miércoles, 8 de febrero de 2012

Susto en la blogosfera

Mantener una bitácora al día es una tarea que, a veces, puede resultar alienante, y no digamos si lo de "al día" se toma de manera estricta, como le ha pasado al autor de "Rusadas", esa bitácora cuyo enlace aparece ahí, a la derecha, casi siempre en el primer puesto (porque actualiza a diario) y que nos arranca una sonrisa, también a diario, a quienes le seguimos. Bueno, al ritmo que lleva, seguirle de cerca es complicado, pero hacemos lo que podemos.

Hace unos días pareció que nos dejaba huérfanos de sus entradas y que echaba el cierre a la bitácora. Como sabéis, periódicamente escribo algo sobre la salud de la rusosfera en castellano, una salud que, fuerza es reconocerlo, tiende a ser renqueante, y hoy tomé la pluma con la intención de lamentarme por una baja tan importante y de agradecer a su autor los momentos tan buenos que nos ha dado.

Al abrir la bitácora y mirar con pena la barra de la derecha, va y me encuentro, contra todo pronóstico, una entrada nueva en "Rusadas", así que lo que iba a ser una entrada plañidera por el fallecimiento de una bitácora, afortunamente, ha venido a convertirse en unas laudes por su continuidad, que esperemos sea prolongada.

En todo caso, ello me da pie para meditar un poco sobre las vicisitudes de las bitácoras, su nacimiento, crecimiento, decadencia y muerte, y me da un poco de vértigo, porque me doy perfecta cuenta de que, en el ínterim, esta bitácora que leéis se ha convertido en una veterana, algo poco frecuente en los egoblogs (y esta bitácora nunca ha dejado de ser eso, un egoblog). El nacimiento es lo más sencillo, y las primeras entradas parece que salen a borbotones, hasta que llega el momento en que las cosas se estabilizan, y a partir de aquí creo que mucho depende de la personalidad del autor. Los hay impulsivos, que de repente se arrancan con una serie, y luego callan durante semanas; los hay dejados, que sueltan algo con desgana y callan durante meses; los hay regulares, que tienen la actualización de su bitácora poco menos que metida en la agenda y siempre sueltan algo, lo que sea y venga o no a cuento, y los hay finalmente que sólo dicen cosas cuando tienen algo que decir... y eso pasa cada vez menos a menudo.

De todo hay. Lo que está claro es que llega un momento en que esto se termina, y también en la forma de terminar y fenecer la bitácora se aprecia el estilo del autor. Hay quien simplemente deja de escribir y abandona la bitácora llena de telarañas en la red de redes; hay quien pasa mucho tiempo sin escribir, y finalmente anuncia su retirada en una entrada aparte; y también hay quien corta su bitácora de repente, y pasa de actualizar con mucha frecuencia a decir que hasta aquí ha llegado y, las más de las veces, sin revelar las causas de la defunción.

"Rusadas", o Miguel, que asi se hace llamar el autor del blog, había elegido el sistema más radical de borrarlo todo y dejar una entrada de despedida. Ahora que sé que no es cierto que se va, puedo sonreír y creer que le ha pasado más o menos lo mismo que a Gógol, y esto explica por que la foto que preside esta entrada es la de don Nicolás, para mi gusto el más grande de los novelistas rusos.

Y no sólo el más grande, sino el autor de la novela que mejor retrata a Rusia: "Almas muertas". Como Cervantes con el Quijote, también Gógol se puso a escribir la segunda parte de su exitazo. Sin embargo, cuando lo tuvo terminado, o prácticamente terminado, le dio un ataque que bien podemos llamar pajas mentales, y quemó el manuscrito. Gógol perdió la vida a los pocos días, y nosotros perdimos la segunda parte de la obra, salvo algunos fragmentos sueltos que se han conservado por casualidad y que no nos permiten hacernos una idea de lo que hubiera sido aquello.

