sábado, 11 de julio de 2026

El partido de fútbol

No soy nada futbolero. He ido a ver partidos de fútbol en contadísimas ocasiones y normalmente me he aburrido como una ostra. Como en este mundo hay que ser de un equipo de fútbol so pena de ser condenado a un ostracismo inapelable, decidí hacerme de un equipo que no molestara a nadie y me declaré del Levante, cuando el Levante estaba en la tercera categoría nacional. Quién me iba a decir a mí que el Levante iría mejorando con el tiempo y llegaría a Primera División (donde sigue, aunque por los pelos) a medirse con los mejores, cosa que ya vimos en esta bitácora hace algún tiempo.

El caso es que se está jugando el campeonato mundial de fútbol y los caminos de las selecciones de España y Bélgica se han cruzado. Como, afortunadamente, la selección de Marruecos ha sido eliminada (¡gracias, Francia!), el riesgo de incidentes de orden público se ha reducido bastante.

Pensaba esconderme en casa o hacer cualquier otra cosa, pero hay cosas que no pueden ser y al final me liaron para ver el partido en una cervecería belga de toda la vida. Obviamente, la mayoría de los presentes eran belgas, pero yo estaba con un grupillo de españoles en el que hicimos bastante ruido; celebramos el primer gol de la selección española, luego los belgas celebraron el que marcó su selección y, cuando la selección española marcó el segundo gol a poco de terminar el partido, se oyeron a la vez los gritos de alegría que proferimos los quizá quince españoles que estaríamos por allí y los lamentos de los no menos de noventa belgas que nos rodeaban. Al acabar el partido, no hubo ningún incidente, más que alguna felicitación de los belgas, igual que hubiéramos hecho nosotros si el resultado nos hubiera sido adverso.

La verdad es que es un gusto estar en un país que no es chauvinista en absoluto, y eso que la selección de fútbol es de las pocas cosas que les une. En su momento, creo que ya lo escribí alguna vez, les unía el rey y la religión católica. Lo segundo ya hace tiempo que no, y el rey creo yo que intenta pasar todo lo desapercibido que puede, así que han reemplazado la religión católica por el deporte, comenzando por los Diablos Rojos, vale, pero también por los profesionales del verdadero deporte nacional belga, que es el ciclismo, y mucho más el de clásicas que el de grandes vueltas, donde, aparte de Eddy Merckx, tampoco han tenido de momento campeones de los de primera división.

De todas formas, el hecho de que la selección belga haya quedado eliminada del Mundial de fútbol es algo que podía pasar y que no iba a amargar a los belgas el fin de semana, ni siquiera el viernes por la noche. Cuando volvía a casa montado en mi bicicleta, no hacía yo más que cruzarme con todo tipo de grupitos masculinos y femeninos (y mixtos), alguno con la bandera por bufanda, que no parecían demasiado angustiados por el fin de la aventura belga en el Mundial y que se desplazaban por la ciudad para aprovechar que hacía una noche estupenda que invitaba a proseguir la fiesta todo lo que fuera posible, aunque se hiciera espantosamente tarde. Yo, por mi parte, como tenía otros planes, seguí mi camino hasta mi casa, donde acabé en Discopiltra un rato después, quizá más tarde de lo que hubiera deseado. Eso de hacerse tarde es que no falla...

domingo, 28 de junio de 2026

La ola de calor

Estos últimos días, en Bélgica ha estado haciendo mucho más calor que en España. Es verdad que al que haya mirado las cifras crudas no le habrá parecido que sea para tanto, porque las temperaturas han sido hasta cierto punto similares, pero el efecto no ha sido el mismo. Mientras en España es el pan nuestro de cada día superar los treinta grados en junio y estamos preparados para afrontarlos, en Bélgica esos mismos treinta grados, y hay que decir que se ha llegado a bastante más de 35 en Bruselas, y más aún en otras partes del país, son una tortura china.

Lo fundamental es que las casas belgas están preparadas para todo lo contrario que para expulsar calor. Los arquitectos belgas, y yo diría que centroeuropeos en general, diseñan casas para aprovechar cada rayito de sol que aparece, porque no suelen aparecer muchos. Sin ir más lejos, mi dormitorio está acristalado y orientado al sur. En invierno, esto es fantástico, ya lo creo: retiene el calor que no veas y hay que ver lo que se ahorra uno en la factura del gas. En la mayor parte de los veranos belgas, que se llaman verano sólo porque coinciden con los meses que van entre junio y septiembre, tampoco viene mal un poco de calorcito.

