martes, 23 de octubre de 2012

Expats

Moscú, en esta época del año, y en casi todas, es un lugar bastante polvoriento y embarrado, con una circulación caótica, servicios muy mejorables y todo tipo de defectos para la gente de a pie. Pero no todo el mundo es gente de a pie, y esa gente debe tener un sitio digno para vivir.

De entrada, dejémoslo claro: no me puedo quejar, ni mucho menos. Es más, todas las noches, doy gracias a Dios delante de mis hijos, para que éstos lo escuchen, por las condiciones de vida de que disfruto; pero sigo viviendo en el Moscú de a pie, en el centro, con polvo, barro, charcos y botellas rotas esparcidas por la calle.

En Moscú hay unos cuantos sitios en los que vive la gente que no va a pie. Algunos son de rusos, como Barvija, donde está la residencia presidencial y las residencias de los próceres que no sólo tienen el riñón bien cubierto, sino que tienen cubierto el riñón de toda su familia, y hasta se lo pueden extirpar y cambiar por uno de oro, si fuera práctico el asunto.

Y otros son de expats.

¿Qué es un expat? Una definición aproximada podría ser que el expat es un extranjero enviado por su multinacional a Rusia (prácticamente siempre, a Moscú) para desempeñar funciones directivas en su sucursal moscovita. Se supone que las empresas no se animan a dejar los puestos "top" en manos de directivos rusos (que no abundan, cobran un ojo de la cara, y tienen unos dejes bastante difíciles de comprender para alto directivo extranjero), y mandan extranjeros con ganas de engordar rápidamente su cuenta bancaria.

Un rasgo exclusivo del expat es que no habla ruso. Ni ganas de aprenderlo. Es más, si habla ruso se siente un bicho raro y entra en el mismo círculo de sospechas de los directivos rusos y su comportamiento inclasificable. El expat pasa por aquí unos cuantos años, rara vez más de cuatro, se forra, al segundo año suele comprender que toda su experiencia anterior no sirve para gran cosa en Rusia, pero no sabe cómo explicárselo a sus jefes y prefiere mantener un perfil bajo (toma anglicismo) y dejar pasar el tiempo hasta su hui... cambio de destino. Tampoco pisa demasiados callos entre sus compañeros y subordinados rusos, porque una de las características del mercado de trabajo moscovita es que el paro es cero y que la rotación de personal es mareante, y no es cosa de que la gente se te enfade y se pire. Y los aumentos de sueldos que se van ofreciendo son directamente obscenos. Sí, ya lo sé, si eres español y estás en un país con más de cinco millones de parados y sueldos-bonsai, se te están poniendo los dientes largos. Qué le vamos a hacer.

Uno podría suponer que los hijos de los expats, en esa edad en que son como esponjas, aprenderían ruso con facilidad. No, hijos, no. Los hijos de los expats van al mediocre colegio angloamericano que pille más cerca del (lo voy a decir) "compound" en el que residan, donde la matrícula es más cara que un MBA en una universidad prestigiosa y les dan clase, no tendría ni que decirlo, en inglés. Más de uno seguramente habla mejor tagalo que ruso, aunque este último lo tenga como asignatura voluntaria los viernes a las cinco de la tarde.

Los "expats" son, en una abrumadora mayoría, hombres. La paridad y la igualdad son una chorrada monumental en este ámbito. Salen de casa prontito, y tienden a llegar tirando a tarde, cosa que, con los atascos que afligen Moscú, es de lo más normal. Hay casos graves de engorde durante el primer año de estancia del hombre occidental en Moscú. Entre la comida basura, las tartas, las fiestas de cumpleaños en el trabajo, el sedentarismo, los atascos y que directamente tienes que tener una voluntad firmísima para hacer deporte, la panza del directivo deja de ser dibujable con una regla, para serlo con un compás.

