sábado, 31 de octubre de 2026

Otoño

Por una parte, se echa de menos el calorcito de los meses pasados. Excepto unos diez días de calor verdaderamente insoportable, ha hecho un verano estupendo. Apenas ha llovido, lo cual a los locales no les gusta nada y te dicen que hay sequía a la que pasa una semana seguida sin caer nada del cielo, pero, para un español, esto es gloria bendita. Y las temperaturas han sido, en general, más altas que de costumbre, pero sin llegar a los excesos ibéricos. Algo fantástico.

Esto no podía ser eterno, claro. A este paso, acabaríamos por morir, ir al paraíso, y no nos acabaría de gustar aquello. El caso es que las temperaturas han bajado bastante y ya estamos en pleno otoño. El tiempo no es lo que ha sido, vale, pero hay que quedarse con lo bueno, y lo bueno en este tiempo son los colores que adoptan los árboles, antes de que lleguen los inevitables días de viento y se queden completamente sin hojas. Como la naturaleza es sabia, en esta época hace más viento que de costumbre, para que los árboles se quiten de enmedio las hojas muertas, y éstas nutran el suelo. Como el hombre no es tan sabio como la naturaleza, ha construido ciudades asfaltadas y adoquinadas, donde las hojas muertas se acumulan, se mojan y resbalan que da gusto. Pero es que no se puede tener todo.




Dentro de unos días todo esto habrá pasado y lo que quedará será mucho menos verde, mucho menos amarillo y mucho menos rojizo. Será básicamente marrón, signo de que tenemos el invierno a las puertas o de que ha entrado ya, pero el invierno también tiene su encanto. Si lo tenía en Moscú, con temperaturas de veinte grados bajo cero y nieve embarrada, no digamos Bruselas, donde, al menos, las condiciones son bastante mejores y el bosque está ahí al lado.

jueves, 29 de octubre de 2026

El jardín de las delicias

 No me he resistido a la tentación de ilustrar esta entrada con el famoso cuadro de El Bosco y la verdad es que he adaptado un poco el título para lo que realmente deseaba, que es continuar una serie que empecé a escribir hace tres años y que, como tantas otras cosas en esta bitácora, había dejado inacabada.

Porque, en realidad, el jardín del que pretendo escribir en esta entrada es el mío, pequeñito, pero matón. Es un poco aventurado llamarlo 'de las delicias', pero bueno, uno es atrevido y espera obtener frutos de lo que sembró. Es verdad que llevo un par de semanas comiendo tomates de cosecha propia, que no está nada mal teniendo en cuenta que Bélgica no es precisamente un lugar soleado y que, en cambio, lo que sí que hay son lluvias e inclemencias a cual más frecuente. Los tomates que hay aquí suelen ser de invernadero y, aunque es cierto que hay optimistas que los sembramos, no hay que tener grandes esperanzas en obtener alimentos para mucho tiempo.

Este verano me lo he currado mucho. Sembré en maceta a principios de marzo y mantuve las plantas en interior hasta mitad de mayo, cuando la temperatura nocturna subía ya de diez grados, no se me fueran a helar. La primavera y el verano de este año han sido muy benignas y las plantas han crecido bastante bien, incluso en un jardín como el mío, al que el sol le da bastante menos de lo que me gustaría, a causa del bosque enorme que tiene plantado el vecino que da al sur, que es un instituto público y que me da sombra más de la mitad del tiempo, y de un par de árboles del vecino que da al este y que, oye, si enfermaran y se murieran, tampoco se perdería gran cosa y, por lo menos, sus hojas no caerían sobre mi jardín en otoño.

Este año, además, les he dado un tratamiento contra las plagas, he utilizado abono líquido, he regado todos los días cuando ha habido sequía, que ha sido a menudo este verano. Les he podado los chupones, les he puesto cañas y testigos. Leches, he hecho todo lo que debe hacer un agricultor concienzudo.

Y algo he sacado, sí, pero, la verdad, no estoy seguro de que compense el esfuerzo. Es verdad que uno, al jardinear, verbo muy belga, no está pensando tanto en los frutos que va a conseguir, sino más bien en la actividad en sí misma, pero no está de más poder saborear los productos de la misma.

Además, estamos llegando a noviembre, y hay tomates que siguen estando verdes y, casualmente, o no, son los más gordos del jardín. De verdad que he estado saliendo al jardín con cierta frecuencia y no hay día en que no me haya acercado a ver si, por lo menos, se ponían rosas, por lo menos. Ni pum.

En fin, que, al menos, esto de los tomates verdes me está dando una idea para sacarles provecho y, de paso, proseguir una serie que quedó, no sé si interrumpida o finalizada, en los ya lejanos tiempos en que triscaba por Rusia y tenía que echar mano de la imaginación para comer como es debido. En esta bitácora hay una etiqueta, cocina, en la que hay una serie de entradas tituladas "Cocina para exiliados". Pues creo que allá voy.

Y más vale que acabe la recolección pronto, porque el día acorta, el invierno acecha y, en definitiva, se hace tarde. Una vez más.

sábado, 24 de octubre de 2026

Restaurantes étnicos

Lo bueno (o lo malo) de vivir en esta época de globalización galopante es que hay gente para todo en todos los sitios y, claro, a toda esa gente para todo hay que darles de comer. Para colmo de males, ha aparecido Ryanair y todas esas líneas de bajo coste que han hecho un daño enorme y ahora la peña, en general, está enormemente viajada y ha probado cosas que sus abuelos ni soñaban que existían. Hasta hace poco, al menos en España, los exóticos eran los italianos. Al principio los italianos eran auténticos, con acento y eso, y ponían sus pizzerías y restaurantes por medio mundo; más adelante, alguien se ha debido dar cuenta de que hacer pizza y pasta no debía ser tan complicado y los restaurantes italianos ya los lleva cualquiera, hasta hindúes, que le echan curry a las pizzas. Entretanto, en Valencia ya nos hemos desatado hasta la exageración y ya me han hecho cenar en un restaurante uzbeko y amenazan con llevarme a uno georgiano, con lo bien que se come en España en general y en Valencia en particular. Debo reconocer que, después de pasarme años y más años comiendo el estupendo plov que nos cocinaba una de nuestras niñeras, la experiencia no estuvo del todo mal, pero yo me sigo quedando con el arroz al horno, qué le vamos a hacer.

En Bruselas hay de todo. El otro día, sin ir más lejos, fuimos de cena los compañeros de trabajo (dos hombres y nueve mujeres, y eso que hubo dos que no vinieron) y quien organizó el evento, tras darnos tres opciones y pedirnos nuestras opinión, finalmente hizo una reserva en un restaurante que le pareció mejor, supongo, pero que no era ninguno de los tres sobre los que habíamos opinado.

Era un restaurante griego. Y, de los once comensales que acabamos sentándonos a la mesa, dos eran griegas, aunque la que hizo la reserva no era una de ellas. A ver, no es la primera vez que como en un restaurante griego, ni mucho menos, aunque tampoco es el primero que escogería, pero creo que he comido en ese tipo de establecimiento en los dos países en que es la mejor opción. El primero es Grecia, claro, donde qué menos que probar la cocina local en un restaurante local; además, estaba todo buenísimo. El segundo son los Países Bajos, donde cualquier cosa, incluso ayunar, es mejor que la cocina local.

El local, en Bruselas, está situado en pleno centro de la ciudad, no lejos de Sainte Cathérine, que es una plaza de la que más o menos pronto habrá que escribir como una de las plazas emblemáticas de Bruselas. Es un local amplio, porque debe haber adaptado el típico espacio interior de las casas y, si la entrada parece estrecha, y realmente lo es, uno recorre el pasillo y, al final del mismo, hay muchas mesas y espacio más que de sobra.

O no... Era un martes y no había sino un par de mesas libres y tampoco estoy muy seguro de que lo hubieran estado durante toda la tarde. Claramente, se trata de uno de esos sitios a los que es peligroso ir sin asegurarse de que vas a poder sentarte, incluso en los días menos habituales para salir a cenar fuera. En estos casos, suele ser juicioso preparar dos cosas: la primera es el paladar y el estómago. La segunda es la cartera.

El que nos atendió era griego, o al menos lo hablaba lo suficientemente correctamente como para entenderse con nuestras dos compañeras que eran compatriotas suyas. Bueno, en realidad parece que allí todos eran griegos menos la mayoría de los clientes. Es curioso lo de los griegos que, como también hacen los italianos, emigran con sus familias enteras y se ponen a trabajar con otros griegos que habían emigrado antes. Lo de los restaurantes griegos es un ejemplo, pero no es el único. El taxi comunitario que he utilizado más de una y más de dos veces para volver de la central de transporte de ganado de Charleroi (oficialmente aeropuerto) está controlado por un empresario griego que utiliza conductores griegos para sus taxis.

Lo que creo que no puedes evitar es que te expliquen la comida. Y no es porque sean griegos. Eso sí que lo hacen todos los restaurantes étnicos, menos las pizzerías y gracias. Incluso los italianos, si tienen algo de comida regional y que va más allá de las pizzas de toda la vida, se empeñan en contártelo, aunque no entiendas la mitad de lo que dicen y les insistas que sólo has ido a por una pizza y no cambiarás de opinión así te ofrezcan caviar iraní por el precio de una Margherita. Si no quieres que te expliquen el papeo, lo mejor es que vayas a un restaurante del país en el que estés, donde, si el país es Bélgica, te darán la carta con las moules-frites o con el waterzooi de turno y darán por hecho que sabes lo que pides. Vale, igual eso es mucho decir, pero normalmente puedes contar con pedir el waterzooi y que no te den la murga.

En el restaurante griego, ni pum, y eso que dos de los comensales eran griegas y una de ellas ya os digo yo que con muy buen saque. El encargado nos explicó que todos los platos eran para compartir y lo que era cada uno de ellos, en un francés sin el menor acento, o eso me pareció. Los griegos aprenden lenguas extranjeras de maravilla, supongo que porque la suya propia no les lleva demasiado lejos; de hecho, hablan español sin acento con cierta facilidad. Creo que los españoles, si nos molestáramos en aprender griego, también lo haríamos sin acento, porque se ve que el tono de ambas lenguas es similar, pero claro, el español sí que nos lleva muy lejos, así que lo de aprender lenguas extranjeras no lo acabamos de ver.