La idea de quemarlo todo es muy rusa, ya desde Gógol, y bien podía haber sido que "Rusadas", a fuerza de escribir sobre Rusia, se hubiera imbuido de su espíritu autodestructivo y hubiera acabado como la segunda parte de "Almas muertas". Lo que pasa es que los manuscritos de Gógol no son los bits de hoy día y, además, Google hace copia de todo, así que la desaparición de las obras es más complicada.

Dicho esto, me alegro de la continuidad de la bitácora y espero que su segunda desaparición, que llegará fatalmente, esté lejana, muy lejana. Más que la de ésta que leéis.

martes, 7 de febrero de 2012

Tribus

No hay libro, por malo que sea, que no tenga algo bueno, o eso dice, al menos, el autor del Lazarillo de Tormes en el prólogo de su obra. Ese consuelo queda a los lectores de The Moscow Times, ese panfleto sionista, progre de salón y proyanqui perdido, pero en el que, fuerza es confesarlo, se esconde alguna pluma notable que me mantiene entre sus hojeadores (decir "lectores" es excesivo).

Esa pluma es la de Michelle Berdy, una traductora que tiene una sección fija en el Times en la que destripa los entresijos de la lengua rusa para hacerlos accesibles al lector medio del diario. El lector medio es un residente en Moscú, guiri como él solo, capaz de balbucir algunas palabras en ruso, como mucho, y sólo vagamente interesado en las peripecias de un país que, de día, no termina de comprender (de noche suele tenerlo más claro, paradójicamente, aunque su visión se enturbie).

La columna de Michelle Berdy es realmente muy buena, tiene un sentido del humor muy fino, y saca temas que no suelen tener que ver con la política, lo cual, en estos tiempos convulsos, siempre es de agradecer, pero hoy voy a destacar su columna del último viernes, en la que saca el tema de dos conceptos similares, pero diferentes. El primero es el de nacionalidad (гражданство - grazhdanstvo), y el segundo es el de etnicidad (национальгость - natsionalnost). La traducción se complica porque la segunda palabra, en ruso, suena como la primera, en español. En inglés no tienen ese problema tan claramente, porque su "nacionalidad" es más bien "citizenship", y no tanto, aunque también, "nationality".

Nosotros somos españoles y no busquemos más. Jamás en la vida se me ocurriría decir, más que muerto de risa, que soy étnicamente valenciano. Sin embargo, ese concepto no es totalmente concebible para un ruso, y la prueba es lo que pone, o ponía, en la "Gran Enciclopedia Soviética" en el artículo sobre España, en la que, entre otros datos poco polémicos, ponía que la población está compuesta por cuatro grupos étnicos: gallegos, vascos, catalanes y... españoles. Probablemente al menos tres de esos cuatro grupos supuestamente étnicos no sean conscientes de ser racialmente diferentes ni lo tengan demasiado claro, ni siquiera los más independentistas de esas, ejem, tribus. Pero la enciclopedia soviética no concebía un país sin grupos étnicos diferenciados.

En Rusia, la pertenencia a un grupo étnico es fundamental. Lo hemos visto varias veces a lo largo de estas entradas, pero especialmente cuando nos visitaron los agentes del censo. Aquí, todo el mundo pertenece a una etnia: ucranianos, bielorrusos, gitanos, judíos, armenios o alemanes (sí, se puede ser ruso y alemán a la vez, qué cosas), entre otras muchas. Y, para ser ruso, en ruso hay dos palabras: rossiysky (российский), que es el que tiene pasaporte ruso y es, estooo... súbdito de Vladímir Vladímirovich, y "russky" (русский), que es el que pertenece a la etnia rusa, y que puede tener pasaporte ruso, o no tenerlo, y vivir en Ucrania, Francia, Argentina o Nueva Zelanda.

En España, pasamos de esas zarandajas y nos quedamos con la ciudadanía: todos son rusos. Y punto.

