lunes, 30 de noviembre de 2020

El catolicismo invisible

Los obispos belgas no parecen tener muchísima madera de mártires, la verdad. Con la segunda ola del coronavirus, las autoridades masónico-liberales que nos gobiernan prohibieron el culto religioso, con contadísimas excepciones en casos de funerales, bautizos y matrimonios, sin que la conferencia episcopal belga haya hecho algo distinto a agachar la cabeza y tragar saliva, ni los fieles, la verdad sea dicha, hayamos hecho mucho más que torcer el gesto y, todo lo más, escribir entradas en esta bitácora. En Francia, como sabemos, hay obispos mucho más combativos, y no está de más ver que la muy timorata página de internet de la conferencia episcopal belga se hace eco de ello, aunque sea un poquito. ¿Cuándo tendremos en Bélgica un obispo como Monseñor Rey, por poner uno de los citados en el artículo?

Y no es la primera vez que el gobierno belga hace de su capa un sayo con los creyentes, porque la primera fase de la pandemia también sucedió algo similar. Tres meses sin sacramentos (con las tres excepciones antedichas), y sólo al final, cuando ya casi todo estaba abierto, se empezó a escuchar alguna queja, muy matizada, por parte de un obispo valón.

Al menos, se supone que los templos pueden estar abiertos para la oración personal. Pero eso es mucho suponer. En el berenjenal que es la iglesia católica en Bélgica, no es fácil encontrar templos abiertos a horas normales. San Marcos, el templo más cercano a mi domicilio, no es precisamente un hervidero de actividad y, si está abierto a alguna hora, yo no he sido capaz de localizarla.

Sin embargo, afortunadamente, hay excepciones. Al menos, yo he podido encontrar una, a casi cuatro kilómetros de casa, en que la iglesia está abierta para la oración de manera frecuente y, cuando no lo está, al menos la capilla lateral, con imagen de la Virgen, está a disposición de todo el que pase. Y la música religiosa de fondo ayuda. Lo curioso es que el templo está en las afueras, en una zona que se diría bastante descreída, y con una densidad de población bastante baja, pero el párroco es muy activo, su liturgia es cuidadísima, y los frutos se notan, cosa que prueba que, incluso en Bélgica, con todo lo secularizado que está el país, las cosas se podrían hacer bien, y se obtendrían resultados.

Como eso no pasa siempre, el gobierno belga, directamente, ningunea a las religiones. La musulmana no es -todavía- tan potente como para tenerle respeto y, de todas formsa, hay sitios donde las autoridades miran descaradamente para otro lado, por la cuenta que les trae; la católica podría montar pollos muy serios en algún tiempo pasado, pero no en el presente, así que el gobierno liberal-masónico belga desprecia abiertamente cualquier oposición que le pudiera venir por ahí.

Tras su última reunión, las autoridades han permitido abrir los comercios no esenciales, pero, de los templos, no han dicho ni mu. Cerrados. Así que en San Nicolás y Navidad se podrán hacer compras, pero no ir a misa. Uno diría que la Navidad (y San Nicolás) son fiestas religiosas.

Error. Ni siquiera los obispos belgas se lo terminan de creer, según parece. Veamos el siguiente artículo aparecido ahora mismo en la página oficial de la iglesia católica en Bélgica.

Me ha llamado la atención esta cita: Le vicaire épiscopal du diocèse de Liège n’a toutefois pas manqué de déplorer le fait qu’aucune allusion n’ait été faite aux cultes lors de la conférence de presse. « Rappeler l’origine religieuse de Noël et la dimension spirituelle qui s’y déploie, ne fait offense à personne. Mieux – cela fait du bien à tout le monde. »

En castellano: Sin embargo, el vicario episcopal de la diócesis de Lieja no ha dejado de lamentar el hecho de que en la conferencia de prensa no se haya hecho alusión alguna a los cultos: "Recordar el origen religioso de la Navidad y la dimensión espiritual que se despliega en ella no ofende a nadie. Es más, hace bien a todos."

