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domingo, 30 de noviembre de 2025

Ladrón de bicicletas (y VII): el cumpleaños de Abi

Después de la liberación de la bicicleta, y una vez hubimos cenado, dimos fin al día. A mí me quedó el mismo colchón hinchable que ya había ocupado en mi primer viaje, aunque, entretanto, se ve que algo había sucedido, ya que me desperté en mitad de la noche con las espaldas directamente sobre el suelo. El colchón se había deshinchado visiblemente (y también palpablemente), así que, mal que me pesara, me tocaba dormir (o algo así) sobre una superficie más dura de lo que estoy acostumbrado. Sí, en peores plazas he toreado, pero uno ya va teniendo una edad como para ir maltratando sus huesos así como así.

Al día siguiente era el cumpleaños de Abi. Mi regalo no sólo iba a ser la recuperación de la bicicleta, sino su puesta a punto, así que salí dispuesto a ver cómo había sobrevivido el vehículo a sus dos años de inmovilización e intemperie. Para mi sorpresa, bastante bien. Un vecino le prestó una bomba a Abi y, con eso, una llave (que también salió la víspera del famoso Fablab y su caja de herramientas) y algo de aceite, la bicicleta estuvo en un periquete en condiciones de prestar servicio. Las cubiertas eran, por lo visto, muy resistentes; me limité a limpiar el barro que cubría la parte que había estado en contacto con el suelo y no vi ni siquiera que se hubiera deformado el dibujo. Y las cámaras estaban en buenas condiciones. Un éxito.

Así y todo, todavía hice un regalo más a Abi, que consistió en comprar material. No lejos del pueblo hay una tienda en la que se vende bastante material ciclista, como, en este caso, una bomba (el vecino no tiene por qué andarla prestando siempre), algunas herramientas básicas (en la esperanza, que es lo último que se pierde, de que las use) y otros trastitos. Tras eso, comprar vituallas para el cumpleaños y preparar comida, se pasó el tiempo hasta el momento de la celebración.

La celebración iba a tener lugar en la universidad. Es lo que tiene tener acceso a un buen número de estancias, prefiero no saber por qué. De paso, era una buena ocasión para devolver al Fablab las herramientas que habían permitido que Abi dispusiera de una bicicleta en buen estado.

Por fortuna, la celebración no era masiva y se limitó a unos cuantos amigos más estrechos. Creo que yo hubiera estado incómodo en una fiesta universitaria de las del siglo XXI, que no sé si se diferenciarán mucho de las del siglo XX, pero me barrunto que seguramente sí, siquiera sea por la presencia del reguetón y otras porquerías que actualmente pasan por ser música.

Tras la celebración, tocaba pasar otra noche en la que mis vértebras y costillas iban a luchar contra el duro suelo, porque entre las cosas que no compré estaba un colchón hinchable nuevo, o aunque fuera un saco de dormir y un aislante algo acolchado, como en las acampadas de toda la vida. Mi propuesta de repetir la experiencia de la última vez e ir a la misa de nueve y media de la parroquia católica de Roskilde tuvo... el mismo éxito que la última vez. A las nueve y media, bajo una molesta lluvia y una temperatura de quince grados, lo que, teniendo en cuenta que era agosto, me hizo maldita la gracia, entré en la iglesia de San Lorenzo. Jo, y esta vez incluso pude comulgar, que ya es el colmo.

Chikchek había preparado una sorpresa para celebrar el cumpleaños de Abi: una visita al parque oceanográfico de Copenhague, así que tocó ir hacia allá. Hay que reconocer que el parque está muy bien, aunque voy a ponerme estupendo y a decir que el de Valencia está mejor o, al menos, es bastante mayor; el de Copenhague, con estar muy bien, tiene una ventaja indudable para alguien en mi situación, y es que está a poco más de un kilómetro del aeropuerto.

Que es el lugar al que me tenía que dirigir poco después. Y, por segunda vez en mi vida, y la primera también fue mirando al Báltico, me acerqué a un aeropuerto a pie. Los amigos de Abi que habían participado en la visita al oceanográfico tuvieron la amabilidad de acompañarme.

Y hasta aquí han llegado mis aventuras por Dinamarca. No sé muy bien si repetiré visita al país en alguna ocasión más o menos lejana en el futuro, porque no tengo una bola de cristal y, porque, la verdad, sigo recordando las dos noches toledanas que pasé tratando de encontrar una postura compatible, no ya con el sueño, que eso lo daba casi por perdido, sino con un mínimo orden de las vértebras.

Pero, qué caramba, todavía no he visto Copenhague ni siquiera mínimamente.

Y, seamos sinceros, en el fondo tengo ganas de experimentar la decepción que se siente al ver la Sirenita y de compararla con la que se siente al contemplar el Manneken Pis. Así que quizá algún día vuelva por allí, antes de que, como ahora, se haga tarde.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Ladrón de bicicletas (VI): El robo en Ørædessenår

- Bueno, pero, ¿tienes la cizalla o no?
- Ahora te lo explico.

Me lo temía...

