miércoles, 30 de septiembre de 2009

Enchufes

Los rusos tienen un pánico a los incendios que parece exagerado en un país con tantísimos medios para apagarlos, pero que parece justificado a la vista de que el material de construcción de toda la vida es la madera, que las instalaciones eléctricas dan miedo, y que el fuego, desde Moscú enterita en tiempos de Napoleón hasta el difunto Dyagilev, ha reducido a cenizas infinidad de edificios.

San Petersburgo debía ser una excepción. Durante mucho tiempo, fue la única ciudad en que se permitió edificar en piedra, material prohibido (y prohibitivo) en el resto de Rusia, y así les ha quedado la ciudad, con un aspecto de solidez que ya quisieran para sí en otros sitios. Uno esperaría que, en estas circunstancias, la estricta normativa contra incendios se relajara algo, y que los bomberos fueran más moderados. En Rusia, los bomberos son una banda de paranoicos no demasiado honrados, conocidos pomposamente como Inspección de Incendios (Pozharnaya Inspektsiya), y que se pasean con unas gorras de plato exageradas y que les hace pasar poco menos que por generales de división, encontrando por doquier violaciones de la normativa antiincendios, una normativa que ni Prometeo sería capaz de respetar hasta la última coma, y tomando medidas al respecto. Porque, efectivamente, lo de tomar se les da muy bien.

Pero no. La normativa es nacional, además de absurda, y así uno llega al hotel, construido a base de piedra y ladrillo de arriba a abajo y cuya combustión, incluso con la decrépita instalación eléctrica de muchos de ellos, es bastante improbable salvo mala idea, y se encuentra con...



... que en el cuarto de baño hay un secador (que, por cierto, se pone en marcha solo y a veces cuesta apagar Dios y ayuda), pero no hay enchufes. Ni uno. Cortocircuitos, los justos.



Y no veáis lo difícil que es afeitarse con el reflejo de tu cara en el televisor.

lunes, 28 de septiembre de 2009

San Petersburgo

Me encanta San Petersburgo. No es que me guste, es que realmente me encanta. Y me encanta especialmente ahora, en estas fechas en que el otoño se adelanta y convierte a la ciudad en una paleta multicolor de rojos, amarillos y verdes diversos, mientras comienza a hacer un biruji que ya da a entender lo que nos espera y vendrá después.

Sin embargo, en esta bitácora San Petersburgo ha aparecido muy poco para lo que se merece. Todo ha sido una crónica rescatada de un viaje que tuve que hacer años ha con Kukoc y su tropa, y algunas entradas (alrededor de, por ejemplo, ésta) derivadas de mi última estancia allí, hace exactamente dos años y con la bitácora ya en marcha. Muy poco para la que es una de las ciudades más bonitas que he visitado, si no la que más, y que marca un contrapunto bastante impresionante con Moscú, una ciudad donde la gente está mucho más nerviosa y donde los monumentos antiguos están rodeados de horrores modernos (a veces los rodean en sentido estricto) que la hacen deslucir bastante. San Petersburgo no. San Petersburgo tiene tanto edificio antiguo que rescatar que nadie ha logrado edificar adefesios a su alrededor.

Para paliar esta falta, y visto que las bitácoras en español que se escribían desde la capital del Norte están paradas, cuando no difuntas, y aprovechando que por mi parte un nuevo viaje (el decimoséptimo, por cierto) está en marcha, me propongo darle algo de cancha a la ciudad. La he visto cambiar mucho en los quince años largos que median desde mi primera visita hasta la actual, y además la he visto cambiar para bien. Desde 1994, fecha de mi primera visita, en que, fuera de los edificios más principales, aquello era un conglomerado decrépito de edificios tan preciosos como abandonados, ha ido mejorando mucho. Primero empezó por maquillarse, reparando las fachadas de los edificios, aunque dejando lo que había detrás tan descuidado como había estado; en 2003 celebró su tricentenario y, al menos, lo hizo con la epidermis en bastante buen estado, aunque los órganos interiores dieran pena. Pero es que en los últimos años, indudablemente beneficiada por el hecho de que Presidente y Primer Ministro sean hijos de ella, también los órganos interiores están comenzando a recuperarse, hasta el punto de que en el último viaje ya estoy pudiendo observar patios interiores con excelente aspecto y que, a diferencia de mis primeros viajes, no invitan a salir corriendo tapándose la nariz.

