miércoles, 25 de septiembre de 2019

Yo no he sido

Esto no es Grozny, ni Kabul, ni Mosul. No: esto es Bruselas, y más concretamente el edificio otrora conocido como Hospital Edith Cavell, y que ahora es un amasijo menguante de hierro y polvo.

No le puedo tener la menor simpatía al lugar (por esto, esto y esto), pero que conste que no tengo nada que ver con su derribo.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Parsimonia

La esperanza de vida de los belgas es, parece ser, algo inferior a la española, pero igualmente muy alta, y no es para menos. Un belga necesita mucho tiempo, mucho más que los naturales de otros sitios. Un año en España está lleno de sucesos y de singladuras, de batallitas y de acontecimientos; las cosas van tan rápidas, incluso en Salvacañete, que no parece que les dé tiempo a suceder.

Aquí, no.

En Bélgica las cosas pasan con mucho esfuerzo y dificultad. Diríase que es como España a cámara lenta. Es como cuando ajustas mal el freno de una bicicleta, y las zapatas rozan con las ruedas, y dar pedaladas te cuesta un montón más de lo que debiera.

El ejemplo típico son los restaurantes. Ir a un restaurante belga es algo que sólo debería suceder si no tienes hambre en absoluto. Si la tienes, has hecho un mal negocio. Yo comprendo que parece razonable ir a un restaurante cuando tienes hambre, pero, si eso te pasa en Bélgica, considera la posibilidad de comprarte un bocata en un supermercado (suponiendo que estén abiertos, que ésa es otra...), o de ir a un puesto de patatas fritas a comprarte una ración con mayonesa. Que sí, que no es lo más sano del mundo, ni mucho menos, pero hemos quedado en que tenías hambre, y te comerías lo que sea y pronto. Pues eso último es lo que no vas a conseguir si te metes en un restaurante belga.

Hace año y pico abrió en la esquina de nuestra calle un restaurante belga, a unos magros cincuenta metros de la puerta de nuestra casa. Antes había habido allí una bocatería, que desapareció a las pocas semanas de mudarnos. Cada día, cuando volvíamos a casa, mirábamos el local con curiosidad, hasta que llegó el gran momento de la apertura.

- Tenemos que ir un día.
- Claro.

Nos perdimos el aperitivo de apertura que dieron, pero eso no nos arredró. El local tenía buena pinta, y ya les valía, porque habían tardado la tira y media en terminarlo. Total que, un buen día, Alfina y yo nos dijimos que había llegado el momento de hacer gasto a los vecinos, recorrimos los cuarenta metros que nos separaban del local, y entramos.

Se nos acercó una chica joven.

- ¿Van a cenar?

Eran como las ocho de una agradable tarde de verano, y estábamos entrando en un restaurante. En España podría pensarse que quisiéramos merendar, pero allí no había muchas alternativas, la verdad.

- ¡Sí! - respondimos.

La joven se rascó la cabeza, como si no esperara la respuesta. Vamos, como si otra respuesta fuera posible.

- Ah... a cenar...
- ¿Nos podemos sentar ahí? - y señalamos una mesita, ideal para dos personas, situada cerca de una de las ventanas.
- Bien. Ahora les traigo la carta.

Nos la trajo, y pedimos una ensalada de primero para compartir, y un segundo para cada uno. Nada raro. La camarera tomó nota y se retiró, supongo que a avisar en cocina de que tenían algo que hacer. Llevo seis años por aquí, pero no estoy seguro de cómo funciona un restaurante belga, y qué sistema utilizan para transmitirse información de unos a otros.

Sea cual sea, el sistema podría mejorarse. Pasaron cinco minutos, pasaron diez, pasaron quince y pasaron veinte, y nos tenían con un botellín de agua. Si, cuando entramos, teníamos hambre, a la media hora nos hubiéramos comido a la camarera, no sé si más de hambre o por venganza.

En esto, Ro pasó por allí y nos vio.

