el pánico en el desierto de Arabia en el siglo VII, asaltando caravanas y demostrando a las claras que su reino era de este mundo, no le hacen ascos a seguir el ejemplo de su fundador.

En Ceuta no sé cómo están, pero en Bruselas se han hecho con Molenbeek, un barrio al que la mala fama le precede. Lo malo es que la mala fama se corresponde bastante bien con la realidad de un sitio degradado que destaca enormemente de las zonas que lo circundan, y no sólo por el aspecto físico de la mayoría de sus habitantes, sino por el deplorable estado en el que se encuentra.

Repasando, veo que en las entradas de la bitácora no he relatado una de mis aventuras por Molenbeek, que no he visitado muy a menudo, porque me queda lejos, pero donde tuve que pasar un día entero por razones que contaré en la próxima entrada, porque hoy se hace tarde.

miércoles, 29 de julio de 2026

Habilidad forestal

Mientras España arde por los cuatro costados, quizá no vendría mal echar un vistazo a cómo se gestionan los bosques por otros andurriales, mismamente en Bélgica. Es verdad que en Bélgica no hace mucho calor prácticamente nunca y que llueve con cierta frecuencia, por lo que el riesgo de incendios es bastante menor, suponiendo que lo haya. Es también verdad, por lo tanto, que la comparación con lo que pasa aquí es por lo menos dudosa, pero nunca está de más reflexionar y tratar de buscar, no sé si una solución, pero al menos una idea alternativa, porque ahora mismo creo que no vamos a ningún sitio tal y como van las cosas, en que no hay verano en que las llamas den un mordisco importante a nuestros montes.

He oído estos días un montón de opiniones, que si el ICONA era la leche, que sí los políticos salen en la foto cuando se apagan los fuegos, pero no cuando se previenen... Un montón de ideas. Yo tengo otra más, con la misma autoridad de los que han lanzado las anteriores. Y es que no tengo muy claro cuándo empezaron a torcerse las cosas, pero sospecho que una fecha como la de 1855 quizá tenga mucho que ver. Es la llamada Desamortización de Madoz, por Pascual Madoz, ministro del gobierno progresista de entonces, y que consistió básicamente en privatizar los terrenos comunales, esto es, los pertenecientes a los ayuntamientos, de los que se aprovechaban los habitantes de los pueblos, según como decidían ellos mismos sin injerencia exterior. Los liberales son así, supongo, y más si son progresistas. Se les mete en la cabeza una cosa y que van a salir ganando a corto plazo, y adelante. Ellos son de los piensa que las cosas en los tiempos pasados se hacían siempre porque sí y para privilegio de las manos muertas, mientras que la propiedad privada mola, incluso que mola más cuanto más grande es. La propiedad comunal no mola, sólo la privada. Ya.

A corto plazo, eso sí, el tesoro público recaudó lo suyo. También a corto plazo, se creó nuevamente una clase de propietarios y terratenientes que, naturalmente, se pusieron a sacar rendimiento de su adquisición, en forma de talas para vender madera, de roturación para cultivar y todo tipo de prácticas excluyentes del uso de los demás. Porque, sí, también a corto plazo, muchos habitantes de los pueblos que llevaban una vida justita, pero aceptablemente digna, aprovechando su parte del uso que les correspondía de las tierras comunales, resultó que se vieron con una mano delante y otra detrás. La desamortización no sólo creó una clase de propietarios progresistas de izquierda, sino también una clase de proletarios, curiosamente de derecha hasta que bastantes se rebotaron, que no tuvieron otra que ponerse al servicio de los primeros.

A largo plazo, la jugada ha venido suponiendo lo que estamos viendo hoy. Primero, la despoblación y, casi como consecuencia, el decaimiento y el incendio. Nadie va a quedarse en un pueblo aislado donde va a malvivir, pudiendo ir a donde sea, y así es como se degradan las cosas. Se degradan las casas desocupadas, pero también se degradan los montes asilvestrados de los que nadie cuida porque ya no queda nadie.

