lunes, 25 de febrero de 2019

La semana más larga (II): El primer día

Lo más probable es que quien más, quien menos, esté familiarizado con lo que es un hospital público español. Sin embargo, es posible que no haya tanta gente que tenga experiencia en el pasillo de enfermos terminales, que a mí me acabó dando la impresión de ser un lugar con reglas propias, diferentes a las del resto de los pasillos.

Externamente, la unidad de terminales es como las demás. Los pasillos están pintados del mismo color que los otros, las camas son exactamente iguales a las que hay en cualquier otra unidad, hay desinfectante por las paredes, mobiliario idéntico al que hay en cualquier habitación y, de hecho, la unidad de terminales ni siquiera se llama así, sino que la administración del hospital ha sido eufemística y la ha llamado algo así como 'patologías diversas', que suena a algo así como cajón de sastre, pero en dolor.

Sin embargo, no tiene mucho que ver con el resto del hospital. En el resto de las habitaciones, los enfermos, con alguna excepción, tienen buenas posibilidades de salir de allí, en mejor o peor estado, pero de salir. Eso no pasa en terminales. Si alguien sale de allí, y no es con los pies por delante, desde luego que no es en buen estado, sino porque los familiares han decidido que, puestos a esperar el desenlace, prefieren hacerlo durmiendo en su cama, y no en un sillón incómodo que a saber qué espaldas ha acogido.

Cuando entré en la habitación de mi madre, Reyrata ya estaba despierto.

- ¿Qué tal? -pregunté.
- Ya ves.
- ¿Has pasado buena noche?
- La verdad es que sí. La mamá ni se ha movido.

Me acerqué a mi madre, que estaba inconsciente y con los ojos cerrados, yo diría que en coma, recibiendo oxígeno y conectada a un gotero de suero.

- La han sedado - dijo Reyrata -. Está llagada. Por lo menos, así no nota nada y se la mantiene hidratada, que este verano ha sido una agonía.

Y tanto que lo había sido. A medida que el Parkinson iba avanzando inexorable, ya resultaba imposible que mi madre se nutriera por sí misma, ni siquiera que bebiera. Nos turnábamos para enchufarle una botella en la boca y meterle agua a presión, y sudábamos tanto para hacerla beber, que más falta nos hacía a nosotros el agua que a nuestra madre. Padralfor, casi incapaz de andar, aún se levantaba y, no sé con qué fuerzas, se las apañaba para dar a su esposa algunos centilitros de agua con que pudiera pasar el día.

El que haya pasado un verano en Valencia sabe que no es ninguna broma. Puede que la temperatura no sea excesiva, pero la conjunción de calor y humedad aplatana al más pintado, y más vale ingerir suficiente líquido para prevenir males peores. En estas condiciones, que mi madre sobreviviera julio y agosto sin aparentes problemas entra en el terreno de lo inexplicable. Que sobreviviera a septiembre, y sólo estábamos a 8, ya iba a ser demasiado.

Las habitaciones son dobles en el hospital. La otra persona que estaba allí era una anciana bastante ruidosa. Un pariente, evidentemente poco contento con lo que le tocaba hacer, se pasaba el rato echándole broncas. La anciana no hacía más que pedir agua, y su pariente se la daba una vez de cada siete.

- ¡Nene, nene, dame agua!

- ¡Que ya le he dado hace un minuto!

- ¡Nene, nene, dame agua!

- ¡Que no!

- ¿Y por la noche también es así? - le pregunté a mi hermano.

- También, pero bueno, peor era en casa, cuando la mamá gritaba por la noche.

