jueves, 12 de febrero de 2026

Lugares emblemáticos: las plazas. Flagey

En Bruselas, existes plazas enormemente conocidas, la principal de las cuales es, naturalmente, la Grand Place, o Grote Markt, según la lengua vernácula que nos haga más tilín. Ya la hemos visto aquí en alguna ocasión y no dudo de que volverá a ser protagonista de estas pantallas. Sin embargo, no es la única plaza de relumbrón del centro de la ciudad, donde tenemos lugares como la plaza Sainte Cathérine o la plaza de la Bourse.

Esos sitios están atestados de turistas, como el centro de Valencia. Y es que es lógico y natural: así como en el centro de Valencia se escucha francés y flamenco casi a cada paso, en las plazas céntricas de Bruselas que están mencionadas arriba lo que se escucha es el castellano y, a partir de las nueve de la noche, sólo el castellano. Diríase que se han intercambiado los visitantes y que a todos les gusta más la ciudad que están visitando que aquélla de la que proceden. En mi modestia, debo reconocer que contribuyo algo a este fenómeno y que no dudo en llevar allí a todo amigo o visitante que viene a esta ciudad a pasar unos días.

Sea como fuere, los locales no acaban de sentirse a gusto en las plazas del centro de la ciudad, y en el concepto de locales incluyo a los que residimos aquí desde hace más de dos lustros, que ya sólo falta que nos salgan las patatas fritas y los mejillones por las orejas. Hay alguna plaza que está reservada a los cachorros de las instituciones europeas, en particular los jueves por la tarde, que es la plaza de Luxemburgo y que también hemos visitado con motivo de las manifestaciones de todo cuño que tienen lugar en la misma y que terminan por dejarla en un estado bastante deplorable.

¿A dónde va, entonces, el bruselense que no es turista ni cachorro de eurócrata, pero que quiere salir un rato a apretarse unas cervezas? Bueno, pues afortunadamente hay alguna que otra plaza que sirve para tal menester y que vamos a ir revisando en las próximas entradas.

A todo esto, no olvidemos que Bruselas-región no deja de ser un conglomerado de diecinueve municipios, todos los cuales cuentan con su plaza principal, a cuya vera se apretujan los locales para privar y picar algo. Cada uno de los municipios tiene lo que sería su plaza del pueblo. Cuando el asuntillo del camino de Santiago, vimos, sin ir más lejos, la plaza principal de Saint Gillis y también pasamos por cerca del rastro de Marolles.

Hoy esta bitácora va a visitar una plaza emblemática, nada menos que la plaza Flagey, dedicada a la memoria de un alcalde local, Eugène Flagey, y que forma un espacio nada desdeñable en una zona del municipio de Ixelles. He quedado a comer por los alrededores, y he aquí que, cuando llego a la plaza, me encuentro con un mensaje del otro comensal “Llego diez minutos tarde”. Como es bien sabido, en aplicación de la Ley de Relatividad del Tiempo, diez minutos en boca de un español, y más cuanto más del sur sea, pueden estirarse una enormidad, así que me resigné a un buen cuarto de hora de espera. Por fortuna, el día era casi primaveral, hasta el punto de que parecía mentira que fuese principios de febrero; la temperatura era agradable, lucía el sol y soplaba una brisa muy suave, así que até la bicicleta, me puse las manos en los bolsillos y me puse a ver lo que tenía alrededor.

Lo primero que llama la atención es lo enormemente fea que es la plaza Flagey. Transito por ella casi todos los días de camino al trabajo, porque es paso casi obligado entre Uccle y la plaza de Luxemburgo, pero normalmente voy con sumo cuidado de no tener un mal encuentro con la miríada de coches, autobuses, tranvías, camiones y todo tipo de vehículos que se cruzan entre todas las calles que desembocan en la plaza. A diario trato de dejarla atrás lo más pronto posible y no me detengo nunca a observar qué pasa en ella ni mucho menos cómo es.

Vamos, que nunca tengo un cuarto de hora para, plantado en medio del bullicio, girar la vista a mi alrededor y observar, más que ver, la plaza y los edificios que la componen.