Sin duda, el vicario episcopal es un señor bienintencionado, pero le traiciona el lenguaje que usa ¿Cómo que "origen religioso de la Navidad"? ¿No da a entender una expresión como ésa que la Navidad ya no es una fiesta religiosa, aunque su origen sea religioso? No será una fiesta religiosa, sin duda, para mucha gente, pero es lamentable que el vicario episcopal de Lieja, con lo que ha sido Lieja, no tenga valor (o directamente no crea, qué sé yo), que la Navidad, o es una fiesta religiosa, nada menos que la celebración del nacimiento del Salvador del mundo, o no es nada. Nada.

Con estas premisas, el resto del artículo suena completamente vacío. Habla el articulista de fieles que envían cartas para reabrir las iglesias, de "millones de creyentes belgas", antes ha hablado de los "gruñidos" de los fieles...Pamplinas. Mientras tanto, los templos siguen cerrados, y los fieles son ovejas, porque los que debían ser sus pastores resulta que también se han hecho ovejas, y el gobierno belga se permite ignorar directamente a los pocos católicos que debemos quedar en este país (millones, dice, qué bueno), mientras al vacío añade la humillación de hacer más caso a los tenderos de comercios no esenciales.

Nos mean encima, y decimos que llueve.

 

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Proveedores de internet

Mientras la pandemia campa por sus respetos en Bélgica, superando con creces a todos los países de su entorno (y a los demás también), en este país de voluntades libres sigo con los intentos de cambiar de proveedor de internet. Ja.

Tras muchas llamadas, pena y trabajo, conseguí que viniera un técnico a instalarla, y aquí me encontré con unas circunstancias curiosas que no me esperaba, y que a saber de cuándo datan.

Mi casa lo es desde hace cuatro años y medio. Antes lo fue de un arquitecto a quien no estoy seguro de confiarle nada serio, visto cómo trataba su propia vivienda. De momento, la había llenado de escaleras, lo cual fue finalmente el motivo de la venta, porque sus rodillas no le daban para pasar de una habitación a la otra. Mientras uno es joven, se ríe de las escaleras y encima se mantiene uno en forma, pero, a medida que se van cumpliendo años, las cosas cambian. Nuestro antecesor decidió que ya estaba bien de sufrir y se fue a una vivienda de una planta, y ni una más, en Waterloo.

Aparte de no pensar en el futuro, la vivienda estaba recorrida por un caos de cables de todo tipo. Los cabos que nos íbamos encontrando los escondíamos tras los muros o tras donde fuera, sin saber muy bien de qué eran. Los obreros que nos hicieron la reforma, dirigidos por un arquitecto que era el paradigma del belga (es decir, que le daba todo lo mismo), eran una banda de chapuceros que dejaron demasiadas cosas a medias, y otras directamente mal terminadas, pero eso es otra historia, y prefiero no detenerme demasiado en ella.

Al lado de donde normalmente estaría el televisor, debía haber un cable coaxial, de ésos de antena de toda la vida. Al menos, la entrada existía, por lo que, cuando el proveedor de internet que debía hacer la instalación me preguntó si tenía una clavija de cable coaxial, yo dije que sí que la tenía, y no mentía.

Me las prometía muy felices, pobre de mí.

Cuando llegó el instalador, se vio que la clavija estaba, pero que el cable que había detrás no llegaba a ninguna parte. Es más, se descubrió un oportuno cable cortado en alguna de las reformas que había habido, que venía de la caja distribuidora de la red coaxial del municipio.

El instalador me dijo que su empresa no hacía ese tipo de conexiones.

- Pero, ¿se puede hacer?

- Sí, sí, se puede.

- ¿Y usted sabe hacerlo?

- Sí.

- ¿Y cuánto me costaría?

El instalador se quedó pensando un rato y dijo:

- Ciento veinte euros.

- Venga ¿Ahora?

- ¡Nooooo! No lo puedo hacer en horas de trabajo. Vendré el sábado. Si me libero, el viernes por la tarde.

Está visto que la gente se aprovecha de que, en estos tiempos, ir enmascarado no es sospechoso en absoluto, y pueden hacer impunemente todo tipo de desmanes.

El instalador se piró, no sin asegurar que me enviaría un mensaje de texto para confirmar la hora a la que vendría.

