viernes, 4 de mayo de 2018

Predicadores

Los testigos de Jehová son una población particular. Para empezar, son unos herejotes de tomo y lomo, que no creen que Jesús sea Dios, con lo que mal podemos considerarlos cristianos. Para continuar, son unos pesados de categoría especial. Yo ya sé que el proselitismo es inherente a toda religión, e incluso a todo pensamiento, pero de ahí a dar la vara a deshora hay un trecho enorme.

La verdad es que tengo familiares, o eso creo, que son testigos de Jehová. Para ser exactos, que son testigos de Jehová es seguro, pero no tanto que sigan siendo familiares míos, porque hace tantísimo tiempo que no tengo contacto con ellos que no estoy cierto de que sepan que existo en este mundo. Parece que lo del contacto con gente de fuera de su secta es algo que tienen limitado a los solos efectos de la predicación, y que deben tener prohibido acercarse a nadie que tenga una formación sólida y les pueda hacer tambalearse en sus convicciones de que, con suertecilla, se van a meter en la cifra de ciento cuarenta y cuatro mil personas, ni una más ni una menos, que se van a salvar.

Mi primera experiencia con ellos fue, como casi siempre, un domingo por la mañana, momento en que salen a cazar incautos que no estén en misa. Creo recordar que yo era un chaval de primero o segundo año de universidad, cuyos padres y hermanos se habían ido a pasar el fin de semana al pueblo, y que, en suma, estaba solo en casa. El sábado por la noche no me acostado precisamente temprano, y ni siquiera estoy seguro de que lo hubiera hecho sereno, pero desde luego que sobrio del todo no había estado.

En estas circunstancias, encontrarse con el timbre de la puerta sonando a las nueve de la mañana del domingo sólo se puede calificar de devastador ¿Quién podría ser?, dije para mis adentros, pensando en que pudieran ser mis padres que hubieran vuelto del pueblo inopinadamente y se hubieran olvidado las llaves. Con este pensamiento, me levanté de la cama, me puse en posición digna, como para hacer ver que mi estado no era lamentable en absoluto, y arrimé mi ojo a la mirilla. Vi al otro lado de la puerta dos mujeres y, sin saber muy bien a qué atenerme, abrí. Una era joven y la otra mayor, que tal debe ser la composición habitual de los grupos proselitistas de los testigos.

- Buenos días - dije algo confuso.

- Buenos días - dijo la mayor, mientras me alargaba un ejemplar de 'Atalaya' -, queremos acercarte a Dios.

- ¿A... Dios?

- Sí, a Dios - dijo la joven - ¿Tú estás en contra de la violencia?

No sé si era la pregunta más adecuada para hacer a un joven a las nueve de la mañana de un domingo tras una noche de jolgorio.

- A favor, a favor - repuse -. Estoy a favor de la violencia - y debí poner una cara de irritación máxima -. He pensado votar a Herri Batasuna en las últimas elecciones.

Debió ser una respuesta inesperada. Las dos mujeres se miraron sin saber muy bien cómo proseguir su predicación.

- Bueno - dijo la joven, dando un paso atrás -, pues ten cuidado.

Ya no volví a verlas. Quiera Dios que hayan encontrado el camino recto y hayan vuelto al seno de la Iglesia y abandonado la superchería de su secta.

En mis años en Rusia, no vi un solo testigo de Jehová. Parece que Putin los tiene atados bien corto y que no permite que se desmande nadie que no sea ortodoxo o luterano, y que incluso a los católicos nos mira con prevención (pero de eso ya se ha escrito en esta bitácora muchísimas veces).

Eso sí, ha sido llegar a Bélgica y reaparecer los testigos en mi vida.

En nuestra primera casa, hace ya un par de años, volvía yo de correr por el bosque y estaba estirando antes de entrar en casa, cuando se paró junto a mí un señor que, por las trazas, debía andar por la cincuentena avanzada. Después de ponderar con amables palabras que dedicase un sábado por la mañana a cultivar el cuerpo, insinuó que debía hacer lo propio con el alma, y que Dios me ayudaría más de lo que sin duda ya lo hacía.

Por muy agradable que sea tal consejo, no es lo que espera oír alguien que vuelve a casa tras veinte kilómetros de triscar por el bosque y que sólo quiere estirar un poco para recuperar la musculatura y, acto seguido, meterse en la ducha a quitarse el sudor y las manchas de tierra. Este sentido de la oportunidad o, mejor, de la inoportunidad, debe ser algo que caracteriza a los testigos de Jehová, al menos a juzgar por las veces que han aparecido en mi vida.

Así y todo, uno ha recibido buena crianza y, salvo la penosa experiencia relatada más arriba, no está en mi naturaleza mandar a hacer gárgaras a mis interlocutores, por peñazo que sean.

- Por supuesto que también hay que ocuparse de cultivar el espíritu, tiene usted mucha razón - dije, mientras sujetaba el empeine para tensar el cuádriceps derecho.

El hombre, que iba solo, por lo que deduzco que no estaba de servicio ni formaba parte de un comando predicador organizado, vio el cielo abierto.

- ¡Claro que sí! Venga conmigo al salón del Reino, allí hablaremos de Dios.

