sábado, 23 de agosto de 2025

Camino de Santiago: catedral y camino posterior

Efectivamente, nuestros pasos pecadores nos llevan hacia la catedral de San Miguel y Santa Gúdula, que es catedral desde hace relativamente poco, porque Bruselas, a pesar de la pujanza y poderío que mostraba ya en tiempos medievales, estuvo siempre desde el punto de vista eclesiástico a la sombra de Malinas, que era el obispado al que pertenecía. Sólo desde 1962 es co-catedral (la catedral sigue siendo la de Malinas) y la archidiócesis pasó a llevar el nombre de Malinas-Bruselas.

El edificio es impresionante y me sorprende que no haya aparecido por esta bitácora más que de refilón y hace muchísimo tiempo. No hay turista que no pase por aquí y, de hecho, en la catedral, tal día como el que entré en el templo y saqué la foto que ilustra esta entrada, prácticamente sólo había turistas, lo que pasa es que tiré la foto a evitarlos y no sólo me quedé con los dos pollos que están sentados ahí, sino que hasta saqué a un hombre vestido con un alba, posiblemente preparando la misa de vísperas.

La catedral de Bruselas es uno de los poquísimos sitios en Bélgica donde uno puede confesarse con ciertas garantías de que encontrará a un sacerdote de doctrina recta. Todos los días, durante dos horas, un sacerdote capaz de confesar en cinco lenguas, entre las que está el español (y doy fe de que tiene un nivel excelente), se sienta frente a uno de los confesonarios del ala derecha y espera que le lleguen los penitentes, ya sea de entre la multitud de turistas que invade el edificio a diario, o bien de entre quienes van allí a sabiendas de lo que van a encontrar. Tal ha sido mi caso un par de veces y espero que lo siga siendo bastantes más. Lo cierto es que las experiencias que he tenido en Bélgica con el sacramento de la penitencia has sido bastante variadas; en alguna ocasión, incluso, he tenido que insistir en que estaba confesando pecados que pesaban sobre mi conciencia, mientras el sacerdote, Dios lo ampare, intentaba convencerme de que eso que estaba confesando no eran pecados, en un curioso diálogo en el que todo va al revés de como debería ir. Es verdad que no era la primera vez que me pasaba, pero en Bélgica me temo que es un fenómeno más frecuente que en otros lugares.

Como tantas veces he temido en estas entradas, había llegado tarde y el confesor ya se había retirado, así que me detuve en el templo un rato a recitar una decena, como haría un peregrino en cualquier momento anterior, y decidí seguir camino.

La verdad es que a la salida no había ni rastro de las conchas. Por informaciones de otras fuentes, yo sabía que el recorrido continuaba por la calle de la Montaña, que en vernáculo es tanto rue de la Montagne como Bergstraat, así que dejé de rastrear conchas y me fui directo a esa calle, que conozco muy bien, porque estuve nueve meses residiendo en ella y escribiendo entradas para esta misma bitácora, en unos tiempos en que, vamos a reconocerlo sin ambages, escribía bastante más que hoy (y me temo que también escribía mejor que hoy, temor que me asalta cuando leo mis escritos del pasado). Atravesé el parque que hay frente a la entrada de la catedral, en medio del cual está el busto de Balduino I, crucé la calle esquivando turistas hispanófonos y conductores suicidas de patinetes eléctricos, con gran peligro de mi integridad física, y ya me encontraba en la calle de la Montaña.

Siempre que paso por ella me embarga una especie de nostalgia, como siempre que paso por lugares donde he vivido antes. Supongo que recordamos los buenos momentos, que nunca deja de haberlos, y olvidamos los malos, que, objetivamente, son los que más impactan a corto plazo.

En el caso que nos ocupa, la entrada a mi vivienda era difícil de encontrar, entonces y ahora, porque en los bajos funciona una tienda hindú o paquistaní dedicada a vender recuerdos para turistas y cosas de primera necesidad nocturna, como alcohol y productos similares o peores. El acceso a las viviendas está medio oculto tras la tienda. Intenté alargar la cabeza para ver la entrada a las viviendas, pero el paquistaní de la puerta, que no era ninguno de los que tenían la tienda abierta veinte horas al día hace doce años, tenía cara de haber dormido poco y renuncié a asomarme a donde, de todas maneras, no iba a ver nada.

Al final de la calle de la Montaña se encuentra el Mercado de las Hierbas (Marché aux Herbes o Grasmarkt, en vernáculos), un lugar eternamente animado en el que funciona un mercadillo, hay una serie enorme de restaurantes de todo cuño, dos hoteles, siempre hay algún músico ambulante dando la tabarra amenizando la velada al personal y, en general, hay gente por doquier, hasta el punto de que no es sencillo abrirse paso hacia la calle de la Colina (que, lógicamente, es la que desde el centro precede a la de la Montaña), por donde indefectiblemente tiene que seguir el camino. Allí ya hay gofrerías, así como tiendas para turistas con todo tipo de recuerdos inspirados en Tintín y en el Manneken Pis, pero consigo avanzar hasta la Grand Place (o Grote Markt), que es el centro del centro de Bruselas, además del sitio donde converge forzosamente todo turista que pasa por aquí, no en vano es posiblemente una de las plazas más bellas del mundo.

