martes, 29 de noviembre de 2011

La soledad del corredor de fondo (V)

Novospassky no es un monasterio cualquiera. Es MI monasterio. He vivido nueve años a menos de un kilómetro de él y, durante esos años, hasta que se levantó una mole de tropecientos pisos de ésas que "adornan" Moscú, tuve vista directa a Novospassky desde mi ventana.

El monasterio, como la mayor parte de los monasterios rusos, tenía en el momento de su fundación dos funciones: la religiosa que se puede suponer, y la defensiva, como fortaleza frente a los ataques de los tártaros desde el sur, al igual que otros monasterios (Serguíev-Posad, Novodevichy, Andrónikov, Danilovsky, entre bastantes otros).

Allá por el siglo XVIII, los tártaros dejaron de ser un peligro, pero a principios del siglo XX llegó un problema mayor para Novospassky: los comunistas. Poco después de la revolución, el monasterio fue cerrado, los monjes expulsados, y las iglesias transformadas en campos de concentración. Guay. De los frescos del siglo XVIII no hay que hablar mucho, que da grima. Cuando el NKVD dejó de tener tanto trabajo, el monasterio fue transformado en cárcel para borrachos, una estación de recuperación para que a los borrachos incapaces de llegar a su casa y algo turbulentos se les pasara la mona en un lugar controlado. Más tarde fue un almacén, básicamente, aunque con el rimbombante título de centro de restauración de obras de arte.

No hay mal que cien años dure, pero se ve que setenta sí. A principios de los años noventa del pasado siglo, el monasterio fue devuelto a la Iglesia Ortodoxa en el lamentable estado que puede suponerse. Rápidamente fue abierto al culto, porque los templos escaseaban y la cantidad de creyentes de nuevo cuño no dejaba de crecer; volvieron los monjes (otros, claro) y, poco a poco, los trabajos de restauración fueron ejecutándose, siempre teniendo en cuenta que "restauración", en Rusia, me da la impresión de que simplemente significa "pintar por encima".

La primera vez que entré allí fue en algún momento de 1997, y luego en la Pascua de 1998, en que la iglesia principal del monasterio estaba de bote en bote, además de hecha una pena, y apenas se podía pasar. Y luego estuve mucho tiempo yendo a correr al estanque que hay junto a él y cuyo perímetro mide exactamente 630 metros, que he hecho muchísimas veces.

Al acercarse un domingo por la mañana al monasterio, las campanas suenan llamando a la primera misa, y los fieles van acudiendo y se persignan a la manera ortodoxa, o sea, comenzando por la derecha, al revés que nosotros. Así como nosotros nos persignamos en raras ocasiones, un ortodoxo lo hace constantemente: siempre que pasa por delante de una iglesia (práctica que entre nosotros, por desgracia, está en desuso), y cada dos por tres, o más, cuando está en misa. Nosotros, tres veces en las misas, al principio, antes del Evangelio y al final, y pare usted de contar.

Los fieles, todos con la cabeza cubierta, que los hombres descubrirán en cuanto entren en el templo, miran con curiosidad no exenta de desagrado a ese corredor vestido con ropas ajustadas que pasa por su lado, y con algo más de simpatía cuando ven que el corredor se santigua también, aunque sin parar de correr, al pasar por delante de la entrada de la iglesia.

Poco después, tras dar la vuelta a un edificio, llegué al estanque de Novospassky, al que tantas vueltas había dado cuando vivía por allí, con ánimo de darle un par de vueltas más. Otras veces había pasado por allí en pleno verano, después de trabajar, pasando entre los grupitos de jovencitos, algún monje que paseaba alrededor del estanque, mamás dando vueltas con sus carritos de bebé y mucha gente paseando al perro. Pero eso era lo que pasaba los días de entre semana por la tarde. Los domingos a las ocho y media de la mañana lo único que queda de toda la fauna anterior es la gente paseando al perro.


Qué tíos, tú. Están a todas horas. Y ninguno lleva el perro sujeto. Son una especie de secta que ve como lo más natural del mundo que el perro campe por sus respetos ladrándote y enredándose entre tus piernas, o saliendo detrás de ti a toda viroya con los colmillos en posición de ataque. Como mucho, el c*p*ll* del dueño, o dueña, te dirá: "No muerde. Qué va. Si no hace nada." O bien: "Sólo quiere jugar." Una chica que conocí hace tiempo decía que la culpa era mía, por provocar corriendo. Y es que los enemigos del corredor son las dos pes: perros y paletos.

