El caso es que se está jugando el campeonato mundial de fútbol y los caminos de las selecciones de España y Bélgica se han cruzado. Como, afortunadamente, la selección de Marruecos ha sido eliminada (¡gracias, Francia!), el riesgo de incidentes de orden público se ha reducido bastante.
Pensaba esconderme en casa o hacer cualquier otra cosa, pero hay cosas que no pueden ser y al final me liaron para ver el partido en una cervecería belga de toda la vida. Obviamente, la mayoría de los presentes eran belgas, pero yo estaba con un grupillo de españoles en el que hicimos bastante ruido; celebramos el primer gol de la selección española, luego los belgas celebraron el que marcó su selección y, cuando la selección española marcó el segundo gol a poco de terminar el partido, se oyeron a la vez los gritos de alegría que proferimos los quizá quince españoles que estaríamos por allí y los lamentos de los no menos de noventa belgas que nos rodeaban. Al acabar el partido, no hubo ningún incidente, más que alguna felicitación de los belgas, igual que hubiéramos hecho nosotros si el resultado nos hubiera sido adverso.
La verdad es que es un gusto estar en un país que no es chauvinista en absoluto, y eso que la selección de fútbol es de las pocas cosas que les une. En su momento, creo que ya lo escribí alguna vez, les unía el rey y la religión católica. Lo segundo ya hace tiempo que no, y el rey creo yo que intenta pasar todo lo desapercibido que puede, así que han reemplazado la religión católica por el deporte, comenzando por los Diablos Rojos, vale, pero también por los profesionales del verdadero deporte nacional belga, que es el ciclismo, y mucho más el de clásicas que el de grandes vueltas, donde, aparte de Eddy Merckx, tampoco han tenido de momento campeones de los de primera división.
De todas formas, el hecho de que la selección belga haya quedado eliminada del Mundial de fútbol es algo que podía pasar y que no iba a amargar a los belgas el fin de semana, ni siquiera el viernes por la noche. Cuando volvía a casa montado en mi bicicleta, no hacía yo más que cruzarme con todo tipo de grupitos masculinos y femeninos (y mixtos), alguno con la bandera por bufanda, que no parecían demasiado angustiados por el fin de la aventura belga en el Mundial y que se desplazaban por la ciudad para aprovechar que hacía una noche estupenda que invitaba a proseguir la fiesta todo lo que fuera posible, aunque se hiciera espantosamente tarde. Yo, por mi parte, como tenía otros planes, seguí mi camino hasta mi casa, donde acabé en Discopiltra un rato después, quizá más tarde de lo que hubiera deseado. Eso de hacerse tarde es que no falla...
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