En Bélgica, no hay despoblación y eso es un factor muy favorable. Es verdad que es un país con una geografía muy diferente a la española: la densidad poblacional es mucho mayor, las comunicaciones son relativamente sencillas y no hay zona del país en las que no haya cerca una población de importancia, con la posible excepción de las Ardenas. Así y todo, las Ardenas son una aglomeración poblacional insoportable comparadas con según qué lugares en España. El caso es que en Bélgica los bosques públicos y privados están cuidadísimos. Que sí, que llueve más, es cierto, pero también es verdad que los propietarios se lo curran y, cuando el propietario es público, se cuida mucho el acceso, en forma de conservación de sendas, delimitación de terrenos y limpieza y explotación de los recursos madereros como Dios manda.

El otro día, estuve paseando por el Kauwberg, que ya visitamos en otra ocasión. Releyendo aquella entrada, recuerdo que me pronunciaba por dejarlo como estaba, pero no ha sido eso lo que ha pasado. Durante los últimos años, ha habido algunas intervenciones, que no me duelen prendas en reconocer que lo han dejado mejor; todos los senderos están bien cuidados y han colocado estratégicamente vados en forma de tocones de troncos que permiten al paseante circular por allí incluso cuando la lluvia, que caerá tarde o temprano, inunde la zona y convierta los senderos en un lodazal. Las partes privadas, que las hay y lo cierto es que no les veo la menor utilidad para sus dueños, están cuidadosamente valladas, pero de manera que son permeables para la fauna local. En fin, que aquello está cuidado. Como está cuidada la gran mayoría de los espacios forestales en Bélgica. Y no, cuando voy a España a triscar por los montes, cosa que ocurre menos de lo que me gustaría, pero ocurre, no tengo la misma impresión ni mucho menos, lo cual es normal, porque en demasiadas partes de nuestro país ya no queda nadie.

Si reconocemos que la causa última de la despoblación de las nueve décimas partes del territorio español es la dichosa desamortización de Madoz (y la anterior de Mendizábal, que tuvo como víctima los bienes eclesiásticos, pero también a quienes vivían de ellos, que no eran sólo los monjes), cosa que yo creo firmemente, en algún momento habrá que dar la vuelta al calcetín y pensar en dar poder a los municipios. No sería la primera vez: los distintos gobernantes españoles de la Edad Media, con muchos menos medios que ahora, llevaron a cabo una política de repoblación que les salió bastante bien y que les llevó a tener una distribución territorial que ahora ni siquiera podemos imaginar, con bastante menos gente de la que ahora atesta las ciudades españolas y protesta porque allí la vivienda está carísima.

Es lo que se llamaba entonces conceder fueros. Una palabra que ahora está denostadísima, pero que, en su día, funcionó estupendamente. Todo es ponerse, pero no veo yo a nuestros políticos actuales por la tarea de llevar a cabo una política territorial digna de tal nombre. Yo sólo espero que no se nos haya hecho tarde, como a mí ahora, que tengo un montón de cosas que hacer.

sábado, 25 de julio de 2026

La final del mundial de fútbol en Bruselas

Ahora que ya han pasado unos cuantos días desde que terminó el campeonato mundial de fútbol y se han calmado un poco los ánimos, incluso los de los argentinos, creo que ya se puede escribir de cómo se vivió el evento en Bruselas. Yo lo vi desde el mismo bar desde el que vi la semifinal y los cuartos de final contra Bélgica.

En el bar, muy cerca de la estación de Midi, que no pasa precisamente por ser la zona más pacífica de la ciudad, estaríamos como veinte españoles y el resto de otras nacionalidades, normalmente belgas, pero lo cierto es que, con mayor o menor intensidad, todos parecían estar deseando que ganara la selección española. En el caso belga, es comprensible: aunque los españoles los eliminaron en cuartos de final, lo cual deja un regustillo amargo, también es verdad que los belgas metieron a los españoles el único gol que han encajado en todo el torneo y no veas cómo se están ufanando con eso, así que esperaban que ganara España y, sobre todo, sin que les metieran ningún otro gol, para poder seguir presumiendo de haber sido los únicos capaces de batir al portero español. Los españoles, al menos yo, en las numerosas pausas que tuvo el partido, les estábamos felicitando la mar de contentos, porque, total, ¿para qué hacer enemigos?

