Valencia siempre ha sido una ciudad maravillosa. La dejé con veintisiete años para no volver a ella más que de vacaciones, cosa que no es sinónimo de descanso. Efectivamente, en Valencia no suelo perder un minuto, siempre estoy haciendo algo o quedando con alguien y, en suma, llego al final del día quizá más cansado de lo que llego en Bruselas. Que ya es decir. Al final de las vacaciones, suelo necesitar unos días de trabajo 'normal' para recuperarme de las vacaciones. Ya sé que le pasa a mucha más gente que a mí.
Pero a mí Valencia me la han cambiado y me temo que para siempre. Siempre que he vuelto por aquí, he tenido por costumbre coger la bicicleta por las noches, después de cenar, y dar un paseo por el centro, que no me pilla tan lejos de mi casa. Pasar por la plaza del Ayuntamiento, por la Catedral y, por encima de todo, por la Basílica de la Virgen de los Desamparados, que ahí está visible día y noche para quien quiera pasar a rendir visita. Pero también por la plaza del Patriarca, por el Parterre, por los Jardines del Real, por el Paseo al Mar, por la misma playa si me quiero aventurar más lejos... Valencia tiene rincones de sobra para darse una vuelta por ellos, y no digamos si incluimos los pueblecillos que se ha ido anexionando con el tiempo y que conservan un centro, una plaza del pueblo y una iglesia parroquial en ellos. Patraix, Campanar, Ruzafa, Benimaclet...
Eran paseos agradables, después del ajetreo diurno, con temperatura agradable y con un ritmo relajado, para disfrutar del camino. Incluso en esta bitácora apareció uno de esos episodios.
En los tiempos pandémicos que aparecen en la entrada enlazada arriba, las calles estaban casi completamente vacías. Era un extremo. El otro extremo te lo encuentras el otro día, con toda Valencia convertida en una yincana de obstáculos para moverse de un lugar a otro, además de estar atestada de gente. En los últimos veinte años, los que tiene esta bitácora, no sé yo cuánta gente ha pasado a vivir a Valencia, ni tengo los últimos datos de empadronamiento, pero mucho me temo que, si no pasamos del millón de habitantes, nos acercamos bastante.
Entre las diferencias que encuentro entre mis incursiones nocturnas de hace veinte años y las actuales hay algunas que destacan poderosamente. La más evidente es el enorme porcentaje de extranjeros. En Valencia siempre ha habido extranjeros, claro que sí, pero hace veinte años eran bastante discretos y no llamaban mucho la atención. Lo de ahora es tremendo. Quizá los que viven aquí no se den cuenta, acaso porque el aumento haya sido paulatino y en el día a día no se echa de ver, pero yo vengo menos a menudo y, cada vez que vengo, hay más. Hay magrebíes en abundancia, hay sudamericanos a porrillo, hay tantos italianos que me pregunto si queda alguien en Italia y, para colmo, cada vez que me acerco al centro escucho cada vez más lenguas como el ruso y hasta el neerlandés. Lo que apenas escucho es castellano. Y valenciano menos todavía, pero ya hace veinte años la lengua vernácula era excepcional en el cap i casal del Regne, cosa que no ha cambiado desde entonces, ésa no.
Luego están los zombis.
Cuando uno va en bicicleta por una zona peatonal, cosa lícita, a veces tiene que ir con más cuidado que cuando va por la calzada, cosa igualmente lícita. Los coches, por lo general, respetan la línea recta y son vehículos previsibles. Un peatón es mucho menos previsible, sobre todo por la noche; suele bambolearse y, cuando está en zona peatonal, o que él cree que es peatonal, no parece sino que piense que la calle es suya, como si fuera un Ministro del Interior. Además, hay gente perjudicadilla a partir de ciertas horas, o con ciertos problemas de equilibrio: el resultado de todo eso es un desastre para el ciclista que querría ir relajado. De verdad que yo no soy de esos ciclistas que circulan como si fueran profesionales y zigzaguean por las calles a velocidades de vértigo; no, yo soy de los que dan las pedaladas justas para no caerse, y más en vacaciones y paseando por la ciudad. Para correr, hay otras ocasiones.
