lunes, 11 de mayo de 2026

Hace veinte años

Cuando releo las primeras entradas de la bitácora, una de las cosas que me sorprende es la cantidad de comentarios que aparecen en muchas de ellas, incluso cuando no la conocía casi nadie. Yo no hice jamás la menor promoción de la bitácora. Normalmente, la gente aparecía por la bitácora porque eran amigos, porque yo había dejado algún comentario en las suyas (cosa que pasaba poco, eso sí) o vaya usted a saber por qué. La gran mayoría de los comentaristas de esta bitácora siempre han sido personas educadas y respetuosas y han aportado juicios y opiniones de gran valor. Lamentablemente, ha habido excepciones, casi desde el principio, en que hubo comentaristas con la comprensión lectora algo atrofiada que se ofendieron y pensaron que me estaba metiendo con su página y azuzaron a sus lectores a morder. Su página, a la que por cosas como ésa siempre me negué a mencionar en la columna de la derecha, sigue en línea, pero lleva años sin ser actualizada, más o menos desde poco después del comienzo de la Operación Bélica Especial o como se quiera llamar esa guerra. Y es que las bitácoras y los foros, como ya ha quedado dicho más de una vez, hace tiempo que sólo sobreviven a duras penas y, en el caso que nos ocupa, se agradece el esfuerzo del administrador por no dejar caer la página y seguir pagando el dominio, pero supongo que se estaba encontrando muy desasistido.

Por lo demás, eran tiempos felices, o eso me lo parece desde la distancia. Me divertía mucho con mi familia, cosa que, fuerza es reconocerlo, ha empeorado veinte años después. Mis hijos siguen siendo razonablemente divertidos y me lo paso muy bien con ellos, pero no hay color, comparando con cómo eran con cinco años. Bueno, quizá el que he escogido no ha sido el mejor ejemplo, porque, cuando se pone, mi hija mayor sigue siendo muy ocurrente e infantil, pero no estoy seguro de que a su edad sea ésa una evolución positiva.

Moscú era una ciudad muy interesante, en la que yo no paraba de descubrir cosas. Supongo que lo sigue siendo, pero, claro, hace doce años que no paso por allí y es poco probable que vuelva en un futuro próximo, mientras no haya vuelos directos y las cosas sigan tan complicadas como ahora mismo. Es una lástima, porque, para un economista, el hecho de encontrarse en una economía de guerra es un caso interesantísimo desde el punto de vista académico, además de que estoy seguro de que habría situaciones tan desmesuradas como las que ha habido por allí desde siempre.

Además, el hecho de escribir las entradas en la bitácora y de andar siempre ojo avizor para apuntar temas posibles me ayudo enormemente a la hora de aprender. Una cosa lleva a la otra y, cuando se quiere escribir una entrada, en muchas ocasiones tocaba ordenar los pensamientos de uno, cosa siempre útil, y en otras ocasiones correspondía, simplemente, investigar asuntos que ignoraba, cosa que, también, tiene una utilidad indudable. Todavía hoy, cuando converso con algún ruso, me miran un poco raro, como preguntándose cómo narices sé tantas cosas de la cultura rusa.

La verdad es que hay muchas cosas que echo de menos de aquellos tiempos. Llegado a la edad actual y a una situación más estable, la incertidumbre es menor y, aunque conservo ciertas ganas de liarla, no tiene nada que ver con las que tenía entonces. Me sigo apuntando a un bombardeo, no todos los cuales son confesables en una bitácora que se sigue preciando de respetar escrupulosamente el anonimato de quienes participan en ella, pero los bombardeos de Rusia, en sentido figurado, eran más divertidos. Por desgracia, en sentido estricto Rusia sabe mucho de bombardeos y últimamente lo está demostrando con creces. Pero eso es otra guerra. Literalmente.

La bitácora fue creciendo en visitas, para mi sorpresa, porque el objetivo de la misma nunca fue realmente tenerla, sino dar cauce a mis inquietudes redaccionales y, si acaso, levantar la mano y dar un acceso a mi vida a algunos conocidos que se comunicaban por este medio. También para mi sorpresa, salieron algunas entradas realmente chulas y algunas series de divulgación histórica (como ésta, pero hay más) que me tuvieron ocupado algún verano y en las que aprendí mucho).