La medicación para el Parkinson, por lo visto, está todavía en mantillas, y los efectos secundarios de muchos mejunjes son importantes. A mi madre, en las primeras etapas de la enfermedad, le daban pesadillas y hablaba en voz alta, cuando no a voz en grito, sobresaltando a mi padre y a mi hermano, cuando éste pasaba la noche allí. Los más de los días, ninguno conseguía dormir de corrido, y no es que el día fuese mucho mejor, porque mi madre, incapaz de andar, no dejaba de pedir cosas que le hacían falta y que no se podía desplazar a procurarse, desde su caja de costura, que prácticamente ya no podía manejar y que se quedaba mirando, dando vueltas entre sus dedos a unas hilachas que a saber de dónde habían salido, hasta una valenciana o un vaso de lo que fuera.

Allí ya no pedía nada. Seguía inconsciente.

- ¿Y qué dicen los médicos?

- Pasó antes el de guardia. Que nos vayamos preparando.

- ¿Cuánto puede durar?

- No me ha dado un plazo. Horas, días... le pregunté si una semana o un mes, y me dijo "¡Noooo! ¡Un mes no! ¡Y una semana tampoco!"

- Vete a casa. Me quedaré yo a pasar las noches. Kukoc bastante tiene con lo suyo, y a mí no me molesta quedarme.

- La verdad es que aquí me cuesta dormirme. - y, en un aparte, me dijo: "Y la vecina de habitación está como una cabra".

Reyrata se fue a descansar, que buena falta le hacía, y yo me quedé a pasar la noche.

- ¡Dame agua, nene, nene, dame agua!

- ¡Cállese!

La pelea entre la anciana sedienta y su pariente duró todavía un buen rato. Me llevé la impresión de que la anciana sedienta no era precisamente lo que se llama un ser querido. Al pariente lo relevó un matrimonio, que tendría cumplidos los sesenta años, uno de cuyos cónyuges, no supe bien quién, debía ser hijo de la anciana.

- ¡Dame agua, nene! ¡Que no me dais agua!

- Ya le hemos dado - dijo él.

- Qué pesada - dijo ella.

- No sé cómo la aguantan en la residencia.

- Ya ves.

Pasó algún tiempo, y entró en la habitación una joven sudamericana.

- Hola, soy Yoselín, hemos hablado por teléfono.

- Ah, sí. Madre, esta chica es Yoselín. Se va a quedar a pasar la noche. Yoselín, tú simplemente tienes que estar pendiente y, si pasa algo, nos avisas. Tienes nuestro teléfono. Hasta luego. Mañana vendremos.

El matrimonio se fue y se quedó Yoselín.

- ¡Dame agua, nene! ¡Dame agua!

Yoselín llenó un vaso y se lo acercó a la anciana a los labios. Apenas bebió.

Pasaron como mucho diez segundos.

- ¡Agua! ¡Agua! ¡Que no me dais agua!

- Pero si le acabo de dar - dijo Yoselín.

- ¡Dame agua, nena! ¡Dame agua!

Yoselín terminó por darse cuenta de que tanta sed no podía ser cierta.

- ¿Es siempre así? - me preguntó.

- Yo acabo de llegar, pero mi hermano lleva aquí dos días y parece que sí, que siempre es así.

- Bueno, pues ya veré cómo hago.

Salí al pasillo a estirar las piernas, porque mi madre seguía inmóvil e inconsciente. Advertí que, estratégicamente dispuestos en los sitios más visibles, alguien había dejado papelitos impresos con números de teléfono de gente que se ofrecía a hacer turnos en el hospital para cuidar de enfermos, o para cuidar de enfermos en cualquier sitio. Por los nombres, yo diría que todas las que se ofrecían eran chicas hispanoamericanas, pero bueno, quizá hubiese también alguna española de origen.

Es curioso cómo se desarrollan oficios nuevos. Ni a mis hermanos ni a mí se nos había pasado por la cabeza contratar a quien básicamente sería una desconocida para cuidar de nuestra madre. No estamos programados para eso. Cuando se rompió la cadera, hacía cinco años de eso, que fue el principio del fin, sólo Kukoc estaba en Valencia. Yo salí a toda mecha desde Bruselas y me planté en el hospital en cuanto pude, y a los dos días apareció Reyrata después de un periplo de lo más aventurero que le llevó a atravesar la Península Ibérica de polizón en un transporte de paquetería. Nos hubiera salido a cuenta, supongo, contratar a alguien, pero no nos han educado así.

