sábado, 6 de junio de 2026

Mudanzas y tribulaciones

Decía San Ignacio que "en época de tribulación, no hacer mudanza". Claro, él escribía en el precioso castellano del siglo XVI, en el que mudanza significaba cualquier cambio, como sustantivo correspondiente del verbo mudar. Los significados más usuales de la palabra mudanza se han reducido en el curso de los últimos cinco siglos; de esta forma, aunque la Real Academia de la Lengua todavía mantiene como primera acepción la que tenía en tiempos de San Ignacio, lo cierto es que en el español actual la acepción más utilizada es, con mucho, la segunda: Traslación que se hace de una casa o de una habitación a otra.

Y no digamos si la casa o la habitación se encuentran en países diferentes. Eso sí que es una mudanza de las que deben evitarse en tiempos de tribulación.

Sin embargo, por mucho que uno esté sin gran tribulación, o eso crea, una mudanza, en el sentido actual, ya es de por sí causa de enormes tribulaciones. Esta bitácora nació poco después de la última mudanza que mi familia emprendió en Moscú, en la que, las cosas como son, mejoró muchísimo de condición. Siete años después, tuvo lugar la gran mudanza, la del cambio de país, y eso sí que fue una tribulación de categoría especial, aunque no lo pareciera, porque en ésta cambió absolutamente todo: trabajo, vecindario, colegios, amigos... no quedó nada, y nada es nada, del ambiente anterior. Luego, cuando compramos la casa en Uccle, tuvo lugar una nueva mudanza, en la que hubo poco más que un cambio de barrio. Hay trastos que nos han seguido desde la época previa a la primera mudanza, sin que nadie hasta hoy hubiera osado insinuar que era hora de hacer limpieza y de eliminar lastre. La verdad es que lo de eliminar lastre, y así y todo con cuentagotas, sólo lo he venido haciendo con mucho cuidado y desde que vivo solo y tomo las decisiones por unanimidad y sin ningún bloqueo institucional.

Y es que no sólo se trata de no hacer mudanza en tiempo de tribulación, sino que las mudanzas pueden traer consigo bastantes tribulaciones de por sí, sobre todo si la mudanza es a peor. Y la mudanza a Bruselas, en algunos aspectos, sí que fue a peor. Bélgica no resultó ser el más o menos paraíso en la tierra que alguno se imaginaba, sino un país con un nivel de servicio inferior al ruso y con unos colegios que hacían echar de menos la severidad y el nivel de la educación pública moscovita. Es verdad que la educación pública moscovita tenía sus cosas (muchas cosas), pero cumplía perfectamente, y hasta con nota, con su función básica.

Otras cosas no. En otras cosas, Bruselas le da sopas con ondas a Moscú. Para empezar, en el tiempo atmosférico. En Bruselas llueve mucho, hace frío y el cielo está nublado con frecuencia, pero todo eso son fruslerías comparado con los siete meses de invierno que uno se puede chupar en Moscú. Poca broma con eso. Creo que soy uno de los pocos españoles que no se queja del tiempo que hace en Bruselas, porque yo no he llegado aquí precisamente desde Málaga.

Y luego están los asuntos administrativos. En Rusia, uno es extranjero y siempre lo será y se nota mucho. En Bélgica, un español es extranjero y siempre lo será, de acuerdo, pero se nota mucho menos. Bélgica es un país atiborrado de extranjeros, hasta el punto de que la mitad de los belgas son extranjeros en la otra mitad del país, y no digamos los que venimos de más lejos. El resultado es que ser extranjero es normalísimo y no pasa nada por serlo. Si, en Rusia, no hablas ruso de manera impecable (y eso que presumo de tener un ruso muy bueno, aunque el acento no me lo quita nadie a estas alturas), serás un guiri mientras vivas, así puedas pronunciar un discurso sobre jurisprudencia o sobre historia local mejor que los locales; en Bélgica, si no hablas francés a la perfección, no pasa nada, porque la mayoría de los belgas tampoco lo hace. Y, si no hablas flamenco, pero al menos lo intentas, poco menos que te abrazan. Así da gusto.

