miércoles, 14 de enero de 2026

Escalofríos

Estas Navidades han sido frías en Valencia, ya lo creo que sí. La gente no se lo cree, pero menos de quince grados en Valencia dan una sensación de frío que, además, es imposible de eliminar. Da lo mismo la ropa que uno se ponga, diríase que, ya sea la humedad o el frío particular que tenemos en Valencia, pero el fenómeno es imparable. El hecho de que las viviendas estén concebidas para soportar veranos calurosos, pero no las tres semanas de frío que podemos tener, hay que reconocer que tampoco ayuda nada. A más de uno he oído decir que los dos sitios donde más frío ha pasado han sido Valencia y Sevilla, que no pasan precisamente por estar cerca de Siberia, y yo me lo creo perfectamente y hasta corroboro lo que dice.

Como ahora tenemos unas aplicaciones chulísimas para saber qué tiempo hace en cualquier lugar del mundo, yo he ido viendo de reojo cómo se portaba el invierno el Bélgica. Todo indicaba, a tenor de las temperaturas, que se estaba portando mal, en el sentido de que la semana pasada nevó y heló a base de bien. La física no entiende de sensación de frío y de esas zarandajas que nos inculcan las aplicaciones meteorológicas: el agua se congela a los cero grados, y punto. Ni sensación de frío ni narices. En Bélgica, el agua se congeló y cayó del cielo (casi siempre cae agua, como sabemos) en forma de nieve. Y, para acabar de arreglar el asunto, me enviaron una foto de un pequeño estanque que tengo entre mi vivienda y el jardincillo, y dicha foto me dejó helado, pero no tanto como lo estaba el propio estanque.

Como Bélgica no está preparada para la nieve ni quiere estarlo, sino que se limita a que el fenómeno pase cuanto antes, la nieve se quedó en el suelo hasta que llovió, que es cuando tiene a bien derretirse.

Entretanto, las temperaturas de Valencia fueron subiendo poco a poco y el último día de mi estancia por mi patria se acercaron mucho a los veinte grados y al sol seguramente los superaron. Entre que en Valencia finalmente hacía un tiempo de lo más agradable y que lo que me esperaba en Bélgica era frío, nieve y hielo (y trabajo, que no sé qué es peor), pocas veces he estado menos motivado para tomar el petate y montarme en el avión.

Al aterrizar, la temperatura era de un grado centígrado y solitario. Nada comparable a aquellos inviernos moscovitas de feliz recuerdo, pero mucho frío; y, no obstante, me parecía menos frío que alguna noche valenciana de las que había tenido en las semanas precedentes, digo yo que porque, por lo que sea, contra el frío belga se puede luchar poniéndose ropa de abrigo, entre otras maneras posible, a diferencia, como quedó dicho arriba, de lo que sucede con el frío valenciano.

En Bruselas quedaban bastantes retazos de nieve. Al llegar a casa, el coche que todavía poseo estaba cubierto con una capa blanca de varios centímetros. Yo entré en casa, di gracias al cielo porque todo estaba funcional y en orden, deshice la mochila y me metí en la cama lo antes posible con varias mantas.

Por la noche, sin embargo, el grado solitario que me había recibido al aterrizar recibió la compañía de otros varios. Sí, ya sé que la hora más fría suele ser la que precede a la salida del sol, pero en este caso, curiosamente, las temperaturas fueron haciéndose más bonancibles a medida que avanzaba la noche; además, empezó a llover con cierta profusión. El resultado fue que, cuando me levanté por la mañana, no quedaba absolutamente nada de nieve y el coche estaba completamente limpio y listo para ser usado.

No creo que éste sea el último período frío de este invierno, aunque no niego que me gustaría que lo fuera. En los últimos días, las temperaturas han subido lo suficiente como para que la gente inconsciente, que la hay a patadas, saque las bermudas del armario y salga a la calle con las piernas al aire; también es la temperatura ideal para que los virus se reproduzcan, y a fe mía que lo han hecho: las bajas en el trabajo no se cuentan con los dedos de la mano y yo mismo... ¡atchís!

Creo que me voy a casa antes de que la fiebre empiece a subir en serio y sea demasiado tarde para desplazarme en bicicleta sin jugarme un mareo y una caída.

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