Como el asunto del cableado se iba a resolver en pocos días, llamé a la proveedora para pedir otra cita para instalar internet. Obviamente, todos los operadores estaban ocupados, así que pasé al plan B de hacerme pasar por un cliente nuevo. Volvió a funcionar, pero no tan bien. Se ve que su oferta es buena, porque tardaron ya un par de horas en llamarme.

En esta ocasión, desgraciadamente, la operadora que me tocó era menos avispada que la anterior. Probablemente, la otra vez tuve suerte, y esta vez me tocó la norma general.

- ... y me ha pasado esto, y por eso querría dar de alta internet a partir de la semana que viene, cuando el asunto del cableado esté resuelto.

- Ah, pero me tendrá que enviar su documento de identidad.

- Ya lo hice.

- Ah, sí, lo veo. Lo tengo en pantalla. Pero lo tiene que enviar otra vez.

- ¿Otra?

- Sí, otra.

- ¡Pero si lo tiene en pantalla usted! ¿Para qué se lo he de enviar de nuevo?

- Son nuestros procedimientos.

- ¿Enviarles una cosa que ya tienen?

- Sí, eso nos dicen en el departamento de altas.

No es que yo no tuviera ganas de discutir: es que es inútil. Ni siquiera en los peores momentos de Rusia (y no digamos ahora) me encontré con alguien tan profundamente cerril. Así que busqué el correo que había enviado para darme de alta con las tarjetas móviles, lo envíe de nuevo, tal cual, a la misma dirección y, con un suspiro, proseguí la conversación con mi interlocutora.

- Ya está. Ya lo he vuelto a enviar.

- Muy bien. Aquí lo veo. Nuestro departamento validará su documento de identidad, y entonces le llamaremos y podrá pedir cita.

- ¿Seguro que me llamarán? Es que les voy conociendo...

- Sí, sí, son nuestros procedimientos.

Casi diría que naturalmente, el instalador piratilla de ratos libres jamás envió el mensaje de texto, jamás apareció por casa para restablecer la conexión de cable y, de manera previsible, pero coherente con su idiosincrasia, el proveedor jamás me llamó para decir que mi documentación estaba validada y, por tanto, podía pedir cita.

Lo que sí que me llegó fue un enlace para rellenar una encuesta de satisfacción.

Estoy prácticamente seguro de que todo lo que escribí en la encuesta de satisfacción les entrará por un oído y les saldrá por el otro a los responsables de la empresa proveedora. Para ser sinceros, no es exactamente lo que yo consideraría una crítica constructiva, pero, si reciben muchas encuestas como la mía, un empresario debería preguntarse si no está haciendo algo mal.

En todo caso, tiene narices que lo que me haya dejado más satisfecho de la empresa haya sido el rato empleado en rellenar la encuesta de satisfacción.

martes, 3 de noviembre de 2020

Desde España

La verdad es que salir de Bélgica no fue empresa fácil, más que nada por la escasez de vuelos para hacerlo. Tras un par de cancelaciones, acabé por trasladarme en un avión que salía de Charleroi, ese aeropuerto que Ryanair ha denominado "Brussels-South", y ciertamente está al sur de Bruselas. Con la misma lógica, lo podría llamar "Valencia-North".

El aeropuerto estaba menos que medio vacío, y eso en el primer día de vacaciones escolares en Bélgica. Normalmente, estaría de bote en bote. Al menos, todo el mundo estaba exquisito: hasta los seguratas sonreían y, como éramos menos pasajeros que seguratas, y se veía que teníamos tiempo, nos sometieron a controles un poco más rigurosos que de costumbre. A mí me cachearon de arriba a abajo, si bien eso, fuerza es decirlo, sucede también cuando el tráfico aéreo es el habitual. Algo sospechoso me verán.

El vuelo parecía ser uno de los últimos que salían de Bélgica. Vamos, no comprobé si el avión lo pilotaba Hanna Reitsch, pero no lo excluyamos del todo. El pasaje, más o menos la mitad de la capacidad del avión, lo componían en su práctica totalidad familias belgas que se habían creído que Valencia no estaba tan mal como otras zonas de España y habían sacado el billete y mantenido sus planes, a pesar de que dos días antes las autoridades belgas habían metido la provincia de Valencia en zona roja. Cuando salí de Bélgica, Alicante y Castellón seguían en zona naranja, pero hoy toda la Península Ibérica se considera zona roja, con la única excepción de la provincia de Lugo, que, francamente, no es adonde se desplaza un turista belga en noviembre.