El problema ha venido ahora.

Con un sol de justicia y temperaturas de más de treinta y cinco grados, el acristalamiento de mi dormitorio, que hace las veces de lupa, ha convertido la estancia en una especie de crematorio inmisericorde. Un infierno sin demonios. Jamás había visto esto desde que estoy aquí. Tuve la humorada de meter un termómetro en la misma, que marcó 39 grados. Otros residentes en Bruselas me han confirmado que no es que yo sea especial ni mi casa la única sucursal de Belcebú en Bruselas: ellos están pasando por lo mismo.

Los primeros días de la ola de calor, me enchufé un ventilador y, mal que bien, fui tirando, durmiendo a ratos, pero hace tres días no pude más y tomé la radical decisión de mudarme a dormir al sótano. Creo que esto ha salvado a más de un belga del achicharramiento. Al menos en mi sótano, la temperatura es de 23 grados, que ya es otra cosa; además, tengo un sofá transformable en cama para alojar rápidamente a algún invitado que se pase por aquí. En este caso, el invitado he sido yo mismo.

Después de tres días durmiendo en el sótano, la noche pasada hubo una tormenta de aúpa con aparato eléctrico abundante y lluvia a raudales. No ha sido cualquier cosa, pero de eso, es decir, de los daños que ha provocado, tocará escribir en otra ocasión; daños aparte, por lo menos ha traído aire fresco, así que por la mañana me apresuré a abrir puertas y ventanas y a ventilar lo mejor que supe, de modo que el dormitorio ha bajado de la temperatura psicológica de treinta grados. El calor sigue, pero menos.

Los belgas, y supongo que otros centroeuropeos, han reaccionado de manera bastante aparatosa a esta ola de calor inesperada por lo intensa. El teletrabajo ha bajado drásticamente la semana pasada, porque pocos belgas tienen aire acondicionado en sus casas, así que se estaba mejor en las oficinas, que sí que suelen tener sistemas de regulación de temperatura. En el sistema escolar, por una vez, no han reaccionado poniéndose en huelga, sino directamente cerrando los colegios, no vaya ser que a la chiquillería le dé un periflús. Yo creo que es más probable que el periflús se lo dé al profesorado, pero bueno, tampoco tiene tanta importancia.

No viene mal que a cierta gente, algo ensoberbecida y amiga de señalar a los demás, y especialmente a los españoles, como vagos y siesteros, les den un bofetón de realidad climática y sufran por algún tiempo lo que los españoles pasamos un verano sí, y otro también. No recuerdo que jamás me cerraran el colegio por mucho calor que hiciera. De hecho, recuerdo más de un examen en la facultad, bien entrado junio, con treinta y pico grados en el exterior y quizá más todavía en el aula, donde seiscientas personas sudorosas y oliendo a tigre esgrimían el bolígrafo y rellenaban folios con desesperación. Y recordemos que, en aquel tiempo, Zapatero (hoy tan criticado por otras razones que no vienen al caso) no había llegado a la presidencia del Gobierno y se podía fumar en las aulas. Y, durante un examen, ya lo creo que se fumaba. Maldición, salía uno de allí más gaseado y quemado que de un campo de exterminio.

El verano se anuncia calentito. Incluso en Bélgica. No tengo claro si superar mi atávica aversión y comprarme un aire acondicionado, antes de que acaben y sea demasiado tarde.

sábado, 27 de junio de 2026

Estética francesa

Hay países que, yo no sé qué pasa, pero salen bien, y Francia debe ser uno de ellos. Fijémonos en la foto que ilustra esta entrada y que tomé hace unos días. Corresponde a un callejón de la ciudad de Estrasburgo, capital alsaciana, perteneciente al Imperio Alemán durante bastante tiempo y que, desde que en 1945 pasó definitivamente (o no...) a manos francesas, ha sufrido un proceso de desgermanización bastante importante. Naturalmente, esta desgermanización ha corrido en paralelo a un afrancesamiento de todo lo que existe, se mueva o no. Es cierto que el asimilamiento a lo francés no es completo. Por ejemplo, la onomástica suena mucho más alemana que francesa, por no hablar del alsaciano, un dialecto del alemán en lamentable retroceso, que subsiste como puede en lugares recónditos, hablado por gentes que se pasan al francés en cuanto necesitan algo más de vocabulario. Porque el alsaciano, como la gran mayoría de lenguas de estar por casa, patina bastante en cuanto la conversación o el discurso requieren un vocabulario más complejo.

