jueves, 3 de septiembre de 2026

Cascarrabias

 

Efectivamente, estoy unos días por Valencia, después de dejar atrás los diferentes espacios religiosos del aeropuerto de Bruselas.

Valencia siempre ha sido una ciudad maravillosa. La dejé con veintisiete años para no volver a ella más que de vacaciones, cosa que no es sinónimo de descanso. Efectivamente, en Valencia no suelo perder un minuto, siempre estoy haciendo algo o quedando con alguien y, en suma, llego al final del día quizá más cansado de lo que llego en Bruselas. Que ya es decir. Al final de las vacaciones, suelo necesitar unos días de trabajo 'normal' para recuperarme de las vacaciones. Ya sé que le pasa a mucha más gente que a mí.

Pero a mí Valencia me la han cambiado y me temo que para siempre. Siempre que he vuelto por aquí, he tenido por costumbre coger la bicicleta por las noches, después de cenar, y dar un paseo por el centro, que no me pilla tan lejos de mi casa. Pasar por la plaza del Ayuntamiento, por la Catedral y, por encima de todo, por la Basílica de la Virgen de los Desamparados, que ahí está visible día y noche para quien quiera pasar a rendir visita. Pero también por la plaza del Patriarca, por el Parterre, por los Jardines del Real, por el Paseo al Mar, por la misma playa si me quiero aventurar más lejos... Valencia tiene rincones de sobra para darse una vuelta por ellos, y no digamos si incluimos los pueblecillos que se ha ido anexionando con el tiempo y que conservan un centro, una plaza del pueblo y una iglesia parroquial en ellos. Patraix, Campanar, Ruzafa, Benimaclet...

Eran paseos agradables, después del ajetreo diurno, con temperatura agradable y con un ritmo relajado, para disfrutar del camino. Incluso en esta bitácora apareció uno de esos episodios.

En los tiempos pandémicos que aparecen en la entrada enlazada arriba, las calles estaban casi completamente vacías. Era un extremo. El otro extremo te lo encuentras el otro día, con toda Valencia convertida en una yincana de obstáculos para moverse de un lugar a otro, además de estar atestada de gente. En los últimos veinte años, los que tiene esta bitácora, no sé yo cuánta gente ha pasado a vivir a Valencia, ni tengo los últimos datos de empadronamiento, pero mucho me temo que, si no pasamos del millón de habitantes, nos acercamos bastante.

Entre las diferencias que encuentro entre mis incursiones nocturnas de hace veinte años y las actuales hay algunas que destacan poderosamente. La más evidente es el enorme porcentaje de extranjeros. En Valencia siempre ha habido extranjeros, claro que sí, pero hace veinte años eran bastante discretos y no llamaban mucho la atención. Lo de ahora es tremendo. Quizá los que viven aquí no se den cuenta, acaso porque el aumento haya sido paulatino y en el día a día no se echa de ver, pero yo vengo menos a menudo y, cada vez que vengo, hay más. Hay magrebíes en abundancia, hay sudamericanos a porrillo, hay tantos italianos que me pregunto si queda alguien en Italia y, para colmo, cada vez que me acerco al centro escucho cada vez más lenguas como el ruso y hasta el neerlandés. Lo que apenas escucho es castellano. Y valenciano menos todavía, pero ya hace veinte años la lengua vernácula era excepcional en el cap i casal del Regne, cosa que no ha cambiado desde entonces, ésa no.

Luego están los zombis.

Cuando uno va en bicicleta por una zona peatonal, cosa lícita, a veces tiene que ir con más cuidado que cuando va por la calzada, cosa igualmente lícita. Los coches, por lo general, respetan la línea recta y son vehículos previsibles. Un peatón es mucho menos previsible, sobre todo por la noche; suele bambolearse y, cuando está en zona peatonal, o que él cree que es peatonal, no parece sino que piense que la calle es suya, como si fuera un Ministro del Interior. Además, hay gente perjudicadilla a partir de ciertas horas, o con ciertos problemas de equilibrio: el resultado de todo eso es un desastre para el ciclista que querría ir relajado. De verdad que yo no soy de esos ciclistas que circulan como si fueran profesionales y zigzaguean por las calles a velocidades de vértigo; no, yo soy de los que dan las pedaladas justas para no caerse, y más en vacaciones y paseando por la ciudad. Para correr, hay otras ocasiones.

Pero no hay forma de pedalear relajado en el centro de Valencia. Muchos peatones, en lugar de mirar por dónde van, caminan absortos mirando la pantalla de su teléfono, que sostienen con una mano, cuyo dedo pulgar se desliza por la pantalla. Creo que algunos tienen un sexto sentido, como ya vimos en otra ocasión, pero el ciclista no puede nunca estar seguro del todo de esta circunstancia, y menos si se junta el hecho de estar perjudicadillo con el de estar pendiente de la pantalla del móvil. Si se estuvieran quietos y supieras que iban a seguir estándolo, todavía podríamos tener cierta seguridad de esquivarlos, pero ¡qué va! Esta gente va caminando más o menos en línea recta, o no, y tú no sabes por dónde meterte. Yo, la verdad, no entiendo esta adicción tan acusada, cuando debe ser mucho más cómodo mirar el móvil sentado en un bar con un granizado de limón al lado, pero oye, se ve que hay gente que tiene el mono si se aparta de la pantalla más de treinta segundos. Esto acabará mal, ya veréis.

La tercera plaga es la de los patinetes eléctricos.