Y eso que nuestra madre siempre fue una enferma difícil. Apenas me puedo imaginar a nadie que montara un espectáculo como el que dimos cuando lo de la cadera, o cómo montó otro número cuando tuvo una rotura de brazo, y sus negativas a hacer nada semejante a una rehabilitación.

La verdad es que, aparte de la perspectiva de que con casi total seguridad iba a ser la última vez que cuidáramos de nuestra madre, esta vez parecía la más sencilla. No hablaba, luego no pedía nada. Simplemente se limitaba a respirar con calma, dormida a base de tranquilizantes, mientras las infecciones que debía tener internamente no podían más que ser paliadas, que no detenidas.

Me quedé mirándola. Madre sólo hay una, y todo hacía pensar que la mía ya había cumplido con su papel, y que estaba al caer el momento en que iba a trabajar por sus hijos desde otro mundo. Los quince años que había pasado con el Parkinson avanzando implacable deben ser lo más parecido a un purgatorio que me pueda imaginar, precisamente para una persona cuya profesión, si tuvo alguna, y desde luego su afición, consistía en manejar pinceles y lápices, y que llevaba años sin poder sostenerlos. El purgatorio estaba llegando a su fin, y todos los rosarios de los últimos quince años, todas las oraciones a la Virgen, venían a parar a esto.

- ¡Dame agua, nena, dame agua!

- Sí, señora, ahora le doy un poquito.

Me quedé junto a la cama de mi madre y le di un beso, antes de pensar qué iba a hacer.

8 de septiembre. Era su santo.

sábado, 23 de febrero de 2019

La semana más larga

He estado pensando mucho tiempo si escribir esta serie de entradas, que van a tratar sobre un suceso que, no por esperado, dejó de ser triste, como es el fallecimiento de un ser querido. Pero han transcurrido varios meses desde el suceso, posiblemente el fallecimiento de otro ser querido esté más cercano de lo que quisiera y, al fin y a la postre, escribir y tratar de obtener una sonrisa incluso de las situaciones menos propicias para ello no deja de tener un efecto terapéutico.

A primeros de septiembre, no mucho después de los viajes por los Países Bajos que han venido llenando (poco, y muy esporádicamente) las pantallas de esta vuestra bitácora, me llegó una comunicación con muy mala pinta desde Valencia.

Reyrata, que es mi hermano pequeño y bastante menor que yo, me dijo que nuestra madre estaba en el hospital, inconsciente. En el fondo, todos pensábamos que difícilmente terminaría el año en este mundo, tal era el estado de postración en que la veíamos. Cada vez que me daba una vuelta por Valencia, se veía que decaía a ojos vistas, y últimamente no era capaz, no ya de valerse por sí misma, que eso ya hacía años que estaba más allá de sus posibilidades, sino de mantener una conversación mínimamente coherente y, las últimas semanas, ni siquiera estaba en condiciones de mantener cualquier tipo de conversación, aunque fuera incoherente.

Las largas horas de inmovilidad terminaron por producirle una llaga en el muslo, a la que siguieron otras y, para cuando se quiso poner remedio, ya era demasiado tarde. Un buen día, llamé a casa de mis padres, para encontrarme con que mi padre (Padralfor, ya ha salido por estas pantallas en alguna ocasión) estaba desconsolado, mi madre en el hospital, y Reyrata con ella, y Kukoc, el tercer hermano en discordia, también menor que yo, pero poco, dándole relevos en los ratos que le permitían sus propias ocupaciones.