Seguiré escribiendo este mes, si no hay temas más acuciantes, sobre lo que ha sido para mí mantener esta bitácora y sobre qué sucedía en aquellos primeros tiempos, pero para eso tendré que explicar un poco cómo era el modo de vida de una bitácora que sacaba, a lo largo de sus seis primeros años, tres entradas semanales con disciplina prácticamente prusiana. Pero eso será más adelante, porque hoy se hace tarde.

viernes, 1 de mayo de 2026

Vigésimo aniversario

Las cosas son como vienen. Hoy es el día de volver la mirada al 1 de mayo de 2006 y mirar desde la distancia temporal, pero también espacial, a aquel pipiolo incauto que llevaba nueve años consecutivos (y diez y pico en total) residiendo en Moscú, con pocas perspectivas de salir de allí, se consideraba felizmente casado, tenía tres hijos pequeños, un trabajo estable en un lugar infrecuente para un español y aspiraciones, no literarias, pero sí redaccionales. Desde hacía un par de meses sus condiciones de vida habían dado un vuelco notable a causa de una mudanza a un casa, o mejor a un casoplón, situado en el centro de Moscú, en la que ni siquiera podía soñar que le fuera dado residir. Es más, aquel pipiolo ni siquiera era consciente de que tal cosa existiera en Moscú. Pues va y no sólo existía, sino que al pipiolo le iba a caer del cielo vivir en ella.

Los dos primeros meses de residencia en aquel lugar se pasaron conociendo a los vecinos, montando muebles, organizando cajones y ordenando cosas en los ratos libres que dejaba el trabajo. Conseguir una conexión a internet no fue sencillo, pero finalmente se consiguió una compañía que accediera a conectar la casa a la red un día tan infrecuente como el 1 de mayo. Sí, el 1 de mayo, entonces y ahora, es fiesta (¡y de guardar!) en Rusia. A despecho de todo esto, el 1 de mayo por la mañana, que salió soleada y apacible, mientras la ciudad descansaba, un operario se presentó en la casa, puso cables por donde mejor le pareció, taladró el muro para pasarlos por el agujero que hizo, pilló un cacharro que luego supe que se llamaba "módem", le conectó el cable de marras y ¡hala!, ya tiene usted internet.

Era una chapuza de libro. De hecho, cuando helaba (y, claro, en Moscú heló con frecuencia durante los siguientes años), había problemas con una conexión, y con el deshielo había más problemas todavía; los cables los arrojó por el tejado de la casa al buen tuntún, como quien, más que instalar, esparce o desparrama. El servicio técnico, durante los siguientes años, poco menos que acabó por llamarme de tú, hasta tal punto estaban acostumbrados a mis llamadas.

Pero aquel 1 de mayo todo eso no se notaba todavía. Yo estaba solo en casa, no en vano la mañana era de lo más agradable, así que la familia estaba dando una vuelta, digo yo que por los famosos Estanques del Patriarca, que no estaban lejos, mientras yo me quedaba con el operario. Cuando se fue, me quedé junto al módem, pensando en qué hacer con el engendro.

2006 era el año de oro de las bitácoras (los "blogs", en anglicismo innecesario). Parece mentira, pero entonces no existía Instagram, ni TikTok, ni Youtube había tomado las dimensiones actuales. La palabra escrita era el canal normal de comunicación. Había, Dios mío, foros de debate en internet. Facebook, nada menos, estaba de moda y la gente se escribía mensajes de unos a otros. Yo seguía -dentro de mis posibilidades- alguna de las bitácoras que, durante mucho tiempo, estuvieron pulcramente reseñadas en la barra de la derecha de ésta vuestra bitácora y alguna otra de calidad más cuestionable. Y me dije: "Yo esto lo puedo hacer". En mi vanidad, la verdad es que pensaba "Yo esto lo puedo hacer mejor." Lo tenía todo: ganas de escribir, conocimientos ortográficos y gramaticales bastante más que aceptables de una lengua universal, vivencias a porrillo en un lugar donde pasaban (y seguro que siguen pasando) cosas tremendamente chocantes para el común de los occidentales. Y, desde ese momento, tenía internet. Lo que me faltaba para el duro.

Así que, ni corto ni perezoso, me abrí una bitácora en ese Blogger que todavía, y no sé por cuánto tiempo, aloja estas pantallas y, ¡hala!, primera entrada que te crió.