Valencia es una ciudad completamente llana y las mayores distancias que uno puede encontrar dentro de ella no superan los diez kilómetros. Ideal para las bicicletas, pero hay gente que quiere correr, qué le vamos a hacer, y les ha ayudado el invento ése del patinete eléctrico, un engendro demoníaco que posiblemente le cueste años de purgatorio al que lo haya diseñado. Hay gente que no sabe conducir, o que no puede permitirse un coche, y que a la vista está que no pedalearían ni cuesta abajo, pero, ¡eh!, se montan en un patinete, se ponen casco (a veces no se lo abrochan, total, ¿para qué?), gafas de sol, cara de velocidad y, ¡hala!, a volar por las calles a toda mecha. Si alguien se pone en medio, o si le pasas a medio centímetro, peor para él.

Además de los guiris, los patinetes eléctricos y de los zombis, la cuarta plaga es la de los repartidores de comida en bicicleta. La madre que los parió... Cuando yo era joven y vivía por aquí, una empresa local tuvo la idea de aprovechar que Valencia es llana, entonces y ahora, y no demasiado grande, para montar un servicio de reparto a base de ciclistas. Eran los induráin, salían en la prensa como empresas innovadora, y por el nombre ya se deduce que tal cosa sucedió en los primeros noventa. Desgraciadamente, la cosa no cuajó. La mayoría de los mensajeros de entonces era españolitos, que es lo que había entonces en España, y el coste terminó por ser demasiado elevado y menos rápido que el equivalente servicio, prestado por motoristas, así que la empresa se fue a pique.

De entonces ahora, han aparecido, en primer lugar, los guiris, en este caso hispanoamericanos (ellos dicen latinos, como si fueran Virgilio u Ovidio), bastantes de los cuales están dispuestos a trabajar por bastante menos que los induráin de los noventa; pero la puntilla la han dado los vehículos individuales eléctricos, que hacen que cualquier gordinflas indocumentado, incapaz de pedalear medio kilómetro sin jadear, ahora se ponga a la espalda esa caja cuadrada amarilla que llevan y se lance a recorrer Valencia a llevar comida a tanto vago como pasa de cocinar, creando un mal rollo importante en los carriles bici, zonas peatonales y allá por donde aparezca, porque esa gente siempre lleva prisa y, los más molestos, incluso llevan un altavoz desde el que se vomita reguetón o cualquier otro sonido, que no música.

El lector ya habrá advertido a estas alturas que las cuatro plagas pueden, y de hecho suelen, presentarse de manera acumulada: un patinete eléctrico conducido por un guiri hispanoamericano, con la caja amarilla de Glovo, mirando el móvil mientras se desplaza escuchando reguetón. Yo a éstos los mandaba a un campo de reeducación o a trabajar limpiando montes en Vitigudino, pero, lamentablemente, como no mando yo, me toca soportarlos.

Pero por poco tiempo, al menos aquí, porque ya estoy para volver a Bruselas a pasar menos calor, antes de que se haga tarde ¡Hasta otra!

lunes, 31 de agosto de 2026

La capilla ateo-humanista del aeropuerto

Un día u otro tenía que ser, así que finalmente ha llegado el momento en que este humilde autor de la presente bitácora no ha tenido más remedio que tomar vacaciones, para dirigirse a su patria, la Valencia de sus entretelas, y pasar calor en ella.

Para ello, tocaba pasar por el aeropuerto de Bruselas. Bueno, o por el de Charleroi, pero lo de Charleroi ya hemos convenido que, más que un aeropuerto, es una central de transporte de ganado que lo mejor es evitar si se puede.

La última vez que tocó pasar por el aeropuerto de Bruselas-Zaventem, recordemos que quedó pendiente una visita más detallada a uno de los espacios más curiosos del lugar: la capilla atea, o el espacio humanista, para gentes que no creen en Dios, ni en Jehová, ni en Alá, ni en ningún Ser Supremo, pero están chungos porque algo no va bien y no tienen los recursos que tenemos los creyentes, que nos dirigimos a Dios cuando las cosas no van bien para pedirle que nos ayude a enderezarlas, y cuando van bien para darle las gracias. Con el fin de paliar esta falta de recursos para el ateo consecuente que, sin embargo, quiere tener un espacio en el aeropuerto como todo quisqui, he aquí que se fundó el espacio humanista. Vamos, digo yo que sería por eso.

Llegué al aeropuerto, pasé sin novedad el control de seguridad y me dirigí decidido y a buen paso a la zona de las capillas. No lo ponían fácil, no... El aeropuerto, como buena parte de Bruselas, también está en obras, y lo que está en obras en particular es el acceso a las capillas. Para compensar, también estaban en obras las zonas de primera clase, que no piso desde hace la tira de tiempo, pero que estaban de camino a las capillas.

Las capillas están en el tercer piso, no hay escaleras mecánicas sino hasta el segundo y el ascensor está estropeado, así que el último tramo me tocó hacerlo por medio de las escaleras, disimuladas tras una puerta y más parecidas a un barracón que a un aeropuerto. Vamos, aquello parecía Charleroi, no diré más.

Pero llegué. Para ser completo, esta vez tomé fotos a las capillas que dejé de lado la última vez. Como era tan complicado llegar, pensé que no habría nadie utilizando la zona religiosa (bueno, zona religiosa, excepto la parte humanista, que ésa es explícitamente no religiosa) y no me equivoqué. A pesar de estar en plena temporada alta vacacional, o quizá precisamente por eso, aquello estaba completamente abandonado.

