lunes, 29 de octubre de 2007

Echarse al monte (I)

El sábado por la mañana se cernían sobre Valencia dos amenazas a cual más preocupante. La primera era la presentación de Mariano Rajoy como candidato del PP a la presidencia del Gobierno, e iba a dejar Valencia tomada por los pijos. La segunda era la proximidad del gran premio de motociclismo de Cheste, el próximo fin de semana, e iba a poblar Valencia de moteros con ganas de entrenamiento y escandalera. En tan apurado trance, evalué las posibilidades de camuflarme entre los invasores y registré mi armario, pero, desolación, sólo había un jersey de marca, osea, que me habían regalado hacía varios años y que evidentemente estaba pasadísimo de moda.

- No será suficiente - pensé para mí con preocupación -. Tendré que intentar camuflarme entre los moteros.

Eso era aún más difícil. Básicamente, por falta de moto: hasta cinco bicicletas hay en mi piso, pero, lo que es motos, ni las hay ni se las espera. Y birlársela a mi vecino de abajo, que sí es motero y tiene el vehículo aparcado en el garaje, no estaría bien. Después de todo, es un vecino y es de los pocos que logra calmar a doña Margarita cuando se pone farruca.

Alternativamente, se podría uno retirar a un lugar adecuado. El más adecuado a mis condiciones sería Roma, pero pilla lejos; tampoco estaría mal Moscú, pero mi vuelo no salía hasta el día siguiente. Chungo asunto.

Finalmente, en vista de que la amenaza era real e inminente, opté por echarme al monte en señal de protesta, todo lo simbólica que se quiera, vale, pero el día menos pensado, al paso que van las cosas, tocará echarse al monte de verdad, y para entonces más vale estar entrenado y disponer de un par de lugares en los que operar. Si no, luego, todo son prisas. Además, en Moscú no hay montes en más de mil kilómetros a la redonda, con lo que hay que aprovechar las oportunidades de pateo que se presentan.

Así las cosas, le pedí prestado el coche a mi padre y escogí como lugar de operaciones el Alto Palancia. Por un momento pensé en subir a Peñagolosa, lugar emblemático donde los haya, pero me encontré a un amigo por la calle, estuvimos una hora poniéndonos al día y, para cuando acabamos, ya se había hecho demasiado tarde para afrontar la ascensión en el día. De manera que decidí atacar el nacimiento del Palancia, que estaba más cerca; enfilé hacia allá silbando "Cálzame las alpargatas" y, al poco rato, ya estaba lejos de los peperos que debían estar haciendo fila para, uniformados ellos con sus jerséis y ellas, además, con sus mechas y sus reflejos, aclamar a su líder.

De los peperos, pues, me pude escapar, pero de los moteros no hubo manera ¡Pero qué tíos! ¿Cómo conocían esas carreteras de montaña? En Alcublas, en Sacañet, incluso en Mas de los Pérez... ¡pero si yo creía que nadie conocía esos sitios! Pues los moteros los conocen y, los días cercanos al gran premio, aprovechan para recorrerlos y tomar las curvas con la rodilla sobre el asfalto, a tumba abierta, en sentido contrario al mío. Casi me trago un par de ellos que se metían en mi carril.

A tumba abierta... sí, y a veces la tumba se abre de verdad. Cerca ya de Alcublas, prácticamente en la cima del puerto de montaña, vi a lo lejos una maraña de motos, y junto a ellas mucha gente de pie, un coche de la Guardia Civil y una ambulancia. Al pasar a su lado, vi una sábana blanca sobre el suelo, cubriendo un bulto, vi un montón de moteros con la cabeza agachada, que giraban con expresión de pesar, vi un sanitario de pie junto al bulto, y vi un guardia civil que me dio orden de seguir adelante y de no quedarme allí parado. Tragué saliva, recordando otra ocasión en que fui yo quien movía la cabeza con pesar, y continué, esquivando a los sucesivos moteros que, seguramente ignorando lo que le había pasado a su compañero, o quizá, si lo sabían, despreciando lo sucedido, se lanzaban cuesta abajo, o cuesta arriba, rozándome con su casco al cruzarse conmigo.

Y hasta aquí hoy. Mañana más.

viernes, 26 de octubre de 2007

El Neng y el juez

Después de la agresión más famosa de España durante esta semana y de haber visto el video en todas las televisiones varios cientos de veces, tenía verdadera curiosidad jurídica por ver cómo salía el juez del lío en que le habían metido, con la plebe reclamando la sangre del descerebrado ése y el Ministro de Justicia anunciando la detención del sujeto (deben haber cambiado la LECrim hace poco, porque en mi versión no sale que los ministros puedan ordenar detenciones) mientras que, con el Código Penal en la mano, el acto será todo lo repugnante que se quiera, pero no veo cómo puede pasar de falta de lesiones. Y eso suponiendo que las haya habido, que habría que ver el informe médico.

