viernes, 29 de abril de 2011

¿Por qué doblan las campanas?

Pues porque es Pascua.

En Pascua, parece que los ortodoxos tienen una suerte de temporada de puertas abiertas. Como es un tiempo de gran alegría, las campanas pueden tocar constantemente y, lejanos por fortuna los tiempos en que eso estaba pésimamente considerado, efectivamente vuelve a ocurrir.

Naturalmente, para que las campanas suenen, tiene que haber alguien que las haga sonar. Cualquiera, por lo visto, puede acercarse a una iglesia y pedir subir al campanario para hacer de improvisado campanero, aunque supongo que lo normal es que, si quien tiene las llaves no conoce al que se acerca a tocar, el hecho de acceder al campanario no sea fácil.

Por eso, cuando a Alfina le propusieron hace unos días ir a tocar las campanas a una iglesita en Babushkinskaya, no se lo pensó dos veces y no sólo dijo que adelante, sino que nos enroló a todos en el viaje. En las familias normales, los hijos proponen cosas interesantes y los mayores ponen pegas; en nuestra familia, muchas veces, somos los padres los que proponemos cosas interesantes, y son los hijos los que ponen los inconvenientes, así que nos costó un poco convencer a Abi, Ro y Ame de que realmente íbamos a ir a Babushkinskaya en metro. Digamos que Babushkinskaya está en las afueras de la ciudad y que llegar hasta allí da un poco de pereza, pero, ¡narices! ¡Que íbamos a tocar campanas! ¡A ver cuándo nos iban a dejar hacer de campaneros en España, donde casi todos los campanarios están informatizados y tocan a su hora haya o no haya alguien cerca!

Y tocar, tocamos. Y no quedó mal la cosa. Lo que no sé es si nos hemos convertido en unos campaneros acabados.

miércoles, 27 de abril de 2011

Músicos acabados (XI)

- ¿Dave?
- Sí, ¿quién es?
- Soy Roger.
- Jo. Desde que no me pones demandas para quedarte con el nombre del grupo, ya me llamas todas las semanas.
- Sí, pero esto es grave.
- No lo será tanto como lo de Rick.
- Es grave.
- ¿Y qué es?
- Voy a actuar en... Moscú.
- ¡Roger! ¡Estarás acabado!
- Ya estoy acabado, Dave. No hago nada original desde hace casi veinte años.
- ¿Y la ópera ésa que escribiste?
- No me la recuerdes.
- Pero... ¡tocar en Moscú! ¡Es lo último!
- Bueno, es que... claro... y... una cosa más.
- Dime.
- Había pensado en que podíamos tocar juntos, e incluso convencer a Nick, como en aquel concierto de Londres de hace unos años. Que ya hace seis años, tú. Cómo pasa el tiempo.
- ¿Yo, en Moscú? ¡No! ¡No estoy acabado todavía! Sólo hace cinco años que saqué mi último disco ¡No voy!
- Bueno, pues si sólo hace cinco años que sacaste algo nuevo y bueno, iré yo sólo a tocar a Moscú. Ya sé que todo el mundo sabrá que estoy acabado, pero al menos es en primavera, y pagan bien.

Efectivamente, esos dos pollos del supuesto diálogo no habían venido todavía por Moscú. No mientras fueron miembros de Pink Floyd, claro, porque Roger Waters se fue del grupo en 1985, o más lo declaró disuelto, aduciendo, precisamente, que habían dejado de ser una fuerza creativa. O sea, que estaban acabados. Los otros dos componentes lo desmintieron, después de unos problemillas judiciales, sacando «A Momentary Lapse of Reason», y luego «The Division Bell». Y no, no estaban acabados. Los dos son muy buenos.

Ahora podemos decir tranquilamente que los Pink Floyd están acabados. Syd Barrett, que llevaba acabado casi cuarenta años (las drogas no perdonan) murió en 2006 y Richard Wright en 2008. Cuando dos miembros del grupo mueren, es señal suficiente de acabamiento y terminación. El sábado, el tercero, Waters, actuó en Moscú.