Ésta es la pregunta que demasiados argentinos no se han hecho, o eso me parece a mí. Yo no sé gran cosa de fútbol, pero vi el partido y yo diría que hubo marrullerías a porrillo, supongo que hasta cierto punto de unos y de otros; ahora bien, hace bastantes años que comenzó el siglo XXI y éste es el día en que hay cámaras por todos los sitios e imágenes desde casi todos los ángulos. Y medios y redes sociales que las difunden, con una calidad que alucinas. Y, a tenor de las imágenes, yo diría que los argentinos, en lugar de comerse el tarro con teorías conspirativas, podían estar contentos de que ninguno de sus jugadores saliera del campo esposado o, por lo menos, en libertad condicional.

Sea como fuere, la selección española se llevó el trofeo después de una prórroga, con lo que, una vez más, se hizo tardísimo, tanto más cuanto que el día siguiente era lunes. Como el martes era festivo, la fiesta nacional belga que alguna vez hemos glosado por aquí, supongo que hubo no pocos que hicieron puente, pero yo no era uno de ellos y, así como quien no quiere la cosa, tenía que levantarme al día siguiente a las siete y media como muy tarde. En cuanto terminó el partido, dejé a mis compatriotas celebrando el resultado, desaté mi bicicleta y tomé la derrota de mi casa para dormir todo lo posible. Ya digo que no soy futbolero. Entiendo que hubo gente que no pudo dormir de la alegría, como hubo gente vestida con la albiceleste que evidentemente tampoco pudo dormir, aunque por otras razones, pero a servidor el fútbol no le quita el sueño. Como mucho, lo limita, y sólo cuando el partido termina a deshora y, así y todo, hay que madrugar.

A pesar de que los Diablos Rojos llevaban una semanita larga de vacaciones, el centro de Bruselas estaba animadísimo. No se diría sino que todos eran españoles por allí, pero no, nada de eso. Para mi sorpresa, porque la leyenda negra tiene gran pujanza en este país en que resido, todo hijo de vecino estaba contentísimo con la victoria de la selección española, sonaban bocinazos en las calles y eso que era pasada medianoche, y hasta los repartidores de Glovo me adelantaban haciendo piruetas y diciendo ¡Viva España! De hecho, estaban más contentos que yo, que ya digo que no soy futbolero y, si me viera un argentino de los forofos de pro que evidentemente son más de uno y más de dos, diría que soy un pecho frío. O algo peor.

Dejo la explicación de tanta euforia a quienes tengan sus propias teorías. Que si es normal que en Bélgica, que es Europa, se tuviera más simpatía por una selección europea como la española; que si la alegría no era tanto porque ganara España, sino porque quien perdía era la selección argentina, que no ha hecho muchos amigos últimamente; que si la gente tiende a apuntarse al carro del vencedor y que, si hubiera ganado Argentina, también habrían salido a dar bocinazos por la calle. Todo eso es posible.

Lo cierto es que el trayecto de retorno a casa, siguiendo una cuesta arriba bastante empinada entre la puerta de Hal y la avenida Albert, fue bastante rico en emociones, porque, entre los bocinazos y los adelantamientos de moto haciendo cabriolas, tenía que ir aún más ojo avizor que de costumbre. Cuando llegué a Albert, que es cuando pasamos de la zona proletaria a la pija, para aclararnos, fue como pasar de un país a otro. Se acabaron los bocinazos como por ensalmo y el resto del camino ya fue algo mucho más propio de un domingo a medianoche.

Al día siguiente, en el trabajo, el mundial no fue un tema de conversación, la verdad. La práctica totalidad de mis compañeros son mujeres y el fútbol les apasiona entre poco y nada y, por si fuera poco, un porcentaje apreciable está compuesto por italianos, para quienes este campeonato del mundo ha carecido completamente de relevancia e incluso de existencia. Alguno me felicitó y yo devolví un agradecimiento sin dar más importancia de la que tiene, que no es tantísima. Creo que me alegré más cuando el Valencia Basket ganó la liga el mes pasado (y la liga femenina el anterior), pero ahí no me felicitó nadie. Vaya pechos fríos...

Sea como fuere, ya se ha terminado el mundial de fútbol y se ha celebrado lo justo y necesario y ni un poquito más. Dejemos a los subcampeones que sigan recordando la final y a otra cosa, que se hace tarde.

domingo, 19 de julio de 2026

Cine de verano

Bruselas debería ser todo el año como es en julio.

Días largos, buen tiempo, colegios cerrados, ningún atasco, obreros de vacaciones... en realidad, casi todo el mundo está de vacaciones.