- ¡Hola! ¿Vais a cenar aquí?
- A este paso, a desayunar.
- ¿Cuánto tiempo lleváis esperando?
- Ya pasa de media hora.
- ¡Hala! Yo me voy a casa a cenar.
- En la nevera tienes lentejas.
- Vale.

Nuestra posición era un poco estúpida. Estábamos pasando un hambre canina a cuarenta metros de unas lentejas que, por si fuera poco, eran de nuestra propiedad. Y ya habíamos agotado todos nuestros temas de conversación, yo diría que por inanición.

A los tres cuartos de hora llegó la ensalada. No vayamos a creer que era el colmo de la sofisticación: tomate, lechuga y queso. Suponiendo que tuvieran los ingredientes, es difícil pensar en cómo se las apañaron para tardar tanto. Y, por si fuera poco, era para compartir, cosa que hicimos: el caso es que la devoramos en un periquete, mucho menos de lo que habíamos estado esperándola, y al acabar teníamos casi más hambre que antes.

Si para la ensalada habían tardado tanto, lo del segundo podía ser histórico, pero quisimos pensar que no habían sacado la ensalada hasta tener el plato principal a punto, de manera que no hubiera una gran separación entre los dos platos. Así que podíamos esperar el segundo casi enseguida.

Qué ilusos éramos.

Cuando ya estábamos bastante hartos de mirarnos, llamó Ame por teléfono.

- ¿Dónde estáis?
- Hemos ido a cenar al restaurante nuevo que han abierto al lado de casa. Pásate por aquí.
- Vale.

Ame estaba en casa, y no tardó ni cinco minutos. Ojalá se hubiera traído las lentejas. Además, con chorizo, tú.

- ¿Ya habéis cenado?
- Nos han traído una ensalada, pero ya no queda nada ¿Te quedas a cenar?
- ¿Son belgas?
- Sí.
- ¿Hay algo en casa?
- Lentejas.
- Me voy a casa.
- No te lo reprocho...
- Ánimo. Al final traerán lo que hayáis pedido.

El caso es que lo hubiéramos comprendido mínimamente si el restaurante hubiera estado atestado y viéramos a la camarera atosigada y con apuros para controlarlo todo, pero, ¡quia!, éramos los únicos clientes en el interior del restaurante, y en el exterior no había sino un grupito que se limitaba a picar algo y apretarse unas cervezas. Uno se pregunta a qué se estaban dedicando el cocinero y la camarera durante la hora y tres cuartos que estaba durando aquel suplicio.

Al final, ya tuvimos que decirle algo.

- ¿Ya van a traer el segundo plato?
- ¡Ah! ¿Lo quieren ya?

No, mira, si quieres, te esperas a que amanezca, no te joroba.

- Si pudiera ser...
- Voy a ver si está listo.

La camarera desapareció de nuestra vista, lo cual sin duda sucedió por su bien. Volvió un rato después, con la buena noticia de que, a la vista de la situación, el cocinero estaba teniendo la gentileza de acelerar sobremanera la preparación del plato, y que, por ser nosotros, es posible que en diez minutos estuviera ya.

El segundo plato llegó, pues, cosa de una hora después del primero. Para entonces, no ya a la camarera, yo creo que también nos hubiéramos comido al cocinero. Y la verdad es que me gustaría recordar si me gustó la cena, retrasos aparte, pero soy incapaz: en primer lugar, porque tenía tanta hambre que no me duró apenas, y así no hay quien deguste nada; y en segundo lugar porque, para cuando llegó, lo de menos era si estaba bueno, con tal de que fuera comestible y su consumo fuera legal.

- ¿Desean algún postre? - nos preguntó solícita la camarera.

La miramos con cara de poquísimos amigos.

- No, que el viernes viene el fontanero a casa, y no vea cómo se enfada si le hacemos esperar.
- Pero si es miércoles...
- Nosotros ya nos entendemos.