Probablemente cualquier otro día hubiera ido, pero el sábado era la vigilia de Pascua y estaba ocupado. Al que seguimos esperando, y no creo que tarde demasiado en venir, es a David Gilmour. A ése espero no perdérmelo, aunque sea la constatación definitiva de que, incluso él, está acabado.

Y aquí tenéis a Waters en Moscú:

lunes, 25 de abril de 2011

Como unas pascuas

Pues sí que iba a escribir sobre los cadáveres creativos que vienen a Moscú a morir, como los ríos a la mar, pero resulta que hoy, lunes de Pascua, no es día de entierros, sino de resurrecciones, así que mejor será diferir la continuación de las entradas sobre músicos acabados para la siguiente ocasión.

Porque hoy es Pascua y, por si fuera poco, Pascua doble, puesto que las pascuas católica y ortodoxa, que normalmente están separadas en el tiempo, este año han venido a caer en la misma fecha, igual que sucedió el año pasado, pero no así el año próximo, en que volverán a estar lejos una de la otra.

El sábado por la noche, Moscú tenía todavía más marcha que de costumbre, que ya es decir. Esa noche, delante de cada iglesia, se veían nutridos grupos de gente que no cabían dentro del templo (los templos ortodoxos, por lo general, no tienen una cabida demasiado amplia), mientras escuchaban los cantos que salían desde el interior. Además, el tiempo era estupendo, durante todo el día había hecho sol y, bien entrada la noche, la temperatura seguía siendo muy agradable.

La catedral católica, que es donde pasé la vigilia y que sí tiene una capacidad bastante más parecida a las iglesias españolas, estaba de bote en bote. Al principio no pude sentarme, y sólo hacia la segunda hora de vigilia una señora se fue justo junto a mí y dejó libre su sitio, cosa que agradecí bastante, porque cuatro horas de liturgia, por muy emocionante que fuera, castigan bastante. Y pensar que los ortodoxos las aguantan de pie casi todas las semanas.

La vigilia de Pascua de Resurrección es el momento para el bautismo y confirmación de adultos. En España, donde el bautismo de adultos era insólito hasta hace poquísimo, es un fenómeno que probablemente irá en aumento poco a poco (y aquí tengo sentimientos encontrados: no sé si eso es por suerte o por desgracia), pero en Rusia es bastante frecuente (aquí, claramente, por suerte). El sábado por la tarde se debieron bautizar y confirmar como una treintena de personas, a una de las cuales, además, había preparado yo. Como acceder a las primeras filas fue bastante complicado hasta bien entrada la noche, no pude felicitarla hasta casi la madrugada, pero, sí, estaba muy contenta.

¡Si es que teníamos hasta a la televisión haciendo un reportaje! El reportero, ya a la salida del templo, miró a su alrededor a ver si descubría a algún católico lo suficiente fotogénico y particular como para entrevistarle, y quiso la mala suerte que encontrara a Paulish, un encantador niño mozambiqueño de siete años que ciertamente va a catequesis desde hace unos meses (con Ame, además, una pareja que es el terror de la catequista y del resto del grupo), pero se ve que atiende más bien poco:

- Что это такое - Пасха? (¿Qué es la Pascua?) - preguntó el periodista, un chaval joven, con una sonrisa de oreja a oreja, mientras los focos apuntaban a Paulish.

Paulish, que habla ruso perfectamente, además de su portugués nativo, miró con cara de ignorancia al periodista, sin acertar a balbucir nada coherente.

- Ты можешь ответить на английском (Puedes responder en inglés) - añadió el periodista con cara de preocupación. Los rusos creen que todos los extranjeros tenemos la obligación de saber inglés (cosa que ellos casi nunca cumplen). En el caso de Paulish, la advertencia es superflua, porque lo único que habla Paulish en inglés son palabras como «Nintendo», «PSP», «On», «Play» y «Game over», que son suficientes para sus propósitos.

Al final, el periodista tuvo que dejar a Paulish por imposible, descubrió una monja negra de las hermanas de la Madre Teresa y le pareció lo suficientemente exótica para lo que quería. La monja, aunque yo ya no lo oí, estoy seguro de que supo responder perfectamente al periodista sobre qué es la Pascua.

