jueves, 29 de septiembre de 2011

El maestro de las sombras

Pasear por la isla Vasilievsky, cosa que en mis anteriores diecisiete visitas a San Petersburgo había hecho en contadísimas ocasiones, ha resultado una experiencia de lo más gratificante, además de llena de sensaciones, como la que me llevé al acercarmen a la casa cuya fotografía ilustra esta entrada.

Ya sabemos que placas, en Rusia, hay muchísimas (¿verdad? 1, 2 y 3). La mayor concentración de placas se encuentra probablemente en San Petersburgo, donde hay muchísimo que conmemorar, como, por ejemplo, en esta casa, en la que sucesivamente habitaron dos de los monstruos pictóricos más grandes que ha dado este bendito país.

Dice la placa de la izquierda: "En este edificio vivió y trabajó de 1869 a 1887 el destacado pintor ruso Iván Nikoláevich Kramskoy." Y reza la de la derecha: "En esta casa vivió y trabajó de 1897 a 1910 el destacado pintor ruso Arjip Ivánovich Kuindzhi". La casa debió gustarles a ambos, porque el año final de su estancia allí es, igualmente, el año de su muerte. Es curioso que dos de los pintores rusos que más me gustan, y eso que son totalmente diferentes, vivieran -¡y murieran!- en el mismo edificio.

Como de Kramskoy ya tocó hablar en su día, ahora toca hacerlo de Kuindzhi. A diferencia de Kramskoy, que es un retratista no superado, Kuindzhi es un paisajista. Y menudo paisajista. Como se ve, el apellido no acaba en "ov", ni en "sky", ni en "enko", por lo que ya se puede percibir que el señor era algo extraño. De hecho, era griego de origen, de esos griegos que se habían establecido en la ribera del Mar Negro, y allí estaban cuando el kanato de Crimea y el Imperio Otomano tuvieron que salir de allí empujados por los rusos a finales del siglo XVIII. De joven, las pasó canutas, se quedó huérfano, tuvo que trabajar de lo que pudo, y salió adelante a base de esfuerzo y de currárselo, con un viaje a San Petersburgo a buscarse la vida incluido.

Mi primera impresión de Kuindzhi se produjo en la galería Tretyakov y fue nada menos que el cuadro que queda ahí abajo: "Noche de luna junto al río Dniéper". Me quedé parado no menos de un cuarto de hora. Bueno, la verdad es que no tengo ni idea de cuánto tiempo me tiré delante del cuadro.


Hay paisajistas rusos muy buenos, cierto; pero Kuindzhi era diferente. Es el maestro de las tinieblas (como Ozzy Osbourne, vale, pero en otro sentido). Un tío que hace hablar a las sombras como nadie hasta entonces.

En San Petersburgo, que es como decir en la Rusia del siglo XIX, había dos, digamos, organizaciones pictóricas: la Academia, arte oficial y conservador, y los Itinerantes, unos artistas jóvenes y bohemios que se habían hartado de los corsés académicos e iban a la suya, pero en grupo. Kuindzhi pasó por la Academia, pasó por los Itinerantes, fue por su cuenta, vendió cuadros como churros, se hizo rico... y se convirtió en profesor en la Academia, donde su forma de enseñar no sé si acababa de convencer a otros profesores, y en particular a otro de los grandes paisajistas rusos, Iván Shishkin, con el que no parece que se llevara muy bien y que, al menos en mi opinión, queda muuuuuy lejos de Kuindzhi.

Al llegar a la Academia como profesor, y con la vida resuelta materialmente, Kuindzhi dejó de exponer hasta su muerte, pero parece que no de pintar. Tras diez años largos sin noticias suyas, demostró que se acordaba de tomar los pinceles y sacó a la luz una nueva versión de "El bosque de abedules". Y no, no se había olvidado de pintar.


En San Petersburgo no he tenido suerte con Kuindzhi. Varias de sus obras están expuestas en el Museo Ruso, y en mi primera visita al mismo las busqué por todos los sitios. Ni una. Al final, haciendo acopio de valor (el que conozca a las cuidadoras del Museo Ruso ya sabrá por qué lo digo), me acerqué a una cuidadora y le pregunté por las obras de Kuindzhi. Resultó que estaban en una exposición fuera de la ciudad. Sólo las pude ver un par de años después, en otra visita que hice y en la que, por desgracia, tuve que ir un poco al trote.

