lunes, 29 de septiembre de 2008

Más sobre la batalla de la lengua

La respuesta a la pasada pregunta es, como Alberto clavó en los comentarios, que "Tskhinvali" y "Sujumi" son las versiones en georgiano de los nombres de las ciudades respectivas. El georgiano es un idioma especialmente pejiguero, que no se conforma con escribirse con un alfabeto propio (creo que lo comparte con el mingrelio, lo cual no es mucho compartir), sino que tiene una gramática endiablada que ha provocado que la práctica totalidad de los extranjeros residentes en Georgia haya renunciado a dominarlo después de sólo unas cuantas clases.

Y, efectivamente, una de las peculiaridades del georgiano es que las palabras cuya raíz termina en consonante adquieren en nominativo la desinencia "i". Para los que no hayáis dado latín, que me temo que sois legión, el nominativo es el caso en el que están las palabras que en la oración desempeñan la función de sujeto, o bien las palabras tal y como están en el diccionario o en el mapa, fuera de frase alguna. Pues resulta que, en georgiano, a diferencia de todas las lenguas que conozco, y que conocéis la mayoría, no hay palabra en nominativo que termine en consonante: o lo hacen en vocal (como Sakartvelo, que es como se dice Georgia en georgiano) o, si lo hacen en consonante, se les añade una "i", como Tbilisi, Gori, Batumi, Zugdidi, Djugashvili, Saakashvili, Bagrationi y todos los ejemplos que queráis.

En cambio, en osetio, abjasio y casi todos los demás idiomas, el nominativo se dice como haga falta, pasando de "i". En osetio, Tskhinvali es Tskhinval y, en abjasio, Sujumi es Sujum. Ha sido reconocer la independencia de esos dos... lugares, y cambiar los criterios lingüísticos rusos. Hoy día, supongo que en Rusia, si dices los nombres en ruso de esas dos ciudades y las nombras como siempre, eres un pícaro antirruso y, si las dices como se dice ahora, sin la "i", eres un amarillista progubernamental.

Nada diferente a lo que nos pasa en España a diario. Si a mí me da por utilizar, escribiendo en castellano, Játiva, Cataluña, Gerona, La Coruña o Fuenterrabía, entonces soy un peligroso bicho centralista; si a mí me da por hablar en valenciano en Valencia, cosa que ya no hace nadie, lo que soy es un nota social y, dependiendo de la versión que emplee, un fascista irrecuperable o un separatista panca.

Pero, políticas aparte, en castellano tenemos que tomar una decisión sobre cómo designar a las capitales de esas dos... entidades (lo de entidades me ha molado más: cabe todo). Y, ¿a quién compete semejante decisión? Lo habéis adivinado, a la institución encargada de velar por la limpieza del castellano, de fijarlo y de darle esplendor. Sí, a la Real Academia de la Lengua.

Les he hecho una consulta al respecto a través de su página. No es la primera vez. La primera, hace ya muchos años, también tuvo como objeto Georgia y se debió a que me empezaba a molestar que todo quisqui, copiando al pie de la letra informes en inglés, escribiera en español "Tbilisi" (a veces incluso con dos eses, hala, ¡será por consonantes!) en lugar del "Tiflis" de toda la vida. La RAE, que a la sazón estaba terminando el Diccionario de Dudas, me respondió enseguida diciendo que de "Tbilisi" nanainas y que había que escribir Tiflis, cosa que he hecho desde entonces invariablemente. Y, cuando alguien escribía "Tbilisi", la respuesta de la RAE me daba autoridad para rechinar los dientes y decirle que dejara el corta y pega del inglés y que escribiera en castellano.

Y ahora que estas dos ciudades aparecen sobre el mapa hay un nuevo motivo de consulta, de cuyo resultado ya informaré. De momento, adelanto que mi opinión consiste en seguir el ejemplo de los rusos y suprimir la "i" final de ambas ciudades, aunque políticamente sea la mar de incorrecto. Lingüísticamente, tiene todo el sentido, y por eso creo que los rusos debieran haber borrado la "i" hace mucho tiempo, no ahora, en que lo han hecho motivados políticamente y para fastidiar a los georgianos. Después de todo, a Stalin siempre lo han llamado Stalin, y no Stalini, como en su lengua natal.

viernes, 26 de septiembre de 2008

La batalla del lenguaje

¿No os ha llamado nunca la atención la actitud de los nacionalistas periféricos españoles con lengua propia? Son ésos que se niegan a que se diga en castellano La Coruña o Gerona (debe ser A Coruña y Girona, y ay del que se salga de eso), pero ellos dicen sin empacharse Saragossa, Conca o Terol, que desde luego no son los nombres oficiales de, respectivamente, Zaragoza, Cuenca ni Teruel. Al que le interese el tema, aquí (en la discusión) tiene un ejemplo elocuente.

