lunes, 30 de abril de 2012

Sexenio

Ha pasado un sexenio desde el 1 de mayo de 2006, día en que la primera entrada de esta bitácora vio la luz, pocos días después de una mudanza bastante afortunada y de que un instalador chapucero pusiera la conexión a Internet en casa.

En estos seis años la verdad es que ha habido de todo, pero, para lo que es Rusia, y para lo que es Moscú, las cosas han sido muy estables. Y han sido estables contra todo pronóstico: lo normal en Rusia hubiera sido cambiar de trabajo un par de veces (intentos vanos, hasta la fecha), pasar por unos altibajos qué para qué (algo de eso ha habido, pero no gran cosa), divorciarse y casarse sucesivamente (no está en la lista de cosas por hacer, a Dios gracias), tener varias amantes (eso les pasa a los demás, y que siga así) y pasar alguna que otra desgracia y trasegar el suficiente vodka como para olvidarlas un ratito.

Pero no. Mi familia y yo somos un ejemplo de regularidad y rutina. Nos pasan tan pocas cosas y hemos cambiado tan poco en estos seis años que las únicas diferencias son de edad: todos tenemos seis años más, lo cual a los adultos no nos supone un cambiazo excesivo, pero sí a los niños. Ame, que entró en esta bitácora con dos añitos y medio y sin hablar apenas, es ya un mocetón de ocho y lo que apenas hace es callar. Ro, que tenía cinco años y sólo pensaba en princesas y cosas bonitas, ahora tiene once años, ambiciones políticas y es el terror de todos los que estamos a su alrededor y tenemos la obligación de no decirle que sí a todo (que según ella sería lo justo, claro).

Y Abi, que iba a cumplir siete años y era una despistada integral, ahora va a cumplir trece y... bueno, ésta sí que no ha cambiado lo más mínimo.

Todos siguen yendo al mismo colegio, con más o menos los mismos profesores, o profesores del mismo tipo; las niñas hicieron la Primera Comunión, el niño está en puertas de hacerlo, y la familia me deja de rodríguez un mes y medio en verano, ya desde hace unos cuantos veranos. Pero yo, en lugar de irme de picos pardos aprovechando la condición de rodríguez y como hacen mis congéneres, dedico este tiempo a estudiar para unos exámenes de septiembre que no es que vayan ya a mejorar mi currículum, a hacer un viajecito por Rusia de los que no pude llevar a cabo en su día (y ya me queda poco de lo que se pueda hacer en un fin de semana), o a machacarme a base de flexiones, abdominales y carreras continuas... para participar en unas carreras que nunca ganaré.

Quedamos con la misma gente, despedimos a los que ya se fueron, dimos la bienvenida a los que llegaron y aguantamos los balbuceos de muchos novatos en el país, que cometieron las mismas meteduras de pata que cometimos nosotros cuando llegamos, y que aprendieron a coscorrones, como también nosotros hicimos en su día.

Compramos en la misma tienda desde hace por lo menos cinco años; vamos a la misma iglesia, y hasta a la misma misa, desde incluso antes que eso; viajamos a España en la misma época (bueno, una vez conseguimos ir a Fallas); tenemos el mismo coche, y hasta la misma bicicleta; nuestra niñera sigue siendo la misma.

Nos levantamos a la misma hora, incluso los sábados y domingos; comemos cosas semejantes; bebemos los mismos zumos; impartimos las mismas clases de español con los mismos libros a niños, eso sí, sucesivos; miramos por la ventana, y vemos las mismas cosas en los últimos seis años.

En resumidas cuentas, que somos la cosa más rutinaria que ha parido madre, lo cual es insólito en Moscú, y por tanto nuestra vida es lo menos noticiable que uno imaginarse pueda. Sin embargo, llevo seis años escribiendo una bitácora a un ritmo constante, como buen corredor de fondo, de más o menos ciento cincuenta entradas anuales, y en la que el hilo conductor son las cosas que me pasan, cuando en los párrafos precedentes he dejado dicho que a mí no me pasa nunca nada extraordinario.

No deja de ser un misterio que esta bitácora, en un momento en que las bitácoras están pasando de moda a la carrera, haya llegado al sexenio, y a estas alturas esté cerca de alcanzar las mil entradas. Mil. Miro a mi alrededor, a esa barra derecha que limpié por última vez de cadáveres hace unos meses, y vuelvo a ver cadáveres y moribundos; y miro a las estadísticas que Google me enseña cada vez que abro esto para ponerme a escribir, y parece que hay gente que entra aquí y, lo que es más chocante, cada vez hay más gente que lo hace. No mucha más, pero sí algo más.