Tampoco este año he tenido mejor suerte. Dando la vuelta a la casa en la que vivieron Kramskoy y él, me topo con una pequeña placa: "Piso museo de A. I. Kuindzhi". Alborozado, sigo los recovecos y las indicaciones hasta llegar a la entrada, en la que me encuentro con el siguiente cartel.


Un museo, pues, que sólo abre los miércoles, sábados y domingos de 12 a 17. No me podía venir peor, así que tendrá que quedar para otra ocasión, si Dios me la da.

¿Por qué? Pues porque el viaje a San Petersburgo se termina. Me he enterado de que ayer el Real Madrid, afortunadamente para los granotas que echamos de menos a la familia, goleó al Ajax, así que supongo que Fadrique estará contento y habrá olvidado la primera derrota de su equipo en Liga. Porque, joroba, mira que hay equipos para ganarles, y tenía que tocarle al Levante.

martes, 27 de septiembre de 2011

Capital cultural

San Petersburgo fue la capital de Rusia hasta 1918, momento en que Lenin y sus compinches, que habían llegado al poder un par de meses antes, decidieron escaparse a Moscú por piernas antes de que llegaran a la capital las tropas del Kaiser Guillermo. Algún día habrá que escribir sobre el manejo de la guerra contra los alemanes que hicieron los primeros comisarios populares, y que dejan a Gila a la altura de Napoleón, por lo menos.

Desde 1918, la capital rusa ha venido siendo Moscú. San Petersburgo, entonces Petrogrado, se quedó en segundo plato, su población se redujo considerablemente y, en resumidas cuentas, vino bastante a menos, aunque nunca dejó de ser una ciudad preciosa y un centro cultural de primer orden, hasta el punto de que los peterburgueses están especialmente orgullosos de ser la capital cultural de Rusia. Que yo sepa, en ningún sitio oficial está escrito que lo sean, pero ya es algo que está arraigado y de lo que nadie duda, ni siquiera en Moscú. Y menos ahora, en que el presidente es de San Petersburgo, también lo es el actual primer ministro y pasado y próximo presidente, y también lo es la presidente del Senado. Como para andarse con chiquitas...

Por eso, uno pensaría que, a diferencia de Moscú, los músicos que actúen en San Petersburgo no necesariamente tienen que estar acabados. No me queda claro, después de ver los carteles que en la isla Vasilievsky anuncian los conciertos de este otoño. Tom Jones era el más repetido, junto a algunos grupos de fama ínfima, pero el escalofrío me dio cuando vi el siguiente cartel.


Luego lo leí, pero, en cualquier caso, creo que estaremos todos de acuerdo en que Pavarotti está acabado.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Paseando por la isla Vasilievsky

La isla Vasilievsky es la que Pedro I pensó que sería el centro de la ciudad que había fundado. De hecho, ahí está el palacio del primer gobernador de la ciudad, Menshikov. Con el tiempo, sin embargo, no fue así, y el centro pasó a lo que hoy es la plaza del Palacio, donde están el palacio de Invierno y de donde parte la avenida Nevsky.

Pero quizá la isla Vasilievsky haya ganado con el cambio. En primer lugar, porque puede presumir de un ritmo de vida más tranquilo, y también de un ambiente más culto, pues en ella está la principal universidad de la ciudad. Si uno pregunta a los peterburgueses, se trata de la universidad más antigua de Rusia, fundada en 1724; si uno pregunta a los moscovitas, la universidad de San Petersburgo fue fundada en 1819, como producto de la fusión de dos instituciones educativas anteriores no universitarias (una de ellas, efectivamente, fundada en 1724). Como consecuencia, la universidad más antigua de Rusia es la MGU moscovita, fundada en 1755 por Lomonosov.

Es un tema peliagudo que conviene tocar con delicadeza, por si acaso.

En cualquier caso, paseaba yo ayer por Vasilievsky, no lejos del recinto universitario, cuando se me acercó un hombre de unos cincuenta años, modestamente vestido, vacilante, bigotudo, y en un estado de embriaguez más que evidente.