Cuando la leo hoy, cosa que acabo de hacer, la entrada me parece todavía hoy un excelente resumen programático de mis intenciones, que incluso he procurado seguir a pies juntillas. Las bitácoras no han muerto del todo en estos veinte años, pero han venido agonizando durante los últimos diez (o más), sustituidas por herramientas que cumplen la misma función de ser vehículo para la presunción de sus autores, sólo que los autores pueden ser unos analfabetos funcionales: con tal de que sean o se crean guapillos y controlen las cuestiones audiovisuales, adelante. La presunción, o la fanfarronería si se quiere, es la marca distintiva de todo aquél que no se guarda sus vivencias para sí mismo, sino que las vuelca en la plaza pública a disposición de quien quiera acceder a ellas. Creo que el reconocerlo, hoy como entonces, al menos me honra.

A despecho de los líos que me acechan durante todo este mes, creo que ha llegado el momento de echar un vistazo a cada uno de los veinte años que han pasado. Eso de que veinte años no es nada es más falso que un billete de siete euros. En esos veinte años han sucedido más de mil seiscientas entradas, incontables comentarios y comentaristas, líos, follones en varios idiomas, mis hijos pequeños son ahora dos mujeres de rompe y rasga y un zagal que derrocha simpatía (y me temo que algo más), ha habido un par de mudanzas, viajes por buena parte de Europa y, vaya, que yo empecé esto con toda una carrera profesional por delante y ahora estoy más cerca de la jubilación que otra cosa. Por cierto, que a ver si entonces tengo tiempo, por fin, para escribir a mis anchas. Mucho me temo que lo que tendré de tiempo voy a carecer de contenido.

En todo caso, veinte años es algo que no se cumple todos los días. De hecho, sólo se cumple uno, y ese día es hoy.

jueves, 30 de abril de 2026

La zona de bajas emisiones y su evolución

Tanto tira y afloja con la zona de bajas emisiones terminó por quebrar mi ánimo. Una vez conocí la sentencia del Tribunal Constitucional belga, decidí reconocer que los días del Topomóvil en Bruselas estaban llegando a su fin.

La ejecución de la sentencia ocasionó nuevos debates entre los partidos representados en el Parlamento de Bruselas. El Partido del Trabajo, algo así como Podemos, pero en Bélgica, propuso directamente hacer oídos sordos, lo cual se aproximaba peligrosamente a ciertas categorías delictivas. Los demás partidos, que no dejan de ser gente de orden, terminaron por establecer un período transitorio bastante particular: hasta el 1 de enero de 2026, no pasaría nada, pero, llegada esta fecha, la cosa iba a cambiar bastante. Los conductores de vehículos que infringieran la norma que les prohibía circular por la zona de bajas emisiones y fueran pillados por las cámaras que se supone que están en los límites de la región recibirían una advertencia en su buzón de correos. No, una multa, sino una advertencia. A partir de ahí, se abría un plazo de tres meses durante el cual no habría advertencias, ni multa, pero, pasados tres meses a partir de la advertencia, comenzarían a llegar las multas. 350 euros por cada infracción. Ahí es nada.

Para otra cosa no sé, pero, para recaudar, los belgas son tremendamente eficaces, así que comencé a hacer planes. Podía vender el Topomóvil, un buen coche perfectamente mantenido, pero me iban a dar cuatro chavos, y más en el contexto de abundancia de vehículos expulsados de Bruselas. Así que lo que decidí es ni pensar en venderlo, sino llevarlo a Valencia, donde sigue sin haber zona de bajas emisiones, y usarlo por allí mientras estuviera por aquellas latitudes. Como esperaba recibir advertencias en cuanto cruzara en algún sentido la frontera regional bruselense, me dije que para el 1 de abril de 2026 el Topomóvil tendría que haber cruzado la frontera belga para no volver a hacerlo en sentido contrario nunca más.

La ejecución de esta operación queda para otra entrada. En ésta bastará decir que aproveché que la Semana Santa caía en fechas idóneas para llevar a cabo el traslado.

Los días pasaban, y la resolución de largarse estaba tomada, pero las advertencias seguían sin llegar, y eso que crucé la frontera regional casi cada día que me sentaba al volante, que tampoco eran tantísimos. Supongo que alguien en el gobierno regional estaba pendiente de dar la orden, pero la iba retrasando mientras estuviera en funciones, para pasarle el marrón al siguiente y evitar soliviantar aún más de la cuenta a la ya de por sí levantisca población bruselense, que no en vano se declara en huelga todos los meses por motivos bastante menos respetables.