De paletos también he visto unos cuantos en Novospassky, aunque no en domingo otoñal por la mañana. La típica gente medio borracha que se ríe al ver pasar a un corredor, o le hace burlas. Una vez hubo un jovencito que me pilló al comienzo de un entrenamiento progresivo, de los que empiezan muy lento y van incrementando en intensidad. El jovencito estaba con dos chicas, se las quiso dar de machote y se puso a mi altura, suponiendo que, al ritmo que iba, él lo soportaba perfectamente.

Yo no dije nada. Corrimos a bajo nivel una vuelta, y apreté un poco. Lo oía jadear un poco, pero el chaval aguantaba. Cada media vuelta apretaba yo sólo un poco, para que no se diera cuenta de que estaba intentando ahogarle sin que él se enterara; él jadeaba cada vez más, y a la tercera vuelta, ya a un ritmo decentillo, llegamos a la altura de las chicas que le acompañaban y allí ya se paró, sin aliento y bastante sudado, mientras las chicas se reían. Si lo que quería era dárselas de machote y ligar, la cosa no funcionó.

En estos pensamientos, di tres vueltas al perímetro del estanque y salí al malecón del río Moscú. Ante mí tenía cinco kilómetros largos, o cinco largos kilómetros, con el vivificante viento en contra.

Cosa que queda para la siguiente entrada.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Campañas

En todos los países donde hay elecciones, el que las convoca está interesado en que la gente vote, y por eso trata de ponérselo fácil a los votantes y de fomentar su participación con campañas de publicidad. La excepción es España y el voto de los residentes en el extranjero, que se ha convertido en algo imposible, pero ésa es otra historia.

Los poderes públicos realizan sus campañas de fomento de la participación con eslóganes como "¡Vota! Tu país te necesita" o "Si no votas, no protestes" o "Tu voto cuenta", entre otros de escasa originalidad, pero que en todo caso animan al acto del voto en general, obviamente sin decantarse por ninguna de las opciones concretas que se ofrecen al elector. En Rusia también hay una campaña semejante, claro que sí.

Pero, de momento, quedémonos en otro asunto y veamos la imagen siguiente, tomada hace un rato (está bitácora es en diferido, pero me imagino que la cosa sigue igual):



Se trata del bulevar Tverskoy, en las inmediaciones de la plaza Pushkin, uno de los lugares más transitados de Moscú. Vemos en una marquesina de autobús el cartel electoral de Rusia Unida, el partido preferido de mi hija Ro. Acerquémonos un poco para verlo mejor.



He ahí. El cartel electoral oficial de Rusia Unida con su lema "Сохраняем. Для жизни. Для людей". "Conservamos. Para vivir. Para las personas." Con un fondo en el que se representan gentes de toda condición, y en segundo plano la silueta de una ciudad en tonos azul claro. Y anima a votar a Rusia Unida, claro. Rusia Unida no tiene ideología conocida, pero ellos dicen que son conservadores y su lema electoral parece apuntar en esa dirección.

Si volvemos a la primera imagen, vemos a lo lejos, unos pocos metros más allá, otro cartel electoral ¿Lo ven? Sí, está ese soporte junto a la pared. También aquí nos acercaremos un poco para que no quede lugar a dudas. Sí, aquí está.



No, no es el juego de las siete diferencias. Ese cartel electoral de ahí no es un cartel de Rusia Unida. Es nada menos que la campaña institucional para animar al voto, pagada con fondos públicos. Es cierto que tiene exactamente el mismo color y la misma imagen que el cartel partidista anterior, pero el lema es diferente. Голосую за Россию! Голосую за себя! O sea: ¡Voto por Rusia! (no dice "Unida", eso sí) ¡Voto por mí!

En opinión de Rusia Unida, y no digamos de la Comisión Electoral Central, este fenómeno (y no es el único sitio en Moscú donde ambos carteles están a pocos metros uno de otro) es pura casualidad y en ningún caso constituye una infracción a la legislación electoral rusa. Se trata, dicen los responsables del tinglado, de una imagen que se puede encontrar en internet, en bases de datos de gráficos, es de uso libre, y el hecho de que los creativos de ambas campañas la hayan utilizado no es sospechoso de favorecer a ningún partido, qué va.