Fue oír las palabras 'salón del Reino', caer en la cuenta de que era sábado, y darme cuenta de qué pie cojeaba mi espiritual heresiasca. Le dije, pues, que lo tenía claro si quería incorporarme a su congregación, que era católico a machamartillo, y que, si ni siquiera la Iglesia Católica en Bélgica me había hecho apostatar, lo más probable es que lo fuera a ser muchísimo tiempo más, y hasta toda la vida, si Dios quería.

Con una sonrisa beatífica, mi interlocutor lamentó mi, según él, errónea decisión, pero me invitó a acudir al salón del Reino, a donde él mismo corría peligro de llegar tarde, así que siguió su camino, y yo me agarré el otro empeine para recuperar el cuádriceps de la otra pierna.

Y así hasta el martes pasado, primero de mayo, en que volví a enfrentarme a una pareja de predicadores, esta vez de sexo masculino, pero igualmente uno de edad más avanzada y otro que estaría en sus últimos veinte. Llamaron a la puerta sobre las diez y media (que ya es otra cosa), mientras Ame y yo estábamos desayunando. Ame, que está lejos de ser el niño adorable que fue y se ha convertido en un adolescente con todo lo que ello significa, siguió desayunando como si tal cosa, y yo bajé a ver qué quería la pareja. Por suerte, no se dieron cuenta de que la puerta sigue abriéndose con empujarla un poco (de la puerta trataré otro día, espero), y estaban allí, tan campantes.

Dijeron ser de la comunidad de testigos de Jehová del municipio. Se me hace raro que la haya en Uccle, un lugar acomodado donde yo diría que la gente es, o católica, los menos, o directamente descreída a fuerza de molicie, desorden y posición económica acomodada, que debe ser el caso de la mayoría. Yo les dije que era católico y que el Señor había hecho en mí maravillas sin necesidad de escuchar monsergas como que Jesús no es Dios. Ellos dijeron que querían discutir de la Biblia conmigo, y que si hacía falta lo harían con mi Biblia. Yo repuse que mi Biblia, la que tengo a mano, estaba en ruso, y allí ya acabó la cuestión, porque parece que la Hightower no prepara a sus predicadores para tales eventualidades. Aún así, se quedaron con mi dirección y yo les dije que de mil amores les recibiría en otra ocasión. Y, añadí para mí, en otra ocasión en que no tenga el desayuno a medias.

Volverán, supongo, dentro de unos años. Cuando hayan aprendido ruso.

martes, 1 de mayo de 2018

Duodécimo aniversario, y San Vicente en Bélgica

La verdad es que hace unas dos semanas que empecé a escribir esta entrada, en uno de esos arranques de 'voy a volver a escribir con regularidad', que lamentablemente se han visto frenados por la dura realidad diaria, que no me deja demasiado lugar para florituras. De hecho, empecé a escribir el lunes siguiente al lunes de Pascua Florida, un bonito 16 de abril, y me he plantado en el primero de mayo con la entrada a medias. Y el primero de mayo es el cumpleaños de esta bitácora languideciente y siempre en espera de tiempos mejores que no llegan.

No voy a comentar demasiado el ritmo de publicación, que ya es demasiado evidente que no da más de sí. Es más, parece que nos vamos acercando a ese momento temible en que haya una sola entrada al año: la del aniversario. Bueno, la de Navidad también es casi obligatoria. Yo ya hago lo que puedo, pero los quehaceres cotidianos en esta Bruselas de mis entretelas me tienen desvelado y mucho más trabajado de lo que estaba en Moscú. Pero aquellos eran otros tiempos, con sus ventajas y sus inconvenientes, y es inútil añorarlos. Sigo pues con la entrada de entonces, porque...

Pasando a asuntos menos controvertidos, un lunes pasado se celebró el día de San Vicente Ferrer en todo el Reino de Valencia, cuyo patrón es, y además comenzó el año jubilar vicentino, que durará más de un año civil, porque San Vicente siempre es el lunes siguiente al de Pascua y, como la Pascua de 2019 será posterior a la de este año, el resultado es que tendremos más de doce meses de jubileo. Bienvenidos sean.

Es difícil exagerar la importancia del pare Vicent en Valencia. Basta con darse una vuelta por el centro de la ciudad y mirar en torno de uno, procurando, eso sí, no confundir a San Vicente Ferrer, que es el de la entrada de hoy, con San Vicente Mártir, que vivió algo más de un milenio antes que el primero y que, patrón de la ciudad de Valencia, tiene también un espacio muy importante en la misma. Pero no es el San Vicente del que toca escribir hoy.

San Vicente fue una de las personas más importantes de su tiempo, incluso en su vertiente civil. No sólo tuvo una actuación fundamental en la solución del cisma de Occidente, a pesar de su amistad con Benedicto XIII, sino que fue partícipe de uno de los acontecimentos que prepararon la unidad de España, cual fue el Compromiso de Caspe, al que acudió en representación del Reino de Valencia y donde su parecer fue decisivo para la elección de Fernando de Trastámara como monarca en la Corona de Aragón. El nieto de este Fernando sería otro Fernando que fue el artífice de la hegemonía española durante el principio de la Edad Moderna... pero ésa es otra historia.