En éstas estábamos cuando Boris Dilliès, el de la foto, que llevaba bastante años como alcalde de su pueblo, que también es el mío, o al menos el que habito, consiguió ser nombrado presidente regional. Digo yo que habrá tenido algo que ver en la solución que ahora se ha adoptado. Los coche diésel Euro-5 y gasolina Euro-2 siguen estando prohibidos, vale, pero ahora podrán circular por la zona de bajas emisiones si pagan 350 euros anuales, o sea, la cantidad de la multa prevista, que no se les volverá a imponer durante un año. Para los no residente en la región de Bruselas que se acercan esporádicamente por estos lares, o usan su coche no guay para ir a trabajar o a lo que sea por aquí, se les impone una multa de ochenta euros, que no se les volverá a imponer en un mes.

Lo llaman multa, supongo que para reírles las gracias a los jueces del Constitucional, pero tiene el efecto económico de un impuesto sobre los coches que no cumplen los requisitos que le gustaría al gobierno regional ¿No es genial? Quedan contentos los jueces, queda contento el gobierno regional (que tiene un déficit galopante), quedan contentos los verdes y el único que no queda contento es... el ciudadano contribuyente, cada vez más contribuyente.

Al final, va a dar la impresión de que todos los problemas tienen solución con una subida de impuestos. Y de que esto vale tanto para izquierdistas como para liberales sedicentes como el todavía alcalde de Uccle y presidente regional.

Vamos a ver cuál es la siguiente subida de impuestos. Porque lo de reducir el gasto no lo estoy viendo, pero, lo de aumentar los impuestos, aunque sea so capa de multas, está clarísimo.

Toda la maniobra, por otra parte, deja algunas cosas en el aire, por ejemplo sobre mi movilidad en Bruselas y sus aledaños y otras cuestiones que iré tratando en sucesivas entradas. Al menos logré sacar el Topomóvil del país antes de que se me hiciera tarde. Que, por cierto, es lo que está pasando ahora.

martes, 28 de abril de 2026

La zona de bajas emisiones

En otras entradas de esta bitácora hemos escrito sobre la zona de bajas emisiones que el anterior gobierno de la región de Bruselas, del que formaba parte el partido ecologista local (de nombre 'Ecolo', no se disfrazaron, no), impuso en la región de Bruselas en la que habito. La mayoría que salió de las elecciones de verano de 2024 no consiguió formar gobierno hasta el mes pasado. Sí, casi dos años después de las elecciones, pero eso es algo que en Bélgica se lleva mucho y casi ni llama la atención. Por cierto que el elegido ha sido nada menos que el alcalde de Uccle, Boris Dilliés, cuya carrera política avanza con paso seguro.

Aunque el gobierno haya tardado dos años, ya vimos que sí que se pusieron de acuerdo en algo. Y ese algo fue una medida poco ecológica, pero bastante social. La zona de bajas emisiones preveía un calendario que, a partir del 1 de enero de 2025, prohibía bajo penas de fuertes multas la conducción de coches de combustible Diésel de norma Euro 5 y de coches movidos por motor de gasolina de norma Euro 2. Eso hubiera dejado fuera de la circulación, al menos en Bruselas, a mi propio vehículo automóvil, el Topomóvil. Y no sólo al Topomóvil, sino a unos treinta mil vehículos más, muy frecuentemente propiedad de personas que no están en condiciones de aflojar treinta mil euros para adquirir otro vehículo. El caso es que, como vimos en su día, varios partidos (los ecologistas no, claro) se pusieron de acuerdo para poner en marcha una moratoria de dos años para esos vehículos.

Los ecologistas, que por cierto seguían gobernando en funciones, pusieron el grito en el cielo. Supongo que instigados por ellos o por sólo Dios sabe qué grupo verde, una serie de asociaciones ecolocoñazos interpusieron recursos contra el aplazamiento. La demanda, no sé muy bien cómo, terminó cayéndole al Tribunal Constitucional belga. Uno esperaba que la cosa fuese la típica rabieta de perdedor y que, si la zona de bajas emisiones no había existido en Bruselas desde los tiempos de Lamberto el Barbudo hasta anteayer, nada parecía impedir que siguiera sin existir en lo sucesivo. O que existiera, pero aplazada.