Creo que huelga decir que no dejamos propina y que no hemos vuelto a aparecer por el local. Y que, cuando tenemos la tentación de entrar en un restaurante regentado por belgas en general, y por bruselenses en particular, recordamos la experiencia que queda relatada arriba y nos preguntamos si no será mejor poner en remojo unos garbanzos, aunque tarden doce horas en reblandecerse.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Vuelta a Bruselas

El retorno a Bruselas después de unas semanas de vacaciones tiene algo de amargo. Debe ser parte de la naturaleza del ser humano estar insatisfecho con lo que tiene. En España hace mucho calor, vale; si tenemos que creer a los meteorólogos y a los partidarios del cambio climático, cada vez hace más. Sea. Pero uno llega a Bruselas y, tras un par de días de engaño y bonanza, cae el mercurio a plomo y, de dormir con sábana, pasa uno en materia de horas a levantarse por la noche y buscar esa manta que guardó pocas semanas antes, pero que parecen años.

Y no nos paramos con la manta, no; al día siguiente, las temperaturas siguen cayendo, y uno se pone a buscar el edredón, y así y todo no las tiene todas consigo. Eso por no hablar de las llamaditas a España:

- ¿Qué tal estáis?
- Huuuy... achicharrados, ¡hace un calor! A veinticinco grados estamos.
- Qué suerte... nosotros hemos bajado a siete esta noche.
- ¡Pero eso es magnífico! ¡Ya me gustaría que hiciera siete grados por aquí!

Yo supongo que lo dicen sinceramente, pero no puedo evitar pensar en que, con veinticinco grados, uno va en camiseta y pantalón corto, y la mar de ligero; mientras que aquí tengo que llevar camiseta interior, los pantalones cortos no son sino un recuerdo, y ya voy mirando los jerséis de reojo. Y pienso que mis interlocutores no saben lo que dicen.

lunes, 19 de agosto de 2019

Mecánica contemporánea

De ordinario, cuando llego a Valencia, tengo el bulto misterioso esperándome. El bulto misterioso es una bicicleta plegable que ha visto mucho mundo, y que, desde su adquisición en, precisamente, Valencia, ha circulado por Madrid, Moscú, Bruselas y, nuevamente, Valencia, ciudad a la que ha venido para quedarse, porque ninguna otra se adapta como ella a sus características.

El bulto misterioso suele responder, con ciertas excepciones a lo que se le exige. No en vano disfruta de un uso periódico. Otra cosa son las otras bicicletas que compré en su día para solaz, disfrute y eventual desplazamiento de los demás miembros de la familia, que pasan por aquí de uvas a peras, y aun diría que ni eso. Dichas bicicletas se limitan a criar polvo en una habitación de mi piso que hace las veces de trastero, taller y garaje. Y, en efecto, las susodichas bicicletas, cuando se las reclama tras varios años de preterición, no tienen ningún motivo para responder con el agradecimiento que se les supondría: las cubiertas están revenidas, las cámaras carcomidas, los frenos herrumbrosos, y los pedales y bielas suenan más como una carraca de feria que como un mecanismo de precisión. No es de extrañar, pues, que, cuando Abi, Ro o Ame (o Alfina, pero eso pasa todavía menos) resuelven pasar unos días de asueto por ésta mi tierra, y toca sacar las bicicletas de su guarida, aquí arda Troya.

Como ya me vi el percal en su día, decidí que no era cosa de invertir en bicicletas de alta calidad. Me hice con unas plegables de hipermercado, útiles (y sólo hasta cierto punto) para criaturas de hasta 170 centímetros, 175 como mucho y, eso sí, Alfina dispone de una bicicleta de cierta calidad, una holandesa de paseo muy cuca, con su iluminación de dinamo, guardabarros y portaequipajes.