A pesar de su enorme importancia como político, San Vicente nunca dejó de ser un dominico, un humilde miembro de la Orden de Predicadores, por muchos milagros que hiciera. Se pateó el Reino de Valencia, y varios países más, en todas direcciones, y casi siempre a pie, salvo cuando ya era de edad avanzada e iba subido a un asno. Su fuerte era la predicación, y se dice que tenía don de lenguas, y que los que lo escuchaban predicar le entendían en su propia lengua, a pesar de que San Vicente no hablaba sino latín y valenciano. Hace poco escuché en un programa de radio en el que se leyó su biografía que hablaba latín y español. El valenciano es una lengua española, ciertamente, pero, si se referían al castellano, parece que San Vicente no lo hablaba.

Entre los viajes que hizo San Vicente, y con notable anacronismo, sus biógrafos mencionan Bélgica. Bélgica no existió como tal hasta 1830, varios siglos tras la muerte del santo. En aquellos tiempos, las tierras que hoy son Bélgica eran un rompecabezas de ciudades libres, señoríos de distintos pelaje y feudos religiosos y seglares, que no adquireron cierta estructura unitaria hasta un siglo después, cuando nuestro Carlos I, que era de aquí (de Bélgica) los formó como un estado patrimonial de los Austrias.

Contra su costumbre, San Vicente parece que no llegó a pie a estas tierras, sino por mar, y que predicó en Brujas, que en aquel entonces era una ciudad opulenta entregada a un frenesí constructor (más o menos como la Valencia de unos años después). Sin embargo, y por más que he escudriñado a diestro y siniestro, poca cosa he encontrado de la posible visita de San Vicente, sino alguna referencia dudosa y hasta sospechas de que San Vicente no puso sus pies en Flandes.

Sea como fuere, quizá fuera uno de los primeros valencianos en moverse por aquí, y sirvan estas líneas de homenaje a su persona. Desde luego, no hay valenciano más ilustre desde que Valencia existe, ni es probable que lo vaya a haber en los próximos decenios, tal y como están las cosas por mi tierra, así que los que hoy vivimos en la actual Bélgica podemos sentirnos honrados por el hecho de que nuestro santo más destacado, antes de rendir su alma al Señor, decidiera darse una vuelta por estos andurriales y decir a los habitantes de Brujas que temieran a Dios y le dieran honor, pues estaba por llegar la hora de su juicio.

No sé si le darían crédito los flamencos de entonces. Sí que me temo que, si hoy se acercara San Vicente por aquí, lo tendría bien difícil, porque la predicación en esta ciudad tan descreída es cosa de valientes. Cómo estará el percal que esta mañana, supongo que aprovechando el día festivo, han aparecido por mi puerta dos testigos de Jehová con ánimo de convertirme, y yo creo que se han sentido aliviados de que no les cerrara la puerta en las narices, y hasta me han dado las gracias por no gritarles, antes bien, les he tratado con amabilidad a pesar de ser unos herejes de lo más horroroso. Lo de convertirme ya es harina de otro costal. Yo diría que tienen más posibilidades de convertir al busto de Pedro el Grande.

Pero ésa es otra historia, y deberá contarse en otro momento en que, a diferencia de hoy, no se haya hecho tarde.

viernes, 13 de abril de 2018

De verdad que era un buen profesor

Dentro de un par de semanas tengo pensado pasar unos días en Valencia. Supongo que lo primero que haré al entrar en el piso que me espera allí será abrir las llaves de la luz y del agua y, tras estos menesteres imprescindibles, encender la luz del salón, porque, si Dios quiere, habré llegado de noche cerrada, y mirar un cuadro que hay sobre una estantería. El cuadro está compuesto por una multitud de fotos de estudiantes disfrazados con una toga y queriendo aparentar lo que no eran todavía, esto es, abogados o, si se quiere, profesionales del Derecho.

Sí. Es la orla de mi promoción de Derecho.

Y, sobre las fotos de los estudiantes, hay una línea de fotos de varios de los profesores que nos impartieron clase, destacando entre ellas la del señor de la imagen que ilustra esta entrada y que durante estas semanas ha alcanzado una notoriedad a la que seguro que preferiría renunciar.

Sí, amigos. Yo he sido alumno del profesor Álvarez Conde, que me impartió Derecho Constitucional en el lejano curso académico 1988-1989, y debo decir que guardo de él bastante buen recuerdo. Nuestra naturaleza humana es egoísta y, por eso, no es de extrañar que recuerde sobre todo el examen. Álvarez Conde nos dio la opción de elegir entre un examen escrito y uno oral, y nos recomendó elegir el oral, no sin añadir que para él era incluso más cómodo que ponerse a corregir escritos y más escritos; sin embargo, como la naturaleza del estudiante de Derecho es la que es, y ama los legajos que van a ser su mana y su alegría, del medio millar de alumnos que debía tener aquella clase masificada, no llegamos a veinte los que nos decidimos por el oral.

A mí, a mis tiernos veinte años, Álvarez Conde me parecía un señor provecto y con un aura de autoridad inmarcesible. Ahora comprendo que en aquel tiempo él tenía treinta y seis años, acababa de ganar su cátedra y hoy me parecería un pipiolo. El caso es que yo estaba bastante bien preparado, gracias en parte a su libro 'El régimen político español', que hoy está más que obsoleto, pero que entonces no estaba mal y que todavía conservo en la misma estantería que está bajo la orla que antes he mencionado. Pasé muchos nervios mientras esperaba mi turno, llegado el cual Álvarez Conde me fue haciendo preguntas, yo le fui dando respuestas razonablemente correctas, él afirmaba con la cabeza como dándome ánimos y, al cuarto de hora, salí de allí con un Sobresaliente bajo el brazo y una sonrisa de oreja a oreja. No es extraño que guarde buen recuerdo de él.