La llegada a Valencia fue igualmente rara: el aeropuerto estaba más ocupado por trabajadores que por pasajeros, y la cola de taxis era impresionante, mientras que la de pasajeros era totalmente nula, así que me monté en el primero que había y me planté en mi casa en un periquete. Qué diferencia con otros días...

La verdad es que en Valencia me está sorprendiendo una extraña sensación de normalidad. La gente lleva mascarilla, sí, pero fuera de eso parecería que la vida sigue igual. Los bares y restaurantes, que en Bélgica llevan varias semanas cerrados a cal y canto, aquí están abiertos como si tal cosa, y el buen tiempo que ha hecho hasta hoy mismo permite que las terrazas, donde lógicamente los contagios son menores, estén llenas, y los interiores prácticamente vacíos.

Los comercios, que en Bélgica llevan cerrados desde el viernes, salvo lo más imprescindible, aquí están trabajando normalmente. En nuestro barrio bruselense, la cosa es aún más grave, porque el único supermercado que está a una distancia fácilmente abarcable a pie ha cerrado por obras hasta entrado noviembre, con lo que los únicos comercios abiertos en el barrio son, seguramente, las dos farmacias más cercanas. El supermercado más cercano, un Carrefour de ésos que abren todos los días, domingos incluidos, está a más de un kilómetro y no es cosa de hacerlo con la compra de la semana a la espalda.

En Valencia, no. Todo funciona, los niños llevan uniforme, o al menos mochila, hay actividades deportivas, y esta mañana, saliendo de visitar la Almoina, coincidí con la entrada de un nutrido grupo de colegialas atentas a las explicaciones de su profesora. Enmascaradas, sí, pero juntas, para oír mejor lo que les decían. Nada de eso sucede ahora mismo en Bélgica.

Dicen que en España vamos hacia un confinamiento estricto, y bien pudiera ser, ahora que hay estado de alarma y toque de queda desde medianoche, a lo Cenicienta. Muchas de mis amistades españolas, seguramente asustadas por la situación que ven a su alrededor, e imbuidas de ese complejo de inferioridad propio del español que ha viajado poco, preguntan qué estarán pensando en Europa del, dicen, desastre que está sucediendo en España.

Como otras muchas veces, me toca decir que no somos peores que en otros países de Europa, aunque las derechas digan que sí, y que la culpa es de la izquierda, y la izquierda también diga que sí, y le eche la culpa a la derecha. Si hay algo en lo que estamos claramente peor que en el resto de Europa es en el enconamiento entre unos y otros, que hasta ese extremo no creo que se dé en ningún otro sitio. Pero, fuera de eso (o a pesar de eso), no veo yo que España funcione peor que Bélgica, un país donde el diagnóstico del COVID no se hace antes de diez días, y eso sólo con síntomas. Por comparar, Abi estudia en Madrid, una ciudad gobernada por la derecha que, si tenemos que creer a la izquierda, está al nivel de catástrofe de Chernobil, o peor. Pues bien, sin tener el menor síntoma se ha hecho la prueba de antígenos en la sanidad pública por la mañana, hoy mismo, que fue cuando la pidió, y a la media hora salía con el resultado. Negativo.

Para que nos hagamos una idea, en Bélgica han abandonado la idea de hacer test a los que se desplazan al país desde una zona roja. No pueden, es pura saturación del sistema. En su lugar, hay que rellenar un cuestionario de autoevaluación y, si eres asintomático y te has autoevaluado lo suficientemente bien, eres libre o, como mucho, te mandan un SMS (aún he de verlo) con instrucciones.

De momento, lo que no está claro es que sea capaz de volver a Bélgica. Tengo un billete de avión para dentro de una semana, sí, pero últimamente los billetes de avión comienzan a parecerse mucho al papel mojado. Ya veremos si consigo tomar un vuelo... o se me hace tarde.

viernes, 30 de octubre de 2020

Cambiando de proveedor de internet... ¡en Bélgica!