- Perdone - se me dirigió.

Yo me detuve e hice ademán de escucharle.

- Verá usted, quería ver si usted me podía decir algo. Bueno, es posible que mi pregunta le sorprenda, y que hasta le parezca muy tonta, pero de todas maneras se la voy a hacer.

- Usted dirá.

Me miró fijamente, haciendo un esfuerzo en dominar su cuerpo bamboleante, y dijo:

- ¿Me puede decir qué día de la semana es?

Le miré muy serio y dije:

- Viernes.
- Oh, muchas gracias.

Y se alejó haciendo eses bajo la lluvia.

Me gusta San Petersburgo. Lo he dicho muchas veces. Es verdad que aquí hay los mismos borrachos que en los demás sitios.

Pero, por lo general, son mucho más educados.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Sevilla

Me dirigí hacia el restaurante con algo de desconfianza. Atravesé la puerta, y una sonriente camarera me recibió.

- ¿Tienen sitio para uno?
- Sí, quiere el buffet libre, ¿no?
- ¿No tienen carta?

Me miró de arriba abajo. Yo no sé qué pasa, pero todos los guiris turistas deben ir al buffet libre a ponerse morados. Pero, claro, yo iba de investigación, y aunque no iba vestido de ruso ricachón, tampoco es como para presuponer tan descaradamente que soy un don Nadie. Lo seré, vale, pero tampoco es eso.

- Sí... Tenemos carta.
- ¿Y tienen tortilla de patatas?
- A veeeer... ¿es esto?

Asentí.

- Sí, sí que hay.
- Pues vamos.

El restaurante es, como muchos restaurantes rusos, un lugar lóbrego reñido con la luz, con muchos posters de sevillanas y donde sonaba música ¿española? Hombre, si eres muy imperialista, puedes decir que "La cucaracha" y "Los ojos negros", y hasta "La chica de Ipanema", son españolas. Por decir...

En fin, que con la música hubo suerte. No estaba muy alta, y no era Julio Iglesias, a quien, por cierto, me pusieron al día siguiente en un restaurante italiano. No somos nadie, Nathalie.

La camarera me acompañó a un rinconcillo, me dio una carta y yo me puse a examinarla. Se veía la intención didáctica en la primera página, con preguntas tales como "¿Sabe usted lo que es el chorizo?". Luego venía una serie de sangrías de distintos tipos. Sangría con burbujas. Sangría ¡blanca! Pero, ¿sabrá el que escribió eso lo que significa la palabra? Vale, prescindimos de la sangría.

Los entremeses, por suerte, eran normales, quesos, tapas de lata, jamón y embutidos (sí, chorizo también). Luego tenían unos menús, unos platos principales que revelaban una inclinación de la carta hacia la cocina catalana, lo cual me parece estupendo, porque la cocina catalana está muy bien. Y algo después, pasé mi vista por la parte de platos para dos y me detuve, aterrado, en la página que ilustra esta entrada.

"¡Ay, madre! ¡Ay, madre! ¡Ay, madre! ¡Que me da, que me da y que me da!"

El hereje despiadado del cocinero, muestra de estulticia y representante de la peor leyenda negra antiespañola, había osado titular la receta, pasmémonos: "Paella de valencia (sí, con minúscula, ese cafre no sabe ni qué es Valencia) para dos personas", con los siguientes ingredientes. Atención al despropósito.

Chorizo (nooooooooo...)
Gambas (Dios mío, ¿por qué me toca a mí ver esto?)
Pollo (Bueno, algo es algo)
Aros de calamar (A esta alturas ya le puede echar gasolina, si quiere)
Cebolla marinada (¡Qué asco!)
Brotes (sea de lo que sea, no toca)
Alioli (En el arroz a banda, sí, pero, ¿en la paella?)
Arroz (¡Hombreeeeee! ¡Casi se nos olvida!)

Cuarenta euros costaba el sacrilegio disfrazado de paella. Estaba yo tan enfadado que, de haber aparecido Fadrique, lo hubiera pasado mal él. Llamé a la camarera.