Los "expats" no suelen estar solos, sino que vienen acompañados por sus mujeres. Las mujeres de los "expats" son un tema aparte. Alfina conoce el tema mucho mejor que yo, pero me voy a atrever a dar algunas pinceladas sobre el asunto. La típica mujer de "expat" tiene un problema gravísimo: no sabe cómo rellenar las catorce horas del día en que no está durmiendo. Catorce horas, tú. Una eternidad. Para muchos de nosotros, disponer de catorce horas diarias, aunque sólo fuera una semanita, sería la mejor de las glorias, y no digamos si además disponemos de pasta en abundancia. Estas señoras, en cambio, como no hablan ruso ni lo aprenden (el ruso es imposible de aprender, como todos sabemos), y eso limita bastante su capacidad de movimiento, tienen varias opciones. La más obvia, y probablemente la mejor, es dedicarse a asuntos de caridad, cosa que hacen las mejores de entre ellas (y, a Dios gracias, hay bastantes). Eso puede ser un trabajo a tiempo completo, porque anda que no hay miseria y gente con problemas en Moscú, y en Rusia en general; el problema es que no todo el mundo sirve para eso de la caridad. Corres el peligro de ver y comprender que hay gente desafortunada, que no tiene asegurado comer ni cenar caliente (ni frío), que no tiene acceso a la higiene más básica y que vive peor que la mascota de muchas de ellas. Y, como es posible que eso revuelva la conciencia un poquito, y eso puede hacerte sentir mal, pues para eso mejor nos dedicamos a la segunda de las actividades que se pueden hacer con mucho dinero y catorce horas diarias libres, que es perder todo el tiempo que se puede y poner verde a alguien. No siempre al mismo, por supuesto.

En esta bitácora ya hemos entrado en un centro de concentración de "expats" en una ocasión. La entrada próxima vamos a atrevernos a hacerlo de nuevo. Di que sí, hombre.

viernes, 19 de octubre de 2012

Retorno a la casa Agustín López

Debo reconocer que la anterior visita que hice al restaurante español de Minsk no reunía los requisitos mínimos de una crítica razonada. Fue, digamos, una visita a traición, pillando a la Casa Agustín López con la guardia baja. De todas manera, mi crítica fue elogiosa, a despecho que lo que puedan pensar algunos comentaristas que hubo en aquella entrada. Yo no dije que la comida no estuviera buena, porque no es verdad: nos pusimos como el Quico por cuatro chavos, que es lo de que se trata. Lo que sí dije es que la comida, por muy buena que estuviera, no era española, y de eso no me desdigo.

Pero bueno, pelillos a la mar. No olvido que la visita de entonces fue al mediodía, en pleno "business-lunch" y con algo de prisa, ante la inminencia del vuelo de retorno a Moscú. Y que los restaurantes rara vez dan lo mejor de sí mismos entre semana, con toda la gente apresurada que les visita.

Para compensar, y recién llegados a Minsk, llegada la hora de cena decidimos, siguiendo mi consejo, ir al español, claro que sí.

Tres años pueden ser muchos para un restaurante en Moscú. Salvo algunos pesos pesados y los grandes decanos (y aun ésos no las tienen todas consigo), los restaurantes de moda cambian de tendencia más que los votantes flojos. En Minsk, en cambio, parece que no, y que el gobierno de Lukashenko será lo que será, pero aporta estabilidad al país, hasta el punto de que los restaurantes que gozaron de nuestro concurso fueron casi exactamente los mismos que nos habían acogido tres años atrás.

Entramos en la Casa Agustín López. El interior no había cambiado absolutamente nada, y seguía siendo igual de rojinegro de entonces, con ese cruce entre restaurante chino y sede de Falange.

Nos sentamos a la mesa, y llegó una camarera tirando a altiva, que nos tomó la nota de la bebida. Ya se dio cuenta de que había un español entre la concurrencia, y yo creo que dio parte presto a la KGB del restaurante, porque, poco después, llegó un señor vestido de cocinero y hablando en español.

- ¡Buenas tardes!

Un cubano.

- ¡Buenas tardes!
- ¿Qué van a tomar?