Al menos, Paulish ya tiene un estímulo para atender en catequesis. Si no lo hace, viene la televisión y toda Rusia se entera de que esta más verde que una lechuga.

viernes, 22 de abril de 2011

Músicos acabados (X)

Vamos a prescindir en este análisis de los grupos que han venido a Moscú durante el invierno. Porque venir a Moscú en primavera, suponiendo que en Moscú tengamos primavera, pues tiene un pase, pero venir a Moscú en invierno es el colmo de la ruina y la prueba irrefutable de que el grupo en cuestión no es que esté acabado, sino de que está directamente para el desguace; eso es, por ejemplo, lo que le ha pasado a Iron Maiden, que tocaron en febrero. En febrero, Dios mío. No era la primera vez, como los lectores de esta bitácora conocen, porque ya habían tocado en agosto de 2008, pero ahora bajan un peldaño más hacía el abismo y vienen en pleno invierno. No excluyamos que dentro de poco hagan una gira por Murmansk, Arjángelsk, Vólogda, Bélgorod y Salvacañete. Dicen quienes fueron a verlos que estuvieron muy profesionales y que Bruce Dickinson aún sabe cantar. A buenas horas, en sus buenos tiempos, sus seguidores les hubieran llamado profesionales. Ufff...

En cambio, aquí tenemos a unos que sí que han hecho giras por villorios provincianos rusos y que, por fin, han anunciando la que va a ser su gira de despedida. Sí, son los Scorpions, un grupo que tuvo un buen disco, el primero, «Lonesome Crow», en el prehistórico 1972, y luego fueron descendiendo lentamente hacia las profundidades más abisales. Probablemente son los primeros que pasaron por el laboratorio de pruebas de músicos acabados, ya que su primer concierto en Moscú, dentro de una gira por ocho ciudades de la URSS, fue nada menos que en 1988.

Y mira que me gustaban a mi los Scorpions, incluso después de su primer disco, pero ahora los detesto cordialmente. En los tres lustros, a ojo, que llevo aquí he tenido que sufrir constantemente cómo, por donde pasara, te soltaban «Winds of Change», esa espantosa canción creada por Klaus Meine, pero que bien pudo haber compuesto Nerón para martirizar cristianos. Un horror, pero un horror que te ponían en todas las emisoras de radio, porque, no sé por qué, parece que le gustaba a las chicas. Un grupo heavy (o ex-heavy) con una balada insulsa que pone a las chicas. Sólo tuve un sentimiento parecido de indignación cuando el «Casi me mato» de Barón Rojo entró en los cuarenta principales. Insoportable.

Pero ahora se van. Se acabo. Finito. El «Winds of change» sonará por última vez dentro de unas semanas, el 26 de mayo, y yo creo que por esas fechas haré lo que sea por encontrarme lejos de Moscú para no tener ni la más remota posibilidad de escucharlo.

¿Son los Scorpions los únicos en reconocer que ya no harán nada más de provecho en el panorama musical? No. Las desgracias nunca vienen solas, y aquí tenemos a Slayer y Megadeth, además juntos, que tocaron hace unas semanas por aquí. No sé de quién sería la idea de poner a ambos grupos juntos en el mismo escenario, y supongo que si se atreven a hacerlo es porque Mustaine está mucho más calmado y ya no llama chupapollas a algún que otro miembro de Slayer, que a su vez llamaba maricón a Mustaine. Como en los periódicos no apareció ningún incidente entre los músicos, es de suponer que están tan acabados que ni siquiera se insultan mutuamente. Es lo que tiene tocar en Moscú. Domestica a las fieras.

Y a todo esto, ¿queda algún músico de cierta edad que, por no haber venido a Moscú, es posible que no esté acabado? Yo pensaba que aún había alguna esperanza, hasta que hace un par de semanas vi un cartel por la calle anunciando la llegada de un nuevo miembro al cementerio musical de Moscú.

