jueves, 27 de agosto de 2026

El cubo de De Brouckère

El cubo se veía desde lejos, ya desde antes de llegar al antiguo edificio de la bolsa y esquivar la recurrente manifa antisionista. Lo cierto es que el cubo no deja indiferente a nadie. Cuando le saqué la foto, estaba por pensar que hacía juego con los edificios modernos que rodean la plaza por el sur, pero luego di la vuelta y, como podemos ver en el reflejo, con lo que no pega nada es con los edificios clásicos que rodean la plaza por el norte. De cualquier manera, la plaza De Brouckère, como buena parte de Bruselas, está fatalmente en obras y un cubo azul más o menos no iba a cambiar esta circunstancia. Hay gente que detesta el cubo de marras y, a falta de razones estéticas válidas universalmente, aducen que es una vergüenza que una empresa privada ocupe un verano entero el espacio público. No se me podría ocurrir un argumento más tonto, al menos mientras no se aplique por igual a todos, incluyendo a la malhadada Foire du Midi que ha privatizado un bulevar casi por completo. Por la plaza, por lo menos, se puede pasar sin tropezar con demasiados obstáculos.

Juana también llegó un poco antes de la hora a la que habíamos quedado, así que nos pusimos a la cola para poder entrar dentro del cubo. Nos controlaron las entradas, y entramos. 

Por dentro, el cubo es un teatro. Una especie de teatro prefabricado a base de módulos, pero aceptablemente terminado. Nuestras entradas nos dieron acceso a asientos situados en una zona absolutamente ideal, en pleno centro de la sala, ni muy cerca ni muy lejos del escenario y con la posibilidad de mirar por los lados. Prodigy 12 es un espectáculo original, eso por supuesto. No tengo ninguna intención de destriparlo, pero daría lo mismo, porque lo importante no es el argumento. Es más, no estoy muy seguro de que tenga un argumento explicable. Los autores pretenden sumergir al auditorio en un mundo de sensaciones con un vago escenario enmarcado en una Bruselas del futuro que es también una parte de la Bruselas del pasado.

Lo que no es, desde luego, es una Bruselas del presente. No había obras, ni apenas gente por las calles.

Dura una hora, y está bien así, porque yo diría que hacerlo durar más equivaldría a empachar al espectador, mientras que hacerlo durar menos se quedaría corto.

Cuando salimos de la sala, a eso de las nueve, todavía era de día. Supongo que me sorprendí porque no voy mucho al cine ni al teatro, y dentro de la sala era noche cerrada, como era negro o azul oscuro buena parte de los detalles cromáticos del fondo, así que debí pensar que ya se había terminado el día. Y no era así.

Juana, que hasta donde yo sé no bebe, está haciendo dieta, por una razón que no alcanzo a comprender, y yo, que lo sospechaba, ya había comido antes de salir, así que nos limitamos a sentarnos en una zumería cercana y apretarnos sendos smoothies de mango. Intentamos desviar la conversación hacia cualquier tema independiente del trabajo, y los había, de verdad, e incluso conseguimos hablar durante un buen rato de algo que no fuera trabajo, pero no tardamos mucho en sucumbir y ponernos a hablar de cuestiones laborales. Un martes, a las nueve y pico de la noche, y con Juana de vacaciones y yo poco menos. Es lamentable.

Eran ya casi las diez, lo cual en Bruselas ya se acerca bastante al concepto de deshora, incluso cuando uno está de vacaciones, así que nos agradecimos mutuamente la compañía, nos despedimos hasta nuestros respectivos retornos, ella tomo su coche, yo mi bicicleta y cada mochuelo se fue a su olivo, porque se hacía tarde. 

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