Las cosas no van muy bien últimamente por casi ningún país de Europa, y desde luego no por Bélgica ni por España. Toques de queda. Estados de alarma. Mucho miedito, y gente que sale de su casa a hurtadillas, como si lo hiciera furtivamente. Teletrabajo generalizado. Uno esperaría que, en estas circunstancias, los proveedores de servicios belgas se concienciaran de que hay que disputarse los pocos clientes que van quedando, y que es hora de tratarlos con algo de respeto. Que yo diría que, en Bélgica, y muy particularmente en Bruselas, las encuestas de satisfacción no se hacen a los clientes, para ver si están satisfechos con sus proveedores, sino a los proveedores, para ver si están contentos ellos con sus clientes, no sean que les pidan muchas cosas o sean muy pesados.

Como ya vimos en otra ocasión, y si no lo repito aquí, la velocidad de la red en Bélgica es lamentable. En España hay fibra óptica en todas las grandes ciudades, y en muchas de las no tan grandes, y la velocidad es decente; en Bélgica no. En Bélgica la fibra óptica sigue siendo una excepción, y los proveedores de internet ofrecen velocidades de 30 megas de bajada como si fuera el no va más y el rayo que no cesa. Eso vale para nuestro actual proveedor, la antigua compañía de bandera belga, que es cara, muy mejorable, y tiene un servicio a la clientela entre penoso e inexistente.

Como en estos tiempos de teletrabajo y tele-estudio no queda otra sino tener una conexión lo más rápida que se pueda, he tomado la decisión de cambiar de proveedor. Se supone que es cosa fácil, incluida la portabilidad de números móviles y fijo.

Pues no. En Bélgica nada es del todo fácil.

Hay que reconocer que la cosa comenzó bien. Hice la petición en línea, y me llamaron en cuestión de minutos, de forma totalmente inesperada. A los tres días ya tenía las tarjetas SIM en mi poder y activadas, y el espacio de nuevo cliente. Sólo faltaba instalar internet y transferir el teléfono fijo al nuevo proveedor. El antiguo proveedor hizo amago de llamarme, pero me pilló en una tele-reunión de trabajo y no insistió más.

Pasaban los días y, a despecho de las buenas promesas de los comerciales del primer día, nadie se ponía en contacto conmigo para concertar una cita para instalar la conexión. Y, después de pasar los días, empezaron a pasar las semanas.

Llamar al servicio de atención al cliente era perder el tiempo y la paciencia, escuchando una cantinela interminable "todos nuestros operadores están ocupados, le pedimos que tenga paciencia" una y otra vez. Y seguía con el internet a pedales...

Al final, decidí hacerme pasar por un cliente nuevo, ya que parecía que lo único que funcionaba bien era el departamento comercial. Y, efectivamente, escribí como si me quisiera dar de alta desde cero, y a los pocos, no minutos, sino segundos, ya tenía a alguien llamándome, quizá uno de esos operadores que están ocupados si se marca el número de atención al cliente. Tiene narices que se trate mejor a quien se supone que no es cliente que a quien sí que lo es...

Le expliqué mi caso a la chica, amabilísima, que me atendió.

- ... y desde entonces nadie se ha puesto en contacto conmigo para concertar una hora para la instalación.

- Claro, es que tiene que llamar usted.

- ¿Yo? Eso no es lo que me dijeron.

- Voy a ver qué pasa.

Dentro de la calamidad que son los servicios en Bélgica, me da la impresión de que, o tuve suerte esta vez, o la tuve muy mala la primera. Por lo visto, nadie había validado mi tarjeta de identidad, que estaba durmiendo el sueño de los justos en la bandeja de entrada de su correo, y nadie había pensado que, además de tres tarjetas de móvil, no me vendría mal una línea telefónica fija y una de internet.

En fin, parece que mi interlocutora llevaba poco tiempo en la empresa y no había tenido tiempo de imbuirse del espíritu clientófobo de todo trabajador que se tercie, porque al poco tiempo (media hora larga, tampoco vayamos a pasarnos) ya tenía una cita con los técnicos, eso sí, dentro de dos semanas. Para entonces, Bélgica puede estar confinada completamente y las salidas a instalar cosas totalmente prohibidas, pero confiemos en que no.

