sábado, 15 de agosto de 2026

Baloncesto en Molenbeek (II)

 - ¿Qué hacemos, árbitro? Ya hace una hora que esperamos.
- Me han dicho que han contactado con el que tiene la llave y que van a abrir.

Llevábamos casi dos horas de retraso sobre el horario previsto. En casi cualquier situación, pérdida del partido y sanción, pero parecía que íbamos a jugar pasara lo que pasara.

Finalmente llegó un pollo, abrió la puerta y entramos a la cancha. No estaba mal, por cierto. Amplia, con los marcadores en su sitio, todo en buenas condiciones. Incluso diría que estaba mejor que la nuestra, que era justita de tamaño.

Comenzó el calentamiento. A un lado, los blanquitos (menos un negro, vale); al otro, los morenos. Hay que reconocer que, entre todos los norteafricanos de origen, había un chaval rubio, tirando a bajito, que parecía alguien totalmente anómalo en ese equipo. De hecho, no disputó ni un minuto. Yo creo que lo pusieron por completar el acta y porque les debía faltar gente.

Me senté en la mesa y me puse a revisar las fichas federativas y a rellenar el acta. A ver... Uccle: Sosnowsky, Van Couten, Von Buchweizen, Martínez López, Durand, De Tekelaer, Van Porteren... El entrenador, Tsongé, el anómalo. Molenbeek: Abdelkarim, El-Moussa, Alhakem... y todos por el estilo, menos el rubio, que era algo así como Dewander. El entrenador también era algo así como El-Khartak. Las fichas federativas, en orden para todo el mundo, incluida la mía.

- ¡Árbitro! Me falta rellenar su nombre.
- Lo escribo yo mismo, gracias. Aquí está mi licencia.

Mohamed Abdelmelikh.

Me lo temía.

Silbato, y tres minutos para el comienzo. Los entrenadores pasan por la mesa y comunican el quinteto inicial.

Balón al aire. Nuestro pívot, el negro, salta más que nadie, toca el balón... y lo manda fuera de un manotazo. Bueno, ya aprenderá.

Las gradas no están muy animadas, cosa normal, porque, si alguien ha tenido paciencia para aguantar el retraso, a todos los que no fueran familia directa de los jugadores se les ha pasado hacía muchísimo y se han ido a otros menesteres. O a ninguno, vale, pero en todo caso lejos de allí. Los que quedan son espectadores con un vínculo directo con el club, y hay un chavalín, bajito y regordete, lo menos jugador de baloncesto que ha parido madre, que ha conseguido un trípode y una cámara y está filmando a ratos el partido.

Los dos equipos son de nivel similar. Uccle comienza algo por delante gracias a nuestro base, que está inspirado y lo mete todo. Luego Molenbeek remonta a base de físico, porque nuestro pívot se carga de personales. A falta de medio minuto para el descanso, gana Molenbeek por diez puntos, pero el balón es nuestro. Nuestro base tira coincidiendo con la sirena del final y clava un triplazo desde nueve metros, que el árbitro da por bueno. Todo el equipo va a abrazarse al base, y eso que vamos perdiendo por siete. El chavalín bajito y regordete se acerca al árbitro.

- ¡Mohamed! Si quieres, podemos decidir que la canasta ha estado fuera de tiempo. Lo he filmado.
- Bueno, no hace falta, ésta se la vamos a dar.

No es por nada, pero yo estaba comenzando a detectar cierta connivencia entre el equipo local y el árbitro. No es normal hablar de tú al árbitro. Tampoco es normal ofrecer una revisión de la jugada con una grabación privada. De hecho, ahora sólo se hace en España en la Liga ACB y en la Euroliga, pero no en las otras categorías.

Me dirigí a nuestro entrenador.

- Oye, ¿el árbitro no es muy amigo de éstos?
- Lo conozco. Creo que antes jugó aquí unos años. Igual sigue jugando para el equipo senior.
- ¿Cómo ves el partido?
- Bueno, siete puntos es una diferencia que podemos remontar. Pero lo importante es que jueguen todos. 

Ya lo creo que iban a jugar todos. De hecho, los nuestros eran sólo siete. Hacia buen tiempo y me temo que buena parte del equipo se había rajado y se había ido a pasar una tarde de campo y playa.

Comenzó la segunda parte. La diferencia se redujo a cinco. Luego se redujo a tres. La cosa se ponía interesante. Entonces un jugador de Molenbeek cogió el balón debajo de la canasta, defendido por nuestro pívot, de manera bastante intimidatoria. Lanzó a canasta como pudo, nuestro pívot saltó y quizá rozó la red con la cabeza, mientras taponaba el lanzamiento; el balón no es que no entrara, es que salió en dirección contraria, y luego fuera de banda, después de rebotar en la cabeza del jugador de Molenbeek.

Silbato del árbitro, que comenzó a hacer gestos con la mano que ninguno entendió. Y yo menos que nadie. Aquello parecía un tapón y balón para nosotros, pero el árbitro señalaba cosas rarísimas, así que lo llamé.

- ¿Qué ha pasado?
- Vale la canasta (y el árbitro inclinó dos dedos hacia abajo), porque el jugador número 9 del equipo visitante ha tocado la red, y falta personal del jugador número 9 (y levantó cinco dedos de una mano y cuatro de la otra), por empujón (y se puso las manos en las caderas mientras las movía). Un tiro libre (y señaló hacia arriba con el índice de la mano derecha) para el jugador 5 de Molenbeek.

Yo alucinaba con aquello ¿De verdad? Pero no podía hacer nada, así que anoté lo que me dijo.

- Quinta falta personal del jugador 9 de Uccle - tuve que añadir.

Nuestro pívot estaba eliminado.

El resto del partido ya no tuvo mucha historia, la verdad. No sé si al final perdimos por veinte puntos. He estado en varias encerronas en mi vida, pero de aquélla me acuerdo especialmente, de la que hasta hoy ha sido la última, porque luego llegó la pandemia y el pase de Ame a edad senior y a su abandono de la práctica deportiva federativa (y me temo que también de la no federativa).

Llegamos a casa magullados, sumisos y sudorosos. Y tarde, muy tarde. Como que dos horas después de lo que habíamos pensado. 

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