Esa norma política y absurda sólo existe en España. A ningún descerebrado se le ocurre hablar en castellano de ciudades como London, Moskvá o 's Hertogenbosch. Bueno, la verdad es que el nivel de descerebramiento, o simplemente ignorancia supina, va en aumento de manera preocupante. Así, se oye hablar de Beijing (que en castellano siempre ha sido Pekín), de Myanma (que es la Birmania de toda la vida) y, ya puestos, estoy seguro de que la propia 's Hertogenbosch que he puesto como ejemplo, a poco que fuera más importante, perdería el hermoso nombre que siempre ha tenido en español, que es Bolduque ("bosque del duque", que es lo que viene a querer decir en holandés) desde que los tercios se cubrieron allí de gloria, y de agua, en los siglos XVI y XVII.

La cosa ya va a más. Cierto que "Moscú" sigue siendo el término hegemónico para referirse en castellano a la ciudad en la que vivo, pero ya hay notables erosiones en la unanimidad: y no es a favor del nombre autóctono y oficial, que sería "Moskvá". Estoy recibiendo con cada vez mayor frecuencia correos electrónicos (muchos de los cuales, por cierto, proceden de esas comunidades autónomas españolas con lengua propia), en los que sin el menor rubor hablan de, por ejemplo, su próximo viaje a "Moscow". De verdad, si los tuviera delante, les iba a meter una colleja de impresión, por capullos.

Pero no es a esto lo que iba. Iba a la pasada guerra con Georgia, en que también nos encontramos ante una guerra del lenguaje parecida. Veamos.

En Georgia, llama la atención de que la mayoría de las ciudades terminan en "i": Tbilisi (Tiflis en español), Batumi, Poti, Gori... y también Tskhinvali y Sujumi, que son las capitales de Osetia del Norte y Abjasia, respectivamente. Efectivamente, ése era el nombre que les daban todos... hasta que llegó el reconocimiento por parte de Rusia de ambas ¿repúblicas? A partir de ese día, si os habéis fijado, todas las televisiones rusas, y en particular las públicas, han recortado ostensiblemente el nombre de ambas ciudades, que han perdido la "i" y han pasado a llamarse en ruso Tskhinval y Sujum. En ruso... y en el inglés que utiliza la cadena amarilla rusa "Russia Today", por ejemplo, aquí o aquí

La razón de por qué hay tantos nombres georgianos que acaben en "i" (Saakashvili es otro, como Djugashvili, el georgiano más famoso de todos los tiempos y al que todos conocéis) y de por qué los medios oficiales rusos han cambiado los nombres de la noche a la mañana la dejo como adivinanza para el finde. Investigad, investigad...

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Obedeciendo a rajatabla

Algunas fotos del veraneo parecen inexplicables a simple vista, sobre todo cuando uno ha estado de rodríguez mientras se estaban tomando. Menos mal que al lado estaba Alfina para informarme de la historia que tienen detrás.

En una calle de una ciudad española, estaban paseando tranquilamente Abi, Ro, Ame y Alfina, junto con la Reina de Nueva Zelanda. Había una cámara de fotos, y el turno de tenerla era, por fin, de Ame, que la lucía con orgullo.

La calle debía ser bonita.

- Hazle una foto a la calle, Ame, que es muy bonita - dijo la Reina de Nueva Zelanda.

Ame obedeció. Aquí está la foto.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Modus vivendi moscoviensis

Siguiendo con el "Russian way of life", y si hace un par de entradas visitábamos una empresa local, ahora tocaba acompañar a Abi y a Ro al piso de una familia normal.

Primer punto: ubicación. La ubicación es lejana, como casi todo en Moscú. Para llevar a la niña al colegio, madre e hija se desplazan en metro a codazo limpio, única forma de acceder a los vagones en la línea y en las horas en que deben usarlo. Como tienen la fortuna de vivir al lado mismo del metro (lo cual no es estándar), el tiempo de desplazamiento es de cosa de media hora, que no está mal.