Un cubano solícito.

- ¿Qué nos pueden ir recomendando? - ya sé que hacer esa pregunta al que evidentemente es el cocinero no es demasiado inteligente, pero, ya que el cocinero había salido de la cocina, supongo que había que hacerla.

- Bueno, pues tenemos la ternera, la paella...
- ¿Paella? - me quedé mirándolo.
- Sí, paella. Tenemos la de carne y la de pescado.

Miré los ingredientes de cada plato. La de pescado, en realidad, más bien era una paella mixta, pero eso lo podíamos dejar pasar.

- Usted es de Cuba, ¿verdad?
- Sí, señor, pero soy nieto de españoles. Gallegos.

Como todos.

- De aspecto exterior, soy español. Mi compadre Luis, que está por ahí, ése no. Ése se tostó demasiado.
- Ah, estuvo demasiado tiempo al sol.
- Eso es... ¿Y usted de dónde es, dentro de España?
- Soy de Valencia.
- Ah, pues la paella es original de allí.

Como si no lo supiera yo.

- Sí, sí, de allí.

¿Lo hago o no lo hago?

- Venga, pues voy a pedir una paella. Ésta, la de pescado.

Lo hice. No sabía si me iba a arrepentir.

- ¿La de pescado? Adelante. Ahora mismo voy a por ella.
- ¿Tienen vino español?
- Ah, el vino es cosa de mi compañero. Ahora lo llamo.

El compañero, efectivamente bastante tostado, y no menos cubano que el cocinero, se acercó por allí, mientras el cocinero se iba a darle uso a la paella.

- ¿Tiene vino español?
- ¿Español? Bueno, hemos tenido algún problemilla con las entregas. A lo mejor tenemos pasado mañana.
- ¡Vaya! ¿No hay?
- Bueno, tenemos vino bielorruso.
- ¿Vino bielorruso?
- Sí, bueno, los materiales son españoles, pero bueno, a saber luego lo que le echan.
- Mmm... casi que vamos a pedir cerveza.

Cosa de media hora después, llegó la paella. No estaba mal. Nada mal. El cocinero, ante la perspectiva de tener un valenciano de cliente, se ve que se había empleado a fondo, y había logrado un buen resultado. A mí me hubiera gustado algo más de socarrat al fondo, pero la cosa estuvo muy bien.

En general, Minsk está bien. Como siempre. Hay una pequeña comunidad de españoles, otra bastante entusiasta de estudiantes de español, y la ciudad está limpia y ordenada. Del resto del país, no sé nada, pero me gustaría tener unos cuantos días para ver sitios como Grodno, o el castillo de los Radzivill.

Pero eso será en otra ocasión. En ésta, por desgracia, no toca. Y la siguiente ya veremos cuándo será.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Gente famosa

De verdad que ha sido una casualidad, pero me encontraba en Minsk, nada menos que en Minsk, el viernes pasado, Día de la Hispanidad y, como quien no quiere la cosa, día en que tuvo lugar el Bielorrusia - España de fútbol. La foto la saqué de chiripa, y uno de los que está entrando en el ascensor es Jordi Alba. Creo que otro es Cesc, ése que falló un penalty ayer.

Puesto que no había nadie del Levante convocado (injustamente, por supuesto), a mí plim, pero quienes iban conmigo, bielorrusos o no, estaban en un elevado estado de histeria ante la presencia de los campeones de todo, pero todo todo. Unos cincuenta fanáticos estaban a las puertas del hotel esperando que pasaran los futbolistas, a unas temperaturas de dos grados que, la verdad, no animaban mucho la espera. Sin embargo, allí que estaban. Yo intenté pasar, porque mi mala suerte quiso que mis compañeros de viaje me esperaran dentro, pero los guardias de seguridad bielorrusos no bromean cuando tienen que actuar. Eso sí, la seguridad es manifiestamente mejorable, y la prueba es que entrando por la puerta del casino llegabas prácticamente hasta la cocina, y sin tener que pasar frío. Y así saqué la foto.

