jueves, 3 de julio de 2014

Lamentos por la decadencia del género

Esta bitácora debe estar viviendo sus últimos estertores, a juzgar por la evolución que va llevando, con entradas cada vez más espaciadas, e incesantes promesas de continuidad 'para cuándo tenga algo más de tiempo', cosa que resulta que no sucede nunca. Ya sólo falta descubrir Twitter y darse cuenta de que con cuatro letras mal juntadas, con tal de que sea ocurrente, y a veces ni eso, va que chuta y además puedes juntar una foto y soltar cualquier brillantez sin el latazo que supone componer un relato o un discurso como Dios manda.

Tal es la evolución de la mayoría de las bitácoras que pasan por la blogosfera, y en este caso concreto por la rusosfera (sí, me sigo considerando parte de la misma, aunque ya vea los toros desde la barrera la mayoría de las veces). Cuando miro la barra de la derecha, que tiene telarañas de tanto tiempo que llevo sin actualizarla, no puedo evitar una mueca al ver el cementerio de ilustres blogueros en que se ha convertido. Sí, vale, hay un par que continúan vivos y con buena salud, frente a una mayoría que no merece a estas alturas más que recuerdos de lo que fueron y, todo lo más, algún responso.

El caso es que el género agoniza. No es ya esta bitácora, que ya lleva sus buenos ocho años dando el callo, no; es que las demás también parece como si hubieran perdido su atractivo. Y eso nos enseña lo rápido que cambian las cosas en el siglo XXI, porque el fenómeno de las bitácoras es algo que se popularizó entre 2003 y 2008, más o menos, cuando todo quisqui quería tener una, y hasta más de una, y que a partir de 2010 se ha ido apagando sin remedio. A mis hijos, por ejemplo, yo diría que les molesta lo negro, y desde luego prefieren cuatro garabatos en Facebook o unos cuantos caracteres en Twitter, y sanseacabó. Y, antes que leer, cosa aburrida como pocas, y seguir a las muchas buenas bitácoras que siguen campando por ahí, prefieren seguir a un youtuber y las ocurrencias que suelte delante de una cámara. Que estoy seguro de que los hay buenísimos (y malísimos, como en todos los sitios), pero la verdad es que no es lo mismo, no, señor.

A todo esto, había quedado en la última entrada en desvelar qué hacen los moscovitas para engatusar a las autoridades que les prohíben aparcar a sus anchas en el centro de la ciudad, que ya era hora, por cierto, de que se lo prohibieran. Digresión hecha, y como estoy en un tren y todavía tardaré algo en llegar, voy a ver si me da tiempo a redactar, porque, lo de publicar, como que es otra cosa.

martes, 24 de junio de 2014

Desatascando Moscú (I)

Durante los últimos meses, de vez en cuando, hemos recibido en Bruselas visitas de los amigos que hemos dejado en Moscú, y así es como nos ha llegado la noticia de las medidas que ha tomado el alcalde Sobyanin para eliminar los atascos. Bueno, si no es eliminar, por lo menos para ponerles trabas.

Una amiga nuestra, residente en la milla de oro moscovita, ese barrio que tiene como arterias principales las calles Ostozhenka y Prechistenka, y donde los pisos cuestan aún más que la fruta en el Asbuka Vkuza, nos contó que, dede hacía poco, en el centro de Moscú habían introducido el aparcamiento de pago y que, desde entonces, ella tenía su tarjeta de aparcamiento de residente, que le costaba sus buenos tres mil rublos al año, y con eso aparcaba en su barrio sin dificultad. Y, añadía, como la gente no iba en coche al centro, salvo que viviera allí, ya no había atascos.

Obviamente, mi postura en esta cuestión era más o menos como la de Santo Tomás: "si no lo veo, no lo creo". Llegado que hubimos a Moscú, poco menos que lo primero que hicimos fue verificar si tal cosa era verdad, y he aquí mis conclusiones.

