miércoles, 29 de junio de 2011

El sarao (II): Fuerzas vivas y otros asistentes.

Al aproximarnos a las inmediaciones del restaurante, ya se comenzaba a distinguir la presencia de coches con matrícula roja y un 006 grabado en la placa, signo inequívoco de la inmediatez de personal diplomático y técnico al servicio de España que, indudablemente, no podía ausentarse del acto en que Fernando Adriano iba a mostrar a Moscú sus genialidades culinarias. Cerca ya de la puerta, un intenso olor a gomina me puso alerta de la presencia de un consultor de melena rizada, vestido de «smart casual», sí, pero con una ponderación de «smart» mucho mayor que la de «casual».

- Hombre, Cándido, ¿qué tal tú por aquí?
- Bueno, yo aquí, ya ves.
- ¿A qué dedicas últimamente?
- Estoy llevando... ya sabes... proyectos.
- Como de costumbre, ¿eh?
- Sí, ya sabes que me dedico a esto.
- Pues claro, proyectos.

Se suponía que debíamos llevar las invitaciones, que eran un cartoncito con la efigie de Fernando Adriano como en la imagen que ilustra esta entrada, y que había un control en la entrada. En realidad, el control de acceso fue tremendamente más laxo de lo que suele ser, supongo que por el hecho de entrar hablando castellano. Había una chica mona mirándonos y sonriéndonos al pasar, sin ganas de meterse en líos, y un ruso alto con cara de palo que, para lo que hacía, hubiera podido ser un maniquí o un espantapájaros.

Alfina y yo entramos al mismo tiempo que el consultor Cándido y su esposa (las esposas de casi todo quisqui, excepto la mía, son locales). Cándido y su melena engominada se fueron hacia un lado a hablar de sus proyectos, mientras que Alfina y yo nos hicimos una composición de lugar, una vez nos hubimos acostumbrado a la oscuridad ambiental.

De momento, ahí estaba, cerca de la puerta, un amigo, el mejor intérprete de español a ruso, y viceversa, que han conocido los tiempos. Es tan bueno que traduce los chistes y encima tienen más gracia cuando los traduce. Lo dejas en el centro de Salvacañete con una boina y pasa desapercibido, a pesar de que es ruso de pura cepa. Si acaso, cantaría un poco por hablar demasiado bien en español, sin palabrotas ni errores de dicción.

- ¡Hombre! ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo!
- Bien, bien, aquí me tienen, esperando a actuar.
- Ah, ¿vas a traducir a Fernando Adriano?
- Sí, y a quien salga. Me han contratado para esta noche.

Los grupitos estaban bien diferenciados. Los españoles que había por allí estaban a un lado, mientras los rusos estaban por otro. Como de costumbre, había muchos españoles y apenas ninguna española; y muchas rusas, pero pocos rusos. Nada nuevo.

El motivo por el que los españoles estaban a un lado es que a ese lado había jamón. Ni cocina de diseño, ni estrellas Michelin, ni leches. Jamón, y punto, que está más allá de las modas. Había unos cuantos jamones y un par de cortadores voluntariosos, pero poco más. Para una cortada que les salía aceptable, les salían cinco que no sabías muy bien si eran lonchas o tacos largos; pero, eso sí, estaba de muerte, y no digamos si lo completábamos con el queso y el aceite de oliva que había por allí. También había vino para acompañar, y ahí es donde estaban los rusos arracimados.

Cuando hubimos comido algo, Alfina y yo decidimos dar una vuelta por la sala a ver quién había por ahí. De momento, un acierto de la sala consistía en que la música era ambiental, lejos de las estridencias habituales, lo que permitía incluso mantener una conversación adecuadamente.

