domingo, 18 de octubre de 2026

El lago de Genval

 

Desde que el Topomóvil está en Valencia, me toca desplazarme por estas tierras en transporte público, lo que, paradójicamente, me lleva a pasar por lugares inesperados. Uno, cuando va en coche, es verdad que llega antes, pero se pierde muchas cosas por el camino, ya que termina yendo por la autopista más cercana hasta el lugar de su destino. Y así no hay manera de conocer el país y de sorprenderse por las cosas que se ven.

En transporte público, la cosa cambia, porque rara vez llega hasta el lugar justo a donde uno se tiene que desplazar. De esta manera, cuando me dirigía a jugar un encuentro de la Liga Belga de Ajedrez, me encontré con que el tren me dejaba a dos kilómetros largos de la sede del encuentro; dos kilómetros que, al menos un domingo al mediodía, porque aquí se juega a unas horas incomprensibles para un español, no cubría más que el coche de San Fernando, un rato a pie y otro andando.

Así las cosas, puse el GPS del teléfono en marcha y me dejé guiar por sus indicaciones. Y fue así como, desde la estación de tren de Genval, terminé en el lago de Genval en los albores del otoño, que seguramente es uno de los mejores momentos para visitarlo. Hacía buen tiempo, pero un poco de frío, de modo que la chaqueta ni el gorro me molestaban lo más mínimo, y me puse a dar la vuelta al lago para llegar a tiempo al torneo.

El lago se sitúa en la mismísima frontera lingüística. Al sur, Genval y la capital municipal, Rixensart, son valones y francófonos y no oirás otra cosa que francés, pero uno pasa al norte del lago y se encuentra en el municipio de Overijse, que era adonde me dirigía a jugar y que es un municipio rabiosamente flamenco de toda flamenquidad que, en un pasado muy reciente, fomentó la delación pura y dura de cualquier expresión escrita en cualquier lengua diferente al flamenco. A ver si alguien se piensa que los independentistas catalanes son los únicos que fomentan el monolingüismo.

A todo esto, el lago es chulo, sí, pero resulta que es completamente artificial. Lo construyó (habrá que llamarlo así) un empresario belga a finales del siglo XIX, ese tiempo en que los belgas ataban los perros con longanizas a lomos del dinero que manaba del Congo, aprovechando las aguas del río Argentino, un arroyuelo que discurre por allí y que tampoco es que tenga mucha agua, pero, claro, con paciencia acaba por llenar lo que haga falta. Las orillas del lago son una faltada de pijerío, a juzgar por los casoplones que hay a diestra y siniestra. Y, al fondo, el château...

La vista del château me hizo recordar que yo ya había estado allí. Efectivamente, pronto hará diez años que Abi se graduó de la escuela secundaria en su colegio de... ejem, gente acomodada y, como las cosas son así en estos tiempos, tuvieron una fiesta de graduación y la tuvieron en el château du Lac, que así es como se le conoce. Un sitio postinero como pocos. Y caro, creedme. Así que, en su momento, los cinco, porque entonces éramos cinco, rigurosamente vestidos de etiqueta, qué menos, tomamos el topomóvil y nos fuimos al château, donde estuvimos un rato departiendo con otros padres y compañeros y haciéndonos lenguas de lo guapos que estaban todos y del futuro brillante que les esperaba en la vida, hasta que los organizadores del bal du Bac, que así se llama el evento, decidieron que ya estaba bien de padres y de hermanos y nos invitaron a volvernos a nuestros respectivos hogares o a donde nos diera la gana, con tal de que fuera lejos de allí, donde siguió la fiesta no sé bien hasta qué hora. Abi volvió a casa a la mañana siguiente. No me correspondía a mí criticarla, claro, porque yo también he tenido diecisiete años y también he terminado la secundaria con un fiestón de crápula de ésos en que llegas a casa de día. Eso sí, mucho más barato, a base de cerveza, sangría y calimocho y sin traje.

En estos pensamientos, y saludando a los ricachones que me iba cruzando por la orilla, terminé por abandonar la orilla del lago y me dirigí a la sede del torneo, donde me iba a pasar las siguientes cuatro horas pensando en otros asuntos totalmente diferentes. Y más valía que fuera rapidito, porque se me hacía tarde. Como ahora.

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