El barrio es lo que llamaríamos el ensanche de Moscú en los años de auge bolchevique, más cercano al tercer anillo que al segundo y con unos bloques de cemento de impresión. Nuestra amiga vive en un piso decimocuarto, con lo que tiene unas vistas estupendas.



Segundo punto: estado del edificio. Penoso. El mantenimiento de los edificios es de espantoso para arriba. Ladrillo visto, auténticos vertederos en las inmediaciones, perros vagabundos merodeando por allí y, curiosamente, un notable número de cochazos aparcados alrededor del edificio. No parece sino que la prioridad de las familias consista, no en habitar, sino en conducir. Algo de eso hay y ya lo veremos en otra entrada.

Pulsamos el telefonillo que, al menos, existe, cosa que hasta hace unos años no era nada probable, nos reconocen y pasamos al interior.



Tercer punto: zonas comunes en la entrada. Bastante cochambrosas. Bueno, iba a decir "muy" cochambrosas, pero el "muy" lo reservo para después. Desconchones en la pintura, mugre por las esquinas, buzones de correspondencia abollados, oxidados o simplemente abiertos y olvidados, ni rastro del menor intento estético en el portal: cemento gris y escalones romos y cutres. En España, un portal normal de una ciudad importante (Moscú es importante, ¿no?) está limpio, tiene algún cuadrito, a veces un par de sillones y probablemente tiene suelo de baldosas, mármoles, cenefas y detallitos de construcción fetén. Eso, en Moscú, sólo lo tienen las viviendas de la élite. En general, no es que el portal no esté cuco, es que sería impensable que lo estuviera: nada de lo que se pusiera en el portal iba a durar allí ni cuatro días, aparte de que el concepto de comunidad de vecinos está a años luz de lo que conocemos en España. La serie "Aquí no hay quien viva" es imposible de exportar a Rusia.




Cuarto punto: el ascensor. Ahora sí: MUY cochambroso. El servicio en sí no está mal del todo, y las sesenta viviendas del portal están atendidas por dos ascensores, uno estrecho, una especie de ataúd bamboleante, y el otro destinado a hacer de montacargas. Sin embargo, los dos tienen en común que huelen a rayos, que alguien (cánido o humano, no sé) ha orinado dentro, que hay manchas de no quiero saber qué en el suelo y en las paredes, que hay colillas tiradas y nunca recogidas y que te entran unas ganas tremendas de llegar al piso catorce y salir de allí, Dios mío.

Quinto punto: el rellano. En España es zona común y ojito con utilizarlo en provecho propio. Aquí yo suponía que también, pero, de hecho, los vecinos de la planta han montado una puerta cerrada a cal y canto y que nuestro anfitrión tiene que abrir para que pasemos al rellano propiamente dicho. El rellano, lejos de la imagen despejada que hay en España, es una especie de almacén atestado de trastos que los vecinos no quieren tener en casa (porque no caben), ni en el trastero (porque no existe tal cosa), ni se han decidido a tirar (por si la guerra, supongo). Abi, Ro y yo trepamos por entre los bultos y conseguimos llegar a la puerta de la vivienda propiamente dicha.

Sexto punto: la vivienda. Aquí la cosa cambia. La vivienda es modesta, pero acogedora. El parqué está pidiendo un cambio, los muebles son antiguos, pero el aspecto general es bueno. Iba a decir que es pequeña, y lo es, porque estará más cerca de los cuarenta que de los cincuenta metros cuadrados; pero me consta que en España también se pasan estrecheces a base de las soluciones habitacionales de la ex-ministra Apretrujillo, así que no me voy a poner quisquilloso. En tal espacio debe vivir un matrimonio y una hija.

En todo caso, lo mejor de todo son los habitantes de la vivienda. Quizá no sea mucho decir, visto lo mal que está todo lo demás, pero lo cierto es que la amiguita de mis hijas es un primor y que la madre se desvive por atenderlas. Cierto que con nosotros, guiris impenitentes, no sabe muy bien qué hacer y está algo confusa y cohibida; pero eso es humano y los que somos guiris casi todo el año nos lo tomamos con una sonrisa.