Si nos fijamos, todos esos follones de las etnias, las razas y esas cosas las valoran los pueblos que están por romanizar. En 211, el emperador Caracalla hizo romanos a todos los habitantes del Imperio. Lo hizo no por generosidad, vale, sino para cobrar el impuesto de la vigésima sobre las herencias, y luego además lo elevó a la décima, pero la cosa marcó huella y desde entonces dejó de haber iberos, celtas, celtiberos, galos, tirios y troyanos, pasando a haber hispanorromanos, galorromanos y loquesearromanos: en fin, romanos. Los demás eran bárbaros, con sus follones interétnicos.

Al este del Rin, y al norte del Danubio, todo eran godos, longobardos, hunos, eslavos, fineses y tribus diversas a cual más estrambótica, pegándose entre ellos y con los romanos hasta hace poco, y blasonando de la superioridad de etnia, raza o lo que sea sobre las demás, aunque se hayan mezclado con todo quisiqui y sean más mestizos que un perro callejero. Y, si nos fijamos en Yugoslavia, se estaban pegando hasta ayer mismo y no está claro que vuelvan a empezar otra vez.

En España, se supone que eso no pasa. Y digo se supone porque el único sitio donde esas cosas se mencionan y se valoran es, precisamente, la única parte de Hispania que quedó mal romanizada. Pero eso es otro asunto, y entretanto hay alguna cosilla que contar sobre las manifas del sábado pasado, así que a por ellas, aunque será en la próxima entrada, porque hoy se hace tarde.

viernes, 3 de febrero de 2012

La otra manifa

Todos los medios del mundo mundial se han hecho eco de la manifa convocada por la oposición a Putin (y a Rusia Unida, pero Putin seguiría siendo importante sin Rusia Unida, y al revés no está claro), y que tendrá lugar mañana en Bolotnaya Ploshad (la plaza Pantanosa, si traducimos). Estará la oposición no encuadrada en partidos políticos (ni siquiera ilegales), además de los chicos de Yabloko, algunos representantes del partido comunista y simpatizantes varios. Supongo que no estará Limónov, que se empeñó en manifestarse el día 31 con unas cuantas decenas de partidarios, que ya son ganas, con el frío que hacía, y fue detenido, como todos los días 31. Hay cosas que ya empiezan a ser una costumbre.

En esta ocasión, las autoridades han sido originales y desusadamente permisivas: no sólo han permitido la manifestación, sino que no hay aforo límite (se habla de 50.000 personas, halaaaaaa), y además les van a permitir desplazarse por la ciudad, cosa de kilómetro y medio, entre la plaza Oktyabrskaya, debajo mismo de la estatua más tocho de Lenin que queda por Moscú, y a través de la Bolshaya Yakimanka, cortando el tráfico. Supongo que han pensado que no hace falta limitar el número de manifestantes. Como en otras ocasiones, ya se encarga de eso el general Invierno, que este año está especialmente pejiguero. Toma cambio climático. Por cierto que me consta que en España también hace fresquillo. Nada, amigos, no está mal que toque por allí lo que aquí tenemos día sí, día también, durante varios meses al año. Solidaridad.

En realidad, la de la oposición no es la única manifestación. Hasta cuatro manifestaciones me han contado que hay programadas en distintos puntos de la ciudad. Menos mal que esta ciudad tiene más puntos que una impresora matricial, y van a caber todos. Bueno, todos los que tengan ganas, porque hay que estar muy convencido (o muy bien pagado) para manifestarse un par de horas a veintipico bajo cero. Yo, desde luego, no pienso hacerlo.