En la sala, supongo que después de pasar un buen rato al lado del jamón, estaban todas las fuerzas vivas de la colonia española en Moscú. En mi pueblo, Benicountrí, las fuerzas vivas son el cura, el alcalde y el médico, porque no hay puesto de la Guardia Civil ni notaría. En Moscú, y a la vista de la irreligiosidad manifiesta de los poderes públicos hispanolocales, no es probable encontrar a ninguno de los dos sacerdotes españoles que, hasta donde yo sé, ejercen su ministerio en Moscú; ni tampoco hay ahora médico alguno español al que incluir entre las fuerzas vivas. Sin embargo, el equivalente al alcalde, que tendrá que ser el Embajador, sí que estaba, paseando su porte y su palmito por la sala, y también estaba el equivalente al notario, que tendrá que ser el Cónsul, que al fin y a la postre tiene poderes notariales. Como me consta que el Cónsul tiene una opinión muy mejorable sobre este cronista, por cuestiones que no son del caso ahora, le dejé con su copa conversando animadamente (bueno, todo lo animadamente que puede) con otro señor tan trajeado, encorbatado y tan poco «smart casual» como él mismo.

La otra fuerza viva de la comunidad española en Moscú es el que asegura las comunicaciones con la metrópoli, que no es otro que el representante de nuestra compañía aérea de bandera, responsable de que los tres aviones diarios donde se estabulan los viajeros con destino a España salgan puntualmente del aeropuerto de Domodiédovo. Es una persona lógicamente admirada, como supongo que lo era en los virreinatos americanos el capitán de las galeras que unían Sevilla con Veracruz o con cualquier puerto de Indias.

- ¡Rodolfo! - le saludé.
- Ahora nos vemos, ahora nos vemos... - me dijo dándome la mano. Con buen criterio, en lugar de ponerse a charlar con un servidor, se pasó la velada de palique con chicas, así que decidí no interrumpirle.

Luego estaban los cocineros, dispuestos a empezar su actuación y con los ingredientes sobre la mesa. Había muchos rusos curioseando por allí cerca, lo cual estaba muy bien, porque así dejaban más espacio en la zona del jamón.

Los españoles, a la hora de elegir su atuendo «smart casual», pecaban de exceso de «smart», con sólo alguna excepción que había prescindido de la corbata; los rusos, en cambio, tendían a pecar de exceso de «casual», encabezados por los periodistas y cámaras que habían venido a cubrir el evento y que parecían recién llegados de la acampada de Sol. Menos mal que preferían el vino al jamón, porque, si no, difícil lo teníamos.

Y, en esto, se oyó un remolino de voces, unos golpes de micrófono, y un aluvión de gente desplazándose. Fernando Adriano iba a hablar.

(continuará)

lunes, 27 de junio de 2011

El sarao(I): Dramatismo e intriga.

No suelo asistir a fiestas, ni salir por las noches. Por lo que me cuentan los que sí lo hacen, me estoy perdiendo algo, pero, bueno, es lo que hay y uno tiene que conformarse con lo que le apetece por naturaleza, sobre todo si no es perjudicial. Sin embargo, esta regla tiene, como casi todas, sus excepciones, y la excepción llegó con la visita a Moscú de un famosísimo cocinero español y la invitación que me llegó para asistir a la exhibición de sus habilidades. En aplicación de la estricta política de anonimato que observa esta bitácora, llamaremos al cocinero español Fernando Adriano, que no es, por supuesto, su verdadero nombre, sino uno supuesto que le atribuyo con el fin de que nadie, pero nadie, pueda averiguar a quién me estoy refiriendo.

La fiesta tenía lugar en un restaurante céntrico, y además Alfina me iba a acompañar al evento, lo cual le añadía dramatismo e intriga al asunto. Comencemos por el dramatismo.

El dramatismo era inevitable desde el momento en que el «dress code» de la fiesta, según ponía la invitación, era «smart casual» ¿Y eso qué es? ¿«Arreglao», pero informal? ¿Simplemente pijo? Pero, ¿cómo? ¿Pijo yo?¡Si yo no me sé vestir de pijo! Primero pensé que no habría que preocuparse mucho, porque en Rusia (no tanto como en Holanda, pero casi) siempre hay alguien que viste peor que tú, por muy mal que lo hagas. Pero Alfina no estaba dispuesta a asumir el riesgo, y miró muy torcido cuando me puse un polo con intención de llevar sobre él una chaqueta que había comprado en Kíev en el lejano 1997 y que seguía en buen estado de conservación. Al parecer, la chaqueta, no os lo vais a creer, estaba pasada de moda y, por si fuera poco, las chaquetas no se visten sobre los polos.Es lo que tiene andar un poco despistado sobre las tendencias de la moda. Al final la cosa quedó en la chaqueta kievita (innegociable, como representante del pasado) con un pantalón a juego (más o menos igual de pasado de moda, para ir coordinado) y una camisa en lugar del polo. Bueno, y unas náuticas, con las que continuó un poquito el dramatismo.