Al que viene a Bruselas y se le lleva a las plazas bonitas de la ciudad -y la más bonita es, fuera de toda duda, la Grand Place- le puede resultar chocante la mera existencia de sitios como la plaza Flagey, de un gusto totalmente opuesto a la opulencia de los edificios gremiales y administrativos del siglo XVII. Es todo lo contrario. La plaza Flagey es de construcción relativamente reciente. Muy cerca de ella se encuentran los estanques de Ixelles y, de hecho, uno de ellos se encontraba en su día donde hoy se sitúa la plaza, pero éste fue desecado para ejecutar un ambicioso plan urbanístico y ahí fue donde apareció la plaza. No es de extrañar, pues, que sea una especie de fondo de sartén: todas las calles que confluyen hacia ella, como Malibran o Vleurgat, presentan pendientes considerables, con la única excepción de la calle que conduce a los otros estanques, que es llana, y la que saldría de él siguiendo el curso del Maelbeek, que es la calle Grey, pero del Maelbeek y de otros cursos fluviales escondidos ya tocará escribir en otra ocasión.

En su día, la plaza se llamó “de la Santa Cruz”, en referencia a la iglesia que, más o menos oculta entre edificios mucho más feos que ella, se encuentra en dirección a los referidos estanques. Las cosas no duraron demasiado y la plaza cambió de nombre para adoptar el actual, mientras que la denominación de la Santa Cruz cayó en desuso y, como mucho, quedó para el espacio inmediatamente anterior a la iglesia. El cambio de nombre debió de ser una alcaldada de libro: el alcalde en ejercicio se aseguró un puesto en la posteridad dedicándose la plaza a sí mismo.

La plaza Flagey es, por lo tanto, un lugar ganado al agua, que se utilizó en buena medida como lugar para aparcar coches y que comenzó a ser rodeada por los edificios más horribles imaginables. Y esto es cosa sumamente curiosa, porque los alrededores de la plaza realmente no están nada mal desde un punto de vista estético. El barrio de Matongé tiene sus problemitas de seguridad ciudadana, vale, pero estéticamente tiene un pasar más que bueno; la calle Grey tiene su encanto (y no digamos el día en que la terminen), así como la calle Vleurgat y todas las que huyen de la plaza Flagey para ascender hasta la avenida Louise. Pero la plaza Flagey tiene el dudoso honor de estar circundada por adefesios de la peor especie, así lo nieguen todos los arquitectos que en el mundo han sido.

Y, así y todo, la plaza Flagey es un lugar que no deja de tener su encanto, sobre todo por el ambiente que tiene, pero, una vez la hemos lapidado desde el punto de vista estético, se está haciendo tarde, así que vamos a dejar la continuación de esta visita para una próxima entrada.

miércoles, 21 de enero de 2026

El subsidio de desempleo y las tijeras

Continuamos con aspectos de las reformas y recortes del gobierno belga que tan enfadados tienen a los sindicatos, a los socialistas y a los grupos de la oposición en general. Uno de los más destacados es la reforma del subsidio de desempleo. Hasta el año pasado, el subsidio de desempleo se iba reduciendo con el tiempo, pero no hasta el punto de dejar al desempleado sin recurso alguno, es decir, a partir de cierto momento era una prestación indefinida. El gobierno ha supuesto que tal circunstancia no incentivaba la búsqueda de empleo. Hasta ahí, estamos de acuerdo. Parece que hay gente que se conformaba con el subsidio, que le daba lo suficiente para subsistir, y que pasaba de buscar empleo o, lo que es peor, rechazaba los que se les ofrecían.

El recorte ha consistido en acabar con ese subsidio a perpetuidad. En el futuro, el subsidio, que se reduce a medida que avanza el tiempo, quedará limitado a dos años, todo lo más. Y, entretanto, se ha establecido un período transitorio. Por ejemplo, lo que más llama la atención es que aquéllos que llevaban percibiendo el subsidio más de veinte años (parece que había alguno de éstos...) han dejado de cobrar a partir del 1 de enero. Para los que llevaban cobrándolo menos tiempo, se establecen distintos períodos que terminan en junio.

Hasta aquí, todo claro, ¿no? Los que llevan una eternidad cobrando después de no haber trabajado durante los últimos lustros tendrán que buscar trabajo, ingresos o algo que les permita llevarse los garbanzos, o los mejillones con patatas fritas, a la boca. En todo caso, eso permitirá reducir los gastos del sector público.

Bueno, pues parece que no.