Pero lo malo que tienen las mudanzas es que quienes pasamos por ellas tendemos a lamentarnos por lo que hemos perdido, y no a regocijarnos por lo que hemos ganado. Así, la adaptación no es sencilla y, en el caso de mi familia, ha tenido un resultado bastante variado y no siempre positivo.

Desde el punto de vista de la redacción de entradas, indudablemente hemos perdido mucho con el cambio de país. Antes, en Rusia, había numerosas tribulaciones, que es de donde salen las entradas chulas, pero eran poca cosa, o yo tenía entonces mucho ánimo para afrontarlas y escribir sobre ellas. Eran tribulaciones que me parecían graciosas y sobre las que valía la pena escribir, porque ya os habréis dado cuenta de que uno llega a estas pantallas para, por lo menos, sonreír. También es cierto que, como quien no quiere la cosa, han pasado cerca de catorce años desde entonces y eso se nota.

Las tribulaciones de ahora, las que me están sucediendo en Bélgica, la verdad es que no tienen gracia o yo no se la veo, así que no escribo sobre ellas, al menos hasta que no tome cierta distancia y sea capaz de reírme de ellas. Espero que ello suceda antes de que, como está pasando ahora, se haga demasiado tarde.

domingo, 31 de mayo de 2026

Capillas aeroportuarias

Para terminar este mes del vigésimo aniversario de esta bitácora, creo que habría que referirse a las series, o etiquetas, más habituales de las mismas. Dejo aparte todas las referidas a la Historia, que los lectores ya habrán advertido que me apasiona, y paso a dos que son especialmente características de este espacio. Una de ellas es "aviones y aeropuertos", cosa lógica. Muy a mi pesar, porque yo soy de naturaleza sedentaria y poco propicio a los viajes largos, la vida me ha llevado de aquí para allá con más frecuencia de la que me hubiera gustado, así que me ha tocado visitar muchos aeropuertos y otras edificaciones que se llaman así, pero que más bien son terminales de transporte de ganado, como el aeropuerto de Charleroi. En estos sitios pasan cosas bastante rutinarias, de acuerdo, aunque a veces también hay acontecimientos reseñables, cosa que esta bitácora ha señalado con puntualidad.

Otra de las series habituales de esta bitácora es "religión". A estas alturas no debe ser ningún misterio para lector alguno que el autor de estas líneas es católico (todo lo bueno que puede y con un gran margen de mejora, pero católico al fin) y que esta bitácora se ha escrito es lugares bastante hostiles al catolicismo. En realidad, hoy hay muchísimos lugares hostiles al catolicismo, incluso en lugares que otrora eran la quintaesencia de la fe, así que eso no es tan extraño. Eso sí, como lugar hostil al catolicismo, probablemente Rusia sea uno de los líderes mundiales. La historia reciente nos dice que Rusia, en su versión soviética, ha sido un régimen directamente beligerante contra la religión en general y el cristianismo en particular; si nos vamos más atrás, o al momento actual, el cristianismo ortodoxo más anticatólico está en el machito y las llamadas al ecumenismo o, al menos, a llevarnos bien, son como un eco que se extingue.

Y luego viene Bélgica, tú. Quién ha visto Bélgica, y quién la ve. De enviar misioneros a evangelizar media África a quedarse sin sacerdotes autóctonos... y tener que recibirlos de esa misma África, y eso por no hablar del episcopado local, encabezado de hecho por ese obispo de Amberes que tantos sudores produce a los que nos hace tilín lo tradicional.

Para fusionar ambos asuntos tratados en esta bitácora, nada menos que dirigirnos al aeropuerto de Bruselas, pero el de verdad, no la cuadra infecta que se hace llamar "Bruselas-Sur". El aeropuerto de Bruselas ha sido tomado por los flamencos, cosa razonable, porque, técnicamente, está en Flandes, concretamente en Zaventem. En medio del trasiego constante, es fácil pasar por alto que, algo más allá de las tiendas de chocolate y de comida para llevar a los vuelos, hay una serie de espacios religiosos, a los que se accede dejando a un lado las salas de espera de los viajeros pudientes.

Como Bélgica, lo que es de católica, ya no tiene mucho, las autoridades responsables han sido muy multiculturales y se han puesto a conceder capillas a troche y moche. Yo, como soy así, tiendo a llegar a los aeropuertos en general, y a éste en particular, con tiempo más que de sobra, así que soy huésped habitual del espacio religioso dedicado a los católicos.

