Esto no podía ser eterno, claro. A este paso, acabaríamos por morir, ir al paraíso, y no nos acabaría de gustar aquello. El caso es que las temperaturas han bajado bastante y ya estamos en pleno otoño. El tiempo no es lo que ha sido, vale, pero hay que quedarse con lo bueno, y lo bueno en este tiempo son los colores que adoptan los árboles, antes de que lleguen los inevitables días de viento y se queden completamente sin hojas. Como la naturaleza es sabia, en esta época hace más viento que de costumbre, para que los árboles se quiten de enmedio las hojas muertas, y éstas nutran el suelo. Como el hombre no es tan sabio como la naturaleza, ha construido ciudades asfaltadas y adoquinadas, donde las hojas muertas se acumulan, se mojan y resbalan que da gusto. Pero es que no se puede tener todo.
Dentro de unos días todo esto habrá pasado y lo que quedará será mucho menos verde, mucho menos amarillo y mucho menos rojizo. Será básicamente marrón, signo de que tenemos el invierno a las puertas o de que ha entrado ya, pero el invierno también tiene su encanto. Si lo tenía en Moscú, con temperaturas de veinte grados bajo cero y nieve embarrada, no digamos Bruselas, donde, al menos, las condiciones son bastante mejores y el bosque está ahí al lado.




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