Bueno, pues saltó la sorpresa en Las Gaunas, y es que los jueces son gente impredecible y no digamos los tribunales constitucionales. El Tribunal Constitucional belga dio la razón a los demandantes, argumentando, en suma, que existe un derecho constitucional a la protección de la salud y a un medio ambiente sano, y que de ello se deduce que no puede haber una marcha atrás en la protección de estos derechos. Y, efectivamente, el aplazamiento del calendario de prohibición de los vehículos más contaminantes era una marcha atrás, así que, el 11 de diciembre de 2025, de repente el Topomóvil, que acababa de pasar la ITV satisfactoriamente y con una nota de autorización hasta diciembre de 2026, se encontró con que nuevamente dejaba de ser bienvenido en la región de Bruselas.

La cosa se ponía pero que muy negra, porque más allá del Tribunal Constitucional no hay nada. Las multas iban a llegarme a partir del momento siguiente, si nos tomábamos el fallo del tribunal en puridad.

Será en la próxima entrada cuando veremos lo que pasó a continuación con el gobierno regional, los verdes, el Topomóvil y mi paciencia, porque hoy se hace tarde.

domingo, 26 de abril de 2026

Monseñor Bonny sigue dando de qué hablar

Imagen tomada de HLN

Nos hemos pasado todo el 2025 sin mencionar a monseñor Bonny, obispo de Amberes, en esta bitácora, lo cual es una rareza manifiesta. Monseñor Bonny, que será una bellísima persona, no tengo la menor duda, es el obispo belga encargado de sorprender a la feligresía con sus declaraciones, por decirlo suavemente, rompedoras con el status quo en la Iglesia Católica. Su cruzada (llamémosla así) venían siendo los homosexuales, el acompañamiento pastoral que se les hace y la posibilidad de bendecir (y casar, a la que nos descuidemos) parejas homosexuales. Ya puesto, podía añadir a los adúlteros, aunque, claro, él no los llama así, porque suena muy feo, sino 'divorciados vueltos a casar' o algo similar que no moleste ni ofenda, no faltaría más. Últimamente estaba muy callado, no sé si averiguando por dónde sopla el viento en Roma, pero acaba de volver por sus fueros y ahora ha declarado que está considerando ordenar sacerdotes casados, y además da la fecha de 2028, que está ahí mismo, para hacerlo. Toma ya.

En sí, y a diferencia de otras salidas de pata de banco de monseñor Bonny, lo de ordenar sacerdotes casados no es una barbaridad incompatible de todo punto con la doctrina católica. Sabemos que san Pedro tenía suegra. Las iglesias orientales, no sólo las ortodoxas, sino también las católicas, ordenan hombres casados y no se ha hundido el mundo. Más recientemente, los sacerdotes anglicanos que se han convertido al catolicismo y que estaban casados han seguido siendo sacerdotes, ahora católicos, sin dejar a sus esposas, en su ordinariato especial y tampoco se ha hundido el mundo. Es decir, que así como en otros casos (sí, la ordenación de mujeres) la puerta está cerrada a cal y canto y monseñor Bonny, por muchas ganas que le ha echado, no ha conseguido hasta ahora que se abra ni una rendijilla, en el caso de la ordenación de hombres casados nuestro obispo de Amberes se encuentra con una puerta que lleva algún tiempo entreabierta, a la espera de que alguien le dé una patada y venza su resistencia.

Para espantar al personal, cosa que está visto que le encanta, monseñor Bonny lo que ha hecho es dar una fecha no muy lejana para, por su cuenta y riesgo, ponerse a ordenar. Para el fin de 2028 quedan, como mucho, dos años y medio, tiempo en el que es bastante difícil, y más viendo la parsimonia del papa reinante, que se tome una medida que legalice una práctica semejante. Porque, sí, esa práctica es ilegal en la Iglesia Católica de rito latino, a la que fatalmente pertenece la diócesis de Amberes. Otra de las pegas es que digo yo que monseñor querrá ordenar a gente a la que haya formado previamente; vamos, que antes de que haya sacerdotes casados, tendrá que haber seminaristas, casados si se quiere.