- Tenerla, no la tengo, pero, después de hacer la compra, podemos pasar por el Fablab.
- ¿Y eso que es?
- Bueno, es un sitio de la universidad al que tengo acceso y donde hay herramientas. No he visto que haya cizallas como me las describiste, pero puedes mirar si hay alguna herramienta que sirva.

Igual resulta que estas universidades progresistas tienen algo bueno.

La compra resultó más o menos igual que la última vez. Dinamarca es un país caro, donde las patatas se venden por unidades, como los aguacates o los diamantes. No estoy muy seguro de que Abi se asegurara de ir de compras conmigo, para acompañarla, pero el caso es que el que pagó, como no podía ser de otra manera, fui yo. Por lo menos, aplazamos al día siguiente la compra de productos para la fiesta de cumpleaños, que ya me temía yo que no sólo iban a ser caros, sino también pesados de llevar.

Cargados con la compra para hacer la cena, que al menos era un peso relativamente llevadero, fuimos al edificio de la universidad. Abi se movía por allí realmente como Pedro por su casa. Puede que no dominase una jota de Copenhague, pero en el campus estaba en su elemento, conocía a todos los perdidos que, un viernes muy entrada la tarde, seguían por allí ocupándose de a saber qué cosas, probablemente ninguna buena. Y tenía llaves de todo, tú.

Incluido del Fablab, sea lo que fuese esa cosa.

Yo no sé muy bien lo que sería el Fablab, pero llegamos hasta lo que parecía serlo después de subir un par de pisos de un edificio que no sé muy bien qué sería, pero tenía un bar. El caso es que en el Fablab había cajas de herramientas.

- Mira a ver cuál te viene bien.

Hombre, cizallas de mango largo, que es lo suyo, no había, pero, ¡eh!, había un cortador de alambre de mano. Con paciencia y una caña quizá me pudiese hacer un apaño.

- Nos llevamos esto, a ver si hay suerte.

Con lo cual ahí estaba yo, con mi flamante cortador de alambre y los ingredientes para cocinar algo, porque mis tripas ya estaban reclamando lo suyo, camino de Ørædessenår, dispuesto a perpetrar una especie de robo con fractura, o con fuerza en las cosas. Lo único que me salvaba de que fuera un robo de verdad es que no pensaba llevarme nada que no fuera mío.

Se supone que íbamos a preparar la cena y a cenar tan ricamente, y que lo del cable de la bicicleta quedaba para el día siguiente. Después de todo, ya pasaban de las nueve, aunque, claro, en verano los días son largos en Dinamarca, y aún había claridad más que de sobra.

Total, que llegamos al apartamento de Abi, una planta baja minúscula en mitad del bosque, que me valdría como casita de los enanitos de no ser porque había varias casas en una especie de barrio y, como está mandado, en ellas había vecinos, la mayoría de los cuales era tan guiri como la propia Abi. Se ve que los daneses viven en sitios mejor comunicados. Llegamos, Abi abrió la puerta, dejamos la compra y la herramienta, y yo, que ya sabía a qué había ido allí, salí de inmediato por la puerta y me acerqué al aparcamiento de bicicletas.

Allí estaba. Inmóvil y desaprovechada desde hacía años. Le habría caído a saber cuánta nieve durante el invierno; bueno, y durante el invierno del año anterior. Debía tener óxido hasta en el interior de las cámaras, suponiendo que las ratas no se las hubieran comido.

Aquello no podía durar un día más. Qué digo un día, aquello no podía durar ni una hora más. Ni un minuto, si en mi mano estaba.

Así que entré de nuevo en la casa, tomé el cortador de alambre, salí de nuevo, dejando a Abi ocuparse de la cena, miré fijamente la bici, me acerqué a ella, palpé el cable con la mano izquierda y, acto seguido, blandí el cortador y me puse a darle dentelladas al cable y a ir desgajando cada una de sus partes que, trenzadas y todo, iban sucumbiendo al ímpetu de la herramienta y de quien la esgrimía.

Cinco bicicletas me han robado en mi vida.

Tres de ellas lo fueron en Valencia, en mis tiempos de pobre, casi mísero, estudiante de Derecho. Las tres me dejaron tocado, al privarme de mi único y mejor medio de transporte, en una época en que apenas existían los carriles bici que hoy atraviesan Valencia en todas direcciones. La cuarta me la robaron, también en Valencia, en el garaje de mi propia casa, y también me jorobó lo mío, pero al menos esta vez no era mísero y no me costó mucho procurarme un recambio.

La quinta me la robaron en Moscú, y bueno, la consecuencia fue la adquisición del Bulto Misterioso que todavía hoy me sigue acompañando en mis desplazamientos por Valencia.

En todos los casos, el ladrón cortó el cable, probablemente con una herramienta similar a la que estaba usando en aquel momento, y ahí estaba yo, cortando un cable tras haber maldecido muchas veces a todo ladrón de bicicletas que haya malnacido. Cierto es que yo no me iba a llevar la bicicleta y que más bien iba a liberarla, pero bueno, aquella acción me estaba dejando un regusto amargo.

No pasaron ni cinco minutos cuando entré de nuevo en la casa con el cable cortado en la mano.

- Abi, ya tienes bicicleta. Mañana vamos a ponerla a punto.

