miércoles, 15 de septiembre de 2010

Mujeres sujeto (III)

Después de las últimas entradas, quedan por explicar algunos factores, además del histórico, cultural y religioso, que permitan hacer comprender el desconcertante comportamiento que nos podemos encontrar a veces en las relaciones sentimentales con rusas. Voy a enumerar algunos puntos que a mí me parecen importantes, pero seguro que lo que sigue a continuación es mejorable.

El primer punto es la escasez de hombres en Rusia. En Rusia hay bastantes menos hombres que mujeres, básicamente por la mayor mortalidad y menos esperanza de vida de los primeros. Como ya he escrito alguna vez, el fenómeno es especialmente agudo en las cohortes a las que les tocó estar en edad militar durante la segunda guerra mundial, como aún hoy se puede contemplar en la pirámide poblacional rusa.

A mí me da la impresión de que el resultado de este fenómeno es que las abuelas de las rusas actuales tuvieron que luchar bastante para hacerse con un hueco en el mercado, mientras que los que tenían la sartén por el mango eran los hombres. Y, cuando los hombres tenemos la sartén por el mango y no hay una cortapisa moral o religiosa que nos refrene, digamos que la relajación de la conducta sexual es más acusada, por decirlo de una manera fina, pero espero que comprensible.

Las abuelas de las actuales rusas para mí que debieron pasar a sus hijas y a sus nietas, y ya veremos hasta que generación llegan, el hecho de que lo importante en esta vida es tener un hombre al otro lado de la cama. A fortiori, tener más de un hombre debe ser todavía mejor, lo que nos lleva rápidamente hacia la banalización del sexo.

Yo no sé exactamente en qué momento comenzó la banalización del sexo en Rusia, pero lo más probable es que tuviera mucho que ver, igual que en España, con la disociación entre las relaciones sexuales y la procreación. En Rusia, a falta de métodos anticonceptivos naturales o artificiales, el "método" ha sido el aborto, llevado hasta extremos de práctica generalidad en algunos años, como en los noventa, en que había dos millones de abortos anuales, con eme de masacre, y menos de la mitad de esa cifra de nacimientos. Y doy fe de que abortar en Rusia es sencillísimo y casi diría que lo complicado es esquivar a toda la gente que va preguntando a las embarazadas si de verdad quieren tener al bebé. Y, si una embarazada entra en un hospital para que le operen la rodilla, que tenga cuidado, que éstos ya sobreentienden que viene a otra cosa, no vaya a salir con la rodilla igual de mal que antes, pero ya sin estar embarazada.

Otro factor que podría estar detrás del comportamiento promiscuo de ese pequeño, pero no desdeñable, porcentaje de rusas es que demasiados hombres en Rusia duran muy poco. Unos, porque son de mala calidad o se han estropeado (el alcohol y el tabaco matan lentamente, pero en Rusia hay gente que tiene bastante prisa); otros, porque se piran con mujeres más jóvenes que la suya a vivir la vida loca hasta que esa mujer más joven, a su vez, se le vaya con otro y le deje, strictu sensu, con el rabo entre piernas. Y ésa es una situación más frecuente aquí que en otros países, como el mío, donde también suceden estas cosas, pero no tanto.

El caso es que, sumando las esposas y las hijas de estos personajes, así como las amigas de ambas, se forma un importante grupo de mujeres que han vsto que su marido o padre es un sinvergüenza y, a corto plazo (y Rusia es el país del corto plazo), le va de cine.

Y entonces aparece la pregunta clave, que en ruso es "Чем я хуже?" y en español es aproximadamente "Y yo, ¿por qué no?"; le sumamos a eso una dosis de banalización del sexo, otra de coquetería histórica, otra de indiferencia ante el divorcio y la infidelidad, un encanto innegable, un notable nivel cultural y un aspecto externo más que atractivo, y ya tenemos un resultado explosivo destinado a inquietar y a desesperar a los hombres, en particular a los guiris, que, a diferencia de los rusos, no estamos acostumbrados a que nos pasen estas cosas.