Pero, de momento, vamos a ver qué ocurre al llegar al hotel, después de un viaje que, aunque no es muy largo, es bastante tedioso e invita a una buena ducha y una sesión de aseo general. Pero eso queda para la próxima.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Aparcando

Para entenderlo un poco mejor, veamos la foto que encabeza esta entrada. Efectivamente, es un coche. Es más, es un coche que ha sido fotografiado por un servidor, que no daba mucho crédito a sus ojos, en mitad de un cruce entre dos calles. En principio, parece que no hay nada de particular, pero sí, ya lo creo que lo hay.

Lo particular es que ese coche está aparcado.

Ahí, con un par de narices. Si alguno quiere pasar por la calle, que lo rodee.

Otra cosa no menos particular es que hay sitio a espuertas, por lo que no hay ninguna necesidad de tirar el coche en medio de la calle. A un lado de la calle no hay nadie aparcado en varios metros, y en la otra, a unos diez metros del lugar, hay sitio como para que aparquen una limusina y un camión trailer sin hacer maniobra.

No sé. Quizá al conductor le había entrado el mono y estaba en la tienda más cercana, que es...

Sí, señor. Aromatny Mir, uno de los mayores distribuidores de bebidas alcohólicas.

Comprensible. Con el tembleque del delirium tremens debe ser complicado hacer maniobras.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Tránsito

Creo que ya he escrito en alguna ocasión sobre el tráfico de Moscú, y no sólo yo, sino bastantes sufridores del mismo. No obstante, hay algunos aspectos que no están bastante tratados en este peliagudo asunto, y uno de ellos es la paradoja del aparcamiento.

Me explico. En España, conduzco con cierta asiduidad por dos de las tres ciudades mayores del país, que en este caso son Madrid y Valencia. Por la segunda, Barcelona, no he conducido personalmente, pero he pasado alguna vez por allí y, por lo que he visto, creo poder decir que el percal no es nada diferente al de las otras dos.

En ninguna de las tres ciudades hay atascos de verdad y, si alguien piensa que sí, pone en evidencia que nunca ha visto un atasco de verdad. Los coches, más o menos lentamente, se van moviendo, y la gente llega a su destino sin mayor novedad... ¿sin mayor novedad? Naturalmente que hay una novedad, y es que a ver quién es el guapo que se las apaña para aparcar en cualquiera de las tres ciudades. Buscar un sitio para aparcar es directamente un suplicio en prácticamente todos los barrios imaginables de las grandes ciudades. En Madrid, esa ciudad que el alcalde Gallardón fríe a multas e impuestos, puedes dar más vueltas que un tonto si esperas aparcar gratis, puedes pasar una tarde de lo más estresante si consigues la proeza de dejar tu vehículo en zona azul o verde y tienes que acercarte cada cierto tiempo a la maquinita-de-los-papelitos-que-no-da-cambio a meterle más monedas (eso si las tienes), y lo mejor que puedes hacer es irte al aparcamiento de pago más próximo y dejarte, igualmente, los cuartos, y no pocos.

En Barcelona, por lo que sé, el alcalde Hereu, siguiendo la estela de sus antecesores, le ha declarado la guerra a los coches y le ha dado por estrangular las calzadas ensanchando aceras y pintando de azul las plazas de aparcamientos, a la vez que ha sacado varias legiones de guardias urbanos a no dejar títere con cabeza, hasta lograr una situación del todo semejante a la madrileña.

Finalmente, en Valencia, que es lo que mejor conozco, Rita no ha llegado a los extremos de los dos alcaldes anteriores, pero las plazas de aparcamiento del centro están igualmente pintadas de azul, con su camisita y su canesú, de tal forma que aparcar, y no digamos gratis, es una especie de quimera que paulatinamente se acerca a la situación de las dos primeras ciudades. Como ciclista urbano veterano, esta situación me trae relativamente sin cuidado, pero las veces que me he visto obligado a buscar dónde aparcar las he pasado canutas.