El partido ni me planteé verlo en el estadio, y eso que a esas horas no tenía nada especial que hacer. Me fui a cenar con unos compañeros y lo vi en un restaurante bielorruso, donde, lógicamente, había una clientela básicamente bielorrusa. Con ello creo que me convertí en uno de los poquísimos españoles que pudieron ver el partido por televisión, porque me parece que en España nadie quiso retransmitirlo.

No me extraña.

En el restaurante los goles se recibían con la mayor de las indiferencias, en plan: "Mira, han marcado otro." "Pues qué bien." Ni siquiera los españoles que estábamos allí prestábamos la menor atención al partido.

El retorno a Minsk, después de unos años, ha sido bastante agradable. Todo muy limpio, como siempre, y cada vez mejor cuidado. La prensa occidental se refiere a Lukashenko como el último dictador de Europa, entre otras lindezas, y le tiene prohibida la entrada, pero allí nadie parece excesivamente preocupado por el asunto. Otra cosa es que desde el punto de vista económico estén poco menos que condenados a ser una colonia de Rusia, por mucha unión aduanera que hayan formado.

Pero hay una cosa que quedó pendiente en el último viaje, ya lo creo, y es visitar como es debido el único, que yo sepa, restaurante español de Minsk. Ya estuve en una ocasión, pero al mediodía y con el "business-lunch", que de español no tenía ni la eñe. Ahora tocaba ser algo más serio con la crítica gastronómica, y así ocurrirá en la próxima entrada.

lunes, 15 de octubre de 2012

Leguleyos

No es por ponerme flores, pero ha bastado que una de las integrantes del grupo punkarra blasfemo "Pussy Riot" haya cambiado de abogado defensor, y que el nuevo abogado defensor haya llevado la defensa de una manera, ahora sí, más profesional, para que la hayan soltado. Sus dos compis, que siguen con los abogados que tenían, siguen en sus respectivas celdas.

Resulta que la punkarra liberada no había llegado a participar en la acción, porque los servicios de seguridad de la catedral no la dejaron llegar hasta el altar, así que las que montaron allí el numerito fueron las otras dos y alguna más.

Uno se pregunta qué clase de abogado es ése que no acierta a seguir una línea de conducta tan simple como: "Mi cliente no perpetró el delito de que se le acusa", en lugar de perderse en quisicosas y zarandajas sobre la libertad de expresión en Rusia, como si no hubiera una forma simple y efectiva de sacar a tu cliente de la trena. Eso no es ni de primero de Derecho: es del parvulario de abogados.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Gostis (y IX): en el Pato Hambriento

Mis gostis querían ir al Hungry Duck, y resulta que el Hungry Duck, en sus buenos tiempos (y aquéllos lo eran), era la discoteca más desfasada de Occidente. Así se anunciaba, y probablemente no le faltara razón.

Aquello era la repera. Valía literalmente todo. Te podías encontrar allí mujeres absolutamente despelotadas, parejas (o tríos, o cuartetos) en arrebatos súbitos de pasión erótica, sexo en grupos masivos, trozos de carne tirados por el suelo apenas cubiertos por ropa y supurando alcohol por todos los poros. El Hungry Duck era la quintaesencia del Moscú de los segundos noventa, totalmente carente de normas morales que no fueran más allá de desfasar más y más aún. Y los martes, para que el negocio no les bajase en esos aburridos días de entre semana, los dueños montaron las "Ladies' Nights".

Las "Ladies' Nights" tenían un mecanismo muy sencillo. A eso de las siete de la tarde se abría el garito, pero sólo se dejaba entrar a mujeres, que además tenían barra libre. Ni un hombre dentro. Durante un par de horas, una jauría de mujeres estaba dentro del bar bebiendo gratis. Después se dejaba entrar a los hombres (éstos sí, pagando), que se encontraban dentro con una recua de mujeres marchosas y medio borrachas (o sin el medio). No veo necesidad de describir lo que podía pasar a continuación, y más teniendo en cuenta que en Moscú, y más concretamente en aquel lugar, los límites, si los había, estaban lejísimos.