Mañana por la noche, víspera de Pascua de Resurrección, actúa. Y en la próxima entrada le llegará su epitafio, porque ése sí que no se levanta de nuevo.

miércoles, 20 de abril de 2011

Músicos acabados (IX)

Desde que, ya hace algún tiempo, comenzó la historia de esta bitácora, el descubrimiento más sensacional y la mayor contribución a la ciencia que se ha realizado desde la misma ha sido la revelación de que todo músico que viene a actuar a Moscú está acabado.

Hay gente, incluso en mi propia familia, que dice que exagero. Que no es verdad. Que son cosas que digo de broma y que no hay nada de eso. Que Moscú es la ciudad más grande de Europa y que un músico puede actuar en ella sin desdoro para su reputación... si aún fuera, no sé, Kostromá o Tver, pues aún podría ser, pero ¡Moscú!

Pamplinas, y nada más que pamplinas.

Ya lo creo que un músico que toque en Moscú está acabado. Para quien no lo crea y siga considerando que este aserto mío no es más que una señal más de una supuesta ojeriza mía a esta ciudad (y que quede claro que no le tengo ninguna ojeriza), es momento de echar la vista atrás y comprobar qué ha sucedido con algunos de los protagonistas de las entradas etiquetadas como «Músicos acabados».

La verdad es que la mayoría de las casos no hay mucha discusión, y que la ley de acabamiento de los músicos - voy a bautizarla así - queda fatalmente confirmada. Hay músicos que vienen todos los años y que incluso realizan giras por toda Rusia, como el caso más palmario de Deep Purple, que probablemente tiene visado de múltiple entrada, aunque hay que reconocer que en eso les ayuda el hecho de contar con numerosos seguidores en Rusia, el más destacado de los cuales es el presidente del país, Dmitry Medvedev, que el mes pasado, tras el enésimo concierto de la banda en Moscú, les invitó a tomar el té en su residencia. Tenemos la foto de ahí arriba, en la que Medvedev, con gesto arrobado y poco menos que la baba cayéndole por la comisura de los labios, escucha lo que le pueda estar diciendo Ian Guillan, posiblemente el más acabado de la banda, porque los demás aún saben tocar, pero él ya no tiene voz como para ir berreando por ahí.

No es el único caso. Todos y cada uno de los protagonistas de las entradas en cuestión han pasado a la historia de la música, después de haber abandonado el presente. Lenny Kravitz, Iron Maiden, Julio Iglesias, Raphael, U2 (¿os pensáis que U2 va a hacer algo más de cierto mérito? ¡Ja!)... todos han dejado atrás sus mejores momentos y simplemente, y todo lo más, se dedicarán a sacar recopilatorios. Si se atreven a sacar algo nuevo, seguro que va a desmerecer mucho respecto de su obra anterior.

¿Y Madonna? Parecía que no había nada en este mundo que pudiera con la reina del pop, e incluso, cuando escribí el 11 de septiembre de 2006 que sus días en primera fila del pop mundial estaban contados, hubo gente que pensó que yo me estaba equivocando y que Madonna continuaría como hasta entonces. Pero no: desde que actuó en Moscú, lo único que ha hecho ha sido sacar un disco bastante malo (como era de esperar), abrir una cadena de gimnasios (pff...), sacar un par de recopilatorios (malum signum, malum signum...), divorciarse (aunque fuera de Guy Ritchie, que menudo piernas), adoptar a un niño (sobornando a diestro y siniestro) y, en suma, comenzar una cuesta abajo inexorable. Vamos, que Moscú ha acabado hasta con Madonna.

Y así sucesivamente. La vida continúa, y también continúa la función de Moscú como notario del fin de músicos que en su día se creyeron inmortales y que hoy, pasado su tiempo, se conforman con ganar sus últimos rublos allí donde todavía les dejan actuar. Y es el momento, pues, de revisar los últimos elefantes que han venido a su cementerio, porque, con toda la monserga esta que estoy soltando, se ha hecho un poco tarde.

lunes, 18 de abril de 2011

Moscú en bici (II)