El caso es que Estrasburgo es Francia y ojito con cuestionar esto. Al hacer la foto, que corresponde al callejón de Santa Elena, intenté fijarme en lo más devastado del centro de la ciudad. De hecho, llama la atención el solar del primer plano, cuya valla está cubierta de pintadas. Al fondo, una casa cuyas ventanas dan al solar y cuya pared también presenta pintadas aquí y allí. Y más al fondo, a lo lejos, apuntando al cielo con su silueta, se yergue la catedral de Estrasburgo, uno de esos edificios que son difíciles de olvidar una vez que se han visitado.

No sé si en la foto se aprecia, pero, a pesar de estar buscando los lugares menos estéticos del centro, sigue dando una impresión sumamente estética. Estoy seguro de que, si fuera alemana, no la daría. Bueno, si fuera alemana, para empezar, lo que no habría es un solar en pleno centro con pintadas; por lo menos, ésa hubiera sido la Alemania que recuerdo de mis tiempos de estudiante, aunque me cuentan que ha cambiado bastante y que ya no es lo que era. Será cosa de pasarse por allí un mes de éstos.

Y es que es así. Aunque Estrasburgo es la menos francesa de las ciudades francesas, setenta años de asimilación han dado sus frutos. Por ser francés, ya lo tienes que considerar bello. Es verdad que uno va por la calle y se encuentra con que los nuevos dueños de la ciudad han alzado la estatua de Kléber, un asesino revolucionario de lo peorcito que vivió en aquellos tiempos convulsos, y que a dos pasos de la misma están las galerías Lafayette, y que las mujeres alsacianas tratan de parecer francesas, aunque se llamen Kellermann y sus abuelos hubieran militado en el ejército del Káiser. Pero eso parece que no les interesa. Estéticamente, son tan francesas como las parisinas. Y, muy probablemente, estéticamente mejoran bastante a sus abuelas.

No sé. Ahora que demográficamente somos un continente en decadencia imparable, pasarse por el centro de Estrasburgo, atestado de francesitas de lo más mono y de francesitos de lo más suyo, da una impresión de que quizá no estemos tan mal y de que no es para ponerse así de negativos, y que las cosas siguen su camino y, si en el futuro somos menos y nos van a sustituir por africanos, pues qué le vamos a hacer. Y que, si los políticos se pelean, que se peleen. Allá ellos. Nosotros quedémonos en ese mismo callejón a tomar algo en los bares del final del mismo, al lado de francesas y, si no hay más remedio, también de franceses, antes de que, como ahora, se nos haga demasiado tarde.

domingo, 14 de junio de 2026

El Día del Padre

Hoy es el día del padre en Bélgica. Bueno, en casi toda Bélgica.

Yo pensaba que el día del padre sería como en España, el 19 de marzo, día de San José, patrón de los padres y modelo de paciencia y de guardar silencio, algo que los padres, y hombres en general, haríamos muy bien en hacer. Después de todo, Bélgica era un país católico cuando se empezó a hablar del día del padre y otras zarandajas de este tipo. Sin embargo, parece ser que los belgas han tomado el modelo estadounidense no religioso y han escogido el segundo domingo de junio, no sé muy bien por qué. Parece que en Francia es el tercero, así que los padres, a una mala, podemos ir desplazándonos por los países del entorno para ir celebrando nuestro día varias veces.

Es más, ni siquiera necesitamos salir de Bélgica.

Sí, porque los belgas tampoco han conseguido ponerse de acuerdo en eso. Hoy es el día del padre en Bélgica... excepto en la región de Amberes. Allí, el día del padre es el 19 de marzo, igual que en España. Es curioso que sea así, precisamente en la que probablemente sea la región más descristianizada del país (en dura competencia con todas las demás, la verdad sea dicha), pero allí se celebra San José por partida múltiple: como solemnidad religiosa obligatoria, para los católicos que queden por allí, y como día del padre, para todos aquéllos que tengan hijos, ya sean católicos, musulmanes, tirios o troyanos.