- Estas náuticas están muy viejas.
- Pero son muy cómodas (¿Verdad que siempre es así y las cosas viejas con comodísimas?)
- ¿No tenías unas más nuevas?
- Sí. Pero eran éstas mismas, hace tiempo.
- Tienes que comprarte otras.
- Pero serán nuevas e incómodas.

Al final, las náuticas cómodas siguieron en mis pies, mayormente por falta de alternativas aceptables. Había unos zapatos que en mala hora compré y que sólo me pongo para poco rato, y eso estando sentado, lo que probablemente no iba a ser el caso esa noche.

Resuelto el dramatismo, quedaba la intriga. Entre pitos y flautas, eran las siete y cuarto, el sarao empezaba a las ocho y, como somos gente fina, teníamos que ir en coche. La gente fina sólo va en coche. Bueno, quizá también en palanquín. O en helicóptero. En lo que no va es en medios de transporte del populacho, como, ¡puaj! el metro. Tampoco va en engendros como la bicicleta, que ni siquiera consumen gasolina. No, no y mil veces no. La gente bien, la gente fina, la gente que tiene derecho a ir «smart casual», va en coches. Es más, va en cochazos, en cochazos que gastan litros y litros de gasolina, que dan acelerones, cuyos motores rugen con alegría y en cuyo cristal trasero hay una señal de peligro con un zapato de tacón en el centro o una pegatina que diga «Fuck fuel economy!» Así, así es como va la gente fina en Moscú y, nosotros, gente fina, íbamos a ir a un sarao frecuentado por gente fina y no podíamos ir de otra forma que no fuera con el medio de transporte de la gente fina. Eso.

Lo malo es que, en cuanto salimos a la calle, nos dimos cuenta de que la calle, y especialmente la calzada, estaba llenísima de gente fina, toda la cual había elegido esa hora para salir.

- Oye, que no llegamos.

Faltaba media hora, pero es que los doscientos metros que habíamos recorrido nos habían costado diez minutos. Andando los hubiéramos hecho antes.

Al entrar en la siguiente calle... qué digo, si no llegamos a entrar, a la vista de la cola que había para hacerlo. Si nos llegamos a plantar allí, aún estaríamos tratando de llegar al sarao, una semana después de que hubiera terminado. Así que la intriga consistía en saber si llegaríamos o no, a la vista del medio de transporte que habíamos elegido.

- ¿Y si vamos en metro?

Silencio.

- Es que, si no, de aquí no salimos.

Silencio.

- Es que...
- ¡Vale! Deja el coche ahí y vamos andando al metro.

Al final, hice una pirula infame que me habría dejado sin puntos en el carné en cualquier país civilizado y dejé el coche al lado de una estación de metro que ni siquiera era la que más cerca estaba de casa, pero que me pareció la más accesible. Tomamos el metro, hicimos un transbordo y, al final, aún tuvimos un paseo de un cuarto de hora entre la catedral de Cristo Salvador y el restaurante Ginza Proyekt, que era donde tenía lugar el sarao de Fernando Adriano, pero llegamos a tiempo. Qué vergüenza. Espero que nuestras amistades y la sociedad en general no llegara a enterarse de por qué medios tan plebeyos habíamos accedido a su compañía, dejando que el pueblerino sentido común triunfase sobre el prestigio, el «glamour» y el saber estar.

Y entramos en el local, donde estaba Fernando Adriano y su pinches y donde nos siguieron pasando cosas que, si Dios quiere, serán objeto de una próxima entrada.

viernes, 24 de junio de 2011

Distintos collares

Como veíamos en la entrada anterior, una de las contribuciones más importantes del presidente Medvedev al bienestar de la nación rusa ha consistido en cambiar de nombre a las fuerzas de seguridad del Estado más numerosas, que van a pasar del pretérito nombre de «milicia», que evoca arbitrariedades, sobornos, corrupción e ineficacia, a la futura «policía», que es todo un canto a la eficiencia, gestión responsable, buen gobierno y seguridad ciudadana.