Efectivamente, todo era para compartir. El papeo estaba bien bueno. Ese yogur griego, la musaca de toda la vida, otros platos de cuyo nombre no me acuerdo, pero de lo que hubiera comido más si no hubiera sido de mala educación, no en vano estábamos compartiendo, y los dulces griegos de siempre de postre. La pancha se quedó razonablemente satisfecha.

La cartera, no tanto. Salimos a sesenta euros. Cómo estarán las cosas por Bruselas, que la mayoría de mis compañeros se quedaron sorprendidos porque no les pareció nada caro.

Pero hay que ver la parte positiva de todo, incluso de esto. Aligerada la cartera de esta manera, al menos, cuando tomé la bicicleta para volver a casa, pude hacerlo algo más rápido, porque la verdad es que se estaba haciendo tarde. 

miércoles, 21 de octubre de 2026

Sacerdotes casados en Amberes

No hace tanto tiempo, publiqué una entrada a propósito de monseñor Johan Bonny, obispo de Amberes y enfant terrible del episcopado belga y yo diría que mundial. Tal y como está el episcopado belga, ser el enfant terrible del mismo ya nos da una pista de cómo debe estar la cosa para que monseñor Bonny destaque en el mismo por su actitud... innovadora.

Como todo sacerdote que cuestiona la doctrina de la Iglesia Católica es alegremente recibido por los medios de comunicación del siglo XXI, monseñor Bonny no carece de formas de expresar sus opiniones y de dar a conocer su pastoral y las medidas que adopta para ejecutar sus designios. En este caso, lo ha hecho en forma de entrevista en La Libre Belgique. La Libre Belgique, en su día, era un medio de comunicación liberalillo y confesionalmente católico, hasta que un buen día del postconcilio dejó de serlo y ahora se nos ha hecho neutro en materia religiosa, pero sigue siendo liberalillo. Yo diría que eso es una prueba más, por si hubiera pocas, que el liberalismo y el catolicismo no casan bien juntos y que, cuando las cosas se hacen incompatibles, el liberalismo se queda y el catolicismo sale por la ventana; en Bélgica los ejemplos sobran. Y en España la verdad es que podemos encontrar unos cuántos más.

A lo que íbamos, que se hace tarde demasiado pronto, el caso es que monseñor Bonny, con esa cara de buenazo que tiene, dijo sin despeinarse que esa idea que tuvo de consagrar como presbíteros a hombres casados ya la está ejecutando y que hay un grupo que discretamente está recibiendo la preparación necesaria. Y añadió que lo está haciendo por su 'estado de necesidad', ya que le quedan setenta sacerdotes menores de setenta años y el resultado es que van corriendo de campanario en campanario y ya no puede asegurar la asistencia religiosa en hospitales y cárceles.

Para colmo de males, buena parte (de hecho, la mayoría) de esos setenta sacerdotes con los que cuenta, menores de setenta años, son de origen extranjero y tienen algunas dificultades con el idioma flamenco. Si pensáis que en esa afirmación hay algún ribete racista incompatible de todo punto con la doctrina de la iglesia católica, es decir, universal, estáis en lo cierto. Recordemos que, en Flandes, los dos partidos políticos principales son la Alianza Neoflamenca, nacionalistas flamencos, y Vlaams Belang, aún más nacionalistas flamencos. Y recordemos que Bart De Wever, actual primer ministro y líder de la Alianza Neoflamenca, ha sido un porrón de años alcalde de Amberes, esa ciudad en la que monseñor Bonny tiene dificultades en encontrar vocaciones de hombres solteros (o viudos, vale).

Yo todo esto lo veo con curiosidad, más que otra cosa. Ya escribí hace poco que, en sí, la existencia de sacerdotes casados es una cuestión disciplinaria, no dogmática, y que hay sacerdotes católicos casados, sólo que no en el rito latino, al menos ejerciendo. La cuestión es espinosa y sólo el hecho de que sea monseñor Bonny el que la plantea la pone bajo sospecha. A mí me parece bien que quiera tener clero local, pero algo me falla en el razonamiento, porque se siguen ordenando sacerdotes, sólo que eso ocurre en África, no en Europa. Se trataría de trasladarlos, vaya. En Bruselas, sin ir más lejos, yo creo que la mayoría del clero es africano, pero son africanos francófonos, así que predican sin mayores problemas; todo indica que africanos neerlandófonos hay bastantes menos, como no los encontremos en Sudáfrica y me temo que son blancos, no son católicos y que tampoco se ordenan sacerdotes. Monseñor Bonny puede elegir entre enseñarles neerlandés a conciencia, lo cual no tiene nada de provocador, o hacerles un poco de menos y ordenar sacerdotes casados, lo cual sí es provocador y es la variante que monseñor Bonny ha elegido.

Yo tengo la sospecha, que puede ser equivocada, pero la tengo, de que a lo que tiene pavor monseñor Bonny es a quedarse solo con sus provocaciones. Porque los sacerdotes africanos que se vienen ordenando y que nutren las diócesis belgas en general, y la de Amberes en particular, tienden a ser ortodoxos en materia doctrinal. Yo, al menos, muchas veces, cuando veo que oficia un sacerdote belga blanco, estoy mucho más inquieto que cuando es negro. Es más, si yo fuera soltero, siendo además blanco y hablando el neerlandés un poco como puedo, pero hablándolo, y tuviera vocación sacerdotal, a buenas horas me iba a quedar en el seminario de Amberes para que me formaran los profesores que han llevado a la otrora católica Bélgica a donde está ahora. Me iría a los Países Bajos a formarme, ahora que parece que allí ya ha pasado lo peor y que están de vuelta de sus veleidades sesentayochescas y heterodoxias diversas. Me parece que el verdadero problema es que monseñor Bonny quiere sacerdotes que compartan sus ideas sobre el sexto mandamiento, mientras que, por otra parte, los que comparten sus ideas sobre el sexto mandamiento no tienen la menor intención de ordenarse sacerdotes y quedarse célibes.

En fin, veremos cómo queda el asunto, porque promete. Repito que monseñor Bonny ya no cumplirá los setenta años, así que debe darse prisa. Se le está haciendo tarde, como a mí mismo.

domingo, 18 de octubre de 2026

El lago de Genval

 

Desde que el Topomóvil está en Valencia, me toca desplazarme por estas tierras en transporte público, lo que, paradójicamente, me lleva a pasar por lugares inesperados. Uno, cuando va en coche, es verdad que llega antes, pero se pierde muchas cosas por el camino, ya que termina yendo por la autopista más cercana hasta el lugar de su destino. Y así no hay manera de conocer el país y de sorprenderse por las cosas que se ven.

En transporte público, la cosa cambia, porque rara vez llega hasta el lugar justo a donde uno se tiene que desplazar. De esta manera, cuando me dirigía a jugar un encuentro de la Liga Belga de Ajedrez, me encontré con que el tren me dejaba a dos kilómetros largos de la sede del encuentro; dos kilómetros que, al menos un domingo al mediodía, porque aquí se juega a unas horas incomprensibles para un español, no cubría más que el coche de San Fernando, un rato a pie y otro andando.

Así las cosas, puse el GPS del teléfono en marcha y me dejé guiar por sus indicaciones. Y fue así como, desde la estación de tren de Genval, terminé en el lago de Genval en los albores del otoño, que seguramente es uno de los mejores momentos para visitarlo. Hacía buen tiempo, pero un poco de frío, de modo que la chaqueta ni el gorro me molestaban lo más mínimo, y me puse a dar la vuelta al lago para llegar a tiempo al torneo.

El lago se sitúa en la mismísima frontera lingüística. Al sur, Genval y la capital municipal, Rixensart, son valones y francófonos y no oirás otra cosa que francés, pero uno pasa al norte del lago y se encuentra en el municipio de Overijse, que era adonde me dirigía a jugar y que es un municipio rabiosamente flamenco de toda flamenquidad que, en un pasado muy reciente, fomentó la delación pura y dura de cualquier expresión escrita en cualquier lengua diferente al flamenco. A ver si alguien se piensa que los independentistas catalanes son los únicos que fomentan el monolingüismo.

A todo esto, el lago es chulo, sí, pero resulta que es completamente artificial. Lo construyó (habrá que llamarlo así) un empresario belga a finales del siglo XIX, ese tiempo en que los belgas ataban los perros con longanizas a lomos del dinero que manaba del Congo, aprovechando las aguas del río Argentino, un arroyuelo que discurre por allí y que tampoco es que tenga mucha agua, pero, claro, con paciencia acaba por llenar lo que haga falta. Las orillas del lago son una faltada de pijerío, a juzgar por los casoplones que hay a diestra y siniestra. Y, al fondo, el château...

La vista del château me hizo recordar que yo ya había estado allí. Efectivamente, pronto hará diez años que Abi se graduó de la escuela secundaria en su colegio de... ejem, gente acomodada y, como las cosas son así en estos tiempos, tuvieron una fiesta de graduación y la tuvieron en el château du Lac, que así es como se le conoce. Un sitio postinero como pocos. Y caro, creedme. Así que, en su momento, los cinco, porque entonces éramos cinco, rigurosamente vestidos de etiqueta, qué menos, tomamos el topomóvil y nos fuimos al château, donde estuvimos un rato departiendo con otros padres y compañeros y haciéndonos lenguas de lo guapos que estaban todos y del futuro brillante que les esperaba en la vida, hasta que los organizadores del bal du Bac, que así se llama el evento, decidieron que ya estaba bien de padres y de hermanos y nos invitaron a volvernos a nuestros respectivos hogares o a donde nos diera la gana, con tal de que fuera lejos de allí, donde siguió la fiesta no sé bien hasta qué hora. Abi volvió a casa a la mañana siguiente. No me correspondía a mí criticarla, claro, porque yo también he tenido diecisiete años y también he terminado la secundaria con un fiestón de crápula de ésos en que llegas a casa de día. Eso sí, mucho más barato, a base de cerveza, sangría y calimocho y sin traje.