Ahí lo tenemos. Es una capillita muy aseada, bien mantenida, con biblias en varios idiomas, entre los que no está el español, y un libro de visitas que es una buena idea, porque los que pasamos por aquí podemos, no ya escribir lo que pensamos, sino también leer lo que escriben otros, que suele ser muy enjundioso. Eso sí, hay que conocer lenguas distintas al inglés. Yo no sé vosotros, pero a mí rezar en otra lengua que no sea la mía me resulta muy difícil, y ése parece ser el caso de la mayoría, así que las inscripciones están en una multitud de idiomas que ríete tú de la confusión posterior a la Torre de Babel.

También los ortodoxos tienen su espacio, en la capilla de al lado. Lo tenemos aquí ¿A que es bonito? Y es que los ortodoxos, en cuando a belleza de sus espacios, están muy bien situados y yo incluso diría que nos han tomado la delantera a los católicos, que por desgracia llevamos unos decenios alumbrando edificios francamente feos.

Pero no tan feos como los de los protestantes, que se llevan La Palma. La capilla de los protestantes en el aeropuerto es tan aburrida que pasé de largo en seguida, y la de los musulmanes también preferí no fotografiarla, que luego todo son líos y es mejor no bromear según con quién. Pero, ¿no habría que dedicar un espacio a la religión mayoritaria en Bélgica?

¡Ahí la tenemos! Para los que pasan ampliamente de Dios, que me temo que hoy por hoy son mayoría en Bélgica, también había que prever un espacio, y qué menos que una ‘capilla humanista’.

Aquí sí que abrí la puerta para ver qué aspecto tendría tal cosa. Lo que me encontré dentro fue un biombo en medio del espacio y ante el mismo, sentada en el suelo y cargando su teléfono en un enchufe mientras miraba atentamente la pantalla, una joven de unos veinte años que me miró con cierta sorpresa, quizá tomándome por un humanista, un responsable del espacio de meditación o a saber qué bicho masónico, que venía a turbar la carga de su teléfono.

Cerré la puerta pudorosamente y dejé a la joven con su teléfono, su pantalla y su enchufe. Quién sabe si sería ella la humanista responsable del espacio, aunque sospecho que más bien era una pasajera con el móvil casi sin batería que buscaba un enchufe donde no fuera molestada.

En todo caso, se me hacía tarde para tomar mi vuelo, así que salí hacia la zona de embarque, con la intención de continuar mi viaje, que, en esta ocasión, no me llevaba a Valencia, sino a Sevilla. Pero ésa es otra historia. Ésta continuará, porque me queda pendiente examinar con detalle el famoso espacio humanista la próxima vez que aparezca por el aeropuerto.

sábado, 16 de mayo de 2026

Escribiendo entradas

Para escribir una entrada en Rusía, la mayoría de las veces no era necesario más que abrir los ojos, con lo cual ya salía un tema que me parecía interesante. Que luego interesara a los lectores es otra cuestión, pero era más importante que me interesara a mí, porque, sin este requisito, lo más probable es que la entrada fuese una porquería. Rusia era un país donde las proporciones se habían desquiciado hasta el punto de que la realidad, para un español con ojos de español, parecía deforme y, en todo caso, era desmesurada. Los colegios y su supervivencia; la omnipresencia de la cultura a unos precios irrisorios; la desproporción entre el culto a la mujer en los alrededores del 8 de marzo y la realidad; o entre los fastos del 9 de mayo y el culto a los veteranos, ante unas fuerzas armadas que andaban lejos del prestigio pasado y que no estoy seguro de que hayan recuperado durante esta guerra que iba a durar cuatro días y ya supera los cuatro años; unos políticos totalmente serviles, aunque se dijeran de oposición... todo parecía reflejado por un espejo curvo. No hacía falta más que observar, escuchar a veces, tomar nota y tratar de reflejarlo en un relato más o menos hilado.

No es extraño que entonces me diera para escribir tres entradas por semana y ahora sólo con pena y trabajo me dé para publicar esa misma cifra, pero en un mes. En Rusia, las entradas salían por generación espontánea. Alguna vez las escribí en diez minutos y, así y todo, no quedaban mal.