En todo caso, antes de que se acabe el día y se haga demasiado tarde, ¡feliz día del padre belga a los lectores de esta bitácora que lo sean!

jueves, 11 de junio de 2026

Cajas destempladas

En una mudanza, la unidad básica de medida de complejidad es la caja. Mi primera mudanza más o menos propiamente dicha fue la que me llevó en 1992 de Alemania a España. De España a Alemania me había llevado una bolsa de deporte y gracias, así que eso no cuenta como mudanza. El retorno, que tuvo mayor complicación, ya fue otra cosa. Mis padres vinieron unos días en coche y yo vivía en una habitación de diez metros cuadrados, en la que, naturalmente, muchas cosas no cabían. Me lo llevé todo, menos un televisor enorme que doné a la residencia en la que vivía y que fue recibido con alborozo por mis ya ex-compañeros. Es que me llevé hasta la bicicleta, pero, lo que es cajas, no llevé ninguna, porque, en realidad, atesté el coche de mi padre de mochilas y de maletas, donde metí todas mis más bien magras pertenencias. Cero cajas, dificultad cero.

Las siguientes mudanzas, de España a Moscú, de Moscú a España y nuevamente de España a Moscú, tampoco fueron demasiado complicadas. En aquel entonces, yo era un tipo austero que se conformaba con poco. También era un tipo que miraba mucho la peseta, porque las pesetas en mi posesión eran bastante escasas, y al que horrorizaba pagar sobrepeso en los aviones, así que las cosas se saldaban con una maleta, una mochila, y a correr. O a volar.

Las mudanzas dentro de Moscú, menos la de 2006 que precedió al nacimiento de esta bitácora, también fueron razonablemente simples, básicamente porque se trataba de mudanzas dentro del mismo edificio, a apartamentos cada vez mayores a medida que iban llegando los churumbeles, pero dentro del mismo edificio y con ayuda local. Fuimos tirando.

Entre 2006 y 2013, algo muy gordo debió pasar. Es verdad que habíamos pasado de ocupar un apartamento a alquilar una casa entera, con la tentación que eso supone a la hora de ampliar las propiedades y los trastos de uno. También es verdad que los churumbeles iban creciendo, y con el crecimiento físico también crecían sus propias pertenencias; también es verdad que teníamos dos niñeras, una de ellas interna. También es verdad que quizá no debí haber comprado esa cinta de correr...

Cuando se produjo la mudanza de 2013, salieron de Moscú doscientas sesenta y cinco cajas. Dos-cien-tas-se-sen-ta-y-cin-co...

Yo ya llevaba unos meses por Bruselas, cuando el resto de la familia se incorporó a Bélgica a finales de agosto de 2013, coincidiendo con el comienzo del alquiler de la casa que ocupamos al principio. Se suponía que todo estaba pensado para que la entrada en la casa coincidiera con la llegada de la mudanza y sus 265 cajas, pero no contábamos con que las aduanas belgas iban a parar la mudanza por Dios sabrá qué, o con que el transportista, más bien torpón, iba a poner como excusa de su competencia mejorable las aduanas belgas. Qué duda cabe de que poner las aduanas como excusa en los transportes que entran o salen de Rusia es un clásico y todos los que hemos vivido por allí lo sabemos, cuando no lo hemos sufrido en primera persona.

En su momento no se reflejó en esta bitácora y, quien no lo crea, que mire el archivo de septiembre de 2013, pero los primeros días de toda la familia en Bruselas fueron complicados. No teníamos prácticamente nada, porque la casa que alquilamos estaba sin amueblar, de modo que sólo contábamos con los escasos enseres que tenía en mi piso del centro de la ciudad. Alquilamos un coche y compramos lo justo e imprescindible en IKEA Bruselas (bueno, hay dos). Aun así, estuvimos una semana acampados en nuestra propia casa, durmiendo en el suelo y comiendo sentados en taburetes. Vamos, que la bienvenida fue dura y no estoy seguro de que toda la tropa se lo tomara bien y de que no echara la culpa al que, después de todo, era el causante de todos aquellos males.

Pero eso no fue nada.