Lo del cambio de proveedor de internet promete ser similar a la extraordinaria odisea de la puerta del garaje, y ya lo iré contando en estas pantallas, pero todavía hay un episodio más tremebundo en mi relación con el mundo de los servicios belgas: el cuarto de baño de Ame y las filtraciones en el piso de abajo. Llamarlo frustrante es poco, pero no nos precipitemos, que es asunto para una entrada larga y tendida. A moco tendida.

Pero eso será en otra ocasión, porque mañana sale mi vuelo a ese país en estado de alarma durante los próximos seis meses que, además, tiene a prácticamente todas las comunidades autónomas confinadas. Y, como sale mañana por la mañana, si Dios quiere (y, de momento, parece que aún no se ha opuesto), hoy se hace tarde.

domingo, 25 de octubre de 2020

En casita

El gobierno de la región de Bruselas (ésos de la foto) ha decidido ser más (o menos) papista que el Papa, y ha tomado una serie de decisiones que deja chiquitas a las que había adoptado el gobierno federal belga. De momento, el toque de queda (couvre-feu, se llama en francés, lo cual tiene un curioso origen que queda para otra ocasión) va más allá del federal. Como vimos, el federal transcurre entre medianoche, como el de Cenicienta, y las cinco de la mañana, mientras que el regional se aplica desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana.

El gobierno regional es, pues, aún más socialista que el federal, a la hora de hacer el trabajo de los demás, en este caso de los padres de adolescentes. Durante el próximo mes, ni me tengo que molestar en ponerle a Ame hora de llegada, cosa que podría ser objeto de conversaciones más o menos tensas: el benévolo gobierno regional bruselense ha cortado el problema de raíz. Su padre permite a Ame llegar a casa a la hora máxima que marca la ley, y más generosidad no es posible dentro del marco jurídico que nos limita. A las diez en casita. Qué gusto, tú...

Además, el gobierno regional lo ha prohibido casi todo: deporte, salvo que sea estrictamente individual; bares, restaurantes y establecimientos similares (otra ayuda a los padres de hijos adolescentes); la mascarilla vuelve a ser obligatoria en todo el territorio de la región; ah, y también ha prohibido las misas. En eso es en lo que, me imagino, son menos papistas que el Papa, aunque el Papa (éste) es a veces tan confuso que sólo Dios sabe con certeza su nivel de papismo.

A todo esto, para contagiarse en una iglesia hay que proponérselo con una seriedad admirable. He estado en cuatro iglesias distintas bruselenses en este período, y los responsables de las mismas han currado de tal forma que no te acercarías a menos de dos metros de ningún otro feligrés, a menos que tu intención fuera precisamente ésa: flechas, barreras, asientos señalizados... más que en parroquias de barrio, se diría uno en la capilla de una prisión de alta seguridad. Pero el gobierno regional, ese ente entre sociata, masónico y ecologeta, entiende que los templos pueden ser un foco de contagio; más, por ejemplo, que el Decathlon o el IKEA. Del último no sé (y es cierto que en la región de Bruselas no hay ninguno), pero estuve el sábado pasado en el Decathlon y allí no había ni limitaciones de aforo, ni distancia social, ni flechitas o barreras. Pero los Decathlon de Anderlecht y de Evere seguirán abiertos a despecho de la presencia de virus en este mundo en general, y en la región de Bruselas en particular.

Porque, sí, Bélgica se ha impuesto a sus perseguidores y hoy es el país más tocado por la pandemia, que está más rampante que el león del escudo de Flandes. Se veía venir, claro, tal y como es Bélgica, que, recordemos, es un país de voluntades libres que sólo se someten, y con desgana, al pago de impuestos. Ahora queda por ver cómo se someterán esas voluntades libres a la obligación de llevar mascarillas y de recogerse a las diez de la noche, obligación que comienza a partir del lunes. En lo de las mascarillas me voy a fijar; no, en cambio, en lo de recogerse a las diez, porque eso implicaría salir a deshora para curiosear y, con ello, rebelarse contra la misma norma, y no estoy yo a estas alturas de mi vida como para que me devuelva a casa la policía bruselense con un multazo, y que Ame se comience a hacer preguntas sobre si merece la pena o no llegar a casa a las diez, como su padre le pide y el gobierno regional le impone.