Mañana. Porque para entonces ya se había hecho tarde.

sábado, 1 de noviembre de 2025

Ladrón de bicicletas (V): De turismo por Copenhague

El 1 de agosto, por lo tanto, llegué al aeropuerto de Copenhague en el horario ya habitual de las cinco de la tarde, lo cual dejaba bastante tiempo antes del anochecer escandinavo en verano. Abi, como la otra vez, me estaba esperando a la salida, así que, después de los besos y abrazos que tocaban, se nos planteó la cuestión de qué hacer.

- Pues igual podíamos hacer algo de turismo por Copenhague, que no lo he visto hasta hoy.
- Bueno, vale.

El aeropuerto de Copenhague está excelentemente comunicado con el centro de la ciudad, tanto por metro como por tren. Abi, que en eso sí que se enteraba, tecleó con su pulgar en su teléfono, levantó la cabeza y señaló un andén, al que llegó nuestro tren tres minutos después.

Menos de diez minutos más tarde, llegamos a la estación principal, atestada de gente un viernes por la tarde, y salimos a la calle. Estábamos en la zona comercial de la ciudad.

- ¿Dónde está el centro?
- Por allí.

Fuimos paseando por una calle repleta de tiendas. A nuestra derecha había lo que parecía un parque de atracciones.

- Ahí está el Tívoli. Entré una vez, pero hoy está lleno y no tenemos entradas.
- Ya.

Cruzamos una calle y llegamos a la plaza del Ayuntamiento, con el ayuntamiento al fondo.

- ¿Está chulo por dentro?
- Ah, no sé, no he entrado.

Dos años trabajando en el centro de Copenhague, tú, y ni por curiosidad...

- ¿Y esto qué es?
- ¿Una estatua?
- Más bien un monolito.
- ¡Si es el kilómetro cero de Dinamarca!

Y eso era en efecto. Parece el punto a partir del cual salen las carreteras radiales danesas, lo cual en Dinamarca tiene su punto, porque Copenhague está en una isla y en un extremo del país, a tiro de piedra de Suecia en general y de Malmoe en particular. Lo tenemos ahí, con pinta de miliario romano, estética medieval e indicación precisa de la distancia que separa ese punto de otras.

La verdad es que una lectura un poco más precisa de las inscripciones nos revela que el miliario en cuestión no es la partida de las radiales, como sucede en la plaza de Sol de Madrid, sino el comienzo de una sola carretera, la principal que atraviesa la isla de Selandia en la que estamos y que pasa por Roskilde, a 30 kilómetros, por Ringsted, a 60, y termina en Korsør, en la otra punta de la isla, a sus buenos 107 kilómetros de donde estamos. Ahí se acaba Selandia, y ya tendríamos que cruzar un pedazo de puente sobre el Mar del Norte para llegar a la siguiente isla, Fionia.

Pero estábamos visitando Copenhague, no haciendo ensoñaciones sobre viajes por aquí y por allá.

La verdad es que Abi, para llevar tres años en Dinamarca, no parecía ser precisamente una experta en Copenhague. Por poco no nos perdemos. Encontramos un edificio chulo, pero tuvimos que ver en el navegador que se trataba del palacio de Justicia; luego aparecimos por la universidad, trufada de bustos de profesores de la misma, alguno de los cuales eran celebridades mundiales, pero diríase que Abi aparecía por allí por primera vez. Vale que no era su propia universidad, pero, ¡leches!, que se trata de saber dónde vives.

Lo que sí reconoció fue la biblioteca de la universidad, que es donde ha ido en ocasiones a preparar trabajos de grupo con compañeros de su universidad (la de Roskilde, vamos), que, sin embargo, viven en Copenhague. La biblioteca estaba cerrada a esas horas, así que no me pude quedar más que con la fachada.

- Pues ya lo hemos visto todo.
- ¿Cómo? ¿Ya? ¿No hay una catedral o algo así?
- Igual sí, pero ahora estará cerrada.

Tecleé sobre el teléfono con cierta incredulidad, pero tampoco insistí demasiado.

- ¿Y la Sirenita?
- Está lejísimos. Y no vale la pena.

Eso parece cierto. Como ya vimos hace poco, la Sirenita comparte con el Manneken Pis el dudoso privilegio de ser la atracción turística más decepcionante de Europa. Y el Manneken Pis, por lo menos, está en pleno centro y no requiere un desplazamiento de cierta envergadura sólo para verlo.

- Bueno, pues, si quieres, vamos a cenar por algún sitio por aquí.
- Bæ...

Ya sabemos que no es exactamente una interjección danesa, sino una señal de que Abi no tiene demasiadas ganas de seguir la propuesta realizada en la frase anterior.

- Igual podemos ir a casa y comprar algo de camino. Mañana es mi cumpleaños y tengo que preparar cosas para comer, que por la tarde vamos a invitar a unos amigos.
- Ah... ¿Muchos?
- No. Sólo seis personas. Sin multitudes.

Total, que hasta ahí llegó la visita turística a Copenhague, al menos de momento. Tomamos el metro, que nos dejó en un estación ferroviaria a partir de la cual ya nos subimos a un tren que pararía cosa de media hora más tarde en la famosa Ørædessenår, más concretamente al mismo lado de un supermercado donde ya habíamos estado hacía unos meses.

