En Bruselas hay de todo. El otro día, sin ir más lejos, fuimos de cena los compañeros de trabajo (dos hombres y nueve mujeres, y eso que hubo dos que no vinieron) y quien organizó el evento, tras darnos tres opciones y pedirnos nuestras opinión, finalmente hizo una reserva en un restaurante que le pareció mejor, supongo, pero que no era ninguno de los tres sobre los que habíamos opinado.
Era un restaurante griego. Y, de los once comensales que acabamos sentándonos a la mesa, dos eran griegas, aunque la que hizo la reserva no era una de ellas. A ver, no es la primera vez que como en un restaurante griego, ni mucho menos, aunque tampoco es el primero que escogería, pero creo que he comido en ese tipo de establecimiento en los dos países en que es la mejor opción. El primero es Grecia, claro, donde qué menos que probar la cocina local en un restaurante local; además, estaba todo buenísimo. El segundo son los Países Bajos, donde cualquier cosa, incluso ayunar, es mejor que la cocina local.
El local, en Bruselas, está situado en pleno centro de la ciudad, no lejos de Sainte Cathérine, que es una plaza de la que más o menos pronto habrá que escribir como una de las plazas emblemáticas de Bruselas. Es un local amplio, porque debe haber adaptado el típico espacio interior de las casas y, si la entrada parece estrecha, y realmente lo es, uno recorre el pasillo y, al final del mismo, hay muchas mesas y espacio más que de sobra.
O no... Era un martes y no había sino un par de mesas libres y tampoco estoy muy seguro de que lo hubieran estado durante toda la tarde. Claramente, se trata de uno de esos sitios a los que es peligroso ir sin asegurarse de que vas a poder sentarte, incluso en los días menos habituales para salir a cenar fuera. En estos casos, suele ser juicioso preparar dos cosas: la primera es el paladar y el estómago. La segunda es la cartera.
El que nos atendió era griego, o al menos lo hablaba lo suficientemente correctamente como para entenderse con nuestras dos compañeras que eran compatriotas suyas. Bueno, en realidad parece que allí todos eran griegos menos la mayoría de los clientes. Es curioso lo de los griegos que, como también hacen los italianos, emigran con sus familias enteras y se ponen a trabajar con otros griegos que habían emigrado antes. Lo de los restaurantes griegos es un ejemplo, pero no es el único. El taxi comunitario que he utilizado más de una y más de dos veces para volver de la central de transporte de ganado de Charleroi (oficialmente aeropuerto) está controlado por un empresario griego que utiliza conductores griegos para sus taxis.
Lo que creo que no puedes evitar es que te expliquen la comida. Y no es porque sean griegos. Eso sí que lo hacen todos los restaurantes étnicos, menos las pizzerías y gracias. Incluso los italianos, si tienen algo de comida regional y que va más allá de las pizzas de toda la vida, se empeñan en contártelo, aunque no entiendas la mitad de lo que dicen y les insistas que sólo has ido a por una pizza y no cambiarás de opinión así te ofrezcan caviar iraní por el precio de una Margherita. Si no quieres que te expliquen el papeo, lo mejor es que vayas a un restaurante del país en el que estés, donde, si el país es Bélgica, te darán la carta con las moules-frites o con el waterzooi de turno y darán por hecho que sabes lo que pides. Vale, igual eso es mucho decir, pero normalmente puedes contar con pedir el waterzooi y que no te den la murga.
En el restaurante griego, ni pum, y eso que dos de los comensales eran griegas y una de ellas ya os digo yo que con muy buen saque. El encargado nos explicó que todos los platos eran para compartir y lo que era cada uno de ellos, en un francés sin el menor acento, o eso me pareció. Los griegos aprenden lenguas extranjeras de maravilla, supongo que porque la suya propia no les lleva demasiado lejos; de hecho, hablan español sin acento con cierta facilidad. Creo que los españoles, si nos molestáramos en aprender griego, también lo haríamos sin acento, porque se ve que el tono de ambas lenguas es similar, pero claro, el español sí que nos lleva muy lejos, así que lo de aprender lenguas extranjeras no lo acabamos de ver.
Efectivamente, todo era para compartir. El papeo estaba bien bueno. Ese yogur griego, la musaca de toda la vida, otros platos de cuyo nombre no me acuerdo, pero de lo que hubiera comido más si no hubiera sido de mala educación, no en vano estábamos compartiendo, y los dulces griegos de siempre de postre. La pancha se quedó razonablemente satisfecha.
La cartera, no tanto. Salimos a sesenta euros. Cómo estarán las cosas por Bruselas, que la mayoría de mis compañeros se quedaron sorprendidos porque no les pareció nada caro.
Pero hay que ver la parte positiva de todo, incluso de esto. Aligerada la cartera de esta manera, al menos, cuando tomé la bicicleta para volver a casa, pude hacerlo algo más rápido, porque la verdad es que se estaba haciendo tarde.




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