Destacaré otra manifestación: la del nunca suficientemente ponderado Partido Liberal-Democrático de Rusia, "por una democracia limpa y honesta". Para mi enorme sorpresa, uno de los oradores invitados es nada menos que Víktor Anpílov, líder del movimiento "Rusia Obrera". Víktor Anpílov, que por cierto habla español estupendamente, no en vano fue corresponsal en Hispanoamérica en los ya lejanos tiempos soviéticos, pasa por ser un comunista sovietizante de los de toda la vida, que se separó del Partido Comunista de Ziugánov por ser éste demasiado condescendiente con el capital, y también ha coqueteado con movimientos nacionalistas rusos (el comunismo ruso hace tiempo que tiene muy poquito de internacionalista), pero no sabía yo que simpatizara ahora con un partido que, después de todo, es "liberal" y "democrático", siquiera sea de nombre.

En todo caso, es un tipo interesante. Vamos, no me acercaré a Pushkinskaya a las doce a oírlo, porque un valenciano como yo los fríos extremos los aguanta cuando no hay más remedio y porque tengo entendido que a las manifas del LDPR suele ir gente que cobra por asistir, y no tengo ganas de ser el único tontaina que fuera gratis, porque, si no...

miércoles, 1 de febrero de 2012

En campaña

- Ro, dentro de poco habrá elecciones presidenciales.

- ¡NOOOOO!

Pero se rio. El grito lo lanzó para disimular, pero en realidad le gustan las elecciones.

- ¿Quién va a ganar?
- Putin, claro.
- Se presenta más gente. Bueno, se presentan los mismos de la otra vez.
- ¿Sí?
- Sí. Se presenta, por ejemplo, Zhirinovsky.
- ¿Quién es Zhirinovsky?

Vaya. Parece que la campaña del LDPR en las últimas elecciones parlamentarias no contemplaba el debido bombo y platillo a su cabeza de lista.

- Zhironovsky es... "хватит терпеть!" (¡Basta de aguantar!)

Y señalé con el dedo a Ro de manera demostrativa. "¡Basta de aguantar!" era el eslogan del Partido Liberal-Democrático de Rusia, el de Zhirinovsky, en las últimas elecciones.

- Ah, ése... uf...
- A ti el que más te gusta es Putin, ¿no?
- Sí, papá, es que, fíjate, los demás sólo dicen lo mal que va todo y lo que van a hacer, pero Edinaya Rossiya habla del pa-sa-do. Habla de cosas que ya ha hecho. De cosas buenas que ya ha hecho, no de lo que dicen que van a hacer. Ésa es la diferencia.

Jo con la chiquilla. Nos ha salido conservadora.

- Pero bueno, tú también oyes a Medvédev declarar una vez cada dos o tres días que va a acabar con la corrupción, ¿no?

Ro se paró dos segundos, mientras pensaba, y luego me preguntó pícaramente.

- Bueno, papá, y tú, ¿cómo acabarías con la corrupción?

Silencio.

Qué puñetera...

lunes, 30 de enero de 2012

Cochifestación

Ya hemos visto en algunas ocasiones que manifestarse en Moscú no es sencillo y que las autoridades municipales buscan reducir el impacto de las manifestaciones opositoras, poniéndoles un aforo máximo ("Podéis manifestaros, pero no podéis ser más de doscientos."), limitando su movilidad ("Os quedáis quietecitos en la plaza y nada de marchar, que hay atascos.") o mandándoles dos mil policías por si acaso ("Es para protegeros, por si el pueblo se indigna contra vosotros."). Las manifestaciones a favor del Gobierno gozan de mayor indulgencia, pero eso es circunstancial y no debe entenderse como un sesgo de las autoridades municipales en sus opiniones políticas.

En estos casos, el ingenio de los manifestantes se pone a prueba. Y eso se vio ayer, domingo y único día de la semana en que no hay tantos atascos en el interior de Moscú. Volvía yo con la tropa a casa con el coche, que es el único día de la semana en que lo uso y soy capaz incluso de meter tercera a veces, y he aquí que, para mi horror, me encuentro en el cruce del anillo con la Tverskaya un atascazo del quince. Un domingo a las dos y media de la tarde, Dios mío. Quousque tandem?