Se lo voy a decir a Ro, a ver qué le parece. Si le parece bien y que todo esto es pura casualidad y que qué cosas tienes papá, me da a mí que voy a cerrar la bitácora. Se empieza así, y se acaba como el padre de Pavlik Morozov.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Eligiendo a los padres de la patria

Mientras nos acercamos corriendo al monasterio Novospassky, han tenido lugar las elecciones en España, con el resultado que era de suponer, y está teniendo lugar la campaña electoral para las elecciones en Rusia, que tendrán lugar el 4 de diciembre, y que también terminarán con el resultado previsto. Si, en el caso de las elecciones españolas, podría haber algunas dudas, en el caso de las rusas no es necesario tenr cualidades proféticas para vaticinar que el ganador de las elecciones parlamentarias será "Rusia Unida", partido cuya lista encabeza el actual presidente, Dmitry Medvedev, que, sin embargo, no pertenece al partido. Ya sé que parece raro, pero aquí esas cosas se ven de manera natural. En otros sitios de democracia partidocrática, como España, el poder lo obtiene el partido más importante, según los resultados de las elecciones, y va cambiando de manos.

Aquí, no. Aquí, el partido está al servicio del poder, y a veces es el poder el que cambia de partido. Ya ha pasado en alguna ocasión, y nunca se sabe si volverá a suceder.

En España sólo se habla de política entre conocidos muy conocidos y sólo cuando hay mucha confianza. Rusia es mucho más abierta con eso y la prueba la tengo con mis tres hijos, y en particular con la segunda.

Pasábamos por Barrikadnaya, cerca del zoo, donde el nunca suficientemente alabado LDPR ha colgado unos pasquines de las farolas con el lema claro, directo y diáfano que tiene en esta campaña: "За русских!", con la foto de Vladimir Zhirinovsky y el gesto agresivo sin el cual pierde tanto. El LDPR no necesita más lema ni más zarandajas para que sus votantes sepan por dónde ir, y parece que eso le será suficiente para superar sin problemas la barrera del 7% y volver a entrar en la Duma.

- ¡Qué barbaridad! No me gustan nada los lemas electorales de los partidos - dijo Ro.

Ro es una chica interesada por la política rusa. Se levanta todos los días a las siete menos cuarto de la mañana, se lava y se viste, y se pone delante de la tele a enterarse de lo que pasa por el mundo y, en estos casos, a ver los espacios electorales gratuitos.

- No me gusta nada los del Yabloko, ni los Rusia Justa. Se pasan el rato criticando. Me gusta sólo el de Rusia Unida, que cuentan las cosas que han hecho y que van mejor gracias a ellos.

- ¿Sí? - pregunté sin volver la cabeza.

- ¡Sí! Los de los demás partidos son unos pesados. La mejor publicidad es la Rusia Unida. Los demás están criticando esto y aquello. Yo, si pudiera votar, votaría por Rusia Unida.

La verdad es que yo no me he planteado nunca a quien votaría si pudiera hacerlo. Bueno, a los lectores de esta bitácora no les es extraño que paso muy buenos ratos con Zhirinovsky, pero claro, que yo vote a Zhirinovsky es más o menos lo mismo que un musulmán radical votando a Anglada, y no parece probable. El caso es que tengo una hija que, en el imposible caso que tuviera algún día derecho a voto en Rusia, reforzaría la mayoría que, ya de por sí, va a obtener Rusia Unida.

Lo chocante del caso es que Rusia Unida va a recurrir (está recurriendo de hecho) a todo tipo de martingalas con tal de sacar una mayoría gorda, pero gorda de verdad. Y la verdad es que no lo necesita, o al menos no da esa impresión. Si no hiciera ninguna martingala, sacaría con casi total seguridad más del 50% de los votos, lo cual en el caso de España es el más salvaje de los sueños de cualquier político, pero aquí, para alguien de Rusia Unida, todo lo que no llegue al 66% es poco menos que motivo de expulsión del gobernador regional que no haya sacado un porcentaje superior a ése. Por eso hacen todo tipo de trucos que en cualquier país occidental serían vetados poco menos que automáticamente por la junta electoral que tocara.