Pero, durante este tiempo, una pregunta había estado rondándome la cabeza. Porque, seamos claro, lo del turismo por Copenhague, así como lo del cumpleaños de Abi, todo eso estaba muy bien, pero ¿había cizalla o no?

Entretanto, incluso en Dinamarca en verano se hace de noche, porque, entre el viaje desde Bruselas y el turismo veloz e incompleto por Copenhague, se estaba haciendo tarde.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Ladrón de bicicletas (IV): Una tensa espera

En entradas anteriores (ésta, ésta y ésta otra), habíamos dejado a Abi en su residencia de Ørædessenår, con una bicicleta atada a un aparcamiento con una cadena cuya supuesta llave no abría el candado correspondiente.

Durante los siguientes meses, Abi y yo estuvimos hablando de vez en cuando. Esto de las videollamadas hay que reconocer que es un buen invento y no me duelen prendas en reconocerlo. Cuando yo tenía la edad de Abi, llamaba a mis padres desde Alemania o desde Moscú una vez a la semana, y gracias, porque los estudiantes éramos pobres y yo dedicaba cinco marcos (no tenía mucho más) a charlar con mis padres desde una cabina telefónica o, en Moscú, una oficina de correos, básicamente para decirles que estaba bien y asegurarme de que ellos también lo estaban; el resto de las comunicaciones eran por carta, de verdad, manuscritas y todo eso. No quiero ni pensar en lo que han cambiado las cosas; de hecho, creo que en Correos se han dado cuenta, porque no creo que lleven ya ninguna carta, sino que deben concentrarse en hacer de repartidores de publicidad, cartas oficiales y envíos de mensajería.

Pero estábamos tratando de las conversaciones por videoconferencia que mantenía con Abi. Digamos que en una conversación de cada dos, para no pasarme, yo le hacía una pregunta como quien no quiere la cosa.

- ¿Ya has conseguido la cizalla?

- Pues todavía no.

Unos cuantos meses después, Abi se echó novio, o como se llame eso ahora. Se empeñó en presentárnoslo y en traerlo a Bruselas. Ro y Ame no se lo quisieron perder y vinieron también a Bruselas desde sus respectivas residencias, con lo cual tuve unos días muy animados en marzo de este año. Lo del novio, al que llamaremos Chikchek para continuar con la severa política de anonimato de esta bitácora, es una historia aparte, que en estos momentos no viene al caso, pero cuando llegó por Bruselas me pareció que podría servir para el propósito que nos ocupa en estas entradas, porque, prescindiendo de lo que tenga dentro de la mollera, es alto y no parece un tipo debilucho. Igual, en un futuro, quizá incluso sirva para solucionar problemas.

- A lo mejor Chikchek te puede ayudar con lo de la cizalla.

- Pues igual sí.

Está bien: como padre, a lo mejor me debía haber preocupado de que Chikchek no fuera un maníaco o tuviera problemas mentales, o de que fuera un buen chico, puestos a pedir, pero yo seguía con la bicicleta desaprovechada de Ørædessenår dándome vueltas por la cabeza. Me enteré de que Chikchek vivía en Roskilde, con lo cual no le costaba mucho acercarse por donde estaba la bicicleta y, con las herramientas adecuadas, cortar el cable y ¡hala! a rodar por ahí. Se supone que los hombres hacemos eso por nuestras novias, o como se llamen ahora.

Éste, se ve que no.

Yo no sé lo que este pollo hace por sus novias, más en concreto por ésta en particular, y creo que prefiero no saberlo, pero cortar cables de bicicletas no es una de las posibles opciones.

Después de una semana, Ro se volvió a Madrid, Ame a Mastrique, y Abi y Chikchek se volvieron a Dinamarca, con lo cual las cosas volvieron a la normalidad y, entre las cosas que volvieron a la normalidad, se cuentan las videoconferencias y, dentro de las videoconferencias, las preguntas como quien no quiere la cosa.

- ¿Qué tal anda Chikchek?

- Bien.

- ¿Y la cizalla? ¿Ya la habéis conseguido?

Ojo al plural. Siempre he pensado que soy bueno lanzando indirectas.

- No. Todavía no.

- Pues ya va siendo hora, ¿no? Estamos cerca del verano, hace buen tiempo, Ørædessenår es plano y debe ser muy agradable dar paseos en bicicleta…

- La verdad es que sí…

Nada. Las videoconferencias -y las indirectas- no daban el menor resultado. Ya era verano y, si la cosa seguía así, la bicicleta, después de dos inviernos daneses, igual estaba, no ya oxidada y roñosa, que eso es lo menos que le podía pasar, sino directamente irrecuperable para la Causa (ojo a la mayúscula). Vi con horror que quizá se estuviera haciendo tarde, y todo el que siga esta bitácora supongo que está al corriente de con qué cuidado intento evitar que se haga tarde.

Resignado a tener que ocuparme personalmente del asunto, pillé el teléfono, abrí la aplicación de la línea aérea de referencia en Bélgica, suspiré, miré el calendario, tecleé por aquí y por allá, y a los pocos minutos ya tenía un fin de semana en Dinamarca.