En cada municipio belga, existe algo llamado CPAS, que significa "Centro Público de Acción Social". Estos centros, que funcionan de manera autónoma, se ocupan de garantizar unos recursos mínimos a quienes no disponen de ingresos. Vamos, a los pobres de solemnidad, eso sí, que residan legalmente en Bélgica. Entiendo que los mendigos que ejercen en las puertas de los supermercados y de las iglesias no son residentes legales, porque, si lo fueran, podrían dirigirse al CPAS de su municipio y éste ya se ocupará de prestar la ayuda necesaria, que puede ser un ingreso vital mínimo, ayuda al alquiler, ayuda médica urgente, entre otras posibilidades. No se morirían de hambre, vamos.

Los municipios han caído a finales del año pasado en la cuenta de que los recortes en el subsidio eterno de desempleo iban a tener un impacto entre la clientela de todos y cada uno de los CPAS. Alguien que lleva la friolera de veinte años sin conseguir trabajo, y probablemente sin buscarlo, es poco probable que sea atractivo para algún empleador, pero, si se queda sin el subsidio con el que quizá contara hasta que se jubilara, algo tendrá que hacer y ese algo va a ser ir al CPAS a poner la mano. O el plato.

Yo no sé qué habrán hecho los otros municipios, pero el mío, Uccle, ha decidido reforzar el presupuesto del CPAS local, para hacer frente a las peticiones que se esperan. Todo esto no tendría mayor importancia, si no fuera porque la pasta para ese incremento del presupuesto va a salir de un aumento criminal del impuesto sobre bienes inmuebles, que va a crecer un 10% prácticamente lineal. Para hacerse una idea, el impuesto sobre bienes inmuebles, que en franchute se llama "précompte immobilier", que pago yo anda por los tres mil euros, afortunadamente sólo una vez al año, lo cual ya se acerca mucho a mi concepto de barbaridad. Pues ya puedo desembolsar trescientos euros más para que los parados de larga duración sean atendidos por el CPAS de mi pueblo.

El resultado económico de los recortes en materia de desempleo es curioso, al menos en mi municipio, que además es de los pudientes. Ya me gustaría saber cómo se apañarán en otros lugares, como Molenbeek, Anderlecht o Bruselas-Centro. El gobierno federal se ahorrará una pasta, pero esa pasta la van a pagar los municipios a través del CPAS. En el caso de Uccle, esa pasta la vamos a pagar todos los que somos propietarios de un inmueble, en mi caso del que utilizo para residir en él. Si lo estuviera alquilando a otro, supongo que repercutiría ese aumento en el alquiler que pagara mi inquilino. Total, que en realidad el recorte no es tal: el sector público gasta lo mismo en gasto social y lo que ocurre es que nos ha subido los impuestos.

Toma ya, gobierno liberal belga. No entiendo por qué los socialistas se quejan de este gobierno: esto es exactamente lo que ellos hubieran hecho.

viernes, 16 de enero de 2026

El gato del primer ministro

El hecho de ser extranjero en todas partes menos en una y de no vivir habitualmente en ésta me permite ver los asuntos políticos del lugar donde vivo desde una cierta distancia, lejos de los debates en la calle. Como experto en ser extranjero, sé perfectamente que la primera asignatura que hay que aprobar en primero de Extranjería consiste en no meterse en los asuntos internos del país que te acoge ni mucho menos intentar proponer tus soluciones a los indígenas. Eso nunca. Puedes quejarte lo que quieras a tus compatriotas, pero nunca a locales. No importa lo puñeteramente mal que estén las cosas y lo cabreado que esté el local con lo que pase en su país: si un extranjero opina exactamente lo mismo y lo dice, el local lo va a mirar con cara de "pues vete a tu casa si no te gusta." En España podrían ir mejor muchas cosas, pero, a la que nos las critique un guiri, ¡ay del guiri!