Al que no se ve por ningún sitio es al padre y marido, respectivamente, de las dos mujeres que nos recibían. Yo, la verdad, no sé dónde se meten los hombres en esta ciudad, pero os aseguro que al lado de sus hijos no están. A ver si alguien tiene alguna idea y me aclara algo, porque yo voy a las reuniones de padres y el único padre soy yo; porque vienen niñas a visitar a mis hijas y jamás les he echado un ojo a sus padres, sino que las madres se lo componen todo; porque voy yo a casa de otros y, cuando la cosa va de niños, el padre siempre se las compone para no estar. Las madres de los otros niños me ven y ponen cara de pensar que soy un poco rarillo y de preguntarse qué estoy haciendo allí en lugar de estar de farra y de dejarles los niños a ellas, que sí que saben llevarlos.

No me extraña que estén cohibidas cuando hablan conmigo.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Colegios y compañeros

En alguna ocasión he comentado que Abi, Ro y Ame van a un colegio público rusísimo que está a la vuelta de la esquina. Bueno, Ame va a un jardín de infancia público, pero, para el caso, es lo mismo. A pesar de ser público y del sambenito que acompaña a los colegios públicos, el de Abi y Ro debe ser bastante bueno, porque algunos de sus compañeros viven bastante lejos de casa y sus madres (y ellos) se dan una paliza de viaje a diario. La verdad es que nosotros lo escogimos porque estaba al ladito mismo de casa y, además, nos venía bien que estuviera más especializado en música y coreografía.

Pero las ventajas del asunto son diversas. Es cierto que podríamos haberlas llevado a un colegio privado, que los hay, aunque el tiempo de desplazamiento sería tremendo. En este caso, además del descalabro que hubiera sufrido el presupuesto familiar, porque las matrículas de primaria son más caras que algunos MBA, hubiéramos tenido problemillas de nivel social. Uno se imagina dentro de unos años a Abi viniendo a decirnos:

- Papás, necesito dinero para comprarle un regalo de cumpleaños a Irisha.
- ¿Y qué le vas a regalar, hija? ¿Algún libro? ¿Una medallita? ¿Un collar?
- ¡Papá! ¿Qué dices?
- ¿He dicho algo raro?
- Irisha cumple quince años.
- Qué bien.
- Y su padre le ha regalado un Mercedes con chófer para ella sola.
- ¿Un quéeee...?

Si no fuera porque es un caso real, tendría su gracia. Como nosotros no estamos por la tarea de ir regalando coches, ni joyas, ni participaciones mayoritarias en empresas cotizadas, a nuestros hijos, tenemos suerte de que nuestras hijas vayan a un colegio público, donde los padres no pueden permitirse el lujo de realizar dispendios demasiados generosos. Al contrario, en lugar de estar nosotros y nuestros hijos cohibidos por pobres, como estaríamos en un colegio privado entre un alumnado con el riñón tan bien cubierto, los que a veces se notan un poco cohibidos son los demás padres, que son clase media pura y dura y que no saben muy bien cómo relacionarse con un guiri que viaja a España con relativa frecuencia. Y es que para mí viajar a España es lo más normal del mundo, porque allí nací, crecí, viví, tengo mi familia y hasta un piso en propiedad.

Para un ruso normal, salvo que esté forrado o regente negocios poco claros, no.

Para un ruso normal, España es un país exótico, destino vacacional por excelencia, de hoteles cucos y apartamentos en la playa, sol, alegría, toros y, en general, cosas que uno sólo puede disfrutar mediante un generoso desembolso. Un viaje a España puede ser para ellos el objetivo de un par de años de ahorros, mientras que yo me planto allí cada dos por tres, como haría cualquier oligarca de pro.

Pero eso los niños no lo notan. Los niños se hacen amigos o no con independencia de que seas español, ruso o angoleño, y así resulta que Abi se ha hecho una amiguita que estuvo en casa antes del verano, poco antes del final del curso, y con la que se pasó jugando toda la tarde. Yo ya no me acordaba casi, pero eso fue hasta el otro día, en que sonó el teléfono. Como siempre desde hace un par de años, Abi se lanzó hacia el aparato. Es bueno eso de tener secretaria doméstica, pero, en esta ocasión, la llamada parece que era para ella:

- Аллё? ... Да, это Аби ... Понятно ... Вы знаете, лучше говорите с папой, он знает когда можно. Подождите. (¿Sí? ... Sí, soy Abi ... Entendido ... ¿Sabe? Mejor háblelo con papá, que él sabe cuándo se puede. Espere).

Se dio la vuelta y me alargó al auricular.

- Papà, és la mare de Svieta, que vol parlar en tu. (Papá, es la madre de Svieta, que quiere hablar contigo)

Me puse.