Al parecer, uno de los motivos que están detrás de esta propuesta, aunque no sé si llamarla así, es que una diócesis como la de Amberes tenía unos mil quinientos sacerdote hace cincuenta años y hoy debe andar por los cien. En todo caso, es una reducción de proporciones enormes, pero en realidad de las mismas proporciones que ha experimentado la feligresía. Monseñor Bonny debe pensar que la feligresía disminuye por el inmovilismo de la jerarquía y zarandajas semejantes y que él, que lleva diecisiete años de obispo de Amberes, no tiene responsabilidad ninguna y que se ve forzado a tomar medidas ante la que está cayendo. Así que, en sus visitas a lo largo y ancho de su diócesis, ha pasado por sus unidades pastorales y, al parecer, ha encontrado laicos casados, con buena formación, a quienes los feligreses aceptarían con facilidad como párrocos, encargados de la unidad pastoral, o como los queramos llamar. Y quiere ordenarlos dentro de un par de años.

Hace la tira de años, el asunto del celibato sacerdotal ya fue materia de esta bitácora, ya lo creo. Uno de los comentaristas de aquel entonces escribió que los sacerdotes ortodoxos, que ésos sí que pueden estar casados, no tienen tantas ocupaciones como los católicos y que muchas veces se limitan a oficiar una vez a la semana, lo cual les deja tiempo para atender a sus familias. No lo sé, pero es posible que así sea. Yo sigo siendo escéptico, la verdad; estamos acostumbrados a sacerdotes que están siempre, o así debería ser, a disposición de la feligresía y, si los tenemos casados, se iba a acabar ese modelo, además de que tendrían que trabajar en otro lugar para mantener a su familia, que puede ser bastante numerosa si, como se espera, cumplen a pies juntillas lo indicado por la moral católica. Es verdad que en algunos sitios, y Amberes parece ser uno de ellos, no están para virguerías: tienen un problema de vocaciones enorme, se les están muriendo los curas que tienen y no les da para cubrir el esqueleto en que, como ya he escrito alguna vez, se ha venido convirtiendo la Iglesia Católica en Bélgica. A este paso, dentro de poco escucharemos el grito: ¡Alfor, calienta, que sales!

Monseñor Bonny cumplirá este año 71 años. Le quedan cuatro más para presentar la renuncia. Se le está haciendo tarde. Como a todos.

miércoles, 22 de abril de 2026

Plazas emblemáticas: Jourdan

La siguiente plaza emblemática de la lista es la plaza Jourdan, dedicada a Jean-Baptiste Jourdan. Uno podría pensar que por qué los bruselenses dedicarían una plaza a un general revolucionario francés, ¿verdad? En efecto, el mariscal Jourdan fue uno de los mandamases del ejército revolucionario del norte en los primeros tiempos de la Revolución Francesa. De hecho, fue el vencedor de la batalla de Fleurus de 1794 (será por batallas, en Fleurus...), que consolidó el dominio de los republicanos en lo que hoy es Bélgica y entonces eran los Países Bajos Austríacos. Es verdad que, después de eso, el más adelante mariscal Jourdan tuvo menos fortuna. A partir de 1808, por cierto, lo encontramos en España como asesor militar del usurpador José Bonaparte; en particular, el 1813 lo vemos derrotado completamente en Vitoria, escapándose por patas y siendo reemplazado por el mariscal Soult, un ladrón con todas las letras, al frente del ejército imperial. Más adelante aún, lo vemos cambiando de bando constantemente entre borbónicos, napoléonicos y orleanistas hasta su fallecimiento en 1833. Un chaquetero como ése, ¿por qué tendría una plaza en Bruselas? (La pregunta contraria también vale: ¿Y por qué no? Será por chaqueteros...)

Es que no es él. En realidad, la plaza está dedicada al doctor Jean-Baptiste Jourdan, que se llamaba exactamente igual que el mariscal, pero eso es lo único que tenían en común. El doctor, en realidad, era un médico y filántropo, concejal bastante tiempo en San Gillis, que hizo mucho por la atención sanitaria a los más desfavorecidos y legó buena parte de su fortuna, que debía de ser respetable, para la construcción de asilos y hospitales. A éste, sí.

La plaza Jourdan es muy diferente a la plaza Flagey. Estéticamente no hay color. Los edificios que rodean o que forman la plaza Jourdan son agradables a la vista y, lejos del panorama de tiendas que jalona los bordes de la plaza Flagey, aquí nos encontramos con todo tipo de bares y restaurantes, ninguno de ellos demasiado elitista para lo que es Bruselas. Y también nos encontramos a la friterie del lugar, que, en este caso, es probablemente el chiringuito de patatas fritas más conocido del mundo. Vale, es posible que eso no sea decir mucho, porque no me consta que los chiringuitos de patatas fritas sean conocidos en general, pero, si hay alguno del que se sepa algo, ése alguno es, fuera de toda duda, Maison Antoine, que ocupa buena parte del centro de la plaza Jourdan.