Bart De Wever, el primer ministro belga, es un señor que ha aparecido por estas pantallas en alguna ocasión. Es independentista flamenco, pero habla francés más que correctamente; es de derechas, pero no creyente (que se sepa). Vamos, tiene todas las contradicciones habituales en los belgas, en su caso con una añadida: que no quiere ser belga. Bueno, o no quería, porque ahora habla mucho menos de eso. Podremos pensar lo que queramos de él; ahora bien, lo que es innegable es que ha sido capaz de conseguir una mayoría parlamentaria en Bélgica, un país que se pasa buena parte de su existencia empalmando gobiernos en funciones. Conseguir que seis o siete partidos políticos te apoyen tiene un mérito enorme. Y conseguir que te sigan apoyando cuando los sindicatos convocan una huelga detrás de otra, con lo fácil que sería hacer caer al gobierno, tiene todavía mayor mérito. El caso es que las cosas deben estar peor de lo que pensamos, porque el señor De Wever ha montado un programa de recortes que ha empezado a aplicarse hace unos días, al comenzar el año, y nadie se ha quejado demasiado. En todo caso, el señor De Wever tiene trabajo.

Y, además de tener trabajo, el señor De Wever tiene un gato.

Eso no tiene nada de raro, claro. Mucha gente tiene un gato. A mí me dan alergia, pero en Bélgica uno de los personajes de cómic más queridos es un gato, que además se limita a llamarse "Le Chat". Sucede que el De Wever ha tenido la idea de que su gato se abra una cuenta en Instagram y otra en X en la que comenta la actualidad política desde un punto de vista jocoso. Naturalmente, no lo hace él, sino un tipo que le lleva la cuenta y que no sabemos quién es, pero lo hace bastante bien, la verdad. No se mete en líos y, a pesar de ser flamenco hasta la médula, tiene cierta gracia, no lo niego.

Su gato se llama Maximus Textoris Pulcher, lo cual requiere una explicación. Podría traducirse como Máximo Bonito de Tejido. Maximus y Pulcher son palabras en latín que se traducen como mayor y bello, respectivamente. En cuanto a Textoris, es el adjetivo de la palabra que significa tejido, cosa que en flamenco se diría... De Wever. Sí, el primer ministro belga tiene un apellido con significado típicamente textil.

Los británicos, esa gente tan encantada de haberse conocido, dicen que De Wever se ha copiado de Larry, el gato de Downing Street, 10, la residencia del primer ministro británico, pero reconocen que su uso como canal de comunicación en redes sociales es algo que se ha inventado De Wever. Todo, menos reconocer que esa idea ya la había tenido antes un español, o española, del equipo de Esperanza Aguirre, en su día ministra de Cultura de España y más adelante presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, aunque lo que tenía ésta era un perro, Pecas, con su correspondiente cuenta en Twitter (no, aún no se llamaba X).

Puestos a comparar, aunque las comparaciones sean tan odiosas, la cuenta del gato de De Wever tiene más gracia y se actualiza muy a menudo, mientras que la de Pecas, que a estas alturas ya ha dejado este valle de lágrimas canino, dejó de actualizarse en algún momento de 2015, coincidiendo más o menos con el fin de la campaña electoral a la alcaldía de Madrid que su dueña no consiguió alcanzar.

Entretanto, Maximus Textoris Pulcher va viviendo sus momentos de gloria y, fuerza es decirlo, posiblemente apuntale algo la popularidad de su dueño. Ahora mismo, en X (no tengo Instagram), acumula 58 entradas en los últimos dos meses que lleva y tiene algo menos de dos mil seguidores, que no es mucho, pero es que en X se expresa en inglés, mientras que en Instagram lo hace en flamenco, que es lo suyo. En fin, quizá sea una prueba de que De Wever tiene un fino sentido del humor. O no tan fino, pero lo tiene. Será que, mal que le pese, es belga.

miércoles, 14 de enero de 2026

Escalofríos

Estas Navidades han sido frías en Valencia, ya lo creo que sí. La gente no se lo cree, pero menos de quince grados en Valencia dan una sensación de frío que, además, es imposible de eliminar. Da lo mismo la ropa que uno se ponga, diríase que, ya sea la humedad o el frío particular que tenemos en Valencia, pero el fenómeno es imparable. El hecho de que las viviendas estén concebidas para soportar veranos calurosos, pero no las tres semanas de frío que podemos tener, hay que reconocer que tampoco ayuda nada. A más de uno he oído decir que los dos sitios donde más frío ha pasado han sido Valencia y Sevilla, que no pasan precisamente por estar cerca de Siberia, y yo me lo creo perfectamente y hasta corroboro lo que dice.