Yo diría que la Grand Place merece una entrada aparte, ¿no? Y más después de la faltada que acabo de meterme insinuando la posibilidad de que sea una de las plazas más bellas del mundo. No olvidemos tampoco que, igual que he llegado tarde hoy para confesarme, se me puede estar haciendo tarde para más asuntos y, después de todo, la entrada ya estaba quedando bastante larga, así que mejor será que vayamos dejándonos de historias, nos quedemos en la calle de la Colina, a puntito de entrar a la Grand Place, y dejemos para la próxima entrada el espectáculo que se abrirá ante nuestros ojos.

jueves, 21 de agosto de 2025

Camino de Santiago: La etapa por Bruselas hasta la catedral

 

La foto que ilustra esta entrada está tomada del mapa de Ferraris, una obra monumental que representa los Países Bajos Austríacos en 1778 (y que se puede consultar gratuitamente en el enlace indicado, y ya os digo que vale la pena hacerlo). En aquel tiempo, Bruselas en sentido estricto estaba rodeada por una muralla, fuera de la cual se situaban lugares que hoy siguen siendo municipios independientes, pero que hoy resultan difíciles de distinguir en medio de la gran conurbación de la región de Bruselas. En aquel tiempo, y mucho más en tiempos anteriores, ante Bruselas se extendía una enorme superficie agrícola jalonada con algún núcleo poblacional aquí y allá, como se ve en el mapa que es Saint-Joost-ten-Noode, entonces cuatro casitas y hoy un núcleo islamizado, o Etterbeke (más conocido hoy por Etterbeek), donde hoy hay una plétora de edificios oficiales de las instituciones europeas y entonces era una bucólica campiña con labradores y ganaderos aquí y allá.

Un peregrino, en lugar del periplo urbano que estamos haciendo, llegaría por la carretera que ya aparece en el mapa y que hoy es la N-2, atravesaría Saint-Joost sin aspirar a detenerse mucho y se daría de bruces con la puerta de Lovaina, que también aparece en el mapa.

Hoy, como sabemos, la puerta de Lovaina no existe, aunque la nomenclatura urbana la sigue recordando y, en efecto, el lugar donde en su día estuvo se llama "rue de Louvain". Un poco más adelante nos encontramos con uno de los numerosos parlamentos que atesora Bruselas, el parlamento flamenco y, justo al lado del parlamento flamenco, nos encontramos con la primera concha. 

La verdad es que fue una alegría encontrar la señal. Sabía que existían, las había visto con frecuencia en mis visitas al centro, sobre todo teniendo en cuenta que viví en él nueve meses, pero nunca las había vivido más que como un hecho curioso y aislado. Ahora, sin embargo, las conchas eran más que una curiosidad para turistas; eran la guía que iban a seguir mis pasos durante las próximas horas.

En estas fechas, el centro de Bruselas está literalmente atestado de turistas. No importa cuándo leamos esto, porque el centro de Bruselas está siempre lleno, de modo que no es de extrañar que cada vez haya menos belgas que vivan en el mismo y que se haya quedado como un reducto de "moros y maricones" y de gente de paso.

Yo mismo soy en este preciso momento gente de paso. 

Guiado por las conchas, que resultan bastante fáciles de seguir, llegamos a un lugar conocido en su día como puerta de Treurenberg, que en castellano sería la puerta de los llantos. Treurenberg era una torre de la primer recinto amurallado de Bruselas. Una torre que jamás tuvo función defensiva digna de contarse (como toda la muralla, en general, que jamás impidió que los ejércitos enemigos entrasen en Bruselas) y que durante buena parte de su existencia cumplió la función de cárcel, en particular de los presos por deudas, los cuales, al parecer, lloraban ante su destino. Sí, la prisión por deudas existía como último recurso, y yo incluso diría que no era muy mala idea. En este caso, parece que los acreedores que instaban a la justicia a encerrar a los deudores debían costear su manutención, así que los deudores presos no vivían tan mal, fuera de la privación de libertad.

Si la puerta de Lovaina marcaba el acceso a la segunda muralla de Bruselas, la puerta de Treurenberg marcaba el acceso a la primera muralla de la ciudad, del siglo XI y que se demostró insuficiente para albergar a una Bruselas que se salía de sus costuras. La construcción del segundo recinto amurallado no significó la demolición del primero, sino que ambos coexistieron varios siglos, como atestigua el mapa de Bruselas de la imagen y que es de 1555, en los felices tiempos en que era una de las ciudades más importantes de Europa y el Emperador Carlos V estaba a punto de abdicar en su hijo Felipe, precisamente en Bruselas, en ese palacio de Cortenbergh del que tocará escribir en algún momento.