Sus clases eran interesantes. Era un buen orador y a veces expresaba opiniones algo distantes de la línea oficial constitucional y de la que podía imperar en aquella clase de Derecho, como cuando tocó hablar de los medios de comunicación y de las televisiones privadas en aquella España de dos canales públicos y él dijo que, puestos a elegir, él prefería ser manipulado por los canales públicos.

A mí se me quedó grabada, por ejemplo, la posible inconstitucionalidad de normas constitucionales, cuando mencionó el orden de sucesión a la Corona, en el título II, que obviamente es incompatible con el artículo 14 cuando habla de la igualdad ante la ley y la prohibición de discriminar por sexo. Él dejó la pregunta allí. Claro, cuando tienes veinte años, reverencias a tus profesores o, por lo menos, no los contradices, pero quizá hubiera sido el momento de hablar del principio de Derecho Civil de que la ley especial prima sobre la general. Me pasó por la cabeza, pero no llegó a los labios, y no sé si hice bien o mal, pero yo saqué Sobresaliente.

En Valencia, sin embargo, me parece que Álvarez Conde estaba de paso y que se fue de allí en cuanto pudo, para medrar en el centro de la península y rompeolas de las Españas, como un Zaplana cualquiera y como tantos otros que usan Valencia de trampolín y luego procuran omitirla de sus biografías. No se puede decir que le haya ido mal. Mientras escuchaba sus clases, a mí me parecía un señor atildado, vestido como un tipo de derechas, pero que hablaba como un señor de izquierdas y que criticaba la Constitución, ese texto que nunca me gustó, precisamente en lo poquito que tenía de respetuoso con la Tradición. Su trayectoria posterior demuestra que yo estaba en lo cierto, y que alguien con esas características, atildado, relativista y con ganas de medrar, sólo podía terminar en los aledaños del PP, como así ha sido.

Hoy, que tiene sesenta y seis años y está en horas tan bajísimas, acaba de ser suspendido por su Universidad, y se ha buscado un lío por hablar más de la cuenta y por hacer demasiadas veces de su capa un sayo, me gustaría decir que en mí dejó un buen recuerdo, y no sólo por la buena nota que me dio. Tiene un blog, que, la verdad sea dicha, me infunde cierto consuelo, porque tengo mala conciencia por actualizar éste una vez al mes, mientras que él lo actualiza una vez al año, y va que arde. Y dice en él cosas sobre la Universidad que no sé yo si, ahora que se sabe lo que hay, no van a ir en su contra, aunque, bien mirado, mucho peor no le pueden ir las cosas.

Ni por él ni por mí han pasado en balde los años, y eso se nota al ver las fotos de la orla, en la que él luce mucho más pelo en la cabeza y ninguno en la barba, mientras que yo, en la orla, luzco pelo por doquier, y ahora por ningún lado visible. Lo que no parece haber cambiado es lo que hay dentro de la cabeza: él sigue, por lo que le he leído, en plan gurú constitucional, y a mí la Constitución sigue sin gustarme un pelo y, si la pongo con mayúscula, es por el respeto que le tengo a la Real Academia, que dice que así deben escribirse los textos legales.

En todo caso, ahora me da algo de lástima, porque evidentemente lo está pasando mal, pero también lo deben estar pasando los alumnos que ha tenido todos estos años en su universidad, cuyo nombre ya no hacía presagiar nada bueno, y cuyos títulos han perdido el prestigio que pudieran tener, que tampoco debió ser mucho. Al final, yo tengo la suerte de estar en Bélgica, donde tienen sus propios problemas, Álvarez Conde no es conocido, y ya presenté en su día el título de licenciado y no espero que me lo vuelvan a pedir nunca. Si tal fuera el caso, tendría que ir a Valencia nuevamente y rebuscar en un armario que, no lejos de la orla y del manual de Álvarez Conde, guarda mis títulos académicos (y mi trabajo de máster, que yo sí que lo tengo, y en alemán), incluyendo el de Derecho, otorgado por... Su Majestad Juan Carlos I.

Sí, el mismo que da el nombre a la universidad bajo sospecha. Porque nadie es perfecto, y los títulos universitarios menos. Supongo que eso explica por qué en mi piso valenciano está expuesta la orla, mientras que el título está vergonzantemente oculto donde sólo yo puedo verlo.

jueves, 8 de marzo de 2018

Ochomarzadas

Algunos peligros de marzo de los que me tocaba sufrir en Moscú se han expandido cual plaga por el resto del mundo, y más en particular por Bruselas y por Europa Occidental en general.

Hoy es 8 de marzo, y casi echo de menos cómo era este día en Rusia. Era muy almibarado, vale, y había que encontrar flores o chocolates, o lo que fuera, para cualquier mujer, trabajadora o no, con la que uno tuviera una mínima relación, lo cual era una fuente de estrés bastante importante. En cambio, no había que soportar la murga reivindicativa e ideologizada que tenemos todos que sufrir en este día. Creo recordar que hace unos años no era así, y es que quizá casi cualquier tiempo pasado haya sido mejor.