Llegó el segundo milenio, y con él Putin y los suyos. Alguien debió percatarse de que, si no ponían coto, aunque fuera un poquito, al desmadre que era Rusia entonces, no sólo es que no la iba a reconocer ni la madre que la parió, es que se iba a convertir en la Tailandia de Europa. Y las cosas fueron cambiando un poquito, a Putin comenzó a vérsele en público con el patriarca Alejo, que tendría sus cosas, sí, pero que era la única referencia moral aprovechable que había disponible.

El Hungry seguía funcionando. Al parecer, un diputado de la Duma fue llevado allí de forma más o menos casual y lo que vio le hizo flipar en colores. En la Duma comenzó a hablarse del Pato, lo cual indudablemente era una buena publicidad y en casi cualquier otro país hubiera sido beneficioso para su popularidad, pero en Rusia las autoridades son únicas para el hostigamiento a un negocio y, efectivamente, el Pato fue hostigado hasta caparlo. Últimamente ha abierto de nuevo en un lugar diferente, y este verano he pasado un par de veces por la puerta y hasta he estado a punto de entrar a ver cómo se lo habían montado, pero me rajé.

Aquella noche, no.

Kúkoch, destrozado después de la orgía compradora en el mercadillo de cedés, decidió quedarse en casa. Manolo y Spassky sólo querían salir un rato y Tortajada decía que también, así que la noche prometía ser pacífica. Para hacer tiempo, Tortajada pilló una botella de whisky que no sé de dónde salió (en Rusia, parece que el alcohol surge por arte de birlibirloque) y se puso a darle algún tiento.

- Ayayay - dijo Spassky.
- ¿Qué pasa? - le pregunté.
- Que Tortajada está bebiendo... y tú no sabes cómo se puede poner cuando bebe.
- Pero si es un probo funcionario municipal... una persona intachable. Por muy chiflado que se ponga, nunca será incontrolable.
- Tú no lo has visto.

No le hice mucho caso.

El Hungry Duck estaba en Kuznetzky Most, prácticamente a pie de metro, y a dos paradas de metro de donde vivía yo entonces. En el breve paseo de casa al metro ya empecé a percibir algo extraño.

- I believe in Chiquito... ¡Viva! - decía Tortajada, mientras le daba otro tiento a la botella.

Me rasqué un poco la barbilla.

- ¿Lo ves? - me decía Spassky, mientras Manolo se compraba un helado en el quiosco más cercano.
- Bueno, si sólo es esto...
- Ya verás.

Llegamos al Pato, y entramos sin muchos problemas, tras pagar los cuarenta rublos de entrada. Hoy, cuarenta rublos son un euro; entonces un rublo equivalían a veinticinco pesetas, con lo que, más o menos, un euro venían a ser seis rublos. Unos seis euros era la entrada. Manolo, Spassky, Tortajada y yo entramos, apartando las densas nubes de humo que había por allí.

El Pato era pionero en muchas cosas, pero una de ellas era que todo el mundo podía hacer lo que le diera la real gana, sobre todo si lo que le daba la gana era bailar en la barra. El Pato tenía una barra que formaba una circunferencia (bueno, más bien una elipse, pero nos entendemos), en cuyo centro había dos mesas. Una de las mesas era donde los camareros servían bebidas, porque la barra estaba llena de gente bailando y, claro, allí no se podía trabajar. En la otra mesa bailaba una chica desnuda, salvo un minúsculo tanga. Esa chica había sido contratada por el local para enardecer al personal y, de hecho, conseguía que muchas chicas se desinhibieran totalmente. Bueno, o al menos parcialmente.

- I believe in Chiquitoooooo! - decía Tortajada, que ése sí que estaba totalmente desinhibido.