La puerta de Treurenberg fue demolida en el siglo XVIII y hoy tiene el aspecto de la fotografía de arriba, al fondo de la cual se atisba una de las torres de la catedral de San Miguel y Santa Gúdula, que es precisamente la próxima etapa de nuestro camino y que emprenderemos en la próxima entrada, no sea que se haga tarde.

martes, 19 de agosto de 2025

El camino de Santiago en Bruselas. Segundo intento

No estoy seguro de que sea necesario avergonzarse de una primera salida tan desafortunada. El caso es que reaccioné rápido, me hice con unas botas nuevas, que me sentaban al pie como un guante y, ya de paso, con unos bastones, porque igual me hacían falta; pasé por casa a comer, ya que se había hecho la hora, y acto seguido me dije que yo seguía el camino sí o sí, así que tomé el autobús para que me condujera al punto de partida. La verdad es que no fui a la plaza Flagey, lo que me hubiera permitido seguir el camino exactamente donde se quedó a medias, sino que decidí ahorrarme el relativamente anodino camino que iría por la calle Grey, bordearía la plaza Jourdan, pasaría por la plaza Schuman, ahora en obras, y llegaría a Ambiorix. Bueno, pues yo fui directamente a Ambiorix, con lo cual me libré del lío que se ha montado en la plaza Schuman.

Seguramente todos, o al menos muchos, saben que la plaza Schuman es el corazón del llamado barrio europeo de Bruselas. No es para menos. Están la sede de la Comisión y del Consejo y sus edificios más emblemáticos (Berlaymont, Charlemagne, Justus Lipsius, Europa). Si hay alguna cosa que tienen en común todos ellos es que son feos. Hay dos de ellos, a saber, el Charlemagne de la Comisión y el Justus Lipsius del Consejo, que no tienen salvación estética posible. Serán todo lo funcionales que se quiera, no lo dudo, pero también son feos de narices. El Berlaymont y el Europa, para mi gusto, también lo son, pero por lo menos sus creadores han hecho un intento, bien logrado, de crear algo impresionante.

Y es una lástima. Antes de que las instituciones europeas viniesen en los años sesenta a alterar el barrio y a convertirlo en una zona muy bulliciosa en horas de trabajo y bastante muerta fuera de ellas, la calle de la Ley, que es la que atraviesa la plaza Schuman, tenía un aspecto como el de la foto de ahí arriba, que muestra la fachada del internado de Berlaymont, una institución religiosa, regentada por monjas, que la verdad es que tenían un edificio más bonito. Mucho más bonito. Por desgracia, se fueron de allí, los terrenos se los quedó el estado belga y poco después cayeron en las fauces de las instituciones europeas. Los años sesenta del siglo veinte eran los del gusto arquitectónico manifiestamente mejorable, pero entonces ellos pensaban que eran la pera limonera, así que el convento-internado fue derribado para crear en su parcela la sede principal de la Comisión, con su famoso edificio en forma de cruz rara, visto desde el cielo.

La plaza Schuman debe estar perseguida por una especie de maldición. Cuando la vi por primera vez, en el ya remoto 2006, a mí me pareció que estaba bien. Luego la he visto un montón de veces y bueno, no es mi gusto arquitectónico, pero al menos tiene un estilo. Sea como fuere, en uno de esos delirios de grandeza para pasar a la posteridad, el gobierno de la región de Bruselas se metió, con ayuda de los famosos fondos Next Generation que nuestros nietos estarán todavía pagando, en un proyecto de envergadura para convertirla en peatonal y ciclista. Sí, los ecologistas estaban entonces en el gobierno regional. El gobierno de la región, tras las elecciones del año pasado, está en funciones, porque los diputados no se ponen de acuerdo para reemplazarlo (esta vez, según todas las quinielas, sin los ecologistas), y se ha encontrado con sobrecostes inesperados. A ver si pensáis que eso de los sobrecostes y de los problemillas en las obras públicas sólo pasa en España. No, hijos, no. Eso es más universal que el agua con gas.

Los próceres en funciones de la región de Bruselas han tenido la ideílla de enviar una cartita a las instituciones europeas con sede en Bruselas para pedirles una contribución suplementaria, porque se han quedado sin pasta. Vamos, que la región de Bruselas no pasa por su mejor momento financiero es evidente y nos hemos dado cuenta todos, incluidos los traficantes de drogas de Anderlecht que campan por sus respetos y se tirotean como si vivieran en Sinaloa y no en la supuesta capital europea, pero pedir limosna a las instituciones, así, sin presentar un proyecto, ni un plan, ni nada, ha sido demasiado incluso para el primer ministro, que, entre huelga y huelga, ha tenido tiempo para poner de cenutrios para arriba a las autoridades bruselenses por haber caído tan bajo.