Cuando nos conocimos, Alfina ya había crecido todo lo que tenía que crecer, pero ése no era el caso de nuestros tres vástagos. Si, cuando nos hicimos con las plegables de hipermercado, les venían holgadísimas incluso con el sillín en la posición más baja, a medida que los años fueron pasando, se vio claro que Abi y Ro iban a superar la estatura de su madre, y que Ame iba a superar la mía.

Total que, con el tiempo y las sucesivas visitas a Valencia, mis hijos torcían el gesto cuando les tocaba usar las bicicletas plegables y, de esta manera, éstas tendían a no usarse. No es, pues, de extrañar que sus cámaras y cubiertas se fueran deteriorando, y este verano, cuando las quise hinchar para pasear con Abi y Ame, dos de ellas estallaran por las buenas mientras las montaba. La tercera bicicleta, por fortuna, sí pude hincharla sin percances, y con ella y con la holandesa de Alfina, sobre la que montó Ame, y mi bulto misterioso, saliésalimosramos por la ciudad.

Pero, tras responder correctamente durante buena parte de la mañana y del mediodía, cuando ya volvíamos a casa por la tarde, la rueda trasera de la tercera reventó poco después, a varios kilómetros de casa y con Abi sobre ella. Maldición.

En este apurado trance, decidí tomar el toro por los cuernos, rodar hasta casa, tomar herramientas y una cámara de repuesto, volver todo lo rápidamente que me permitían las piernas, sólo para darme cuenta de que no sólo la cámara había reventado, sino que la cubierta estaba rajada, y que forzosamente había que reemplazarla para evitar nuevas averías. No pasaba nada. Conocía un centro comercial a poca distancia, en el que podía hacerme con seguridad con una cámara y, acto seguido, cambiarla con las herramientas y proseguir el camino hacia casa en cosa de una hora.

Abi parecía poco entusiasmada con mi propuesta de solución.

- No pasa nada, papá. Haz marcha. Voy a llamar a un Cabify, meto la bici en el maletero, y ya está. Nos vemos en casa.

Y, uniendo la acción a la palabra, tecleó en su móvil y, a los dos minutos, tomó la bici, la arrastró hacia la calle, y desapareció, dejándome con la boca abierta.

Cuando, sumisos y sudorosos, Ame y yo llegamos en nuestras bicis bastante tiempo después, Abi ya estaba en casa la mar de relajada tomándose un polo.

Yo no estoy programado para la vida moderna.

sábado, 17 de agosto de 2019

Agostando


Agosto ya no es lo que era.

Uno recuerda llegar agosto, y pararse la España urbana, y concentrarse la única actividad en las zonas turísticas, que entonces eran únicamente las de sol y playa, nada de turismo cultural ni zarandajas de ésas. Madrid en agosto era una delicia, sin apenas madrileños, más que los que seguían de guardia, y uno podía pasearse a sus anchas por ella y curiosear a diestro y siniestro por sus esquinas.

Eso pasó. Entretanto, agosto y sus vacaciones se han recortado, y bastante es si duran una quincena. Las calles siguen medio vacías, sí, pero porque cada año hace más calor y no hay cristiano que aguante la solana; y, por si fuera todo, hay turistas por todos los sitios, que ocupan todos los rincones de la villa y corte (bueno, lo de corte vamos a tomarlo en su justa medida). Para acabarlo de arreglar, Madrid se ha gastado en los últimos lustros lo que no tenía, y para ver de remediar sus agobios financieros se dedica a freír a impuestos, tasas y exacciones varias, no ya a sus habitantes, que bien merecidos tienen sus sufrimientos por haber votado a sus mandamases, sino a todo hijo de vecino que tiene algo que ver con su término municipal.

En fin, que baja uno del avión a pisar suelo patrio, y es llegar a la capital y comenzar a salir los euros por los poros. Pero, así y todo, se agradece el cambio de aires y de clima, y el tránsito de veinte grados y lluvias intermitentes a treinta y pico y humedad poco menos que nula.