¿Y Moscú? Pues en Moscú puedes tardar varias horas en llegar a los sitios en coche, puedes morirte de asco con el volante en la mano, pero, una vez has llegado a tu destino, las más de las veces puedes aparcar en la mismísima puerta. El domingo pasado, sin ir más lejos, fuimos a un concierto y aparcamos exactamente enfrente de la puerta de la sala de conciertos, y no es la primera vez. Y aquí llega la paradoja del aparcamiento: Se diría que en Moscú todos los coches están enfangados en atascos y, por tanto, ninguno está aparcado quitándote el sitio, mientras que en España todos los coches están aparcados (y nadie los saca del sitio, no sea que se lo quiten), y así las calles están relativamente libres.

¿Por qué pasa eso? Es un misterio. Uno piensa que es porque hay más sitio para aparcar, pero yo no lo veo demasiado claro. Es más: las "zonas de aparcamiento controlado" son virtualmente inexistentes en Moscú, y aún así aparcas como quieres (¿te enteras, Gallardón?). Pero luego hay otra cuestión, cual es la forma y estilo de aparcar de los moscovitas. Pero ésa le toca a una próxima entrada.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Manuales

Cuando salí de la librería con mi primer libro de ruso, una doble sensación me invadía.

En primer lugar, mi bolsillo sintió una sensación de alivio. El libro costó mil quinientas pesetas y me iba a durar tres años. Hace ya mucho tiempo de aquello, pero el precio era razonable y eso de no tener que rascarse el bolsillo en dos años molaba, que los estudiantes somos pobres.

En segundo lugar, yo no diría que el tocho aquél me estuviera entrando mucho por los ojos. Leches. En alemán, el libro se llamaba algo así como "Themen" o "Dichtung und Deutung" (bueno, éste ya era avanzado), con cubiertas multicolores y fotos de Goethe, Schiller o Lessing. En inglés, el libro podía ser "English for today", con dibujitos de niños estudiando y muchos colores. En francés, teníamos cositas como "Le français au présent", título con juego de palabras incluido y portada con una bonita foto de la torre Eiffel. En holandés, era algo así como "Levend nederlands" y fotos de queso y molinos de viento. En portugués, incluso, la portada tenía preciosas barquitas de pescadores y un montón de peña en la playa, y el libro se llamaba "Vamos là!" Pero, ¿cómo no vas a estudiar portugués con un título como ése?

El libro de ruso era gordo, encuadernado en rústica y completamente azul. Y se titulaba "Manual de lengua rusa". Así, sin engañar a nadie.

A medida que fuimos desgranándolo, resultó que el libraco aquél era el libro de texto de los estudiantes hispanoamericanos (con un alto porcentaje de cubanos) que acudían a estudiar a, entre otros sitios, la Universidad de la Amistad de los Pueblos, en Moscú. La mayoría de ellos iban para médicos o ingenieros. Bueno, en realidad se trata de "ingenieros", y las comillas están puestas con toda la intención. El caso es que a estos estudiantes los tenían un año a piñón fijo con el ruso (la "prepa", como se llama aún hoy) y, a partir del siguiente curso, les metían en clase con el resto del mundo. En esa universidad, lo de "resto del mundo" es estrictamente exacto.

Claro, si estás en Rusia rodeado de ruso por todas partes y tienes un fuerte estímulo en aprender, porque, de lo contrario, estás perdido, casi cualquier libro te sirve y no hace falta que te enseñen el vocabulario más frecuente, porque ése ya lo absorbes entre callejeo, salsa, merengue, mojito y magreo. Pero ése no era el caso del grupo de frikis que éramos, que ni sospechábamos lo que se podía estar cociendo al otro lado del telón de acero. Y algunos pensábamos en defendernos con el idioma y vale, no en estudiar, y mucho menos para científicos atómicos.