Aquí, no. Aquí, la junta electoral se ocupa de investigar concienzudamente a los partidos... excepto a Rusia Unida, que prácticamente campa por sus respetos. A ver si otro día saco algunos pasquines de los partidos. El de Rusia Unida, en particular, merece la pena.

lunes, 21 de noviembre de 2011

La soledad del corredor de fondo (IV)

La ruta sigue en una ligera cuesta abajo. Más allá de Chistye Prudy, hay puntos donde el anillo de los bulevares resulta poco menos que impracticable, y más parece que corro por una pista de cross. Los trabajadores, vestidos de naranja, que esperan a que lleguen algunos compañeros y empezar a hacer algo, me miran con incredulidad.

Finalmente, el anillo de los bulevares, que no es anillo sino las tres cuartas partes del mismo, se termina al llegar al río. El llamado anillo de los jardines, Sadovoye Koltsó, sí que es un círculo casi perfecto, pero de los jardines sólo conserva el nombre y, visto en la actualidad, casi parece un ejercicio de sarcasmo. Lo que en su día debió ser la muralla exterior de Moscú, y después una avenida circular con un espléndido jardín en el centro, hoy es una autopista a tres kilómetros del Kremlin, eternamente atestada de vehículos, y por la que pasear está lejísimos de ser un ejercicio ni remotamente apetecible.

Y es una pena, pero no hay nada que hacer con ello. El anillo de los bulevares, más al centro, conserva mejor un ambiente más tranquilo, y se agradece. Así y todo, hay horas en las que está completamente impracticable, pero no son las que nos ocupan en este relato.

Al dejar el anillo de los bulevares, aparece ante mis ojos el rascacielos Kotelnicheskaya, una de las llamadas siete hermanas. Como ya lo hemos visitado en otra ocasión, me remito a lo que quedó escrito entonces. Esta vez, la cosa es diferente, y no toca visitarlo. Una calle de siete carriles y un parque desierto me separan del siguiente obstáculo, que es el río Yauza.

El río Yauza desemboca, precisamente aquí, en el río Moscova, mucho más grande que él. Nace este río unos pocos kilómetros al norte de Moscú y, en total, no llega a cincuenta kilómetros de recorrido, la mayoría de ellos dentro de la ciudad de Moscú. Parte de un recorrido que imaginé y que nunca he realizado, como es hacer una ruta por todos los monasterios en activo de Moscú, pasaba por el Yauza, que a sus orillas tiene el monasterio Andronikov (que no está activo, pero es muy chulo).

En esta ocasión sólo se trataba de cruzarlo, en este caso por el segundo puente contando desde la desembocadura, para alcanzar la calle Goncharnaya.

Y ahora estamos en Taganka, uno de los barrios más tradicionales de Moscú, y vamos a atravesarlo, para lo que hay que salvar una elevación, lo cual se puede hacer por la calle Yauza, que tiene tránsito a todas horas, incluida ésta, o por la calle Goncharnaya, por la que a estas horas no pasa absolutamente nadie. La elección está clara.

La calle Goncharnaya es una calle especial. Parece haber resistido el paso del tiempo mucho mejor que otras y trata de agarrarse con especial ilusión a su pasado. Tras subir una cuesta muy empinada para Moscú y que hace subir las pulsaciones un poco, se llega al museo del icono, y más adelante se pasa por una serie de casas bajas medio oculta por la imponente mole del rascacielos Kotelnicheskaya que se ve desde cualquier sitio. La escasa gente que se ve a estas horas pasea sin prisa.

En la misma calle, un poco más lejos está la Iglesia de la Asunción de la Virgen, y sí que se van viendo algunos fieles y algún sacerdote que se van acercando por allí, porque se acerca la hora de la misa o, mejor dicho, del servicio, porque misa es palabra latina y entre los ortodoxos lo latino, muchas veces, produce escalofríos. Ya se ha terminado la subida y no queda sino llegar a la plaza Taganskaya, atravesarla por uno de los lados, y lanzarse cuesta abajo hasta el siguiente punto destacado en la ruta: el monasterio de Novospassky.