Y eso es confuso. Porque tengo la impresión, sobre todo cuando, como he hecho hace un rato, releo las entradas de los dos o tres primeros años, que entonces la cosa estaba fresca y el estilo salía más espontáneo, mientras que ahora, aunque en este momento no sea así, las líneas pasan con esfuerzo y los temas no se agolpan para ser tratados como pasaba en los primeros tiempos. Sin embargo, entonces había muy pocos visitantes y ahora, sin ser muchos, hay bastantes más.

En Rusia, por otra parte, está el mismo presidente que hace seis años, e incluso parece que nunca llegó a irse; Moscú sigue tan ingobernable como siempre y, si bien ha cambiado de alcalde, el nuevo es de la misma horma que el anterior. El que se mueve no sale en la foto y el cambio es una especie de horror negativo que las autoridades y la gran mayoría de la población conjuran como si de ello dependiera la cena de la noche.

Sin embargo, el cambio está ahí, moviendo las hojas de los árboles que sólo ahora, tras un invierno interminable, lucen en los árboles, y probablemente alguien ahí arriba esté riéndose de quienes pretendan que las cosas sigan inalterables, aunque sea durante los próximos seis años. Porque, aunque no sepamos el día ni la hora, el cambio está ahí, latente, y su activación no depende de nosotros.

De momento, vamos a por el séptimo año.

viernes, 27 de abril de 2012

Conferencias (III)

Yo soy de la opinión de que la mayoría de las conferencias existen para justificar el trabajo de unas cuantas personas y que, con honradísimas excepciones, son perfectamente prescindibles.

La conferencia en la que me encontraba, lamentablemente, no era una de esas honradísimas excepciones. Simplemente se trataba de una actividad más del comité de la Duma que se ocupaba del sector concreto, con apoyo del Partido, que debían tener unos rublos apartados para un congreso anual (éste ya era el cuarto) y que se organizaba por purísima inercia y porque el espectáculo debía continuar. De esta forma se alimenta el ego de los ponentes, muy pagados de escucharse a sí mismos, se incluían la conferencia-congreso en el calendario y en el informe de actividades de aquél cuyo trabajo debía justificarse.

Para todo ello, y contando con el buen nombre del Partido, debía llenarse la sala. Es cuestión de pasta: si la inscripción a la conferencia-congreso es gratuita y das un buen papeo, tienes bastante ganado. Como eres un ente público ruso, tienes prensa adicta que no tiene más remedio que asistir, con sus cámaras, micrófonos y toda la parafernalia, y con eso importa poco que las intervenciones sean unos truños intragables. El caso es que salgan en la tele con una voz en off soltando paridas.

Bueno, pues si a los que más o menos teníamos relación con el asunto de la conferencia aquello nos estaba pareciendo un rollo macabeo, y no había más que ver los cabezazos que estábamos dando para cerciorarse de ello, lo de los chicos de la prensa era histórico. Como las ponencias, o al menos los powerpoints de las mismas, ya las tenían, y habían hecho todas las fotitos que les hacían faltan, sólo tenían necesidad de una cosa: que el jerifalte entrevistable de turno saliera de la mesa presidencial para sacarle unas palabritas.

Entretanto, hacían pinta, como el de la foto de arriba, de estar atareadísimos, cuando lo cierto es que, si nos fijamos bien en la pantalla del ordenador, está jugando al solitario.

miércoles, 25 de abril de 2012

La conferencia (II)

Al anunciar por los altavoces que iba a haber intervenciones en inglés, ese idioma que, por mucho que haya españoles que no se lo puedan creer, casi nadie habla ni entiende en Rusia, la práctica totalidad de los asistentes se levantó y comenzó a apelotonarse alrededor de la mesa en la que repartían los auriculares. Creo que nos quedamos sentados cuatro. Uno era yo, que hasta ahí llego; otro era un chaval jovencito, que no es que supiera inglés, sino que ya había agarrado los auriculares antes de entrar. El tercero y el cuarto eran dos orientales, que luego me enteré de que eran coreanos y que no tenían ni idea de inglés, pero habían venido a hacer unas cuantas fotos.

La conferencia no era el típico sarao que montan los yuppies de la Asociación de Empresarios Europeos con sus móviles de última generación y sus trajes estilo Camps, no. El organizador del acto era el Partido y quienes estaban allí era, mayormente, la vieja guardia empresarial rusa, por mucho que se ocuparan de nuevas tecnologías. Lo que sí era lo mismo eran los móviles de última generación. En eso no hay ruso al que no les encanten los cacharritos.