Los contenidos de los temas eran como para preocuparse. Al cabo de unos meses, habíamos visto a un heroico cirujano destinado en una estación polar hacerse una operación de apendicitis a sí mismo (sin anestesia, claro); una chica del Komsomol se había ido voluntaria a Chitá, en plena Siberia, a conducir un tractor y trabajar en el campo cultivando maíz; un estudiante mongol de nombre impronunciable le había enviado una carta a ésta última, sin conocerla ni nada, alabando su valentía y arrojo comunistas... sabíamos decir en ruso palabras como "apendicitis", "bisturí", "ambulatorio", "tractor", "komsomol", "cosmos", "ciencia" u "otorrinolaringólogo"... pero no sabíamos decir "tomate" o "zanahoria", que la verdad es que no hubieran venido mal.

Y, claro, así no es de extrañar que en mi primer día en Moscú, con cuarto de ruso terminado, entrara en el metro con un español que llevaba un tiempo viviendo allí y que apenas había dado clase, y que sonaran las palabras de siempre:

"Осторожно! Двери закрываются! Следующая станция: Полежаевская." (¡Cuidado! ¡Las puertas se están cerrando! Siguiente estación: Polezhaevskaya)

Y yo le pregunté:

- Oye, ¿qué quiere decir "осторожно" (¡cuidado!)?

Él se me quedó mirando con cara de alucinao y dijo:

- Alfor, ¿de verdad has terminado cuarto?

viernes, 18 de septiembre de 2009

Profesoras

En este recorrido nostálgico que estoy haciendo por mis primeros pasos con el idioma ruso, nos habíamos quedado en el momento en que el docente entraba en clase.

Entre los lectores de esta bitácora me consta que hay más de un estudiante (o ex-estudiante) de ruso, así que me permitiré lanzar la pregunta que me viene atormentando: ¿alguno ha visto alguna vez a un profesor de ruso? A un hombre, quiero decir. Porque yo he conocido a varias docenas de maestras, profesoras y aficionadas a dar clase, pero, lo que es hombres, o son profesores de universidad y no se rebajan a los niveles inferiores, o directamente no son.

He tenido profesores, masculinos, de alemán, de inglés, de francés y hasta de holandés; pero, lo que es de ruso, es que no he visto uno ni de cerca.

Pues bien, volviendo a aquel primer día de clase, la profesora finalmente entró en el aula y echó una ojeada al grupo de alumnos que quedó descrito en la última entrada de la serie y que, claramente, eran una banda de frikis avant la lettre. La profesora, llamémosla Natalia, era una mujer de edad mediana, tez oscura, media melena rizada, recogida en una discreta diadema y tirando bastante a canosa, estatura igualmente mediana y vestimenta rabiosamente conservadora: vestido y falda larga, todo ello de color entre azul y gris, y zapatos de tacón bajo. En alguna ocasión, nos dijo que la solían confundir con una monja, lo que le molestaba mucho. Quizá para marcar las diferencias con las religiosas, fumaba constantemente: en el pasillo, en clase, en la sala de profesores y donde te la encontraras. Y es que eran otros tiempos, afortunadamente olvidados, porque lo de estar oliendo constantemente a tabaco, quieras que no, a alguno no nos molaba.

El español que hablaba Natalia era absolutamente impecable; sus modales, tan impecables como su español. Se trataba de una niña de la guerra retornada y que conservó la admiración por la URSS, por un lado y, por otro, la nacionalidad española. Eso, junto a sus estudios, le permitió acceder a una plaza de funcionario de la educación. Y allí estaba, enseñando ruso.

Las primeras clases siempre son un poco tensas. Nadie sabe muy bien a qué atenerse. En aquella clase, eso se notaba de una manera especial. Los alumnos, a cual más raro, nos mirábamos entre nosotros pensando que los frikis eran los otros. La profesora, de igual manera, debía estar pensando en la fauna que le estaba tocando pastorear.

Más adelante, la estructura de las clases se fue haciendo clara. Natalia nos ponía deberes; nosotros no los hacíamos; no pasaba nada, los revisábamos por encima en clase; luego ella nos contaba cositas de su vida que tenían muy poco que ver con la enseñanza del ruso. De esta manera, nuestro nivel era penoso. Con el tiempo, llegué a darme cuenta de que la prioridad de Natalia, como la del resto del departamento de ruso, consistía no tanto en que aprendiéramos, sino en no quedarse sin alumnos, y así el nivel de exigencia bajaba hasta extremos alarmantes, pero, eso sí, el de esfuerzo no era muy superior.