Y es que hay que dar ejemplo. Además de que, como es notorio a los lectores de esta bitácora, no me gusta a mí que se haga tarde. Como ahora.

viernes, 16 de octubre de 2020

Más noticias pandémicas

La llegada del nuevo gobierno ha acelerado las medidas de contención de la pandemia. Que se vea que hay alguien al mando. Así que:

1. Sólo podemos tener contacto con una persona que no pertenezca a nuestro núcleo familiar. Una al mes. Los misántropos están de enhorabuena, y la propia rueda de prensa en la que se anunciaron las medidas sería ilegal si se hubiera producido después del lunes, que es cuando entran en vigor.

2. Ni bares, ni restaurantes, ni nadie que sirva papeo o priva durante un mes. Toma ya. Van a volver los tiempos de las comidas a domicilio. Y de los cocinillas, y de las recetas fáciles para gente que no cocina demasiado bien...

3. Teletrabajo para todo el mundo. A mí no me va a cambiar la vida esto, porque ya estaba en ese régimen desde hace meses, pero habrá quien lo pase peor aún de lo que ya está.

4. Se prohíbe la venta de bebidas alcohólicas a partir de las ocho de la tarde. Pero no dicen a que hora se puede volver a vender... En todo caso, si los bares y restaurantes están cerrados, y teniendo en cuenta que en Bélgica a las ocho de la tarde, y aun antes, todo está cerrado a cal y canto, el impacto de la medidas se reduce a los after-hours que hay por la ciudad, a modo de farmacias de guardia.

5. Toque de queda desde medianoche hasta las cinco de la mañana. Como padre de un adolescente, entre eso y el detalle del alcohol, el gobierno ha hecho el trabajo por mí. Eso debe ser el socialismo. Ya no tendré que preocuparme por la hora a la que llega Ame a casa. Bueno, salvo que llegue esposado por pasarse de la hora, y me caiga un multazo.

En cualquier caso, y teniendo en cuenta que las medidas entran en vigor el lunes por la noche, auguro un fin de semana especialmente movido, con toda la juventud quemando Bruselas antes de que se acabe la juerga. Ame ya me ha dicho que seguramente se quede a dormir fuera.

Y ahora, que me diga alguien, ¿cómo adoptan esas medidas para que entren en vigor dentro de tres días? ¿Se creen que en esos tres días no va a pasar nada? Teniendo en cuenta lo descerebrado que es cierto populacho, dentro de unos cuantos días, cuando acabe el período de incubación de lo que pase este fin de semana, auguro una explosión de casos sin precedentes.

Eso, por si no tuviéramos bastante con la situación actual, que deja a Madrid, esa ciudad en estado de alarma y confinamiento premium, a la altura del betún en materia de contagios. Los barrios más pobres, como Molenbeek, superaban ayer los mil contagios por cien mil habitantes; entre los barrios más pudientes de la región de Bruselas, los contagios eran mucho menos frecuentes, con una notable excepción: Uccle. Sí, tenía que ser Uccle.

Lo de Uccle es un poco difícil de explicar, pero todo apunta que los contagios siguen un criterio lingüístico por lo menos curioso. En Molenbeek, Schaerbeek y otros sitios del lumpen -relativo- de la región, parece atacar a los que se comunican en árabe; en Uccle, como ya hemos visto en alguna ocasión, parece que hay terreno abonado a que el virus infecte a quienes se comunican en inglés, que aquí abundan. A ver si va a ser que hablar francés y flamenco protege de las infecciones.

La que desde aquí se ve algo mejor es España: si hace unos días Valencia, Castellón y Alicante habían pasado de color rojo a naranja, hoy lo ha hecho Cantabria y toda Galicia, menos Orense. E incluso hay un territorio español en verde: la isla de La Palma. Por algo se empieza.

En fin, que la cuestión parece comenzar a girar y dejar de ser si los belgas me iban a dejar entrar a su país, cuando vuelvo desde España, para pasar a ser si los españoles me van a dejar entrar en Valencia, sabiendo que vuelo desde Bruselas.