Como ahora tenemos unas aplicaciones chulísimas para saber qué tiempo hace en cualquier lugar del mundo, yo he ido viendo de reojo cómo se portaba el invierno el Bélgica. Todo indicaba, a tenor de las temperaturas, que se estaba portando mal, en el sentido de que la semana pasada nevó y heló a base de bien. La física no entiende de sensación de frío y de esas zarandajas que nos inculcan las aplicaciones meteorológicas: el agua se congela a los cero grados, y punto. Ni sensación de frío ni narices. En Bélgica, el agua se congeló y cayó del cielo (casi siempre cae agua, como sabemos) en forma de nieve. Y, para acabar de arreglar el asunto, me enviaron una foto de un pequeño estanque que tengo entre mi vivienda y el jardincillo, y dicha foto me dejó helado, pero no tanto como lo estaba el propio estanque.

Como Bélgica no está preparada para la nieve ni quiere estarlo, sino que se limita a que el fenómeno pase cuanto antes, la nieve se quedó en el suelo hasta que llovió, que es cuando tiene a bien derretirse.

Entretanto, las temperaturas de Valencia fueron subiendo poco a poco y el último día de mi estancia por mi patria se acercaron mucho a los veinte grados y al sol seguramente los superaron. Entre que en Valencia finalmente hacía un tiempo de lo más agradable y que lo que me esperaba en Bélgica era frío, nieve y hielo (y trabajo, que no sé qué es peor), pocas veces he estado menos motivado para tomar el petate y montarme en el avión.

Al aterrizar, la temperatura era de un grado centígrado y solitario. Nada comparable a aquellos inviernos moscovitas de feliz recuerdo, pero mucho frío; y, no obstante, me parecía menos frío que alguna noche valenciana de las que había tenido en las semanas precedentes, digo yo que porque, por lo que sea, contra el frío belga se puede luchar poniéndose ropa de abrigo, entre otras maneras posible, a diferencia, como quedó dicho arriba, de lo que sucede con el frío valenciano.

En Bruselas quedaban bastantes retazos de nieve. Al llegar a casa, el coche que todavía poseo estaba cubierto con una capa blanca de varios centímetros. Yo entré en casa, di gracias al cielo porque todo estaba funcional y en orden, deshice la mochila y me metí en la cama lo antes posible con varias mantas.

Por la noche, sin embargo, el grado solitario que me había recibido al aterrizar recibió la compañía de otros varios. Sí, ya sé que la hora más fría suele ser la que precede a la salida del sol, pero en este caso, curiosamente, las temperaturas fueron haciéndose más bonancibles a medida que avanzaba la noche; además, empezó a llover con cierta profusión. El resultado fue que, cuando me levanté por la mañana, no quedaba absolutamente nada de nieve y el coche estaba completamente limpio y listo para ser usado.

No creo que éste sea el último período frío de este invierno, aunque no niego que me gustaría que lo fuera. En los últimos días, las temperaturas han subido lo suficiente como para que la gente inconsciente, que la hay a patadas, saque las bermudas del armario y salga a la calle con las piernas al aire; también es la temperatura ideal para que los virus se reproduzcan, y a fe mía que lo han hecho: las bajas en el trabajo no se cuentan con los dedos de la mano y yo mismo... ¡atchís!

Creo que me voy a casa antes de que la fiebre empiece a subir en serio y sea demasiado tarde para desplazarme en bicicleta sin jugarme un mareo y una caída.

martes, 6 de enero de 2026

La fiesta de Reyes en los colegios europeos

No sé si mucha gente sabe que Bruselas es una ciudad española más, donde residen bastantes miles de españoles, que no se conocen necesariamente entre ellos y que disponen de tiendas españolas, misas en español (aunque, desde hace año y pico, no celebradas por sacerdotes españoles, aunque los hay), una librería más española que las bellotas, una barbaridad de profesionales, ya sea médicos, fontaneros, sacamuelas o casi cualquier cosa, universidad en español y, también, hay colegios en español.