La capilla protestante es tan aburrida como todo lo que tiene que ver con esa herejía pensada para ir contra la verdadera iglesia, más que para proponer algo bello, cosa que se esfuerzan por evitar. Allí no hay más que sillas, un atril y un ambiente de sola scriptura que prescinde totalmente de adornos, de santos, de... bueno, de prácticamente todo. Biblias hay, eso sí.

Al fondo, han colocado un cuadro tan feo como todo lo que tocan, con unos colores que no se sabe muy bien a santo de qué vienen. Y sobre el altar han colocado una planta de plástico. No estoy muy seguro de que Dios esté allí, pero, en todo caso, a veces parece que quienquiera que haya diseñado aquel recinto estaba pensando en disuadirlo de aparecer. 

La capilla judía, por su parte, es otra cosa, la verdad. Tiene buen aspecto, supongo que porque está claro quién lleva últimamente la voz cantante en esta época que nos ha tocado vivir. Hay gorritos y muchos libros en un alfabeto que desconozco por completo, pero estéticamente da buena impresión. Los bancos son anodinos, pero tienen un pasar. En el fondo hay una placa en la que se menciona la inauguración del espacio con los agradecimientos a la BIAC y a los señores Apfelbaum y Kaufman. La BIAC no es ninguna asociación judeo-masónica, como podríamos temer, sino simplemente el propietario del inmueble, la Brussels International Airport Company. Los señores Apfelbaum y Kaufman no sé quiénes son, pero es difícil imaginar apellidos más judíos que ésos.

Esta bitácora es razonablemente respetuosa con las religiones distintas a la católica. La religión judía creo que nunca ha sido mencionada aquí hasta ahora, ni siquiera en estos tiempos en que la cuestión no deja a nadie indiferente, aunque alguna cosita, mayormente culinaria, sí que ha salido en el pasado.

Superando el temor a posibles atentados contra esta bitácora, y aprovechando que allí no había un alma, pasé también al interior del espacio reservado a los musulmanes, que también me pareció hermoso. No sé si los musulmanes tienen algo parecido a nuestra presencia real (sí, en la capilla católica del aeropuerto está Dios mismo presente), pero el espacio tenía buen aspecto. Como no conozco mucho de lo que nuestros ancestros llamaban la pérfida secta mahometana, me conformé con echar un vistazo a las alfombritas y a las telas que tenían por allí colgadas con una petición de no retirarlas de allí.

Y sí, la verdad es que las telas que tienen colgadas son bastante chulas, aunque no puedo identificar para qué sirven. Ignoro completamente qué hacen los musulmanes en las mezquitas. Rezar, supongo.

En mi trabajo hay una sala que se supone que es para meditar, pero que es utilizada para otros menesteres, o eso creo, por los trabajadores musulmanes que tenemos. Al menos, alguna vez que he entrado en ella me he encontrado con un sarraceno sobre una alfombrilla (que se guardan allí mismo), prosternado y supongo que en dirección a La Meca. Me va a tocar enterarme de cuál es la liturgia de los mahometanos, siquiera sea por razones de cultura general y porque ya son tantos que habrá que entender un poco mejor de qué pie cojean, además de lo que de por sí es evidente, como que a las mujeres las llevan bastante tapadas, por lo menos de cejas para arriba, si tienen suerte. Si no tienen suerte, entonces pasan a vivir detrás de una tienda de campaña andante, tapadas hasta con guantes. 

Pero el objeto de la visita no era ninguna de esas tres estancias, sino la capilla rimbombantemente llamada humanista, en la que entré resuelto, después de entreabrir la puerta y de comprobar que allí no había absolutamente nadie, ni siquiera la chiquilla de la otra vez cargando su teléfono. Seguía habiendo, sí, un sillón y un enchufe cerca de él, pero allí no había un alma, como no fuera la mía.

Aquello, en el fondo, era un despacho de alguien que no estaba de servicio. La impresión que daba era directamente depresiva. Lo de las plantas de plástico lo puedo perdonar sin el menor problema, porque, seamos claros, las plantas vivas no tendrían la menor posibilidad en semejante espacio.

Pero es que aquello era feísimo. Que ni hecho adrede. Jolines, que, al lado de este adefesio, la capilla protestante parecía una estancia decorada con buen gusto. No es extraño que allí no estuviera ni Dios (literalmente), es que me pareció un lugar repulsivo y desalmado, ajeno a toda estética y que sólo podía ser servido por vaya usted a saber qué gentes. Espero que les paguen bien, pero no lo dudo, porque Satanás suele pagar bien en este mundo, antes de cobrarse con creces en el otro lo que ha invertido anteriormente. 

Esos papeles amontonados sin orden ni concierto sobre esa mesilla, a saber con qué aviesa intención, trataban sobre todo el universo progre y modernista llevado al extremo: anticoncepción, feminismo, empoderamiento... las típicas palabras fetiche de lo que se presenta como humanista y, en realidad, termina por ser la negación del hombre.

Y, sobre esos papeles, había una bolsa marrón medio abierta.

Miré con disimulo el interior, que contenía restos de comida, un tenedor mordisqueado y una servilleta sucia. Está visto que la utilidad de la sala era más bien como lugar tranquilo en que no ser molestado, pero apuesto que pocos visitantes con inquietudes humanistas habrá tenido semejante espacio. Ahora bien, lo de dejar la basura sobre los papeles excede lo permisible.

En todo caso, y a la vista del contenido de la bolsa, a la repulsión se unió el asco puro y duro. Pocas veces he estado más contento de salir de un sitio por hacérseme tarde. Me fui y pasé por la capilla católica, donde pasé un buen rato hasta que llegó la hora del embarque.