El caso es que la plaza Schuman está ahora levantada y con un tránsito bastante caótico, y eso que buena parte de los funcionarios europeos que pululan por ella están de vacaciones, con lo que no me quiero imaginar el desastre que se puede montar en septiembre, cuando vuelvan a Bruselas todos ellos con las ganas de legislar, regular y administrar que se le supone a todo eurócrata, y se encuentren con un laberinto de difícil superación para llegar a sus despachos.

Como eso ni nos va ni nos viene, más vale que nos larguemos de allí con viento fresco y nos acerquemos a la plaza Ambiorix, que es donde efectivamente nos dejó el autobús. Bajamos, y ya nos pusimos a seguir un camino más propio del peregrino que viene del norte o del este y pasa por Bruselas.

El último pueblo antes de meterse en Bruselas es Saint Joost ten Noode, que en la actualidad es un barrio bastante degradado y poblado por sarracenos, por muy céntrico que sea y bien situado que esté. Mantiene una impresionante iglesia en medio de la carretera que viene de Lovaina, pero lo cierto es que el municipio tiene mayoría musulmana y el catolicismo está ya en minoría clara.

Como no era cosa de detenerse en tales lugares que sólo me interesaban para pasar por ellos, seguí adelante y llegué a la frontera de la ciudad de Bruselas, entrando por donde iba yo: la plaza Madou, que es la de la foto de aquí al lado.

Obviamente, las cosas han cambiado mucho desde la Edad Media. En aquel tiempo, en lugar de esos mamotretos de edificios de oficinas, atestados de chupatintas y lobistas diversos, había unas murallas de padre y muy señor mío, para franquear las cuales había que tener muy buenas razones y ser capaz de convencer a los guardias que indudablemente habría en la puerta de Lovaina. Hoy, la puerta de Lovaina es sólo un recuerdo, cosa que comenzó a ser cuando fue derribada en 1784, en los felices años de los Países Bajos Austríacos y no se atisbaba que pocos años después se iba a liar parda.

Parda o no, se hace tarde y no es cuestión de extenderse demasiado. El caso es que ya hemos llegado al inicio del camino de Santiago en Bruselas en sentido propio y ahora lo que toca es empezar a buscar una señal. Como toda la vida, claro, pero, en esta ocasión, la señal no se suponía que viniera del cielo, sino que estaba en el suelo, en algún lugar de la acera.

Mientras comienzo el rastreo por una zona concurrida y poco propicia a la peregrinación, nos tomaremos una pausa en la escritura hasta la próxima entrada.

viernes, 15 de agosto de 2025

El camino de Santiago en Bruselas. Llegando al punto de partida

Ahora sí que vamos a recorrer el camino de Santiago a su paso por la ciudad de Bruselas, pero claro, yo no vivo estrictamente hablando en la ciudad de Bruselas, sino en Uccle, que está a cosa de cinco kilómetros de ella, y ya se sabe que el camino comienza en la puerta de la casa de uno. Dejemos claro que Uccle está al sur de Bruselas, por lo que lo lógico para ir a Santiago sería no pasar por Bruselas, sino continuar hacia el sur... unos dos mil doscientos kilómetros. Un lío, vamos.

Para ser exactos, el camino oficial de Santiago, después de dejar Bruselas, pasa a un poco más de un kilómetro de la puerta de mi casa, como veremos más adelante. Pero nosotros vamos a hacer algo un poco distinto: saliendo de casa, nos dirigiremos hacia el punto de entrada del camino en Bruselas por el este, que es la hoy derruida y desaparecida puerta de Lovaina. Para ello, pasaremos por una serie de lugares que no pueden faltar en el programa de visitas de cualquier persona que pase por esta ciudad llena de pecadores y masonazos, sí, pero también de lugares donde se ofrece culto a Dios. Y lo vamos a hacer en forma de peregrinación, como corresponde al año jubilar en que nos encontramos.

Nuestra primera etapa va a ser la Abadía de la Cambre, un monasterio que ha estado activo hasta hace cinco años, de una belleza enorme y que tiene una historia apasionante, aunque tirando a triste. Este paseo, peregrinación o lo que sea va a tener algo de nostálgico, porque voy a pasar por delante de las otras dos viviendas que he ocupado en Bruselas en estos casi trece años (cómo pasa el tiempo...) que llevo por aquí.

Hace sol y el camino será largo, así que recuerdo que tengo unas botas viejas, pero que me han acompañado durante muchos kilómetros, y me las calzo. Para dar una imagen más adecuada a lo que voy a hacer, me pongo una mochila a la espalda (no, no es la mochila rosa), una cantimplora con agua en un bolsillo lateral y unos utensilios básicos, así como un sombrero de tela en la cabeza. Y ya estamos listos para partir, como si no fuéramos a volver el mismo día, sino que no fuéramos a parar hasta Santiago. Ojalá. Eso queda para más adelante, si Dios quiere.