Las diferencias básicas entre ambas audiencias son el tamaño. El tamaño importa, ya lo creo que importa. Que se lo digan a mi vecino de asiento, un mastuerzo que parecía dibujado con un compás y que literalmente no cabía en un asiento. Se sentó en dos, con cada una de sus nalgas en una silla diferente, y así y todo ocupaba un poquito de la silla siguiente y que era ya la adyacente a la mía.

Buena parte de los asistentes estaban en un rango bastante voluminoso, sí, pero no tanto. Los organizadores, que posiblemente fueran empleados de Iberia, habían juntado demasiado las sillas, esperando quizá una asistencia masiva, y así estaban la mayoría de los asistentes, embutidos unos con otros.

Mujeres, lo que es mujeres, había pocas. Uno de los conferenciantes creo que era diputado de la Duma, y ése sí que llevaba a su asistente personal, que era la mujer más joven de la concurrencia. Como no había mucho sitio, acabó sentada a mi lado, en la silla que casi había dejado libre mi adiposo vecino. De todas formas, lo de sentada es un decir, porque estaba todo el rato levantándose y volviéndose a sentar, hablando por teléfono cada vez que había una pausa entre intervenciones, y escribiendo mensajes durante las mismas. Hay gente que les quitas el teléfono, y es como si les cortaras las manos, y me temo que ésta era una de ellas.

Las intervenciones, en sí, eran un rollo macabeo, como siempre en que el orador es un ruso de nivel inferior a alta dirección. Los rusos no se han conseguido librar de un respeto reverencial por las jerarquías, que paradójicamente no eliminó, sino al contrario, la época comunista, en que supuestamente eran todos iguales.

En la época comunista, todos debían ser iguales, y la consecuencia es que nadie debía decir nada que los demás no dijeran, probablemente porque corrían el riesgo de que al líder supremo no le gustara, lo cual podía terminar bastante mal para el librepensador. Los discursos bolcheviques típicos, si exceptuamos lo que pudiera decir el líder supremo, que ése sí tenía cierta libertad, eran de una insoportabilidad suprema, trufados de cifras y más cifras y comúnmente leído, porque no había quien se aprendiera de memoria esas cifras. Ni quien se las creyera, pero ésa es otra historia.

Ha pasado el comunismo en buena hora, pero los discursos plúmbeos forman parte de su herencia. Ahora, a nadie le llevan a Magadán por decir cosas que puedan no gustar al jefe, pero la tendencia a no arriesgarse en los discursos sigue ahí y es un sinvivir para los oyentes. Cifras y más cifras, datos y más datos, todo es una retahíla de objetividad pensada para que el orador oculte su opinión y que nadie termine por saber si es carne o pescado, o para que, cuando el jefe decida que es carne o pescado, el orador pueda seguir la opinión del jefe sin desdecirse.

Y es curioso, porque en realidad los rusos están mucho mejor preparados para hablar en público de lo que estamos los españoles. En la educación rusa el alumno está constantemente expuesto al escrutinio de los demás: recita poemas (no los lee, los declama), tiene actuaciones, compite en olimpiadas de conocimiento... cosas que en España simplemente no suceden. Sin el temor reverencial a las jerarquías, seguramente serían buenos oradores. Con el temor, son lo que son.

Unos pesados, sí.

lunes, 23 de abril de 2012

Haciendo posible lo difícil

No voy mucho por el metro de Moscú. Es un medio tremendamente práctico de transporte, si no tienes otra opción, y es todo lo bonito y meritorio que se quiera, pero la verdad es que todo el que puede permitirse prescindir de él, lo hace. En hora punta, es un infierno; bueno, en hora punta es muy difícil encontrar un lugar de Moscú que no sea un infierno.

Fuera de las horas punta, el metro está muy bien. No hay demasiada gente, es posible incluso sentarse, y es cierto que los vagones son cutres, sí, pero corren que se las pelan. Hay quien dice que hay un modelo nuevo de vagón que no es cutre. Yo me he metido en el nuevo modelo de vagón, supuestamente fetén y nada cutre, y el que piense que esos modelos de vagón no son cutres es que hace mucho tiempo que no se ha subido en un vagón decente.

Una de las cosas interesantes del metro son los anuncios. En realidad, lo que es interesantes son los anuncios informales; los formales son aburridos: depósitos bancarios con intereses al 10%, hipotecas al 15%, electrodomésticos a precios que acaban en nueve... lo de siempre.

