Aquí, no. Por lo menos, no tanto.
En Bélgica, el deporte es otra cosa, con la posible excepción del ciclismo y quizá del fútbol o el tenis, o hasta el hockey sobre hierba, donde sí que hay dinero. Los demás deportes sobreviven como pueden y reducen costes, porque faltan medios. Es sumamente difícil vivir del deporte y muchos de los que lo intentan terminan malviviendo, siendo lo más normal que trabajen en algo que les permita vivir y que conviertan el deporte en una afición, ya sea como jugador, como entrenador o como directivo u organizador. No da para más.
Las federaciones sufren algo parecido. Los que participan en ellas lo hacen básicamente por amor al arte y, si perciben alguna compensación económica, ciertamente no les convierte en ricos.
En estas circunstancias, y por lo que hace al baloncesto, al menos en categorías inferiores, los clubes y las federaciones, para reducir gastos, habían optado por un sistema quizá no muy efectivo, pero barato. Los árbitros eran enviados por la federación y cobraban una cantidad pequeña, creo recordar que unos veinticinco euros por partido, directamente de los responsables de los clubes y no estoy muy seguro de que no fuera en efectivo y en un sobre. De esta manera, encontrábamos árbitros muy jóvenes, evidentemente estudiantes que necesitaban dinero para complementar sus magros ingresos, o muy mayores, evidentemente jubilados... que necesitaban dinero para complementar sus magros ingresos.
¿Y los anotadores, cronometradores...? Vamos, lo que venimos llamando "la mesa". Bueno, pues en categorías inferiores, ahí entrábamos los padres. En una mesa hacen falta por lo menos tres personas: una para llevar el acta del partido, a ser posible con buena letra; otra para poner en marcha y detener el cronómetro; y la tercera para manejar el reloj de veinticuatro segundos, que es el tiempo que tiene cada equipo desde que pone en juego el balón hasta que el balón toca aro (o entra limpio en el mejor de los casos) o el equipo contrario comete una infracción. Bueno, pues la regla era que el equipo que jugaba en casa proporcionaba el cronometrador de veinticuatro segundos y el que jugaba fuera ponía los otros dos.
A diferencia de buena parte de los padres, yo he jugado a baloncesto y conozco las reglas aceptablemente bien, así que imagínese el lector a quién le tocaba, en lugar de ver el partido tranquilamente desde la grada, sentarse en la mesa a soportar la presión de algunos árbitros. Porque muchos árbitros eran comprensivos con el hecho de que no éramos profesionales de esto y trataban de ayudar, pero alguno de los estudiantes era un niñato insufrible y alguno de los jubilados olía a sudor y a cerveza a varios metros. Alguno olía más a sudor, cosa más comprensible a medida que avanzaba el encuentro, porque a veces hay que correr, y alguno olía más a cerveza y éstos, claro, eran los que despertaban más sospechas y, en ocasiones, se ponían de peor humor.
Un buen día, resultó que al equipo de Ame le tocó ir a jugar contra el club de Molenbeek. El equipo de Ame era todo lo que uno no espera de un equipo de baloncesto: menos uno, todos los jugadores eran blancos, y el negro que había la verdad es que era alto, sí, y un chaval trabajador y encantador, pero jugar no sabía, tiraba pedradas al tablero y pasaba sólo cuando le quitaban el balón de las manos, además de estar bastante descoordinado. En cambio, el entrenador era negro, cuando es un oficio que suelen tener más los blancos. Por lo menos era algo curioso. El caso es que, a la hora convenida, y cada uno por su lado y acompañado de sus padres o de quien fuera, ese equipo, con su camiseta blanca, su piel blanca y sus cabellos claros se plantó en Molenbeek, en la dirección indicada, que era un colegio.
Allí no había nadie y la puerta estaba cerrada.
Al cuarto de hora, o así, se presentó alguien que dijo ser representante del equipo local y al que, obviamente, pedimos explicaciones.
- ¿Aquí qué pasa? ¿Hay partido o no?
- Normalmente sí, lo que pasa es que no sabemos quién tiene la llave del colegio y no podemos abrir.
En un mundo normal, semejante situación provocaría automáticamente una pérdida del partido por incomparecencia del equipo local y una sanción. En categorías inferiores, sin embargo, la prioridad es que los chavales jueguen y se fogueen y eso no se consigue con incomparecencias, así que dijimos que volveríamos dentro de una hora y nos dispersamos a la espera de que el club de baloncesto de Molenbeek encontrara una solución al entuerto.
- ¿Y el árbitro?
- Ya le hemos dicho que venga dentro de un rato.
Ya puestos, era una excelente oportunidad para callejear por Molenbeek como hacía tiempo que no sucedía. Las calles de alrededor del colegio donde, ojalá, iba a tener lugar el partido estaban francamente sucias, lo cual ya es mucho en Bruselas, cuyo centro también tiene serios problemas de higiene; había pintadas en casi todos los muros, de ésas que simulan letras sin decir nada y que todavía no entiendo bien a santo de qué aparecen y qué beneficio obtiene el que las perpetra, aparte de gastarse los cuartos en pintura. Yo no he estado en África, todavía, excepto en Molenbeek, pero comienzo a pensar que los marroquíes no sólo es que se integren con dificultad en los demás países: es que consiguen que las partes de los demás países en las que acaban por predominar terminen por parecerse a Marruecos.
En una actitud posiblemente deplorable y contraria a la más elemental protección de datos personales, me acerqué a algunos portales de la zona para leer los apellidos de los inquilinos, que en Bélgica es obligatorio poner en los buzones o telefonillos. Había algún que otro DeVries que podríamos pensar que es blanco, belga y residente allí desde generaciones, pero la gran mayoría comenzaban por Al o El y me temo que tenían alguna chilaba en el domicilio, aunque no la usasen a diario.
Después de comer una ensalada, y sin muchas esperanzas de que el viaje a Molenbeek sirviera para otra cosa que para cerciorarse de que es otro mundo, Ame y yo volvimos a la puerta del colegio, a la que, también con pocas esperanzas, iba acudiendo gente. Entre ellos estaba el árbitro que debía dirigir el partido.
Al verlo, tan moreno, sin ser negro, y con ese pelo rizado, empecé a sospechar algo... La Federación Belga de Baloncesto, sección Bruselas, efectivamente anda escasa de parné y, para ahorrar dietas de desplazamientos, prioriza árbitros que residan lo más cerca posible de los terrenos de juego.
Ay, madre.
(continuará, que hoy se ha hecho tarde)
.jpg)