Pero volvamos al caso del amigo de Francisco. El cónclave femenino de amigas de la pandilla había sugerido en que la rusa protagonista es una mujer calculadora que quiere acaparar las riquezas del gabacho y el gusto de la, ejem, compañía del español. Yo creo que no. Sin conocer el caso concreto, estoy casi seguro de que la rusa en este caso obra por impulsos, hace lo que más le apetece en cada momento y ella misma no podría explicar racionalmente por qué lo hace.

Y ya para terminar de hablar de mujeres, que ya va siendo hora, voy a contar un caso que conocí, para no dejar solo a Francisco con la historia que ha compartido con nosotros.

Pero eso será a la próxima.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Mujeres sujeto (II)

Os presento a la señora de al lado, que en su tiempo atendía por el nombre de Natalia Goncharova y, después de su matrimonio con el primer poeta ruso, Alexander Pushkin, con el de Natalia Pushkina. Después del duelo por causa suya que terminó con el fallecimiento de su marido, y de su segundo matrimonio, cuando todavía debía estar de muy buen ver, pasó a llamarse Natalia Lanskaya.

Natalia Goncharova (vamos a llamarla así para no liar mucho el relato) era en el siglo XIX ruso el equivalente a las supermodelos, supercantantes y superactrices de hoy en día: el colmo de los colmos del glamour y el objeto simultáneo de admiración y envidia de todas las mujeres de su tiempo. Si en el siglo XIX hubiera habido un "¡Hola!", sin duda sería con gran diferencia una de las ocupantes más asiduas de la portada, con todos los rumores, cotilleos, saraos sociales y todo tipo de lances en los que fue protagonista. Porque, si aparecía por algún sitio, la protagonista era ella y nadie más. Por otra parte, estaba considerada una "sex-simbol" de agarra y no te menees por quien bebían los vientos todos, pero todos, los hombres de su generación. Como Marilyn Monroe, pero ciento treinta años antes.

Hoy en día, las noticias vuelan por todo el mundo, así que las tías más buenas a nivel mundial están incluso clasificadas en un ranking. Por ejemplo, esta mañana, mientras corría en la cinta con la tele puesta, aparecía que según no sé qué encuesta, la mujer más deseada por los hombres es Megan Fox, y por allí estaban también Jennifer Aniston (sí, sí, de verdad, yo tampoco me creía que no hubiera nadie mejor), Beyoncé, Angelina Jolie y no me acuerdo de quién más. A mí, como no me preguntaron...

Pues bien, en el limitado ámbito ruso del segundo cuarto del siglo XIX, la primera en la clasificación, ganando por goleada a cualquiera otra, hubiera sido Natalia Goncharova. Es más, hace unos años, en una encuesta que leí sobre quiénes eran las mujeres más guapas de Rusia, seguía estando entre las diez primeras, muy por delante de muchísimas rusas contemporáneas de las que salen a diario en la tele. Eso nos indica que Natalia Goncharova, aun hoy en día, siglo y medio después de su muerte, sigue siendo muy conocida y tremendamente admirada. Mientras vivió, las mujeres la admiraban y la envidiaban, pero, una vez bajo tierra, la envidia pierde toda su razón de ser, así que del sentimiento dual sólo quedó la admiración. Y la admiración, fatalmente, lleva a la imitación.

Pues bien, Natalia Goncharova tenía sus motivos para sentirse afortunada: estaba en la flor de la edad, se había casado con una de las personas más queridas en Rusia, nada menos que con el poeta nacional, un galán por el que suspiraban todas las jovencitas casaderas de la corte, y no tardó en tener hijos, que en la escala de valores vigente entonces era importantísimo. La casa en Moscú donde vivieron, en Arbat, es actualmente un museo con una graciosa estatua de la pareja, y la iglesia donde se casaron no sólo se salvó de la destrucción durante la época comunista (en buena medida por el hecho de que ahí se casaron éstos dos), sino que además fue adornada con una bonita fuente coronada por otra pequeña estatua que les representa a los dos dándose la mano y mirándose como dos tórtolos.