El primer tramo es tranquilo. Uccle es un municipio muy poco animado habitualmente, y no digamos en un fin de semana de agosto, así que voy atravesando la zona residencial hasta llegar al bosque de la Cambre. A pocos metros del mismo, paso por delante de la casa en que se alojó mi familia durante dos años, antes de comprar la vivienda actual, y no puedo evitar recordar aquellos tiempos de adaptación. No fueron tiempos demasiado buenos, la verdad. Yo ya llevaba nueve meses en el país, pero la familia tuvo sus problemas para adaptarse a una situación muy distinta y, además, la vivienda, grande, pero oscura y cutrilla, no ayudó mucho. Como dijo Ro no hace mucho, cuando pasó por aquí por última vez, "aquello era una vivienda; esto ha sido un hogar". Nada más cierto. Había un sentimiento de transitoriedad, de que estábamos allí de paso y de que en algún momento llegaría, no sé si la tierra prometida, pero sí el hogar definitivo.

En cierto sentido, no dejaba de ser una sensación parecida a la de un peregrino, que está de paso allá por donde va. Exteriormente, la casa no ha cambiado en absoluto; me consta que la dueña hizo obras en la cocina cuando nos fuimos, pero no creo que la haya mejorado demasiado, porque no deja de ser una estancia pequeña y difícil de ampliar. La diferencia más llamativa es el coche que está aparcado en la plaza de aparcamiento, que, lejos del modesto topomóvil, es un señor cochazo nuevecito.

Tras una última mirada a ese antiguo domicilio, seguí camino por la zona residencial. Me las arreglé para pasar por la iglesia parroquial de Montjoie (después de todo, se trata de una peregrinación), que tantas veces visité cuando era la más cercana a casa, e inmediatamente me metí en el Bois de la Cambre, que normalmente está hasta arriba, pero en agosto a esas horas estaba medio desierto, y unos cuantos centenares de metros después, al volver a la zona urbana del fin de la avenida Louise, empecé a notar algo raro en la pisada.

Me paré, y lo raro era que no lo hubiera notado antes. La suela de la bota derecha se estaba desprendiendo del resto del calzado. Un poco más adelante, la suela de la bota izquierda comenzó a imitar a la derecha. Es más, ambas suelas comenzaron directamente a desintegrarse, a desprender trozos de sí mismas casi a cada paso que daba. De esta guisa, entré en los terrenos de la Abadía de la Cambre, un lugar que seguía contando con una iglesia parroquial, pero ya no con una comunidad de monjes. Los revolucionarios franceses la había cerrado cuando se hicieron con Bruselas y desde entonces estaba desacralizada y dedicada a menesteres en ocasiones muy poco dignos. En 2013, una comunidad de premonstratenses hizo un intento de revivir la vida monástica en la ciudad de Bruselas, y más concretamente en la abadía, pero el intento no fue más allá de siete años y los monjes restantes abandonaron el monasterio y se reunieron con los de Grimbergen, no muy lejos de allí.


El lugar es tranquilo, y a fe que lo hubiera sido mucho más si no hubiera ido perdiendo parte de las suelas a cada metro que recorría. Entré en la iglesia, que un sábado por la mañana tenía únicamente la presencia de un pequeño grupo de personas que rezaban, y a las que me uní, y luego ya me tocó plantearme si seguía adelante o me daba la vuelta a resolver el problema del calzado. Supongo que ésas son las ventajas de ser un peregrino de pega, que no se separa demasiado de su lugar de partida, porque, si me llega a pillar semejante accidente en mitad de la nada, mal remedio iba a tener todo aquello.

Está visto que las humedades de años anteriores en mi casa habían terminado por acortar la vida útil de las botas, la cual, de todas formas, hay que reconocer que había sido bastante prolongada, aunque en los últimos tiempos apenas las había usado.


Decidí de momento seguir hacia adelante y tomé la derrota de los estanques de Ixelles, un lugar bastante bonito que une la abadía con la plaza Flagey y. un poco más allá, con el centro de Ixelles, donde está el ayuntamiento de este municipio. Los ánimos me iban descendiendo a medida que avanzaba e iba perdiendo trocitos de suela, de modo que no me quedó otra que interrumpir la peregrinación, llegar a duras penas hasta la plaza Flagey y, finalmente, tomar allí el autobús y volver a casa a resolver el asuntillo del calzado.

Y tendría que hacerlo rápido, para seguir el camino antes de que se hiciera tarde.

jueves, 31 de julio de 2025

Iglesia de Santiago Apóstol, Bruselas

Pues señor, sí que existe una iglesia de Santiago Apóstol en Bruselas. Y no está en cualquier sitio, sino en uno de los de más relumbrón de toda la ciudad, nada menos que en la Plaza Real y al lado mismo del malogrado palacio de Coudenberg.