Con el tiempo, tuve hasta otras seis profesoras de ruso. Mientras estuve por aquel centro, todas fueron más o menos del mismo estilo. Como el objetivo parecía ser el de conservar alumnos, lo lógico era lo que pasaba en la Escuela: los primeros cursos eran más sencillos que el mecanismo de un botijo; el penúltimo era complicadillo y el último era directamente imposible. Así la gente se quedaba años y años, repitiendo curso incesantemente, pero seguía matriculándose, porque, ya se sabe, el ruso, si lo dejas, lo olvidas en un pis pas.

Quizá algo de culpa de esto lo tuvieran los libros y los materiales que debían acompañar a los alumnos a lo largo de su aprendizaje, pero esto es asunto aparte y tendrá su hueco en la próxima entrada.

Porque hoy, la verdad sea dicha, se está haciendo un poco tarde.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Bombillas

Desde mi último viaje a España, a principios de este mes, me he convertido en el orgulloso dueño de una bombilla de bajo consumo, gentileza de nuestro Ministro de Industria, señor Sebastián, que con este generoso regalo pretende concienciar a la ciudadanía de las ventajas de este elemento de iluminación.

Por cierto que el Ministro, cuando la crisis se nos venía encima, hizo unas declaraciones bastante sonadas en la que nos animaba a comprar producto español, en una muestra de orgullo patrio que los responsables de compras de su departamento parecen desatender lamentablemente. Lo cierto es que la bombilla de marras está fabricada en China, o al menos eso pone en la cajita.

Creo que algún responsable del departamento adujo que en España no se fabricaban esas bombillas. Por lo visto, al que dijo eso se le olvidó mirar aquí. Bueno, bueno, no pasa nada, esperaremos a que, convencidos los españoles del incalculable ahorro que se estaban perdiendo, las ventas se disparen y, de esta manera, aparezcan tantos fabricantes españoles que resulte imposible que pasen inadvertidos.

Entretanto, lo que tengo es una bombilla de bajo consumo encima de la mesa, que puedo utilizar en mi piso valenciano, o puedo llevarme a Moscú para contribuir al ahorro ruso de energía. Ya sé que el señor Ministro no pensaba en esta segunda posibilidad, pero, leches, la exportación de bombillas de bajo consumo no está prohibida, y yo tengo que mirar por mi bolsillo, tanto más cuanto que, dentro de poco, Moscú se va a ver sumido en la tiniebla típica de estas fechas, vamos a ver el sol una vez al mes y tendremos las bombillas encendidas a toda hora.

Sin embargo, creo que la bombilla china se quedará en España, para reemplazar a la primera que se funda.

¿Que por qué? Pues por lo siguiente. Porque, los meses en que enciendo algo la luz en Valencia, aun sin ser mucho, ni ser todos los días, la factura de la luz rara vez baja de los treinta euros. Por ese precio, en Moscú tengo luz prácticamente todo el año. Desde hace unos años, quien paga es el casero, pero en mi anterior alquiler el que pagaba era yo, y las facturitas eran de risa, algo así como cien rublos al mes (unos tres euros, entonces), aunque últimamente han subido algo, pero al desmadre que es la luz en España no se llega. Claro, las instalaciones en Rusia están un pelín cochambrosas, porque a ver quién es el guapo que se pone a invertir a saco, palmando pasta y pasando por el calvario de pedir permisos hasta para rascarse, todo para cobrar tres cochinos euros por cliente y no amortizar la inversión ni el día del juicio final por la tarde. En honor a la verdad, hay que decir que se están montando unos planes de inversión bastante imponentes, pero su realización final está por verse.

Así que la bombilla se queda en España. Aquí, entre que la luz entra en el alquiler, que las bombillas incandescentes de toda la vida cuestan dos chavos y que, de todas maneras, los tres euros de la factura no son un dispendio como para pensar en economías, no vale la pena el viaje.