Pero no hay forma de pedalear relajado en el centro de Valencia. Muchos peatones, en lugar de mirar por dónde van, caminan absortos mirando la pantalla de su teléfono, que sostienen con una mano, cuyo dedo pulgar se desliza por la pantalla. Creo que algunos tienen un sexto sentido, como ya vimos en otra ocasión, pero el ciclista no puede nunca estar seguro del todo de esta circunstancia, y menos si se junta el hecho de estar perjudicadillo con el de estar pendiente de la pantalla del móvil. Si se estuvieran quietos y supieras que iban a seguir estándolo, todavía podríamos tener cierta seguridad de esquivarlos, pero ¡qué va! Esta gente va caminando más o menos en línea recta, o no, y tú no sabes por dónde meterte. Yo, la verdad, no entiendo esta adicción tan acusada, cuando debe ser mucho más cómodo mirar el móvil sentado en un bar con un granizado de limón al lado, pero oye, se ve que hay gente que tiene el mono si se aparta de la pantalla más de treinta segundos. Esto acabará mal, ya veréis.
La tercera plaga es la de los patinetes eléctricos.
Valencia es una ciudad completamente llana y las mayores distancias que uno puede encontrar dentro de ella no superan los diez kilómetros. Ideal para las bicicletas, pero hay gente que quiere correr, qué le vamos a hacer, y les ha ayudado el invento ése del patinete eléctrico, un engendro demoníaco que posiblemente le cueste años de purgatorio al que lo haya diseñado. Hay gente que no sabe conducir, o que no puede permitirse un coche, y que a la vista está que no pedalearían ni cuesta abajo, pero, ¡eh!, se montan en un patinete, se ponen casco (a veces no se lo abrochan, total, ¿para qué?), gafas de sol, cara de velocidad y, ¡hala!, a volar por las calles a toda mecha. Si alguien se pone en medio, o si le pasas a medio centímetro, peor para él.
Además de los guiris, los patinetes eléctricos y de los zombis, la cuarta plaga es la de los repartidores de comida en bicicleta. La madre que los parió... Cuando yo era joven y vivía por aquí, una empresa local tuvo la idea de aprovechar que Valencia es llana, entonces y ahora, y no demasiado grande, para montar un servicio de reparto a base de ciclistas. Eran los induráin, salían en la prensa como empresas innovadora, y por el nombre ya se deduce que tal cosa sucedió en los primeros noventa. Desgraciadamente, la cosa no cuajó. La mayoría de los mensajeros de entonces era españolitos, que es lo que había entonces en España, y el coste terminó por ser demasiado elevado y menos rápido que el equivalente servicio, prestado por motoristas, así que la empresa se fue a pique.
De entonces ahora, han aparecido, en primer lugar, los guiris, en este caso hispanoamericanos (ellos dicen latinos, como si fueran Virgilio u Ovidio), bastantes de los cuales están dispuestos a trabajar por bastante menos que los induráin de los noventa; pero la puntilla la han dado los vehículos individuales eléctricos, que hacen que cualquier gordinflas indocumentado, incapaz de pedalear medio kilómetro sin jadear, ahora se ponga a la espalda esa caja cuadrada amarilla que llevan y se lance a recorrer Valencia a llevar comida a tanto vago como pasa de cocinar, creando un mal rollo importante en los carriles bici, zonas peatonales y allá por donde aparezca, porque esa gente siempre lleva prisa y, los más molestos, incluso llevan un altavoz desde el que se vomita reguetón o cualquier otro sonido, que no música.
El lector ya habrá advertido a estas alturas que las cuatro plagas pueden, y de hecho suelen, presentarse de manera acumulada: un patinete eléctrico conducido por un guiri hispanoamericano, con la caja amarilla de Glovo, mirando el móvil mientras se desplaza escuchando reguetón. Yo a éstos los mandaba a un campo de reeducación o a trabajar limpiando montes en Vitigudino, pero, lamentablemente, como no mando yo, me toca soportarlos.
Pero por poco tiempo, al menos aquí, porque ya estoy para volver a Bruselas a pasar menos calor, antes de que se haga tarde ¡Hasta otra!
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