Y así, tras unos días de relajo en la capital, a base de deporte y piscina, y alguna que otra reconvención a Abi por tener el piso más sucio que la conciencia de un proxeneta, toca tomar el tren y allegarse a la patria chica, donde siempre esperan nuevas aventuras.

jueves, 15 de agosto de 2019

Aviones y aeropuertos... belgas

Bruselas, esa ciudad única y a la vez múltiple, llevaba ya algún tiempo de calma chicha. A partir de la fiesta nacional, que es el 21 de julio, la desbandada empieza. Los pocos que nos hemos quedado hemos visto como, en nuestros lugares de trabajo, las filas clareaban hasta extremos poco comunes, y los que quedábamos nos dedicábamos a terminar los expedientes que esperaban algún trámite y a contar los días hasta que, también nosotros, enfiláramos en camino del aeropuerto, Zaventem o Charleroi y, desde allí, partiéramos hacia otros andurriales. Yo he vuelto por mis fueros y, en este caso, por mi ya tradicional curso intensivo de neerlandés, que, después de todo, es una lengua oficial de este país que me acoge, y aun de esta ciudad. A la chita callando, ya he terminado el cuarto curso, lo cual me debería permitir desenvolverme con cierta soltura, pero la verdad es que, allí donde lo he intentado, sin ir más lejos en el propio aeropuerto, he estado más bien torpe.

Uno llega al control de seguridad de Zaventem, en Flandes, y se dirige con paso firme al control de seguridad. El agente se le encara a uno y le pregunta:

- English? Français? Nederlands?

Hasta hacía poco, y con la única intención de hacer la puñeta, cosa que confieso humildemente, yo respondía indefectiblemente:

- Deutsch!

No en vano el alemán es lengua oficial en Bélgica, siquiera sea en una región chiquitita, cosa que no se puede decir del inglés. Los letreros del aeropuerto, por cierto, no sólo están rotulados en las tres lenguas que me ofrecía el operario, sino también en alemán, pero lo cierto es que aún no me he encontrado con ningún segurata que controle la lengua de Goethe. Generalmente tuercen el gesto y siguen en inglés.

- Do you have any liquids? Tablets? Computers?

- Wie bitte?

Aquí ya las cosas se complican. El segurata tipo no está preparado para gentes que desconozcan alguna de las tres lenguas en que pueden comunicarse y, sin embargo, deberían estarlo. Me he encontrado con turistas alemanes cuyo inglés no vale ni para pedir la hora, y mucho menos para comprender la respuesta, y eso por no hablar de los españoles. Como tantas veces he repetido, Ryanair y las compañías aéreas de bajo coste han hecho mucho daño, y han permitido viajar al extranjero a gentes que no están preparadas para cruzar los Pirineos. Además, los españoles, con ese espíritu gregario que nos gastamos, y que comparten hasta los más independentistas del país, llevamos mal conocer gente que no hable nuestro idioma. Tendemos a hacer corro entre nosotros y, si alguien quiere conocernos, más le vale adaptarse y hablar el mejor castellano que sepa.

- Liquiden! Tabletten! Computeren!

El segurata, claro, no conoce palabras como Flüssigkeiten o Rechner, y no le vendría mal aprenderlas, que no hay para tanto, así que soy yo quien intenta enseñárselas.

- Meinen Sie Flüssigkeiten und allemöglichen Rechner? Die habe ich bei mir nicht, mindestens nicht heute...

Al final, la maleta pasa, así como mis trastos, y el segurata le chamulla a su colega en neerlandés que me registre hasta los calzoncillos, que este tío habla raro.

Ahora, no. Ahora, la pregunta sigue siendo la misma, vale:

- English? Français? Nederlands?

Pero la respuesta ya no es un seco «Deutsch!», sino:

- Nederlands, alstublieft!

Mi acento debe seguir siendo mejorable, porque el segurata me mira con cierta dosis de escepticismo, resiste la tentación de continuar en inglés, y finalmente me dice:

- Vloeistoffen? Tabletten? Computers?