Para empezar, no es exactamente cierto que aparcar en el centro de Moscú fuera gratis desde siempre. De hecho, en tiempos de Luzhkov, y bastante antes de su caída en dsgracia, se implantó el aparcamiento de pago en lugares como la calle Tverskaya. Lo que pasa es que quello era un cachondeo. En lugar de las máquinas automáticas como las de la ORA, que son las que han puesto en este nuevo intento, quienes cobraban por el aparcamiento era unos gorrillas que se te acercaban exigiéndote el pago, y que más de una vez te pedían más de lo que estaba establecido, a ver si colaba. Vamos, que en realidad los gorrillas desaliñados que okupan en verano la Malvarrosa son más serios. Aquello no podía acabar bien, y finalmente la cosa acabó poniendo grúas, que eso sí que disuade... y permitiendo aparcar en las aceras, con el consiguiente cabreo de los peatones que pasábamos a duras penas entre el morro del coche (semejante al de su conductor) y las paredes de las casas.

Ahora no. Lo que hemos visto en la semana que hemos pasado por allí ha sido que las aceras de la Tverskaya están, por fin, despejadas, y que efectivamente el aparcamiento en el interior del Sadóvoye Koltsó es de pago rigurosos, con unas máquinas de la ORA muy estilizadas y muy monas. Eso sí, para ser capaz de pagar poco menos que hay que hacer un curso específico.

Como eso de pagar por algo que era gratis no concuerda con la idiosincracia del ruso (ni con la de nadie, para qué vamos a engañarnos), los rusos, según nos han dicho, se están rascando la cabeza para encontrar subterfugios con los que evitar el pago, sin pagar, ni los ochenta rublos por hora que cuesta aparcar, ni los dos mil quinientos rublos de multa que te pueden caer, y bastante más si la grúa se te lleva el coche.

Pero, como se me hace tarde, lo dejaré para la próxima, esperando que encuentre un rato en los próximos días para escribir, porque aquí, el que se rasca la cabeza para encontrar un hueco soy yo. Creo que se nota: ocho años llevando esta bitácora, y es el primero en el que no celebro su cumpleaños (fue el 1 de mayo), y no porque se me olvidara, sino porque no hubo forma de hacerlo.

jueves, 12 de junio de 2014

Quioscos

Las impresiones que me llevo de mi último viaje a Rusia son de naturaleza bastante diversa, y entre ellas las hay chocantes y las hay de índole más habitual. En primer lugar, hay que destacar que Moscú no para de cambiar, y que en el año que falto de ella ha mejorado mucho. Cierto, no he salido del centro de la ciudad más que en un salto a Altufevo a visitar a unos amigos, pero es que el centro ha cambiado mucho.

Para empezar, los quioscos están desapareciendo a marchas forzadas. Los primeros noventa vieron la proliferación de un comercio cutre y sucio, pero es que alguno tenía que existir. A falta de espacios comerciales, que los planificadores de la ciudad simplemente no previeron, surgieron como setas, y literalmente de la noche a la mañana, infinidad de quioscos prefabricados, generalmente en las inmediaciones de las estaciones de metro, que vendían todo tipo de cosas y tenían un horario comercial poco menos que esclavista. Los clientes lo aceptábamos, porque era o eso, o la inanición, pero ya lo creo que los que conocíamos cómo se hacían las cosas en nuestros países echábamos de menos aquello.

Con el tiempo y una caña, han ido apareciendo espacios comerciales y tiendas decentes, que han estado coexistiendo con los quioscos hasta ahora. Hasta ahora. Este último viaje ha sido la señal de que los quioscos están de retirada, de momento en los sitios más críticos, y no dudo que la cosa va a continuar.

Por ejemplo, en la salida de las estaciones Tretyakovskaya y Novokuznetskaya, que en tiempos eran un hervidero de tenderetes en los que se podía encontrar de todo a cualquier hora del día o de la noche. Los tenderetes han desaparecido y en su lugar hay una bonita explanada, con mobiliario urbano aún por destrozar, y una fuente pública alrededor de la cual los niños se arriesgan a mojarse, cosa que, con el calor que nos ha hecho, es un riesgo bastante asumible.

El otro lugar emblemático de donde los tenderetes han desaparecido es el paso subterráneo que conecta las cuatro esquinas de la plaza Pushkinskaya y la entrada a la estación de metro del mismo nombre. Donde otrora había una actividad comercial constante y compraventas de teléfonos, tarjetas de todo tipo, cosas de coser, flores, comida (y bebida, claro), librerías temáticas y muchísimas cosas más de las que francamente no me acuerdo, pero que me han sacado de apuros más de una vez y más de dos, hoy sólo queda la pared con las marcas de los tacos que habían servido para sujetar los quioscos. Y, ciertamente, ahora se avanza por el paso con mucha mayor rapidez, pero a mí se me queda la impresión de que hemos perdido algo.