Los médicos no le dieron a mis hermanos esperanzas, sino más bien la opción de que falleciera en el hospital o en casa. Lo discutimos entre los tres, y decidimos que siguiera en el hospital, en que al menos estaría atendida, mientras que en casa, con nuestro padre también delicado de salud (no tan delicado, claro), los siguientes días, u horas, porque nos dejaron claro que el óbito podía llegar en cualquier momento, podían ser muy duros.

Así pues, cambié la Alsacia, a donde me iba a dirigir, por el Mediterráneo, compré el primer billete de avión que encontré, decidí no comprar la vuelta de momento, y me planté en Valencia, donde había estado pocas semanas antes, con la inquietud propia de quien no sabe muy bien qué se va a encontrar, ni cómo va a poder hacer frente a los retos que tiene por delante. Asumí el sempiterno retraso de Vueling, que me dejó en mi ciudad de madrugada, llegué a mi piso, que me encontré igual que estaba tres semanas antes, y me eché a dormir y a aprovechar la noche, bien a sabiendas de que las siguientes noches, quizá una, quizá dos, quizá ninguna, iban a ser diferentes y, a no dudar, muy incómodas.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Empel

Si hay algún sitio que todo español que pase cerca deba visitar, ese sitio es Empel. Lo ideal, claro, es hacerlo un 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción, pero, a falta de otra ocasión mejor, cualquier día vale. El caso es ir.

En Empel se produjo un milagro que salvó a las mejores tropas españolas de una derrota segura. Vamos, hay quien trata de buscar explicaciones naturales al milagro de Empel, pero los relatos del suceso muestran que la helada fue insólita para la época del año, pero casi más insólita todavía fue la velocidad a la cual se descongeló el hielo, que únicamente estuvo presente el tiempo justo para permitir escapar a los dos tercios cercados por los herejes, y cuya pérdida hubiera puesto en gravísimo aprieto a Alejandro Farnesio, gobernador de los Países Bajos y, seguramente, el mejor militar de su época y que tal vez hubiera terminado con la guerra si Felipe II no lo hubiera requerido para demasiados menesteres al mismo tiempo.

Empel es un pueblecito situado, en 1585 y ahora, en las afueras de Bolduque. Para ir al lugar exacto de la batalla, hay que ir a Empel Viejo (Oud-Empel), lugar difícil de encontrar en la actualidad, por mucho GPS y navegador que ayuden al viajero. Empel (Nuevo) es un pueblo moderno y relativamente populoso, mientras que Empel Viejo es un lugar bastante inaccesible rodeado de caminos cortados y al que se llega tras dar más vueltas que una peonza. Pero, lo que es llegar, se llega.
Los actuales habitantes de Empel Viejo no parecen muy interesados en divulgar los atractivos turísticos del lugar. Da la impresión de que son gente adinerada que tiene casas notables y que usan para descansar, no para recibir visitas. Como holandeses que son, tampoco parecen muy orgullosos de lo que sucedió allí en 1585, que, al fin y al cabo, desde su punto de vista es una victoria de los malos. Además, la Segunda Guerra Mundial está mucho más cercana que las guerras de Flandes, y un recordatorio de los caídos durante la primera ha surgido con el propósito probable de difuminar lo sucedido en la segunda.

Sin embargo, Empel continúa siendo sobre todo un lugar de peregrinación de españoles, y más en particular la pequeñísima capilla de la Inmaculada Concepción que allí se ha erigido y donde hay un libro de visitas en el que, por supuesto, dejamos nuestra anotación. Hojeé un poco el libro, y prácticamente no había semana en la que no hubiera habido anotación, prácticamente todas en castellano.
No podía faltar la cruz de Borgoña en fondo blanco, la bandera bajo la cual lucharon los tercios que allí se libraron de una buena.

La crítica moderna se devana los sesos tratando de encontrar una explicación racional al milagro. Dicen varios que, muy probablemente, la tabla flamenca que encontró aquel soldado fue tan "oportunamente" encontrada, que podría pensarse que algún oficial la hubiera tenido entre sus bagajes y, para enardecer a una tropa muy desmoralizada, la hubiese enterrado en donde se pudiese hallar milagrosamente. Sea.