Lo gordo vino cuando llegó la mudanza. Recordemos: 265 cajas, una de ellas una cinta de correr y otra un piano. Las otras 263, francamente, no sabíamos lo que contenían, aunque en ellas estaba escrito el nombre de la estancia de donde venían. De Moscú había llegado absolutamente todo, y todo es todo, hasta el jabón de fregar. Clasificar todo aquello fue un trabajo agónico. Nos dimos cuenta de que las dos niñeras, a las que regularmente dábamos algo de dinero para gastos corrientes, habían creado algo así como una estructura paralela y que muchas cosas, como ese mismo jabón de fregar, lo teníamos doble. Además, en 2013, ya estando yo fuera del país, había habido una especie de vértigo de comprar libros en ruso de todo tipo, por si la cosa se complicaba (y ya lo creo que se ha complicado...).

A veces, aquello parecía como el juego del mentiroso. Había cajas que pasaban directamente al trastero sin abrirse; en otras descubrí elementos de mudanzas anteriores, como muebles de baño del siglo pasado que estaban en el trastero de la casa de Moscú, por si venían mal dadas (en ruso, en expresión maravillosa, eso se dice на чёрный день, literalmente 'para el día negro'). Superados por los acontecimientos, no tiramos nada, sino que seguimos como pudimos guardando cosas, porque, gracias a Dios (o no...), disponíamos de espacio suficiente para todo.

Tras varios días compaginando el trabajo con la apertura de cajas, logramos encontrar lo más básico para sobrevivir, incluyendo los muebles más necesarios, que fuimos montando como mejor pudimos.

Aunque fue la mudanza más pintona, no fue la última. La siguiente sucedió cuando compramos la casa que actualmente habito, pero esa mudanza la dejó para otro momento, porque se hace tarde.

sábado, 6 de junio de 2026

Mudanzas y tribulaciones

Decía San Ignacio que "en época de tribulación, no hacer mudanza". Claro, él escribía en el precioso castellano del siglo XVI, en el que mudanza significaba cualquier cambio, como sustantivo correspondiente del verbo mudar. Los significados más usuales de la palabra mudanza se han reducido en el curso de los últimos cinco siglos; de esta forma, aunque la Real Academia de la Lengua todavía mantiene como primera acepción la que tenía en tiempos de San Ignacio, lo cierto es que en el español actual la acepción más utilizada es, con mucho, la segunda: Traslación que se hace de una casa o de una habitación a otra.

Y no digamos si la casa o la habitación se encuentran en países diferentes. Eso sí que es una mudanza de las que deben evitarse en tiempos de tribulación.

Sin embargo, por mucho que uno esté sin gran tribulación, o eso crea, una mudanza, en el sentido actual, ya es de por sí causa de enormes tribulaciones. Esta bitácora nació poco después de la última mudanza que mi familia emprendió en Moscú, en la que, las cosas como son, mejoró muchísimo de condición. Siete años después, tuvo lugar la gran mudanza, la del cambio de país, y eso sí que fue una tribulación de categoría especial, aunque no lo pareciera, porque en ésta cambió absolutamente todo: trabajo, vecindario, colegios, amigos... no quedó nada, y nada es nada, del ambiente anterior. Luego, cuando compramos la casa en Uccle, tuvo lugar una nueva mudanza, en la que hubo poco más que un cambio de barrio. Hay trastos que nos han seguido desde la época previa a la primera mudanza, sin que nadie hasta hoy hubiera osado insinuar que era hora de hacer limpieza y de eliminar lastre. La verdad es que lo de eliminar lastre, y así y todo con cuentagotas, sólo lo he venido haciendo con mucho cuidado y desde que vivo solo y tomo las decisiones por unanimidad y sin ningún bloqueo institucional.

Y es que no sólo se trata de no hacer mudanza en tiempo de tribulación, sino que las mudanzas pueden traer consigo bastantes tribulaciones de por sí, sobre todo si la mudanza es a peor. Y la mudanza a Bruselas, en algunos aspectos, sí que fue a peor. Bélgica no resultó ser el más o menos paraíso en la tierra que alguno se imaginaba, sino un país con un nivel de servicio inferior al ruso y con unos colegios que hacían echar de menos la severidad y el nivel de la educación pública moscovita. Es verdad que la educación pública moscovita tenía sus cosas (muchas cosas), pero cumplía perfectamente, y hasta con nota, con su función básica.

