No hemos entrado hasta ahora en el aeropuerto de Valencia, un lugar que no tiene muchas diferencias con los aeropuertos de ciudades medianas. En sí, el aeropuerto es bastante cómodo: no es enorme, a diferencia de los de Madrid, Moscú, Bruselas, o hasta Alicante, sino que es tirando a pequeño, pero tiene de todo en relativamente poco espacio.
Lo que no tiene son demasiados vuelos. A despecho de la creciente popularidad de mi ciudad como destino laboral, turístico y lo que haga falta, las comunicaciones aéreas de Valencia con cualquier sitio son bastante más escasas de lo que nos gustaría a los que tenemos que usarlas con frecuencia. La palma se la llevan las líneas de bajo coste, principalmente Ryanair y Vueling, que llevan a los valencianos a los aeropuertos de ciudades secundarias y, en el caso de Ryanair, también a la terminal de transporte de animales de Charleroi. A Bruselas, que es lo que me importa, sólo volaban directamente ésas dos compañías, juntando las cuales puedes llegar, más o menos y con alguna excepción, a un vuelo diario directo con Bruselas; últimamente se ha unido a esas dos compañías una tercera aerolínea que ofrece igualmente una conexión directa entre Valencia y Bruselas. Se trata nada menos que de la compañía aérea belga de bandera, que ahora se llama Brussels Airlines. Esta compañía es el enésimo intento de montar una línea aérea belga, desde los sucesivos ensayos con SABENA, el más largo, pero que quebró en 2001 después de llevar controlada por Swissair desde 1995; a SABENA siguió SN Brussels Airlines, que surgió de la fusión de una subsidiaria de SABENA con Virgin Express, con participación belga. SN Brussels Airlines cambió su nombre a Brussels Airlines en 2007, nombre que sigue hasta ahora. Lo que no sigue es el capital belga, porque Lufthansa compró el 45% de la compañía en 2009 y más tarde el 55% restante, así que la compañía de bandera belga es ahora de capital alemán. Bueno, alemán o de quien sea el capital de Lufthansa, yo qué sé.
Uno, cuando vuela a Valencia, no elige lo que quiere, sino lo que puede. Y, para el retorno a Bruselas, la verdad es que el vuelo que me venía mejor y no me obligaba a horarios absurdos era el de Brussels Airlines, qué le vamos a hacer. Tampoco era excesivamente caro, e incluso pillé la tarifa que me permitía llevar una maletita, que debía pesar ocho kilos, además de la típica mochila que cabe debajo del asiento. Comparado con cómo estoy viajando últimamente, casi diría que es un lujo.
La víspera, además, me llegó un mensaje de la aerolínea: "Como el vuelo va lleno, le ofrecemos la posibilidad de facturar gratuitamente su equipaje de mano." En estas circunstancias, decidí ir a por todas y llevarme a Bruselas dos tarros de miel que me habían regalado y que tenía en Valencia sin saber muy bien qué hacer con ellos. Comérmelos, claro, que a mí la miel me encanta, pero en Valencia tenía un tercer tarro abierto y tampoco voy tanto por allí como para consumirlo en cuatro días. Ni en cuatro meses.
Ya puestos, y como tenía por Valencia una maletilla, me entró el ataque de avaricia y añadí unas morcillicas, esos libros que quieres leer, pero que nunca te da tiempo a hacerlo en Valencia... en fin, menudencias.
Total, que llegó el día de irse, por la mañana, metí todas las cosas en la maleta, la levanté, y claro, como me he pasado la primavera y buena parte del verano haciendo ejercicios de fuerza en los brazos, me pareció que igual pesaba un poquito de más, pero nada preocupante que no pudiera traspasar de maleta a mochila.
Como Brussels Airlines tiene una existencia independiente porque a Lufthansa le viene bien para parecer belga, pero por nada más, los mostradores de facturación eran los mismos de todo el grupo. La cola era de aúpa, claro, no en vano estamos hablando de un domingo de septiembre, día típico de vuelta de vacaciones, pero yo había llegado al aeropuerto con tiempo de sobra y, además, la cola iba rápida.
Cuando quedaban dos o tres personas para que me tocara pasar a facturar, en el mostrador de mi izquierda se estaba produciendo un diálogo entre la azafata y una familia de pasajeros:
- La maleta le pesa diez kilos. El máximo es ocho. Tiene que retirar dos.
¡La de tiempo que hacía que no facturaba! En aquellos tiempos, la azafata ni se hubiera inmutado por dos kilos, además de que entonces el límite no era de ocho, sino de diez. No pude evitar palidecer un poco, porque, a ver, que mi maleta iba un poquito por encima del límite era evidente a cada paso que daba. Pesaba hasta rodando...
Llegó mi turno y, como la azafata del mostrador de la izquierda seguía dialogando con los pasajeros sobre sobrepesos y zarandajas de ésas, me fui a mostrador de la derecha. Con mi mejor sonrisa, estaría bueno.
- Me ha llegado un mensaje de la compañía que me pide que facture el equipaje porque el vuelo va lleno.
- Ah, claro.
Y mientras tanto, puse mi maleta sobre la cinta de equipaje y, de reojo, vi lo que marcaba la báscula: catorce kilos y medio. Ahí, con un par. De tarros de miel. No sabía yo que la miel pesara tanto. Ni que las pesas que he hecho últimamente me hubiera puesto tan cachas, joroba. Hice como que no había visto nada y traté de mejorar mi mejor sonrisa, misión prácticamente imposible, porque uno tiene sus límites.
La azafata imprimió la etiqueta, me dio la tarjeta de embarque, enrolló la etiqueta en el asa de la maletilla, pegó el resguardo en la tarjeta de embarque y me la alargó.
- ¡Arreglao! - dijo sonriendo. Y eso que estaba trabajando un domingo.
¡Ufffffff! Seis kilos y medio habían pasado impunemente al avión, mientras en el mostrador de la izquierda la otra azafata estaba dando los datos de dónde pagar los dos kilos de sobrepeso. Di las gracias a la azafata, y enseguida al cielo, en este caso por haber tenido tanta buena fortuna, y me dirigí al control de seguridad con paso rápido, no se fuera a arrepentir todavía la azafata de haberme dejado escapar.
Como todos los objetos más o menos dudosos estaban en la maletilla, en este caso pasar el control fue coser y cantar, no como al inglés que iba delante de mí, el cual, a saber por qué, trataba de colar un candado de bicicleta en U de los metálicos, que ellos solos ya pesan lo suyos. Se lo confiscaron allí mismo, se puso a despotricar y a dar golpes en las bandeja, total, para nada, porque los seguratas de aeropuerto son inflexibles, y me temo que va a tener que atar su bicicleta con el cordón de los zapatos hasta que se compre otro candado.
Ya que yo sí que estaba de buen humor y de buen rollo, me dirigí a la mujer que estaba escaneando equipajes.
- ¿Puedo hacerle una pregunta?
- Sí, claro.
- ¿Se puede pasar la matrícula de un coche?
La pregunta parece bastante friqui, ¿no? Bueno, pues la respuesta y lo que pasaba por mi cabeza quedara para otro momento, porque se me hace tardísimo.

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