Claro, la iglesia en cuestión (que ya fue fotografiada en los albores de esta bitácora, más concretamente aquí) no se llama de Santiago, que es nombre muy español, sino que atiende más comúnmente por el nombre francés de Cathédrale de Saint Jacques sur Coudenberg. Sí, catedral, porque lo es, más concretamente de las fuerzas armadas belgas. La catedral castrense, nada menos. También hay un obispo castrense, que es el mismo que el de Malinas y Bruselas.

Pocos días antes de la festividad de Santiago Apóstol fue el Día Nacional belga, que, como todo seguidor de esta bitácora conoce a pies juntillas, es el 21 de julio, que fue el día en que, en el año del Señor de 1831, el rey Leopoldo I juró la constitución, precisamente en esta catedral. Ya hablamos de aquello aquí e incluso asistimos al castillo de fuegos artificiales que se atreven a disparar sin pensar que puede haber valencianos entre el público. La catedral abrió sus puertas de par en par, pero ello coincidió con una exposición de material militar en toda la plaza, con asistencia de todo el cuerpo diplomático presente en Bruselas (que es muchísimo), de numerosos militares y de toda la plebe que quiso pasarse por allí. Yo cometí el error de hacerlo, ya que estaba por la zona, y la verdad es que lo pasé bastante mal con mi bicicleta, poco adaptada al gentío, y no conseguí entrar en la catedral castrense, así que me fui a la otra, donde no había ninguna exposición militar en los alrededores y pude entrar y rezar un rato con tranquilidad, que era lo que realmente necesitaba en ese momento.

La catedral castrense de Santiago Apóstol (o de San Jaime, como prefiera el lector) es un templo construido en estilo rabiosamente neoclásico en ese siglo XVIII que dejó el barroco y el gótico a un lado. Parece ser que en este lugar ya hubo un templo tan temprano como en el siglo XII, el cual se piensa que hizo igualmente las veces de albergue de los peregrinos que viajaban a Santiago, y de ahí el nombre. Las cosas evolucionaron cuando los duques de Brabante empezaron a tener el riñón muy bien cubierto e hicieron un pedazo de palacio en Coudenberg, con su correspondiente capilla. Bueno, capilla por llamarla de alguna manera. Sabiendo cómo se las gastaba Felipe el Bueno, aquello tuvo que ser la repera, supongo que en estilo gótico, tirando a tardío, que era lo propio en su época.

Por desgracia, eso sólo lo podemos suponer. La noche del 3 de febrero de 1731, un incendio se desató en el palacio de Coudenberg y lo dejó hecho cenizas. Uno de los motivos por lo que el incendio fue tan salvaje fue que, cuando estaba en sus comienzos y la cosa hubiera tenido arreglo, los guardias del palacio no dejaron pasar a los bomberos por cuestiones de seguridad. Se ve que lo de la burocracia en Bélgica viene de antiguo.

El caso es que el palacio quedó en ruinas, pero la capilla no. La capilla se salvó de las llamas. El gobernador general, sin embargo, dejó de residir en el palacio y la zona quedó hecha un erial lamentable, hasta que Carlos de Lorena, otro gobernador general en nombre de la emperatriz María Teresa, resolvió que allí había que construir algo digno, es decir, el actual palacio real de Coudenberg, que habrá que dejar para otra entrada. El estilo gótico de la capilla no pegaba nada con los gustos de la época, totalmente neoclásicos, de modo que Carlos de Lorena decidió derruirla y, a partir de 1776, se construyó la catedral actual. En más o menos diez años estaba terminada.

Las cosas no siguieron por muy buen camino, en particular cuando los Países Bajos austríacos colapsaron y los revolucionarios franchutes se apoderaron de Bruselas y, como tenían sus cosas, eliminaron el culto católico de la iglesia de Santiago y lo reemplazaron por el culto a la diosa Razón. Esta situación duró entre 1795, año de la derrota definitiva de los ejércitos austríacos en los Países Bajos, y el concordato de 1801 entre Francia y la Santa Sede. Desde entonces, el templo pertenece al Estado (como todos los templos en Bélgica) que lo cede para el culto de la Iglesia Católica, aunque mantiene su titularidad y, además, se encarga de costear el culto. No recuerdo si ya he escrito sobre este régimen, tan diferente al español, que pone a la Iglesia Católica completamente a merced del poder político, pero, si no lo he hecho, un día tocará hacerlo.

Hoy en día, la catedral de Santiago ya no es un albergue de peregrinos y, de hecho, actualmente el camino de Santiago ni siquiera pasa por allí, pero era importante detenerse en ella en esta serie, porque, al fin y al cabo, así es como está consagrada. Otro día seguiremos con el recorrido, pero no será hoy, porque se hace tarde.

domingo, 27 de julio de 2025

La fiesta del patrón

El 25 de julio de este año (bueno, y de todos los demás) se celebró la fiesta de Santiago, patrón de las Españas y amigo del Señor. En realidad, es una fiesta que se celebra en España y, como Bélgica dejó hace mucho tiempo de ser una de las Españas, aquí pasa totalmente desapercibida.