Los cuatro nos pusimos a bailar sobre la barra, aunque nos costó bastante encontrar sitio. No bien nos hubimos subido los cuatro, cuando Tortajada dio un brinco, que en su estado nadie hubiera sospechado que fuera capaz de dar, y apareció en la mesa del centro, bailando junto a la chica de las tetas al aire.

Yo creo que le salvó que llevaba gafas y cara de panoli. Un... ejem... camarero, vestido de negro, fornido y con el pelo al centímetro, se le acercó, indudablemente indicándole que si quería bailar tenía la barra, como todo el mundo, y que dejase en paz a las go-gos.

Tortajada dio otro salto, pero se equivocó de lado de la barra y apareció en el lado opuesto al nuestro. La cosa se ponía complicada. Nosotros seguíamos bailando como si tal cosa, pero Spassky no perdía ripio de lo que pasaba con Tortajada.

Tortajada se dio cuenta de que se había ido al lado contrario, y se puso a hablar con el "camarero" que le había reprendido, para que le dejase volver a nuestro lado pasando por la mesa del centro. El "camarero" negó vehementemente con la cabeza, pero, en cuanto se dio la espalda, Tortajada dio un saltito y apareció otra vez bailando junto a la go-gó. Y esta vez incluso parecía que estaba a punto de manosearla un poco.

El camarero segurata se dio la vuelta y se encaró con Tortajada con ganas de dejarle muy clarito quién mandaba allí. Por una inspiración inesperada, Tortajada dio otro saltito y apareció en un tercer lado de la barra, esquivando al camarero. A su lado había bailando una chica, bastante desinhibida, tanto, que prácticamente tenía las tetas fuera. Aparte de las tetas, que la verdad es que imponían bastante, el aspecto del resto de la chica era poco atractivo, por no decir de adefesio completo, pero Tortajada ya estaba más allá de todo eso y empezó a bailar a menos de diez centímetros de ella, y acercándose cada vez más.

La tetuda no parecía oponerse al asunto. De hecho, parecía estar en un estado etílico en todo semejante al de Tortajada, con lo que incluso hacían buena pareja. Sólo faltaba que Tortajada perdiera las gafas para que se concentrara únicamente en los pechos, que muy miope tenía que ser para no verlos, y no pudiera ver el resto de la chica, que quizá le hubiera disuadido de estar por allí. Lo malo fue que la tetuda estaba allí con un maromo, y con un maromo inmenso, de los que necesitan varios espejos de cuerpo entero para verse del todo. El maromo, todo hay que decirlo, estaba tan ebrio como los otros dos, y quizá como los otros dos juntos, pero debía ser de esa subespecie a la que le da la borrachera violenta.

Tortajada corría peligro, y esta vez no le iba a salvar la cara de panoli, ni las gafas. El maromo estaba ya a su lado con ganas de enviar a Tortajada a varios metros de allí de un soplido, cuando apareció Spassky, que se había abierto paso trabajosamente entre la barra, se interpuso entre el maromo y nuestro amigo, y le dijo al maromo que tuviera compasión de los funcionarios municipales españoles en estado de embriaguez. Antes de que el maromo tuviera tiempo de apartar de un manotazo a Spassky, éste ya había logrado separar a Tortajada de la tetona y traérselo junto a nosotros, para alegría de Manolo, que hacía tiempo que no le daba un abrazo.

Tortajada no estaba conforme del todo, y lo cierto es que conseguía no quitarle ojo, simultáneamente, a la go-gó de la mesa del centro y a la tetona. Supongo que son las ventajas que tiene ser bizco. Así que, ni corto ni perezoso, dio un brinco, cayó sobre la mesa central, tropezó con la go-gó, no sé si adrede o sin querer, cabreó al camarero segurata, dio otro brinco, aterrizó junto a la tetona, sorprendió al maromo, que por poco no se cae de la barra, se abrazó a la chica, le dijo no sé qué ni en qué idioma, y luego empezó a dar vueltas alrededor de ella. Era difícil hacer más en los diez segundos que duró todo esto.