- ¿De dónde es el cocinero? ¿Español?
- ¿Español? Pues... no.
- ¿Entonces de dónde es?
- Verá... es finlandés.
- Eso no le da derecho a meter una paella de valencia como esta... cosa en el menú.
- ¿No se hace así?
- Jamás de los jamases. Llámelo paella, si quiere y lo hace en una paella, y que le siente mal a quien no la conozca. Nunca le puede meter chorizo ni la mitad de las cosas que hay aquí.
- Ah... ¿seguro?
- Soy de Valencia, que es una ciudad y se escribe con mayúscula.
- Aaahhh...

Pedí tortilla de patatas. Estaba comestible, pero con muy poca cebolla, poco huevo y mucha patata, como si el cocinero mirara la peseta y no estuviera por el gasto excesivo.

De postre pedí crema catalana, y por fin voy a poder decir algo bueno del establecimiento, porque al cocinero le quedó brutal. De lo mejorcito que he comido nunca. Entre el modo supereconómico de preparar la tortilla y el éxito brutal de la crema catalana, tengo mis sospechas sobre dónde aprendió el cocinero finlandés lo que sabe sobre cocina española.

Por cierto, y puesto que la crema catalana es uno de mis postres favoritos, creo que tengo un poco abandonada la serie "Cocina para exiliados". Y eso no puede ser.

A ver si lo arreglo a mi vuelta a Moscú, que quizá tenga que esperar un poco, porque, entretanto, el Madrid sigue perdiendo puntos (no está claro que consiga el objetivo de la permanencia), y el resultado es que el Levante está por delante de él en la clasificación general. Por si los fadriques, mejor será retrasar un poco el retorno, aunque eso me cueste estar demasiado cerca de un restaurante con una receta de paella merecedora del patíbulo y el garrote vil para el cocinero que la perpetre.

jueves, 22 de septiembre de 2011

En San Petersburgo de nuevo

Sinopsis: El Levante derrota al Madrid y Fadrique, fanático madridista, puede ser una amenaza para mi integridad, por lo que decido poner pies en polvorosa. Mi huida de Moscú tropieza con un taxista local, probablemente merengue, que intenta obstaculizarla en vano.

San Petersburgo me recibió con el tiempo desapacible que suele ser habitual. En la estación tardé media hora en poder conseguir un taxi, porque estaban todos en distintos atascos; finalmente, me pusieron uno y llegué a mi hotel, un buen lugar para pasar desapercibido unos días hasta que otro equipo ganara al Madrid y Fadrique canalizara sus iras hacia otro objetivo.

Mi hotel estaba lleno, pero lleno, de turistas españoles. Yo pensaba que estábamos en crisis, pero por otra parte jamás he visto tantos turistas españoles en Rusia como este año. Como llegaba muerto de hambre, me senté en una mesa a comer del buffet libre, y pedí permiso a dos personas que ya estaban sentadas allí:

- Would you mind if I seat here?

El hombre me miró con cara de preocupación. La mujer estaba enfrascada en el desciframiento de los entremeses y no pareció escucharme, y menos entenderme, pero acertó a decir:

- ¿Qué ha dicho ese señór?
- Creo que ha preguntado si puede sentarse ahí.
- ¿Son ustedes españoles? - les pregunté, aunque a las claras se veía que sí, y andaluces, por más señas.
- Sí, sí, somos españoles ¿Usted también?
- También.

Se trataba de una pareja que formaba parte de un grupo de turistas españoles. Habían visitado algo de San Petersburgo, aún les quedaba por visitar Tsarkoie Seló y Peterhof; después seguían el viaje hacia Moscú.