Y no debería ser así, porque, qué caramba, con independencia de que Santiago sea el primer evangelizador de España y aunque al principio tuviera poco éxito, se trata no sólo de uno de los doce apóstoles, sino de uno de los tres del círculo más íntimo de Jesús, testigo de la transfiguración y de la agonía en Getsemaní y, por si sus méritos no hubieran sido suficientes, se trató del primero de los apóstoles que fue martirizado. Que sí, que San Pedro es el número uno y el primero de los papas, y San Juan, hermano de Santiago, fue el que no abandonó a Jesús en ningún momento y, por si fuera poco, un evangelista de relumbrón, pero Santiago no se queda corto tampoco. Además de lo dicho arriba, estamos hablando de alguien que tiene una ciudad con su nombre y además tiene su tumba en ella; estamos hablando de alguien a quien la Virgen María se apareció en vida, por allí por Zaragoza, para animarle en la parece que complicada empresa de evangelizar a los hispanos del siglo I; estamos hablando de alguien cuyo nombre invoca todo español que a lo largo de la historia ha atacado a sarracenos y herejes de todo palo, y que no está excluido que en según qué momento haya intervenido en la jarana montando un caballo blanco. Poca broma.

Y hablamos de alguien a cuya tumba se dirigen decenas de miles de personas cada año, desde la Edad Media.

Los españoles tenemos la impresión de que el Camino de Santiago, o los caminos de Santiago, comienzan en Roncesvalles y terminan en Santiago. Vale, hay puntos de origen distintos, pero el camino de Santiago fetén es el que de Roncesvalles llega hasta Santiago de Compostela.

Nada más falso. El camino de Santiago fetén es el que sale de la puerta de tu casa, así que lo de Roncesvalles sólo sirve, en puridad, para los habitantes de ese pueblo, pero no para los demás, porque ¿y si vives en el norte de Europa, pero quieres llegar a Santiago? Pues pasa que ya llegarás a Roncesvalles y, si Dios quiere, más tarde a Santiago y luego de vuelta a tu casa, qué ésa es otra, pero primero tienes que caminar hasta allí desde tu casa. El año pasado pasé fugazmente por Dinamarca a visitar a Abi y me encontré con que también desde allí hay un camino de Santiago y, evidentemente, gente que lo transita y que, para cuando se presenta en Roncesvalles, ya ha recorrido mucho más de la mitad de su camino.

A los peregrinos daneses, que digo que los habrá también, les tocaría caminar por la península de Jutlandia, luego por Frisia, más adelante por lo que hoy son los Países Bajos y, más o menos hacia el kilómetro mil de su trayecto, aparecerían por Bruselas, y ya sólo les quedarían otros mil kilómetros más hasta llegar a Roncesvalles y comenzar a encontrarse con los cronópatas que hacen el camino francés.

¡Ajá! Bruselas, hemos dejado escrito en el párrafo anterior ¿Es que el camino de Santiago está indicado en Bruselas, con esas flechas amarillas que todos hemos visto?

Bueno, a tanto no llega, pero sí que es verdad que el camino de Santiago está perfectamente indicado en Bruselas y también será verdad, si Dios no lo impide, que a esto se van a dedicar las próximas entradas de esta bitácora. Eso sí, se está haciendo tarde, no sé si para llegar al correspondiente albergue del peregrino a tiempo de encontrar plaza, pero sí para ir a la cama, que mañana toca madrugar, así que mejor será que la indagación del camino de Santiago a su paso por Bruselas quede para mejor ocasión.

jueves, 24 de julio de 2025

Meta

Llegar a la meta de una carrera oficial (de cualquier carrera, en realidad) es el momento más importante de la misma y, por eso mismo, un momento de responsabilidad. Hay gente que se reserva con el fin de llegar a los últimos metros con la posibilidad de acelerar y entrar más rápidamente de lo que ha estado corriendo desde que salió; hay gente que, sin reservarse, simplemente ve la meta y encuentra fuerzas donde no parecía haberlas, y entonces acelera; hay gente, finalmente, que va sobrada de todas formas y entra en meta acelerando e incluso sonriendo, como si no hubiera hecho nada hasta entonces. Y los hay quienes bastante tienen con llegar y entrar renqueando y con un suspiro de alivio.