El monasterio de Novospassky tiene algo muy especial. Tanto, que lo dejo para una entrada específica, que sabe Dios cuándo podré escribir, porque ando sumamente liado y bastante tengo con respetar los entrenamientos que marca mi plan y que no son poca cosa. Pero eso será otro día.

jueves, 17 de noviembre de 2011

La soledad del corredor de fondo (III)

Al salir a la calle y empezar a correr, no se ve más que a algún gato despistado. Las personas parece que, con buen criterio, siguen en la cama esperando a que pongan las calles. La ruta cruza Malaya Dmitrovka, donde ya comienza a verse gente. Un miliciano despistado, que debe llevar toda la noche vigilando la Embajada de Eslovaquia, me mira incrédulo desde su garita mientras paso a su lado. Su garita es un cubículo miserable apenas más cómodo que un asiento de Iberia en clase turista.

Poco antes de llegar al Ermitazh está la Embajada de Benin, que ni siquiera tiene miliciano que la proteja. En su lugar, y desde que llevamos viviendo en este barrio, la protección corre a cargo de un perro al que jamás hemos visto, pero siempre oímos, y que ya debe tener sus años. Cuando paso frente a la embajada, con mis zapatillas arrancando un sonido apenas perceptible, el perro guardián se despierta y ladra un par de veces, hasta parar al darse cuenta de que los sonidos de las zapatillas se iban alejando.

Por la Petrovka vamos bajando hasta el anillo de los bulevares. Los primeros trolebuses, completamente vacíos, van pasando monótonamente por las calles. Los bulevares están en plena reconstrucción, varias partes están cerradas a los peatones y se ve maquinaria de obras en distintos tramos.

Un par de trabajadores asiáticos me miran con indiferencia, mientras se intercambian algunas frases en un idioma totalmente desconocido para mí. Es curioso. A las siete de la mañana de un domingo hay gente trabajando en Moscú, esa ciudad que no se cierra nunca del todo, donde hay supermercados abiertos a todas horas y, lo que es más curioso, gente que los utiliza. Las obras públicas puede que se paren por falta de financiación, pero no porque sea domingo o sea de noche. A mayor o menor ritmo, pero las cosas avanzan.

Tras un par de tramos del anillo de los bulevares, se llega al metro de Chistye Prudy. El metro es otra cosa. Si Moscú, en general, es una ciudad que nunca está vacía, su metro siempre está lleno. Y lleno de cualquier cosa. En los alrededores de la estación se junta todo lo que puede juntarse a las siete de la mañana de un domingo. Los alcohólicos impenitentes que han estado esperando a que abrieran las puertas del metro, durmiendo en las salidas de los respiraderos, con la cara abotargada y enrojecida; los juerguistas de clase baja, que han prolongado la noche lo necesario para alcanzar la apertura del metro, al no disponer de otro modo de llegar a sus casas; trabajadoras de domingo por la mañana, quizá limpiadoras de cafés y restaurantes, quizá dependientas, que pasan con aprensión entre los mendigos, apretando el paso; creyentes ortodoxos que se dirigen a las iglesias del centro desde todos los confines de la ciudad, para asistir a la Eucaristía más temprana.

Moscú está llena de gente variopinta, y el metro los transporta a todos. En la estación de Chistye Prudy, pegada a las paredes de la estación, alguien ha estado dejando una corona de flores todos estos domingos de madrugada en que he estado entrenando.


Al pasar la estación y seguir corriendo, se pasa junto al estanque que da nombre a la estación. Desde aquí hasta la confluencia con el río estamos pasando por una de las zonas más bonitas de Moscú, con un bulevar flanqueado de casas disfrazadas de palacios. El estanque refleja los árboles que lo flanquean y que cada semana que pasa están más calvos.

Además de ser una zona bonita, la confluencia con la Maroseyka es una zona de pequeños cafés donde los marchosos de clase media han estado prolongando la noche hasta que ésta dejó de serlo. Es otro nivel. Chicas vestidas de cuero, con minifaldas y botas altas, retando a la mañana, a la tarde y a todo lo que se mueva, mientras la noche sea joven y ellas también; maromos con el bolsillo lleno, aunque mucho más vacío que al salir de casa, armarios de casi dos metros, vestidura cara y chatis a juego.