Una delicia de ciudad.

Y, además, está el cine de verano. Vale, no siempre estamos hablando de obras maestras del séptimo arte, pero se agradece el esfuerzo y, por ese precio (es gratuito), sale muy a cuenta. Creo que hasta ahora no había escrito sobre el cine público de verano al aire libre en Bruselas, una iniciativa apoyada por la Comisión Comunitaria Francesa (sí, también en español es la COCOF), que consiste en la proyección de una película en cada uno de los diecinueve municipios de Bruselas, entre finales de junio y, este año, el 18 de julio, con algún descanso por el medio.

Es verdad que las películas son mejores o peores, según los casos. Suelen ser producciones europeas de presupuesto ajustado, pero no tienen por qué estar mal, ni mucho menos. Pero, aparte de las películas, estas proyecciones le dan a uno la oportunidad de conocer lugares interesante en municipios diferentes al de uno, porque se exponen en parques o explanadas que, en ocasiones, merecen bastante la pena. Así, en Forest, la proyección tuvo lugar nada menos que en los jardines de la antigua abadía, lo cual, ya de paso, me vino bien para echar un ojo a las excavaciones en curso; en Uccle, la proyección fue en el parque de Wolvendael, que está bastante cerca de mi casa y que conozco aceptablemente bien, pero al que siempre es interesante volver; en Schaerbeek, por poner otro ejemplo, la proyección tuvo lugar en un espacio que esta bitácora ya visitó y que tiene un fuerte componente valenciano. Vamos, que uno termina por conocer la ciudad, lo que no es poca cosa.

El único pero consiste en que no estoy de vacaciones, por lo visto a diferencia de la mayoría de los espectadores, que evidentemente no tienen que presentarse a las ocho y media en sus respectivas oficinas y, si tienen que hacerlo, yo diría que se toman dicha obligación de manera bastante relajada. Porque, claro, el cine de verano se ve fatal de día y, en estas fechas, tenemos día hasta pasadas las diez de la noche; el tiempo hasta entonces se pasa entre presentaciones del director, alocuciones del concejal de cultura o el alcalde del municipio agraciado con la proyección y otras zarandajas. En Uccle, además, pusieron a una orquesta sudamericana a ambientar la espera, suponiendo que entre el público habría bastantes españoles, porque la película era española y en versión original.

El otro pero consiste en que es mejor llegar pronto, porque, según el municipio, ponen más o menos sillas. En Uccle pusieron sillas de sobra, pero en Forest sólo pusieron unas cuantas, que se llenaron enseguida, de modo que a mí y a mis dos compañeras nos tocó sentarnos en unos bancos sin respaldo. Y dos horas de cine sin respaldo se hacen bastante largas.

Finalmente, y fatalmente, cuando una película, entre pitos y flautas, comienza a las diez y media y el día siguiente no es sábado ni domingo, tienes un problema, porque rara vez llegas a casa antes de la una y, si te tienes que presentar en el trabajo a las ocho y media, en mi caso hay que ponerse en marcha sobre las seis y media, con lo que el día lo pasa uno medio zombi.

Porque, sí, se hizo tarde. Como siempre.

viernes, 17 de julio de 2026

La penúltima mudanza

Viene de aquí.

En la última entrada sobre los asuntos relativos a las mudanzas ya debió quedar claro que las posesiones con las que contábamos ocupaban un volumen inmenso, que ascendía a doscientas sesenta y cinco cajas, piano incluido. Habíamos acabado en una casa de tamaño similar al que habíamos gozado en Moscú y, por lo tanto, conseguimos meterlas todas. Además, contábamos con un sótano amplísimo, en el cual colocamos todas las cajas que, según fuimos viendo, no eran de utilidad inmediata.

El problema era que sabíamos que aquella casa en la que estábamos alquilados era un lugar de paso hasta llegar a algo más estable y en propiedad. Bruselas no era, ni es, una ciudad en la que comprar una vivienda sea algo excesivamente caro, sobre todo si lo comparamos con otras capitales europeas, e incluso con ciudades medianejas de nuestro continente; además, Moscú era un destino bien pagado, por lo que contábamos con algunos ahorros que, salvo dispendio horroroso, iban a permitirnos hacernos con un inmueble en propiedad. Pero, claro, eso venía a significar que la mudanza que acabábamos de hacer iba a repetirse en un período de tiempo relativamente breve.