La retirada definitiva de los quioscos tiene para largo, y quedan muchísimos lugares en que resisten tenazmente, pero parece inexorable. Las concesiones municipales, que es el sistema en que cada barrio de Moscú regula los quioscos legales que acepta, han debido restringirse mucho. Delante de la que fue nuestra casa, sin ir más lejos, estaba la frutería de Andrey, que no era exactamente el quiosquero tipo. El quiosquero tipo era un inmigrante de Asia Central o del Cáucaso dispuesto a trabajar las horas que hiciera falta, y hasta a dormir sobre el suelo del quiosco, y que a veces hablaba ruso con cierta dificultad. Andrey no. Andrey era eslavo a más no poder, de trato amable y le hacía una dura competencia a cualquier tienda de los alrededores, porque eso del trato amable es algo escasísimo en Moscú y, aunque sus precios no eran precisamente una ganga, el género era bueno y el hecho de que te conocieran y te saludaran le había reportado una clientela bastante fiel. Sobre todo entre las mujeres de cierta edad, porque, además de trato agradable, Andrey era bastante bien parecido y su comercio serio hasta con los horarios, porque a las seis y media de la tarde se cerraba el chiringuito y los fines de semana nunca estuvo por allí. Básicamente, porque a las seis y media lo había vendido prácticamente todo. Por eso, si quería charlar con él de qué naranjas o mandarinas eran las de temporada, cosa donde yo le llevaba ventaja, y comprarle las que había traído aquel día, más me valía salir del trabajo a mi hora.

En este viaje, hemos pasado varias veces por delante de nuestro antiguo hogar, porque nos ha tocado visitar vecinos y porque, después de todo, le tenemos cariño a la calle, pero Andrey, con su frutería ambulante, ya no estaba por allí, y donde había estado su remolque sólo había un hueco vacío. Y es una pena, porque las alternativas de la zona son un 'produkty' por el que merodea gente casi tan mal encarada como los dependientes del mismo, y el carísimo supermercado 'Azbuka Vkuza', con sus clientes puturrudefuá, sus Lexus aparcados en la puerta o sus guardas de seguridad con transistores; una tienda, vamos, que no tiene los precios de la fruta por kilos, sino por cien gramos, entiendo que por no asustar demasiado a la clientela.

En fin, espero que Andrey haya encontrado su sitio, quizá en una tienda más estable, o haya trasladado su remolque-frutería más lejos del centro, a otro lugar al que la furia del comercio regular no haya llegado todavía. Allá donde esté, lo más seguro es que le vaya bien, porque es buen vendedor, le gusta el mundo de la fruta, y esas dos cosas juntas son algo lo suficientemente escaso en Rusia como para que los clientes (y, sobre todo, las clientas) se lo rifen.

domingo, 8 de junio de 2014

Vidas paralelas: Gógol y Cervantes

La última entrada de la bitácora ha ilustrado un intercambio de opiniones sobre si la principal obra de Gógol es "Almas muertas" o "Veladas en un caserío cerca de Dikanka". Vaya por delante que donde creo que Gógol brilla más, y desde luego es lo que más he disfrutado de él, es en el "El inspector", una obra de teatro que sigue representándose, porque merece muchísimo la pena y da para reír mucho.

Pero, pensando sobre el asunto, se me ocurrió de que, para ilustrar cuál de las dos obras de Gógol tiene mayor importancia, no estaría de más establecer una comparación con nuestro príncipe de los Ingenios, Miguel de Cervantes. No se trata de imitar a Plutarco y de escribir biografías de ambos, pero algo de paralelo hay en las vidas de los dos, incluso en la nación a la que pertenecieron. Indudablemente, el romano de la pareja es Cervantes, porque la Monarquía Hispánica era la sucesora natural, en aquel tiempo, de Roma, por mucho que la dignidad imperial la ostentara no el rey de España, sino su primo. Y el griego de la pareja sólo puede ser Gógol, si nos tomamos la licencia de considerar griego (y no romano) el Imperio de Oriente, y el Imperio Ruso como el sucesor del anterior. Y, como más de una de las "Vidas paralelas" de Plutarco tiene un paralelismo mucho menos evidente que las de éstos dos, me arrogo la licencia de compararlos.