Hay que reconocer que eso también ha cambiado enormemente en los últimos veinte años y, si no, siempre podemos repasar una de las primeras entradas de esta bitácora, que parece escrita hace siglos, pero no, es de hace algo menos de veinte años.

- Abi.

- Dime, papá.

- A ver si puedes conseguir una cizalla para el 1 de agosto, que voy para allá.

- ¡Bieeeeeeen!

- Bieeeen, pero que no se te haga tarde.

sábado, 27 de septiembre de 2025

Ladrón de bicicletas (III): Un islote en tierra de herejes

Después de no mucho rato de escudriñar por internet, hice un descubrimiento sorprendente.

- ¡Abi, sí que hay una iglesia católica en Roskilde!
- ¿Sí?

Teniendo en cuenta que Copenhague está a sus buenos treinta kilómetros de Ørædessenår y Roskilde a unas cuantas paradas de autobús, descubrir esto constituía un logro de envergadura. Bueno, para mí; para Abi, no lo tengo tan claro.

- ¡Y hay misa mañana a las nueve y media! Incluso hay misa en inglés una vez al mes.
- ¿A las... nueve y media?
- ¡Sí! ¿Me acompañas?
- Bæh... - como vimos, "bæh" no es una interjección danesa, sino un signo de que quien la pronuncia no está nada convencido y no puede decir que sí sin mentir, pero no le parece adecuado decir directamente "de ninguna manera", que es, sin embargo, lo que le pediría el cuerpo.

Si ya de por sí Abi no se ha distinguido jamás por las ganas de madrugar, hacerlo un domingo ya pasa de castaño oscuro. Me temo que su práctica religiosa es esporádica en el mejor de los casos y que la dispersión de las iglesias católicas danesas no contribuye a hacerla más frecuente, pero allí estaba yo para descubrirle un templo próximo. Por cierto, ya tiene narices que tenga que desplazarme desde Bruselas para enseñárselo, cuando ella lleva dos años dando tumbos por el país.

Ørædessenår está pésimamente comunicado y más en fin de semana. Pasa un autobús cada hora, y gracias. Me levanté a las ocho de mi incómodo colchón hinchable, hice un intento, que se quedó en eso, de que Abi me acompañara y, tras una ducha y un desayuno frugal, a las ocho y media estaba en la parada de autobús, que cogí por los pelos, porque, aunque se suponía que debía pasar a las ocho y treinta y cinco, se ve que esos horarios son indicativos y que, si no hay nadie en las paradas, el conductor acelera y pasa de horarios. Vamos, yo entiendo que, si te toca el turno del domingo por la mañana, estés enfadado con el mundo, pero la carrera innecesaria que tuve que emprender tampoco era plato de gusto.

En el autobús, efectivamente, no había nadie, y hasta Roskilde no subió más que una persona y gracias. Me bajé en la estación de Roskilde y caminé un cuarto de hora hasta la iglesia de San Lorenzo, que es la representada en la foto que ilustra esta entrada. Normalmente, en los países en las que los católicos somos una minoría, los templos católicos suelen ser pequeños. Éste, sin embargo, es bastante grande. Fue construido a principios del siglo XX, supongo que en un momento de auge de la propagación del catolicismo en los países en donde no estaba presente. La Catedral de Moscú, por ejemplo, otro lugar minoritario, es exactamente de la misma época.

Efectivamente, el tipo de fieles no varía demasiado del que se podía encontrar en Moscú. Más o menos la mitad de los asistentes a misa debían ser daneses de origen, mientras que la otra mitad serían de origen extranjero. Me pareció ver bastante filipinos. Dinamarca, aunque no lo parezca y sus gobiernos sean más bien de izquierdas, es un país bastante restrictivo con la inmigración externa a la Unión Europea (a la que viene de otros países miembros no tiene más remedio que soportarla). El templo, no en vano era misa mayor (højmesse en vernáculo), estaba bastante lleno. Misas no hay muchas. También es verdad que encontrar sacerdotes daneses o capaces de decir misa en danés debe ser difícil. Por la página web, creí deducir que el párroco es polaco y el coadjutor iberoamericano. Éste era el que dijo misa, en un danés que me pareció enormemente fluido, pero claro, yo danés no hablo. Ya me gustaría, y estoy seguro de que si me dejaran tres meses, y no un fin de semana, triscando por estas tierras, por lo menos llegaría a chapurrearlo.

Fue una buena experiencia, en todo caso. A la vuelta, perdí el autobús por un par de minutos, me negué a esperar una hora e indagué cómo podía volver por mis propios medios, esto es, a pata, a Ørædessenår. Para mi sorpresa, y ya iban dos, en lugar de seguir la ruta del autobús, había un precioso camino entre el bosque y la vía de tren que llevaba en relativamente poco tiempo a mi destino. El camino era mixto, para peatones y ciclistas, y constituía un atajo notable respecto del camino del autobús, y no digamos si, como en el caso de Abi, disponías de una bicicleta.

Claro, ahí estaba el problema.

Cuando llegué a la residencia de Abi, estaba muy contento. No es para menos. Estaba en Dinamarca y hacía sol, que no es poco, y el paseo había sido muy bonito.