Sin embargo, el matrimonio con la Goncharova fue el principio del fin para Pushkin. El hecho de que Natalia Goncharova estuviera casada no significó demasiado para sus admiradores... ni parece que tampoco para la propia Natalia. Pushkin no era pobre, aunque había llevado una vida bastante viajera y disoluta, pero el hecho de tener que mantener una familia le tuvo que hacer asumir más responsabilidades de las que hubiera querido. David Beckham tiene unos contratos publicitarios de la leche, cobra un huevo por jugar, o no, al fútbol, y así va sobrado de guita para pagar los caprichitos que pueda tener Victoria, que además también se sacará una pasta por los derechos de autor de las Spice Girls y por los distintos derechos de imagen que tenga.

Pushkin, no.

En tiempos de Pushkin, el fútbol no existía y los contratos publicitarios tampoco. Los derechos de autor sí, y de eso es de lo que vivía este hombre. Le pagaban muy bien; de hecho, le pagaban cantidades fantásticas por cada verso que escribía, porque se vendían como rosquillas. Sin embargo, todo lo que ganaba no bastaba a mantener el nivel de vida al que le obligaba su mujer. No es que estrenara vestido y joyas en cada sarao, que también; es que tenía dos hermanas mayores solteras, bastante más feas que ella, a las que se llevó a vivir a la corte y que también tenían que estrenar vestidos y joyas para casarlas; es que le tocó organizar saraos y no desmerecer frente a nobles terratenientes forradísimos e incapaces de recorrer la superficie que poseían por no tener tiempo para viajar tanto. Pushkin comenzó a escribir por la pasta y casi sólo por la pasta, para dar de comer, de vestir y de alternar a toda la familia que se le había aparecido.

Encima, a esto se sumó que la Goncharova era objeto de todo tipo de rumores, y tengo para mí que en los bailes de la corte y en los saraos no hacía mucho por desmentirlos, sino que, muy al contrario, provocaba que aparecieran más. Que si el Zar era su amante, que si tenía un lío con este barón, o con este príncipe... el pobre Pushkin no debía saber a dónde mirar y de dónde le podían venir las banderillas. Hasta que apareció un francés, George Dantés, que se puso a cortejar abiertamente a la Goncharova, que supongo que haría el jijijajá que hacen las supercoquetas cuando les dicen monerías y les sube el pavo la cosa. La cosa acabó mal, y eso que el francés se casó con la hermana de Natalia, que ya fue hacerles un favor a los Pushkin. Comenzaron a aparecer anónimos graciosillos en los que se nombraba a Pushkin maestre de la Orden de los Cornudos. Hoy supongo que Pushkin aparecería en Corazón, Corazón o le pondría una demanda a quien fuera, pero esas cosas no existían en el siglo XIX, así que, como todos sabemos, en enero de 1837 tuvo lugar el duelo con Dantés que terminó con la muerte de Pushkin y el paso de Natalia Goncharova, con veinticuatro añitos y un mundo por delante, al estado civil de viuda.

Pues ésta es la mujer más unánimemente admirada en este país. Y vemos que lo de irse con un francés no es nuevo.

Ésta es una parte de la cuestión. Pero no, todavía no hemos terminado, que todavía falta saber qué hacer en esta situación, porque lo de retar en duelo al francés no lo recomiendo. Es muy doloroso para los tímpanos y hay que madrugar mucho.

Pero es que hoy se hace tarde.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Mujeres sujeto (I)

Hace ya unas cuantas entradas que Francisco escribió la historia de un amigo suyo que había tenido una relación con una mujer rusa, la cual se había ido con un francés, pero que seguía enviándole regalitos y queriendo mantener el contacto, cosa que tenía al amigo de Francisco bastante fuera de sus casillas. En un arrebato, dije que recogía el guante y que escribiría algo sobre la cuestión.

Y no sé si hice bien o debí mejor escurrir el bulto hábilmente, pero, como no lo hice cuando pude, ahora me toca escribir sobre el asunto. Para empezar, voy a dejar claro que puedo jurar por lo más sagrado que no tengo ningún hijo secreto con ninguna rusa (en realidad, con nadie), salvo que me hayan explicado mal cómo funciona la reproducción humana y también podamos reproducirnos por esporas o vaya usted a saber cómo. Eso significa que no tengo experiencias tan dolorosas como las del amigo de Francisco, pero eso no quiere decir que no tenga ojos en la cara y el suficiente serrín en la mollera como para advertir lo que pasa por aquí y cómo las gasta cierta población femenina local, aunque los expertos en esta materia son otros.