Los anuncios informales son esos papelitos, como el de la foto, que no son pegados por agencias de publicidad que hayan llegado a acuerdos con el metro. Lo de la publicidad en el metro bajo el anterior director del metro, Gayev, es una interesante historia de corruptelas a saco, pero será cosa de contarla otro día. El caso es que esos papelitos los pega cualquier viajero de estranjis completamente y su período de vida es limitado y dura básicamente hasta que pasa alguien que quiere aprovechar el espacio y arranca ese papel.

El anuncio concreto que ilustra esta entrada trata de hacer publicidad de unos honrados falsificadores que, a cambio de un precio, que quizá se pueda ajustar llamando al teléfono que ahí aparece (y que es un móvil, posiblemente hurtado), elaboran para el cliente toda suerte de:

* Diplomas ¿Que no tuviste ocasión de terminar el doctorado en Física que ibas camino de hacer cuando se cruzó en tu vida aquel profesor que insistía en que no te aprobaba la secundaria a no ser que, por lo menos, fueras a clase? No hay problema. Aquí están para ayudar a resolver esos flagrantes casos de injusticia social y de discriminación intolerable.

* Atestados. Probablemente se trate de certificados médicos que permiten escaquearse del curro estés o no enfermo. No hay derecho a que las causas justas que hay de no ir al trabajo no puedan ser justificadas y sean descontadas por la empresa de las siempre insuficientes vacaciones anuales. Si uno es aficionado a los deportes de invierno, y es invierno, o tiene una clase de griego moderno para la que aún tiene que hacer los deberes, ¿qué tiene que hacer? ¿Irse de vacaciones, pudiendo caer enfermo tranquilamente? ¡La duda ofende!

* Historias laborales (трудовые книжки) ¿Qué ocurre si uno aspira a un merecido trabajo de director de recursos humanos, pero pasó durante los últimos veintidós años una mala racha y estuvo trabajando esporádicamente de repartidor de publicidad en negro? ¿Es motivo eso para condenar toda una vida? ¿No hay redención, perdón, expiación y todas esas cosas relacionadas con una segunda oportunidad? ¡Claro que sí, y para eso están aquí estas personas! En poco tiempo, hasta Belén Esteban podría tener un currículum que sería la envidia de López de Arriortúa, basta con llamar al teléfono de la foto.

Sí, los he llamado falsificadores, pero quizá he sido un poco injusto. En realidad, son como los Reyes Magos, unos benefactores prestos a cumplir los deseos de la gente.

¿Que los Reyes Magos no cobran por repartir felicidad?

Detalles sin importancia, detalles sin importancia...

viernes, 20 de abril de 2012

La conferencia (I)

Una conferencia es un lugar singular. Desde luego, representa una ruptura con la rutina que no deja de ser agradable; por otra, es raro que haya conferencias en que todas las ponencias tengan interés para cualquiera de los asistentes, por lo que, indefectiblemente, una parte del tiempo es una tortura china en que querrías estar en cualquier parte, menos donde estás. A ser posible sobre tu cama, con la almohada bajo el cuello y el pijama puesto.

Pero no. El destino te ha situado en una sala de un hotel, rodeado de ruskis entrados en carnes, y escuchando a un fulano que reúne todas las cualidades somníferas que se requieren: no sabe hablar en público y lo que dice no tiene el menor interés.

En estas circunstancias, dormirse sigue quedando feo. Hay quien no piensa así, pero, no sé si por suerte o por desgracia, no estoy entre ellos.

La cosa comenzó de rebote, como casi siempre. Acabo en sitios como éste porque no podemos faltar, y porque seguro que es muy interesante. Obviamente, el interés es variable y el hecho de que faltáramos no tendría la menor repercusión en la marcha del mundo, pero las cosas son así.

Yo suelo ser puntual, pero apurado. Digamos que nunca llego tarde, pero siempre llego justito, lo cual siempre lleva a unos minutos de nervios, antes de llegar y darte cuenta de que el acto no va a comenzar hasta dentro de por lo menos media hora, por mucho que el programa diga lo contrario, y que vas sobrado.

El caso es que, sobre todo si el hotel es nuevo en tu experiencia (no era el caso), buscas por dónde está la mesa de registro, y ves a un par de señoras delante de una mesa con un montón de acreditaciones extendidas sobre la misma en orden alfabético.

- Buenos días ¿El congreso de ahorro energético en la producción?

- Sí - dice una de las señoras levantando pesadamente la cabeza.