- ¡Hay un camino corto de aquí a Roskilde! Como mucho serán tres kilómetros, quizá un poco más. Cuando consigas la cizalla y cortes el cable, lo podrás hacer en nada y podrás olvidarte del autobús.

Ahí ya me estaba pasando yo tres pueblos, como si en Dinamarca todos los días hiciera quince grados y un sol agradable, igual que en aquel momento.

- Ah, ¿sí?
- Sí, el carril bici sale justo detrás de la estación y llega hasta Roskilde. No tiene pérdida. Y no pueden acceder los coches. A ver si consigues la cizalla cuanto antes, cortas el cable y pones en marcha la bicicleta.

Tiene narices que tenga que llegar yo desde mil kilómetros al sur y sin tener ni la más remota idea del país a enseñar los caminos y los atajos locales, pero es lo que hay. La conversación siguió por otros derroteros y la cosa quedó ahí, ya que tocaba pensar en la comida y en el resto del día. Después de comer, ya me fui a Copenhague y, de ahí, al aeropuerto. Me dije que ya visitaría Copenhague en otra ocasión, suponiendo que la haya y que la vez siguiente seguro que ya estarían todos los muebles montados y que ya sería cosa de hacer más turismo y menos carpintería.

Pero sobre la continuación del periplo danés y de las aventuras ciclistas por la zona tocará escribir en otra ocasión,  porque hoy se hace tarde.

lunes, 22 de septiembre de 2025

Ladrón de bicicletas (II). La bicicleta y Roskilde

Efectivamente, Abi tenía una bicicleta que le había regalado por un cumpleaños anterior un antiguo compañero de colegio y de alguna cosa más. Se hacía tarde, como vimos en la entrada anterior, pero había que cenar en algún sitio y allí no había más que cajas de muebles de IKEA. Por fortuna, una de las cajas contenía una mesa deconstruida, así que, mientras Abi cocinaba algo, abrí la caja, saqué las piezas de la mesa, me hice con una llave Allen de ésas que siempre hay que tener a mano y monté la parte básica para, al menos, no tener que cenar en el suelo o sentados en el sofá con una bandeja delante, que es, por cierto, como Abi había estado cenando los días anteriores. Los cajones, de momento, no eran necesarios.

Al día siguiente, un sábado de octubre, nos levantamos, desayunamos y salimos al patio trasero, donde había un aparcamiento de bicicletas al aire libre y, en él, la famosa bicicleta por la que había estado yo preguntando desde que llegué.

- ¿La usas?
- No puedo. Mi llave no abre el candado.
- Voy a probar.

Le di mil vueltas y revueltas, pero allí no había manera de abrir el candado. Era como si fuese otra llave diferente, que entraba, pero no giraba. Tras un buen rato, di mi brazo a torcer y sugerí otra solución, porque, por suerte, la cadena que ataba la bicicleta al aparcamiento era de las baratas y poco seguras, de manera que no era muy difícil cortarla, siempre que se cortara con las herramientas adecuadas.

- ¿Tienes una cizalla o conoces a alguien que la tenga?
- ¿Una qué?
- Es para cortar la cadena, porque me temo que con la llave no haremos nada. Una cizalla es una herramienta que se parece a unas tijeras con los mangos muy largos, para hacer más fuerza.
- Ah, pues no sé... Preguntaré.
- Cuando la consigas, córtala, que no será muy difícil, y luego tendrás que ver si las ruedas han aguantado bien todo este tiempo a la intemperie.

Fracasado el intento de poner en marcha la bicicleta, tocaba acabar de montar la mesa formando los cajones de la misma, y luego, qué narices, tocaba hacer un poco de turismo. El pueblo no es que tenga mucho que ver, pero no lejos de allí está Roskilde, que es otra cosa. Roskilde es la capital histórica de Dinamarca y tiene una catedral que, para ser luterana a machamartillo, es digna de verse, porque es el lugar en el que los daneses han enterrados a sus reyes desde los albores de la Edad Moderna, e incluso un poco antes; frente al aburrimiento y monotonía decorativa habituales entre los protestantes, la Catedral de Roskilde alberga una serie de mausoleos a cual más impresionante, donde todos los federicos y los cristian que han reinado en este diminuto país descansan en paz. Incluso Cristian IV, que ya es decir, debe descansar en paz.

(La foto que ilustra esta entrada, sin embargo, no es de ningún cristian ni federico, sino del sepulcro de la Reina Margarita, que, todo hay que decirlo, no era ni pudo ser luterana, pero era quien cortaba el bacalao -nunca mejor dicho- en toda Escandinavia en el paso entre los siglos XIV y XV.)

Además de los mausoleos de la Catedral, Roskilde cuenta con un puerto empotrado en su fiordo, junto al cual se encuentra el Museo Vikingo. No es muy grande y se visita cumplidamente en un par de horas, pero tiene algún material original, entre el que destaca la presencia de varias quillas de barcos vikingos de madera que fueron encontrados bajo el fondo del fiordo y que han sido reconstruidos recobrando la estructura que se supone que tenían. Esa parte está muy lograda. El resto del museo consta mayormente de reproducciones modernas, presentaciones y paneles, que es verdad que están muy bien y que le permiten a uno hacerse una idea de cómo se las gastaban aquellos guerreros.