No siempre fue así, claro. En los albores del siglo pasado, cuando se produjo el cambio de denominación inverso, «policía» evocaba represión, zarismo, oscuridad y opresión, mientra que «milicia» evocaba libertad, pueblo dándose seguridad a sí mismo, revolución, futuro y lagrimones de emoción cayendo por las mejillas.

Es curioso esto de los cambios de denominación. Incluso parece que cambie algo más. Eso me recuerda hace unos cuantos años, cuando en Valencia hacía poco que había cambiado el color del gobierno y los peperos zaplaneros habían reemplazado a los sociatas lermistas. En Moscú había una feria de turismo y a ella enviaron los gobernantes valencianos a un joven castellonense con voz atiplada, ropa de marca, gomina abundante, modales amanerados y acento de chaval bien (en castellano, por supuesto; en valenciano quizá llegara a saber el infinitivo de «parlar»). Como no es tan habitual encontrar valencianos por Moscú, me dirigí a él con simpatía:

- Ah, ¿vienes de Valencia? Tú debes ser del ITVA.
- ¿El ITVA? - el pepero pijo me miró con cara de asombro.
- Sí, hombre, ¿no es el Institut Turístic Valencià?
- ¡No! El ITVA era lo que habían hecho los socialistas. Nosotros tenemos la AVT.
- ¿La qué?
- La «Agencia Valenciana de Turismo».
- ¿Y no es lo mismo? - ay, que joven e inexperto era yo por aquel entonces.
- Pues claro que no. Es totalmente diferente, saes. Esta tiene presupuesto propio, gestonado de manera competente, osea, no como hacían los socialistas ¡La misma cosa, dice! No, no, qué pensamiento...

Me di la vuelta para abordar a un conocido que, habiendo trabajando en la ITVA, había seguido en la AVT, y al que habían mandado a la feria porque se desenvolvía bien en Moscú, donde había vivido año y pico.

- ¿De dónde habéis sacado a este tío?
- Calla, calla, que es del PP de Castellón y lo han puesto de subdirector.
- Pues macho, os compadezco.

Medvedev, en cambio, no ha sido tan categórico como lo fueron los peperos valencianos con motivo de su subida al poder en Valencia. El nuevo nombre, policía, no es excluyente desde el primer momento, sino que será compatible con el antiguo, milicia, hasta el final de 2011.

Cosa lógica. Está visto que se quieren tomar su tiempo para pintar los coches patrulla, porque el de la foto es el primero que veo con la nueva denominación.

miércoles, 22 de junio de 2011

Chifladuras paramilitares

El servicio militar ruso es una especie de maldición del que todo joven en edad de servir intenta escaparse como Dios le da a entender. Qué me van a contar a mí, que nunca estuve tan contento de que me llamarán «inútil» como cuando salí del Hospital Militar de Quart de Poblet. En Rusia, las condiciones del servicio son peores de las que lo eran en la España de los últimos tiempos anteriores a la abolición, por lo que la gente se escapa como puede, matriculándose en carreras absurdas, fugándose directamente o simulando alguna enfermedad física o mental. En estos últimos casos, claro, el psiquiatra militar tiene que averiguar si la enfermedad mental es de verdad o no.

¿Que por qué ilustra esta entrada una foto de Medvedev? Por nada, por nada...

(Como siempre, el chiste va primero en ruso, y luego en castellano, aunque éste se traduce con facilidad)

- Ну-с, молодой человек, и какие-такие проблемы вас мучают?
- Да я все думаю о судьбе Родины, о судьбе России. Как сделать так,
чтобы ее народу жилось лучше.
- И что же конкретно вы придумали?
- Надо пиво и водку выпускать не по ноль-пять, а по ноль-три.
- Так, неплохо. А еще что?
- Надо что-то сделать с часовыми поясами. Чего-то много их, блин,
развелось.
- Хорошо. Есть еще какие-то идеи?
- Хочется, чтобы всегда было лето. Отменить нах зимнее время.
- Тоже недурно. Это всё?
- Нет, надо бы что-то во что-то переименовать. Например, милицию в
полицию.
- Замечательно! Ну, а теперь-то все?
- Нет, еще очень важно перенести столицу из Москвы куда-нибудь в
Волоколамск...
- Достаточно!
Психиатр - военкому:
- Экспертиза показала, что призывник не симулирует - и вправду,
настоящий псих...

