Como ya quedó dicho, la periferia de Bruselas está amodorrada durante este verano, por lo que el trayecto hasta el centro, mientras seguí en la susodicha periferia, fue de lo más agradable. Hacía calor, pero sin pasarse, así que el camino en bicicleta por el territorio del municipio de Uccle, prototipo de lugar amodorrado en verano, fue de lo más tranquilo y, como iba sobrado de tiempo, me podía permitir pedalear con suavidad por el remedo de carril-bici que han construido a lo largo de la avenida Churchill. Una delicia, vamos.
Ahora bien, más o menos al llegar a Albert, la cosa cambia. Recordaremos que pasamos no muy lejos de esta zona cuando, el año pasado, recorrimos el camino de Santiago a su paso por Bruselas. En Albert confluyen los límites municipales de Uccle, que dejábamos atrás, de Forest (o Vorst), que tenemos frente a nosotros, y de San Gilles, que queda a nuestra derecha. Uccle es zona noble prácticamente en su totalidad; Forest tiene una pequeña zona noble, pero una mayoría lumpen que tiende a abigarrarse en el parque de Forest, no muy lejos de donde estábamos.
San Gillis es decididamente zona lumpen. En su día ya dijimos que ahí se concentró la inmigración portuguesa. A diferencia de la emigración española, que ocupó Marolles y terminó por desaparecer de allí a medida que fueron mejorando de situación económica, en San Gillis sigue escuchándose portugués por la calle, pero la colonia portuguesa se ha visto superada en número por otros habitantes, unos alegres y divertidos, pero otros bastante poco recomendables. El resultado es un municipio animado. Quizá demasiado. Ha salido últimamente en las noticias por un quítame allá este tiroteo.
El trayecto hasta De Brouckère tiene que esquivar muchos bares, motos y coches y mucha gente en ellos. De Albert pasamos al Chaussée d'Alsemberg, una carretera que, saliendo de la barrera (aduanera, en otros tiempos) de San Gilles, llega, obviamente, hasta la población de Alsemberg, a unos veinte kilómetros de allí. En este punto presenta una acusada inclinación hacia abajo (a la vuelta, claro, será al revés), así que hay poner los cinco sentidos en frenar y no cargarse alguna rueda en los numerosos baches que presenta el firme y que nadie parece tener mucha prisa en reparar. Al menos, en los casi catorce años que llevo por aquí esta parte de la ciudad se ha degradado al mismo ritmo aproximado que el firme de su arteria principal.
El traqueteo concluye al llegar al bulevar del Sur, en franchute Boulevard du Midi y en flamenco Zuidlaan, que forma parte del pentágono que circunda el núcleo de Bruselas y que está mejor cuidado que el resto de la ciudad. Las calzadas son amplias, las aceras también, hay un carril-bici de verdad en los dos sentidos y, cuando acaben las obras eternas que hay frente a la estación de tren y que quizá mis nietos vean terminadas, puede incluso convertirse en un eje emblemático de la ciudad.
En verano, sin embargo, todo eso es filfa. Aprovechando que hay menos densidad de tráfico y que hay mucha gente ociosa, el gobierno municipal ha dado permiso para que tenga lugar una feria. Vamos, que hay un parque de atracciones enterito en pleno centro de la ciudad, con sus maquinarias, sus feriantes, sus clientes, niños despistados, algarabía diversa y ocupación del espacio público. Ni aceras, ni carril-bici. Y gente, mucha gente... todo el que se ha quedado en Bruselas parece estar aquí, incluida gente que ha venido a Bruselas, al parecer, para visitar el parque de atracciones, como si no hubiera ninguno cerca de su casa.
Cuando conseguí esquivar semejante marabunta, ya entré en el Pentágono y tomé el bulevar Lemonnier. Técnicamente estaba circulando por la ribera de un río, si no por encima de él, ya que parece que el río Senne, el río que sería de Bruselas si fuera visible y no estuviera entubado cual enfermo terminal, corre bajo este bulevar. Está dedicado a Maurice Lemonnier, un político belga, también liberal y progresista (lo del callejero bruselense comienza a inquietar), que llegó a ser alcalde de la ciudad, en funciones, durante la Primera Guerra Mundial, cuando los alemanes "apartaron" del cargo a Adolphe Max.
Actualmente, el bulevar Lemonnier está medio peatonalizado. Y sigue en obras. Cuando lo terminen, día que no sé si veré, igual queda bien y todo. El primer tramo lo compartimos los ciclistas con los coches, porque el supuesto carril-bici está más oculto entre obras que el propio río Senne, y el segundo lo compartimos con los peatones. O, más bien, con los paseantes. No puedo criticar a quienes salen a pasear por una zona peatonal y van relajados y a su bola, pero lo cierto es que la dirección que pueden tomar es completamente imprevisible y eso estresa mucho a los ciclistas. Al menos, a éste que escribe.
A esta altura, ya nos encontramos en el bulevar Anspach (sí, Jules Anspach, alcalde de Bruselas en el siglo XIX, también era masón), cuya peatonalización ha terminado y he tenido el placer de presenciar. Al atravesar la plaza de la Bolsa, tenemos el honor de contemplar una manifestación más en favor de Gaza, como si la repetición de las mismas tuviera el menor efecto sobre el terreno, más allá de galvanizar la opinión pública belga en un sentido u otro. Berridos y altavoces se mezclan con movimientos espasmódicos de personajes perrofláuticos, que intento esquivar como mejor puedo.
Y, finalmente, he llegado a la plaza De Brouckère. Y ni siquiera era tarde, no como hoy, que tengo que interrumpir la entrada y dejar la continuación para otro momento, porque ahora tengo lío.

.jpg)