En realidad, éstos últimos tienen truco. No son realmente colegios en español, sino que son las líneas en español de la red de escuelas europeas. Las escuelas europeas son establecimientos educativos pensados para escolarizar a los vástagos de los eurofuncionarios, que, si no son francófonos o neerlandófonos, no podrían conseguir en Bruselas que sus hijos estudiaran en su lengua materna. Las escuelas europeas están por toda Europa, allá donde haya una sede de una institución o agencia europea lo suficientemente grande como para justificar su apertura, y además creo que hay una red de centros concertados con ellas. En Bruselas hay, por el momento, cuatro escuelas europeas (la quinta está en camino), no en vano es la ciudad europea con más funcionarios (y eurofuncionarios) por metro cuadrado. Le sigue Luxemburgo, que tiene dos, y luego ya hay unas cuantas ciudades con una escuela, entre las que está Alicante, que no es sede de ninguna institución, pero sí de una agencia gordísima.

De las cuatro escuelas europeas en Bruselas, dos tienen línea en español. Los alumnos españoles de estas escuelas son, primero, los hijos de los eurofuncionarios de nacionalidad española, que es para lo que se las creó. Pero no son los únicos que escolarizan a sus hijos en tales escuelas: también hay hijos de funcionarios españoles que trabajan en las representaciones diplomáticas de España en Bruselas y que son unas cuantas, si contamos la Representación Permanente ante la UE, la Embajada ante el Reino de Bélgica y también tenemos una embajada, o más bien una representación permanente, ante la OTAN. Vamos, que tenemos un montón de gente destacada en Bruselas. Por si fuera poco, hay un sinnúmero de grupos de presión, comunidades autónomas y profesionales diversos que pululan por allí y que también tienen hijos que podrían estar interesados en recibir la educación primaria y secundaria en su lengua materna. Por no hablar de los profesionales y otros diplomáticos de lengua española, pero de otros estados de la Hispanidad aparte de España, que son unos cuantos.

Los funcionarios, europeos o no, lo tienen fácil para entrar, porque la escolarización de sus hijos entra en las condiciones de trabajo de que disfrutan por razón del puesto, así que no tienen que rascarse el bolsillo. Otra cosa son los otros, que tienen que cotizar una cantidad importante si quieren que sus hijos estudien en las escuelas europeas, y eso sólo si quedan plazas libres después de escolarizar a los anteriores.

Bueno, pues parece que este año se ha montado el cirio con la fiesta de Reyes, que los pérfidos noreuropeos parece querer quitar del calendario escolar de 2027 (el de 2026 está aprobado ya, naturalmente, y Reyes está siendo festivo).

En su día, lo reconozco, estuve especialmente interesado por el asunto, básicamente porque mis tres hijos han pasado por uno de esos colegios, hasta que el último lo abandonó en el no sé si muy lejano 2022 y me he visto libre de esas preocupaciones, que no de otras. Desde entonces, en 2023, el día de Reyes cayó en viernes, en 2024, cayó en sábado y, en 2025, lo hizo en lunes. No hubo ningún problema para que Reyes fuera considerado como día no lectivo, porque, cuando cae en viernes o en lunes, nadie protesta demasiado. Y, cuando cae en sábado, la cuestión es que ni se plantea. En 2022 había caído en jueves y recuerdo que tuvimos que pelearlo a base de bien, pero teníamos un buen enchufe, e incluso varios, entre los mandamases de la red, entre los que no escaseaban los españoles, y ganamos sin demasiadas dificultades. Esos mandamases sabían perfectamente que muchos españoles, entre los que me encuentro, así hubiera exámenes el día de Reyes, iban a hacer caso omiso y un corte de mangas al examen y a quien hiciera falta. Hay que decir que probablemente también habría españoles que agacharían la cabeza y mandarían a sus hijos a clase en tal día. Así ha degenerado la raza, me temo...

La lucha contra la festividad de Reyes no es nueva. Ya en España, según decía mi abuela, en tiempos no sé si de Franco o de la República (probablemente esto segundo), el gobierno de turno quiso quitar la fiesta de Reyes del calendario de festivos, de momento de las universidades, para que los estudiantes empezaran antes su período lectivo. La cosa no salió, porque los estudiantes, creyentes o descreídos, si en algo estaban de acuerdo era en eso y así, al decir de mi abuela, salían a la calle gritando:

Si las costumbres son leyes
y las leyes respetamos,
nosotros en clase no entramos
hasta pasados los reyes

El gobierno desistió, pues, de su intento. Podría haberlo forzado, vale, pero se hubiera encontrado con un absentismo escolar inmenso, probablemente secundado por los profesores. No parece que se pueda legislar contra el sentir mayoritario de una sociedad.