Los dos fueron los introductores de la novela moderna en sus respectivas literaturas (en el caso de Cervantes, en la literatura mundial). Quien piense que no, que los habrá, sólo tiene que intentar tragar alguna novela rusa anterior a Gógol y, si consigue digerirla, que lo dudo, compararla con los monstruos literarios rusos que siguieron a Gógol, como Dostoyevsky, Tolstoy o Turgeniev, y me dejo varios, todos los cuales reconocieron que, sin Gógol, no habrían aprendido a escribir.

Hay quien dice que tampoco lo de Cervantes es para tanto, y que Mateo Alemán escribió su "Guzmán de Alfarache" antes de que el Quijote fuera publicado. Quien tal cosa diga, seguro que ha leído las ediciones amputadas del Guzmán que son las más usuales entre nosotros y que eliminan las farragosísimas e incómodas digresiones morales y religiosas que Mateo Alemán, de origen converso, incluyó en el Guzmán para hacer ver que era más católico que nadie, aun escribiendo sobre un pícaro. Que se lea la obra tal y como fue publicada en los albores del siglo XVII y que me digan si no es Cervantes el primero es destacar y en hacer posible la existencia del resto de grandes novelistas del siglo XVII español, como Quevedo o Gracián.

Los dos son unos maestros a la hora de retratar, con un sentido del humor exquisito, la sociedad en que viven, pero ese sentido del humor no está reñido con una crítica que va más allá de su propia voluntad. Gógol intentó escribir una segunda parte de "Almas muertas" que dejara claro que él no era un sedicioso, pero sólo le salían escritos satíricos, hasta el punto de que terminó por quemar su segunda parte. Y Cervantes, que nunca quiso escribir una línea contra España ni contra la Iglesia, terminó escribiendo un libro que bien puede entenderse como una crítica al papel quijotesco que España estaba jugando entonces en el mundo. No es extraño que una de las primeras ediciones del Quijote se hiciera en Bruselas, y muy probablemente los destinatarios de la misma serían los soldados españoles que servían allí y que, leyendo aquello, quizá se preguntarían si no sería hora de ser menos quijotes y más sanchos.

Ninguno de los dos toca a la Iglesia lo más mínimo. Gógol era un ferviente creyente ortodoxo, y de Cervantes hay quien ha buscado ribetes de crítica a la Iglesia en esa frase de "Con la iglesia hemos topado". Si alguien piensa así, no demuestra sino que no ha leído el libro y, si lo ha hecho, más vale no creer nada de lo que diga, porque eso no es buscarle tres pies al gato, sino lo siguiente.

Los dos escritores tenían una especie de némesis. Pushkin, al que Gógol debía sus primeros pasos y a quien admiraba enormemente, era y es el escritor más conocido de Rusia, aunque en el extranjero lo ignoremos absolutamente todo sobre él. En el caso de Cervantes, Lope de Vega era el "best-seller" de su tiempo, y además no eran exactamente amigos, al menos no siempre. Sin embargo, a nivel mundial, Gógol y Cervantes han superado ampliamente a sus némesis, aunque ciertamente han tenido que pasar algunos años para que eso sucediera, y ellos no pudieron verlo.

Otra cosa en común que tienen ambos es que su obra literaria es muy parecida. Una obra capital (Almas muertas y el Quijote), una colección de relatos cortos (Veladas en un caserío cerca de Dikanka y las Novelas ejemplares), otra novela menos importante (Tarás Bulba y Los trabajos de Persiles y Segismunda) y teatro humorístico (El inspector y los entremeses de Cervantes). Y, además, una obra inicial (El Viy y La Galatea), aunque éstas sí son muy diferentes en sus temas.

Y con esto llegamos al meollo de la comparación. Comparar las Veladas con Almas muertas es algo parecido a comparar el Quijote con las Novelas ejemplares. Las Novelas ejemplares son sensacionales: si Cervantes no hubiera escrito el Quijote, sólo por ellas ya merecería un sitio de honor en la literatura española. Sé de más de un profesor descastado de literatura española que, como sabe que sus alumnos son unos badulaques de mínimo esfuerzo, ni se molesta en ordenar que lean el Quijote entero y en versión original, porque sabe que sus alumnos pillarían en Internet una sinopsis a contrapelo y con eso se presentarían al examen a vomitar barbaridades; en lugar de eso, ordena que lean alguna de las Novelas ejemplares, que son más cortas. Hace años, La gitanilla hubiera sido la elegida, pero hoy se la debe considerar, ya desde la primera frase, que se las trae, como muy políticamente incorrecta, y nadie quiere meterse en más líos que los justos.

