sábado, 16 de mayo de 2026

Escribiendo entradas

Para escribir una entrada en Rusía, la mayoría de las veces no era necesario más que abrir los ojos, con lo cual ya salía un tema que me parecía interesante. Que luego interesara a los lectores es otra cuestión, pero era más importante que me interesara a mí, porque, sin este requisito, lo más probable es que la entrada fuese una porquería. Rusia era un país donde las proporciones se habían desquiciado hasta el punto de que la realidad, para un español con ojos de español, parecía deforme y, en todo caso, era desmesurada. Los colegios y su supervivencia; la omnipresencia de la cultura a unos precios irrisorios; la desproporción entre el culto a la mujer en los alrededores del 8 de marzo y la realidad; o entre los fastos del 9 de mayo y el culto a los veteranos, ante unas fuerzas armadas que andaban lejos del prestigio pasado y que no estoy seguro de que hayan recuperado durante esta guerra que iba a durar cuatro días y ya supera los cuatro años; unos políticos totalmente serviles, aunque se dijeran de oposición... todo parecía reflejado por un espejo curvo. No hacía falta más que observar, escuchar a veces, tomar nota y tratar de reflejarlo en un relato más o menos hilado.

No es extraño que entonces me diera para escribir tres entradas por semana y ahora sólo con pena y trabajo me dé para publicar esa misma cifra, pero en un mes. En Rusia, las entradas salían por generación espontánea. Alguna vez las escribí en diez minutos y, así y todo, no quedaban mal.

Y luego están los veranos 'históricos', en los que aparecía alguna serie de algo más de enjundia. Ya vimos alguna la semana pasada, pero hubo bastantes más. No hacía falta más que abrir los ojos, descubrir algo insólito, cosa que sucedía a cada paso, tratar de vencer el hábito de lo insólito y de recordar el punto de vista de un extranjero poco avezado, y comenzar a escribir. Como del hilo sale el ovillo, bastantes veces a una entrada seguía otra relacionada.

No es preciso más que darse una vuelta por el archivo de la bitácora para darse cuenta de que, en Bélgica, las cosas han cambiado y la frecuencia de las entradas no es la que era. Administrativamente, no hay color. Mientras que Moscú es un lugar difícil para los extranjeros, que nunca (y nunca es nunca) podrán aspirar a ser tratados de igual a igual por un indígena, porque siempre quedará algo, y además la residencia en Rusia está sujeta a todo tipo de trabas administrativas, Bruselas, para un español, es Jauja. La Unión Europea tendrá sus cosas, vale, pero también tiene sus ventajas y una de ellas es que prácticamente no eres extranjero en este país. Puedes comprar un inmueble tranquilamente. En Moscú también, pero mucho menos tranquilamente, y los compañeros míos que lo hicieron, si ahora lo vendieran, no podrían sacar legalmente de Rusia el producto de la venta, porque, después del comienzo de la guerra, las cosas se han complicado mucho y la legislación cambiaria rusa, que nunca es que fuera sencilla, se ha convertido en una pesadilla en la que los agujeros hay que encontrarlos con sangre, sudor y lágrimas.

En Bélgica, también hay cosas curiosas, ciertamente, pero menos que en Rusia. No olvidemos que en Bruselas hay españoles a porrillo y que Ryanair (que ha hecho mucho daño) trae diariamente a miríadas de turistas españoles que visitan el país de cabo a rabo, cosa que en Rusia era y es impensable, porque Ryanair, si se queja de AENA y de sus tasas aeroportuarias, no te digo lo que iba a sufrir si se quisiera acercar a Rusia y tenérselas tiesas con Aeroflot. El caso es que Bélgica no tiene nada de desconocido para un español corriente, lo cual lleva a tener que abrir los ojos aún más para descubrir cosas interesantes. Que las hay, pero resaltan menos.

Iba a seguir escribiendo sobre el momento clave de esta bitácora y de quien la escribe, que es el cambio de país y de cómo se ve el mundo y el pasado tras doce años y pico de estancia en Bruselas, pero mejor lo dejo para la próxima entrada, porque se me está haciendo tarde y he quedado a comer.

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