Y luego están los veranos 'históricos', en los que aparecía alguna serie de algo más de enjundia. Ya vimos alguna la semana pasada, pero hubo bastantes más. No hacía falta más que abrir los ojos, descubrir algo insólito, cosa que sucedía a cada paso, tratar de vencer el hábito de lo insólito y de recordar el punto de vista de un extranjero poco avezado, y comenzar a escribir. Como del hilo sale el ovillo, bastantes veces a una entrada seguía otra relacionada.

No es preciso más que darse una vuelta por el archivo de la bitácora para darse cuenta de que, en Bélgica, las cosas han cambiado y la frecuencia de las entradas no es la que era. Administrativamente, no hay color. Mientras que Moscú es un lugar difícil para los extranjeros, que nunca (y nunca es nunca) podrán aspirar a ser tratados de igual a igual por un indígena, porque siempre quedará algo, y además la residencia en Rusia está sujeta a todo tipo de trabas administrativas, Bruselas, para un español, es Jauja. La Unión Europea tendrá sus cosas, vale, pero también tiene sus ventajas y una de ellas es que prácticamente no eres extranjero en este país. Puedes comprar un inmueble tranquilamente. En Moscú también, pero mucho menos tranquilamente, y los compañeros míos que lo hicieron, si ahora lo vendieran, no podrían sacar legalmente de Rusia el producto de la venta, porque, después del comienzo de la guerra, las cosas se han complicado mucho y la legislación cambiaria rusa, que nunca es que fuera sencilla, se ha convertido en una pesadilla en la que los agujeros hay que encontrarlos con sangre, sudor y lágrimas.

En Bélgica, también hay cosas curiosas, ciertamente, pero menos que en Rusia. No olvidemos que en Bruselas hay españoles a porrillo y que Ryanair (que ha hecho mucho daño) trae diariamente a miríadas de turistas españoles que visitan el país de cabo a rabo, cosa que en Rusia era y es impensable, porque Ryanair, si se queja de AENA y de sus tasas aeroportuarias, no te digo lo que iba a sufrir si se quisiera acercar a Rusia y tenérselas tiesas con Aeroflot. El caso es que Bélgica no tiene nada de desconocido para un español corriente, lo cual lleva a tener que abrir los ojos aún más para descubrir cosas interesantes. Que las hay, pero resaltan menos.

Iba a seguir escribiendo sobre el momento clave de esta bitácora y de quien la escribe, que es el cambio de país y de cómo se ve el mundo y el pasado tras doce años y pico de estancia en Bruselas, pero mejor lo dejo para la próxima entrada, porque se me está haciendo tarde y he quedado a comer.

lunes, 11 de mayo de 2026

Hace veinte años

Cuando releo las primeras entradas de la bitácora, una de las cosas que me sorprende es la cantidad de comentarios que aparecen en muchas de ellas, incluso cuando no la conocía casi nadie. Yo no hice jamás la menor promoción de la bitácora. Normalmente, la gente aparecía por la bitácora porque eran amigos, porque yo había dejado algún comentario en las suyas (cosa que pasaba poco, eso sí) o vaya usted a saber por qué. La gran mayoría de los comentaristas de esta bitácora siempre han sido personas educadas y respetuosas y han aportado juicios y opiniones de gran valor. Lamentablemente, ha habido excepciones, casi desde el principio, en que hubo comentaristas con la comprensión lectora algo atrofiada que se ofendieron y pensaron que me estaba metiendo con su página y azuzaron a sus lectores a morder. Su página, a la que por cosas como ésa siempre me negué a mencionar en la columna de la derecha, sigue en línea, pero lleva años sin ser actualizada, más o menos desde poco después del comienzo de la Operación Bélica Especial o como se quiera llamar esa guerra. Y es que las bitácoras y los foros, como ya ha quedado dicho más de una vez, hace tiempo que sólo sobreviven a duras penas y, en el caso que nos ocupa, se agradece el esfuerzo del administrador por no dejar caer la página y seguir pagando el dominio, pero supongo que se estaba encontrando muy desasistido.

