sábado, 6 de junio de 2026

Mudanzas y tribulaciones

Decía San Ignacio que "en época de tribulación, no hacer mudanza". Claro, él escribía en el precioso castellano del siglo XVI, en el que mudanza significaba cualquier cambio, como sustantivo correspondiente del verbo mudar. Los significados más usuales de la palabra mudanza se han reducido en el curso de los últimos cinco siglos; de esta forma, aunque la Real Academia de la Lengua todavía mantiene como primera acepción la que tenía en tiempos de San Ignacio, lo cierto es que en el español actual la acepción más utilizada es, con mucho, la segunda: Traslación que se hace de una casa o de una habitación a otra.

Y no digamos si la casa o la habitación se encuentran en países diferentes. Eso sí que es una mudanza de las que deben evitarse en tiempos de tribulación.

Sin embargo, por mucho que uno esté sin gran tribulación, o eso crea, una mudanza, en el sentido actual, ya es de por sí causa de enormes tribulaciones. Esta bitácora nació poco después de la última mudanza que mi familia emprendió en Moscú, en la que, las cosas como son, mejoró muchísimo de condición. Siete años después, tuvo lugar la gran mudanza, la del cambio de país, y eso sí que fue una tribulación de categoría especial, aunque no lo pareciera, porque en ésta cambió absolutamente todo: trabajo, vecindario, colegios, amigos... no quedó nada, y nada es nada, del ambiente anterior. Luego, cuando compramos la casa en Uccle, tuvo lugar una nueva mudanza, en la que hubo poco más que un cambio de barrio. Hay trastos que nos han seguido desde la época previa a la primera mudanza, sin que nadie hasta hoy hubiera osado insinuar que era hora de hacer limpieza y de eliminar lastre. La verdad es que lo de eliminar lastre, y así y todo con cuentagotas, sólo lo he venido haciendo con mucho cuidado y desde que vivo solo y tomo las decisiones por unanimidad y sin ningún bloqueo institucional.

Y es que no sólo se trata de no hacer mudanza en tiempo de tribulación, sino que las mudanzas pueden traer consigo bastantes tribulaciones de por sí, sobre todo si la mudanza es a peor. Y la mudanza a Bruselas, en algunos aspectos, sí que fue a peor. Bélgica no resultó ser el más o menos paraíso en la tierra que alguno se imaginaba, sino un país con un nivel de servicio inferior al ruso y con unos colegios que hacían echar de menos la severidad y el nivel de la educación pública moscovita. Es verdad que la educación pública moscovita tenía sus cosas (muchas cosas), pero cumplía perfectamente, y hasta con nota, con su función básica.

Otras cosas no. En otras cosas, Bruselas le da sopas con ondas a Moscú. Para empezar, en el tiempo atmosférico. En Bruselas llueve mucho, hace frío y el cielo está nublado con frecuencia, pero todo eso son fruslerías comparado con los siete meses de invierno que uno se puede chupar en Moscú. Poca broma con eso. Creo que soy uno de los pocos españoles que no se queja del tiempo que hace en Bruselas, porque yo no he llegado aquí precisamente desde Málaga.

Y luego están los asuntos administrativos. En Rusia, uno es extranjero y siempre lo será y se nota mucho. En Bélgica, un español es extranjero y siempre lo será, de acuerdo, pero se nota mucho menos. Bélgica es un país atiborrado de extranjeros, hasta el punto de que la mitad de los belgas son extranjeros en la otra mitad del país, y no digamos los que venimos de más lejos. El resultado es que ser extranjero es normalísimo y no pasa nada por serlo. Si, en Rusia, no hablas ruso de manera impecable (y eso que presumo de tener un ruso muy bueno, aunque el acento no me lo quita nadie a estas alturas), serás un guiri mientras vivas, así puedas pronunciar un discurso sobre jurisprudencia o sobre historia local mejor que los locales; en Bélgica, si no hablas francés a la perfección, no pasa nada, porque la mayoría de los belgas tampoco lo hace. Y, si no hablas flamenco, pero al menos lo intentas, poco menos que te abrazan. Así da gusto.

Pero lo malo que tienen las mudanzas es que quienes pasamos por ellas tendemos a lamentarnos por lo que hemos perdido, y no a regocijarnos por lo que hemos ganado. Así, la adaptación no es sencilla y, en el caso de mi familia, ha tenido un resultado bastante variado y no siempre positivo.

Desde el punto de vista de la redacción de entradas, indudablemente hemos perdido mucho con el cambio de país. Antes, en Rusia, había numerosas tribulaciones, que es de donde salen las entradas chulas, pero eran poca cosa, o yo tenía entonces mucho ánimo para afrontarlas y escribir sobre ellas. Eran tribulaciones que me parecían graciosas y sobre las que valía la pena escribir, porque ya os habréis dado cuenta de que uno llega a estas pantallas para, por lo menos, sonreír. También es cierto que, como quien no quiere la cosa, han pasado cerca de catorce años desde entonces y eso se nota.

Las tribulaciones de ahora, las que me están sucediendo en Bélgica, la verdad es que no tienen gracia o yo no se la veo, así que no escribo sobre ellas, al menos hasta que no tome cierta distancia y sea capaz de reírme de ellas. Espero que ello suceda antes de que, como está pasando ahora, se haga demasiado tarde.