Tras muchas visitas y muchas aventuras, no siempre agradables, compramos una casa muy necesitada de reforma, en una zona, eso sí, de campanillas. Por curiosidad, he revisado las entradas de aquella época en la bitácora. No son numerosas, lo cual es una prueba de que el período previo a la adquisición fue un infierno, lleno de desacuerdos, y que no me quedaban ni ganas de escribir. La primera entrada en que se hace referencia al asunto, después de varias y escasas entradas en que se escribe de temas variados, es ésta, de junio de 2015. Para entonces, hacía casi tres meses que la casa nos pertenecía. En julio y agosto el asunto salió más a menudo, lo cual es una señal clara de que había dejado atrás el choque agónico que supuso la compra. Luego vino el choque agónico de la reforma, que me pilló con la idea de que lo peor, que debía ser la compra, ya había pasado. Ja. La reforma fue otro proceso agónico, que comenzó tarde, se prolongó eternamente y, de hecho, no había terminado completamente cuando llegó, albricias, el momento de trasladarse. Es lo que pasa cuando tienes que dar un preaviso en la casa que has alquilado, mientras tienes previsto cuándo van a terminar las obras en la que has comprado, e intentas, porque con la compra y la reforma te has quedado finalmente sin un duro, que no haya períodos en que estés pagando un alquiler y, al mismo tiempo, dispongas de una casa flamante en situación de merecer.

En los dos años y medio que pasaron entre una mudanza y otra, los bultos no hicieron sino aumentar aún más, de manera absolutamente impensable. Además, hubo un malentendido, porque yo supuse que había encargado que nos embalaran los bultos, mientras que la empresa de mudanzas no lo entendió así. Afortunadamente, la cosa se resolvió echando más horas... y más pasta, claro.

Cuando la mudanza terminó, podría pensarse en un suspiro de alivio, pero lo cierto es que teníamos una casa en la que aún faltaban detalles para considerarla terminada, principalmente la cocina (cosa que ya debió quedar clara aquí y en las entradas sucesivas a ésa).

Finalmente, los obreros se marcharon de casa y la dejaron habitable, tuvo lugar la pomposa inauguración de la misma y comenzamos a vivir en ella. Las cajas de la mudanza que no abrimos se quedaron en un semisótano y, cuando me pude hacer con ellas, en un trastero húmedo y bastante insalubre.

Con el tiempo, a partir del momento en que pasé a tomar todas las decisiones por unanimidad, cosa que sucedió hace un par de años, decidí terminar la mudanza, pero terminarla de verdad, es decir, abrir todas las cajas que seguían cerradas, algunas desde Moscú, y decidir qué hacer con cada uno de los objetos que fuera encontrando.

Y lo cierto es que han salido cosas curiosísimas. Algunas de ellas, como algunos peluches, totalmente podridas por la humedad, pero otras, inesperadamente, han salido inmunes, como cuarenta cuadernos escolares oficiales rusos totalmente vacíos, que mis hijos no hubieran terminado así se hubieran quedado a estudiar en Moscú hasta acabar la universidad; algún curioso regalo que les hicieron los profesores al irse, como un manual de matemáticas para preparar el Examen Único de Estado ruso, es decir, el equivalente a la Selectividad española o como se llame ahora.

Todo ha recibido un destino, ya fuera la basura, cuando el deterioro era irreversible, o las distintas estanterías o cajones donde se guardan los libros, vídeos, material de papelería, cosas de coser y hasta papel para envolver regalos, que de todo había. Y hoy es el momento en que puedo decir con cierto orgullo que la mudanza ha terminado, casi catorce años después, y que todo está donde debe estar. Menos mal que no se ha hecho tarde.

Y sí, parece que es la penúltima mudanza, porque en algún momento llegará la que debería ser la última, que habría de ser la que me traslade de esta vivienda que ocupo en Bruselas a la que en algún momento espero tener en Benicountrí, que es a donde tendré que trasladar los enseres que más me importen. Claro que, para eso, todavía queda tiempo. O no. Una de las cosas que hemos aprendido por aquí es que, en realidad, sólo podemos hablar con cierta propiedad del pasado, mientras que el futuro es algo que, como la vida, da muchísimas vueltas, así que a saber si acabo en Benicountrí, que es lo que tenía pensado, o a saber dónde, o en Semipalatinsk, cosa que yo veo sumamente improbable, pero, ¿y si sí?