Cuando, después de esquivar un par de callejones comprometidos, llegué al túnel de Mayakovskaya, vi que en la calle había unas cuantas personas, no más de veinte, agitando pasquines y saludando a los coches que pasaban con alegría y desparpajo. "¿Y eso?", me pregunté. Resulta que el coche que había a mi lado llevaba un cartelito, no muy visible, que ponía "За чистые выборы!" ("¡Por unas elecciones limpias!"). Por el otro lado había coches con pompones blancos, como si fueran a una boda, estaba rodeado de automóviles sediciosos y se había montado un atasco como los de todos los días, maldición.

Vamos, que, sin comerlo ni beberlo, me había metido en una cochifestación contra el Gobierno, y supongo que estamos metidos en las cifras de cochifestantes insurrectos. No se lo comenté a Ro, que es partidaria de Putin y de Rusia Unida y cualquier cosa menos una chica subversiva, por no ponerla nerviosa ¡Ella, manifestándose contra el Gobierno!

No deja de ser una maniobra interesante de la oposición. Manifestarse a la intemperie a veintitrés bajo cero es, por lo menos, jodidillo, mientras que poner un par de cartelitos en el coche y darte un paseíto por el anillo es otra cosa. Y lo hacen en domingo porque los días de entre semana el anillo está directamente intransitable y tres mil coches más no se iban a notar mucho.

Esto se está poniendo original. A ver si en verano la oposición monta una bicifestación, para que me sienta como en casa. Si lo hacen, es posible que incluso me dé por asistir. En Valencia no lo he hecho nunca, pero en Moscú me lo plantearía.

viernes, 27 de enero de 2012

Cuando el tiempo sí es un tema pertinente de conversación

Últimamente me ha tocado recordar qué son los grados Kelvin, cuya escala comienza a partir del cero absoluto, a eso 270 y pico grados Celsius bajo cero. A esa temperatura las moléculas y los átomos tienen la mínima energía posible, y no se mueven ni tantico.

Moscú, en estos días de veinte bajo cero que tenemos todos los años, es un poco así. Los habitantes de Moscú, a estas temperaturas que se acercan al cero absoluto mucho más de lo que nos gustaría, preferimos estarnos quietecitos en casa, cerca de la calefacción, que las autoridades han puesto estos días al máximo, y menos mal que ha sido así. A la calle salimos lo justito, y así, aunque Moscú es una ciudad que nunca para ni duerme, es como si se viese menos ajetreo que de costumbre.

La semana que viene continuaremos con el frío. Los pronósticos dicen que incluso bajará por debajo de los veinticinco bajo cero, lo cual, en estos tiempos de supuesto calentamiento global, resulta más que respetable. Si ya llevamos una semana así, y la gente está un poco cansada, cuando llevemos dos, y no digamos si la cosa sigue, todos nos pondremos un poco de uñas.

Mi vecina es de las más hartas. A la vuelta del trabajo, la vi paseando a su perro, un animalico blanco y peludo, por las inmediaciones de su casa.

- ¿Qué tal?

- Harta. Harta de tanto frío.

- Pues la semana que viene parece que va a ser peor. Dicen que hará más frío.

- No puede ser. Tengo muchas ganas de que esto acabe y llegue la primavera.

Mi vecina, eso sí, no pierde la sonrisa. Hay que decir que cada dos por tres pasa una semana en la Costa Azul, lo cual hace mucho más llevadera la temperatura local.

- ¡Bueno! ¡Ya llegará la primavera! Entretanto, no podemos hacer nada - dije yo, imbuido de la actitud rusa de encogerse de hombros resignadamente cuando no tenemos posibilidad, o ganas, de cambiar las cosas.

- ¿Cuándo es el Carnaval? - me preguntó, de repente.

Es así, mi vecina.