Y lo primero que hay que decir es que comportamientos como la ex-pareja del amigo de Francisco existen. No voy a decir que son generalizados, pero existen y no son esporádicos ni mucho menos. Y a los extranjeros que son, o somos, víctimas del asunto se nos queda una cara de tontos, en el mejor de los casos, o de estreñimiento, si las cosas se ponen peor, que se las trae. Yo diría que los hombres rusos, cuando les pasa alguna historia de éstas, que no dudo ni un momento que también les pasan, se lo toman con mucha más filosofía que nosotros.

La primera reflexión que se me ocurre sobre el asunto versa sobre el porqué de esta actitud, y me voy a poner un poco pedante, así que el que quiera sólo echarse unas risas rápidamente debería cerrar esto e irse a otra página.

Lo primero que podríamos tener en cuenta son los principios que rigen el caletre de los españoles. Los españoles somos oficialmente católicos desde el año 589, que ya son años, y sólo hemos dejado de serlo -oficialmente, insisto- en 1978, lo que nos da cosa de catorce siglos de catolicidad, que ya son siglos. Y, aunque ahora el catolicismo ha perdido terreno y hay multitud de españoles, sobre todo jovencitos, que de doctrina no saben de la misa la media (y nunca mejor dicho), los principios fundamentales siguen ahí impregnando nuestra esencia, y en los treinta años largos de aconfesionalidad que estamos disfrutando, o padeciendo, no ha dado tiempo a arrumbarlos. Y, me atrevo a añadir, menos mal.

Pues bien, en el catolicismo, la infidelidad matrimonial, y hasta la infidelidad en general, es un imprevisto. Es un pecado, sí, pero desde luego es un imprevisto. Los católicos reaccionamos con perplejidad a la infidelidad, algo así como "Pero, ¿cómo ha podido ser?", antes de juzgar, por supuesto negativamente, el hecho.

La prueba de que es un imprevisto es que no se prevé una solución radical a un matrimonio que sufra de una infidelidad de uno de los cónyuges. El matrimonio subsiste, como mucho hay una separación, y ni siquiera los matrimonios civiles se podían disolver, al menos hasta la reforma del Código Civil de 1981. Es más, el adulterio era un delito castigado penalmente, y siguió siéndolo hasta 1978, si no recuerdo mal.

Con esto quiero decir que a los españoles la estabilidad matrimonial siempre nos ha preocupado muchísimo y ha estado muy protegida, tanto por la ley civil, como por la canónica. Pero hay más, porque si repasamos las grandes obras de la literatura española no vamos a encontrar aplauso alguno a la infidelidad matrimonial. Muy al contrario, cuando sale algún marido infiel se le juzga de pena. Y, lo que son mujeres infieles, me tendréis que hacer memoria, porque yo no las recuerdo. Es que sólo se plantea la posibilidad para descartarla rápidamente. No, las mujeres no son infieles y punto. Los hombres sí, los hombres son a veces infieles, pero eso es chunguísimo y se castiga sistemáticamente y, si no, fijaos en Don Juan Tenorio. Que, no lo olvidemos, era soltero y, por tanto, se le podria disculpar algún escarceo. Vamos, que, todavía hoy, nuestros escolares, a pesar de todas las asignaturas relativistas y positivistas con que los gobiernos de los últimos treinta años les están bombardeando, no encuentran arquetipo de infidelidad digno de tal nombre en la literatura española que estudian. Don Quijote estará chiflado, pero siempre pone a su dama por delante y ni se plantea serle infiel. Calixto y Melibea podrán ser un par de tontolabas, pero ahí los tienes juntitos. El corregidor de "El sombrero de tres picos" quiere beneficiarse a la molinera, pero la molinera no duda en darle calabazas y en quedarse con su molinero. Las comedias de Lope, Tirso y Calderón utilizan los celos como recurso, pero siempre acaban por ser infundados: nunca había pasado nada indecente.