Las comparaciones serán todo lo odiosas que se quiera, pero ¡anda que no son útiles! Si nos ceñimos a las dimensiones físicas, Maison Antoine triplica o cuadruplica a Frit Flagey. Los precios son similares y la calidad es mejor que no la comparemos demasiado, porque el colesterol lo carga el diablo... y las friteries, pero seamos generosos y démosles por empatados. Las colas son mayores en Maison Antoine, básicamente porque son dos, mientras que en Frit Flagey hay una sola. El tiempo de espera en hora punta, según me parece a mí, es mayor en Frit Flagey, y el volumen de negocio, en mi opinión, es mucho mayor en Maison Antoine. Los restaurantes y cervecerías de la zona han llegado a un acuerdo de simbiosis con Maison Antoine: uno puede pedirse las patatas fritas o las fricadelle en Maison Antoine y consumirlas sentado en las cervecerías de la plaza, donde es suficiente con que se pida la bebida. Con este acuerdo, yo diría que todos salen ganando: Maison Antoine se beneficia de que puede contar con los asientos de las cervecerías como propios; las cervecerías se benefician de limitar mucho su cocina y, además, la buena fama de Maison Antoine les trae clientes, mientras que, como se sabe, donde se saca margen es en las bebidas. Y los clientes nos beneficiamos de no tener que sentarnos en medio de la plaza, como pasa en Flagey, sino de poder combinar papeo con priva en un local decente y sentados como unos señores. No será la comida más sana del mundo, desde luego que no, pero, eso sí, le saca de apuros a las tripas y, total, una vez a la semana al mes al año no hace daño.

El público de la plaza es de lo más variopinto...

Angela Merkel pasa por ser una de las visitantes más asiduas de la plaza, en los tiempos en que pasaba por Bruselas todos los meses y se alojaba en el hotel que hay al fondo de la misma. Además, se dice que le encantaban las patatas fritas de Maison Antoine y que con cierta frecuencia se pasaba por allí, con su séquito y guardaespaldas, a apretarse una ración, supongo que regada con cerveza, aunque, siendo ella alemana, no sé si se arriesgaría a consumir cerveza belga, cabreando a sus votantes, o pediría cerveza alemana. Otra cosa es que se la pudieran servir.

Sea como fuere, aquí hay de todo. La cercanía al barrio europeo hace que abunden los residentes del mismo. El barrio europeo, con una excepción en la que no sé si entraremos, está bastante muerto fuera de las horas de oficina y los eurócratas, lobistas y otra eurofauna diversa tienen cerca la plaza Jourdan como lugar de esparcimiento, comercio y bebercio. Pero, además, aquí he visto jubilados, todo tipo de guiris, y más teniendo en cuenta que en la plaza o a dos pasos de la misma hay un restaurante griego bastante decente y uno sardo altamente recomendable. Total, que aquí se hablan todas las lenguas posibles, con el predominio del francés como lingua franca, pero seguido de cerca por el inglés.

Mis vivencias en la plaza Jourdan son relativamente numerosas. He ido a cenar bastantes veces, a comer unas cuantas, he asistido a conferencias, saraos y hasta misas en un lugar a dos pasos de la misma, e incluso un año hice de catequista en ese lugar. He probado las patatas y las salchichas de Maison Antoine, y es cierto que son una tentación para el paladar basto que me caracteriza a veces, pero, claro, uno es consciente de que, a ciertas edades, hay excesos que se pagan.

Vamos a dejar la plaza Jourdan y, en la siguiente entrega de esta serie, nos desplazaremos a otra plaza bruselense, que no sé si será la excepción marchosa del barrio europeo (eso es la tentación fácil) o algo un poco menos conocido, pero más entrañable.