Y no es que sea muy difícil lo que dice, no, pero cuando me hablan mis profesores parece un idioma inteligible, y cuando lo hace el maromo éste es como si fuera otra lengua, tú, así que me quedo como pasmado y, con mucho esfuerzo, me limito a negar con la cabeza. El segurata hace un gesto como de conmiseración, y me dirijo al arco metálico con la cabeza gacha.

Al menos, he caído lo suficientemente simpático como para que no me registren ni un poquito. Ya le hemos sacado alguna utilidad al neerlandés.

lunes, 12 de agosto de 2019

La semana más larga (XII): Final

Un domingo por la mañana de septiembre no es el mejor momento para hacer grandes alardes.

La carrera comenzaba a las nueve, para eludir las horas de más calor, de manera que a las siete y media de la mañana estábamos, legañosos y cansados, en la puerta del garaje. Se nos unió Juan que, como casi tenía por costumbre, llegó un poco tarde. Vamos, que casi nos tenemos que ir sin él para no quedarnos sin carrera. Valencia estaba completamente dormida, si exceptuamos un nutrido grupo de sudamericanos que claramente acababan de cerrar una discoteca, o algo así, y que, sobre todo las mujeres que había entre ellos, vestían ropa varias tallas más pequeñas de lo que deberían, y que, con el jolgorio que llevaban y el ruido que causaban, compensaban más que de sobra el silencio de todos los demás habitantes del barrio.

Llegamos a Benicountrí sin mayor novedad, pasamos por casa, nos pusimos la ropa de deporte, dejamos las llaves y nos dirigimos a la plaza. Es una novedad agradable, disponer de una base en una carrera popular, en lugar de atarse las llaves del coche a las zapatillas y arriesgarse a que vayan colgando o, lo que es peor, a perderlas. Aquí nos bastaba con llevar la sencilla llave de nuestra casa -supongo que ya debíamos, con más motivo, llamarla así- y, aunque la perdiéramos, sabíamos que la vecina tiene copia.

Fue todo tan rápido que media hora antes de la carrera ya teníamos el dorsal sujeto a la camiseta con los tradicionales imperdibles, el chip de cronometraje atado a los cordones de las zapatillas y, básicamente, podíamos elegir entre tumbarnos a la bartola hasta la hora de la salida o calentar a base de bien.

Como en otras ocasiones, Kukoc y Reyrata decidieron calentar durante el primer kilómetro de la carrera, o los dos primeros, o los que hicieran falta, mientras que yo, y también Juan, decidimos que los siete kilómetros y medio de la versión corta que íbamos a correr merecían nuestra mejor versión desde el principio. Digo versión corta, porque la alternativa hubiera sido la carrera de quince kilómetros que era la versión completa, y en la que, con la semanita que llevábamos, no nos planteamos participar.

Así que dejé a mis hermanos paseando por los alrededores de la línea de salida, haciendo como que estiraban, y me fui con Juan al trotecillo por las callejuelas del pueblo, hasta dar con la que fue casa de mis abuelos, y que ahora apenas se tenía en pie y presentaba un estado de casi abandono, que Reyrata paliaba de cuando en cuando utilizándola como almacén. La casa está en el confín del casco urbano y, llegados allí, dimos media vuelta y, por otro camino, volvimos a la línea de salida. Unos dos kilómetros de calentamiento, seguramente un poco menos.

- ¿Qué objetivo tenéis?
- No sé - dije -. A ver qué tal, pero me gustaría acercarme a cinco minutos por kilómetro.
- ¡Hala! Pues ya te puedes ir. Nos veremos en meta.

Juan se echó unas risas.

- ¡Mira! ¡Ahí está Pascual!

Pascual competía en la categoría de minusválidos. De hecho, era el único competidor de la categoría de minusválidos, lo que le daba trofeo seguro. Su discapacidad era intelectual, pero el físico, aunque lejos del de sus años jóvenes, le daba para acabar la carrera sin grandes problemas. Y es muy buena persona, mucho mejor que otros más inteligentes que él.