- Lo que pasa es que hace muy mal tiempo. Nosotros somos de Málaga, y claro, aquí es que llueve mucho y hace frío.
- Sí, eso es lo que tiene Rusia ¿Y les está gustando la ciudad?
- Mucho, mucho. Y usted, no es turista, ¿verdad?
- Pues no. Yo vivo en Moscú.
- ¿Y ha venido aquí por alguna razón?
- ¿A ustedes les gusta el fútbol?
- Hombre, algo sí.
- ¿Y de qué equipo son?
- Del Málaga.
- Yo es que soy del Levante...
- ¡No me diga más! ¡Mourinho le quiere meter el dedo en el ojo y CR9 dice que le tiene envidia por ser rico y guapo!
- Es posible, es posible... y, claro, me estoy escondiendo.
- Bueno, de momento en este hotel estará bien. Incluso nos han puesto un restaurante español.
- ¿Qué?
- ¿No lo ha visto al entrar?
- ¿El qué?
- Pues que el restaurante del hotel es español. Éste en el que estamos.
- ¡Dios mío! - miré al letrero del restaurante. Con letras rojas y amarillas, el nombre "Sevilla" destacaba entre los tonos oscuros de la pared.
- Bueno, pues encantados de conocerle. Nosotros nos tenemos que ir, que nos esperan para ir a Pushkin.
- Ése es el nombre soviético. En tiempos del zar era Tsarskoie Seló.
- ¿Charcoseló?
- Pushkin, Pushkin, usted diga Pushkin.
- ¿Puskins?
- Eso.

Mis improvisados compañeros se fueron a su excursión, y yo me quedé pensando que hacía algún tiempo que no había una entrada en la bitácora sobre "crítica gastronómica".

Pues eso se va a acabar. Y pronto.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Taxis

Sinopsis: En la entrada anterior, la victoria del Levante en el último partido de liga hacía aconsejable desaparecer unos días de Moscú para evitar posibles ataques vikingos.

Como mi equipaje era un maletón tirando a grande, y mi tren salía a las 6.45, decidí pedir un taxi para las 5.45, hora en la que en Moscú ya han puesto las calles, sí, pero por poco.

En España, tú pides un taxi a una hora y diez minutos antes ya lo tienes delante de la puerta con la bandera bajada, así que más te vale salir pitando de casa si no te quieres arruinar.

En Moscú, no. En Moscú, aparte del intrusismo rampante que campa por sus respetos, no veréis apenas taxis por la calle. Alguno hay. Tampoco veréis, si os montáis en alguno, que tengan taxímetro, aunque igualmente comienza a haberlos. Posiblemente tampoco veáis que el taxista conozca la ciudad. Y eso si que no mejora.

Las tarifas eran a tanto por kilómetro, hasta que a alguna compañía y en particular a la compañía municipal de toda la vida, la que fue soviética en su día, se le han comenzado a hinchar las narices y ahora mide las tarifas en tiempo: cuatrocientos rublos (cosa de diez euros) por la bajada de bandera y los primeros veinte minutos, y a partir de ahí veinte rublos por minuto. Un atasco de los habituales puede ser la ruina de un pasajero. Pero, como a las 5.45 de la mañana era poco probable que hubiera atascos, y la estación de tren no está lejos, pensé que no habría problemas.

La víspera llamé al consabido 6270000 de toda la vida, pedí un taxi para las 5.45, puse mi despertador a las cinco de la mañana y me eché a dormir todo lo plácidamente que duermen los que saben que se van a levantar muertos de sueño.

A las cinco me desperté, me levanté, duché y vestí, y a las 5.25 sonó mi teléfono. Correcto. Era la compañía de taxis, que me daba el color, modelo y número de matrícula del taxi, y añadía que estaría a tiempo. Un Ford Focus azul oscuro con el número de matrícula 490.

Un alivio. Recuerdo con horror días, nada lejanos, en que las llamadas eran para decir que nos buscáramos la vida para ir al aeropuerto, y que nos olvidáramos del encargo de taxi que habíamos hecho, porque todos los que tenían estaban en atascos. Todo un servicio infalible.

Salgo a las 5.45 todo ufano... y allí no hay nadie.

Obviamente, me mosqueo y marco el 6270000. Por cierto, ¿cómo lo hacíamos cuando no existían los teléfonos móviles? Son las 5.47, y un contestador automático me dice que "su llamada será contestada en dos minutos" (raro, raro...), luego uno y medio, luego uno...

- Oficina Municipal de Taxis, buenos días.

- Oiga, que he pedido un taxi para las 5.45, me han llamado diciendo que venía a tiempo, estoy aquí fuera, y no hay nadie.

- ¿Y dónde está usted?