Dentro de dos semanas tengo un billete de avión para comprobarlo. Suponiendo, eso sí, que dentro de dos semanas esté permitido volar, que eso sólo Dios lo sabe. Entretanto, no es cuestión de perder el sueño por algo que no podemos cambiar y, como es tarde, vamos a dar esta entrada por buena.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Noticias pandémicas

Ha bastado con formar gobierno, sin llegar por poco tiempo a sobrepasar los dos años negociando, y desatarse la segunda ola de coronavirus en Bruselas. Las infecciones han subido como la espuma, cosa que debemos considerar bastante previsible en una ciudad, la mayoría de cuyos habitantes no sólo tienen sus raíces en otro lugar, sino que, durante el verano y aun después, se han dedicado a volver a ellas.

Cuando llegué a primeros de septiembre, las autoridades belgas estaban aparentando seriedad. De hecho, me libré por los pelos de tener que someterme a cuarentena y tests obligatorios, porque fue llegar y declarar zona roja todo el Reino de Valencia, que hasta entonces era naranja (como debe ser Valencia, claramente), y pintar toda España de rojo. La mascarilla era obligatoria en toda la región de Bruselas, aunque, la verdad, las veces que salí a la calle la llevaba uno de cada tres, y corría el bulo de que en los parques de la ciudad no era obligatoria. Digo que era un bulo porque en las entradas de todos los parques había un letrero, en francés y en neerlandés, que dejaba clarísimo que, o te ponías la mascarilla, o te ibas a casa. Pero se ve que hay gente que tiene dificultades con ambas lenguas, porque es verdad que te cruzabas con grupitos de adolescentes o jovenzuelos, totalmente desenmascarados, y hablaban inglés.

Las autoridades tenían la opción de poner a la policía a poner multas a troche y moche y a detener a los infractores, o de hacer la vista gorda. Básicamente han optado por lo segundo, porque éste es un país libre, o algo así, al menos en el sentido de que, con tal de pagar impuestos, aquí la gente hace lo que le sale de las narices. Lo de pagar impuestos, en cambio, es innegociable: si hay algo que funciona en Bélgica como un reloj, eso es la administración tributaria. El resto del país es un complicado engranaje de voluntades libres que sólo con pena y trabajo consiguen aunarse para llevar a cabo alguna tarea común.

Total, que el gobierno regional decidió que tampoco había que exagerar con las mascarillas, y que a partir del 1 de octubre su uso en la vía pública no iba a ser obligatorio, excepto allí donde no se pudiera mantener la sacrosanta distancia social de metro y medio. Es decir, en zonas comerciales especialmente concurridas y debidamente señalizadas.

Contra lo que pudiera esperarse, no he notado una reducción significativa entre quienes no llevan mascarilla y quienes han decidido conservarla: son los mismos de antes. Yo he decidido no llevarla, pero, si hace frío, la verdad es que tampoco le hago ascos, pero no tanto por no contagiarme ni contagiar al personal, sino porque tampoco hay que renunciar a unos cuantos grados de propina. Que ya sé que en España sigue haciendo una temperatura bonancible, pero en Bruselas la máxima de hoy ha sido de once grados, yo duermo con dos mantas y la calefacción ya está en marcha.

Hace un rato leía que en lugares como Molenbeek una de cada tres pruebas son positivas. Molenbeek es un municipio que engaña, como ya vimos hace unos años, porque está en Bruselas, pero uno se diría en África. Supongo que allí los contactos son bastante estrechos, lo cual es néctar y ambrosía para los virus, que deben estar frotándose el ADN y el ARN mientras infectan a diestro y siniestro.

Mientras tenemos la segunda oleada encima de nosotros, y yo sigo en teletrabajo, menos un par de días en que me he acercado a mi oficina a desempeñar unas tareas que se prestaban mal a ejecutarlas desde mi casa. La verdad es que aquello parecía una de esas películas de los ochenta en que los malos habían lanzado bombas de neutrones y te encontrabas con ciudades intactas, pero completamente vacías. Creo que, además de mí mismo, había dos colegas en todo el piso, que normalmente (pero, ¿qué es eso de normalmente ahora?) debían alojar unas cuarenta personas.

Yo no sé si volveremos a los viejos tiempos, pero lo dudo mucho. Eso sí, hay algo que no ha cambiado lo más mínimo: que se hace tarde y, por tanto, es hora de terminar esta entrada.