Es bastante probable que los planes de Sobyanin para transformar a Moscú en algo así como Amsterdam en implantación de la bicicleta tengan bastantes dificultades para dar resultados palpables en forma de una parte significativa de la ciudadanía desplazándose en bicicleta. Voy a tratar de apuntar algunas razones por las que pienso que esto será así:

La primera es de tipo general: los rusos son unos tíos geniales haciendo planes... y una calamidad con patas ejecutándolos. En Rusia hay más planes de transporte que longanizas, y la mayoría de las carreteras siguen estando para llorar, con un asfalto indecente, atestadas de coches hasta la exageración las que entran y salen de las grandes ciudades, con puentes para pasar por los cuales es conveniente confesarse y comulgar primero, y en las que no hay más accidentes porque Dios no quiere. Y esta gente quiere construir en cinco años ciento ochenta kilómetros de carril bici. Anda ya.

La segunda es la lógica de tipo climático. Así como Valencia es el sitio ideal para ir en bici, con temperaturas suaves todo el año, casi sin lluvias y con una agradable brisilla marina (que a veces se enfada, pero sólo a veces), Moscú es otra cosa. Entre mayo y septiembre la temperatura está por encima de los diez grados, que es aproximadamente el nivel de comodidad, pero el resto del tiempo hay que proponerse muy seriamente lo de la bicicleta, e incluso en esos meses de comodidad te puedes encontrar con lluvias muy frecuentes. Y luego hay tres meses, diciembre, enero y febrero, y a veces buena parte de marzo, en que no es que haya que proponerse muy seriamente lo de la bicicleta, es que hay que ser todavía más fanático que yo, que ya es decir. Hay hielo en las calles, puedes llegar hecho un desastre a los sitios con las tormentas de nieve y el barro medio sólido que los coches te salpican y, además, bastantes fabricantes directamente no recomiendan la conducción a nosecuántos grados bajo cero, porque no se fían de cómo puedan responder los mecanismos. Y esos nosecuántos grados bajo cero, aquí, se alcanzan.

La tercera causa es que en Moscú no hay un movimiento ciclista como lo hay, o ha habido, en Valencia. En Valencia ha existido desde hace un par de décadas una cierta concienzación organizada (véase aquí), que tiene el mérito de haber conseguido que su politización (que la tiene) no se pase de rosca, cosa dificílisima en Valencia, y es gracias en parte a su presión que la situación ha mejorado muchísimo, torciendo la voluntad de un gobierno municipal que, como se vio en la entrada anterior, había sido muy crítico con la infraestructura mientras estuvo en la oposición. En Moscú no hay ni rastro de algo parecido. No es que la sociedad civil rusa dé pena, es que no hay rastro de una demanda y los propios y pocos ciclistas que en Moscú somos nos conformamos con que nos sigan considerando unos bichos raros y no nos peguen demasiado.

La cuarta es que, maldición, así como he dicho que la sociedad civil rusa da pena, la única excepción que hay a esto la constituyen precisamente los máximos enemigos del ciclista: los automovilistas. Los automovilistas rusos sí que están organizados, son influyentes, son totalmente apolíticos (ahora bien, aquí son apolíticos hasta los políticos) y son capaces de montarla bastante gorda por un quítame aquí este metro de calzada para construir un carril bici. Y es que pasarse horas y horas en los atascos de Moscú le agria el carácter al más pintado.

Y la quinta es que, después de años de comunismo (ya es sabido que en Rusia, el comunismo siempre tiene por lo menos una parte de culpa de lo que pasa), la máxima aspiración, el sueño más húmedo y la culminación de toda una vida de sinsabores y fracasos era acceder a la propiedad de un automóvil propio. En Moscú había avenidas enormes por las que no circulaba casi nadie y los pocos que tenían vehículo (de motor) propio eran envidiados por la turbamulta. El coche no sólo era un medio de transporte; el coche era - y es - un símbolo de estatus, un símbolo de triunfo, de ser algo en la vida, y de ver por encima del hombro a alguien, como esos seres inferiores que caminan por las aceras o se apelotonan en el metro o en los trolebuses. Esa absurda idea del coche como quintaesencia del triunfo social nos la inculcan en España los anuncios de coches y nos la creemos, o no, pero aquí está grabada a fuego en el colectivo descendiente de la generación anterior que sí que vivió esa sed y que hoy por nada del mundo renunciarán a sus cuatro ruedas, así tengan que pasarse media vida tocando el claxon en los atascos.