¿Y si sí? parece que es la pregunta de moda, tanto cuando el Valencia Basket se preparaba para ganar la Liga española de este año, como para hacerse la ilusión de que la selección española de fútbol puede ganar la Copa del Mundo de este deporte. Pero, como eso lo sabremos pasado mañana, vamos a prepararnos para trasnochar ese día y decidir dónde ver el partido, a sabiendas de que ese día, fatalmente, se hará tardísimo.

sábado, 11 de julio de 2026

El partido de fútbol

No soy nada futbolero. He ido a ver partidos de fútbol en contadísimas ocasiones y normalmente me he aburrido como una ostra. Como en este mundo hay que ser de un equipo de fútbol so pena de ser condenado a un ostracismo inapelable, decidí hacerme de un equipo que no molestara a nadie y me declaré del Levante, cuando el Levante estaba en la tercera categoría nacional. Quién me iba a decir a mí que el Levante iría mejorando con el tiempo y llegaría a Primera División (donde sigue, aunque por los pelos) a medirse con los mejores, cosa que ya vimos en esta bitácora hace algún tiempo.

El caso es que se está jugando el campeonato mundial de fútbol y los caminos de las selecciones de España y Bélgica se han cruzado. Como, afortunadamente, la selección de Marruecos ha sido eliminada (¡gracias, Francia!), el riesgo de incidentes de orden público se ha reducido bastante.

Pensaba esconderme en casa o hacer cualquier otra cosa, pero hay cosas que no pueden ser y al final me liaron para ver el partido en una cervecería belga de toda la vida. Obviamente, la mayoría de los presentes eran belgas, pero yo estaba con un grupillo de españoles en el que hicimos bastante ruido; celebramos el primer gol de la selección española, luego los belgas celebraron el que marcó su selección y, cuando la selección española marcó el segundo gol a poco de terminar el partido, se oyeron a la vez los gritos de alegría que proferimos los quizá quince españoles que estaríamos por allí y los lamentos de los no menos de noventa belgas que nos rodeaban. Al acabar el partido, no hubo ningún incidente, más que alguna felicitación de los belgas, igual que hubiéramos hecho nosotros si el resultado nos hubiera sido adverso.

La verdad es que es un gusto estar en un país que no es chauvinista en absoluto, y eso que la selección de fútbol es de las pocas cosas que les une. En su momento, creo que ya lo escribí alguna vez, les unía el rey y la religión católica. Lo segundo ya hace tiempo que no, y el rey creo yo que intenta pasar todo lo desapercibido que puede, así que han reemplazado la religión católica por el deporte, comenzando por los Diablos Rojos, vale, pero también por los profesionales del verdadero deporte nacional belga, que es el ciclismo, y mucho más el de clásicas que el de grandes vueltas, donde, aparte de Eddy Merckx, tampoco han tenido de momento campeones de los de primera división.

De todas formas, el hecho de que la selección belga haya quedado eliminada del Mundial de fútbol es algo que podía pasar y que no iba a amargar a los belgas el fin de semana, ni siquiera el viernes por la noche. Cuando volvía a casa montado en mi bicicleta, no hacía yo más que cruzarme con todo tipo de grupitos masculinos y femeninos (y mixtos), alguno con la bandera por bufanda, que no parecían demasiado angustiados por el fin de la aventura belga en el Mundial y que se desplazaban por la ciudad para aprovechar que hacía una noche estupenda que invitaba a proseguir la fiesta todo lo que fuera posible, aunque se hiciera espantosamente tarde. Yo, por mi parte, como tenía otros planes, seguí mi camino hasta mi casa, donde acabé en Discopiltra un rato después, quizá más tarde de lo que hubiera deseado. Eso de hacerse tarde es que no falla...

domingo, 28 de junio de 2026

La ola de calor

Estos últimos días, en Bélgica ha estado haciendo mucho más calor que en España. Es verdad que al que haya mirado las cifras crudas no le habrá parecido que sea para tanto, porque las temperaturas han sido hasta cierto punto similares, pero el efecto no ha sido el mismo. Mientras en España es el pan nuestro de cada día superar los treinta grados en junio y estamos preparados para afrontarlos, en Bélgica esos mismos treinta grados, y hay que decir que se ha llegado a bastante más de 35 en Bruselas, y más aún en otras partes del país, son una tortura china.