En fin, que en España la infidelidad está históricamente prohibida, mal vista en todos los casos, y la infidelidad femenina es directamente inconcebible.

¿Y en Rusia? Pasemos a ver el caso ruso siguiendo los mismos parámetros.

Rusia fue un país oficialmente ortodoxo entre 988 y 1917, o sea, algo más de nueve siglos, que tampoco está nada mal. Podríamos decir que no hay diferencias entre ser católico y orotodoxo hasta el cisma de Oriente de 1054, pero eso tampoco cambia demasiado, porque entre 988 y 1054 no creo que la mayoría de los rusos de entonces supiera siquiera que había una ciudad llamada Roma y un papa en ella.

En la doctrina ortodoxa, en lo que yo, y no sólo yo, considero que es casi la diferencia fundamental entre católicos y ortodoxos, el adulterio está previsto y regulado. Claro, no está bien valorado, sino todo lo contrario, pero está previsto, y la consecuencia que trae consigo es que el cónyuge inocente (normalmente, la mujer, vale, pero no necesariamente y menos en Rusia) puede pedir el divorcio. Algo que en España y en todo el orbe católico está descartado, excepto en las mentes de algunos teólogos progres y despistados, o algo peor. No, no me olvido de la nulidad, ni de los abusos a que lleva esta puerta, pero es otra cosa. En todo caso, sobre estas diferencias entre las doctrinas católica y ortodoxa ya estuvimos escribiendo aquí.

Pero hay más. La posibilidad de infidelidad, incluso femenina, o especialmente femenina, está marcada en los tuétanos educativos rusos. Si rebuscamos entre los grandes referentes literarios rusos, vamos a darnos de narices con la novela rusa por excelencia. Recordemos que la novela española es el Quijote, que, entre otras cosas, es un canto a la fidelidad; las novelas rusas más impactantes son, por su parte, y salvo que algún ruso me corrija, dos de León Tolstoy: "Anna Karénina" y "Guerra y paz", pero, sobre todo, la primera, de lectura obligatoria para todo (toda) estudiante ruso (rusa) de secundaria.

En las dos novelas aparecen flagrantes infidelidades femeninas, pero el caso más claro es el de "Anna Karenina", en que la infidelidad femenina es bien valorada. Con independencia de las circunstancias particulares de la obra, es una novela que ningún autor español podria haber escrito, y no porque esté escrita de narices (lo está y, si no la habéis leído, ya tardáis), sino porque la infidelidad femenina no se contempla en la literatura española. Es como escribír "ahora" sin hache intercalada: no se puede hacer porque va contra las reglas. Sin embargo, la lectura de esa novela forma parte de la educación rusa. De hecho, las dos novelas son una sucesión de cuernos tan brutal que a Tolstoy habría que haberle concedido las dos orejas y el rabo por la faena.

Y hasta aquí, la parte de hoy, pero creo que es un tema muy abierto a opiniones distintas. En todo caso, me he dejado bastantes cosas en el tintero, la más importante de las cuales es qué hacer ante una situación tan desagradable.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Mujeres objeto (y III)

Hace un par de años, en Cevisama, que es la feria de productos cerámicos que se celebra anualmente en Valencia, se montó una escandalera de agarra y no te menees cuando una empresa, creo recordar que de encofrados, decidió poner en su estand unas cuantas chicas en bañador para atraer visitantes. Lo consiguió. Además, obtuvo publicidad gratuita a raudales cuando el feminismo valenciano rampante empezó a criticar tamaña desvergüenza de manera asaz incisiva. Las feministas pusieron el grito en el cielo, y ello condujo a la indiferencia del resto del género femenino y a un aumento aún mayor de las visitas masculinas al estand de la empresa transgresora.

Una vez más, en Rusia, lo de las chicas en bañador no hubiera llamado la atención en absoluto. Si acaso, por lo recatado.

En la feria de componentes, el público era como más... no sé, de llave inglesa, mono de trabajo y taller de reparaciones. Más zafio, para entendernos. Y así no es de extrañar que las chicas que se exhibían en la feria fueran un poco menos finas que en la de los coches.