En estos pensamientos, y saludando a los ricachones que me iba cruzando por la orilla, terminé por abandonar la orilla del lago y me dirigí a la sede del torneo, donde me iba a pasar las siguientes cuatro horas pensando en otros asuntos totalmente diferentes. Y más valía que fuera rapidito, porque se me hacía tarde. Como ahora.

jueves, 15 de octubre de 2026

El cielo está emborregado

 

Este año está haciendo un tiempo algo más raro de lo habitual. Sí, ya sé que eso es así en buena parte del ancho mundo, España incluida. Bélgica no se ha librado de este fenómeno, comenzando por un verano excepcionalmente cálido y seco. Bueno, excepcionalmente cálido y seco para lo que es Bélgica, porque ha llovido. Poco, pero ha llovido. Lo que es calor, hizo una semana mala, incluso muy mala, como ya vimos hace poco, y luego el tiempo mejoró sustancialmente y pasamos a tener un verano agradable, con calor, pero sin pasarse. Una delicia, mientras en España se agotaban las existencias de aires acondicionados, ventiladores y polos de limón.

Sin embargo, todo tiene un fin, y el verano belga también ha acabado por tenerlo. Las nubes han vuelto, las temperaturas han ido bajando paulatinamente, intercalando alguna subida de vez en cuando, incluso por encima de los veinte grados, y ya nos encontramos en pleno otoño. Ya ha tocado sacar las mantas e incluso poner la calefacción de vez en cuando, lo que, al precio que nos tememos que se va a poner el gas, no va a tardar en ser un lujo asiático sólo al alcance de los majarajáes hindúes y de los jugadores del Real Madrid.

El otoño bruselense es muy bonito. Recuerdo que, en las ciudades españolas, el otoño llega tarde y, al menos en mi zona, trufada de árboles perennifolios, los cambios no se notan demasiado.

Aquí, no.

Muchas veces hemos dicho ya que Bruselas tiene muchas zonas verdes, en las cuales hay árboles para todos los gustos, pero básicamente son árboles cuyas hojas cambian de color y van pasando del verde al rojo y al amarillo, hasta finalmente caer y crear un tapiz de colores muy bonito, pero que, como te descuides y pises donde no debes, te puede enviar al suelo de un resbalón.

Como se puede ver en la imagen que ilustra esta entrada y que es mía de toda propiedad, me he hecho con un aparato que usaré para hacer fotos. Es un trasto pequeño, en realidad un teléfono, con una cámara lejos de las mejores del mercado (y casi que también de las peores), pero que hace su trabajo y, lo que es más importante, pesa poco y ocupa poco espacio, a diferencia del tronco que venía usando, portátil sólo sobre un camión. Esto es importante, porque, al ir a editar esta entrada, me he encontrado con una advertencia del señor Gúgel que me dice que han cambiado sus términos de prestación del servicio de Blóguer y que ojito con la propiedad intelectual del prójimo, entre otras lindezas que no vienen al caso y que esta bitácora ha cumplido escrupulosamente y hasta en exceso, como el anonimato estricto. Debo reconocer avergonzado que alguna captura de pantalla debe rondar por estas pantallas que quizá, y sólo quizá, la haya sacado de algún sitio menos público de lo que me gustaría, pero que tampoco debe ser privado del todo a juzgar por cómo se exhibe. Normalmente confieso de dónde viene, como la foto de grupo de los obispos belgas de la pasada entrada, con lo cual en la mayoría de los casos la cosa no debería pasar a mayores, pero nunca se sabe en estos tiempos confusos. Así que, sin renunciar a ilustrar mis entradas con lo que pille por ahí y sea legal, voy a llevar conmigo cual reportero dicharachero un aparatillo captaimágenes para usarlo como es debido, y uno de los primeros objetivos podría ser dar una vueltecilla por el bosque y hacerse una idea de los colores que se gastan en él, cosa que verdaderamente merece la pena.

Pero eso será otro día, porque hoy, no menos verdaderamente, se hace tarde.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Los obispos belgas se ponen serios

Cathobel.be es el medio de comunicación oficial de la Conferencia Episcopal Belga, sector francófono. Ya ha salido aquí en algunas ocasiones (ésta fue la primera), porque muchas de sus publicaciones, aunque son bastante birriosas para mi gusto, no tienen desperdicio para enterarse de por qué la iglesia católica en Bélgica está como está. De hecho, cuando uno las lee, la pregunta es por qué la iglesia católica en Bélgica no está todavía peor, y aquí ya es inevitable hacer referencia a la providencia divina que suple las limitaciones humanas.

Los obispos son esos señores de la foto, que he sacado de Cathobel.be, que pone como titular de la misma a Tommy Scholtes, sacerdote jesuita que supongo que es el que la sacó, porque no es obispo, pero como si lo fuera, porque es el portavoz de la conferencia episcopal desde hace la pila de años. No me voy a meter con la forma de vestir de los obispos belgas de la actualidad, así que me limitaré a señalar que, si el cardenal Mercier, o cualquier obispo de hace más de cincuenta años, levantara la cabeza, le iba a dar un papatús acto seguido. Monseñor Bonny, que es el obispo más relevante de los que aparecen por aquí (y no tardará en volver a aparecer, casi puedo prometerlo), es el de la izquierda de la foto. El primado, el arzobispo de Malinas y Bruselas, monseñor Terlinden, ordinario del lugar donde resido, es el señor alto del centro. El que va con traje y corbata es Bruno Spriet, que está casado y tiene dos hijos, por lo que, al menos de momento, ya podemos deducir que no es obispo, ni tampoco presbítero, sino que es laico, pero, por lo que sea, fue nombrado hace un par de años secretario general de la Conferencia Episcopal Belga y ahí lo tenemos, posando con todos los demás. Lo de nombrar laicos para puestos que deberían ser de sacerdotes es una práctica que va arraigando en Bélgica, así que otro día me pondré con eso. Hay que ver el trabajo que me dan...

La noticia de portada que he visto en Cathobel tiene su miga, no lo dudemos: los obispos belgas piden una solución rápida para los estudiantes de Gaza. Resulta que trece (precisamente trece) estudiantes de Gaza han sido seleccionados para hacer un curso, o investigar, porque la cosa no está clara, becados en distintas universidades belgas. Ahora bien, para poder recoger su visado tienen que personarse en una representación diplomática belga, para que les vean la jeta, vamos. Lo de desplazarse desde Gaza a Jerusalén o Beirut no parece sencillo en estos días, así que esos estudiantes llevan algún tiempo en el limbo, categoría teológica donde las haya. Quizá sea eso lo que ha llevado a intervenir a los obispos, no sé.

Cuando los españoles leemos la palabra 'estudiante', pensamos en un jovenzuelo ocupado en sus estudios y su formación y que, una vez se gradúe, ya pensará en formar una familia y esas cosas de las que se ocupa la gente mayor. En Gaza, se ve que no: estos trece estudiantes son cabezas de familia y tienen la intención de desplazarse a Bélgica con sus respectivas esposas (no dicen cuántas) y su prole. Yo no sé mucho de la calidad académica de las universidades palestinas, pero me da la impresión de que difícilmente van a superar la décima parte del nivel de una universidad belga, por lo que me resulta complicado evaluar qué interés tiene para las universidades receptoras que te lleguen estos becarios o investigadores.

Y aquí entran las virtudes o defectos de los gobiernos de coalición belgas. El ministro de Asuntos Exteriores, que es el que concede los visados, es de 'Les Engagés', o Comprometidos, el antiguo partido demócrata-cristiano que ha dejado de ser lo segundo, y no ha tenido inconveniente en dar el visado a todo ese grupo. Pero, oh, la ministra de Asilo y Migración es de la Alianza Neoflamenca y ha dicho que ni hablar, a ver cómo vamos a hacer volver a todos esos dentro de unos meses, cuando se les termine la beca. Y así llevan meses discutiendo entre los buenistas comprometidos y los malistas sin comprometer, porque la Alianza Neoflamenca, además de que, de por sí, es un partido flamenco identitario y nacionalista, tiene pisándole los talones a Vlaams Belang, que no quiere ni oír hablar de emigrantes, refugiados, asilados, no ya palestinos, sino valones. Es más, ni siquiera quiere oír hablar de Bélgica.

Entre estos trece pollos no debe haber ni una sola mujer (porque los medios lo habrían destacado inmediatamente), ni tampoco un solo cristiano (por la misma razón), así que son todos hombres y musulmanes, pero los obispos belgas han escrito una carta a los dos ministros implicados pidiendo diálogo y una solución rápida (que sea decirles que sí, claro).

Bélgica tiene una iglesia católica agonizante, no hay prácticamente vocaciones, el gobierno legisla alegremente contra los principios morales más básicos, el aborto y la eutanasia campan por sus respetos, tienes un terreno para evangelizar que da vértigo... y tú te ocupas en reunirte con tus colegas y en enviar una carta a dos ministros, espero que al menos en papel suave de cuatro capas, para que trece musulmanes con sus familias puedan entrar en Bélgica.

Poco nos pasa.

sábado, 12 de septiembre de 2026

El aeropuerto de Valencia

Como no hay mal que cien años dure, tampoco la dicha es eterna, y las vacaciones se han terminado. Ya llevo un par de días de vuelta por Bruselas, experimentando lloviznas y dejando atrás el calor enorme que ha hecho en Valencia, y eso que creo que me he librado de lo peor.

No hemos entrado hasta ahora en el aeropuerto de Valencia, un lugar que no tiene muchas diferencias con los aeropuertos de ciudades medianas. En sí, el aeropuerto es bastante cómodo: no es enorme, a diferencia de los de Madrid, Moscú, Bruselas, o hasta Alicante, sino que es tirando a pequeño, pero tiene de todo en relativamente poco espacio.