Le dije la dirección.

- Permanezca en la línea, por favor.

Me puso la musiquita que ponen todas las centralitas y que se supone que debería tranquilizar al que espera, pero yo veía el segundero cómo corría y estaba negro.

- ¿Oiga?

- ¿Sí?

- Gracias por esperar - dijo con la voz metálica de toda telefonista -. No consigo comunicar con el conductor. Le voy a enviar el teléfono del conductor por SMS para que le llame usted.

- ¿Usted no se da cuenta de la estupidez que está diciendo? Si usted no puede comunicar con el conductor, ¿cómo espera que lo haga yo?

La telefonista calló.

- Bueno, voy a seguir llamándole, pero le envío a usted el SMS de todas formas.

Traducida la última frase al román paladino, quería decir, como comprendí enseguida:

- Yo te envío el SMS y me lavo las manos. Ya te apañarás, pringao.

Las 5.50, y por allí no aparecía nadie.

Las 5.51, y suena el himno de Valencia. Un mensaje. Efectivamente, la telefonista me manda el móvil de Misha, que así se llama el conductor negligente que me ha tocado.

Las 5.52, y marco el número de Misha. Ocupado.

Las 5.53. Ocupado. Dos veces más. Empiezan los juramentos en arameo.

Las 5.54. Ocupado. A los juramentos en arameo se añaden patadas en el suelo.

Las 5.55. Ni se me ocurre rimar algo con la hora que es, ocupado en otros menesteres más tenebrosos.

Las 5.56. El teléfono de Misha ya no está ocupado. Simplemente comunica, sin parar. Vuelven los juramentos en arameo.

Las 5.57. Miradas nerviosas hacia el final de la calle, por donde pasan dos coches sin torcer. No son ellos, o es el típico taxista que no conoce la ciudad y que no lleva un plano en el coche ¿Para qué, si todos los clientes tienen la obligación de saber el camino? Y de GPS no hablemos.

Las 5.58. Comunica. Pienso en si será mejor acogotar a Misha o romperle las piernas.

Las 5.59. Un Ford Focus azul oscuro, matrícula 490, pasa al lado y para.

- ¿Dónde estaba usted?

- ¿Qué pasa? A las 5.45 pasé por aquí y no había nadie, y me puse a ver si por la otra parte de la manzana había otra entrada.

Como a las 5.45 estaba yo allí puntual como un reloj, la traducción al román paladino de la frase era algo así como:

- He llegado tarde, lo sé. Veo que no te mola, así que te diré la excusa que tengo pensada para estos casos.

Al menos, llegué al tren sin problemas, gracias al margen que llevaba, que la estación no está muy lejos y que a las seis de la mañana de un día laborable hay más o menos los coches que hay en Valencia a las seis de la tarde, pero atascos no hay.

* * *

En San Petersburgo, desde hace dos años, la situación ha empeorado considerablemente. Pero hoy se hace tarde, así que toca esperar un poco. De momento, me basta con dejar este enlace oficial del todo, para demostrar la seriedad de nuestro bienamado ayuntamiento.

martes, 20 de septiembre de 2011

Ha vuelto a suceder

Sí, señor, los acontecimientos del pasado se repiten.

Ayer me dijeron que Fadrique había estado en España el fin de semana, que seguro que estuvo viendo cierto partido de fútbol, y que hoy volvería a Moscú, y no necesito ser ningún arúspice para saber que su estado de ánimo debe estar entre sulfuroso y directamente asesino. Y es muy posible que recuerde quién es el único granota en todo Moscú, y aun en toda Rusia.

Por si acaso, lo mejor es esconderse unos días hasta que se le pase el cabreo ¿Qué sitio será mejor para esconderse? ¿Tokio? No, canta mucho ¿Madrid? Sí, hombre, provocando encima ¿Salvacañete? No sé, no sé...

¡Ya está! Lo mejor será pasar unos días en esa ciudad a la que, hace un par de años, pensé que quizá no volvería. Pero la realidad es tozuda y, después de todo, es la cuarta ciudad más grande de Europa y, por consiguiente, un lugar perfecto para pasar inadvertido en tanto los vikingos recuperan el ánimo.