También se dice que, si bien no había helado antes un 8 de diciembre, no debe considerarse extraordinario que se levantase frío en tales fechas. Después de todo, no estamos hablando de julio, sino de diciembre, que es un mes de invierno, y en 1585 nos estábamos aproximando a la pequeña edad de hielo, de modo que, por infrecuente que se quiera el fenómeno, tampoco es como para tildarlo de milagroso. Sea.

Pero, repito y repetiré lo que sea menester, para lo que ya no hay explicación racional es para el fenómeno del deshielo que se produjo en cuanto los soldados españoles se pusieron a salvo. Los que lo hemos vivido sabemos que el deshielo, en particular si el hielo es de tal espesor que permitió a la tropa atravesar a pie la distancia que les separaba de Bolduque, es un fenómeno que se dilata no durante días, sino más bien durante semanas. Sin embargo, está certificado que el hielo se derritió en cuestión de horas, hasta el punto de que los buques holandeses pudieron volver a ocupar el canal casi inmediatamente, pero, ¡ay!, ya sin poder copar a los españoles.

En todo caso, se puede decir que de allí salió la Inmaculada Concepción como patrona de la infantería española, y así sigue hasta hoy y esperemos que por mucho tiempo, cosa que dependerá de que quienes tengan mando en plaza conozcan y, lo que es más, aprecien nuestra historia.

Entretanto, nosotros dejamos Empel y nos dirigimos a nuestro siguiente destino, teatro de una hazaña aún más conocida que la de Empel, aunque seguramente menos meritoria, y que fue inmortalizada por uno de nuestros mejores pintores, si no el mejor.

Tocaba el turno de Breda.

martes, 1 de enero de 2019

Más vale una vez rojo que ciento amarillo

En la penúltima entrada, que versó sobre el color político de moda, el amarillo, dejé de lado de manera totalmente deliberada el hecho de que es un color que no sólo lo utilizan los chalecos amarillos y el Vlaams Belang, sino que también se ha convertido en el signo distintivo de los separatistas catalanes. Éstos llevan más de un año eligiendo Bélgica como teatro de operaciones de sus maniobras, así que, aunque no soy muy dado a mezclar en mi bitácora asuntos de la política interna española, voy a hacerlo por una vez, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de un asunto éste que tiene sus repercusiones en Bélgica. Y no olvidemos que Bélgica, y Bruselas en particular, es el rompeolas de Europa y que en ella conviven importantes comunidades de la mayor parte de los países europeos, hasta el punto de que se puede decir sin exagerar que Bruselas es una ciudad española más. La comunidad española, sumando a los emigrantes y sus descendientes, y a los funcionarios internacionales y sus familias, supera holgadamente en número a muchas ciudades de la península, y dispone de parroquia, librería, colegios, universidad, tiendas especializadas en productos españoles, e incluso radio. Hasta hay horchata, vamos.

Así que, forzosamente, las aventuras de Puigdemont y sus seguidores enrarecen, no sólo las relaciones entre los reinos de España y Bélgica, sino las relaciones internas de Bélgica. Y así, después de que la Alianza Neoflamenca (NVA) haya abandonado el gobierno belga, es bastante probable que abandone, también, las cortapisas y el pudor que pudiera tener, por responsabilidad institucional, a la hora de ponerse de lado de los separatistas catalanes. Es de suponer que los próximos meses van a presenciar un incremento de los actos de apoyo de la NVA al, llamémoslo así como una licencia poética, Govern de la República Catalana. Si, hasta ahora, los miembros de la NVA se cortaban un poco, pues no en vano estaban en el gobierno federal, ahora es probable que, puestos a tensar la cuerda, lo hagan a base de bien. Hace unos meses el parlamento flamenco, de mayoría independentista, rechazó una moción de apoyo a la independencia de Cataluña, que no contó sino con los votos de Vlaams Belang, y con el rechazo de todos los demás. Sí, también el de la NVA. De hecho, es razonablemente habitual que en el parlamento flamenco se rechace cualquier cosa que presente el Vlaams Belang, que es un partido, como ya se ha repetido alguna vez por aquí, que no tiene pelos en la lengua y que perdió hace mucho tiempo el respeto a lo políticamente correcto (cosa que igual termina por beneficiarle electoralmente, en los tiempos que corren), por lo que es repetidamente calificado de ultraderechista. Y la gente es muy reacia a que la asocien con quienes son calificados de ultraderechistas.