Por lo demás, eran tiempos felices, o eso me lo parece desde la distancia. Me divertía mucho con mi familia, cosa que, fuerza es reconocerlo, ha empeorado veinte años después. Mis hijos siguen siendo razonablemente divertidos y me lo paso muy bien con ellos, pero no hay color, comparando con cómo eran con cinco años. Bueno, quizá el que he escogido no ha sido el mejor ejemplo, porque, cuando se pone, mi hija mayor sigue siendo muy ocurrente e infantil, pero no estoy seguro de que a su edad sea ésa una evolución positiva.

Moscú era una ciudad muy interesante, en la que yo no paraba de descubrir cosas. Supongo que lo sigue siendo, pero, claro, hace doce años que no paso por allí y es poco probable que vuelva en un futuro próximo, mientras no haya vuelos directos y las cosas sigan tan complicadas como ahora mismo. Es una lástima, porque, para un economista, el hecho de encontrarse en una economía de guerra es un caso interesantísimo desde el punto de vista académico, además de que estoy seguro de que habría situaciones tan desmesuradas como las que ha habido por allí desde siempre.

Además, el hecho de escribir las entradas en la bitácora y de andar siempre ojo avizor para apuntar temas posibles me ayudo enormemente a la hora de aprender. Una cosa lleva a la otra y, cuando se quiere escribir una entrada, en muchas ocasiones tocaba ordenar los pensamientos de uno, cosa siempre útil, y en otras ocasiones correspondía, simplemente, investigar asuntos que ignoraba, cosa que, también, tiene una utilidad indudable. Todavía hoy, cuando converso con algún ruso, me miran un poco raro, como preguntándose cómo narices sé tantas cosas de la cultura rusa.

La verdad es que hay muchas cosas que echo de menos de aquellos tiempos. Llegado a la edad actual y a una situación más estable, la incertidumbre es menor y, aunque conservo ciertas ganas de liarla, no tiene nada que ver con las que tenía entonces. Me sigo apuntando a un bombardeo, no todos los cuales son confesables en una bitácora que se sigue preciando de respetar escrupulosamente el anonimato de quienes participan en ella, pero los bombardeos de Rusia, en sentido figurado, eran más divertidos. Por desgracia, en sentido estricto Rusia sabe mucho de bombardeos y últimamente lo está demostrando con creces. Pero eso es otra guerra. Literalmente.

La bitácora fue creciendo en visitas, para mi sorpresa, porque el objetivo de la misma nunca fue realmente tenerla, sino dar cauce a mis inquietudes redaccionales y, si acaso, levantar la mano y dar un acceso a mi vida a algunos conocidos que se comunicaban por este medio. También para mi sorpresa, salieron algunas entradas realmente chulas y algunas series de divulgación histórica (como ésta, pero hay más) que me tuvieron ocupado algún verano y en las que aprendí mucho).

Seguiré escribiendo este mes, si no hay temas más acuciantes, sobre lo que ha sido para mí mantener esta bitácora y sobre qué sucedía en aquellos primeros tiempos, pero para eso tendré que explicar un poco cómo era el modo de vida de una bitácora que sacaba, a lo largo de sus seis primeros años, tres entradas semanales con disciplina prácticamente prusiana. Pero eso será más adelante, porque hoy se hace tarde.

viernes, 1 de mayo de 2026

Vigésimo aniversario

Las cosas son como vienen. Hoy es el día de volver la mirada al 1 de mayo de 2006 y mirar desde la distancia temporal, pero también espacial, a aquel pipiolo incauto que llevaba nueve años consecutivos (y diez y pico en total) residiendo en Moscú, con pocas perspectivas de salir de allí, se consideraba felizmente casado, tenía tres hijos pequeños, un trabajo estable en un lugar infrecuente para un español y aspiraciones, no literarias, pero sí redaccionales. Desde hacía un par de meses sus condiciones de vida habían dado un vuelco notable a causa de una mudanza a un casa, o mejor a un casoplón, situado en el centro de Moscú, en la que ni siquiera podía soñar que le fuera dado residir. Es más, aquel pipiolo ni siquiera era consciente de que tal cosa existiera en Moscú. Pues va y no sólo existía, sino que al pipiolo le iba a caer del cielo vivir en ella.