Es, sí, otro nivel. Y son los primeros que reaccionan cuando un sujeto delgado les supera corriendo, una figura, si no imposible, sí impensable allí y entonces. Una chica delgada con melena rubia se da la vuelta, rueda su cabeza moviendo la cabellera, lacia y castigada, y lanza una carcajada dirigida a mí y a los maromos que la acompañan mientras suelta un "Krúto!", no sé si de desprecio o de sorpresa al ver que existen otros mundos fuera del suyo.

Hace unos años quizá me hubiera ofendido, o al menos me hubiera importado. Hoy me limité a girarme y a verle la cara, en la que aún era evidente la marcha que llevaba dentro y que permitía adivinar la resaca que le sucedería después. E hice una mueca que quería ser una sonrisa, pero que no creo que me saliera bien. No tenía importancia eso, cuando aún quedan muchos kilómetros por recorrer.

lunes, 14 de noviembre de 2011

La soledad del corredor de fondo (II)

La hora de salir a correr por el centro de Moscú no permite demasiadas florituras. Moscú es una ciudad constantemente atestada de coches y contaminada a más no poder, mientras que lo ideal consiste en correr por lugares donde eso no ocurra, o al menos no abunde. Por fortuna, disponemos de un horario a propósito: los domingos a las seis y media de la mañana. Digamos que entre seis y media y nueve, los días de mayor fuerza de voluntad, y entre siete y media y diez, los días en que la cama nos atrae cual imán al hierro y no hay forma de salir de allí.

La indumentaria adecuada es otra de las particularidades. En Moscú, por estas fechas, hace frío. No frío a saco, vale, pero sí que estamos en esa zona entre cinco bajo cero y cinco sobre cero en que es algo imprudente correr a pecholobo descubierto, con camiseta de tirantes, y con pantalón de atletismo enseñando la mitad de las nalgas (el que las tenga). Así que: camiseta de manga corta, chándal ajustado (y no viene mal un poco de felpa en el interior), mallas de correr, pantalón corto de atletismo por encima (las mallas quedan demasiado ajustadas, y no es cosa de ir marcando eso por las calles de Moscú dejando en evidencia a la población masculina). Las zapatillas y los calcetines pueden ser los habituales y, eso sí, el gorro y los guantes son innegociables. Ya se sabe que la mayor parte del calor corporal se pierde por la cabeza y las manos, y en particular las manos hay que protegerlas bien, no en vano son la herramienta de trabajo de uno.

En cuestión de manos, pues, si bien es cierto que, para temperaturas de más de, digamos, dos grados, podría ser suficiente con un par de guantes, para temperaturas que estén por debajo de tres bajo cero es mejor ponerse dos pares en cada mano. Si fuéramos a dar un paseíto bastaría con un par (un par de guantes, se entiende; el otro par se da por hecho) y con meter las manos en los bolsillos, pero dos horas de trote es otra cosa. La semana pasada, que hacía un frío ya de nota alta, al llegar a casa había perdido la sensibilidad en un par de zonas de la mano izquierda, pulgar incluido, y eso que iba abriéndola y cerrándola a intervalos regulares. Tardé un buen par de horas en recuperar el pulgar para la causa.

Unas gafas tampoco vienen mal. A ciertas temperaturas, el lagrimal sufre lo suyo y comienza a echar lágrimas que no veas. Como uno no es una magdalena, proteger los ojos con unas gafas cerradas tiene todo el sentido del mundo.

Finalmente, hay que tener en cuenta que en Moscú no hay fuentes para beber. Si ya el agua del grifo es sumamente sospechosa, no digamos la de las fuentes públicas, que, por otra parte, a estas alturas del año están más que cerradas. Eso quiere decir que el agua la tenemos que llevar con nosotros, porque, en dos horas, algo sí que deberíamos beber. Lo mejor es un cinturón de correr de ésos que tienen un dispositivo para fijar un botellín, que van estupendamente. De paso, lo podemos aprovechar para meter en el bolsillo algunos objetos convenientes en la carrera.

El primero es un billete de quinientos rublos. Nunca se sabe cuándo le puede venir a uno un desfallecimiento inesperado, pero sí que puede ocurrir a ocho kilómetros de casa, y en esos casos se agradece poder arrastrarse, si no hasta casa, sí hasta la estación de metro más próxima, o parar un taxista pirata que se avenga a dejarte en casa. A Dios gracias, no lo he tenido que utilizar, pero seguro que el día que no lo tenga lo voy a necesitar.