Después de eso, tocaba ir a comer. Como padre todo lo católico que puedo, mis preocupaciones por mis hijos alcanzan no sólo a sus desplazamientos ciclistas, sino también a su práctica religiosa. Luego ellos hacen lo que quieren, porque son mayores de edad y porque viven fuera y me pilla lejos para estirarles las orejas, pero, al menos, que sepan que ahí está su padre con el dedo en alto.

- ¿No hay una iglesia católica por aquí? Que mañana es domingo.

Vale. Es verdad que Dinamarca es un país confesionalmente luterano, pero habría que ver si hay algún hueco para los demás.

- En Copenhague hay.
- Bueno, pues a ver si lo podemos apañar para ir.
- Bueno...

La verdad es que no parecía muy convencida.

Yo tampoco. Los horarios podían ser bastante estrafalarios y yo, al día siguiente, tenía un vuelo que tomar para volver a Bruselas. Eso sí, las ventajas del siglo XXI es que la información está mucho más disponible que en siglos, y hasta en décadas, anteriores.

Pero eso lo veremos, si Dios quiere, en la siguiente entrada.

lunes, 15 de septiembre de 2025

Ladrón de bicicletas (I). La llegada a Ørædessenår

Hace ya algunos años que Abi de fue de casa y ha estado dando algún que otro tumbo desde entonces. Por razones que no vienen al caso, lleva creo que ya son tres años en Dinamarca, en un pueblo no demasiado lejos, pero tampoco demasiado cerca, de Copenhague.

Al principio, las cosas le parecían ir razonablemente bien, pero en un momento determinado, hacia el verano del año pasado, se le torcieron un poco. Y luego un poco más. Por una parte, parte positiva, estaba estudiando en la universidad de por allí (una de las varias que hay); por otra parte, había perdido el trabajo que consiguió cuando llegó y, nuevamente por razones que no vienen al caso, habían desaparecido todos los muebles de su vivienda y la administración danesa le reclamaba una suma no despreciable, que, en todo caso, es mejor tener en el bolsillo. Vamos, que estaba básicamente en quiebra.

Hasta entonces yo, también por razones que no vienen al caso, no había pasado por Dinamarca. Era Abi la que vino alguna que otra vez a Bruselas o a España, pero la situación se estaba poniendo complicada y había que dar apoyo, de manera que decidí arrinconar mi tendencia a no salir de Bélgica sino para ir a España y pillé un vuelo a Dinamarca. Eso fue en octubre del año pasado. Aterricé un viernes por la tarde en el aeropuerto de Copenhague, a cuya salida Abi me estaba esperando, nos dimos un abrazo y unos besos y nos metimos en la estación de tren.

- ¿A dónde vamos?
- A casa, a que dejes el equipaje.
- ¿No vamos a ver Copenhague?
- Bueno, a lo mejor el domingo da tiempo, antes de que vuelvas.

Sí, era un viaje de fin de semana, cosa que desde Bruselas es bastante más razonable que hacerlo desde España. También es cierto que lo tengo mal en el trabajo en octubre como para ir pidiendo días. En fin, ya vería Copenhague y la Sirenita en otra ocasión. Parece que, si uno no se ha sentido decepcionado por el Manneken Pis y por la Sirenita, como que le faltan cosas que hacer en Europa.

Hay países en los que no entiendo ni torta de la jerigonza local, y Dinamarca es uno de ellos. A ver, su idioma tiene sus similitudes con el alemán, y también es verdad que la práctica totalidad de la población habla inglés sin el menor problema, pero, recontra, uno se siente incómodo.

- ¿Qué tal va ese danés? - le pregunté a Abi, que después de todo llevaba a la sazón más de dos años en el país, y además trabajando cara al público casi todo ese tiempo.

- ¡Bæh! - me respondió. No es una interjección danesa, sino un signo de que aprender la lengua local no está entre sus prioridades. Vale que la chica habla cinco idiomas, pero ninguno de ellos es el del lugar donde vive. - Entiendo cosas básicas, pero sigo sin hablarlo mucho.

En el trayecto de tren, que duró más o menos media hora, me entretuve mirando al paisanaje. Me dio la impresión de que la gente era tirando a tranquila y, eso sí, parecían amables. Se ve que en los trenes daneses, incluso en los de cercanías, no sólo se puede comer, sino que no está mal visto en absoluto, porque ahí había dos chicas, muy rubitas ellas, apretándose un plato de pasta que me hizo recordar que se estaba haciendo hora de papear. Los recuerdos se acumularon a un ronroneo en las tripas de naturaleza totalmente inequívoca.

Nos bajamos en la estación de destino, que, para preservar el sacrosanto anonimato de esta bitácora, vamos a llamar Ørædessenår y que ni se parece a su verdadero nombre.

- Vamos a hacer una compra para cenar.
- ¿Dónde?
- Ahí hay un supermercado grande, nada más salir de la estación. Así ves lo que se compra aquí.
- ¡Vale! - estas cosas siempre enseñan mucho de las costumbres locales.