Lo que no tiene son demasiados vuelos. A despecho de la creciente popularidad de mi ciudad como destino laboral, turístico y lo que haga falta, las comunicaciones aéreas de Valencia con cualquier sitio son bastante más escasas de lo que nos gustaría a los que tenemos que usarlas con frecuencia. La palma se la llevan las líneas de bajo coste, principalmente Ryanair y Vueling, que llevan a los valencianos a los aeropuertos de ciudades secundarias y, en el caso de Ryanair, también a la terminal de transporte de animales de Charleroi. A Bruselas, que es lo que me importa, sólo volaban directamente ésas dos compañías, juntando las cuales puedes llegar, más o menos y con alguna excepción, a un vuelo diario directo con Bruselas; últimamente se ha unido a esas dos compañías una tercera aerolínea que ofrece igualmente una conexión directa entre Valencia y Bruselas. Se trata nada menos que de la compañía aérea belga de bandera, que ahora se llama Brussels Airlines. Esta compañía es el enésimo intento de montar una línea aérea belga, desde los sucesivos ensayos con SABENA, el más largo, pero que quebró en 2001 después de llevar controlada por Swissair desde 1995; a SABENA siguió SN Brussels Airlines, que surgió de la fusión de una subsidiaria de SABENA con Virgin Express, con participación belga. SN Brussels Airlines cambió su nombre a Brussels Airlines en 2007, nombre que sigue hasta ahora. Lo que no sigue es el capital belga, porque Lufthansa compró el 45% de la compañía en 2009 y más tarde el 55% restante, así que la compañía de bandera belga es ahora de capital alemán. Bueno, alemán o de quien sea el capital de Lufthansa, yo qué sé.

Uno, cuando vuela a Valencia, no elige lo que quiere, sino lo que puede. Y, para el retorno a Bruselas, la verdad es que el vuelo que me venía mejor y no me obligaba a horarios absurdos era el de Brussels Airlines, qué le vamos a hacer. Tampoco era excesivamente caro, e incluso pillé la tarifa que me permitía llevar una maletita, que debía pesar ocho kilos, además de la típica mochila que cabe debajo del asiento. Comparado con cómo estoy viajando últimamente, casi diría que es un lujo.

La víspera, además, me llegó un mensaje de la aerolínea: "Como el vuelo va lleno, le ofrecemos la posibilidad de facturar gratuitamente su equipaje de mano." En estas circunstancias, decidí ir a por todas y llevarme a Bruselas dos tarros de miel que me habían regalado y que tenía en Valencia sin saber muy bien qué hacer con ellos. Comérmelos, claro, que a mí la miel me encanta, pero en Valencia tenía un tercer tarro abierto y tampoco voy tanto por allí como para consumirlo en cuatro días. Ni en cuatro meses.

Ya puestos, y como tenía por Valencia una maletilla, me entró el ataque de avaricia y añadí unas morcillicas, esos libros que quieres leer, pero que nunca te da tiempo a hacerlo en Valencia... en fin, menudencias.

Total, que llegó el día de irse, por la mañana, metí todas las cosas en la maleta, la levanté, y claro, como me he pasado la primavera y buena parte del verano haciendo ejercicios de fuerza en los brazos, me pareció que igual pesaba un poquito de más, pero nada preocupante que no pudiera traspasar de maleta a mochila.

Como Brussels Airlines tiene una existencia independiente porque a Lufthansa le viene bien para parecer belga, pero por nada más, los mostradores de facturación eran los mismos de todo el grupo. La cola era de aúpa, claro, no en vano estamos hablando de un domingo de septiembre, día típico de vuelta de vacaciones, pero yo había llegado al aeropuerto con tiempo de sobra y, además, la cola iba rápida.

Cuando quedaban dos o tres personas para que me tocara pasar a facturar, en el mostrador de mi izquierda se estaba produciendo un diálogo entre la azafata y una familia de pasajeros:

- La maleta le pesa diez kilos. El máximo es ocho. Tiene que retirar dos.

¡La de tiempo que hacía que no facturaba! En aquellos tiempos, la azafata ni se hubiera inmutado por dos kilos, además de que entonces el límite no era de ocho, sino de diez. No pude evitar palidecer un poco, porque, a ver, que mi maleta iba un poquito por encima del límite era evidente a cada paso que daba. Pesaba hasta rodando...

Llegó mi turno y, como la azafata del mostrador de la izquierda seguía dialogando con los pasajeros sobre sobrepesos y zarandajas de ésas, me fui a mostrador de la derecha. Con mi mejor sonrisa, estaría bueno.

- Me ha llegado un mensaje de la compañía que me pide que facture el equipaje porque el vuelo va lleno.

- Ah, claro.

Y mientras tanto, puse mi maleta sobre la cinta de equipaje y, de reojo, vi lo que marcaba la báscula: catorce kilos y medio. Ahí, con un par. De tarros de miel. No sabía yo que la miel pesara tanto. Ni que las pesas que he hecho últimamente me hubiera puesto tan cachas, joroba. Hice como que no había visto nada y traté de mejorar mi mejor sonrisa, misión prácticamente imposible, porque uno tiene sus límites.

La azafata imprimió la etiqueta, me dio la tarjeta de embarque, enrolló la etiqueta en el asa de la maletilla, pegó el resguardo en la tarjeta de embarque y me la alargó.

- ¡Arreglao! - dijo sonriendo. Y eso que estaba trabajando un domingo.

¡Ufffffff! Seis kilos y medio habían pasado impunemente al avión, mientras en el mostrador de la izquierda la otra azafata estaba dando los datos de dónde pagar los dos kilos de sobrepeso. Di las gracias a la azafata, y enseguida al cielo, en este caso por haber tenido tanta buena fortuna, y me dirigí al control de seguridad con paso rápido, no se fuera a arrepentir todavía la azafata de haberme dejado escapar.

Como todos los objetos más o menos dudosos estaban en la maletilla, en este caso pasar el control fue coser y cantar, no como al inglés que iba delante de mí, el cual, a saber por qué, trataba de colar un candado de bicicleta en U de los metálicos, que ellos solos ya pesan lo suyos. Se lo confiscaron allí mismo, se puso a despotricar y a dar golpes en las bandeja, total, para nada, porque los seguratas de aeropuerto son inflexibles, y me temo que va a tener que atar su bicicleta con el cordón de los zapatos hasta que se compre otro candado.

Ya que yo sí que estaba de buen humor y de buen rollo, me dirigí a la mujer que estaba escaneando equipajes.

- ¿Puedo hacerle una pregunta?
- Sí, claro.
- ¿Se puede pasar la matrícula de un coche?

La pregunta parece bastante friqui, ¿no? Bueno, pues la respuesta y lo que pasaba por mi cabeza quedara para otro momento, porque se me hace tardísimo.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Cascarrabias

 

Efectivamente, estoy unos días por Valencia, después de dejar atrás los diferentes espacios religiosos del aeropuerto de Bruselas.

Valencia siempre ha sido una ciudad maravillosa. La dejé con veintisiete años para no volver a ella más que de vacaciones, cosa que no es sinónimo de descanso. Efectivamente, en Valencia no suelo perder un minuto, siempre estoy haciendo algo o quedando con alguien y, en suma, llego al final del día quizá más cansado de lo que llego en Bruselas. Que ya es decir. Al final de las vacaciones, suelo necesitar unos días de trabajo 'normal' para recuperarme de las vacaciones. Ya sé que le pasa a mucha más gente que a mí.

Pero a mí Valencia me la han cambiado y me temo que para siempre. Siempre que he vuelto por aquí, he tenido por costumbre coger la bicicleta por las noches, después de cenar, y dar un paseo por el centro, que no me pilla tan lejos de mi casa. Pasar por la plaza del Ayuntamiento, por la Catedral y, por encima de todo, por la Basílica de la Virgen de los Desamparados, que ahí está visible día y noche para quien quiera pasar a rendir visita. Pero también por la plaza del Patriarca, por el Parterre, por los Jardines del Real, por el Paseo al Mar, por la misma playa si me quiero aventurar más lejos... Valencia tiene rincones de sobra para darse una vuelta por ellos, y no digamos si incluimos los pueblecillos que se ha ido anexionando con el tiempo y que conservan un centro, una plaza del pueblo y una iglesia parroquial en ellos. Patraix, Campanar, Ruzafa, Benimaclet...

Eran paseos agradables, después del ajetreo diurno, con temperatura agradable y con un ritmo relajado, para disfrutar del camino. Incluso en esta bitácora apareció uno de esos episodios.

En los tiempos pandémicos que aparecen en la entrada enlazada arriba, las calles estaban casi completamente vacías. Era un extremo. El otro extremo te lo encuentras el otro día, con toda Valencia convertida en una yincana de obstáculos para moverse de un lugar a otro, además de estar atestada de gente. En los últimos veinte años, los que tiene esta bitácora, no sé yo cuánta gente ha pasado a vivir a Valencia, ni tengo los últimos datos de empadronamiento, pero mucho me temo que, si no pasamos del millón de habitantes, nos acercamos bastante.

Entre las diferencias que encuentro entre mis incursiones nocturnas de hace veinte años y las actuales hay algunas que destacan poderosamente. La más evidente es el enorme porcentaje de extranjeros. En Valencia siempre ha habido extranjeros, claro que sí, pero hace veinte años eran bastante discretos y no llamaban mucho la atención. Lo de ahora es tremendo. Quizá los que viven aquí no se den cuenta, acaso porque el aumento haya sido paulatino y en el día a día no se echa de ver, pero yo vengo menos a menudo y, cada vez que vengo, hay más. Hay magrebíes en abundancia, hay sudamericanos a porrillo, hay tantos italianos que me pregunto si queda alguien en Italia y, para colmo, cada vez que me acerco al centro escucho cada vez más lenguas como el ruso y hasta el neerlandés. Lo que apenas escucho es castellano. Y valenciano menos todavía, pero ya hace veinte años la lengua vernácula era excepcional en el cap i casal del Regne, cosa que no ha cambiado desde entonces, ésa no.

Luego están los zombis.