Doy fe de que la chica de arriba de la foto se pasó prácticamente todo el santo día subida en el coche que habían puesto sus jefes para adornar el estand. Al menos, tuvo el detalle de sonreír cuando le sacaba la foto.



Y éstas eran la gran atracción, colocadas estratégicamente junto al Ferrari. Siempre, pero siempre, a lo largo de los cinco días que duró la feria de componentes, estuvieron rodeadas de un enjambre de visitantes, todos de sexo masculino, que se hacían fotos con ellas.

- Es que son muy guapas.
- Jo, como encima sean simpáticas e inteligentes y hablen idiomas, es que pasa algo raro.
- El mundo, que está mal repartido.

Había otro estand, desde que el que un tamadá (que es el equivalente ruso al animador, y el que quiera saber más que pase por Ekaterimburgo), rodeado de dos pibones de impresión, sorteaba cosas, arengaba a los clientes y predicaba a grito pelado y micrófono en ristre las bondades de la empresa que lo había contratado. No pude hacer ninguna foto presentable porque había demasiada gente y, además, el tamadá no había forma de que se estuviera quieto y mi cámara es tirando a cutre.

Por toda la feria, iban paseando parejas de chicas con vestidos ceñidos, faldas cinturón y mensajes con doble sentido grabados en el trasero. Una pareja, que quitaba el hipo, llevaba escrita donde termina la espalda la frase: "Busco socio" (Ischu partnyora, que en ruso tiene el doble sentido de "Busco pareja"). Otras dos chicas, también de impresión, llevaban escrito: "Evitamos pérdidas de aceite." Y tanto. No les hice foto porque ya me parecio poco decoroso, y no digamos cuando me encontré en un estand con una chica bailando en tanga y con el resto del cuerpo como su madre la trajo al mundo y una capa de pintura a cuadros por encima. La repera.

Ya de vuelta al estand que ocupaba yo, en la isla vecina empezaron a poner música de discoteca con un volumen bastante alto, mientras unos focos esparcían luces de colores alrededor. Nos acercamos a ver qué pasaba.

- ¿Y éstos a qué se dedican?
- Pues no sé - luego supimos, tras mucho investigar, que representaban a Bosch y a otros fabricantes de componentes, pero no era evidente en absoluto.
- Mira, esta chica viene hacia nosotros.

Efectivamente, una azafata del estand, con un cuerpazo escultural embutido en un vestido negro un par de tallas más pequeño de lo que sería adecuado, se acercaba hacia nosotros con una sonrisilla seductora. Sin mediar palabra, nos puso en la mano dos bombones de chocolate y dos envoltorios de plástico de forma cuadrada, dentro de los cuales se palpaba al tacto un objeto blando con forma anular.

- ¿Esto es lo que parece?
- ES lo que parece.

La azafata volvió para su estand sin dejar de sonreír y nosotros nos volvimos al nuestro, donde como mucho se repartían bolígrafos, con el alucine metido en el cuerpo. Después de esto, que pasó en una feria de automoción, prefiero no pensar qué se puede montar en las de lencería. Y las hay, las hay.

Tras tantísima mujer objeto, parece llegado el momento de recoger el guante y afrontar la cuestión que planteaba Francisco el otro día.

Pero eso ya será en la próxima entrada. Ahora, me está apeteciendo una ducha fría, mira por dónde.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Mujeres objeto (II)

El salón del automóvil de Moscú es un escaparate que no se sabe muy bien, una vez visitado, si tiene como objetivo enseñar los nuevos modelos de coches que los distintos fabricantes ponen a la venta, o alegrar la vista del visitante salid... mmm... capaz de apreciar la belleza, tal y como están los modelos de coches de bien acompañados por modelos de chicas.

Cuando uno se acercaba a un coche, cámara en ristre (como veis, es mi caso), la modelo esbozaba una sonrisita y ponía pose de foto. Cuando te alejabas, adquiría una pose de indiferencia bastante comprensible, teniendo en cuenta que estar junto a un trasto de ésos diez horas al día durante los diez días de duración del salón acaba por desquiciar a la modelo más motivada. Tomando en consideración esto, mi visita se realizó poco después de las diez de la mañana, apenas abierta la feria, para encontrar a las chicas bien desayunadas y llenas de energía.

