jueves, 29 de octubre de 2026

El jardín de las delicias

 No me he resistido a la tentación de ilustrar esta entrada con el famoso cuadro de El Bosco y la verdad es que he adaptado un poco el título para lo que realmente deseaba, que es continuar una serie que empecé a escribir hace tres años y que, como tantas otras cosas en esta bitácora, había dejado inacabada.

Porque, en realidad, el jardín del que pretendo escribir en esta entrada es el mío, pequeñito, pero matón. Es un poco aventurado llamarlo 'de las delicias', pero bueno, uno es atrevido y espera obtener frutos de lo que sembró. Es verdad que llevo un par de semanas comiendo tomates de cosecha propia, que no está nada mal teniendo en cuenta que Bélgica no es precisamente un lugar soleado y que, en cambio, lo que sí que hay son lluvias e inclemencias a cual más frecuente. Los tomates que hay aquí suelen ser de invernadero y, aunque es cierto que hay optimistas que los sembramos, no hay que tener grandes esperanzas en obtener alimentos para mucho tiempo.

Este verano me lo he currado mucho. Sembré en maceta a principios de marzo y mantuve las plantas en interior hasta mitad de mayo, cuando la temperatura nocturna subía ya de diez grados, no se me fueran a helar. La primavera y el verano de este año han sido muy benignas y las plantas han crecido bastante bien, incluso en un jardín como el mío, al que el sol le da bastante menos de lo que me gustaría, a causa del bosque enorme que tiene plantado el vecino que da al sur, que es un instituto público y que me da sombra más de la mitad del tiempo, y de un par de árboles del vecino que da al este y que, oye, si enfermaran y se murieran, tampoco se perdería gran cosa y, por lo menos, sus hojas no caerían sobre mi jardín en otoño.

Este año, además, les he dado un tratamiento contra las plagas, he utilizado abono líquido, he regado todos los días cuando ha habido sequía, que ha sido a menudo este verano. Les he podado los chupones, les he puesto cañas y testigos. Leches, he hecho todo lo que debe hacer un agricultor concienzudo.

Y algo he sacado, sí, pero, la verdad, no estoy seguro de que compense el esfuerzo. Es verdad que uno, al jardinear, verbo muy belga, no está pensando tanto en los frutos que va a conseguir, sino más bien en la actividad en sí misma, pero no está de más poder saborear los productos de la misma.

Además, estamos llegando a noviembre, y hay tomates que siguen estando verdes y, casualmente, o no, son los más gordos del jardín. De verdad que he estado saliendo al jardín con cierta frecuencia y no hay día en que no me haya acercado a ver si, por lo menos, se ponían rosas, por lo menos. Ni pum.

En fin, que, al menos, esto de los tomates verdes me está dando una idea para sacarles provecho y, de paso, proseguir una serie que quedó, no sé si interrumpida o finalizada, en los ya lejanos tiempos en que triscaba por Rusia y tenía que echar mano de la imaginación para comer como es debido. En esta bitácora hay una etiqueta, cocina, en la que hay una serie de entradas tituladas "Cocina para exiliados". Pues creo que allá voy.

Y más vale que acabe la recolección pronto, porque el día acorta, el invierno acecha y, en definitiva, se hace tarde. Una vez más.

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