- Pues no sé. Antes de Cuaresma, que debe caer hacia mitad de febrero.

- He oído que en Venecia lo han adelantado y será el 3 y 4 de febrero.

- Ah.

- Es que, cuando sea el Carnaval, lo veremos por la televisión y será como si en algún lugar ya hubiera llegado la primavera.

Y miró al cielo, clarísimo y azul, mientras el perro, harto de estar quieto, lanzó un ladrido afónico y su dueña comprendió que había llegado la hora de moverse, por muy cerca que estuviéramos del cero absoluto.

miércoles, 25 de enero de 2012

Religión y emigración (y IV)

Tal día como hoy, pero hace ya la friolera de dieciocho años, tuvo lugar mi primera llegada a suelo ruso, que también había sido mi primer viaje en avión. Entretanto, ya he perdido la cuenta de las veces que he llegado a suelo ruso, y a los aviones subo con más frecuencia que a los autobuses.

Pero entonces no era así. Visto con perspectiva, hoy sé que me tomaron el pelo en la agencia de viajes, al meterme un trayecto absurdo, a través de Madrid y de Amsterdam, para llegar a Moscú desde Valencia. Supongo que me debieron ver la cara de pardillo. En justa correspondencia, creo que apenas he vuelto a pisar una agencia de viajes española desde entonces.

El caso es que aterricé en Moscú, que era una ciudad bastante diferente a lo que es actualmente, y he de reconocer que estaba bastante intranquilo. Mi bautismo del aire no dejaba de inspirarme cierta inquietud, partiendo de la base de que padezco de algo de vértigo, que ahora ni me molesta en los aviones, pero entonces, ¡ah, entonces! Vaya, que apretaba los dientes y me aferraba a los asientos cada vez que el avión variaba de inclinación.

Además de los tres aviones que me tocó tomar ese día, y de la paliza de viaje que llevaba, estaba la llegada a Moscú. Hoy en Moscú estoy como en casa, y hasta pongo la misma cara avinagrada de todos los demás cuando llego y los taxistas piratas me asaltan, o les suelto cuatro frescas en ruso con la misma agilidad que los locales, pero entonces no. Entonces mi ruso se reducía a unos notables conocimientos de gramática, un vocabulario gripado, un nivel de comprensión más bajo que doña Soraya y un enorme potencial retórico, pero sólo potencial. Moscú me pareció una ciudad grisácea, sucia, fría e inhóspita. Creo que no fue hasta mayo que me pude quitar algo de ropa y me di cuenta de que las cosas podían ser diferentes.

Aquel 25 de enero, es cierto que no hacía tanto frío como hoy, que estamos a veinte bajo cero y no se prevé ningún aumento de temperatura en los próximos días, pero al menos hoy hace sol y el cielo está azul. En aquel tiempo, creo que pasé un par de semanas sin ver el sol, hasta que, mediado febrero, la temperatura bajó hasta unos respetables treinta y seis bajo cero, que siguen siendo mi récord de frío, y me di cuenta de que el cielo, de noche, era de color negro, no gris. Acto seguido, me di un resbalón y por poco no me partí la crisma. Eso me pasó por hacer la tontería de mirar al cielo, en lugar de hacer como los expertos y no levantar ojo de la acera y de las traicioneras placas de hielo que la pueblan.

Acabé viviendo no muy lejos de Sókol, una zona que, en su día, había sido el último arrabal de Moscú por la carretera de San Petersburgo, y que ahora, urbanizada a base de bien, ya había sido tragada por la ciudad. De sus tiempos de arrabal conservaba una iglesia, evidentemente ortodoxa, lo que la convertía en una excepción, puesto que la totalidad de los barrios urbanizados en los tiempos soviéticos se habían construido sin reparar en el hecho, totalmente insólito e impensable, de que algún habitante del barrio quisiera visitar una iglesia.