Cuando uno va en bicicleta por una zona peatonal, cosa lícita, a veces tiene que ir con más cuidado que cuando va por la calzada, cosa igualmente lícita. Los coches, por lo general, respetan la línea recta y son vehículos previsibles. Un peatón es mucho menos previsible, sobre todo por la noche; suele bambolearse y, cuando está en zona peatonal, o que él cree que es peatonal, no parece sino que piense que la calle es suya, como si fuera un Ministro del Interior. Además, hay gente perjudicadilla a partir de ciertas horas, o con ciertos problemas de equilibrio: el resultado de todo eso es un desastre para el ciclista que querría ir relajado. De verdad que yo no soy de esos ciclistas que circulan como si fueran profesionales y zigzaguean por las calles a velocidades de vértigo; no, yo soy de los que dan las pedaladas justas para no caerse, y más en vacaciones y paseando por la ciudad. Para correr, hay otras ocasiones.

Pero no hay forma de pedalear relajado en el centro de Valencia. Muchos peatones, en lugar de mirar por dónde van, caminan absortos mirando la pantalla de su teléfono, que sostienen con una mano, cuyo dedo pulgar se desliza por la pantalla. Creo que algunos tienen un sexto sentido, como ya vimos en otra ocasión, pero el ciclista no puede nunca estar seguro del todo de esta circunstancia, y menos si se junta el hecho de estar perjudicadillo con el de estar pendiente de la pantalla del móvil. Si se estuvieran quietos y supieras que iban a seguir estándolo, todavía podríamos tener cierta seguridad de esquivarlos, pero ¡qué va! Esta gente va caminando más o menos en línea recta, o no, y tú no sabes por dónde meterte. Yo, la verdad, no entiendo esta adicción tan acusada, cuando debe ser mucho más cómodo mirar el móvil sentado en un bar con un granizado de limón al lado, pero oye, se ve que hay gente que tiene el mono si se aparta de la pantalla más de treinta segundos. Esto acabará mal, ya veréis.

La tercera plaga es la de los patinetes eléctricos.

Valencia es una ciudad completamente llana y las mayores distancias que uno puede encontrar dentro de ella no superan los diez kilómetros. Ideal para las bicicletas, pero hay gente que quiere correr, qué le vamos a hacer, y les ha ayudado el invento ése del patinete eléctrico, un engendro demoníaco que posiblemente le cueste años de purgatorio al que lo haya diseñado. Hay gente que no sabe conducir, o que no puede permitirse un coche, y que a la vista está que no pedalearían ni cuesta abajo, pero, ¡eh!, se montan en un patinete, se ponen casco (a veces no se lo abrochan, total, ¿para qué?), gafas de sol, cara de velocidad y, ¡hala!, a volar por las calles a toda mecha. Si alguien se pone en medio, o si le pasas a medio centímetro, peor para él.

Además de los guiris, los patinetes eléctricos y de los zombis, la cuarta plaga es la de los repartidores de comida en bicicleta. La madre que los parió... Cuando yo era joven y vivía por aquí, una empresa local tuvo la idea de aprovechar que Valencia es llana, entonces y ahora, y no demasiado grande, para montar un servicio de reparto a base de ciclistas. Eran los induráin, salían en la prensa como empresas innovadora, y por el nombre ya se deduce que tal cosa sucedió en los primeros noventa. Desgraciadamente, la cosa no cuajó. La mayoría de los mensajeros de entonces era españolitos, que es lo que había entonces en España, y el coste terminó por ser demasiado elevado y menos rápido que el equivalente servicio, prestado por motoristas, así que la empresa se fue a pique.

De entonces ahora, han aparecido, en primer lugar, los guiris, en este caso hispanoamericanos (ellos dicen latinos, como si fueran Virgilio u Ovidio), bastantes de los cuales están dispuestos a trabajar por bastante menos que los induráin de los noventa; pero la puntilla la han dado los vehículos individuales eléctricos, que hacen que cualquier gordinflas indocumentado, incapaz de pedalear medio kilómetro sin jadear, ahora se ponga a la espalda esa caja cuadrada amarilla que llevan y se lance a recorrer Valencia a llevar comida a tanto vago como pasa de cocinar, creando un mal rollo importante en los carriles bici, zonas peatonales y allá por donde aparezca, porque esa gente siempre lleva prisa y, los más molestos, incluso llevan un altavoz desde el que se vomita reguetón o cualquier otro sonido, que no música.

El lector ya habrá advertido a estas alturas que las cuatro plagas pueden, y de hecho suelen, presentarse de manera acumulada: un patinete eléctrico conducido por un guiri hispanoamericano, con la caja amarilla de Glovo, mirando el móvil mientras se desplaza escuchando reguetón. Yo a éstos los mandaba a un campo de reeducación o a trabajar limpiando montes en Vitigudino, pero, lamentablemente, como no mando yo, me toca soportarlos.

Pero por poco tiempo, al menos aquí, porque ya estoy para volver a Bruselas a pasar menos calor, antes de que se haga tarde ¡Hasta otra!

lunes, 31 de agosto de 2026

La capilla ateo-humanista del aeropuerto

Un día u otro tenía que ser, así que finalmente ha llegado el momento en que este humilde autor de la presente bitácora no ha tenido más remedio que tomar vacaciones, para dirigirse a su patria, la Valencia de sus entretelas, y pasar calor en ella.

Para ello, tocaba pasar por el aeropuerto de Bruselas. Bueno, o por el de Charleroi, pero lo de Charleroi ya hemos convenido que, más que un aeropuerto, es una central de transporte de ganado que lo mejor es evitar si se puede.

La última vez que tocó pasar por el aeropuerto de Bruselas-Zaventem, recordemos que quedó pendiente una visita más detallada a uno de los espacios más curiosos del lugar: la capilla atea, o el espacio humanista, para gentes que no creen en Dios, ni en Jehová, ni en Alá, ni en ningún Ser Supremo, pero están chungos porque algo no va bien y no tienen los recursos que tenemos los creyentes, que nos dirigimos a Dios cuando las cosas no van bien para pedirle que nos ayude a enderezarlas, y cuando van bien para darle las gracias. Con el fin de paliar esta falta de recursos para el ateo consecuente que, sin embargo, quiere tener un espacio en el aeropuerto como todo quisqui, he aquí que se fundó el espacio humanista. Vamos, digo yo que sería por eso.

Llegué al aeropuerto, pasé sin novedad el control de seguridad y me dirigí decidido y a buen paso a la zona de las capillas. No lo ponían fácil, no... El aeropuerto, como buena parte de Bruselas, también está en obras, y lo que está en obras en particular es el acceso a las capillas. Para compensar, también estaban en obras las zonas de primera clase, que no piso desde hace la tira de tiempo, pero que estaban de camino a las capillas.

Las capillas están en el tercer piso, no hay escaleras mecánicas sino hasta el segundo y el ascensor está estropeado, así que el último tramo me tocó hacerlo por medio de las escaleras, disimuladas tras una puerta y más parecidas a un barracón que a un aeropuerto. Vamos, aquello parecía Charleroi, no diré más.

Pero llegué. Para ser completo, esta vez tomé fotos a las capillas que dejé de lado la última vez. Como era tan complicado llegar, pensé que no habría nadie utilizando la zona religiosa (bueno, zona religiosa, excepto la parte humanista, que ésa es explícitamente no religiosa) y no me equivoqué. A pesar de estar en plena temporada alta vacacional, o quizá precisamente por eso, aquello estaba completamente abandonado.

La capilla protestante es tan aburrida como todo lo que tiene que ver con esa herejía pensada para ir contra la verdadera iglesia, más que para proponer algo bello, cosa que se esfuerzan por evitar. Allí no hay más que sillas, un atril y un ambiente de sola scriptura que prescinde totalmente de adornos, de santos, de... bueno, de prácticamente todo. Biblias hay, eso sí.

Al fondo, han colocado un cuadro tan feo como todo lo que tocan, con unos colores que no se sabe muy bien a santo de qué vienen. Y sobre el altar han colocado una planta de plástico. No estoy muy seguro de que Dios esté allí, pero, en todo caso, a veces parece que quienquiera que haya diseñado aquel recinto estaba pensando en disuadirlo de aparecer. 

La capilla judía, por su parte, es otra cosa, la verdad. Tiene buen aspecto, supongo que porque está claro quién lleva últimamente la voz cantante en esta época que nos ha tocado vivir. Hay gorritos y muchos libros en un alfabeto que desconozco por completo, pero estéticamente da buena impresión. Los bancos son anodinos, pero tienen un pasar. En el fondo hay una placa en la que se menciona la inauguración del espacio con los agradecimientos a la BIAC y a los señores Apfelbaum y Kaufman. La BIAC no es ninguna asociación judeo-masónica, como podríamos temer, sino simplemente el propietario del inmueble, la Brussels International Airport Company. Los señores Apfelbaum y Kaufman no sé quiénes son, pero es difícil imaginar apellidos más judíos que ésos.

Esta bitácora es razonablemente respetuosa con las religiones distintas a la católica. La religión judía creo que nunca ha sido mencionada aquí hasta ahora, ni siquiera en estos tiempos en que la cuestión no deja a nadie indiferente, aunque alguna cosita, mayormente culinaria, sí que ha salido en el pasado.

Superando el temor a posibles atentados contra esta bitácora, y aprovechando que allí no había un alma, pasé también al interior del espacio reservado a los musulmanes, que también me pareció hermoso. No sé si los musulmanes tienen algo parecido a nuestra presencia real (sí, en la capilla católica del aeropuerto está Dios mismo presente), pero el espacio tenía buen aspecto. Como no conozco mucho de lo que nuestros ancestros llamaban la pérfida secta mahometana, me conformé con echar un vistazo a las alfombritas y a las telas que tenían por allí colgadas con una petición de no retirarlas de allí.

Y sí, la verdad es que las telas que tienen colgadas son bastante chulas, aunque no puedo identificar para qué sirven. Ignoro completamente qué hacen los musulmanes en las mezquitas. Rezar, supongo.