Uf. 

jueves, 27 de agosto de 2026

El cubo de De Brouckère

El cubo se veía desde lejos, ya desde antes de llegar al antiguo edificio de la bolsa y esquivar la recurrente manifa antisionista. Lo cierto es que el cubo no deja indiferente a nadie. Cuando le saqué la foto, estaba por pensar que hacía juego con los edificios modernos que rodean la plaza por el sur, pero luego di la vuelta y, como podemos ver en el reflejo, con lo que no pega nada es con los edificios clásicos que rodean la plaza por el norte. De cualquier manera, la plaza De Brouckère, como buena parte de Bruselas, está fatalmente en obras y un cubo azul más o menos no iba a cambiar esta circunstancia. Hay gente que detesta el cubo de marras y, a falta de razones estéticas válidas universalmente, aducen que es una vergüenza que una empresa privada ocupe un verano entero el espacio público. No se me podría ocurrir un argumento más tonto, al menos mientras no se aplique por igual a todos, incluyendo a la malhadada Foire du Midi que ha privatizado un bulevar casi por completo. Por la plaza, por lo menos, se puede pasar sin tropezar con demasiados obstáculos.

Juana también llegó un poco antes de la hora a la que habíamos quedado, así que nos pusimos a la cola para poder entrar dentro del cubo. Nos controlaron las entradas, y entramos. 

Por dentro, el cubo es un teatro. Una especie de teatro prefabricado a base de módulos, pero aceptablemente terminado. Nuestras entradas nos dieron acceso a asientos situados en una zona absolutamente ideal, en pleno centro de la sala, ni muy cerca ni muy lejos del escenario y con la posibilidad de mirar por los lados. Prodigy 12 es un espectáculo original, eso por supuesto. No tengo ninguna intención de destriparlo, pero daría lo mismo, porque lo importante no es el argumento. Es más, no estoy muy seguro de que tenga un argumento explicable. Los autores pretenden sumergir al auditorio en un mundo de sensaciones con un vago escenario enmarcado en una Bruselas del futuro que es también una parte de la Bruselas del pasado.

Lo que no es, desde luego, es una Bruselas del presente. No había obras, ni apenas gente por las calles.

Dura una hora, y está bien así, porque yo diría que hacerlo durar más equivaldría a empachar al espectador, mientras que hacerlo durar menos se quedaría corto.

Cuando salimos de la sala, a eso de las nueve, todavía era de día. Supongo que me sorprendí porque no voy mucho al cine ni al teatro, y dentro de la sala era noche cerrada, como era negro o azul oscuro buena parte de los detalles cromáticos del fondo, así que debí pensar que ya se había terminado el día. Y no era así.

Juana, que hasta donde yo sé no bebe, está haciendo dieta, por una razón que no alcanzo a comprender, y yo, que lo sospechaba, ya había comido antes de salir, así que nos limitamos a sentarnos en una zumería cercana y apretarnos sendos smoothies de mango. Intentamos desviar la conversación hacia cualquier tema independiente del trabajo, y los había, de verdad, e incluso conseguimos hablar durante un buen rato de algo que no fuera trabajo, pero no tardamos mucho en sucumbir y ponernos a hablar de cuestiones laborales. Un martes, a las nueve y pico de la noche, y con Juana de vacaciones y yo poco menos. Es lamentable.

Eran ya casi las diez, lo cual en Bruselas ya se acerca bastante al concepto de deshora, incluso cuando uno está de vacaciones, así que nos agradecimos mutuamente la compañía, nos despedimos hasta nuestros respectivos retornos, ella tomo su coche, yo mi bicicleta y cada mochuelo se fue a su olivo, porque se hacía tarde. 

lunes, 24 de agosto de 2026

Camino a De Brouckère

Como ya quedó dicho, la periferia de Bruselas está amodorrada durante este verano, por lo que el trayecto hasta el centro, mientras seguí en la susodicha periferia, fue de lo más agradable. Hacía calor, pero sin pasarse, así que el camino en bicicleta por el territorio del municipio de Uccle, prototipo de lugar amodorrado en verano, fue de lo más tranquilo y, como iba sobrado de tiempo, me podía permitir pedalear con suavidad por el remedo de carril-bici que han construido a lo largo de la avenida Churchill. Una delicia, vamos.

Ahora bien, más o menos al llegar a Albert, la cosa cambia. Recordaremos que pasamos no muy lejos de esta zona cuando, el año pasado, recorrimos el camino de Santiago a su paso por Bruselas. En Albert confluyen los límites municipales de Uccle, que dejábamos atrás, de Forest (o Vorst), que tenemos frente a nosotros, y de San Gilles, que queda a nuestra derecha. Uccle es zona noble prácticamente en su totalidad; Forest tiene una pequeña zona noble, pero una mayoría lumpen que tiende a abigarrarse en el parque de Forest, no muy lejos de donde estábamos.

San Gillis es decididamente zona lumpen. En su día ya dijimos que ahí se concentró la inmigración portuguesa. A diferencia de la emigración española, que ocupó Marolles y terminó por desaparecer de allí a medida que fueron mejorando de situación económica, en San Gillis sigue escuchándose portugués por la calle, pero la colonia portuguesa se ha visto superada en número por otros habitantes, unos alegres y divertidos, pero otros bastante poco recomendables. El resultado es un municipio animado. Quizá demasiado. Ha salido últimamente en las noticias por un quítame allá este tiroteo.