Tortajada estaba consiguiendo algo que parecía imposible: que echaran a alguien del Hungry Duck, y que ése alguien fuera él. Es más, durante varios años he estado presumiendo de amigo original.

- Y soy amigo de Tortajada, que estuvo cerca de ser expulsado del Pato.
- Eso es imposible - decían todos.

Finalmente, Spassky se encargó de apartar al maromo de las inmediaciones de Tortajada, mientras yo me encargaba del segurata y le prometía que no volvería a ocurrir algo así, y la go-gó se apartaba de la mesa, porque ya había bastante gente semidesnuda y no hacía falta caldear más el ambiente; la misma tetuda había pocas prendas de las que se pudiera desprender, y había algunas mujeres más igual de desprendidas que, para mi gusto, estaban de mucho mejor ver que la de Tortajada, pero esto sólo corrobora que los gustos de Tortajada y los míos eran diferentes.

Como el segurata ya nos había pillado ojeriza, y hay enemistades que es mejor no cultivar, decidimos ir saliendo de allí poco a poco.

- Venga, Tortajada, que nos vamos.
- ¡No! ¡No! I believe in Chiquito! In Chiquito! ¡Yo me quedo!
- Bueno, tú verás, pero nos vamos al Papa John's.

Entretanto, la tetuda había caído de la barra, cargada con el peso etílico que gravitaba sobre su cabeza, y yacía semiinconsciente sobre una mesa, al otro lado de la barra.

- ¿Y qué hay en el Papa John's?
- ¡Bah! No te interesará... Todos los sábados, a la una de la madrugada, hacen un concurso de camisetas mojadas, y luego subastan la camiseta.
- ¡Vamos al Papa John's! I believe in Chiquitoooooo...!
- Que sí, que ya lo sabemos...

* * *

Bueno, así era Moscú en los salvajes noventa. Y la verdad es que no ha cambiado demasiado. Es menos basto, si se quiere, y lo que sí es es muchísimo más caro.

Los gostis se fueron al día siguiente por la tarde. Kúkoch, Manolo, Spassky y Tortajada, éste último con un notable dolor de cabeza y una afortunada amnesia etílica, tomaron la derrota de España. Mi novia volvió de Tallin al día siguiente, justo el famoso 17 de agosto de 1998 en que el rublo se devaluó un 400% y los felices años noventa acabaron de golpe; todavía siguió siendo mi novia unos cuantos meses más, sin traumatizarse mucho por la escena de los gostis quitándose los pantalones al llegar a su casa, pero finalmente dejó de serlo.

Y así termina el recuerdo que esta bitácora ha dedicado a esos personajes entrañables, los gostis, con unas lagrimitas en su despedida, porque nos hemos acostumbrado a ellos y porque, aunque es verdad que, mientras los tenemos cerca, dan mucho por saco, cuando se van dejan un vacío muy grande y se les echa de menos.

Y ahora, a por el siguiente asunto, retomando un tema anterior ¿Es Rusia una unidad de destino en lo universal?

martes, 9 de octubre de 2012

A próposito de agencias matrimoniales

Un hombre llega a una agencia matrimonial.

Secretaria:
- ¿A quién quiere elegir?
- A una chica rubia de entre veinte y treinta años, de 1,75 de altura, 60 de cintura, talla cuatro de pecho, y que esté bien situada: piso, coche y casa de campo.
- Perdone, pero usted tiene 55 años, mide 1,65, y creo que le vendría mejor una de 45 años, morena, y talla tres de pecho.
- ¡No! ¡Tiene que ser cuatro!

La secretaria, tras intentar convencerle mucho tiempo, y ya algo mosqueada, le dice:

- ¡Venga ya! ¡Sólo una tonta, teniendo esas características, puede querer casarse con un fracasado, calvo, pobre y enfermo como usted!

Y el hombre, suspirando, dice:

- ¡Bueno, pues que sea tonta!

Y ahora en ruso:

В бюро знакомств обращается мужчина. Служащая:

- Кого бы вы хотели выбрать?