En mi trabajo hay una sala que se supone que es para meditar, pero que es utilizada para otros menesteres, o eso creo, por los trabajadores musulmanes que tenemos. Al menos, alguna vez que he entrado en ella me he encontrado con un sarraceno sobre una alfombrilla (que se guardan allí mismo), prosternado y supongo que en dirección a La Meca. Me va a tocar enterarme de cuál es la liturgia de los mahometanos, siquiera sea por razones de cultura general y porque ya son tantos que habrá que entender un poco mejor de qué pie cojean, además de lo que de por sí es evidente, como que a las mujeres las llevan bastante tapadas, por lo menos de cejas para arriba, si tienen suerte. Si no tienen suerte, entonces pasan a vivir detrás de una tienda de campaña andante, tapadas hasta con guantes. 

Pero el objeto de la visita no era ninguna de esas tres estancias, sino la capilla rimbombantemente llamada humanista, en la que entré resuelto, después de entreabrir la puerta y de comprobar que allí no había absolutamente nadie, ni siquiera la chiquilla de la otra vez cargando su teléfono. Seguía habiendo, sí, un sillón y un enchufe cerca de él, pero allí no había un alma, como no fuera la mía.

Aquello, en el fondo, era un despacho de alguien que no estaba de servicio. La impresión que daba era directamente depresiva. Lo de las plantas de plástico lo puedo perdonar sin el menor problema, porque, seamos claros, las plantas vivas no tendrían la menor posibilidad en semejante espacio.

Pero es que aquello era feísimo. Que ni hecho adrede. Jolines, que, al lado de este adefesio, la capilla protestante parecía una estancia decorada con buen gusto. No es extraño que allí no estuviera ni Dios (literalmente), es que me pareció un lugar repulsivo y desalmado, ajeno a toda estética y que sólo podía ser servido por vaya usted a saber qué gentes. Espero que les paguen bien, pero no lo dudo, porque Satanás suele pagar bien en este mundo, antes de cobrarse con creces en el otro lo que ha invertido anteriormente. 

Esos papeles amontonados sin orden ni concierto sobre esa mesilla, a saber con qué aviesa intención, trataban sobre todo el universo progre y modernista llevado al extremo: anticoncepción, feminismo, empoderamiento... las típicas palabras fetiche de lo que se presenta como humanista y, en realidad, termina por ser la negación del hombre.

Y, sobre esos papeles, había una bolsa marrón medio abierta.

Miré con disimulo el interior, que contenía restos de comida, un tenedor mordisqueado y una servilleta sucia. Está visto que la utilidad de la sala era más bien como lugar tranquilo en que no ser molestado, pero apuesto que pocos visitantes con inquietudes humanistas habrá tenido semejante espacio. Ahora bien, lo de dejar la basura sobre los papeles excede lo permisible.

En todo caso, y a la vista del contenido de la bolsa, a la repulsión se unió el asco puro y duro. Pocas veces he estado más contento de salir de un sitio por hacérseme tarde. Me fui y pasé por la capilla católica, donde pasé un buen rato hasta que llegó la hora del embarque.

Uf. 

jueves, 27 de agosto de 2026

El cubo de De Brouckère

El cubo se veía desde lejos, ya desde antes de llegar al antiguo edificio de la bolsa y esquivar la recurrente manifa antisionista. Lo cierto es que el cubo no deja indiferente a nadie. Cuando le saqué la foto, estaba por pensar que hacía juego con los edificios modernos que rodean la plaza por el sur, pero luego di la vuelta y, como podemos ver en el reflejo, con lo que no pega nada es con los edificios clásicos que rodean la plaza por el norte. De cualquier manera, la plaza De Brouckère, como buena parte de Bruselas, está fatalmente en obras y un cubo azul más o menos no iba a cambiar esta circunstancia. Hay gente que detesta el cubo de marras y, a falta de razones estéticas válidas universalmente, aducen que es una vergüenza que una empresa privada ocupe un verano entero el espacio público. No se me podría ocurrir un argumento más tonto, al menos mientras no se aplique por igual a todos, incluyendo a la malhadada Foire du Midi que ha privatizado un bulevar casi por completo. Por la plaza, por lo menos, se puede pasar sin tropezar con demasiados obstáculos.

Juana también llegó un poco antes de la hora a la que habíamos quedado, así que nos pusimos a la cola para poder entrar dentro del cubo. Nos controlaron las entradas, y entramos. 

Por dentro, el cubo es un teatro. Una especie de teatro prefabricado a base de módulos, pero aceptablemente terminado. Nuestras entradas nos dieron acceso a asientos situados en una zona absolutamente ideal, en pleno centro de la sala, ni muy cerca ni muy lejos del escenario y con la posibilidad de mirar por los lados. Prodigy 12 es un espectáculo original, eso por supuesto. No tengo ninguna intención de destriparlo, pero daría lo mismo, porque lo importante no es el argumento. Es más, no estoy muy seguro de que tenga un argumento explicable. Los autores pretenden sumergir al auditorio en un mundo de sensaciones con un vago escenario enmarcado en una Bruselas del futuro que es también una parte de la Bruselas del pasado.

Lo que no es, desde luego, es una Bruselas del presente. No había obras, ni apenas gente por las calles.

Dura una hora, y está bien así, porque yo diría que hacerlo durar más equivaldría a empachar al espectador, mientras que hacerlo durar menos se quedaría corto.

Cuando salimos de la sala, a eso de las nueve, todavía era de día. Supongo que me sorprendí porque no voy mucho al cine ni al teatro, y dentro de la sala era noche cerrada, como era negro o azul oscuro buena parte de los detalles cromáticos del fondo, así que debí pensar que ya se había terminado el día. Y no era así.

Juana, que hasta donde yo sé no bebe, está haciendo dieta, por una razón que no alcanzo a comprender, y yo, que lo sospechaba, ya había comido antes de salir, así que nos limitamos a sentarnos en una zumería cercana y apretarnos sendos smoothies de mango. Intentamos desviar la conversación hacia cualquier tema independiente del trabajo, y los había, de verdad, e incluso conseguimos hablar durante un buen rato de algo que no fuera trabajo, pero no tardamos mucho en sucumbir y ponernos a hablar de cuestiones laborales. Un martes, a las nueve y pico de la noche, y con Juana de vacaciones y yo poco menos. Es lamentable.

Eran ya casi las diez, lo cual en Bruselas ya se acerca bastante al concepto de deshora, incluso cuando uno está de vacaciones, así que nos agradecimos mutuamente la compañía, nos despedimos hasta nuestros respectivos retornos, ella tomo su coche, yo mi bicicleta y cada mochuelo se fue a su olivo, porque se hacía tarde. 

lunes, 24 de agosto de 2026

Camino a De Brouckère

Como ya quedó dicho, la periferia de Bruselas está amodorrada durante este verano, por lo que el trayecto hasta el centro, mientras seguí en la susodicha periferia, fue de lo más agradable. Hacía calor, pero sin pasarse, así que el camino en bicicleta por el territorio del municipio de Uccle, prototipo de lugar amodorrado en verano, fue de lo más tranquilo y, como iba sobrado de tiempo, me podía permitir pedalear con suavidad por el remedo de carril-bici que han construido a lo largo de la avenida Churchill. Una delicia, vamos.

Ahora bien, más o menos al llegar a Albert, la cosa cambia. Recordaremos que pasamos no muy lejos de esta zona cuando, el año pasado, recorrimos el camino de Santiago a su paso por Bruselas. En Albert confluyen los límites municipales de Uccle, que dejábamos atrás, de Forest (o Vorst), que tenemos frente a nosotros, y de San Gilles, que queda a nuestra derecha. Uccle es zona noble prácticamente en su totalidad; Forest tiene una pequeña zona noble, pero una mayoría lumpen que tiende a abigarrarse en el parque de Forest, no muy lejos de donde estábamos.

San Gillis es decididamente zona lumpen. En su día ya dijimos que ahí se concentró la inmigración portuguesa. A diferencia de la emigración española, que ocupó Marolles y terminó por desaparecer de allí a medida que fueron mejorando de situación económica, en San Gillis sigue escuchándose portugués por la calle, pero la colonia portuguesa se ha visto superada en número por otros habitantes, unos alegres y divertidos, pero otros bastante poco recomendables. El resultado es un municipio animado. Quizá demasiado. Ha salido últimamente en las noticias por un quítame allá este tiroteo.

El trayecto hasta De Brouckère tiene que esquivar muchos bares, motos y coches y mucha gente en ellos. De Albert pasamos al Chaussée d'Alsemberg, una carretera que, saliendo de la barrera (aduanera, en otros tiempos) de San Gilles, llega, obviamente, hasta la población de Alsemberg, a unos veinte kilómetros de allí. En este punto presenta una acusada inclinación hacia abajo (a la vuelta, claro, será al revés), así que hay poner los cinco sentidos en frenar y no cargarse alguna rueda en los numerosos baches que presenta el firme y que nadie parece tener mucha prisa en reparar. Al menos, en los casi catorce años que llevo por aquí esta parte de la ciudad se ha degradado al mismo ritmo aproximado que el firme de su arteria principal.

El traqueteo concluye al llegar al bulevar del Sur, en franchute Boulevard du Midi y en flamenco Zuidlaan, que forma parte del pentágono que circunda el núcleo de Bruselas y que está mejor cuidado que el resto de la ciudad. Las calzadas son amplias, las aceras también, hay un carril-bici de verdad en los dos sentidos y, cuando acaben las obras eternas que hay frente a la estación de tren y que quizá mis nietos vean terminadas, puede incluso convertirse en un eje emblemático de la ciudad.

En verano, sin embargo, todo eso es filfa. Aprovechando que hay menos densidad de tráfico y que hay mucha gente ociosa, el gobierno municipal ha dado permiso para que tenga lugar una feria. Vamos, que hay un parque de atracciones enterito en pleno centro de la ciudad, con sus maquinarias, sus feriantes, sus clientes, niños despistados, algarabía diversa y ocupación del espacio público. Ni aceras, ni carril-bici. Y gente, mucha gente... todo el que se ha quedado en Bruselas parece estar aquí, incluida gente que ha venido a Bruselas, al parecer, para visitar el parque de atracciones, como si no hubiera ninguno cerca de su casa.