Con las Veladas pasa algo parecido. Son muy buenas, le hubieran dado a Gógol por sí mismas un sitio de honor en la literatura rusa, pero Almas muertas es tan sumamente mordaz, certera y acabada (y, como hemos visto y me temo que seguiremos viendo, tan de actualidad), que su mensaje, igual que pasa con el Quijote, va mucho más allá de la era literalidad y pasa a retratar valores universales, cosa a la que no llegan ni las Veladas, ni tampoco las Novelas ejemplares.

Por supuesto, el tema queda abierto a discusión. Quién sabe, igual alguien opina que, en realidad, la novela de Gógol que realmente mola es Tarás Bulba. Si es así, supongo que ese alguien no pasa de veinte, o como mucho veinticinco años.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Almas muertas y alumnos virtuales

La obra cumbre de Gógol es indudablemente 'Almas muertas', una especie de novela picaresca ambientada en el siglo XIX ruso en la cual el protagonista, Chichikov, recorre el país comprando siervos (almas) que han fallecido desde el último censo y que, por tanto, sólo suponen perjuicios para sus propietarios, porque, obviamente, no realizan ningún trabajo y, sin embargo, hay que pagar impuestos por ellos hasta que se realice el próximo censo. Chichikov pretende registrar esos siervos a su nombre y así poder aparentar que es un gran propietario, para lucrarse con la apariencia de riqueza y obtener todo tipo de ventajas.

Uno pensará que este argumento es rebuscadísimo y que semejantes situaciones están totalmente fuera de la realidad actual rusa, igual que en España los locos no van recorriendo el país a guisa de caballeros andantes deshaciendo entuertos.

¿Fuera de la realidad? Ni un poquito.

Uno de los objetivos del viaje a Rusia que estamos haciendo es que Abi, Ro y Ame visiten a sus compañeros de clase, con quienes han estado en contacto más o menos esporádico por internet, y también a quienes fueron sus profesores y que echan mucho de menos. Alfina y yo nos hemos parado a saludar a los profesores, que, después de no haber creado el menor problema a lo largo de siete años de reuniones de padres, algo de afecto sí que nos han tomado.

Cuando saludamos a la profesora de Ame, y después de lo primeros abrazos de rigor, nos llevó aparte y nos dijo:

- Ustedes saben que Ame sigue figurando como alumno mío este curso, ¿no?

Alfina y yo nos miramos sin comprender bien.

- Pero, ¿no cerramos el expediente? Y nos llevamos un certificado de estudios a Bruselas...

- Bueno, pues lo hemos mantenido en el colegio, yo lo tengo en clase, y en el diario electrónico de clase le voy poniendo notas. A veces le pongo un notable, a veces le pongo un sobresaliente... Se lo digo por si les hace falta a ustedes un certificado de estudios que incluya este curso.

Poco a poco empezamos a comprender que la subvención que recibe el colegio depende del número de alumnos y que, si no se pasan del tope para hacer un nuevo grupo, les conviene acercarse lo más posible al número máximo de alumnos. Es más, poco después supimos que Abi también figura como alumna del colegio, y que ha sacado sobresaliente en Álgebra, y no hemos llegado a preguntar sobre Ro, pero tenemos pocas dudas sobre cuál es su situación.

Después de esto, espero que nadie se crea las estadísticas rusas, igual que nadie debería creerse las soviéticas. Chichikov no es que haya creado escuela, es que ha sido ampliamente superado.

lunes, 26 de mayo de 2014

Museos literarios

Es domingo, son las doce de la mañana, hace un calor del quince, yo estoy más colgado que un traje de boda viejo, en pleno centro de Moscú, y tengo casi dos horas que ocupar hasta que llegue la hora de comer con la familia. Escudriñando mis recuerdos, me vino a la cabeza que, cuando entrenaba para preparar mi primera maratón a cinco bajo cero, hace ya un par de años, pasaba por delante de una casa-museo de Gógol, más o menos en el kilómetro dieciocho del entrenamiento, y me decía que aquella casa-museo parecía interesante y que sería cosa de entrar algún día. Supongo que, cuando son las ocho y media de la mañana, no has desayunado y llevas dieciocho kilómetros en las piernas, a uno se le ocurren pensamientos harto curiosos.