- Девушка, 20-30 лет, блондинка, рост - 175, талия - 60, бюст - 4-ый номер, обеспеченная: квартира, машина, дача.

- Простите, но при вашем возрасте 55 лет и росте 165 см, может, вам подойдёт 45 лет, брюнетка, 3-ий номер?

- Нет! Обязательно четвёртый!

Служащая, после долгих уговоров, в сердцах:

- Ну ладно! Только дура, имея такие данные, может согласиться выйти замуж за неудачника, лысого, бедного и больного!

Мужчина, вздыхая:

- Хорошо, пусть будет дура!

Y en la próxima seguimos con los gostis, de verdad...

lunes, 8 de octubre de 2012

Vivan los novios

Hace unos días, unos novios daguestaníes se casaron en Moscú. Los daguestaníes son unos señores muy musulmanes y de costumbres ruidosas que proceden de Daguestán, una república federada de por allí por el sur, por donde hay guerrilleros y esas cosas. Sí, es fronteriza con la famosa Chechenia. El caso es que los daguestaníes en cuestión no se conforman con quedarse en Daguestán (lugar que no he visitado y que seguramente tardaré bastante en visitar), sino que están bastante desparramados por aquí y por allá. Y algunos han llegado a Moscú, y hasta se casan por allí.

Hasta aquí, no hay nada de particular, salvo que los alegres invitados de la boda se pusieron a aplicar las ancestrales costumbres de su lugar de origen. En Valencia, la costumbre es poner una traca a la salida de la iglesia y tirar mucho arroz a los novios. En otros sitios, no sé muy bien qué hacen (en las películas gringas atan latas vacías al coche de los novios, para que hagan ruido al arrancar), pero todos los que vivimos en Moscú nos hemos enterado perfectamente de cómo lo hacen en Daguestán: en Daguestán, los amigos del novios pillan una ametralladora, que allí debe ser como un electrodoméstico más, y sueltan unas ráfagas al aire (o no, no sé...). Eso fue lo que hicieron la semana pasada, subiendo por la Tverskaya, a dos pasos del Kremlin.

Si a mí se me ocurre ir por la Tverskaya con una ametralladora, y no digamos dispararla, iba a tener problemas pero que muy serios. Los amigos del novio no. Los amigos del novio, aunque se sabe perfectamente quiénes son, se han ido de rositas. Supongo que precisamente ha sido por eso: porque se sabe perfectamente quiénes son, y parece que es mejor no meterse con ellos.

La cosa ha supuesto cierto revuelo. Veamos un más o menos chiste que se cuenta.

Noticias del futuro próximo

El tribunal municipal de la Sharia de Moscú ha declarado culpable a un tal ciudadano Ivanov, el cual, violando todas las costumbres, intentó adelantar al cortejo nupcial del estimado clan de los Mamedov, e incluso se permitió increpar a los invitados, que estaban saludando pacíficamente a los novios con festivas ráfagas de metralleta.


Ahora va en ruso.

Новости недалекого будущего.

Московский городской шариатский суд признал виновным некоего гр. Иванова, который, в нарушение всех обычаев, пытался обогнать свадебный кортеж уважаемой четы Мамедовых, а также позволял себе делать замечания в адрес гостей, мирно приветствовавших молодоженов праздничными автоматными очередями.


Anteayer, vino a poner paz en este entuerto nada menos que el popular presidente de Chechenia (otro país donde hay más metralletas que churros), Ramzán Kadírov, un muchacho (porque es un muchacho) capaz de ganar las elecciones con más del 100% de los votos. De forma didáctica, Kadírov dice que van a limitar las ráfagas de metralleta en las bodas. Que el sentido de las ráfagas es simplemente avisar de la llegada de la novia, para que los invitados estén alerta, pero que en el siglo XXI eso se puede hacer (también) con SMS o llamando al móvil.

Ah, bueno.

El día menos pensado, igual limitan también los raptos de las novias y cosas de ésas. Total, estamos en el siglo XXI, y existen las agencias matrimoniales.