¡Pero si incluso hay una huelga de mujeres! En Rusia, claro, eso era imposible, básicamente porque no recuerdo huelga alguna, de mujeres o de quien fuera. En España, todos los sindicatos, cuyos secretarios generales son sistemáticamente de sexo masculino, hay apoyado la huelga. En Bélgica, no hay tal cosa, y menos mal, porque tenemos huelgas diversas casi todas las semanas; yo creo que una más apenas se notaría más que en el bolsillo de quienes la secundaran.

No estoy yo muy seguro de que estas algaradas sean el medio más eficaz para conseguir la igualdad salarial entre hombres y mujeres, ni menos para reducir la así llamada violencia de género. Pero tampoco creo que el número de casos de asesinatos vaya a reducirse poniéndolos en las noticias a bombo y platillo, y ahí los tenemos. Lo de la brecha salarial es otro asunto pelliagudo. Desde luego, en el sector público no existe y, si la hay en el privado, debe ser porque los empresarios que la promueven son estúpidos, porque, de ser yo empresario, a buenas horas iba yo a pagar más a un hombre por el mismo trabajo. Me inflaria a contratar mujeres más baratas hasta que el salario se equilibrara.

Con todas estas historias, a mí me da que lo que han conseguido es que la mujer esté aún peor de lo que ya estaba y, como a las promotoras de estas acciones no les apetece lo más mínimo reconocer que se han equivocado pero a base de bien, el resultado es que tienen que buscar un culpable (los hombres, supongo), y vuelta la burra al trigo.

Yo vivía bastante ajeno a todo este follón, viviendo mi vida y dejando a los demás que vivieran la suya. En este contexto, el que es un crack es un compañero de colegio con bastantes posibles que, en el colegio, era un chavalín tirando a apocado y que aprobaba con ciertos problemas, hasta que al final se soltó el pelo y entonces sufrió una transformación como del día a la noche. Entretanto se ha casado creo que dos veces, se ha divorciado otras tantas, y tiene la, llamémosle suerte, de no tener demasiados prejuicios morales y tener como guía pasárselo en grande.

Un día, y creo que ni siquiera había bebido nada, dijo que él estaba encantado con el feminismo, con las feminazis, y con todos esos movimientos que buscan imponer la igualdad entre hombres y mujeres, cuando no la superioridad de las últimas durante un buen período para compensar tantos milenios de heteropatriarcado. Decía que, desde que esto está de moda, él decía que sí a todo y tenía a todas las que quería en un puño, y luego les daba la razón, decía que todos los hombres eran unos cerdos y hasta la próxima relación.

No voy a decir que mi compañero estuviera haciendo lo correcto, pero, leches, si no tienes principios morales, estoy por pensar que tiene razón y que el diablo ha creado la mejor de las épocas para ser un poco depravadillo.

A mí me parece que la depravación me ha venido esquivando hasta ahora. Supongo que debo alegrarme.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Puertas, Navidades y paciencia

En primer lugar, este modesto autor de bitácora desea a los lectores que le queden una feliz y santa Navidad. Soy consciente de que podía haber sido mucho más prolijo este año, en que en Bruselas se han desarrollado acontecimientos que hubieran merecido una glosa adecuada en estas pantallas. Y no sólo se trata de una puerta de garaje más o menos, o de una de entrada que se cierre con mayor o menor habilidad. No sólo eso, no. La familia y yo hemos visitado lugares lejanos (las Floridas, con su bandera tan simpática) y cercanos (Ámsterdam, Delft y sus personajes ilustres), que en otros tiempos hubieran dado para una serie larga y fecunda de entradas gafapastosas sobre los antecedentes históricos, e hispánicos, de estos lugares.
Eso por no hablar de los sucesos que han acontecido en la misma Bruselas, donde en los últimos meses del año se ha refugiado un remedo de gobierno catalán, sedicente exiliado, que ha originado ríos de tinta en todos los medios de comunicación que se precien, y ni una sola línea en esta bitácora que, obviamente, tiene una opinión al respecto, la de su autor, claro.

Pero corren otros tiempos, que no permiten el sosiego de antaño, así que me conformaré con lo que pueda, y el lector, en el supuesto de que lo siga siendo, tendrá que conformarse con lo que hubiere. Vamos, pues, con el asunto de la puerta, que quedó pendiente,cosa natural, porque no va a acabar el año con una solución.

El señor Puertinckx, que por lo general es solícito y muy cumplidor, comenzó a dejar sospechosamente de ponerse al teléfono. Dijo, llamando él, lo cual le honra, que pasaría a tomar medidas tal día. Tal día pasó, pero las medidas siguieron sin tomarse, y ya desapareció de mi vista. Finalmente pasó hace unos días una oferta por algunos cientos de euros para arreglar el problema, y así hemos quedado, que se nos han echado encima las fiestas, nosotros hemos tomado las de Villadiego, y la puerta está allí, cerrada a cal y canto, y con llave, y a la espera de que quien la instaló la ponga en condiciones.