Dios mío, con la de chicas guapas que hay en Moscú, les debe haber costado muchísimo encontrar a este adefesio.

- Soy Alfor von Buchweizen.

- ¿De qué empresa?

- Chirimías Zonsa.

La señora rebusca entre las acreditaciones y sí, estoy inscrito. Qué pena...

Me da la acreditación y me toca ponérmela en plan cencerro. Por un lado, está mi nombre en ruso, para que lo entiendan los demás participantes; por el otro, está mi nombre en inglés, supuestamente para que lo entienda yo, que soy guiris y es cosa bien sabida que los guiris no tenemos derecho a entender el ruso. Todos contentos.

Entra uno a la sala donde se celebra el congreso y sólo hay cuatro gatos. Claro, eso pasa porque hay pocos pardillos que llegan a la hora anunciada, y no media hora después. Me siento junto al pasillo central, para verlo bien todo y asegurándome de tener sólo un vecino de asiento. Alguna vez me ha pasado tener dos vecinos de asiento del tamaño de un T-34 y, por desgracia (o no), esto no es precisamente un congreso de supermodelos femeninas.

Yo, que ya sé de qué va el percal, ya me llevo algo para hacer durante los períodos muertos. Poco a poco va llegando gente, y entonces uno de los organizadores toma el micrófono y, por los altavoces, suena la siguiente frase:

- Atención, atención. Anunciamos que varias de las intervenciones van a ser en inglés y otras en ruso. Los asistentes que no entiendan alguna de las lenguas pueden proveerse de auriculares para escuchar la traducción simultánea.

Revuelo monumental en la sala y caras de estupor entre los asistentes.

(continuará)

jueves, 19 de abril de 2012

Sección vinosexual


Seguimos con el recorrido por los anaqueles de los supermercado, y en esta ocasión nos detenemos en la siempre nutrida sección de bebidas alcohólicas, en la que tienen representación todo tipo de productos de prácticamente todos los países del mundo, excepto los musulmanes y eso porque no producen nada.

Y España, sí, señor. Vinos de distintas regiones y, no faltaría más, cava catalán, en este caso de una marca, "Vall de Juy", que nunca pensé yo que triunfaría en Rusia y que alguien lo compraría aquí sin soltar unas risitas.

Ya sé que en catalán, "Juy" suena "Zhuy", "Жуй", que significa en ruso "mastica", lo cual no queda muy bien para un cava.

Pero es que, si intentamos eludir lo anterior y lo pronunciamos en castellano, "juy" (хуй), la cosa se complica todavía más. En ruso, significa "polla".

Quizá, si tiene tantas ventas, será porque los rusos creen que de lo que se bebe se cría...

martes, 17 de abril de 2012

El restaurante (y IV)

(Viene de aquí, aquí y aquí)

Por fin, después de dar buena cuenta de la fideuà, había llegado el momento de los postres. La chica guapa, pero altanera, que provisionalmente hacía las veces de camarera hasta que un príncipe azul la sacara de allí, tuvo la inmensa amabilidad de traernos la carta, por lo cual le deberíamos estar eternamente agradecidos, al ver que nada menos que ella se ha dignado a hacernos el favor inconmensurable de darnos la carta de postres, a despecho de estar llamada para empresas mucho más altas que ésas, que ha aparcado momentáneamente por razones que no vienen al caso.

En la carta de postres del restaurantes, vi que había crema catalana. Me encanta la crema catalana. El cocinero de "Las doce uvas" consiguió, sin embargo, que me arrepintiera de pedirla, y esta vez no fue por el aura de aristocracia que despedía la camarera. Bueno, quizá esa aura de aristocracia contribuyese a evaporar la capa de caramelo que debe cubrir a toda crema catalana que se precie, pero yo prefiero atribuirle la culpa al cocinero. No todas las desgracias van a ser por la camarera.

En fin, que aquello era una calamidad. no parecía sino unas natillas de supermercado volcadas y alisadas sobre un recipiente ovalado y con unas cuantas migas de galletas dentro para hacer grumos.

A lo mejor eso explica el ataque de los servicios de seguridad al restaurante. En todo caso, hoy es el día en que el restaurante continúa cerrado y, cuando vuelva a abrir, parece que le va a dar carpetazo a la cocina española y se va a dedicar a otro estilo menos incomprendido.

O a lo mejor se lo quedan los okupas del servicio de seguridad y montan un restaurante ellos mismos. En ese caso, supongo que lo coherente es que se dediquen a la cocina argentina. :D