En esta ocasión, los padres españoles de los colegios europeos bruselenses han tratado de tejer alianzas con los de otras nacionalidad afines, como los italianos y los portugueses. Indudablemente, la alianza decisiva es la de los italianos, que mandan mucho y tienen una habilidad impresionante para interpretar, retorcer, rerazonar y dar vueltas y revueltas a las normas con tal de conseguir su objetivo.

Ya veremos cómo queda el asunto. Yo, mientras fui padre de alumnos escolarizados allí, jamás dudé un momento en que, si por un azar del destino el día de Reyes (y el siguiente) hubieran sido lectivos, mis hijos se iban a apuntar a la insumisión escolar e iban a hacer novillos a la fuerza, o como se diga en cada sitio, porque es una de las situaciones que se acaba expresando de manera más variada en según qué lugar. Y, en todo caso...

Si la cosa está que arde
y los Reyes nos retiran,
por mí como si deliran:
mis hijos llegarán tarde.

sábado, 3 de enero de 2026

Regalos

Se acerca el día grande de los regalos en España, que es el 6 de enero, Epifanía del Señor, más conocida (mucho más conocida) como el día de Reyes. Como ya sabemos, en Bélgica dicha festividad pasa completamente desapercibida (y no digamos en Rusia, donde es uno más de la semana entera no laborable de primeros de año); en Bélgica, el día de los regalos es San Nicolás de Bari, el 6 de diciembre, que en España es festivo por otras razones. San Nicolás, con la inapreciable ayuda de Pierre Fouettard, Zwarte Piet o Pedro el Negro, según la lengua que usemos, trae regalos a los niños, pero mi experiencia es que se limita a repartir chocolate y, si nos apuramos, mandarinas. Lo que sucede en España con los Reyes y toda la parafernalia que se monta alrededor de ellos no tiene parangón en ningún otro sitio, al menos que yo sepa.

Pero el caso es que la parafernalia en cuestión mola. Mucho. Y yo soy un firme partidario de la monarquía, tanto más si es tan legítima como la de los Reyes Magos.

Hasta el día de hoy, me las he apañado, excepto en ocasiones escasísimas, para pasar las Navidades, día de Reyes incluido, en España, y este año no está siendo una excepción. En algún año tuve que volverme adonde estuviera, Alemania, Rusia o Bélgica (bueno, aquí no) el mismísimo día de Reyes, y aun entonces conseguí apañármelas para dejar regalos preparados a mis padres y hasta a mis hermanos, que por aquel entonces aún vivían con ellos.

Yo no sé qué opinarán los lectores de esta bitácora, pero los regalos deben ser un fastidio enorme. Vengo de una familia que los detesta: mis padres, en cuanto sus hijos nos caímos del guindo, empezaron a pasar de los regalos... precisamente cuando yo empecé a hacérselos a ellos. Mis hermanos son la cosa más opuesta a los regalos que ha parido madre, aunque, por increíble que parezca, la madre que los parió es la misma que me parió a mí. Yo todo es romperme la cabeza buscando qué regalarles, mientras ellos insisten en que no les regale nada y que, en todo caso, ellos no piensan regalarme nada a mí.

En estas circunstancia, que haya llegado hasta mi edad con la ilusión de regalar cosas debe catalogarse como de milagroso, aunque confieso que estoy cada vez más cerca de tirar la toalla y, si no lo he hecho todavía, es probablemente porque en mi familia más estrecha no me lo perdonarían. Eso sí, cuando me quedé huérfano, de lo que hace poco más de cinco años ahora mismo, el número de regalos difíciles empezó a reducirse. Regalar algo a mis padres era realmente agónico: ellos ya habían dejado de regalar nada en absoluto y pretendían que yo hiciera lo mismo para no quedar mal, lo cual conducía a riñas y reproches el día de Reyes, cuando yo aparecía por la puerta con los brazos cargados de cosas y con tres hijos siguiéndome, entusiasmados por la visita de los Reyes. En aquel entonces, los hijos no entendían por qué su abuelo no se ponía contento con la bufanda, libro o pijama que le habían traído los Reyes, y entendían mucho menos por qué me reñía a mí, como si yo tuviera algo que ver en lo que los Reyes hubieran escogido.