Los dos primeros meses de residencia en aquel lugar se pasaron conociendo a los vecinos, montando muebles, organizando cajones y ordenando cosas en los ratos libres que dejaba el trabajo. Conseguir una conexión a internet no fue sencillo, pero finalmente se consiguió una compañía que accediera a conectar la casa a la red un día tan infrecuente como el 1 de mayo. Sí, el 1 de mayo, entonces y ahora, es fiesta (¡y de guardar!) en Rusia. A despecho de todo esto, el 1 de mayo por la mañana, que salió soleada y apacible, mientras la ciudad descansaba, un operario se presentó en la casa, puso cables por donde mejor le pareció, taladró el muro para pasarlos por el agujero que hizo, pilló un cacharro que luego supe que se llamaba "módem", le conectó el cable de marras y ¡hala!, ya tiene usted internet.

Era una chapuza de libro. De hecho, cuando helaba (y, claro, en Moscú heló con frecuencia durante los siguientes años), había problemas con una conexión, y con el deshielo había más problemas todavía; los cables los arrojó por el tejado de la casa al buen tuntún, como quien, más que instalar, esparce o desparrama. El servicio técnico, durante los siguientes años, poco menos que acabó por llamarme de tú, hasta tal punto estaban acostumbrados a mis llamadas.

Pero aquel 1 de mayo todo eso no se notaba todavía. Yo estaba solo en casa, no en vano la mañana era de lo más agradable, así que la familia estaba dando una vuelta, digo yo que por los famosos Estanques del Patriarca, que no estaban lejos, mientras yo me quedaba con el operario. Cuando se fue, me quedé junto al módem, pensando en qué hacer con el engendro.

2006 era el año de oro de las bitácoras (los "blogs", en anglicismo innecesario). Parece mentira, pero entonces no existía Instagram, ni TikTok, ni Youtube había tomado las dimensiones actuales. La palabra escrita era el canal normal de comunicación. Había, Dios mío, foros de debate en internet. Facebook, nada menos, estaba de moda y la gente se escribía mensajes de unos a otros. Yo seguía -dentro de mis posibilidades- alguna de las bitácoras que, durante mucho tiempo, estuvieron pulcramente reseñadas en la barra de la derecha de ésta vuestra bitácora y alguna otra de calidad más cuestionable. Y me dije: "Yo esto lo puedo hacer". En mi vanidad, la verdad es que pensaba "Yo esto lo puedo hacer mejor." Lo tenía todo: ganas de escribir, conocimientos ortográficos y gramaticales bastante más que aceptables de una lengua universal, vivencias a porrillo en un lugar donde pasaban (y seguro que siguen pasando) cosas tremendamente chocantes para el común de los occidentales. Y, desde ese momento, tenía internet. Lo que me faltaba para el duro.

Así que, ni corto ni perezoso, me abrí una bitácora en ese Blogger que todavía, y no sé por cuánto tiempo, aloja estas pantallas y, ¡hala!, primera entrada que te crió.

Cuando la leo hoy, cosa que acabo de hacer, la entrada me parece todavía hoy un excelente resumen programático de mis intenciones, que incluso he procurado seguir a pies juntillas. Las bitácoras no han muerto del todo en estos veinte años, pero han venido agonizando durante los últimos diez (o más), sustituidas por herramientas que cumplen la misma función de ser vehículo para la presunción de sus autores, sólo que los autores pueden ser unos analfabetos funcionales: con tal de que sean o se crean guapillos y controlen las cuestiones audiovisuales, adelante. La presunción, o la fanfarronería si se quiere, es la marca distintiva de todo aquél que no se guarda sus vivencias para sí mismo, sino que las vuelca en la plaza pública a disposición de quien quiera acceder a ellas. Creo que el reconocerlo, hoy como entonces, al menos me honra.

A despecho de los líos que me acechan durante todo este mes, creo que ha llegado el momento de echar un vistazo a cada uno de los veinte años que han pasado. Eso de que veinte años no es nada es más falso que un billete de siete euros. En esos veinte años han sucedido más de mil seiscientas entradas, incontables comentarios y comentaristas, líos, follones en varios idiomas, mis hijos pequeños son ahora dos mujeres de rompe y rasga y un zagal que derrocha simpatía (y me temo que algo más), ha habido un par de mudanzas, viajes por buena parte de Europa y, vaya, que yo empecé esto con toda una carrera profesional por delante y ahora estoy más cerca de la jubilación que otra cosa. Por cierto, que a ver si entonces tengo tiempo, por fin, para escribir a mis anchas. Mucho me temo que lo que tendré de tiempo voy a carecer de contenido.