Astuto el juez, se le ha visto fino (y eso que seguramente accedió por oposición, eso que no le gusta al anterioremente mencionado Ministro de Justicia), se ha ensañado verbalmente con el descerebrado... pero le ha dejado en libertad sin fianza con unas medidas bastante suaves, que creo que es lo máximo que podía hacer.

Supongo que el abogado de la chica estará espabilándose y hará lo que tiene que hacer, que es meterle una demanda de responsabilidad civil por daños psicológicos que deje seco al aprendiz de Neng por una buena temporada. Aunque, con lo que va a salir este individuo en todo tipo de programas de televisión, y digo yo que no será gratis, igual la patada que metió va y le resuelve la vida. Tendría narices.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Noventa y siete

A veces, la gente responde a los mensajes de "fuera de la oficina". En mi caso el mensaje es bastante claro:

From: Von Buchweizen, Alfor
[mailto:alforvonbuchweizen@grechka.ru]
Sent: Wednesday, October 24, 2007 10:10 AM
To: Johansson, Scarlett
Subject: Out of office autoreply

Actualmente me encuentro fuera de la oficina.

Y hay gente que se pregunta qué hago fuera de la oficina. Véanse algunas reacciones:

Reacción 1: Hay que ver... escueto, misterioso, enigmático... ¿Buscando el Carbuncho?

Reacción 2: Pues avisa cuando vuelvas. De exámenes, ¿no?

Reacción 3: Cómo vives. Estarás correteando por ahí.

Reacción 4: Gracias por la info. Si la proxima vez indicas cuándo volverás te lo agradeceré aún más ¿Qué estás, trabajando incansablemente y eso, como de costumbre?

Qué gente.

Pues no. Ni buscando el carbuncho, ni de exámenes, ni correteando (bueno, sí, eso también, pero ésa es otra historia): me he ido a un cumpleaños. Y no a uno cualquiera, no.

lunes, 22 de octubre de 2007

Pasajeras

- Que no se puede beber en el avión -dijo el asistente de vuelo.
- ¿Por qué? -dijo la rusa, con la actitud retadora de quien va tocado y quiere seguir yéndolo.
- Porque está prohibido, porque el efecto del alcohol es superior en los aviones y porque lo digo yo -el pobre asistente estaba teniendo un viaje duro- ¿Se lo digo yo o prefiere que se lo diga la policía?

La rusa soltó una maldición, mientras agarraba el vaso de whisqui que se había llenado con la botella que traía.

- Aquí en el avión el efecto del alcohol se multiplica.
- No, si es whisqui seco, no pasa nada.
- A ver, aunque sea whisqui seco. El aire que usted respira aquí no es el mismo que respira fuera, y a su cerebro le hace mucho más efecto. Así que el whisky se lo voy dando yo, pero no puede usted coger la botella y bebérselo.
- Me gusta marca que yo sé que este avión no tiene.
- Aquí no se puede beber. En Aeroflot puede usted fumar, puede usted beber, puede usted fumarse un peta. Pero aquí, en Iberia, no se puede. Aunque usted no se lo crea, esto -y le señaló su vaso- es como si usted se tomara dos whisquis, aunque sea usted rusa o de donde sea, así que prefiero que no se sienta usted mal.
- Vale, amigoo -terció el maromo, y más valía, porque la cosa se estaba poniendo agresiva. Y yo en medio. No sé cómo me lo monto.

Tuvieron algún rifirrafe más, y luego la señora, o más bien la niña que siempre será, se puso a despacharse a gusto con el maromo. Entresaco algunas de sus frases estelares.

- Te lo digo en serio. Nunca he volado con una compañía en la que no tengan mi marca de whisqui favorita, ¡ni siquiera a la venta! Me tratan como una niña pequeña. Y no me dejan satisfacer mis caprichos.
- Es la primera vez en mi vida que tratan así...
- Un billete que cuesta cuarenta y cinco mil rublos...
- Menuda vergüenza.
- Eso serán las leyes españolas, pero yo soy rusa.
- Soy rusa, y bebo (dijo mientras se servía otro lingotazo).
- ¿Y por qué tienen que hacerme pasar esa vergüenza?
- Ya tengo treinta años, ya soy mayorcita.
- Échame más whisqui.
- Oye, Volodya, quiero más.
- No, del de avión, no, que no está bueno.
- ¿El tío ése? Se ha ido para allá, hacia el morro del avion.
- En España parece que den golpes con la voz, mientras que en Rusia hablamos dulcemente, y decimos gracias y por favor... (cuando se acabó el último vaso, di un suspiro y sacó un espejito para maquillarse).