- Здраствуйте (Buenas).
- Здраствуйте. Это мама Светы. Мы были у вас в гости до лета, а мы бы хотели пригласить вас сейчас к нам (Buenas. Soy la mamá de Svieta. Estuvimos invitados en casa de ustedes antes del verano, y ahora queríamos invitarles a ustedes.)
- Мммм... давайте. Может быть, к выходным? Но имеете в виду, что нас много. Вы уверены, что хотите нас пригласить? (Mmmm... vale ¿Qué tal el fin de semana? Pero tenga en cuenta que somos muchos ¿Está segura que nos quiere usted invitar?)

Alfina, que estaba al loro, se dio cuenta de que estaba cometiendo una españolada y metiendo la pata y me hizo un gesto. Y era cierto: cuando en España invitamos a alguien en estas circunstancias pomposas, los padres del niño invitado también se quedan charlando con los padres que les invitan.

En Rusia, no.

En Rusia, los padres del niño al que se invita dejan a éste en la casa de sus amiguitos y se van de farra o de lo que sea hasta que sea hora de volver a recogerlo. Llegado este momento, todo lo más pasan a saludar y tomar un té y se despiden. Y yo estaba pensando a la española. De hecho, al otro lado, la madre parecía algo confusa, pero con mi siguiente frase logré calmarla.

- Вы знаете, только Аби поедет, а то вам будет очень тяжело (¿Sabe? Sólo irá Abi, si no será muy pesado para usted)
- Может быть, Ро будет тоже? Они так хорошо играют вместе! (¿Y si viene también Ro? ¡Juegan tan bien juntas!)

Miré a Ro, que estaba dando saltitos con una sonrisa de oreja a oreja.

- Ладно. Они будут в двоём. Может, устроит воскресенье... скажем, в пять? (Vale. Irán las dos. A lo mejor le viene bien el domingo... ¿digamos, a las cinco?)

Otra españolada. Las cinco, lo creáis o no, es tarde de narices por estos pagos. Recapacité mientras lo iba diciendo y me di cuenta de que mi interlocutora iba a proponer otra hora más decente.

- А нельзя ли чуть по-раньше, в три? (¿Y no puede ser un poco antes, a las tres?)
- Нет проблем. К трём будем у вас. (Sin problemas. Hacia las tres estaremos allí).

Nos intercambiamos los teléfonos, me aseguré bien de apuntar cuidadosamente la dirección, las niñas se pusieron muy contentas y ya nos preparamos a visitar un piso estándar de una familia rusa el domingo por la tarde. Y es que, aunque en España no os lo creáis, un domingo de principios de septiembre a las tres existe, es por la tarde y es hora de hacer visitas.

Pero eso será en la próxima entrada.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

En casa del herrero

Eduard y yo nos encontramos en la sala central del metro.

- Alfor -dijo al verme llegar, al mismo tiempo que él- tú y yo somos puntuales como espías.

Sonreí.

- ¿Vamos?

Salimos del metro y tomamos el camino de la fábrica de bombillas. Eduard me había estado insistiendo varias semanas en que quería llevarme a ver una fábrica de unos conocidos suyos, a quienes estaba ayudando a promocionarse. Yo había logrado escabullirme durante algún tiempo, pero llegó un momento en que ya no era posible y cedí. Y allí estaba.

Tras un breve paseo, en el que no sé bien si Eduard tenía dificultades para seguirme, o era yo quien tenía problemas para retardar mi paso, llegamos a la puerta de la fábrica, en una zona industrial prácticamente en el centro de Moscú. El acceso, al menos, no fue tan complicado como en otras ocasiones: en lugar de propusk, fue suficiente con llamar por un teléfono interno, situado junto a una de las distintas puertas de acceso. Eduard pidió hablar con su contacto, que era el director, y luego sólo tuvimos que esperar diez minutos, atravesar la primera puerta, regañar con el guarda (que estaba aburridísimo y se puso muy contento cuando nos vio y pudo incordiar a alguien), pasar por otra puerta, recorrer unos cuantos pasillos, franquear otra puerta, subir por un ascensor, avanzar por distintos vericuetos y, finalmente, ya salieron a recibirnos. La verdad es que fue más fácil que de costumbre.