En todo caso, veinte años es algo que no se cumple todos los días. De hecho, sólo se cumple uno, y ese día es hoy.

jueves, 30 de abril de 2026

La zona de bajas emisiones y su evolución

Tanto tira y afloja con la zona de bajas emisiones terminó por quebrar mi ánimo. Una vez conocí la sentencia del Tribunal Constitucional belga, decidí reconocer que los días del Topomóvil en Bruselas estaban llegando a su fin.

La ejecución de la sentencia ocasionó nuevos debates entre los partidos representados en el Parlamento de Bruselas. El Partido del Trabajo, algo así como Podemos, pero en Bélgica, propuso directamente hacer oídos sordos, lo cual se aproximaba peligrosamente a ciertas categorías delictivas. Los demás partidos, que no dejan de ser gente de orden, terminaron por establecer un período transitorio bastante particular: hasta el 1 de enero de 2026, no pasaría nada, pero, llegada esta fecha, la cosa iba a cambiar bastante. Los conductores de vehículos que infringieran la norma que les prohibía circular por la zona de bajas emisiones y fueran pillados por las cámaras que se supone que están en los límites de la región recibirían una advertencia en su buzón de correos. No, una multa, sino una advertencia. A partir de ahí, se abría un plazo de tres meses durante el cual no habría advertencias, ni multa, pero, pasados tres meses a partir de la advertencia, comenzarían a llegar las multas. 350 euros por cada infracción. Ahí es nada.

Para otra cosa no sé, pero, para recaudar, los belgas son tremendamente eficaces, así que comencé a hacer planes. Podía vender el Topomóvil, un buen coche perfectamente mantenido, pero me iban a dar cuatro chavos, y más en el contexto de abundancia de vehículos expulsados de Bruselas. Así que lo que decidí es ni pensar en venderlo, sino llevarlo a Valencia, donde sigue sin haber zona de bajas emisiones, y usarlo por allí mientras estuviera por aquellas latitudes. Como esperaba recibir advertencias en cuanto cruzara en algún sentido la frontera regional bruselense, me dije que para el 1 de abril de 2026 el Topomóvil tendría que haber cruzado la frontera belga para no volver a hacerlo en sentido contrario nunca más.

La ejecución de esta operación queda para otra entrada. En ésta bastará decir que aproveché que la Semana Santa caía en fechas idóneas para llevar a cabo el traslado.

Los días pasaban, y la resolución de largarse estaba tomada, pero las advertencias seguían sin llegar, y eso que crucé la frontera regional casi cada día que me sentaba al volante, que tampoco eran tantísimos. Supongo que alguien en el gobierno regional estaba pendiente de dar la orden, pero la iba retrasando mientras estuviera en funciones, para pasarle el marrón al siguiente y evitar soliviantar aún más de la cuenta a la ya de por sí levantisca población bruselense, que no en vano se declara en huelga todos los meses por motivos bastante menos respetables.

En éstas estábamos cuando Boris Dilliès, el de la foto, que llevaba bastante años como alcalde de su pueblo, que también es el mío, o al menos el que habito, consiguió ser nombrado presidente regional. Digo yo que habrá tenido algo que ver en la solución que ahora se ha adoptado. Los coche diésel Euro-5 y gasolina Euro-2 siguen estando prohibidos, vale, pero ahora podrán circular por la zona de bajas emisiones si pagan 350 euros anuales, o sea, la cantidad de la multa prevista, que no se les volverá a imponer durante un año. Para los no residente en la región de Bruselas que se acercan esporádicamente por estos lares, o usan su coche no guay para ir a trabajar o a lo que sea por aquí, se les impone una multa de ochenta euros, que no se les volverá a imponer en un mes.

Lo llaman multa, supongo que para reírles las gracias a los jueces del Constitucional, pero tiene el efecto económico de un impuesto sobre los coches que no cumplen los requisitos que le gustaría al gobierno regional ¿No es genial? Quedan contentos los jueces, queda contento el gobierno regional (que tiene un déficit galopante), quedan contentos los verdes y el único que no queda contento es... el ciudadano contribuyente, cada vez más contribuyente.