El trayecto hasta De Brouckère tiene que esquivar muchos bares, motos y coches y mucha gente en ellos. De Albert pasamos al Chaussée d'Alsemberg, una carretera que, saliendo de la barrera (aduanera, en otros tiempos) de San Gilles, llega, obviamente, hasta la población de Alsemberg, a unos veinte kilómetros de allí. En este punto presenta una acusada inclinación hacia abajo (a la vuelta, claro, será al revés), así que hay poner los cinco sentidos en frenar y no cargarse alguna rueda en los numerosos baches que presenta el firme y que nadie parece tener mucha prisa en reparar. Al menos, en los casi catorce años que llevo por aquí esta parte de la ciudad se ha degradado al mismo ritmo aproximado que el firme de su arteria principal.

El traqueteo concluye al llegar al bulevar del Sur, en franchute Boulevard du Midi y en flamenco Zuidlaan, que forma parte del pentágono que circunda el núcleo de Bruselas y que está mejor cuidado que el resto de la ciudad. Las calzadas son amplias, las aceras también, hay un carril-bici de verdad en los dos sentidos y, cuando acaben las obras eternas que hay frente a la estación de tren y que quizá mis nietos vean terminadas, puede incluso convertirse en un eje emblemático de la ciudad.

En verano, sin embargo, todo eso es filfa. Aprovechando que hay menos densidad de tráfico y que hay mucha gente ociosa, el gobierno municipal ha dado permiso para que tenga lugar una feria. Vamos, que hay un parque de atracciones enterito en pleno centro de la ciudad, con sus maquinarias, sus feriantes, sus clientes, niños despistados, algarabía diversa y ocupación del espacio público. Ni aceras, ni carril-bici. Y gente, mucha gente... todo el que se ha quedado en Bruselas parece estar aquí, incluida gente que ha venido a Bruselas, al parecer, para visitar el parque de atracciones, como si no hubiera ninguno cerca de su casa.

Cuando conseguí esquivar semejante marabunta, ya entré en el Pentágono y tomé el bulevar Lemonnier. Técnicamente estaba circulando por la ribera de un río, si no por encima de él, ya que parece que el río Senne, el río que sería de Bruselas si fuera visible y no estuviera entubado cual enfermo terminal, corre bajo este bulevar. Está dedicado a Maurice Lemonnier, un político belga, también liberal y progresista (lo del callejero bruselense comienza a inquietar), que llegó a ser alcalde de la ciudad, en funciones, durante la Primera Guerra Mundial, cuando los alemanes "apartaron" del cargo a Adolphe Max.

Actualmente, el bulevar Lemonnier está medio peatonalizado. Y sigue en obras. Cuando lo terminen, día que no sé si veré, igual queda bien y todo. El primer tramo lo compartimos los ciclistas con los coches, porque el supuesto carril-bici está más oculto entre obras que el propio río Senne, y el segundo lo compartimos con los peatones. O, más bien, con los paseantes. No puedo criticar a quienes salen a pasear por una zona peatonal y van relajados y a su bola, pero lo cierto es que la dirección que pueden tomar es completamente imprevisible y eso estresa mucho a los ciclistas. Al menos, a éste que escribe.

A esta altura, ya nos encontramos en el bulevar Anspach (sí, Jules Anspach, alcalde de Bruselas en el siglo XIX, también era masón), cuya peatonalización ha terminado y he tenido el placer de presenciar. Al atravesar la plaza de la Bolsa, tenemos el honor de contemplar una manifestación más en favor de Gaza, como si la repetición de las mismas tuviera el menor efecto sobre el terreno, más allá de galvanizar la opinión pública belga en un sentido u otro. Berridos y altavoces se mezclan con movimientos espasmódicos de personajes perrofláuticos, que intento esquivar como mejor puedo.

Y, finalmente, he llegado a la plaza De Brouckère. Y ni siquiera era tarde, no como hoy, que tengo que interrumpir la entrada y dejar la continuación para otro momento, porque ahora tengo lío.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Plazas emblemáticas. De Brouckère

El verano en Bruselas es similar al de muchas otras ciudades turísticas. Los barrios están medio muertos, porque los que los habitan se han ido de vacaciones, y los belgas se van de vacaciones lejos del país; incluso diría que cuanto más lejos, mejor, pero la verdad es que su destino preferido es España, que no está al volver la esquina, pero tampoco es Australia. El caso es que los barrios son una delicia: no hay atascos, no hay apenas gente, no hay bullicio y, para colmo, este año ni siquiera ha llovido apenas y ha hecho bastante calor, pero sin pasarse más que unos cuantos días. Para firmar que este tiempazo dure para siempre.

En cambio, el centro de la ciudad es otra cosa.

En el centro se concentra todo el que se ha quedado por aquí, además de los habitantes locales menos pudientes. Creo que ya escribí en alguna ocasión que en el centro de Bruselas viven las dos "M", moros y maricones, según me dijo en una fiesta un español que pertenecía a una de esas dos comunidades. Los de la segunda comunidad expresada suelen ser gente con posibles, al menos los suficientes como para salir de allí en verano, pero los de la primera no tanto, así que muchos se quedan donde están y salen a pasear todo el santo día. A ellos se suman los turistas, que en Bruselas son legión. Ya escribí en algún momento que Ryanair ha hecho mucho daño y, si le añadimos WizzAir, TUI, Vueling y alguna otra de la que no quiero acordarme, el daño se multiplica hasta extremos dramáticos.

Así pues, en verano, Bruselas se transforma en un núcleo donde ocurre todo lo que puede ocurrir, en forma de posibilidades de ocio, programación cultural, bares abiertos hasta tarde (bueno, tarde para estándares belgas) y diversos tipos de entretenimiento.