Cuando conseguí esquivar semejante marabunta, ya entré en el Pentágono y tomé el bulevar Lemonnier. Técnicamente estaba circulando por la ribera de un río, si no por encima de él, ya que parece que el río Senne, el río que sería de Bruselas si fuera visible y no estuviera entubado cual enfermo terminal, corre bajo este bulevar. Está dedicado a Maurice Lemonnier, un político belga, también liberal y progresista (lo del callejero bruselense comienza a inquietar), que llegó a ser alcalde de la ciudad, en funciones, durante la Primera Guerra Mundial, cuando los alemanes "apartaron" del cargo a Adolphe Max.

Actualmente, el bulevar Lemonnier está medio peatonalizado. Y sigue en obras. Cuando lo terminen, día que no sé si veré, igual queda bien y todo. El primer tramo lo compartimos los ciclistas con los coches, porque el supuesto carril-bici está más oculto entre obras que el propio río Senne, y el segundo lo compartimos con los peatones. O, más bien, con los paseantes. No puedo criticar a quienes salen a pasear por una zona peatonal y van relajados y a su bola, pero lo cierto es que la dirección que pueden tomar es completamente imprevisible y eso estresa mucho a los ciclistas. Al menos, a éste que escribe.

A esta altura, ya nos encontramos en el bulevar Anspach (sí, Jules Anspach, alcalde de Bruselas en el siglo XIX, también era masón), cuya peatonalización ha terminado y he tenido el placer de presenciar. Al atravesar la plaza de la Bolsa, tenemos el honor de contemplar una manifestación más en favor de Gaza, como si la repetición de las mismas tuviera el menor efecto sobre el terreno, más allá de galvanizar la opinión pública belga en un sentido u otro. Berridos y altavoces se mezclan con movimientos espasmódicos de personajes perrofláuticos, que intento esquivar como mejor puedo.

Y, finalmente, he llegado a la plaza De Brouckère. Y ni siquiera era tarde, no como hoy, que tengo que interrumpir la entrada y dejar la continuación para otro momento, porque ahora tengo lío.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Plazas emblemáticas. De Brouckère

El verano en Bruselas es similar al de muchas otras ciudades turísticas. Los barrios están medio muertos, porque los que los habitan se han ido de vacaciones, y los belgas se van de vacaciones lejos del país; incluso diría que cuanto más lejos, mejor, pero la verdad es que su destino preferido es España, que no está al volver la esquina, pero tampoco es Australia. El caso es que los barrios son una delicia: no hay atascos, no hay apenas gente, no hay bullicio y, para colmo, este año ni siquiera ha llovido apenas y ha hecho bastante calor, pero sin pasarse más que unos cuantos días. Para firmar que este tiempazo dure para siempre.

En cambio, el centro de la ciudad es otra cosa.

En el centro se concentra todo el que se ha quedado por aquí, además de los habitantes locales menos pudientes. Creo que ya escribí en alguna ocasión que en el centro de Bruselas viven las dos "M", moros y maricones, según me dijo en una fiesta un español que pertenecía a una de esas dos comunidades. Los de la segunda comunidad expresada suelen ser gente con posibles, al menos los suficientes como para salir de allí en verano, pero los de la primera no tanto, así que muchos se quedan donde están y salen a pasear todo el santo día. A ellos se suman los turistas, que en Bruselas son legión. Ya escribí en algún momento que Ryanair ha hecho mucho daño y, si le añadimos WizzAir, TUI, Vueling y alguna otra de la que no quiero acordarme, el daño se multiplica hasta extremos dramáticos.

Así pues, en verano, Bruselas se transforma en un núcleo donde ocurre todo lo que puede ocurrir, en forma de posibilidades de ocio, programación cultural, bares abiertos hasta tarde (bueno, tarde para estándares belgas) y diversos tipos de entretenimiento.

Y, entre ellos, está el cubo azul, del que hablaremos dentro de nada.

Si exceptuamos la Grand Place, el meollo de la ciudad de Bruselas es la plaza De Brouckère. Charles De Brouckère fue un alcalde de Bruselas entre 1848 y 1860, año de su muerte y posible (nunca seguro) descenso a los infiernos, ya que era un masonazo del quince, uno de los fundadores de la Universidad Libre de Bruselas, además de uno de los próceres de la revolución de 1830. Pero, como dejó buen recuerdo como alcalde de la ciudad y su carácter más bien brusco y avinagrado se fue olvidando, pues le dedicaron una plaza, y no una cualquiera, porras. Una plaza como Dios manda, aunque quizá él hubiera preferido al Gran Arquitecto del Universo.

Es una plaza de gran tamaño cuyos accesos, la verdad sea dicha, han mejorado mucho últimamente, salvo que te quieras acercar en coche, porque, en ese caso, te vas a encontrar con un infierno (y con Charles De Brouckère dentro, posiblemente). El bulevar Anspach, que a mi llegada a la ciudad era una importante arteria de comunicaciones automovilísticas, ahora es peatonal, y por uno de los laterales de la plaza aún pueden pasar los coches, pero de uno en uno y con frecuentes paradas para dejar pasar a los peatones que, en verano, pasan constantemente de un lado a otro.

Estaba yo en casa teletrabajando tranquilamente, cuando me llamó una compañera de trabajo.

- ¡Alfor! ¡Buenos días!
- ¡Juana! ¿Qué tal?
- Todo el mundo se ha ido de vacaciones menos tú. Tengo una pregunta para ti ¿Estás libre entre siete menos cuarto y nueve y cuarto esta noche?

Esto me sonó a que me quería pedir un favor. Pasear a su perrita. O recibir un paquete. El caso es que efectivamente yo estaba libre a esa hora y, la verdad, Juana es una persona agradable que se hace querer. Ningún problema en hacerle un favor.

- Pues... sí, estoy libre.
- Estupendo. Pues vente a las siete menos cuarto a De Brouckère. Tengo dos entradas para Prodigy 12, pero Manuela, con la que iba a ir, me ha dicho que no puede venir, así que, antes que regalárselas a cualquiera por la calle, prefiero ir contigo.
- ¿Prodigy 12? ¿Qué es eso?
- Es un espectáculo que me han dicho que está muy bien. Sobre la Bruselas del futuro.

La conversación dio, pues, un giro inesperado...

- Vaya... Interesante. Muchas gracias. Allí estaré ¿A las siete menos cuarto?
- Sí, comienza a las ocho y dura más o menos una hora?
- Venga. Luego te invito a tomar algo por allí.
- ¡Gracias! Menos mal, que ya me veía yo sola con una entrada de más.

Después de varios agradecimientos de un lado al otro de la videollamada, colgamos. Y yo, a eso de las siete, pillé la bicicleta y me encaminé a De Brouckère, no se me fuera a hacer tarde.

(continuará)

sábado, 15 de agosto de 2026

Baloncesto en Molenbeek (II)

 - ¿Qué hacemos, árbitro? Ya hace una hora que esperamos.
- Me han dicho que han contactado con el que tiene la llave y que van a abrir.

Llevábamos casi dos horas de retraso sobre el horario previsto. En casi cualquier situación, pérdida del partido y sanción, pero parecía que íbamos a jugar pasara lo que pasara.

Finalmente llegó un pollo, abrió la puerta y entramos a la cancha. No estaba mal, por cierto. Amplia, con los marcadores en su sitio, todo en buenas condiciones. Incluso diría que estaba mejor que la nuestra, que era justita de tamaño.

Comenzó el calentamiento. A un lado, los blanquitos (menos un negro, vale); al otro, los morenos. Hay que reconocer que, entre todos los norteafricanos de origen, había un chaval rubio, tirando a bajito, que parecía alguien totalmente anómalo en ese equipo. De hecho, no disputó ni un minuto. Yo creo que lo pusieron por completar el acta y porque les debía faltar gente.

Me senté en la mesa y me puse a revisar las fichas federativas y a rellenar el acta. A ver... Uccle: Sosnowsky, Van Couten, Von Buchweizen, Martínez López, Durand, De Tekelaer, Van Porteren... El entrenador, Tsongé, el anómalo. Molenbeek: Abdelkarim, El-Moussa, Alhakem... y todos por el estilo, menos el rubio, que era algo así como Dewander. El entrenador también era algo así como El-Khartak. Las fichas federativas, en orden para todo el mundo, incluida la mía.

- ¡Árbitro! Me falta rellenar su nombre.
- Lo escribo yo mismo, gracias. Aquí está mi licencia.

Mohamed Abdelmelikh.

Me lo temía.

Silbato, y tres minutos para el comienzo. Los entrenadores pasan por la mesa y comunican el quinteto inicial.

Balón al aire. Nuestro pívot, el negro, salta más que nadie, toca el balón... y lo manda fuera de un manotazo. Bueno, ya aprenderá.

Las gradas no están muy animadas, cosa normal, porque, si alguien ha tenido paciencia para aguantar el retraso, a todos los que no fueran familia directa de los jugadores se les ha pasado hacía muchísimo y se han ido a otros menesteres. O a ninguno, vale, pero en todo caso lejos de allí. Los que quedan son espectadores con un vínculo directo con el club, y hay un chavalín, bajito y regordete, lo menos jugador de baloncesto que ha parido madre, que ha conseguido un trípode y una cámara y está filmando a ratos el partido.

Los dos equipos son de nivel similar. Uccle comienza algo por delante gracias a nuestro base, que está inspirado y lo mete todo. Luego Molenbeek remonta a base de físico, porque nuestro pívot se carga de personales. A falta de medio minuto para el descanso, gana Molenbeek por diez puntos, pero el balón es nuestro. Nuestro base tira coincidiendo con la sirena del final y clava un triplazo desde nueve metros, que el árbitro da por bueno. Todo el equipo va a abrazarse al base, y eso que vamos perdiendo por siete. El chavalín bajito y regordete se acerca al árbitro.

- ¡Mohamed! Si quieres, podemos decidir que la canasta ha estado fuera de tiempo. Lo he filmado.
- Bueno, no hace falta, ésta se la vamos a dar.