Al final, va a dar la impresión de que todos los problemas tienen solución con una subida de impuestos. Y de que esto vale tanto para izquierdistas como para liberales sedicentes como el todavía alcalde de Uccle y presidente regional.

Vamos a ver cuál es la siguiente subida de impuestos. Porque lo de reducir el gasto no lo estoy viendo, pero, lo de aumentar los impuestos, aunque sea so capa de multas, está clarísimo.

Toda la maniobra, por otra parte, deja algunas cosas en el aire, por ejemplo sobre mi movilidad en Bruselas y sus aledaños y otras cuestiones que iré tratando en sucesivas entradas. Al menos logré sacar el Topomóvil del país antes de que se me hiciera tarde. Que, por cierto, es lo que está pasando ahora.

martes, 28 de abril de 2026

La zona de bajas emisiones

En otras entradas de esta bitácora hemos escrito sobre la zona de bajas emisiones que el anterior gobierno de la región de Bruselas, del que formaba parte el partido ecologista local (de nombre 'Ecolo', no se disfrazaron, no), impuso en la región de Bruselas en la que habito. La mayoría que salió de las elecciones de verano de 2024 no consiguió formar gobierno hasta el mes pasado. Sí, casi dos años después de las elecciones, pero eso es algo que en Bélgica se lleva mucho y casi ni llama la atención. Por cierto que el elegido ha sido nada menos que el alcalde de Uccle, Boris Dilliés, cuya carrera política avanza con paso seguro.

Aunque el gobierno haya tardado dos años, ya vimos que sí que se pusieron de acuerdo en algo. Y ese algo fue una medida poco ecológica, pero bastante social. La zona de bajas emisiones preveía un calendario que, a partir del 1 de enero de 2025, prohibía bajo penas de fuertes multas la conducción de coches de combustible Diésel de norma Euro 5 y de coches movidos por motor de gasolina de norma Euro 2. Eso hubiera dejado fuera de la circulación, al menos en Bruselas, a mi propio vehículo automóvil, el Topomóvil. Y no sólo al Topomóvil, sino a unos treinta mil vehículos más, muy frecuentemente propiedad de personas que no están en condiciones de aflojar treinta mil euros para adquirir otro vehículo. El caso es que, como vimos en su día, varios partidos (los ecologistas no, claro) se pusieron de acuerdo para poner en marcha una moratoria de dos años para esos vehículos.

Los ecologistas, que por cierto seguían gobernando en funciones, pusieron el grito en el cielo. Supongo que instigados por ellos o por sólo Dios sabe qué grupo verde, una serie de asociaciones ecolocoñazos interpusieron recursos contra el aplazamiento. La demanda, no sé muy bien cómo, terminó cayéndole al Tribunal Constitucional belga. Uno esperaba que la cosa fuese la típica rabieta de perdedor y que, si la zona de bajas emisiones no había existido en Bruselas desde los tiempos de Lamberto el Barbudo hasta anteayer, nada parecía impedir que siguiera sin existir en lo sucesivo. O que existiera, pero aplazada.

Bueno, pues saltó la sorpresa en Las Gaunas, y es que los jueces son gente impredecible y no digamos los tribunales constitucionales. El Tribunal Constitucional belga dio la razón a los demandantes, argumentando, en suma, que existe un derecho constitucional a la protección de la salud y a un medio ambiente sano, y que de ello se deduce que no puede haber una marcha atrás en la protección de estos derechos. Y, efectivamente, el aplazamiento del calendario de prohibición de los vehículos más contaminantes era una marcha atrás, así que, el 11 de diciembre de 2025, de repente el Topomóvil, que acababa de pasar la ITV satisfactoriamente y con una nota de autorización hasta diciembre de 2026, se encontró con que nuevamente dejaba de ser bienvenido en la región de Bruselas.

La cosa se ponía pero que muy negra, porque más allá del Tribunal Constitucional no hay nada. Las multas iban a llegarme a partir del momento siguiente, si nos tomábamos el fallo del tribunal en puridad.

Será en la próxima entrada cuando veremos lo que pasó a continuación con el gobierno regional, los verdes, el Topomóvil y mi paciencia, porque hoy se hace tarde.