O mucho me equivoco, o esa idea del carril bici se quedará en el plan de Sobyanin, escrita y nada más, y los ciclistas seguiremos burlándonos de los automovilistas mientras serpenteamos entre los pocos espacios que dejan y llegamos más pronto que ellos. O haciendo esos ciento ochenta kilómetros en parques, jardines y en lugares donde no hace mucha falta, como han hecho en Madrid. Vaya, que me gustaría equivocarme, pero las cosas son como son, y en Moscú sólo serán de otra manera si Sobyanin es mucho más tozudo de lo que pienso. Y no me lo creo.

viernes, 15 de abril de 2011

Moscú en bici (I)

El alcalde Moscú, Sergey Sobyanin, sigue en sus trece de aligerar el transporte público local. Tras pasar por la experiencia, probablemente poco agradable, de comprobar personalmente cómo es el tráfico de la ciudad en hora punta, se está dedicando a elaborar planes de, como dicen ahora los finos, movilidad. Toda la vida habían sido de transporte, pero ahora la moda consiste en llamarlos de movilidad.

Sobyanin quiere acelerar la construcción de líneas de metro y poner en servicio 82,5 kilómetros más; también se plantea la construcción o reparación de otros ochenta kilómetros de carreteras principales. Esto no es nuevo. No hay plan de transporte ruso (¡y hay muchísimos!) que no se haya planteado la construcción de más líneas de metro y de más carreteras. Pero, atención, porque en esta ocasión hay algo más.

En esta ocasión, a juzgar por lo que dice Vedomosti (que es un diario económico de la misma cuerda que el Moscow Times, pero en ruso), y traduzco:

Los autores del programa también apuestan por la bicicleta. "Se desplaza por la ciudad con una velocidad media de 17 km/h y rodea cualquier atasco, mientras que la velocidad media del automóvil asciende a 25 km/h, y en la horas punta no supera los 17 km/h", alaban así las ventajas de la bicicleta. Un kilómetro de trayecto le cuesta de media al automovilista una media de 5 rublos, y otro tanto son los gastos del Estado, por ejemplo, en infraestructura, según consideran los autores del programa, de modo que los desplazamientos en bicicleta ahorrarán dinero a los ciudadanos y a la ciudad. Proponen construir, hasta 2016, no menos de 150 km. de rutas ciclistas y carriles-bici y construir 10.000 sitios de aparcamiento para bicicletas.

Al leer esto, una lagrimilla de emoción rodó por mis mejillas, y no pude evitar retroceder en el tiempo al lejano 1983, en la Valencia de mis entretelas, tan diferente de la que tenemos hoy, casi treinta años después, desarrollada y endeudada por igual.

Hace tanto tiempo de aquello que Rita Barberá, que parece que ha estado al mando de la ciudad desde su fundación, ni siquiera era alcaldesa. Lo era Pérez Casado, sociata él y último alcalde varón que hemos tenido. En aquel entonces, yo iba al colegio, situado en la otra punta de la ciudad, en autobús, con un grupo de compañeros de distintos cursos que vivíamos más o menos por la misma zona y nos recorríamos la ciudad de cabo a rabo a diario.

Un buen día, uno de los compañeros de viaje, Vicente, dejó de venir en el autobús y pasó a recorrer la ciudad de cabo a rabo, pero a pie. Poco después, cuando le preguntamos por qué había dejado de venir con nosotros, nos respondió que se guardaba el dinero del viaje y que en unos cuantos meses se compraría una bicicleta con los ahorros que conseguía así.

Naturalmente, no le hicimos mucho caso. Una bicicleta. Quin pensament.

