miércoles, 11 de marzo de 2026

Más o menos penitencia

Casi un año después de estos sucesos, o sea, hace un par de semanas, las cosas había mejorado bastante en mi vida personal. Hace, pues, unos días, fui a misa a la parroquia principal de este municipio que me acoge y, como de costumbre, al entrar me dieron dos fotocopias. Una, de color no sé si rosa o morado, porque estamos en Cuaresma, es el cancionero del período litúrgico correspondiente, para que los feligreses acompañemos al coro en sus cantos y, al menos, sepamos cuál es la letra; la segunda está doblada en forma de tríptico y tiene, por uno de los lados, las lecturas del día; por el otro lado, la hoja contiene las próximas actividades parroquiales. Indudablemente es una buena costumbre y no seré yo quien la critique, porque en la iglesia católica en Bélgica también hay cosas buenas, claro que sí. Como aún quedaban algunos minutos hasta el comienzo de la Eucaristía, le eché un vistazo a esas actividades y entre ellas vi una convocatoria a una predicación del decano de una facultad de Teología, que iría acompañada de un acto de reconciliación “personal y comunitaria”.

Hay que ver lo que se estruja los sesos la gente para evitar la palabra “confesión”, como si les diera alergia.

Desde el año pasado, las cosas también han cambiado algo en la unidad pastoral. Como ya quedó dicho, uno de los sacerdotes de la unidad lleva algún tiempo enfermo y, para ayudar al otro, el arzobispo ha enviado a otro sacerdote, no sé si de manera temporal o definitiva. El nuevo sacerdote, claramente originario del África negra, predica bien y cree en Dios, en la Iglesia y en todas las cosas que creemos los católicos. Sí, también en el perdón de los pecados.

El pobre debe estar flipando en colores desde que llegó.

Los feligreses de a pie, al menos éste que escribe, hemos acogido al nuevo sacerdote con simpatía en el peor de los casos. Yo, incluso, con esperanza, porque se ve que el hombre se implica en la predicación y en la administración de sacramentos. No conozco la opinión que tiene sobre el hecho de que el responsable de la unidad sea laico, pero supongo que estaba avisado cuando lo enviaron a semejante sitio. De momento, yo diría que el interés de los mandamases de la unidad pastoral por que se quede de manera permanente es relativo, ya que su nombre no aparece por ningún sitio ni forma parte de ningún equipo, al menos de manera pública.

La misa a la que asistí aquel fin de semana la celebró él. Es probable que mi presencia, al menos en algún momento concreto, le llamará la atención, siquiera sea porque soy de los dos o tres que se arrodillan en la consagración y, por si fuera poco, cada vez con más frecuencia, y así será mientras la salud me lo permita, comulgo de rodillas y en la boca, y eso sí que soy el único que lo hace en esta iglesia. Las Charos de la unidad pastoral me deben tomar por un friqui peligroso, en el mejor de los casos. En el peor, en una especie de unabomber o algo más bestia.

Al final de la Eucaristía, como es habitual en Bélgica, el sacerdote celebrante se coloca a la salida del templo y los feligreses que han asistido a la celebración, si así lo desean, pueden saludarlo. Muchas veces hay un enjambre alrededor del celebrante y varios de los componentes del mismo se ponen a conversar con él, así que lo más sensato es salir directamente por la puerta, como hacemos en España. Sin embargo, aquel día no había tanta gente, así que decidí acercarme, darle la mano y, como quien no quiere la cosa, le señalé la hoja parroquial y le pregunté:

- Padre, esto de “reconciliación personal y comunitaria” querrá decir “confesión”, ¿no?

El sacerdote se me quedó mirando fijamente, no sé si sorprendido o aliviado.

- ¡Sí! Yo lo hubiera puesto directamente en el papel, pero hay gente que…

Se detuvo.

- Parece que la confesión no es muy popular por aquí - añadí.

- Tiene usted mi teléfono -respondió, pero enseguida debió darse cuenta de que a santo de qué iba a tenerlo, si en la página de la unidad no aparece por ningún sitio-. El sacristán tiene mi teléfono. Pídaselo y cuando quiera me llama, que yo lo confesaré.

Desde entonces tengo pendiente llamarlo. Diría que el pobre hombre estaba negro con lo que le estaba tocando hacer, pero quizá no sea el color adecuado para describir el enojo de un africano. En todo caso, tengo pendiente conseguir su teléfono y llamarlo, antes de que se haga tarde.

Bueno, la verdad es que primero tengo que conseguir el teléfono del sacristán…

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