- La fábrica -me dijo Eduard durante la espera de los diez minutos- la trasladaron a las afueras de Moscú. Aquí tienen las oficinas.
- Ya.
- Hacen unas bombillas y unas linternas estupendas. Alfor, es un ahorro tremendo ¡Y una seguridad! Todos los cuerpos de seguridad, del Ministerio de Situaciones de Emergencia, los mineros, los de la KGB... todos llevan sus bombillas. Son especiales.

El ascensor era una caja de madera con una panel de botones austero a más no poder. En el techo había un panel de luz birrioso, al trasluz de cuya bombilla se podían distinguir algunas moscas muertas.

- ¡Cuántos ascensores hay que alumbrar! ¿Eh, Alfor?
- ¿Y estas bombillas son las que vamos a ver? - pregunté, y creo que no pude disimular un rictus de desagrado.
- Noooo, Alfor, claro que no.

Los pasillos que íbamos atravesando eran una sucesión de pasadizos lúgubres, apenas iluminados por ocasionales tubos de neón, la mitad de los cuales chispeaban en un intento agónico de prolongar su vida útil. Yo callaba, y Eduard seguía ponderando las bondades de la empresa que íbamos a ver y de las lámparas que esperábamos admirar.

El protocolo de visitas a empresas en Rusia es casi siempre muy parecido. En primer lugar, se producen las presentaciones, y tras ellas un breve discurso de cada uno de los asistentes. A los rusos les encanta hablar. Aunque a muchos extranjeros pueda parecerles que no es así, en realidad ello sucede porque, cuando no hablan en ruso, no se sienten seguros del todo; en su idioma, en cambio, están en su ambiente y cualquier conversación entre conocidos puede convertirse en un acto pomposo con discursos dignos de Demóstenes o Cicerón.

Tras las presentaciones, fuimos a ver la producción, en lo que puede denominarse parte de trabajo. En este caso, el director quiso que viera bien lo que alumbraban sus bombillas y las lámparas que hacían con ellas.

- Y esta lámpara está hecha con una bombilla especial, que sólo consume cuatro vatios, pero alumbra como una de sesenta, e incluso de setenta y cinco. Mire, mire...

La encendió y me la enfocó a los ojos, que ya no vieron claro en toda la mañana. Doy fe de que la bombilla, por lo menos, alumbraba como las de setenta y cinco vatios.

Luego salimos al pasillo, donde los técnicos de la empresa habían instalado una regleta con distintos portalámparas.


- Vasia, apaga la luz, que vamos a ensseñar las bombillas.

La luz, o algo así, eran los tubos de neón famélicos y moribundos que habíamos visto antes. Vasia los apagó, aunque la verdad es que tampoco se notó demasiado. El director se puso a maniobrar con la regleta y a encender y a apagar bombillas. Funcionaban bien, y todos se hacían lenguas de lo poco que gastaban, pero al final las apagaron y volvieron a encender los tubos parpadeantes. Yo pensé que, si sus estupendas bombillas gastaban tan poco y duraban tanto, también podían dejarlas encendidas, pero por algún motivo que se me escapaba, aquel razonamiento no entraba en los planes del personal de la fábrica de bombillas.

Después de ver luminarias a porrillo, volvimos al despacho del director y ahí ya estaba preparada la siguiente parte del protocolo de recepción de visitas: el papeo y la priva. Los rusos (excepto los funcionarios, que son otra cosa) son muy hospitalarios y agasajan muy bien a las visitas, dándoles de comer... y de beber. Encima de la mesa, además de rebanadas de pan, queso, algo de embutido y galletas, había una botella de coñac francés. El protocolo incluye brindis a gogó, como ya vimos en otra ocasión.

Luego viene la fase de amistad eterna y de intercambio de regalos. Bueno, en este caso lo cierto es que los regalos sólo fueron de su parte a la mía, así que salí de allí con una estupenda linterna de minero, de ésas que se acoplan a la frente, que espero que me sirva en alguna acampada nocturna o en las excursiones ciclistas cuando todos los gatos son pardos. Y ya nos despedimos y Eduard y yo nos dirigimos al metro de vuelta.

- ¿Has visto qué maravilla? ¡Todos los equipos de seguridad y de rescate rusos llevan lámparas de éstas! - Eduard no paraba.
- Eduard.
- ¿Sí?
- Y, si estos tíos hacen unas bombillas tan estupendas, y realmente lo parecen, ¿por qué narices tienen esa cochambre de alumbrado y de instalación en sus oficinas?

Eduard se rio.