Y, entre ellos, está el cubo azul, del que hablaremos dentro de nada.

Si exceptuamos la Grand Place, el meollo de la ciudad de Bruselas es la plaza De Brouckère. Charles De Brouckère fue un alcalde de Bruselas entre 1848 y 1860, año de su muerte y posible (nunca seguro) descenso a los infiernos, ya que era un masonazo del quince, uno de los fundadores de la Universidad Libre de Bruselas, además de uno de los próceres de la revolución de 1830. Pero, como dejó buen recuerdo como alcalde de la ciudad y su carácter más bien brusco y avinagrado se fue olvidando, pues le dedicaron una plaza, y no una cualquiera, porras. Una plaza como Dios manda, aunque quizá él hubiera preferido al Gran Arquitecto del Universo.

Es una plaza de gran tamaño cuyos accesos, la verdad sea dicha, han mejorado mucho últimamente, salvo que te quieras acercar en coche, porque, en ese caso, te vas a encontrar con un infierno (y con Charles De Brouckère dentro, posiblemente). El bulevar Anspach, que a mi llegada a la ciudad era una importante arteria de comunicaciones automovilísticas, ahora es peatonal, y por uno de los laterales de la plaza aún pueden pasar los coches, pero de uno en uno y con frecuentes paradas para dejar pasar a los peatones que, en verano, pasan constantemente de un lado a otro.

Estaba yo en casa teletrabajando tranquilamente, cuando me llamó una compañera de trabajo.

- ¡Alfor! ¡Buenos días!
- ¡Juana! ¿Qué tal?
- Todo el mundo se ha ido de vacaciones menos tú. Tengo una pregunta para ti ¿Estás libre entre siete menos cuarto y nueve y cuarto esta noche?

Esto me sonó a que me quería pedir un favor. Pasear a su perrita. O recibir un paquete. El caso es que efectivamente yo estaba libre a esa hora y, la verdad, Juana es una persona agradable que se hace querer. Ningún problema en hacerle un favor.

- Pues... sí, estoy libre.
- Estupendo. Pues vente a las siete menos cuarto a De Brouckère. Tengo dos entradas para Prodigy 12, pero Manuela, con la que iba a ir, me ha dicho que no puede venir, así que, antes que regalárselas a cualquiera por la calle, prefiero ir contigo.
- ¿Prodigy 12? ¿Qué es eso?
- Es un espectáculo que me han dicho que está muy bien. Sobre la Bruselas del futuro.

La conversación dio, pues, un giro inesperado...

- Vaya... Interesante. Muchas gracias. Allí estaré ¿A las siete menos cuarto?
- Sí, comienza a las ocho y dura más o menos una hora?
- Venga. Luego te invito a tomar algo por allí.
- ¡Gracias! Menos mal, que ya me veía yo sola con una entrada de más.

Después de varios agradecimientos de un lado al otro de la videollamada, colgamos. Y yo, a eso de las siete, pillé la bicicleta y me encaminé a De Brouckère, no se me fuera a hacer tarde.

(continuará)

sábado, 15 de agosto de 2026

Baloncesto en Molenbeek (II)

 - ¿Qué hacemos, árbitro? Ya hace una hora que esperamos.
- Me han dicho que han contactado con el que tiene la llave y que van a abrir.

Llevábamos casi dos horas de retraso sobre el horario previsto. En casi cualquier situación, pérdida del partido y sanción, pero parecía que íbamos a jugar pasara lo que pasara.

Finalmente llegó un pollo, abrió la puerta y entramos a la cancha. No estaba mal, por cierto. Amplia, con los marcadores en su sitio, todo en buenas condiciones. Incluso diría que estaba mejor que la nuestra, que era justita de tamaño.

Comenzó el calentamiento. A un lado, los blanquitos (menos un negro, vale); al otro, los morenos. Hay que reconocer que, entre todos los norteafricanos de origen, había un chaval rubio, tirando a bajito, que parecía alguien totalmente anómalo en ese equipo. De hecho, no disputó ni un minuto. Yo creo que lo pusieron por completar el acta y porque les debía faltar gente.

Me senté en la mesa y me puse a revisar las fichas federativas y a rellenar el acta. A ver... Uccle: Sosnowsky, Van Couten, Von Buchweizen, Martínez López, Durand, De Tekelaer, Van Porteren... El entrenador, Tsongé, el anómalo. Molenbeek: Abdelkarim, El-Moussa, Alhakem... y todos por el estilo, menos el rubio, que era algo así como Dewander. El entrenador también era algo así como El-Khartak. Las fichas federativas, en orden para todo el mundo, incluida la mía.

- ¡Árbitro! Me falta rellenar su nombre.
- Lo escribo yo mismo, gracias. Aquí está mi licencia.

Mohamed Abdelmelikh.

Me lo temía.

Silbato, y tres minutos para el comienzo. Los entrenadores pasan por la mesa y comunican el quinteto inicial.

Balón al aire. Nuestro pívot, el negro, salta más que nadie, toca el balón... y lo manda fuera de un manotazo. Bueno, ya aprenderá.

Las gradas no están muy animadas, cosa normal, porque, si alguien ha tenido paciencia para aguantar el retraso, a todos los que no fueran familia directa de los jugadores se les ha pasado hacía muchísimo y se han ido a otros menesteres. O a ninguno, vale, pero en todo caso lejos de allí. Los que quedan son espectadores con un vínculo directo con el club, y hay un chavalín, bajito y regordete, lo menos jugador de baloncesto que ha parido madre, que ha conseguido un trípode y una cámara y está filmando a ratos el partido.