No sé yo si la NVA puede atreverse a presentar en el parlamento flamenco la misma moción (o casi) que rechazó hace unos meses sólo porque fue Vlaams Belang quien la presentó, pero ignoro el nivel de caradura que puedan tener. En todo caso, bueno sería estar pendientes.

En cuanto al nivel de simpatía que pueden despertar en general en Bruselas los separatistas catalanes, pues éste es bastante relativo y difícil de evaluar. Lo que está clarísimo es que los separatistas están haciendo su trabajo de manera impecable, organizando sus relaciones públicas de la mejor manera que pueden. La manifestación que montaron en diciembre de 2017 fue tremenda y sería absurdo negarlo, y algún otro happening que han organizado entretanto ha tenido bastante buena acogida entre quienes han participado en el mismo. Así que yo no me creería mucho, ni lo que dicen los medios catalanes, ni tampoco lo que dicen los medios del resto de España.

Pero eso es otra historia, y habrá que contarla en su momento.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Bolduque

El siguiente viaje por los Países Bajos nos lleva hacia el norte de Bruselas, en lugar de hacia el oeste. Tomamos la carretera de Amberes, que dejamos a un lado, para cruzar la frontera entre Bélgica y los Países Bajos y, tras algunos kilómetros más, acabar en el siguiente destino: Bolduque.

Bolduque no es un lugar cualquiera, sino una ciudad que se mantuvo históricamente leal a su señor natural, el rey de España, y a la religión católica a lo largo de prácticamente toda la guerra de los ochenta años, y que desmiente categóricamente la consideración de esa guerra como una guerra entre las provincias unidas amantes de sus libertades y los españoles liberticidas. Aquello fue una guerra civil entre dos facciones que surgió por la huida hacia adelante de los Nassau en general, y de Guillermo el Taciturno en particular. Si Guillermo el Taciturno no hubiera tenido finalmente éxito y sus descendientes no estuvieran reinando en los Países Bajos, sin duda alguna no tendría la consideración de héroe nacional que tiene ahora, venerado por todos, sino que sería tenido por el traidor a su señor natural que realmente fue.

Bolduque tiene varios nombres en distintos idiomas. En el neerlandés original es 's Hertogenbosch o, más abreviado, Den Bosch. En francés es Bois-le-Duc, y ya se echa de ver de dónde viene la versión en español. Efectivamente, se trata del 'Bosque del Duque'. Es un terreno muy bajo, pantanoso, situado entre dos ríos y con tierras muy ricas, pero también muy fácilmente inundables.

Bolduque tomó partido por el rey de España, y no fue tomada por los herejes rebeldes hasta 1629. La verdad es que tampoco la trataron demasiado bien. Después del fin de la guerra entre España y las Provincias Unidas en 1648, los católicos, mayoritarios en Bolduque, quedaron como ciudadanos de segunda, y así fue hasta que los revolucionarios franceses tomaron la ciudad y terminaron con las Provincias Unidas, que fueron convertidas en República Batava. Los católicos seguían (y siguen) siendo mayoritarios en Bolduque y, al menos, consiguieron la restitución de la impresionante catedral, cuya fotografía ilustra esta entrada y que los herejes les habían arrebatado para otorgársela a los cuatro gatos calvinistas que había por allí.