¿A cuánto va el kilo de pibón en Moscú? El salón del automóvil nos permite realizar una aproximación adecuada en tiempos de demanda relativamente alta. Pues ahí va: el salario normal de cada una de estas chicas es de cinco mil rublos al día, que, al cambio, vienen a ser unos ciento veinticinco euros. El trabajo consiste en situarse junto a los vehículos luciendo palmito y en no ser desagradable. Tampoco se exige ser la alegría de la huerta. Los visitantes, todo lo más, se sacan fotos con el coche y con la chica, pero no se propasan. Muchas veces la foto se la hace su propia mujer (bueno, eso parecía), así que no hay problema doméstico en ciernes.

- Cinco mil rublos... no es tanto.
- Hombre, pues... visto así.
- No, fíjate, la próxima fiesta que hagamos, entre varios podríamos alquilar a una para que esté en la fiesta.
- ¿Y?
- Sólo para que esté. Nada más. Nada de propasarse. Aún así, íbamos a quedar de miedo con el personal.

- Pero es que entonces habrá que sacar la bebida al final, cuando se haya ido, porque si la sacamos antes seguro que hay alguno que intenta propasarse por mucho que digamos que no. Como poco le dará la murga.
- Bueno, también podemos decir que es novia de algún supermafioso agresivo.
- Es igual. Si la peña bebe van a babear a saco.
- Jo, es que quedaría muy bien. La pones a un lado de la sala para que se quede allí de pie y ya que haga lo que quiera. Incluso si quiere puede hablar con alguien.
- No sé... no lo veo claro.
- Yo creo que podemos intentarlo.

En estas pláticas salimos del salón del automóvil y nos dirigimos a la feria adyacente de componentes y repuestos de automoción, cuya descripción y fotos vendrán, Dios mediante, en la próxima entrada, con las aventuras que allí nos sucedieron.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Mujeres objeto (I)

Hace un par de semanas, en un periódico español, leí una carta al director en que un lector (o lectora, no recuerdo bien) daba rienda suelta a su indignación, provocada por una campaña publicitaria que se estaba desarrollando en España. La campaña era de ropa interior femenina y mostraba a mujeres en paños menores y actitud provocativa que invitaba a la excitación sexual del género masculino. A juicio de la lectora, semejante campaña implicaba la consideración de la mujer como mero objeto sexual con la consiguiente humillación, denigración y menoscabo de la condición femenina.

Lo más probable es que la autora de la carta fuera una mujer dispuesta a prohibir los anuncios de ropa interior femenina de talla inferior a la 54, con tal de salvaguardar la condición femenina de su lamentable reducción a curvas sensuales, carnes firmes y rostros atractivos, y de su explotación con perversos fines publicitarios y capitalistas.

Angelitos.


En Rusia, apenas puede encontrarse un anuncio en que que la mujer ligera (o totalmente privada) de ropa no tenga un papel protagonista. Y no son de sujetadores ni braguitas. Vamos, yo diría que una mujer en sujetador y braguitas en un anuncio de sujetadores y braguitas tiene cierta lógica. Aquí, en Rusia, ni autocontrol ni leches, vamos a saco. He visto anuncios de tornillos con mecánicas en braguitas y, eso sí, con casco protector y una caja de herramientas; incluso en internet son frecuentes los anuncios subidos de tono (y hasta vimos uno de tóner para impresoras, hace algún tiempo), pero lo que está rugiendo por la ciudad son los anuncios reproducidos ahí al lado, que están poco menos que en cada esquina.

Los que leéis ruso ya sabéis qué están anunciando. Para los que no lo leéis, sabed que se trata de un banco que anuncia una especie de supercuentas de alto rendimiento y que, por si fuera poco, publica una revista trimestral para sus clientes. Si no sabéis ruso, apuesto a que no os figuráis que la revista es de un banco, sino una especie de "Macho" o "XXL". Vamos, igualito que la revista de la Caja de Ahorros de la Inmaculada.

Pero eso no es todo. Como ya quedó mencionado en un comentario anterior, la semana pasada estuve en la feria de coches y componentes de coches, en Moscú.