- Bueno, joven, ¿qué problemas le afligen?
- Pues siempre estoy pensando en el destino de la patria, en el destino de Rusia. En cómo hacer para que nuestro pueblo viva mejor.
- ¿Y qué cosas concretas se le han ocurrido?
- Hay que producir el vodka y la cerveza no en formato de medio litro, sino de tercio de litro.
- No está mal ¿Algo más?
- Hay que hacer algo con los husos horarios. Es que son muchos, porras.
- Bien ¿Tiene alguna idea más?
- Me gustaría que siempre fuera verano. Eliminar el horario de invierno.
- Tampoco es una tontería ¿Eso es todo?
- No, hay que cambiarle el nombre a algo. Por ejemplo, llamar «policía» a la milicia.
- ¡Estupendo! Y ahora, ¿ya está todo?
- No, también es muy importante trasladar la capital de Rusia de Moscú a algún lugar cerca de Volokolamsk.
- ¡Basta!
Y el psiquiatra le dijo al militar.
- Las pruebas han demostrado que el recluta no está simulando. Está chiflado de verdad.

lunes, 20 de junio de 2011

Buenos conductores

Las clases escolares, en Rusia, y para envidia de los escolares españoles, terminan a finales de mayo y no vuelven a comenzar hasta el 1 de septiembre. En estas condiciones, los padres de las criaturas suelen hacer todo lo posible para que los niños abandonen la perniciosa y contaminada ciudad de Moscú lo antes posible, para dirigirse a la naturaleza y, en particular, a zonas «ecológicamente limpias», como dicen aquí de manera rimbombante y como si las proximidades de Moscú fueran un espacio virgen con acuíferos cristalinos.

Por razones que sería prolijo referir, Abi, Ro y Ame han pasado dos semanas en la dacha de una vecina, acompañados de una legión de mosquitos ecológicamente limpísimos y respirando aire ecológicamente limpio. Finalmente, el viernes pasado volvieron a casa, en espera de largarse hacia España dentro de unos días.

- ¿Y qué tal fue el viaje de vuelta? - preguntó Alfina a Abi.

El viaje de vuelta lo hicieron con la vecina al volante.

- Bien.
- ¿Es verdad que te sentaste delante?
- Ah, sí.

Abi no tiene todavía doce años, así que eso no debería haber ocurrido. Pero bueno, tampoco le queda mucho, así que en principio parece una infracción poco importante.

- ¿Y Sonia conduce bien?
- ¡Sí! ¡Conduce muy bien!
- Qué bien que hayáis ido con alguien que conduce tan bien, ¿verdad que es seguro?
- ¡Sí! Y, ¿sabes? ¡Conduce con una sola mano!
- Vaya, vaya, estupendo ¿Y qué hace con la otra?
- Habla por el móvil.

Oh, Dios mío...

sábado, 18 de junio de 2011

Y duros a cuatro pesetas

La reacción de Mavrodi cuando fue detenido fue modélica: buscar culpables en otro sitio. No fue muy original, porque echó el marrón a quien le había estado haciendo la puñeta desde hacía algunos meses, esto es, al Estado. La verdad es que lo que decía Mavrodi era fácil de creer, porque el Estado ruso, en 1994, parecía que se dedicaba efectivamente a hacer la puñeta a la gente, que estaba de uñas con el Gobierno en su práctica totalidad. Aún hoy, cuando hay algún candidato ruso «de derechas» que asoma, se le recuerda como sucesor de los figuras que estaban haciendo de las suyas en los primeros noventa.

Con la legislación cochambrosa y llena de agujeros que tenía Rusia en 1994, el Estado no tenía muchas posibilidades de trincar a Mavrodi, así que empleó el mismo sistema que los gringos con Al Capone, y que luego le tocaría experimentar a Jodorkovsky, esto es, echar un vistacillo a las declaraciones de impuestos. Aún hoy, el contribuyente ruso más escrupuloso no tiene nada que hacer ante una inspección de impuestos con instrucciones de encontrar algo, lo que sea, así que no digamos en 1994.