Otras cosas no. En otras cosas, Bruselas le da sopas con ondas a Moscú. Para empezar, en el tiempo atmosférico. En Bruselas llueve mucho, hace frío y el cielo está nublado con frecuencia, pero todo eso son fruslerías comparado con los siete meses de invierno que uno se puede chupar en Moscú. Poca broma con eso. Creo que soy uno de los pocos españoles que no se queja del tiempo que hace en Bruselas, porque yo no he llegado aquí precisamente desde Málaga.

Y luego están los asuntos administrativos. En Rusia, uno es extranjero y siempre lo será y se nota mucho. En Bélgica, un español es extranjero y siempre lo será, de acuerdo, pero se nota mucho menos. Bélgica es un país atiborrado de extranjeros, hasta el punto de que la mitad de los belgas son extranjeros en la otra mitad del país, y no digamos los que venimos de más lejos. El resultado es que ser extranjero es normalísimo y no pasa nada por serlo. Si, en Rusia, no hablas ruso de manera impecable (y eso que presumo de tener un ruso muy bueno, aunque el acento no me lo quita nadie a estas alturas), serás un guiri mientras vivas, así puedas pronunciar un discurso sobre jurisprudencia o sobre historia local mejor que los locales; en Bélgica, si no hablas francés a la perfección, no pasa nada, porque la mayoría de los belgas tampoco lo hace. Y, si no hablas flamenco, pero al menos lo intentas, poco menos que te abrazan. Así da gusto.

Pero lo malo que tienen las mudanzas es que quienes pasamos por ellas tendemos a lamentarnos por lo que hemos perdido, y no a regocijarnos por lo que hemos ganado. Así, la adaptación no es sencilla y, en el caso de mi familia, ha tenido un resultado bastante variado y no siempre positivo.

Desde el punto de vista de la redacción de entradas, indudablemente hemos perdido mucho con el cambio de país. Antes, en Rusia, había numerosas tribulaciones, que es de donde salen las entradas chulas, pero eran poca cosa, o yo tenía entonces mucho ánimo para afrontarlas y escribir sobre ellas. Eran tribulaciones que me parecían graciosas y sobre las que valía la pena escribir, porque ya os habréis dado cuenta de que uno llega a estas pantallas para, por lo menos, sonreír. También es cierto que, como quien no quiere la cosa, han pasado cerca de catorce años desde entonces y eso se nota.

Las tribulaciones de ahora, las que me están sucediendo en Bélgica, la verdad es que no tienen gracia o yo no se la veo, así que no escribo sobre ellas, al menos hasta que no tome cierta distancia y sea capaz de reírme de ellas. Espero que ello suceda antes de que, como está pasando ahora, se haga demasiado tarde.

domingo, 31 de mayo de 2026

Capillas aeroportuarias

Para terminar este mes del vigésimo aniversario de esta bitácora, creo que habría que referirse a las series, o etiquetas, más habituales de las mismas. Dejo aparte todas las referidas a la Historia, que los lectores ya habrán advertido que me apasiona, y paso a dos que son especialmente características de este espacio. Una de ellas es "aviones y aeropuertos", cosa lógica. Muy a mi pesar, porque yo soy de naturaleza sedentaria y poco propicio a los viajes largos, la vida me ha llevado de aquí para allá con más frecuencia de la que me hubiera gustado, así que me ha tocado visitar muchos aeropuertos y otras edificaciones que se llaman así, pero que más bien son terminales de transporte de ganado, como el aeropuerto de Charleroi. En estos sitios pasan cosas bastante rutinarias, de acuerdo, aunque a veces también hay acontecimientos reseñables, cosa que esta bitácora ha señalado con puntualidad.

Otra de las series habituales de esta bitácora es "religión". A estas alturas no debe ser ningún misterio para lector alguno que el autor de estas líneas es católico (todo lo bueno que puede y con un gran margen de mejora, pero católico al fin) y que esta bitácora se ha escrito es lugares bastante hostiles al catolicismo. En realidad, hoy hay muchísimos lugares hostiles al catolicismo, incluso en lugares que otrora eran la quintaesencia de la fe, así que eso no es tan extraño. Eso sí, como lugar hostil al catolicismo, probablemente Rusia sea uno de los líderes mundiales. La historia reciente nos dice que Rusia, en su versión soviética, ha sido un régimen directamente beligerante contra la religión en general y el cristianismo en particular; si nos vamos más atrás, o al momento actual, el cristianismo ortodoxo más anticatólico está en el machito y las llamadas al ecumenismo o, al menos, a llevarnos bien, son como un eco que se extingue.