Los dos equipos son de nivel similar. Uccle comienza algo por delante gracias a nuestro base, que está inspirado y lo mete todo. Luego Molenbeek remonta a base de físico, porque nuestro pívot se carga de personales. A falta de medio minuto para el descanso, gana Molenbeek por diez puntos, pero el balón es nuestro. Nuestro base tira coincidiendo con la sirena del final y clava un triplazo desde nueve metros, que el árbitro da por bueno. Todo el equipo va a abrazarse al base, y eso que vamos perdiendo por siete. El chavalín bajito y regordete se acerca al árbitro.

- ¡Mohamed! Si quieres, podemos decidir que la canasta ha estado fuera de tiempo. Lo he filmado.
- Bueno, no hace falta, ésta se la vamos a dar.

No es por nada, pero yo estaba comenzando a detectar cierta connivencia entre el equipo local y el árbitro. No es normal hablar de tú al árbitro. Tampoco es normal ofrecer una revisión de la jugada con una grabación privada. De hecho, ahora sólo se hace en España en la Liga ACB y en la Euroliga, pero no en las otras categorías.

Me dirigí a nuestro entrenador.

- Oye, ¿el árbitro no es muy amigo de éstos?
- Lo conozco. Creo que antes jugó aquí unos años. Igual sigue jugando para el equipo senior.
- ¿Cómo ves el partido?
- Bueno, siete puntos es una diferencia que podemos remontar. Pero lo importante es que jueguen todos. 

Ya lo creo que iban a jugar todos. De hecho, los nuestros eran sólo siete. Hacia buen tiempo y me temo que buena parte del equipo se había rajado y se había ido a pasar una tarde de campo y playa.

Comenzó la segunda parte. La diferencia se redujo a cinco. Luego se redujo a tres. La cosa se ponía interesante. Entonces un jugador de Molenbeek cogió el balón debajo de la canasta, defendido por nuestro pívot, de manera bastante intimidatoria. Lanzó a canasta como pudo, nuestro pívot saltó y quizá rozó la red con la cabeza, mientras taponaba el lanzamiento; el balón no es que no entrara, es que salió en dirección contraria, y luego fuera de banda, después de rebotar en la cabeza del jugador de Molenbeek.

Silbato del árbitro, que comenzó a hacer gestos con la mano que ninguno entendió. Y yo menos que nadie. Aquello parecía un tapón y balón para nosotros, pero el árbitro señalaba cosas rarísimas, así que lo llamé.

- ¿Qué ha pasado?
- Vale la canasta (y el árbitro inclinó dos dedos hacia abajo), porque el jugador número 9 del equipo visitante ha tocado la red, y falta personal del jugador número 9 (y levantó cinco dedos de una mano y cuatro de la otra), por empujón (y se puso las manos en las caderas mientras las movía). Un tiro libre (y señaló hacia arriba con el índice de la mano derecha) para el jugador 5 de Molenbeek.

Yo alucinaba con aquello ¿De verdad? Pero no podía hacer nada, así que anoté lo que me dijo.

- Quinta falta personal del jugador 9 de Uccle - tuve que añadir.

Nuestro pívot estaba eliminado.

El resto del partido ya no tuvo mucha historia, la verdad. No sé si al final perdimos por veinte puntos. He estado en varias encerronas en mi vida, pero de aquélla me acuerdo especialmente, de la que hasta hoy ha sido la última, porque luego llegó la pandemia y el pase de Ame a edad senior y a su abandono de la práctica deportiva federativa (y me temo que también de la no federativa).

Llegamos a casa magullados, sumisos y sudorosos. Y tarde, muy tarde. Como que dos horas después de lo que habíamos pensado. 

miércoles, 12 de agosto de 2026

Baloncesto en Molenbeek (I)

Durante los años en que esta bitácora estuvo en estado vegetativo, pasaron muchas cosas, y una de ellas fue que Ame se integró en las categorías inferiores del equipo local de baloncesto, pomposamente llamado "Uccle-Europe". En España, me consta que el baloncesto, en cualquier categoría, es un deporte bien organizado, como lo prueban dos campeonatos del mundo absolutos, unos cuantos de Europa y numerosos títulos de las categorías inferiores, masculinas y femeninas. Los árbitros son muchas veces profesionales y los anotadores de mesa y cronometradores son proporcionados por las federaciones correspondientes y se las saben todas, pero todas. Llevan una tableta para registrar automáticamente las incidencias del juego, de modo que las estadísticas las tienes prácticamente en tiempo real. Se nota que en España hay dinero para el deporte.

Aquí, no. Por lo menos, no tanto.

En Bélgica, el deporte es otra cosa, con la posible excepción del ciclismo y quizá del fútbol o el tenis, o hasta el hockey sobre hierba, donde sí que hay dinero. Los demás deportes sobreviven como pueden y reducen costes, porque faltan medios. Es sumamente difícil vivir del deporte y muchos de los que lo intentan terminan malviviendo, siendo lo más normal que trabajen en algo que les permita vivir y que conviertan el deporte en una afición, ya sea como jugador, como entrenador o como directivo u organizador. No da para más.

Las federaciones sufren algo parecido. Los que participan en ellas lo hacen básicamente por amor al arte y, si perciben alguna compensación económica, ciertamente no les convierte en ricos.