Cuando las cosas empezaron a pintar feas, allá por abril, Mavrodi amenazó con recoger firmas para convocar un referéndum contra el Gobierno. Con sus diez millones largos de accionistas incondicionales y su red de oficinas, le fue pan comido obtener las firmas; y, habida cuenta de que el Gobierno era más impopular aún que Mourinho y Cristiano Ronaldo juntos en Barcelona, el resultado del referéndum no hubiera dejado lugar a dudas, si hubiera llegado a convocarse. Nadie sabe lo que hubiera pasado después. Tras la detención de Mavrodi a principios de agosto, el referendum quedó en agua de borrajas, aunque, de todas formas, Yeltsin y su entorno eran especialistas en inventar un apoyo popular inexistente, como quedó demostrado en las elecciones presidenciales del año siguiente. De hecho, el candidato comunista derrotado en esas elecciones, Zyugánov, contaba el amargo chiste que sigue:

En la noche de las elecciones, el jefe de la administración de Yeltsin se dirige al presidente:

- Borís Nikoláevich, tengo una noticia buena y una mala.
- Dime la mala.
- Zyuganov ha sacado el 55% de los votos.
- ¡Oh, eso es terrible! ¿Cuál puede ser la buena?
- Usted ha sacado el 65%.


Mavrodi, desde la cárcel, se las compuso para presentarse a las elecciones parciales a la Duma que tuvieron lugar en 1995 en algunos distritos. Como el discurso de que era un perseguido por el Estado era creíble (el Estado, ya digo, parecía perseguir a todo el país, por aquel tiempo) y conservaba muchos accionistas fieles, que por arruinados que estuvieran seguían teniendo derecho a voto, Mavrodi fue elegido diputado y, en su calidad de aforado, salió de la cárcel y no apareció nunca por el Parlamento, como un batasuno cualquiera.

En España, los batasunos siguieron siendo nominalmente diputados y nunca fueron destituidos, pero en Rusia, tras un año sin ver a Mavrodi por allí, los demás diputados lo dieron de baja, con lo que volvía a ser perseguible por la justicia ordinaria. Sin embargo, para entonces Mavrodi se había evaporado, algo así como ha hecho ha hecho mi conocido Alberto estos días pasados.

Para perseguir a Mavrodi, se dictaron órdenes de busca y captura internacionales, pues se sospechaba que podía haber huido del país y, de hecho, se le hacía en algún lugar de Sudamérica. Tampoco creo que importase mucho, porque bastante jaleo había en Rusia entre 1998 y 2001, con otros prófugos y exiliados mucho más peligrosos, como para meterse con Mavrodi, que, a estas alturas, no cuestionaba ya al poder político.

De todas formas, las órdenes internacionales de busca y captura fueron una lamentable pérdida de papel. Mavrodi estuvo todo ese tiempo en un piso en el centro de Moscú sin salir de casa y montando por internet otra pirámide, cuyas víctimas fueron esta vez estadounidenses y europeos occidentales; el tío tenía talento, no cabe duda. Al final, fue detenido en 2003, ocho años después de su evaporación y, tras un proceso de cuatro años (las actas del proceso eran la pera), condenado en 2007... a cuatro años y medio de cárcel. Como ya prácticamente lo había cumplido todo en prisión preventiva, salió al mes de la sentencia y ahora ha formado otra MMM bajo el nombre MMM-2011. Y habrá quien le crea, seguro.

En cuanto a mi conocido Alberto, pues dicen que sospechan que puede andar por algún país hispanoamericano, aunque bien podría estar oculto por Dios sabe dónde... Sí, aunque no le he tratado tanto como otros, incluso le podría llamar amigo, de esa manera informal con la que se emplea la palabra. Después de todo, no estoy entre los perjudicados directamente por el pufo, y prefiero quedarme con las cosas buenas, e incluso una vez estuvimos en el mismo equipo, que además montamos entre los dos, en un torneo de ajedrez veraniego.