Al cabo de unos cuantos meses de peregrinación, y de muchos kilómetros de marcha y contramarcha, Vicente logró ahorrar lo suficiente y se compró la bicicleta, con lo que sus viajes al colegio volvieron a ir sobre ruedas, pero más estrechas que las nuestras. De vez en cuando lo veíamos desde la ventana del autobús, mientras todos los adolescentes que se cruzaba y los veían le jaleaban en burla llamándolo "¡Lejarreta!" o "¡Arroyo!". Qué digo todos los adolescentes: yo mismo me burlé de él en alguna ocasión.

Pura envidia, lo reconozco. Ese verano hice algo que me había impedido tomar el ejemplo de Vicente: aprender a montar en bicicleta, lo que me costó algunas caídas y conocer de primera mano el fondo de varias acequias de mi pueblo, pero se consiguió. Lo que no me planteé, aún, fue usar la bicicleta en Valencia hasta algunos años después.

Pasados estos años, en Valencia, el alcalde Pérez Casado había sido descalabrado por su propio partido (ya entonces lo hacían), que designó para sucederle a Clementina Ródenas, sociata de Ayora y residente en Rocafort, que no estaba muy claro qué hacía de alcaldesa en una ciudad en la que ni había nacido ni vivía, pero estaba. Más o menos por entonces se puso en marcha la primera red de carriles-bici de Valencia. Básicamente era un sólo carril que conectaba el centro con el campus universitario de Blasco Ibáñez, así que llamarlo red era, por lo menos, pretencioso, pero se encontró de frente a la oposición, que en aquel entonces eran Martín Quirós, pepero él, y el líder de la oposición, el recordado Vicente Martínez Lizondo, de Unión Valenciana, que, siempre vehemente, aseguraba que eso del carril bici era un gasto inútil y que nadie iba por él. Cosa normal, porque no llevaba más que a la universidad desde un lugar donde no vivían universitarios.

En aquel tiempo, los transportes municipales de Valencia estaban de huelga casi todas las semanas, así que durante muchos días me tocó, a la fuerza, seguir el mismo recorrido de mi compañero Vicente mientras ahorraba para la bicicleta. Al final, ya ni esperaba el autobús y echaba a andar directamente hacia la universidad. Y, al final, como Vicente, acabé por traerme la bicicleta del pueblo, en un viaje emocionante de cuarenta y pico kilómetros con final urbano por primera vez en mi vida, y en dar comienzo a mis rutas ciclistas urbanas entre las oraciones de mi madre, que no estaba muy convencida de la seguridad del artefacto. Me tocó pagar en mis propias carnes las burlas de los adolescentes que me cruzaba, que no dejaban de llamarme "¡Perico!", "¡Lucho!", ¡Parra!".

Pasados un par de años, la oposición pasó al poder, y Rita al sillón de la alcaldía, que no ha dejado desde entonces. González Lizondo pasó a ser primer teniente de alcalde, con lo que el carril bici, como era de esperar, aunque no fue suprimido, quedó bastante estancado. Yo iba por él cuando no tenía demasiada prisa, cosa poco frecuente, pero la gran mayoría de mis desplazamientos, igual que hoy, eran por la calle pura y dura. Lo que no cambiaban eran los adolescentes gritándonos a los ciclistas en tono de burla, cada vez menos "¡Perico!", y cada vez más "¡Induráin!".

Y eso que Valencia, fuerza es decirlo, ha mejorado enormemente en cuanto a comodidad ciclista se refiere. Hoy hay algo más de cien kilómetros de carril bici, servicio de alquiler de bicicletas y cada vez que voy a Valencia veo más y más ciclistas, eso por no contar los recorridos por el río saliendo de la ciudad, que han mejorado igualmente. El plan-E, del que tanta gente se ha reído, le ha dado un impulso final y, aunque quedan muchas cosas por hacer, las cosas han cambiado muchísimo desde que Vicente ahorró lo suficiente para comprarse una bicicleta y convetirse en el primer ciclista urbano del que tuve conciencia.

Eso sí. Los adolescentes siguen gritando cosas. Aunque ahora simplemente gritan: "¡Dopado!"

Y ahora, pregunta, ¿será el plan de transportes de Moscú el comienzo de un desarrollo ciclista como el de Valencia? A ver si a la próxima medito sobre el asunto.