Ahí me hubiera gustado ver a la caterva de feministas exaltadas que tenemos por España, ahí, protestando contra la exposición del género femenino a las necesariamente lascivas miradas de los hombres, esos seres despreciables cuya extinción mejoraría indudablemente en género humano. Y hasta creo que hay alguna comentarista que, si son españoles esos hombres, poco menos que se queda sin adjetivos descalificativos lo suficientemente denigrantes para describirlos.

Pero sobre la feria de coches toca escribir en la próxima entrada. Que ahora me llaman para embarcar... :-)

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Bañistas

Por la mañana, nos acercamos al río Volga, a su paso por Tver, que es donde realmente comienza a ser un río en condiciones y a la altura de su fama. Nos encontramos allí con algunos novios que se hacían fotos junto a la estatua de Afanasiev, pero eso lo dejo para la serie de la zona cursi. En cambio, ahora toca fijar nuestra atención en lo que sucedía pocos metros a nuestra derecha, en que había una rudimentaria playa fluvial con un buen número de bañistas.

- Oiga, ¿pero aquí está permitido bañarse? - pregunté, al ver un cartel bastante aparente al lado mismo de la playa.
- No, pero bueeeno... todos se bañan.
- ¿Y no es peligroso?
- Yo sólo les digo que, del último grupo que traje por aquí, por la noche, cuando tuvimos tiempo libre, todos vinieron a bañarse en las aguas de nuestro río Volga. Así que les animo a que esta noche, cuando volvamos de Domotkánovo, vengan hasta aquí y prueben las aguas del río.

Yo creo que aquí ya se picaron varios del grupo. No podía ser que los demás se hubieran bañado y nosotros no. A lo mejor a los del grupo anterior les había pasado lo mismo, quién sabe.

- ¿Y cómo vinieron aquí desde el hotel?
- Hay microbuses desde el centro, y también pueden pedir un taxi en el hotel entre varios, que es lo que hicieron todos, y ya les vendrá a buscar. Luego, de vuelta, sólo tienen que ir a la estación de tren. Pueden ir en tranvía también, pero tengan en cuenta que a partir de las once ya circulan menos.

La mayoría del grupo escuchaba ávidamente, y eso que al día siguiente íbamos a ir al lago Seliger, donde bañarse está perfectamente permitido y hay unas aguas bastante más limpias que las que pudiera haber allí.

De allí fuimos a comer, al hotel, y de allí al museo Serov en Domotkánovo, donde pasó lo que estuvimos viendo en la última entrada.

A los postres ya había una parte del grupo que estaba bastante chispa. Es verdad que no había tanta domotkánovka como para pillar un pedal, pero, entre que el líquido ése tenía más graduación que un almirante, y que después de todo cuatro garrafillas dan bastante de sí, ahí había tema. Las mujeres tienden a beber algo menos, y es aquí cuando los escasos hombres asistentes a la cena se supone que tenemos que dar un paso adelante y dedicarnos a acabar con los últimos tragos. Yo seguí escaqueándome, y los demás hombres seguían trasegando, pero además seguían trasegando mis dos vecinas de enfrente.

- Nadezhda, venga, vamos a beber otra copita.
- ¿Qué? ¿Está bueno? - les pregunté.
- Bueno, no mucho, pero es para animarnos a bañarnos en el Volga esta noche - y empinó el codo con fuerza para vaciar el vaso.

Así que, cuando volváis a ver en España las estadísticas de ahogados en Rusia durante el verano, tened en cuenta que se nutren de gente que se baña en lugares donde está prohibido hacerlo y en un estado etílico que convierte en peligrosa cualquier actividad que hagan, no ya bañarse, sino hasta hacer crucigramas. Y, a veces, azuzados por los responsables de que su estancia junto al agua se desarrolle con normalidad.

Por fortuna, mis compañeras no fueron a engrosar las estadísticas de fiambres en remojo, y al día siguiente, a buena mañana, abandonaron el hotel con el resto del grupo camino del monasterio de San Nilo, en el lago Seliger.

Pero sobre la vida monástica contemporánea en Rusia tocará escribir otro día.