Y luego viene Bélgica, tú. Quién ha visto Bélgica, y quién la ve. De enviar misioneros a evangelizar media África a quedarse sin sacerdotes autóctonos... y tener que recibirlos de esa misma África, y eso por no hablar del episcopado local, encabezado de hecho por ese obispo de Amberes que tantos sudores produce a los que nos hace tilín lo tradicional.

Para fusionar ambos asuntos tratados en esta bitácora, nada menos que dirigirnos al aeropuerto de Bruselas, pero el de verdad, no la cuadra infecta que se hace llamar "Bruselas-Sur". El aeropuerto de Bruselas ha sido tomado por los flamencos, cosa razonable, porque, técnicamente, está en Flandes, concretamente en Zaventem. En medio del trasiego constante, es fácil pasar por alto que, algo más allá de las tiendas de chocolate y de comida para llevar a los vuelos, hay una serie de espacios religiosos, a los que se accede dejando a un lado las salas de espera de los viajeros pudientes.

Como Bélgica, lo que es de católica, ya no tiene mucho, las autoridades responsables han sido muy multiculturales y se han puesto a conceder capillas a troche y moche. Yo, como soy así, tiendo a llegar a los aeropuertos en general, y a éste en particular, con tiempo más que de sobra, así que soy huésped habitual del espacio religioso dedicado a los católicos.

Ahí lo tenemos. Es una capillita muy aseada, bien mantenida, con biblias en varios idiomas, entre los que no está el español, y un libro de visitas que es una buena idea, porque los que pasamos por aquí podemos, no ya escribir lo que pensamos, sino también leer lo que escriben otros, que suele ser muy enjundioso. Eso sí, hay que conocer lenguas distintas al inglés. Yo no sé vosotros, pero a mí rezar en otra lengua que no sea la mía me resulta muy difícil, y ése parece ser el caso de la mayoría, así que las inscripciones están en una multitud de idiomas que ríete tú de la confusión posterior a la Torre de Babel.

También los ortodoxos tienen su espacio, en la capilla de al lado. Lo tenemos aquí ¿A que es bonito? Y es que los ortodoxos, en cuando a belleza de sus espacios, están muy bien situados y yo incluso diría que nos han tomado la delantera a los católicos, que por desgracia llevamos unos decenios alumbrando edificios francamente feos.

Pero no tan feos como los de los protestantes, que se llevan La Palma. La capilla de los protestantes en el aeropuerto es tan aburrida que pasé de largo en seguida, y la de los musulmanes también preferí no fotografiarla, que luego todo son líos y es mejor no bromear según con quién. Pero, ¿no habría que dedicar un espacio a la religión mayoritaria en Bélgica?

¡Ahí la tenemos! Para los que pasan ampliamente de Dios, que me temo que hoy por hoy son mayoría en Bélgica, también había que prever un espacio, y qué menos que una ‘capilla humanista’.

Aquí sí que abrí la puerta para ver qué aspecto tendría tal cosa. Lo que me encontré dentro fue un biombo en medio del espacio y ante el mismo, sentada en el suelo y cargando su teléfono en un enchufe mientras miraba atentamente la pantalla, una joven de unos veinte años que me miró con cierta sorpresa, quizá tomándome por un humanista, un responsable del espacio de meditación o a saber qué bicho masónico, que venía a turbar la carga de su teléfono.

Cerré la puerta pudorosamente y dejé a la joven con su teléfono, su pantalla y su enchufe. Quién sabe si sería ella la humanista responsable del espacio, aunque sospecho que más bien era una pasajera con el móvil casi sin batería que buscaba un enchufe donde no fuera molestada.

En todo caso, se me hacía tarde para tomar mi vuelo, así que salí hacia la zona de embarque, con la intención de continuar mi viaje, que, en esta ocasión, no me llevaba a Valencia, sino a Sevilla. Pero ésa es otra historia. Ésta continuará, porque me queda pendiente examinar con detalle el famoso espacio humanista la próxima vez que aparezca por el aeropuerto.