Sea como fuere, me fui de Moscú sin cumplir mi propósito, así que la casa-museo se quedó por visitar, pero parecía llegado el momento de cubrir ese vacío en mi conocimiento. Ni corto ni perezoso, me dirigí al lugar, preocupado por si las hordas de turistas que infestan Moscú se habían conjurado para visitar el museo y no me dejaban sitio para ver nada. Después de todo, cuando hablamos de Gógol, hablamos de una de las glorias de la literatura universal, autor de obras inmortales como 'Almas muertas', 'El inspector' o 'Tarás Bulba', y los culturetas de entre los turistas no podían dejar de lado el museo dedicado a tan insigne escritor.

Entré en el museo, esperando encontrar hordas de frikis literarios, empujé la pesada puerta y accedí al vestíbulo. La guarda de seguridad que había a la izquierda de la entrada me miró con cara de sorpresa, y la vendedora de entradas de la derecha me miró también con aspecto de no esperar mi llegada.

- ¿Es ésta la casa museo de Gógol? - pregunté, por sí acaso.

- Sí, sí, es aquí ¿Quiere usted visitarlo?

- Pues sí.

- La entrada son cien rublos, la audioguía, si la quiere, son doscientos. Y, si quiere hacer fotos, son cien rublos más.

Pagué los cien rublos de la entrada, pasando de audioguía en esta ocasión, por si me pasaba de tiempo, recibí un papelito con la efigie estilizada de Gógol, y atendí las explicaciones de la vendedora de entradas.

- Empiece por aquí a la derecha, donde hay tres salas. Luego la exposición continúa por aquí.

Dos babushki jubiladas se asomaron al vestíbulo, como pensando: "¡Un visitante! ¡Por fin un visitante!". Luego vi que una de ellas se encargaba de la parte derecha del museo, y la otra de la izquierda. No tardé en comprender que el único visitante del museo era yo, y que en todo el día no había habido otro.

Gógol había vivido en aquella casa, más o menos de huésped o de gorrón, los últimos tres años de su vida. Allí quemó el manuscrito de la segunda parte de "Almas muertas", y allí murió pocos días después, en una situación de extrema debilidad física y mental agravada por la estricta y exagerada observancia del ayuno cuaresmal. En el museo, que sin saber leer ruso es bastante inútil visitar, se conservan bastantes objetos personales del autor, incluyendo una capa y un sombrero, un tintero en su mesa de escritura (escribía de pie), y retratos de las compañías que frecuentaba y que, además de los dueños de la casa y de su familia, eran religiosos ortodoxos de bastante alcurnia, incluyendo el arcipreste Mateo Konstantinovsky, única persona que leyó la segunda parte de "Almas muertas" y que, por lo visto, hizo de la misma una crítica demasiado negativa que desencadenó los acontecimientos posteriores. Es el señor de la foto que ilustra esto.

La salud mental de Gógol en los días que vivió en aquella casa ya estaba bastante comprometida, y el museo trata de reflejar esta situación. Efectivamente, cuando iba a abandonar la primera sala, una de las celadoras me detuvo.

- ¡Espere! Voy a ponerle la ambientación acústica.

Apagó las luces, encendió un interruptor y, sobre un fondo de un cristal, se reflejaron pájaros, cuervos, sombras de árboles y todo tipo de imágenes macabras. Yo me quedé de pie sin saber muy bien qué hacer, pero se ve que era la primera vez en algún tiempo que la señora conectaba los efectos especiales y le hacía ilusión, así que me quedé obedientemente hasta el final.

En la siguiente sala, dedicada a "Almas muertas", los efectos especiales eran los sonidos que, supuestamente, estaban en la cabeza de Gógol y le inspiraban. Graznidos de cuervos, silbidos de jilguero, ulular de todo tipo de bichos, distintos sonidos del viento y finalmente un órgano, porque estuvo en una iglesia católica y el órgano le gustó. Desde luego, si realmente ésos eran los ruidos que oía Gógol en su cabeza, estaba como una regadera.