Luego vienen las llaves de casa. Se supone que podría volver a casa, yendo todo bien, a las ocho y media de la mañana de un domingo, momento en que no está garantizado que todo el mundo esté de pie. De hecho, ni siquiera está garantizado que alguien esté de pie.

Finalmente, la técnica más conveniente es el reproductor MP3, que ya sé que es una mariconada y que tampoco voy a llevar en carrera, pero permite repasar algunas asignaturas mientras se corre. Luego llegan los exámenes y todo son prisas.

Y, para finalizar, una cámara de fotos, porque, si no, a buenas horas iba a poder demostrar que hay momentos del dí... de la semana en que se puede estar en la calle Arbat o en el bulevar Tverskoy completamente solo. Nadie me creería.

Y, ahora sí, salimos por la puerta, a ver qué encontramos en el exterior a estas horas ¿Habrá alguien?

sábado, 12 de noviembre de 2011

La soledad del corredor de fondo (I)

Una de las cosas pejigueras de viajar bastante y de estar preparando una carrera importante, o simplemente larga, es que toca entrenar en sitios bastante diferentes. En mi caso particular, eso ha implicado hacerlo en Moscú, Madrid y Valencia a lo largo del último mes. En Cuenca y Santiago estaba destrozado al acabar el día y no llegué a sacar las zapatillas de la maleta, mientras que en San Petersburgo sí que entrené, pero en el gimnasio del hotel, que siempre estaba casi vacío, porque apenas dejó de llover en todo el tiempo que estuve por allí. Una lástima, porque San Petersburgo debe ser un sitio realmente bueno para correr.

Se aprecian diferencias grandes entre todos estos sitios. No es porque sea valenciano, pero el mejor lugar para entrenar es Valencia. Hace dos semanas me tocó hacer por allí el rodaje más largo de mi vida, y la verdad es que menos mal que me tocó allí, en un lugar donde es raro que no se pueda ir en camiseta y pantalón corto y en el que el cauce antiguo del río atraviesa toda la ciudad, que no es tan grande, y es difícil no poder llegar hasta él desde casi cualquier sitio.

En Madrid también hay un montón de zonas verdes, y tampoco es demasiado complicado hacerlo. Yo estaba alojado hacia la parte más oriental del centro, así que mi zona lógica acabó siendo el Templo de Debod y la zona del parque del Oeste. En mi habitación del hotel, muy ufanos ellos, habían puesto un planito con sitios para correr, y como gran cosa ponían un recorrido de dos kilómetros y medio que salía del hotel, daba una vuelta al Templo de Debod, y volvía al hotel. Dos kilómetros y medio... se deben creer que todos sus huéspedes son nenas. A la cuarta vuelta al Templo de Debod estaba aburrido y me fui por el Paseo del Pintor Rosales a ver qué encontraba. La verdad es que encontré a bastante gente corriendo, aunque menos que en Valencia. Los que no corrían, a juzgar por el olor y porque estaban solos con pinta de flipaos mirando a los trenes que pasaban, se dedicaban a fumar porros. Se ve que Madrid es una ciudad sin término medio.

Moscú tampoco tiene término medio, pero aquí sí que los que corremos somos cuatro gatos, y los domingos entre siete y nueve de la mañana en este otoño avanzado ni eso. Moscú tiene muchas zonas verdes, pero los que vivimos en el centro estamos lejos de ellas. Siempre queda la opción de coger el coche y acercarse, pero luego está el farragoso camino de vuelta, sudado (sí, a cinco bajo cero también es posible sudar) y dejando los asientos del coche como no digan dueñas. Así que, descartado esto, sólo cabe salir corriendo de casa y buscar los escasitos espacios aceptables que hay por el centro.

Iremos viendo recorridos posibles durante algunas de las próximas entradas, lo cual se puede aprovechar para hacer un recorrido turístico por el Moscú recién amanecido. Ya, ya sé que estamos en campaña electoral en Rusia y en España y esas zarandajas, pero, ¿a quién le interesa la política, pudiendo correr?