Por cierto, recuerdo que aquel equipo lo llamamos «Rincón de Ademuz», que es un lugar donde, que yo sepa, no hay ni ha habido jamás un club de ajedrez. Se podría que falsificamos el equipo. Ya apuntábamos maneras.

jueves, 16 de junio de 2011

Oro por baratijas

Escribía yo en la anterior entrada las parrafadas en ruso incipiente que le echaba a mi profesora de ruso, haciendo lenguas de la imposibilidad de que una estafa como la de MMM fuera a producirse en España, lugar culto, empresarialmente activo, y donde la gente se dedica a trabajar y no a montar timos de la estampita, al menos desde que Antonio Ozores y Tony Leblanc dejaron de hacer películas. No como en Rusia, con gente acostumbrada a la molicie y deseosa de vivir del cuento y de hacerse con duros a cuatro pesetas, con gente a la que poco menos que podías vender oro por baratijas.

Mi soberbia occidental ha recibido un duro castigo en los años siguientes. España, ese país culto y angelical, lleno de gente abnegada, se nos ha caído como un castillo de naipes a base de esquemas piramidales que fueron derrumbándose sucesivamente, sepultando debajo de sí a gente con estudios superiores y perspicacia muy inferior a sus estudios. Primero fueron Fórum Filatélico y Afinsa, por aquellas fechas también fue Gescartera, y más adelante se pinchó la burbuja inmobiliaria, que no deja de ser en el fondo un esquema piramidal más, sólo que sin un Mavrodi responsable directo y único detrás del asunto.

Y hace un par de semanas tuve el honor de saber que un conocido mío desde hace bastante años ha ingresado en el club de los Mavrodi y Camacho y ha montado un tinglado que ha afectado a bastante gente cercana, tanto a él como a mí.

Mavrodi, el jefe de MMM, es bastante difícil decir que hubiera engañado a nadie. Sí dijo alguna vez que sus acciones iban a subir siempre, pero podía interpretarse en plan baladronada, tanto más cuanto que la cotización la fijaba él mismo, no la oferta ni la demanda. El método de Alberto, que tal es el nombre de mi conocido, consistió en contratos de «mutuo», que los juristas sabemos que es un sinónimo de préstamo, pero los legos lo tienen mucho más oscuro. La garantía en estos contratos es la propia confianza que te merezca el prestatario, porque garantías reales no hay. Teóricamente, los superbeneficios de Alberto eran conseguidos mediante el arbitraje en distintas casas de apuestas deportivas, pero que estos beneficios llegaran al 120% anual en interés simple (me da pereza calcular el interés compuesto, porque ya se ve que es una burrada), indicaría que los responsables de las casas de apuestas no tienen claro su propio negocio. Y no creo que sea eso.

Hace unos días, ahora que estamos de campaña de IRPF en España, hice la declaración de renta de uno de los todavía no afectados por el asuntillo (lo sería pocos días después).

- ¿Y esto de Alberto?
- ¿Qué pasa?
- Pues que estoy viendo tus datos fiscales, que me he bajado de la página de Hacienda, y no aparecen los pagos que te ha hecho, y varios son de 2010. Deberían estar.
- Él dice que todo es legal.
- ¿Y no te ha retenido nada?
- ¿Retener? ¿Por qué tenía que retener?
- Pues porque esto es una renta del capital, está sujeta a un tipo del 19%, y a un tipo de retención que también es del 19%.
- ¿Sí?
- Sí.
- Pues Alberto dice que es todo legal y que lo tiene todo declarado y en regla.

Miré a mi interlocutor con los ojos entornados y frunciendo la nariz.

- Esto acabará mal. No sé cuándo, pero acabará mal.
- Bueno, si acaba mal dentro de unos cuantos meses ya lo habré recuperado todo.

Por desgracia, esos meses no llegaron a pasar. La cosa se quedó en cinco días, justo antes del siguiente vencimiento. Primero pareció que no era nada, luego llegaron las preocupaciones y las querellas por estafa. Y no sabemos en qué fase exactamente estamos ahora, pero no debe faltar demasiado para la de busca y captura internacional, igual que le pasó a Mavrodi. Y yo pensando que en España no podía pasar algo parecido a lo de MMM, tonto de mí.

En fin, desde luego mi conocido era, y espero que siga siendo, una persona interesante donde las haya. Digo conocido, porque, lo que es amigos, ahora mismo dudo que tenga alguno.