Hoy, Bolduque es un sitio majo y muy tranquilo, por cuyo centro da gusto pasear. Destaca uno de los hijos de la ciudad, probablemente su residente más conocido: Hyeronimus van Bosch, más conocido como El Bosco, autor de cuadros como 'El jardín de las delicias' entre otras muchas obras maestras, y pintor favorito de Felipe II.

El Bosco tiene estatua en la plaza principal de la ciudad, y tumba en la catedral de San Juan, un templo enorme que probablemente es de dimensiones más que holgadas para albergar a la supongo que decreciente comunidad católica local. Digo que la supongo decreciente, porque me temo que el número de católicos bolduquenses sigue la pauta de los católicos neerlandeses en general, y los tiempos florecientes quedaron bastante atrás y sólo Dios sabe si volverán, pero los indicios humanos no apuntan en esa dirección.

La verdad sea dicha, la ciudad está llena de referencias al Bosco, pero obras suyas, lo que son suyas, no las hay. Copias, las hay a patadas. El Bosco, con su estilo peculiar, semejante a un tebeo, tuvo un enorme éxito en vida y vendió una enormidad de cuadros, que hoy adornan los museos de las principales ciudades del mundo, pero no de la ciudad en la que residió.

La verdad es que a mí me conmovió ver ondear una bandera española en una calle del centro de Bolduque. Es verdad que, en los tiempos en que Bolduque se enorgullecía de ser parte de la Monarquía Católica, esa bandera no existía y, cuando existió, o poco después de existir, la monarquía que la enarbolaba apenas se podía llamar católica, pero también es cierto que quien la ondea hoy lo hace contra viento y marea, y se arriesga a que lo motejen de todo tipo de insultos. Los que tenemos como nuestra bandera -o como una de las nuestras- a la rojigualda estamos y estaremos siempre bajo sospecha de reaccionarios, y las mentes bienpensantes y políticamente correctas que nos gobiernan nos despreciarán, pero, si nos atrevemos a sacar nuestra bandera, mucho más nos atreveremos a arrostrar el desprecio de aquéllos que no saben de dónde vienen o, si lo saben, prefieren renegar de su origen.

En cualquier caso, Bolduque merece la pena. Merece la pena su ciudadela fortificada, ejemplo de libro de fortificación militar en la Edad Moderna. Merece mucho la pena la catedral de San Juan, sobre la que quizá haya ocasión de volver, y merecería la pena detenerse a conocerla con un poco de sosiego, pero el viaje continúa, el fin de semana avanza, y a pocos kilómetros de Bolduque hay un lugar que está grabado con letras de oro en la historia militar española, y que un español no puede dejar de lado si tiene la ocasión de acercarse.

Nuestro siguiente destino era Empel.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Amarillo, amarillo es

Me gustaría hacer una pausa en la serie de entradas sobre los distintos viajes a los Países Bajos. Esto puede sonar bastante pretencioso, no lo dudo, sobre todo si se tiene en cuenta lo abandonada que tengo la bitácora, pero lo cierto es que en estos meses que no escribo (y, si no lo hago, es porque no tengo cuándo hacerlo), en Bélgica están pasando cosas. Porque los lectores de esta bitácora, si es que queda alguno con la paciencia suficiente como para sufrir los días, las semanas, y hasta los meses de ayuno, son gente bien informada y sabe del movimiento de los "Chalecos Amarillos", y de cómo París ha sufrido sus iras y el presidente Macron ha claudicado y se ha visto compelido a dar marcha atrás en sus medidas sobre el combustible diésel, que, en apariencia, era el objetivo principal de los manifestantes.