Cuando pilló confianza, la cuidadora comenzó a contar cosas sobre Gógol y su estancia allí. Como yo no había contratado guía, se supone que no debía decirme nada, pero la pobre mujer debía llevar varias horas sin hablar con nadie y tampoco era eso, así que la escuché atentamente, mientras asentía con la cabeza.

- ¿Y usted de dónde es?

- De España.

- Ah, pues mi cuñado se ha ido a España de vacaciones. Le ha gustado mucho.

- Claro.

- La exposición sigue por el otro lado. Yo no le he dicho nada, ¿de acuerdo?

- ¿Usted? ¡Qué va! Usted no me ha dicho nada.

En las dos últimas salas de la exposición, dedicadas al "Inspector" y donde se conservaba el lecho donde murió Gógol y su máscara mortuoria, la cosa era parecida. La cuidadora de ese lado por lo visto había oído el rumor de que había un visitante en el museo y me esperaba con impaciencia. Me pasaba un rato viendo cada sala y leyendo los carteles, y después me daba pena largarme sin escuchar los efectos especiales, a cual más fúnebre, y las explicaciones de la abuelilla, así que al final las dos horas que tenía se pasaron en un suspiro y por poco no llego tarde a comer con la familia.

Hablando de tarde, eso es lo que se ha hecho hoy, así que lo dejo, pero seguiremos hablando de Gógol, porque sus obras, aunque escritas en la primera mitad del siglo XIX, son de una actualidad pasmosa. Lo veremos en una de las próximas entradas.

domingo, 25 de mayo de 2014

La relación entre Crimea y los atascos de Moscú

Volver a Moscú un año después, con un calor sofocante, es una experiencia extraña. Al contrario de otros compañeros, que jamás han vuelto a pisar el país, yo no salí rebotado de Moscú. Salí porque ya hacía algún tiempo que sentía que me había llegado la hora, primero la hora laboral, y también la hora vital de pasar a otra etapa. Y a la que Dios, tras poner a prueba mi paciencia, me puso enfrente la oportunidad de desencasillarme del país, tuve claro que tenía que decir que sí.

Entretanto, he vuelto a un sitio de cuyo paisaje ya no formo parte, y he vuelto con toda la familia. Ninguno formamos ya parte del paisaje, pero mis hijos creo que no son totalmente conscientes del asunto. De momento, tienen una agenda mucho más poblada que la mía, que tengo asumido que estoy aquí para plegarme a lo que ellos prefieran hacer. Y así es como esta mañana, tras acompañar a Ro a una cita con una amiga, me he encontrado tirado en la confluencia entre Novy Arbat y el bulevar sin saber muy bien qué hacer, con un sol brutal, cerca de treinta grados y dos horas por delante. Y lo primero que he visto ha sido el anuncio que aparece ilustrando esta entrada. En principio, se trata de algo muy loable: una iniciativa de un señor, el de la foto, para recuperar un Moscú sin atascos. Pero veamos la traducción del texto del anuncio:

Hemos recuperado Crimea; recuperemos también un Moscú sin atascos.
Shuisky (que es el de la foto) está recogiendo firmas. Probok.net.

Más allá de la retórica oficial, que es bastante moderada, cosas como este anuncio y alguna conversación que me ha dado tiempo a mantener viene a indicarme que, en el imaginario popular, la "recuperación" de Crimea se percibe como algo enormemente positivo, como un auténtico logro que viene a demostrar que el pueblo ruso es capaz de mucho (aunque lo de conseguir eliminar los atascos de Moscú parece demasiado, incluso para él), y que el orgullo está de vuelta, y posiblemente para quedarse durante mucho tiempo. Las cosas ya no van a ser igual de ahora en adelante. No es la primera vez que Rusia imponía un cambio de fronteras tras el fin de la guerra fría, porque ahí están los casos de Transnistria, Osetia del Sur o de Abjasia, pero sí que es la primera en que Rusia obtiene un beneficio territorial directo, no vergonzante como en los casos anteriores, y además conseguido de forma rápida, incruenta y eficaz.

Me quedé un rato mirando el anuncio. Domingo por la mañana, efectivamente no hay atascos, tengo dos horas por delante, Ro y su amiga deben estar de paseo por Arbat, y yo tengo que ocupar este tiempo de alguna manera provechosa.

Antes de que se me hiciera tarde. Como ahora se me ha hecho.