Lo fundamental es que las casas belgas están preparadas para todo lo contrario que para expulsar calor. Los arquitectos belgas, y yo diría que centroeuropeos en general, diseñan casas para aprovechar cada rayito de sol que aparece, porque no suelen aparecer muchos. Sin ir más lejos, mi dormitorio está acristalado y orientado al sur. En invierno, esto es fantástico, ya lo creo: retiene el calor que no veas y hay que ver lo que se ahorra uno en la factura del gas. En la mayor parte de los veranos belgas, que se llaman verano sólo porque coinciden con los meses que van entre junio y septiembre, tampoco viene mal un poco de calorcito.
El problema ha venido ahora.
Con un sol de justicia y temperaturas de más de treinta y cinco grados, el acristalamiento de mi dormitorio, que hace las veces de lupa, ha convertido la estancia en una especie de crematorio inmisericorde. Un infierno sin demonios. Jamás había visto esto desde que estoy aquí. Tuve la humorada de meter un termómetro en la misma, que marcó 39 grados. Otros residentes en Bruselas me han confirmado que no es que yo sea especial ni mi casa la única sucursal de Belcebú en Bruselas: ellos están pasando por lo mismo.
Los primeros días de la ola de calor, me enchufé un ventilador y, mal que bien, fui tirando, durmiendo a ratos, pero hace tres días no pude más y tomé la radical decisión de mudarme a dormir al sótano. Creo que esto ha salvado a más de un belga del achicharramiento. Al menos en mi sótano, la temperatura es de 23 grados, que ya es otra cosa; además, tengo un sofá transformable en cama para alojar rápidamente a algún invitado que se pase por aquí. En este caso, el invitado he sido yo mismo.
Después de tres días durmiendo en el sótano, la noche pasada hubo una tormenta de aúpa con aparato eléctrico abundante y lluvia a raudales. No ha sido cualquier cosa, pero de eso, es decir, de los daños que ha provocado, tocará escribir en otra ocasión; daños aparte, por lo menos ha traído aire fresco, así que por la mañana me apresuré a abrir puertas y ventanas y a ventilar lo mejor que supe, de modo que el dormitorio ha bajado de la temperatura psicológica de treinta grados. El calor sigue, pero menos.
Los belgas, y supongo que otros centroeuropeos, han reaccionado de manera bastante aparatosa a esta ola de calor inesperada por lo intensa. El teletrabajo ha bajado drásticamente la semana pasada, porque pocos belgas tienen aire acondicionado en sus casas, así que se estaba mejor en las oficinas, que sí que suelen tener sistemas de regulación de temperatura. En el sistema escolar, por una vez, no han reaccionado poniéndose en huelga, sino directamente cerrando los colegios, no vaya ser que a la chiquillería le dé un periflús. Yo creo que es más probable que el periflús se lo dé al profesorado, pero bueno, tampoco tiene tanta importancia.
No viene mal que a cierta gente, algo ensoberbecida y amiga de señalar a los demás, y especialmente a los españoles, como vagos y siesteros, les den un bofetón de realidad climática y sufran por algún tiempo lo que los españoles pasamos un verano sí, y otro también. No recuerdo que jamás me cerraran el colegio por mucho calor que hiciera. De hecho, recuerdo más de un examen en la facultad, bien entrado junio, con treinta y pico grados en el exterior y quizá más todavía en el aula, donde seiscientas personas sudorosas y oliendo a tigre esgrimían el bolígrafo y rellenaban folios con desesperación. Y recordemos que, en aquel tiempo, Zapatero (hoy tan criticado por otras razones que no vienen al caso) no había llegado a la presidencia del Gobierno y se podía fumar en las aulas. Y, durante un examen, ya lo creo que se fumaba. Maldición, salía uno de allí más gaseado y quemado que de un campo de exterminio.
El verano se anuncia calentito. Incluso en Bélgica. No tengo claro si superar mi atávica aversión y comprarme un aire acondicionado, antes de que acaben y sea demasiado tarde.
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