En fin, que hay que quedarse con algo positivo de todo esto. Yo me quedo con la paciencia que estamos adquiriendo. Ya veníamos con mucha paciencia acumulada desde Rusia, pero la verdad es que Bruselas la está poniendo a prueba casi todos los días. Y es que Moscú había mejorado mucho en los últimos tiempos, y había alcanzado unos niveles de servicio que, quién me lo iba a decir en 1994, se echan de menos en el Reino de los Belgas. Al menos, en su capital.

En estos tiempos religiosos fuertes, es bueno poder decirse que uno se ha preparado la Navidad mal, como todos los años, pero que algo ha sacado del Adviento, como puede ser un poquito más de paciencia, con la certeza de que las cosas no se componen con la sola voluntad de uno mismo, sino que hay que dar pasitos hacia la solución, y muchas veces desandar los pasitos que habíamos dado, porque el camino por donde íbamos no era el correcto.

Y en estos momentos también conviene recordar que, después de la noche, vuelve el día. Diciembre ha sido un mes que sólo se puede calificar de tristón, en Bruselas. En todo el mes, no ha habido sino dos horas de sol, lo cual es la marca más baja desde hace decenios. Nos ha llovido, nos ha nevado, y la poca luz que he visto la he encontrado en Estrasburgo, donde estuve unos días a mitad de mes. He tenido más trabajo que el proveedor de espinacas de Popeye, y sólo con pena y esfuerzo he llegado a las vacaciones.

Pero bueno, es el momento de recordar una entrada anterior y de darse cuenta de que, poquito a poco, las cosas pueden ir yendo a mejor y de que sería injusto quejarse de cómo me van las cosas, cuando a tantos les va bastante peor.

Feliz Navidad. Y que las próximas semanas traigan pasitos, siempre cortos, en la dirección correcta. Y, si no es en la correcta, que nos demos cuenta antes de alejarnos demasiado del buen camino.

lunes, 18 de diciembre de 2017

La puerta no es el final

Palabra que quería dedicar una última entrada al penoso asunto de nuestra puerta de entrada, esperando que fuera la última vez, pero, si me empeño en que esté acabada antes de publicar una nueva entrada, se me va a acabar el año, y que sólo sea éste.

Pues señor, nos habíamos quedado en abril, nada menos, con la puerta del garaje terminada y en buen uso. Con la euforia del momento, uno se viene arriba y la pregunta al señor Puertincx, que así llamaremos al operario que nos puso la puerta del garaje, fue si también se ocupaban de puertas de entrada, que, si así era, nos apuntábamos.

Resultó que sí, pero que no las hacían ellos, sino que las importaban de los Países Bajos, vulgo Holanda; pero que sí las instalaban ellos. Pues estáis contratados, dijimos. El presupuesto era razonablemente modesto, pagamos una cantidad a cuenta y esperamos, frotándonos las manos, que nuestra venerable puerta de 1957 fuera reemplazada por una puerta de la era espacial.

A todo esto, la puerta de 1957, con su reja y una cerradura de seguridad, jamás había dado el menor problema y cerraba de categoría y, si algo le podíamos reprochar, era el biruji que entraba en invierno por los bajos de la misma.

La puerta costó un poco de hacerse. Llegó en verano, y era del tipo puturrudefuá securitas, con un cristal central traslúcido de los que no se rompen ni a martillazos, aislamiento de última generación (hay que reconocer que algo se ha notado en la factura de la calefacción) y, eso sí, la cerradura era normalita, de las de llave de toda la vida, sin células fotoeléctricas ni identificador de iris, pero bueno, el caso es que la puerta fuera chula. Luego vino un albañil flamencófono que puso en orden el estropicio que significó instalar el marco, y parecía que la cosa quedaba bien y que iba a poder escribir la última entrada y alabar al Señor por haber encontrado un profesional irreprochable en el Reino de los Belgas.

Muy feliz me las prometía yo.

La cosa comenzó a torcerse cuando nos dimos cuenta de que la apertura automática fallaba. Con la puerta de 1957, el videoportero y la apertura automática no nos dieron el menor problema; en cambio, uno pone la puerta galáctica, y resulta que ya puede pulsar con furia el portero automático, que al final lo único que funciona es la apertura manual bajando los escalones como está mandado. Como toda la vida. Para hacer ejercicio está bien, y también para recibir a las visitas cara a cara y que no se encuentren un recibidor vacío; pero, cuando el que quiere entrar es de confianza, se echa de menos darle al botoncito y que pase. El que entra (y es de confianza) también echa de menos que le abran enseguida, antes que quedarse un rato al relente y quién sabe si calándose bajo la lluvia.

Lo siguiente fue que la puerta sería im-presionante, pero el pomo de la misma era una barra metálica que apenas dejaba espacio para meter la mano -y la llave-, sobre todo si eras diestro. Los zurdos nos las componemos bastante bien, pero resulta que, en mi familia, el único zurdo soy yo. Para una vez que se hace algo pensando en nosotros...

Finalmente, la cosa se torció del todo cuando la puerta, que hay que decir que tiene una función precisa en esta vida, y no es adornar, empezó a abrirse por simpatía, y luego se negaba a cerrarse. Si, durante las primeras semanas, cerrabas y punto, a partir de ellas pasó a rebotar contra el marco, hasta el punto de que, para cerrarla, había que ir con una suavidad exquisita, pero incluso así una ráfaga de viento la abría de nuevo. La única ventaja era que no hacía falta llevarse la llave para entrar en casa, porque empujabas ligeramente, y la puerta cedía con más facilidad que un negociador del gobierno español.