A la que vi la iglesia, me dije que entraría en ella. Según mi párroco de toda la vida en Valencia, que sabía mucho de Teología, pero que de Rusia no sabía de la misa la media, y nunca mejor dicho, no había diferencia alguna entre católicos y ortodoxos y yo podía cumplir el precepto dominical en una iglesia ortodoxa sin el menor problema. Creo que mi párroco estaba convencido de la efectividad de la semana de oración por la unidad de los cristianos (ésa que termina hoy), y le pareció que entre los ortodoxos reinaba el mismo fervor.

Ja.

El sábado por la tarde, las cinco serían, y con un frío que cortaba hasta la respiración, caminé la media hora que separaba mi vivienda de la iglesia, embutido en la porquería de anorak que traía de Valencia y con todos los jerséis que pude encontrar en mi magro equipaje. Aún hoy me asombro de haber metido el equipaje que necesitaba para pasar un año en Rusia en una bolsa de deporte que pesaba diecinueve kilos, ni uno más. Conseguí llegar hasta el portal de la iglesia sin perder la verticalidad y me dije: "Bueno, vamos allá."

Atravesé el portal y pasé al interior, que aún no era la iglesia propiamente dicha. Había un montón de personas por allí dentro, muchas mujeres, con la cabeza bien cubierta, y algunos hombres. Yo giré la cabeza con cierta inseguridad, sin saber muy bien qué hacer a continuación.

En esto, una mujer de edad más indefinible que los valores del PP se me echó encima con un cabreo impresionante y comenzó a lanzarme una arenga que de la que yo, pobre de mí, no estaba entendiendo ni jota. Yo la miraba asustado, tratando de pescar alguna palabra que estuviera en mi vocabulario básico, y ella hablaba con una velocidad tal que ríete de Fernando Alonso y gesticulaba tanto, tocándose la cabeza, que a poco más que durara aquello se la iba a atravesar. Finalmente, en vista de que algo estaba yendo muy mal, pero yo no sabía qué, salí de la iglesia en la esperanza de que la señora no me siguiera hasta allí.

No, no me siguió. Una vez fuera, y a la vista de que en Rusia las iglesias tenían guardianes tan eficaces, decidí abandonar mi intento y volverme a casa, donde al menos había calefacción.

En el camino de vuelta, y como la señora había repetido la misma frase no menos de veinte veces, mientras se tocaba la cabeza, le fui dando vueltas al asunto y, finalmente, comprendí lo que había sucedido: había entrado a la iglesia con la cabeza cubierta, cosa que para las mujeres es obligatorio, por respeto al lugar, pero a los hombres nos está vedado, también por respeto al lugar. Sí, es lo malo que tiene haber nacido después del Concilio Vaticano II, que uno no se entera de cosas que, en otros lugares, tienen plena vigencia.

En este caso, se dieron todas las circunstancias posibles para que mi alejamiento de la iglesia ortodoxa se produjera. Un recién llegado sin más que cuatro palabras de ruso; un frío brutal, excesivo para un valenciano que la semana anterior aún estaba jugando al voleyplaya; un gorro recién comprado, único recurso de unas orejas congeladas; una ignorancia total de cómo comportarse en una iglesia ortodoxa, unido a un pensamiento infantil de que no podía ser muy diferente de cómo hacerlo en una iglesia católica; y finalmente una portera ortodoxa, sí, pero iracunda y no muy acogedora.

Vamos, que si en esta vida ha habido algún momento en que un misionero mormón, o lo que sea, hubiera tenido alguna posibilidad conmigo, ésta era la ocasión. Afortundamente, los misioneros mormones no estaban en mi camino en aquel momento, y a las pocas semanas las cosas mejoraron. Pero, aún hoy, cuando entro en una iglesia ortodoxa, tengo un cuidado infinito en quitarme la boina o el gorro mucho antes de llegar a la puerta, y en quitárselo a Ame, por mucho biruji que haga, no vaya a ser que la historia se repita.