Lo fundamental es que las casas belgas están preparadas para todo lo contrario que para expulsar calor. Los arquitectos belgas, y yo diría que centroeuropeos en general, diseñan casas para aprovechar cada rayito de sol que aparece, porque no suelen aparecer muchos. Sin ir más lejos, mi dormitorio está acristalado y orientado al sur. En invierno, esto es fantástico, ya lo creo: retiene el calor que no veas y hay que ver lo que se ahorra uno en la factura del gas. En la mayor parte de los veranos belgas, que se llaman verano sólo porque coinciden con los meses que van entre junio y septiembre, tampoco viene mal un poco de calorcito.

El problema ha venido ahora.

Con un sol de justicia y temperaturas de más de treinta y cinco grados, el acristalamiento de mi dormitorio, que hace las veces de lupa, ha convertido la estancia en una especie de crematorio inmisericorde. Un infierno sin demonios. Jamás había visto esto desde que estoy aquí. Tuve la humorada de meter un termómetro en la misma, que marcó 39 grados. Otros residentes en Bruselas me han confirmado que no es que yo sea especial ni mi casa la única sucursal de Belcebú en Bruselas: ellos están pasando por lo mismo.

Los primeros días de la ola de calor, me enchufé un ventilador y, mal que bien, fui tirando, durmiendo a ratos, pero hace tres días no pude más y tomé la radical decisión de mudarme a dormir al sótano. Creo que esto ha salvado a más de un belga del achicharramiento. Al menos en mi sótano, la temperatura es de 23 grados, que ya es otra cosa; además, tengo un sofá transformable en cama para alojar rápidamente a algún invitado que se pase por aquí. En este caso, el invitado he sido yo mismo.

Después de tres días durmiendo en el sótano, la noche pasada hubo una tormenta de aúpa con aparato eléctrico abundante y lluvia a raudales. No ha sido cualquier cosa, pero de eso, es decir, de los daños que ha provocado, tocará escribir en otra ocasión; daños aparte, por lo menos ha traído aire fresco, así que por la mañana me apresuré a abrir puertas y ventanas y a ventilar lo mejor que supe, de modo que el dormitorio ha bajado de la temperatura psicológica de treinta grados. El calor sigue, pero menos.

Los belgas, y supongo que otros centroeuropeos, han reaccionado de manera bastante aparatosa a esta ola de calor inesperada por lo intensa. El teletrabajo ha bajado drásticamente la semana pasada, porque pocos belgas tienen aire acondicionado en sus casas, así que se estaba mejor en las oficinas, que sí que suelen tener sistemas de regulación de temperatura. En el sistema escolar, por una vez, no han reaccionado poniéndose en huelga, sino directamente cerrando los colegios, no vaya ser que a la chiquillería le dé un periflús. Yo creo que es más probable que el periflús se lo dé al profesorado, pero bueno, tampoco tiene tanta importancia.

No viene mal que a cierta gente, algo ensoberbecida y amiga de señalar a los demás, y especialmente a los españoles, como vagos y siesteros, les den un bofetón de realidad climática y sufran por algún tiempo lo que los españoles pasamos un verano sí, y otro también. No recuerdo que jamás me cerraran el colegio por mucho calor que hiciera. De hecho, recuerdo más de un examen en la facultad, bien entrado junio, con treinta y pico grados en el exterior y quizá más todavía en el aula, donde seiscientas personas sudorosas y oliendo a tigre esgrimían el bolígrafo y rellenaban folios con desesperación. Y recordemos que, en aquel tiempo, Zapatero (hoy tan criticado por otras razones que no vienen al caso) no había llegado a la presidencia del Gobierno y se podía fumar en las aulas. Y, durante un examen, ya lo creo que se fumaba. Maldición, salía uno de allí más gaseado y quemado que de un campo de exterminio.

El verano se anuncia calentito. Incluso en Bélgica. No tengo claro si superar mi atávica aversión y comprarme un aire acondicionado, antes de que acaben y sea demasiado tarde.