Como París tiene mucha mejor prensa de la que probablemente merece, los medios de comunicación han ignorado lo que pueda haber pasado en otras ciudades europeas. Yo no sé lo que puede haber pasado en buena parte de ellas, pero en Bruselas los "Chalecos Amarillos" han tenido dos fines de semana combativos, en los que se las han tenido tiesas con la policía belga, al concentrarse sin autorización y tratar de marchar, ya hacia el centro, en el primer fin de semana, ya hacia la plaza Schuman, en el segundo. La plaza Schuman no es un sitio cualquiera. Situada sobre la rue de la Loi (Wetstraat para los nacionalistas flamencos), es el epicentro del llamado barrio europeo. Allí están las sedes principales de la Comisión y del Consejo, y una serie de edificios emblemáticos repletos de eurócratas. Manifestarse allí garantiza el seguimiento mediático en toda la Unión Europea.

Tras darse de tortas, el color amarillo volvió a inundar el barrio europeo el fin de semana pasado. Esta vez no se trataba de los chalecos amarillos, sino de los nacionalistas flamencos. Amarillo es el color del escudo de Flandes, ése que ilustra esta entrada, y amarillo es el color del Vlaams Belang, un partido que, como buena parte de los de su cuerda en toda Europa, está subiendo en los sondeos, y no sería de extrañar que le estuviera comiendo el terreno a la Alianza Neoflamenca (NVA), algo más blanditos que los primeros.

Y es que Bélgica, una vez más, se ha quedado sin gobierno. El primer ministro, un liberal francófono (y no sería de extrañar que masoncillo), Charles Michel, aceptó los acuerdos de Marrakech, el Pacto Mundial sobre la Migración, que pretende dar ciertas garantías a los inmigrantes. O migrantes, que yo ya no sé cómo llamar las cosas. Cuando hablamos de inmigración, y no digamos si ésta es irregular, hay partidos que comienzan a picarse y, en este caso, eso le sucedió al que probablemente es hoy el principal partido de Bélgica, la NVA. Son independentistas flamencos, sí, pero tienen un puntito posibilista que les hacía participar en el gobierno federal, hasta que llegó el asuntillo de la inmigración. Por cierto que la NVA también es conocida en España por dar cobijo a los nacionalistas catalanes que se encuentran en Bélgica y con los que tienen tantas cosas en común (y tantas diferencias, pero no sé si se han dado cuenta de eso).

La NVA salió del gobierno, supongo que en parte porque nota el aliento del Vlaams Belang, un partido del que ya hemos escrito alguna vez y que, con todo lo que me disgustan muchos de sus puntos programáticos, al menos no se les pueden negar que hablan clarísimo y que la neolengua políticamente correcta no es su principal vía de comunicación. Ellos son los que han estado tras la manifestación del último fin de semana y ellos son los que han estado protestando contra la inmigración desde que existen. Y eso, por alguna razón, ahora da votos y la gente se disputa ese espacio.

Un servidor, que lleva emigrado prácticamente desde que salió de la universidad, aunque siempre de forma legal, no puede estar de acuerdo con la retórica de muchos de estos partidos, pero tampoco con ciertos resultados que se han dado a fuerza de no respetarnos a nosotros mismos y de aceptar a los musulmanes no tanto por ser musulmanes, sino para debilitar relativamente a los cristianos que tanto molestamos últimamente. En todo caso, algo esta pasando en Europa, y no sé si es París esta vez la protagonista principal, como siempre quiere ser. He leído hace poco a la Alliance Française animando a los chalecos amarillos, y no sé yo si la mayoría de los chalecos amarillos se dejarían animar por los legitimistas franceses de hoy en día. En todo caso, el río en Europa está revuelto, y no faltan pescadores que quieran sacar ganancia.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Feliz Navidad

Este año podrá habido escasez de entradas, pero lo que no puede faltar es la felicitación navideña a los lectores que todavía queden y no hayan huido decepcionados por el ritmo parsimonioso de publicación. Así que, a todos los que quedéis, ¡feliz Navidad!