En fin, que este año he decidido regalar libros a todo quisqui, salvo petición muy expresa. Los libros tienen muchas ventajas, entre ellas lo fáciles que son de envolver.

A todo esto, más vale que salga pronto, porque queda ya muy poco para que lleguen los Reyes y, como no me espabile, ¡se me va a hacer tarde!

miércoles, 31 de diciembre de 2025

2025 se acaba

Un día u otro tenía que ser y ha acabado por ser éste. El año 2025, que comenzó con tantas esperanzas, está dando sus últimas boqueadas y es ahora cuando llega el momento de echar la vista atrás y de comprobar si los buenos propósitos de comienzo de año han tenido una mínima continuidad durante el mismo.

Releyendo la entrada, tampoco es que los propósitos fueran demasiado difíciles de cumplir. Se trataba de escribir un poquito más y eso se ha llevado a cabo, porque, con ésta, en 2025 van a haber visto la luz cincuenta y dos entradas, a un ritmo medio de una por semana, lo cual está lejos de los felices tiempos moscovitas de tres entradas semanales como un reloj, pero mejora las escuálidas treinta y seis entradas de 2024. Así que, por ahí bien. Lo de los propósitos para 2026 lo vamos a dejar en un "Virgencita, que me quede como estoy". Dicen que la ambición es hermosa, pero no nos pasemos.

Además de escribir un poquito más, se trataba de variar un poco la temática y eso también ha sucedido. Una serie sobre el Camino de Santiago a su paso por Bruselas (y me queda pendiente continuar hasta al menos terminar la primera etapa hacia España), otra sobre Dinamarca y mis avatares por allí, como estaba previsto, otra sobre el infame aeropuerto de Charleroi y varias sobre huelgas, reformas y gobiernos en Bélgica, y un poquito sobre el día a día. Se diría que esto marcha.

La tentación consiste en repetir el "Virgencita, que me quede como estoy" y seguir adelante, pero, si miro la bitácora y la pantalla que la acoge, me parece a mí que algo queda por hacer. Es verdad que este año he vuelto a la creo que saludable práctica de poner etiquetas a las cosas. Por ahí, bien. Lo que no va tan bien es la serie de bitácoras recomendadas en la barra de la derecha, que, la verdad sea dicha, están, con una sola excepción, muertas del todo y, si no están enterradas, es porque, por alguna razón, Google no les da matarile. Incluso la que no está muerta del todo, esa de "Rusia para chilenos", se actualiza una vez por trimestre y sostiene opiniones más que discutibles. Que no es que no me guste discutir, ya saben los lectores de estas pantallas que no, pero una cosa es discutir y otra que parezca que recomiende cosas con la que estoy en desacuerdo. Le tengo que dar una pensada y, como mínimo, poner un aviso de exención de responsabilidad por las opiniones que sustenta el autor. Qué menos que eso.

Por lo demás, Bruselas se está poniendo interesante, y eso es malo para los que vivimos en ella, pero bueno para sacar temas para la bitácora. Comienza a haber tiroteos, ajustes de cuentas, los servicios son cada vez más una porquería, me voy a quedar sin coche con efectos casi inmediatos y seguimos sin gobierno regional (sí, tenemos gobierno federal, pero eso sólo es una parte del todo). Esto promete y prometería más si yo anduviera sobrado de tiempo para escribir, cosa que, lamentablemente, no es el caso. Así y todo, habrá que hacer un esfuerzo, porque, lo miremos como lo miremos, en mayo de 2026 se cumplirá el vigésimo aniversario de esta bitácora y tengo que pensar cómo celebrarlo. No hay mucha bitácora por ahí que haya sobrevivido a la expansión de las redes sociales con la cabeza más o menos alta, de modo que toca cuidar a las pocas que siguen, que, como sabemos, no son las de la barra de la derecha, pero sí ésta.

Así que voy a ver si mantengo el ritmo de publicación, limpio de cadáveres la barra de la derecha, la pongo algo más al día (acepto sugerencias, claro) y celebramos como es debido ese vigésimo aniversario en mayo. Claro, siempre está el manido recurso a la republicación de las mejores entradas, pero eso es un poco de vagos.

Bueno, de vagos... y de gente a la que se le hace tarde casi que por sistema.

Feliz 2026 a los lectores que queden de ésta bitácora, a los que tengo en mis oraciones.