En estas circunstancias, y por lo que hace al baloncesto, al menos en categorías inferiores, los clubes y las federaciones, para reducir gastos, habían optado por un sistema quizá no muy efectivo, pero barato. Los árbitros eran enviados por la federación y cobraban una cantidad pequeña, creo recordar que unos veinticinco euros por partido, directamente de los responsables de los clubes y no estoy muy seguro de que no fuera en efectivo y en un sobre. De esta manera, encontrábamos árbitros muy jóvenes, evidentemente estudiantes que necesitaban dinero para complementar sus magros ingresos, o muy mayores, evidentemente jubilados... que necesitaban dinero para complementar sus magros ingresos.

¿Y los anotadores, cronometradores...? Vamos, lo que venimos llamando "la mesa". Bueno, pues en categorías inferiores, ahí entrábamos los padres. En una mesa hacen falta por lo menos tres personas: una para llevar el acta del partido, a ser posible con buena letra; otra para poner en marcha y detener el cronómetro; y la tercera para manejar el reloj de veinticuatro segundos, que es el tiempo que tiene cada equipo desde que pone en juego el balón hasta que el balón toca aro (o entra limpio en el mejor de los casos) o el equipo contrario comete una infracción. Bueno, pues la regla era que el equipo que jugaba en casa proporcionaba el cronometrador de veinticuatro segundos y el que jugaba fuera ponía los otros dos.

A diferencia de buena parte de los padres, yo he jugado a baloncesto y conozco las reglas aceptablemente bien, así que imagínese el lector a quién le tocaba, en lugar de ver el partido tranquilamente desde la grada, sentarse en la mesa a soportar la presión de algunos árbitros. Porque muchos árbitros eran comprensivos con el hecho de que no éramos profesionales de esto y trataban de ayudar, pero alguno de los estudiantes era un niñato insufrible y alguno de los jubilados olía a sudor y a cerveza a varios metros. Alguno olía más a sudor, cosa más comprensible a medida que avanzaba el encuentro, porque a veces hay que correr, y alguno olía más a cerveza y éstos, claro, eran los que despertaban más sospechas y, en ocasiones, se ponían de peor humor.

Un buen día, resultó que al equipo de Ame le tocó ir a jugar contra el club de Molenbeek. El equipo de Ame era todo lo que uno no espera de un equipo de baloncesto: menos uno, todos los jugadores eran blancos, y el negro que había la verdad es que era alto, sí, y un chaval trabajador y encantador, pero jugar no sabía, tiraba pedradas al tablero y pasaba sólo cuando le quitaban el balón de las manos, además de estar bastante descoordinado. En cambio, el entrenador era negro, cuando es un oficio que suelen tener más los blancos. Por lo menos era algo curioso. El caso es que, a la hora convenida, y cada uno por su lado y acompañado de sus padres o de quien fuera, ese equipo, con su camiseta blanca, su piel blanca y sus cabellos claros se plantó en Molenbeek, en la dirección indicada, que era un colegio.

Allí no había nadie y la puerta estaba cerrada.

Al cuarto de hora, o así, se presentó alguien que dijo ser representante del equipo local y al que, obviamente, pedimos explicaciones.

- ¿Aquí qué pasa? ¿Hay partido o no?
- Normalmente sí, lo que pasa es que no sabemos quién tiene la llave del colegio y no podemos abrir.

En un mundo normal, semejante situación provocaría automáticamente una pérdida del partido por incomparecencia del equipo local y una sanción. En categorías inferiores, sin embargo, la prioridad es que los chavales jueguen y se fogueen y eso no se consigue con incomparecencias, así que dijimos que volveríamos dentro de una hora y nos dispersamos a la espera de que el club de baloncesto de Molenbeek encontrara una solución al entuerto.

- ¿Y el árbitro?
- Ya le hemos dicho que venga dentro de un rato.

Ya puestos, era una excelente oportunidad para callejear por Molenbeek como hacía tiempo que no sucedía. Las calles de alrededor del colegio donde, ojalá, iba a tener lugar el partido estaban francamente sucias, lo cual ya es mucho en Bruselas, cuyo centro también tiene serios problemas de higiene; había pintadas en casi todos los muros, de ésas que simulan letras sin decir nada y que todavía no entiendo bien a santo de qué aparecen y qué beneficio obtiene el que las perpetra, aparte de gastarse los cuartos en pintura. Yo no he estado en África, todavía, excepto en Molenbeek, pero comienzo a pensar que los marroquíes no sólo es que se integren con dificultad en los demás países: es que consiguen que las partes de los demás países en las que acaban por predominar terminen por parecerse a Marruecos.

En una actitud posiblemente deplorable y contraria a la más elemental protección de datos personales, me acerqué a algunos portales de la zona para leer los apellidos de los inquilinos, que en Bélgica es obligatorio poner en los buzones o telefonillos. Había algún que otro DeVries que podríamos pensar que es blanco, belga y residente allí desde generaciones, pero la gran mayoría comenzaban por Al o El y me temo que tenían alguna chilaba en el domicilio, aunque no la usasen a diario.

Después de comer una ensalada, y sin muchas esperanzas de que el viaje a Molenbeek sirviera para otra cosa que para cerciorarse de que es otro mundo, Ame y yo volvimos a la puerta del colegio, a la que, también con pocas esperanzas, iba acudiendo gente. Entre ellos estaba el árbitro que debía dirigir el partido.

Al verlo, tan moreno, sin ser negro, y con ese pelo rizado, empecé a sospechar algo... La Federación Belga de Baloncesto, sección Bruselas, efectivamente anda escasa de parné y, para ahorrar dietas de desplazamientos, prioriza árbitros que residan lo más cerca posible de los terrenos de juego.

Ay, madre.

(continuará, que hoy se ha hecho tarde)