- Es verdad, es verdad... ya sabes, у запожника нет запог! (literalmente "El zapatero no tiene botas", que en castellano es "En casa del herrero, cuchillo de palo"). La próxima vez que los vea se lo diré.

* * *

- Señor von Buchweizen.
- ¿Sí?
- Le llama Eduard Robertovich, le paso la llamada.
- Eduard, ¿cómo estás?
- Alfor, querido, ¿has visto el accidente del avión de ayer?
- Sí, qué desastre. Han muerto todos.
- ¿Pero lo viste por la televisión?
- Bueno, ví el reportaje, sí.
- ¿Y no te fijaste?
- ¿En qué?
- Alfor, ¡por favor! ¿Cómo no te diste cuenta? ¡Todos los miembros de los equipos de rescate llevaban las linternas fabricadas por la fábrica que visitamos! ¡Son maravillosas!

lunes, 15 de septiembre de 2008

¿Cañones o mantequilla?

Uno lee la prensa, tanto da si rusa u occidental, y es evidente que Rusia está mejorando su capacidad de respuesta bélica. Hoy mismo sale en la prensa (rusa), que el presupuesto militar ruso está que echa humo, que lo están ampliando a saco paco y que la máquina de guerra rusa va a estar engrasadísima, para regocijo de los rusófilos y de todos aquéllos a quienes los gringos les molan tan poco que se convierten en partidarios de cualquiera que les pueda hacer frente. Lo mismo ocurre con la prensa occidental, que se hace lenguas del "despertar del oso ruso" y de todos esos lugares comunes que deberían estar prohibidos y castigados con privación de la pluma, pero que sin embargo los periodistas de todo el mundo gastan y desgastan sin pudor alguno.

La cuestión es que esta renacida pujanza militar, aderezada con la reciente victoria sobre el terreno ante los georgianos, quieren algunos que implique una pujanza general de Rusia. Yo, que de cuestiones militares no sé gran cosa, pero que vivo en Moscú y tengo ojos, albergo mis dudas de que la pujanza militar y la reciente agresividad oral en las relaciones internacionales (Desde que no es presidente, Putin está usando unos modos notablemente más retadores que antes) tengan un efecto más allá de la moral guerrera del pueblo y alcancen a las condiciones de vida de la población.

Los gringos, a quienes que quede claro que no tengo la menor simpatía, se dedican actualmente a zumbar por todo el planeta a quienes perciben como una amenaza para su "American way of life", "democracy" y todas esas cosas que no conozco más que de referencias, porque no he pasado por allí. Pues bien, en el pasado, la Unión Soviética tenía unas fuerzas armadas de impresión con el fin, aparentemente, de poner a todo el planeta en condiciones de construir el paraíso socialista y para acudir a la llamada de los proletarios oprimidos de los distintos países, que imploraban el auxilio de Mazinger-URSS para enfrentarse a las clases burguesas que los esclavizaban, en Hungría, en Checoslovaquia, en Afganistán, en Cuba, en Polonia... huy, no, qué despiste, en Polonia fueron los proletarios, inconscientes ellos, los que montaron una huelga contra las benéficas autoridades comunistas.

Pero eso era antes. Ahora que todos somos capitalistas, las fuerzas armadas rusas afilan los dientes para... para... a veeer... ¿para que los gringos no introduzcan su "way of life" en Rusia? No, queda un poco negativo ¿Para que los gringos no se apoderen de los países antaño soviéticos? También queda feo, va a pensarse que los rusos quieren que sigan siendo soviéticos, y eso no vende ¿Para proteger a los ciudadanos rusos? Mmmm... vamos mejorando, después de todo ¿Hay algo más noble que proteger a tus nacionales, esparcidos por toda la faz de la tierra, y muy especialmente en los países que fueron de la Unión Soviética?

Por cierto, si los gringos tienen su "American way of life" y su "democracy", ¿no sería un buen motivo para reforzar las fuerzas armadas rusas el de defender el "Russian way of life" y la "dictature of law"? Ajá, el "Russian way of life", sí, señor, ahí duele. Ahí sí que tiene Rusia algo que defender.

¿O no?

Pues, para gustos, colores. Yo, en las próximas entradas, voy a describir pormenorizadamente mis últimas vivencias sobre cómo se vive aquí. Son de la semana pasada, pero podrían ser de hace varios años y, mucho me temo, también de dentro de algunos. Mañana sigo.