Creo que ya no pude reprimir una sonrisa.

- Usted entiende ruso -dijo el maromo refiriéndose a mí.
- ¿Yo? ¡Qué va! Apenas nada.

jueves, 18 de octubre de 2007

Final de trayecto

Cuatro meses lleva el bulto misterioso acompañándome fielmente al trabajo. Pero el lunes parecía que iba a ser el último día. Por la mañana decidí ir sobre él a pesar de que hacía unos dos grados y el tiempo estaba inseguro. Al poco de llegar al trabajo, comenzó a nevar y así siguió durante buena parte del día. A la hora de salir tragué saliva y me dije que, después de haber recorrido juntos el camino de casa al trabajo durante todo este tiempo, no era cuestión de abandonar al compañero y de dejarlo varado en un armario. No. El bulto tenía derecho a un último viaje.

Nevaba. Me calé la boina, monté el bulto ante la mirada atónita de los que pasaban por allí y comencé a pedalear, esquivando los lugares donde había cuajado la nieve y subiendo poco a poco por la calle, que pica hacia arriba. Un miliciano de tráfico, que me vio y apenas creyó lo que veía, me dijo que fuera con cuidado, mientras yo iba adelantando a todos los coches que, impotentes, se alineaban en el atasco de la hora punta vespertina. De vez en cuando me cruzaba con parejas de jovenzuelos que me miraban y se reían. La verdad es que, a su edad, yo había hecho lo mismo.

Llevaba tiempo sin rodar bajo la nieve. Tendría que remontarme un par de lustros. Y, aunque no es cómodo, no es imposible, mientras el suelo no esté helado, y sigue siendo mejor que caminar.

Al día siguiente subieron las temperaturas y la nieve se derritió. Y el miércoles volví a montar en la bicicleta, porque llegamos a los diez grados. Pero el último sábado del mes cambian la hora y ya se va a hacer de noche muy pronto. Quizá entonces habrá llegado el momento de arriar velas y esperar a la primavera para volver a rodar por Moscú. Entretanto, ha llegado el momento de prolongar unos cuantos días más la temporada. En España.

martes, 16 de octubre de 2007

Cocina para exiliados (VII): arroces.

Después del atracón de arnadí del otro día, estamos llegando con esta entrada a la quintaesencia de la cocina valenciana: el arroz. Como todo el mundo sabe, o debería saber, y si no que se vayan enterando, el único sitio del mundo mundial donde se cocina el arroz como es debido es Valencia. Los demás hacen lo que pueden y lo empastran las más de las veces. En Valencia, empastrar el arroz es delito de lesa patria y, aunque no está penado, muchos pensamos que debería estarlo, y severamente.

En Rusia, el arroz no es de buena calidad. Del arroz bomba ni siquiera han oído hablar, y sólo distinguen entre el corto y el largo, que se cultiva en el sur, cerca del Mar Negro. Durante un tiempo se consiguió arroz valenciano por aquí, pero la empresa productora debió terminar por considerar que la ganancia no merecía la pena y decidió abandonar a sus fieles consumidores locales, de los que apenas conocí otro que no fuera yo. Con lo que me veo resignado a comprar arroz ruso. Corto, por supuesto, nunca largo, que no sabe a nada.

Hace un par de años estuve de misión en Barcelona y me encontré libre un sábado por la tarde, que dediqué a buscar un supermercado abierto y comprar un kilo de arroz bomba, que traje a Moscú como oro en paño pensando en el arroz al horno que me iba a preparar. Lo dejé en la despensa, me fui al trabajo y, a la vuelta, me puse el delantal con intención de ponerme manos a la obra. La señora que entonces cuidaba de los niños estaba por allí trajinando, y sobre el hornillo apagado había una cazuela. Levanté la tapa a ver qué habían comido los niños. Mmm... arroz, vaya.

"Uf, qué porquería de arroz. Esta Galina cocina fatal. Está empastrado y... ¿qué cosa le ha puesto? Ajjj, lleva pollo sin deshuesar... qué repelús. En fin, es cuestión de resarcirse. Ahora van a saber lo que es cocinar arroz."

Abi apareció por la cocina.

- Abi, ¿que heu menjat hui? (Abi, ¿qué habéis comido hoy?)
- Arrós, pero estava molt roïn. (Arroz, pero estaba muy malo.)
- ¿Qui ho ha fet, Galina? (¿Quién lo ha hecho, Galina?)
- Sí. No m'ho he pogut acabar. (Sí. No me lo he podido terminar.)
- Tranquila, chiqueta, ara voras com jo el faig millor. (Tranquila, niña, ahora verás cómo lo hago mejor.)