- Pascual, ¿cóm vas?
- Che, ¿qué feu per ací? ¿Aneu a córrer?
- Anem a córrer, això sí, la curta. La llarga te la deixem a tu.
- ¿La llarga? ¡Qué dius! La llarga p'als atres.

Nos acercamos poco a poco a la línea de salida. Para ser un domingo por la mañana de septiembre, la carrera tenía una participación considerable, que probablemente superaría las cuatrocientas personas. De repente, ¡traca!, y la gente comenzó a correr como si les hubieran pillado robando fruta. En las carreras de Valencia la salida no suele darse con pistola, sino con un buen petardo, o con una traca, como al acabar las bodas, bautizos o primeras comuniones.

Kukoc y Reyrata se situaron estratégicamente hacia la cola del pelotón, con ánimo de calentar e ir de menos a más. A Juan y a mí la salida nos pilló algo retrasados, así que nos pusimos a adelantar gente, favorecidos por el hecho de que la organización -y se agradece- había metido la carrera por las calles más anchas del pueblo.

Aun así, íbamos algo frenados, hasta que llegamos al primer kilómetro.

- ¿Cuánto te da?
- 4'58", pero no parece sincronizado con el GPS.
- ¿Y cómo vas?
- Bien.
- ¿Mantenemos?
- Mantenemos.

Pasado el kilómetro dos salimos del casco urbano, y hubiéramos podido acelerar un poco de haber querido, pero estábamos reservones. Antes del kilómetro cuatro, más o menos a mitad de nuestra carrera, pasamos por delante del cementerio, donde tres días antes habíamos enterrado a mi madre, y nos santiguamos.

La falta de entrenamiento se estaba notando. Si, hasta el kilómetro cuatro, habíamos estado un poco por debajo de cinco minutos por kilómetro, del cuatro al cinco el cronómetro marcó 5'08", poniendo en claro peligro el objetivo de bajar de cinco.

Del kilómetro cinco al seis, el sol caía a pico, y el recorrido transcurría por el polígono industrial del pueblo, de calles anchas y en las que, a esas horas, no había maldita la sombra. Para entonces, el grupo que corría la carrera larga se había desviado hacia la marjal y quedábamos islotes de corredores aislados, separados por un mundo de quienes iban por detrás y por delante. En nuestro caso, delante de nosotros había un grupo de tres mujeres jóvenes a quienes les íbamos recortando la ventaja poco a poco, supongo que porque a ellas también se les estaba haciendo larga la carrera.

Motivados por la proximidad de las mujeres, apretamos un poco y las superamos a la altura del almacén de la cooperativa. Fue el kilómetro más rápido, y nos quedaba uno y medio, pero ya íbamos con la lengua fuera. Por detrás venía un corredor que se puso a nuestra altura, y con el que entramos de nuevo en el casco urbano, precisamente por la calle de mi casa.

Doscientos metros más allá, o a lo mejor eran cuatrocientos, veo que mi vecina estaba entre quienes habían salido a animar a los corredores, delante de su casa. Animado, me adelanté con un acelerón para el que no sé de dónde saqué las fuerzas.

- ¿Qué haces? - me dijo Juan, sofocado.
- Voy a... salu.. dar... a mi vecina... - alcancé a musitar.
- ¡Angelitaaaaaa! - y le acerqué la mano para chocarla.
- ¡AAAAAY! ¡Mira este! Au, au...

Justo en ese punto, el recorrido daba un giro radical y se metía por el Bonaire. Entre el giro y el acelerón para saludar a la vecina, me quedé completamente vacío; Juan me alcanzó enseguida.

- ¡Que no hay que ir a tirones!
- Es que...