Llegados a este extremo, ya hubo que llamar al señor Puertincx. Pero las aventuras que tuvimos con él las dejo para la siguiente entrada, esperando que sea la última, aunque, de todas formas, ya se ha hecho tarde.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Conchabados del siglo XIII

Hace tiempo, ¿eh?

Sí, entretanto he vuelto a Bruselas y hasta me ha dado tiempo a dar otro salto a Valencia, y hasta a algún que otro sitio situados por estos andurriales y que me darían para escribir no pocas entradas si mis otros quehaceres me dieran tiempo para pergeñarlas. No siendo, por desgracia, el caso, bastante tengo con proseguir y terminar la serie que dejé a medias (sin contar la de la puerta del garaje, que sigue pendiente -como yo mismo- del final completo), esperando que lleguen mejores tiempos que dejen algún espacio para dedicar a la escritura.

Había dejado a Blasco de Alagón saliendo por piernas de los dominios de su señor Jaime I y acogiéndose a la hospitalidad de Abuceit. Allí estuvo dos años en calidad de consejero de Abuceit y, se supone, esperando la oportunidad de medrar en otro sitio, porque ser el consejero del rey moro del Alto Palancia y Els Ports como que no luce mucho.

La aoportunidad llegó pasados un par de años. Jaime I se había metido en la empresa de conquistar Mallorca, cosa que consiguió tras sudar bastante y sin que sus mesnadas quisieran meterse en más berenjenales. Por otra parte, esos nuevos berenjenales eran inevitables, porque Zayán, el nuevo rey de Valencia que había dado la patada a Abuceit, era un tipo arrojado y, a la que vio que Jaime I podía pasar apuros, se dio un paseo por su frontera norte para ver si reconquistaba la línea del Ebro. En estas circunstancias, a Jaime I le vendría bien cualquier ayuda que le dieran, así que, cuando insinuó a Blasco de Alagón que el tiempo lo curaba todo y que no les vendría mal ajuntarse de nuevo, éste no se lo pensó demasiado.

En 1231, Jaime I y Blasco de Alagón eran de nuevo amigos. A Jaime I le debió de dar un subidón tal, que se vino arriba y le prometió a don Blasco darle autoridad sobre los castillos que tomare.

Hay varias versiones sobre lo que sucedió a continuación, y es la manera es cómo se tomó Morella. Para empezar, Morella, que es la fortaleza de la foto de arriba, siempre ha sido un hueso durísimo de roer. Hoy es un pueblecito de alrededor de tres mil habitantes conocido por ser el lugar de nacimiento del actual presidente de la Generalidad valenciana, y sigue siendo muy bonito, pero en aquel entonces, antes del éxodo del campo a la ciudad, era una ciudad realmente importante y, en aquellos tiempos anteriores a la pólvora, prácticamente inexpugnable. El que mandara en ella era el dueño de lo que luego sería el Maestrazgo, y así fue hasta bien entrado el siglo XIX. Todavía hoy se encuentra en el patio del castillo una estatua del general Cabrera, que tomó Morella en enero de 1838 con un golpe de audacia y gobernó desde allí un amplísimo territorio en los casi dos años y medio que la mantuvo en su poder.

En 1232, las cosas eran de otra manera. Blasco de Alagón hizo la guerra por su cuenta y decidió atacar Morella. La versión oficial habla de un ataque por sorpresa fracasado, de unos parlamentarios que le ofrecieron pagar su retirada (ahí, ahí, ese espíritu caballeresco), y de una conspiración entre Blasco de Alagón y los hijos de Abuceít, que eran amiguetes suyos y que, más o menos, le debían la vida, porque eran unos infantes bastante rijosos y su padre les había pillado puliéndose a varias de sus esposas (de las de su padre, que por entonces tenía un harén entero). Por consejo de Blasco de Alagón, en lugar de ejecutarlos directamente, se limitó a desterrarlos a Morella en un régimen de arresto domiciliario.

A mí me da que, a la vista de la situación general, Abuceít estaba preparando su siguiente paso y la reconciliación de Blasco de Alagón con Jaime I le venía de perlas. Más o menos se debieron poner de acuerdo en que Abuceít cedería Morella sin mucho lío a Blasco de Alagón, sabedor el primero de que el rey le había prometido al segundo los castillos que tomase en la preparación del ataque a Valencia. Abuceít, por su parte, preparaba su siguiente golpe: convertirse al cristianismo.

A pesar de lo que he leído en la literatura clásica española (las Novelas ejemplares de Cervantes son, precisamente, un ejemplo), las conversiones de musulmanes al cristianismo son una excepción absoluta. En un país musulmán, convertirse al cristianismo y hacerlo público es algo que sólo puede hacer alguien que esté muy cansado de la vida; se dice que hay cierto número de conversos secretos, pero claro, como son secretos, a ver quién es el guapo que se entera de sus vidas y su testimonio. En un país no musulmán, como de momento lo es Bélgica, hace unos años fui testigo de un musulmán, Mohamed se llamaba, o como se escriba en su lengua, que hizo públicamente la petición de ser admitido a las catequesis para recibir el bautismo, lo cual me temo que viene a demostrar definitivamente que Cristo está presente incluso en la iglesia católica en Bélgica, porque, para sentirse atraídos por el mensaje que demasiadas veces transmitimos los católicos que vivimos en Bruselas, hay que estar realmente muy convencido por el Espíritu Santo.

