No me he resistido a la tentación de ilustrar esta entrada con el famoso cuadro de El Bosco y la verdad es que he adaptado un poco el título para lo que realmente deseaba, que es continuar una serie que empecé a escribir hace tres años y que, como tantas otras cosas en esta bitácora, había dejado inacabada.
Porque, en realidad, el jardín del que pretendo escribir en esta entrada es el mío, pequeñito, pero matón. Es un poco aventurado llamarlo 'de las delicias', pero bueno, uno es atrevido y espera obtener frutos de lo que sembró. Es verdad que llevo un par de semanas comiendo tomates de cosecha propia, que no está nada mal teniendo en cuenta que Bélgica no es precisamente un lugar soleado y que, en cambio, lo que sí que hay son lluvias e inclemencias a cual más frecuente. Los tomates que hay aquí suelen ser de invernadero y, aunque es cierto que hay optimistas que los sembramos, no hay que tener grandes esperanzas en obtener alimentos para mucho tiempo.
Y algo he sacado, sí, pero, la verdad, no estoy seguro de que compense el esfuerzo. Es verdad que uno, al jardinear, verbo muy belga, no está pensando tanto en los frutos que va a conseguir, sino más bien en la actividad en sí misma, pero no está de más poder saborear los productos de la misma.
Además, estamos llegando a noviembre, y hay tomates que siguen estando verdes y, casualmente, o no, son los más gordos del jardín. De verdad que he estado saliendo al jardín con cierta frecuencia y no hay día en que no me haya acercado a ver si, por lo menos, se ponían rosas, por lo menos. Ni pum.
En fin, que, al menos, esto de los tomates verdes me está dando una idea para sacarles provecho y, de paso, proseguir una serie que quedó, no sé si interrumpida o finalizada, en los ya lejanos tiempos en que triscaba por Rusia y tenía que echar mano de la imaginación para comer como es debido. En esta bitácora hay una etiqueta, cocina, en la que hay una serie de entradas tituladas "Cocina para exiliados". Pues creo que allá voy.
Y más vale que acabe la recolección pronto, porque el día acorta, el invierno acecha y, en definitiva, se hace tarde. Una vez más.


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