"Madre mía, esta Galina. Qué desastre de cocinera. Por mucho menos de esto, en mi pueblo, le tiran a uno al río. Bueno, voy a buscar el arroz."

Me fui a la despensa, donde había dejado el kilo de arroz bomba traído de Barcelona... y no estaba.

"Qué extraño. Lo habrán cambiado de sitio."

- Галина! (¡Galina!)
- Да? (¿Sí?)
- Вы не видели рис, который я положил здесь? (¿Ha visto usted el arroz que puse aquí?)
- В бумажном пакете? (¿En una bolsa de papel?)
- Как раз. Где он? (Exactamente, ¿dónde está?)
- Я варил его сегодня. Очень вкусно. (Lo he cocinado hoy. Estaba muy bueno)
- Чтоооооооо? (¿Quéeeeeee?)

Me dirigí a la cocina dando grandes zancadas.

- Неужели вот это...? (¿No será esto...?) - dije, levantando la tapa de la cazuela y dejando al descubierto aquella bazofia que hacía daño a la vista, y no quiero ni pensar lo que le haría al estómago.
- Да, да, дети кушали, все нормально, не волнуетесь (Sí, sí, y los niños han comido, no se preocupe).

Dios mío, Dios mío, Dios mío... un kilo de arroz bomba, pensado para adquirir sabores de caldo de primera, pensado para sofreírse en una paella, para crujir en una cazuela de barro en el horno bajo la atenta mirada de un cocinero responsable, pensado para hervir en compañía de unas hebras de azafrán. No puede ser... ese arroz, quintaesencia de todos los arroces, había ido a fenecer deshonrosamente en las bastas manos de una señora ignorante que lo había ¡hervido con agua! ¡Y lo había empastrado! ¡Y lo había mezclado con huesos de pollo! En la casa había otros tres kilos de arroz... y había tenido que profanar ése, precisamente ése. En mi pueblo no es que la tiraran al río por mucho menos, es que por perpetrar ese sacrilegio la hubieran lapidado.

Recordar aquello me ha puesto de muy mala uva. Ya seguiré con la siguiente entrada otro día: arroz al horno.

Ah, y al principio de la entrada creo haber dicho que Galina era la señora que cuidaba a los niños.

lunes, 15 de octubre de 2007

Prohibiendo

Un antiguo cuento, entre cuento y chiste, comparaba las formas de prohibir en los distintos idiomas y sacaba conclusiones sobre el carácter de los distintos pueblos que las hablaban. Veamos.

El alemán, cuando prohibe, tiene que imponerse. En alemán, la prohibición es seca, siempre con un signo de admiración, recia y no admite discusión. La prohibición de pisar el cesped sería algo así como: Rasen nicht betreten!, que suena fuerte y no pretende otra cosa ¡No se pisa el césped! Y punto.

El francés no. El francés es indulgente, educado, amable, un pelín relamido si se quiere, hasta algo hipocritilla, y apela incluso en sus prohibiciones al respeto a los demás. Sería algo así como "Veuillez bien de ne pas marcher sur le gazon". Vamos, que de prohibición no parece tener mucho algo que traduciríamos como "Tenga usted la bondad de no caminar sobre el césped".

El español constata simplemente que algo no se debe hacer, y luego se desentiende del resultado. La expresión típica es "Prohibido pisar el césped." Yo ya te he avisado, luego tú haz lo que quieras que para eso eres libre. Seguramente lo pisarás. Yo, con decirte que no lo hagas, he cumplido.

El cuentecillo, con intención, terminaba con la traducción al catalán, alusiva a cierto estereotipo que se les atribuye a los catalanes: "No xafeu la xespa. Qué es guanya amb aixó?"

¿Y en ruso? El chistecillo no dice nada, pero en la foto de arriba tenemos la explicación. Para que el ruso obedezca, hay que convercerlo pero que muy bien. Rusia está llena de gente nadando bajo el cartel de "Prohibido bañarse", de coches aparcados junto a la señal de prohibido aparcar... e incluso se diría que da más morbo hacerlo allí. Y así, la forma de prohibir pisar el césped es una retahila en la que se desgranan los argumentos más convincentes de que dispone el prohibidor. Véase la traducción literal del cartel de arriba: "Pedimos insistentemente que no se sienten ni se acuesten sobre el césped. La fijación del césped se ha realizado siguiendo una tecnología especial, mediante el uso de hierba en rollos, que necesita no menos de tres años para su implantación en la tierra."

Vamos, que el que escribió eso no las tenía todas consigo. Y la prueba de que espera un comportamiento mucho mejor por parte de los extranjeros que de los nacionales es la traducción que ha hecho al inglés de toda la retahila antecedente: "Keep off the grass." Cuatro palabras. Ni una más. Hasta los rusos confían en el carácter estrictamente práctico de los anglosajones.