Desde que en la línea de meta hay un fotógrafo haciendo fotos a todos los que entran y desde que esas mismas fotos acaban publicadas a las pocas horas en internet, en la página del organizador de la carrera, yo diría que las cosas han cambiado un poco. La gente intenta entrar en meta con cierta dignidad, lo que me recuerda a aquella famosa canción de Siniestro Total, Pueblos del mundo, extinguíos:

Intenta extinguirte con clase y dignidad,
que no piensen luego que lo has pasado mal

Algo así sucede en línea de meta. El que entra con rictus descompuesto es porque está realmente en las últimas y no es capaz más que de mantenerse en pie. El resto, puede que entre con rictus descompuesto, vale, pero es porque está esprintando y eso también es dignidad, naturalmente que sí.

En mi caso, en esta carrera concreta, el esprint no era una opción. Normalmente sí que lo es. Yo soy de los que se intentan guardar un último acelerón para entrar en meta adelantando a algún corredor que se las prometía tan felices y, en todo caso, para arañar unos segundillos que no van a ninguna parte, porque qué más dará entrar cinco segundos antes o cinco segundos después, pero uno se queda con una mejor sensación después de ir a más durante toda la carrera y culminarla con el ritmo más rápido de toda ella.

Ese día, no.

Ese día bastante tuve con mantener la cabeza en su sitio, es decir, un metro y ochenta centímetros por encima del suelo. Esprintar, aunque hubiera podido, no tenía sentido, porque no tenía ninguna posibilidad de adelantar a nadie y las dos horas de carrera estaban ampliamente superadas. Creo que aceleré algo, si se puede llamar acelerar al ligerísimo incremento de ritmo que quizá consiguiera ejecutar, pero más para acabar antes con aquella tortura que por otra cosa. Eso sí, a despecho de que no podía con mi alma, tuve el antojo de entrar en meta sonriendo. Por si las fotos. Y, desde luego, porque no pensaran luego que lo había pasado mal.

Dos horas, dos minutos, cincuenta y un segundos. A cinco minutos y cuarenta y ocho segundos de media por kilómetro. Ciento cincuenta y siete pulsaciones por minutos de media, lo cual no es extremo ni mucho menos y simplemente es una prueba de que el corazón no había sufrido gran cosa y de que el problema había sido, simple y llanamente, que los músculos se habían quedado sin fuerzas. Los últimos cuatro kilómetros había corrido por encima de seis minutos y empeorando el tiempo del anterior en cada uno de ellos. Sólo los últimos doscientos metros, con la meta a la vista, registran una cierta aceleración pundonorosa.

Reyrata había llegado un minuto antes. Kukoc llevaba allí más de una hora y estaba ya más fresco que una lechuga. Treinta y dos grados en meta. La madre que los parió a los treinta y dos grados.

Tras la meta, los manuales dicen que no hay que detenerse en seco, sino que hay que seguir trotando para descalentar y que los músculos se habitúen a la nueva situación. Y una leche. En la vida real, al menos en la vida real de los que entran conmigo, los populares de toda la vida, no he visto a nadie que siga haciendo trotecitos después de meta. La peña se para casi en seco, detiene el cronómetro, pulsómetro o reloj inteligente y luego sigue andando, no trotando, porque necesita agua y los organizadores han situado los puestos de reparto de bebidas a unos cincuenta metros de la meta, no porque les preocupe que la gente se detenga en seco y se les agarroten los músculos, sino porque si la gente se queda parada en la meta no hay forma de que los siguientes puedan entrar.

Había cola para el agua. Delante de mí había un par de corredores en la treintena, hombre y mujer, charlando relajadamente mientras les llegaba el turno. Cuando finalmente llegó el mío, bebí poco a poco, pero sin parar, y tomé un segundo vaso, y luego un trozo de sandía. Kukoc y Reyrata estaban unos metros más lejos, y el segundo estaba sentado en el suelo apoyado en una columna; qué aspecto tendría el pobre que los de primeros auxilios, que estaban por allí, se acercaron a preguntarle si necesitaba ayuda.

La cola la hice unas cuantas veces. En cuanto los músculos recibieron algo de alimento, y eso que apenas me entraba nada, las cosas mejoraron bastante. Todavía nos quedamos un rato por allí, a la sombra de la carpa, y ya nos dirigimos al coche para volver a casa.

Uno llega a unas edades en que la práctica del deporte, y más si se trata de éste, es más una excepción que la regla, cosa que se advierte fácilmente en la línea de salida. No sé si la curva de bajada pronunciada habrá empezado ya con esta carrera. Era dura, sí, y está claro que estos años fuera de la patria y de sus calores no han hecho que me habitúe a según qué temperaturas, pero claro que me hubiera gustado bajar un poco el tiempo. También es verdad que el ganador, según vi más tarde, hizo una marca bastante mediocre, con lo que la única conclusión puede ser o que la participación era pésima o que también a los primeros se les atragantó el recorrido.

En cualquier caso, la carrera era ya pasado. Por la noche, tocaba retornar a Bruselas, a un entorno menos canicular que el valenciano, con lo que más valía apresurarse a arreglar las cosas por casa y hacer el equipaje, porque, una vez más, se hacía tarde.

Como ahora mismo.