Y sí, es verdad que se habla últimamente de una ola de musulmanes conversos al protestantismo entre los refugiados que piden asilo en países como Dinamarca, pero creo que se pueden tener dudas más que razonables sobre la sinceridad de dicha conversión. Yo no contaría mucho con ellos, vamos.

El caso de Abuceít es difícil. Hay algunas tradiciones piadosas sobre los motivos de su conversión, entre las que están su presencia en el milagro de la cruz de Caravaca y la impresión que le produjo el testimonio de los franciscanos que había martirizado en Valencia unos años antes. No falta quien sospecha que lo que quiso fue simplemente congraciarse con el poder cristiano que venía e integrarse en el mismo, en un momento en que estaba claro que el dominio musulmán en la Península Ibérica se estaba desmoronando. Pero sí que parece que la conversión fue seria. Adoptó el nombre de Vicente (¡nada menos!) Bellvís, pasado algún tiempo abandonó a la multitud de esposas que tenía, y se casó con una aragonesa, ya cumplidos los cuarenta años (cuarenta años del siglo XIII, ojo), con la que aún tuvo dos hijos, varón y mujer, y esta última emparentó con un noble aragonés y fundó una de las casas nobiliarias más importantes del Reino de Valencia, la de Arenoso. Es más, partició activamente en la posterior conquista del Reino de Valencia, en el bando de Jaime I, que le colmó de privilegios, y acabó sus días, habrá que decir que cristianamente, en Argelita, una hoy pequeña población en el centro de la actual provincia de Castellón, donde tenía un palacio que no se derrumbó hasta hace relativamente poco y del que aún se conserva algún resto.

En cuanto a Blasco de Alagón, seguramente se las prometía muy felices, una vez dueño, con su socio Abuceít, de Morella y de prácticamente todo el interior de Castellón. Era bastante claro que se había conchabado con Abuceít para quedarse de testaferro con los principales castillos de éste y que Jaime I no tuviera la tentación de quedarse con todos, pero no coló. Jaime I, tras tomar Ares (que luego sería Ares del Maestre), recibió la noticia de que su mayordomo había tomado posesión de Morella, se acercó por allí, vio el pedazo de bicho que era aquello, supongo que tragó saliva y comprendió que se estaba montando un lío bastante gordo si dejaba a Blasco de Alagón, un mayordomo de lealtad por lo menos cuestionable (digamos que el episodio con Leonor de Castilla no le favoreció nada). Le hizo, pues, llamar, y vino a decir que ni de coña le dejaba Morella, por muchas promesas que le hubiese hecho en un momento de euforia.

Se produjo entonces un interesante tira y afloja, al final del cual Blasco de Alagón se quedó con Morella, pero bajo la jurisdicción de Jaime I, que se reservaba además una pequeña guarnición en dos de las torres de la muralla. Después de este suceso, el rey continuó la campaña y, gracias en buena parte a su aliado Abuceít... digo, Vicente Bellvís, no tardó en poner toda la actual provincia de Castellón bajo su dominio. El resto de la historia es conocido: Zayán se defendió con enorme valor y denuedo, pero fue derrotado en El Puig y tuvo que encerrarse en Valencia, donde, tras un asedio de cinco meses, tuvo que rendirse.

Pero eso, y lo que siguió después, es otra historia, y quizá toque contarla en otro momento. En cuanto a los dos protagonistas de estas entradas, Blasco de Alagón siguió haciendo de su capa un sayo en Morella hasta el final de sus días, participando en alguna campaña del rey, pero dejando el curro del asedio de Valencia a su hijo Artal. Debió fallecer hacia 1249, y digamos que Jaime I le miró con cierto recelo, hasta el punto de llegar a las manos, porque, como se veía venir, se le había creado un marrón de los gordos con el feudo semi-independiente que se le había quedado y que sólo pudo controlar a la muerte de Blasco de Alagón. Los sucesores de éste, sin embargo, fueron mucho menos levantiscos, sirvieron fielmente en Italia a los reyes de Aragón, uno de ellos fue incluso gobernador de los Países Bajos (y residió en Bruselas en un momento casi desesperado, quizá toque hablar de él más adelante) y hoy son grandes de España como condes de Sástago.

En cuanto a Abuceít, tuvo muchísimos hijos de sus muchas mujeres, que emparentaron con las mejores familias del reino, y dos hijos cristianos fetén, que hicieron lo propio. Su hija, como quedó dicho, recibió Arenoso al casarse con su marido, y sus sucesores, barones de Arenoso, llegaron con el tiempo a emparentar con los duques de Gandía. Abuceít parece que no sólo participó en la conquista de Valencia, sino también en la de Sevilla, antes de retirarse a sus dominios.

Y hasta aquí esta serie. Y ahora lo dejo, no porque se haga tarde y tenga que acostarme, sino porque me he comprometido a ir a recoger a una hija adolescente que tengo cenando en casa de una amiga suya. No es de extrañar que no tenga tiempo para no ser más prolífico...