No es por nada, pero yo estaba comenzando a detectar cierta connivencia entre el equipo local y el árbitro. No es normal hablar de tú al árbitro. Tampoco es normal ofrecer una revisión de la jugada con una grabación privada. De hecho, ahora sólo se hace en España en la Liga ACB y en la Euroliga, pero no en las otras categorías.

Me dirigí a nuestro entrenador.

- Oye, ¿el árbitro no es muy amigo de éstos?
- Lo conozco. Creo que antes jugó aquí unos años. Igual sigue jugando para el equipo senior.
- ¿Cómo ves el partido?
- Bueno, siete puntos es una diferencia que podemos remontar. Pero lo importante es que jueguen todos. 

Ya lo creo que iban a jugar todos. De hecho, los nuestros eran sólo siete. Hacia buen tiempo y me temo que buena parte del equipo se había rajado y se había ido a pasar una tarde de campo y playa.

Comenzó la segunda parte. La diferencia se redujo a cinco. Luego se redujo a tres. La cosa se ponía interesante. Entonces un jugador de Molenbeek cogió el balón debajo de la canasta, defendido por nuestro pívot, de manera bastante intimidatoria. Lanzó a canasta como pudo, nuestro pívot saltó y quizá rozó la red con la cabeza, mientras taponaba el lanzamiento; el balón no es que no entrara, es que salió en dirección contraria, y luego fuera de banda, después de rebotar en la cabeza del jugador de Molenbeek.

Silbato del árbitro, que comenzó a hacer gestos con la mano que ninguno entendió. Y yo menos que nadie. Aquello parecía un tapón y balón para nosotros, pero el árbitro señalaba cosas rarísimas, así que lo llamé.

- ¿Qué ha pasado?
- Vale la canasta (y el árbitro inclinó dos dedos hacia abajo), porque el jugador número 9 del equipo visitante ha tocado la red, y falta personal del jugador número 9 (y levantó cinco dedos de una mano y cuatro de la otra), por empujón (y se puso las manos en las caderas mientras las movía). Un tiro libre (y señaló hacia arriba con el índice de la mano derecha) para el jugador 5 de Molenbeek.

Yo alucinaba con aquello ¿De verdad? Pero no podía hacer nada, así que anoté lo que me dijo.

- Quinta falta personal del jugador 9 de Uccle - tuve que añadir.

Nuestro pívot estaba eliminado.

El resto del partido ya no tuvo mucha historia, la verdad. No sé si al final perdimos por veinte puntos. He estado en varias encerronas en mi vida, pero de aquélla me acuerdo especialmente, de la que hasta hoy ha sido la última, porque luego llegó la pandemia y el pase de Ame a edad senior y a su abandono de la práctica deportiva federativa (y me temo que también de la no federativa).

Llegamos a casa magullados, sumisos y sudorosos. Y tarde, muy tarde. Como que dos horas después de lo que habíamos pensado. 

miércoles, 12 de agosto de 2026

Baloncesto en Molenbeek (I)

Durante los años en que esta bitácora estuvo en estado vegetativo, pasaron muchas cosas, y una de ellas fue que Ame se integró en las categorías inferiores del equipo local de baloncesto, pomposamente llamado "Uccle-Europe". En España, me consta que el baloncesto, en cualquier categoría, es un deporte bien organizado, como lo prueban dos campeonatos del mundo absolutos, unos cuantos de Europa y numerosos títulos de las categorías inferiores, masculinas y femeninas. Los árbitros son muchas veces profesionales y los anotadores de mesa y cronometradores son proporcionados por las federaciones correspondientes y se las saben todas, pero todas. Llevan una tableta para registrar automáticamente las incidencias del juego, de modo que las estadísticas las tienes prácticamente en tiempo real. Se nota que en España hay dinero para el deporte.

Aquí, no. Por lo menos, no tanto.

En Bélgica, el deporte es otra cosa, con la posible excepción del ciclismo y quizá del fútbol o el tenis, o hasta el hockey sobre hierba, donde sí que hay dinero. Los demás deportes sobreviven como pueden y reducen costes, porque faltan medios. Es sumamente difícil vivir del deporte y muchos de los que lo intentan terminan malviviendo, siendo lo más normal que trabajen en algo que les permita vivir y que conviertan el deporte en una afición, ya sea como jugador, como entrenador o como directivo u organizador. No da para más.

Las federaciones sufren algo parecido. Los que participan en ellas lo hacen básicamente por amor al arte y, si perciben alguna compensación económica, ciertamente no les convierte en ricos.

En estas circunstancias, y por lo que hace al baloncesto, al menos en categorías inferiores, los clubes y las federaciones, para reducir gastos, habían optado por un sistema quizá no muy efectivo, pero barato. Los árbitros eran enviados por la federación y cobraban una cantidad pequeña, creo recordar que unos veinticinco euros por partido, directamente de los responsables de los clubes y no estoy muy seguro de que no fuera en efectivo y en un sobre. De esta manera, encontrábamos árbitros muy jóvenes, evidentemente estudiantes que necesitaban dinero para complementar sus magros ingresos, o muy mayores, evidentemente jubilados... que necesitaban dinero para complementar sus magros ingresos.

¿Y los anotadores, cronometradores...? Vamos, lo que venimos llamando "la mesa". Bueno, pues en categorías inferiores, ahí entrábamos los padres. En una mesa hacen falta por lo menos tres personas: una para llevar el acta del partido, a ser posible con buena letra; otra para poner en marcha y detener el cronómetro; y la tercera para manejar el reloj de veinticuatro segundos, que es el tiempo que tiene cada equipo desde que pone en juego el balón hasta que el balón toca aro (o entra limpio en el mejor de los casos) o el equipo contrario comete una infracción. Bueno, pues la regla era que el equipo que jugaba en casa proporcionaba el cronometrador de veinticuatro segundos y el que jugaba fuera ponía los otros dos.

A diferencia de buena parte de los padres, yo he jugado a baloncesto y conozco las reglas aceptablemente bien, así que imagínese el lector a quién le tocaba, en lugar de ver el partido tranquilamente desde la grada, sentarse en la mesa a soportar la presión de algunos árbitros. Porque muchos árbitros eran comprensivos con el hecho de que no éramos profesionales de esto y trataban de ayudar, pero alguno de los estudiantes era un niñato insufrible y alguno de los jubilados olía a sudor y a cerveza a varios metros. Alguno olía más a sudor, cosa más comprensible a medida que avanzaba el encuentro, porque a veces hay que correr, y alguno olía más a cerveza y éstos, claro, eran los que despertaban más sospechas y, en ocasiones, se ponían de peor humor.

Un buen día, resultó que al equipo de Ame le tocó ir a jugar contra el club de Molenbeek. El equipo de Ame era todo lo que uno no espera de un equipo de baloncesto: menos uno, todos los jugadores eran blancos, y el negro que había la verdad es que era alto, sí, y un chaval trabajador y encantador, pero jugar no sabía, tiraba pedradas al tablero y pasaba sólo cuando le quitaban el balón de las manos, además de estar bastante descoordinado. En cambio, el entrenador era negro, cuando es un oficio que suelen tener más los blancos. Por lo menos era algo curioso. El caso es que, a la hora convenida, y cada uno por su lado y acompañado de sus padres o de quien fuera, ese equipo, con su camiseta blanca, su piel blanca y sus cabellos claros se plantó en Molenbeek, en la dirección indicada, que era un colegio.

Allí no había nadie y la puerta estaba cerrada.

Al cuarto de hora, o así, se presentó alguien que dijo ser representante del equipo local y al que, obviamente, pedimos explicaciones.

- ¿Aquí qué pasa? ¿Hay partido o no?
- Normalmente sí, lo que pasa es que no sabemos quién tiene la llave del colegio y no podemos abrir.

En un mundo normal, semejante situación provocaría automáticamente una pérdida del partido por incomparecencia del equipo local y una sanción. En categorías inferiores, sin embargo, la prioridad es que los chavales jueguen y se fogueen y eso no se consigue con incomparecencias, así que dijimos que volveríamos dentro de una hora y nos dispersamos a la espera de que el club de baloncesto de Molenbeek encontrara una solución al entuerto.

- ¿Y el árbitro?
- Ya le hemos dicho que venga dentro de un rato.

Ya puestos, era una excelente oportunidad para callejear por Molenbeek como hacía tiempo que no sucedía. Las calles de alrededor del colegio donde, ojalá, iba a tener lugar el partido estaban francamente sucias, lo cual ya es mucho en Bruselas, cuyo centro también tiene serios problemas de higiene; había pintadas en casi todos los muros, de ésas que simulan letras sin decir nada y que todavía no entiendo bien a santo de qué aparecen y qué beneficio obtiene el que las perpetra, aparte de gastarse los cuartos en pintura. Yo no he estado en África, todavía, excepto en Molenbeek, pero comienzo a pensar que los marroquíes no sólo es que se integren con dificultad en los demás países: es que consiguen que las partes de los demás países en las que acaban por predominar terminen por parecerse a Marruecos.

En una actitud posiblemente deplorable y contraria a la más elemental protección de datos personales, me acerqué a algunos portales de la zona para leer los apellidos de los inquilinos, que en Bélgica es obligatorio poner en los buzones o telefonillos. Había algún que otro DeVries que podríamos pensar que es blanco, belga y residente allí desde generaciones, pero la gran mayoría comenzaban por Al o El y me temo que tenían alguna chilaba en el domicilio, aunque no la usasen a diario.

Después de comer una ensalada, y sin muchas esperanzas de que el viaje a Molenbeek sirviera para otra cosa que para cerciorarse de que es otro mundo, Ame y yo volvimos a la puerta del colegio, a la que, también con pocas esperanzas, iba acudiendo gente. Entre ellos estaba el árbitro que debía dirigir el partido.

Al verlo, tan moreno, sin ser negro, y con ese pelo rizado, empecé a sospechar algo... La Federación Belga de Baloncesto, sección Bruselas, efectivamente anda escasa de parné y, para ahorrar dietas de desplazamientos, prioriza árbitros que residan lo más cerca posible de los terrenos de juego.

Ay, madre.

(continuará, que hoy se ha hecho tarde)