El tirón nos había dejado baldados a los dos. El que había entrado en el pueblo con nosotros nos superó sin el menor problema. Nunca el Bonaire me había parecido tan largo, ni, después, la calle del Cristo, donde la pancarta de meta se adivinaba a lo lejos. Juan y yo entramos juntos, con una notable marca de 37'08", a 4'56" por kilómetro. Sí, lejos de las mejores marcas que hubiéramos hecho, pero, oye, que ya tenemos una edad, a la que no es tan sencillo bajar de ciertos tiempos. Nos desatamos el chip de la zapatilla y lo devolvimos.

Estábamos contentos. Hay carreras con las que uno tiene una espinita clavada y, para mí, la de mi pueblo era una de ellas. Fue la primera que corrí, con diecinueve años, sin entrenar fondo lo más mínimo, y llegué antepenúltimo y completamente desfondado. En los siguientes años, antes de dejar España, nunca me preparé mínimamente en serio, así que mis marcas eran todo lo malas que pueden suponerse.

Con el tiempo, comencé a prepararme mejor y a situarme en ritmos por debajo de los cinco minutos. Me propuse bajar de ese ritmo en todas las carreras en las que antes había ido a ritmos lamentables, pero nunca hasta entonces había podido correr en mi pueblo, por asuntos de calendario. Hasta entonces. Espinita desclavada.

Para la llegada de Kukoc y Reyrata aún faltaba un rato. Al final, el rato no llegó a diez minutos, y consiguieron bajar de seis minutos por kilómetro; entraron juntos.

- Seguro que he llegado yo antes.
- Qué va, paquetorro, he llegado yo antes.
- Cuando salgan las fotos en la web verás.
- Tú verás.

Nosotros ya llevábamos un rato comiendo sandía y reponiendo líquido y, mientras ellos dos hacían lo propio, debió llegar Pascual, más o menos a 6'20", que no está mal, y poco después el coche escoba. Pascual devolvió el chip, de la mesa de la organización se levantó uno de los árbitros con unas hojas y las clavó con una chincheta en el tablón de la iglesia.

- La clasificación ya está. Ahora verás.
- ¡He quedado primero yo!
- ¡Pero si tenemos el mismo tiempo!

Yo miré mi tiempo, algo generoso. Oficialmente el ritmo real había sido de 4'54", probablemente por el tiempo que tardamos en cruzar la salida a causa de la multitud que había por allí, o vaya usted a saber por qué. Todos los corredores se agolpaban para consultar la clasificación, mientras el árbitro clavaba otras hojas, era de suponer que las de los premios, un poco a la derecha. Siempre que hay algo que leer, yo asomo la cabeza.

"Qué fieras, pensé. El primero ha llegado a 3'50"; ah, y aquí está la clasificación local, a ver si conozco a alguien. El primero, en 4'23", también bueno, pero supongo que los mejores del pueblo, o están organizando la carrera, o corren la carrera larga. El segundo, 4'40", el tercero ya se va a 4'54" ¿4'54"? ¿Alfor von Buchweizen? ¡Si soy yo!"

- ¡Eh, que he quedado tercero local! - interrumpí a mis hermanos, que seguían discutiendo sobre quién había quedado delante.

Ni que decir tiene que jamás había estado ni siquiera cerca de subir al podio de una carrera. Aunque, claro, para recoger el trofeíto deberíamos esperar a que llegasen todos los participantes en la carrera larga. Nos pusimos morados de sandía.

El trofeíto se ha quedado en Valencia, sobre el mueble del recibidor. Es muy improbable que jamás tenga compañía, de la misma manera que considerarme corredor local de Benicountrí, un pueblo que considero el mío, sí, pero en el que nunca he estado empadronado, aunque ciertamente tengo posesiones en el mismo y que visito siempre que puedo, es por lo menos atrevido.

Al día siguiente volvimos a Bruselas. Me extrañaría que alguna vez vuelva a pasar una semana tan rematadamente anómala en mi vida, y más en mi ciudad natal, pero supongo que todo puede suceder.