Lo que sí que será, será otro día, porque hoy se hace tarde. Que no me acerque aún a la plaza Jourdan a apretarme unas patatas...

miércoles, 11 de marzo de 2026

Más o menos penitencia

Casi un año después de estos sucesos, o sea, hace un par de semanas, las cosas había mejorado bastante en mi vida personal. Hace, pues, unos días, fui a misa a la parroquia principal de este municipio que me acoge y, como de costumbre, al entrar me dieron dos fotocopias. Una, de color no sé si rosa o morado, porque estamos en Cuaresma, es el cancionero del período litúrgico correspondiente, para que los feligreses acompañemos al coro en sus cantos y, al menos, sepamos cuál es la letra; la segunda está doblada en forma de tríptico y tiene, por uno de los lados, las lecturas del día; por el otro lado, la hoja contiene las próximas actividades parroquiales. Indudablemente es una buena costumbre y no seré yo quien la critique, porque en la iglesia católica en Bélgica también hay cosas buenas, claro que sí. Como aún quedaban algunos minutos hasta el comienzo de la Eucaristía, le eché un vistazo a esas actividades y entre ellas vi una convocatoria a una predicación del decano de una facultad de Teología, que iría acompañada de un acto de reconciliación “personal y comunitaria”.

Hay que ver lo que se estruja los sesos la gente para evitar la palabra “confesión”, como si les diera alergia.

Desde el año pasado, las cosas también han cambiado algo en la unidad pastoral. Como ya quedó dicho, uno de los sacerdotes de la unidad lleva algún tiempo enfermo y, para ayudar al otro, el arzobispo ha enviado a otro sacerdote, no sé si de manera temporal o definitiva. El nuevo sacerdote, claramente originario del África negra, predica bien y cree en Dios, en la Iglesia y en todas las cosas que creemos los católicos. Sí, también en el perdón de los pecados.

El pobre debe estar flipando en colores desde que llegó.

Los feligreses de a pie, al menos éste que escribe, hemos acogido al nuevo sacerdote con simpatía en el peor de los casos. Yo, incluso, con esperanza, porque se ve que el hombre se implica en la predicación y en la administración de sacramentos. No conozco la opinión que tiene sobre el hecho de que el responsable de la unidad sea laico, pero supongo que estaba avisado cuando lo enviaron a semejante sitio. De momento, yo diría que el interés de los mandamases de la unidad pastoral por que se quede de manera permanente es relativo, ya que su nombre no aparece por ningún sitio ni forma parte de ningún equipo, al menos de manera pública.

La misa a la que asistí aquel fin de semana la celebró él. Es probable que mi presencia, al menos en algún momento concreto, le llamará la atención, siquiera sea porque soy de los dos o tres que se arrodillan en la consagración y, por si fuera poco, cada vez con más frecuencia, y así será mientras la salud me lo permita, comulgo de rodillas y en la boca, y eso sí que soy el único que lo hace en esta iglesia. Las Charos de la unidad pastoral me deben tomar por un friqui peligroso, en el mejor de los casos. En el peor, en una especie de unabomber o algo más bestia.

Al final de la Eucaristía, como es habitual en Bélgica, el sacerdote celebrante se coloca a la salida del templo y los feligreses que han asistido a la celebración, si así lo desean, pueden saludarlo. Muchas veces hay un enjambre alrededor del celebrante y varios de los componentes del mismo se ponen a conversar con él, así que lo más sensato es salir directamente por la puerta, como hacemos en España. Sin embargo, aquel día no había tanta gente, así que decidí acercarme, darle la mano y, como quien no quiere la cosa, le señalé la hoja parroquial y le pregunté:

- Padre, esto de “reconciliación personal y comunitaria” querrá decir “confesión”, ¿no?

El sacerdote se me quedó mirando fijamente, no sé si sorprendido o aliviado.

- ¡Sí! Yo lo hubiera puesto directamente en el papel, pero hay gente que…

Se detuvo.

- Parece que la confesión no es muy popular por aquí - añadí.

- Tiene usted mi teléfono -respondió, pero enseguida debió darse cuenta de que a santo de qué iba a tenerlo, si en la página de la unidad no aparece por ningún sitio-. El sacristán tiene mi teléfono. Pídaselo y cuando quiera me llama, que yo lo confesaré.

Desde entonces tengo pendiente llamarlo. Diría que el pobre hombre estaba negro con lo que le estaba tocando hacer, pero quizá no sea el color adecuado para describir el enojo de un africano. En todo caso, tengo pendiente conseguir su teléfono y llamarlo, antes de que se haga tarde.

Bueno, la verdad es que primero tengo que conseguir el teléfono del sacristán…