Nos metimos en el supermercado de Ørædessenår, que, la verdad sea dicha, era bastante grande. Algunas cosas sí que eran sorprendentes, una de las cuales era que todo costaba un ojo de la cara. Las patatas las vendían por unidades, a cinco coronas la pieza, así que claro, cogías la más gorda que encontrabas; por cierto que, para redondear, un euro son siete coronas. Sí, esta gente cumplía y sigue cumpliendo todos los requisitos para entrar en el euro, pero no les da, ni les ha dado nunca, la realísima gana de hacerlo. De hecho, pasa por ser uno de los países con mayor porcentaje de euroescépticos, aunque yo no noté nada fuera de lo corriente en el tiempo que pasé por allí.

Otra de las cosas curiosas que se encuentra uno en un supermercado danés es que no hay leche de la que caduca varios meses después, como la que compramos por todo el resto de Europa. Allí no se diría sino que le tienen manía. Todo lo más, podía verse leche pasteurizada de la que te aguanta un par de días, pero nada más.

La tercera cosa que me llamó la atención es que no había arroz que mereciera dicho nombre, es decir, el preciso para hacer platos de arroz como Dios manda y la tradición valenciana requiere.

Sea como fuere, hicimos la compra y seguimos camino hacia el apartamento de Abi, que estaba a un par de paradas de autobús o a quince minutos de caminata. Ya era de noche.

El apartamento, al que le echo entre veinte y treinta metros cuadrados, esto segundo siendo generoso, estaba atestado de cartones y de cajas de muebles de IKEA. Abi había montado lo absolutamente imprescindible, había hecho montar la cama y había -astutamente- esperado a su padre para el resto, que era básicamente una mesa multiusos y cuatro sillas. Y ya, porque no creo que cupiera más, aunque Abi, para su desgracia, ha tenido siempre una habilidad enorme para acumular cosas, que no se compensa con una habilidad semejante para deshacerse de ellas.

- Oye -pregunté- , ¿tú no tenías una bicicleta?

Y sí, la tenía, pero los detalles vendrán en la próxima entrada, porque ésta se está alargando demasiado y, por si fuera poco, se hace tarde.

lunes, 11 de julio de 2022

El becario

Mientras se aproxima a pasos agigantados un cambio de ciclo aún más acelerado que el que ya he venido padeciendo desde el año pasado, es reconfortante comprobar como, en el fondo, aunque la gente cambie, permanece un poso inalterable desde la infancia.

Es el caso de Abi, mi hija primogénita, ya la contemplamos hace muchos años indagando sobre el significado de ciertas palabras. Entonces tenía ocho añitos, mientras que entretanto tiene veintidós, pero hay cosas que no cambian.

Por motivos que no vienen al caso, a esa edad seguía sin estar confirmada, pero eso sí ha cambiado, porque se confirmó el mes pasado; por motivos que tampoco vienen al caso, lo hizo en una parroquia de habla inglesa, cuyo párroco, estadounidense él, tiene un tremendo acento de su zona cuando habla cualquier idioma, castellano o inglés. Para entenderlo, hay que tener el oído bien entrenado.

- Oye, -le pregunté a Abi el mismo día de la Confirmación- ¿y quién os confirma? ¿El arzobispo?

- No, father Herbert dijo que era el becario. Que el arzobispo no podía venir, y que enviaba al becario.

- ¿El... becario?

- Sí ¿Es raro?

Cuando llegamos a la iglesia, vimos al llamado becario, que efectivamente iba a confirmar al grupo de la parroquia.

También nos dimos cuenta de que, cuando un sacerdote estadounidense de acento cerrado habla en español, las palabras becario y vicario suenan exactamente igual.

Hay que decir que el celebrante, en todo caso, lo hizo muy bien. A ver si le hacen un contrato, porras.

lunes, 23 de diciembre de 2013

El aterrizaje de Abi

Si las aventuras de Ame a la hora de adaptarse al nuevo colegio ya son bastante chocantes, las de su hermana mayor, una preadolescente que los próximos años que cumplirá serán los quince, son directamente de otro planeta.

- ¿Qué tal te va en clase? ¿Cómo son tus compañeros?

- No sé. Son todos raros.

- ¿Todos?

- Sí. No han oído hablar de Pushkin.

- Ya...

- Ya digo: son raros.

- Y no se te ha pasado por la cabeza la idea... verás, esto igual es como el chiste aquél del que iba por la autovía por la noche, con poco tráfico, y se dice: "Voy a poner la radio, a ver qué cuentan.". Pone la radio, y están dando las noticias: "¡Atención! Peligro en la autovía CV-35. Hay un coche que está circulando en dirección contraria." Y el conductor dice: "¿Uno? ¡Qué va! Yo, por lo menos, ya he visto cincuenta."

- Ah...

- Vamos, que a lo mejor resulta que no es que los demás sean raros: es que quizá es que la rara seas tú.

- No, qué va, yo no soy rara. Son ellos.

- Vale, vale.

- Y, como son raros, cuando tengo una hora libre y ya he hecho los deberes, lo que hago es irme a la biblioteca del colegio y ponerme a leer a Chéjov.

Como todos los niños, claro.