domingo, 13 de agosto de 2006

Un día en las carreras (I)

La milicia fanfarrónica, para ser realmente fanfarrónica, requiere un estado de forma mínimamente aceptable, he ahí el motivo de que este bloguero tenga entre sus aficiones las carreras populares. Hasta ahora, no había competido más que en Valencia y sus alrededores, pero hace un par de meses se me ocurrió que, puesto que pasaba la mayor parte del año en esta bendita ciudad, ¿por qué no ver si había algo parecido por aquí?

Del primer intento mejor no escribo, que me cabreo. El segundo ha tenido lugar esta mañana y ha salido algo mejor, porque, al menos, ha comenzado en una salida y ha terminado en una meta, que es lo mínimo que se le puede exigir a una carrera. Eso sí, se perciben diferencias de bulto con las carreras españolas y, dentro de ellas, con las valencianas, que es con las que las puedo comparar.

En Valencia, hay carreras todos los fines de semana, y más de una, y siempre hay tantos participantes que la gente no cabe en la línea de salida. Aquí, las hay cada dos meses y, aunque pudiera pensarse que, habiendo tan pocas, la gente participaría, parece que no: en la salida no seríamos ni doscientos. Y eso que las condiciones eran ideales: cielo nublado, ligera brisa y diecisiete grados, a las diez de la mañana (sí, mucho calor no hace, no).

En Valencia, uno llega a la salida, aparca en el pueblo que sea, se registra allí mismo (y casi siempre es gratis), calienta, estira, corre, llega a la meta, le dan la camiseta conmemorativa, el agua, los refrescos y, si hay suerte, alguna otra cosilla, charla un rato con los colegas, y a casa, a pasar una sesión de ducha, y luego otra de jamón y chorizo.

Aquí, no.

Para empezar, el ayuntamiento, cuando hay una carrera, moviliza a la policía y al ejército. Que sí, que no es coña. He cometido el error de acercarme en coche a la salida y lo he tenido que aparcar a dos kilómetros largos, porque habían cortado desde hora y media antes del comienzo de la carrera todas las calles cercanas y había soldados vigilando que no pasara nadie en coche. Ni que fuera a correr Bin Laden, oye.

Resignado, tomé la mochila, pensando que me iba a tocar inscribirme y volver al coche a cambiarme y dejar las cosas. Pero no: una ventaja de las carreras aquí es que hay guardarropa, o al menos lo había hoy. Vamos, que hay que llevar la ropa de correr debajo, eso sí, pero la mochila y el chándal no es necesario dejarlos en el maletero. La próxima vez me voy en metro.

Lo malo es la inscripción, que tenía lugar, al menos, en el estadio multiusos cubierto de Luzhniki, cerca de la salida. Una vez más, se cumple la típica frase descriptiva del proceder soviético: "¿Para qué hacerlo fácil, si se puede hacer complicado?". En lugar de una carrera, organizaron directamente tres (de 2.006 metros, de 5 km. y de 15 km.), cada una con su cola de inscripción. Es más, como la de quince entraba en un mini-circuito de tres carreras, había otra cola para los que estaban participando en el circuito. Y luego estaban las colas por edades, y todo el mundo se quería colar, con lo aquello era un pandemonio del quince. Yo, claro, me equivoqué de cola, y la señora que la atendía, o más bien peleaba con ella, me envió a otra con cajas destempladas. No nos olvidemos de lo que en Rusia implica una cola, a pesar de que en esta ocasión, ciertamente, no había señoras sesentonas de volumen desproporcionado. No era la ocasión.

Tuve que rellenar una papeleta de inscripción en la que me pedían la dirección, el teléfono y la firma. No sé para qué, pero bueno. Pagué cien rublos, y me dieron el dorsal 652, al que graparon dos papeletas. Resulta que, a la salida, hay que retirar una de las dos papeletas y entregarla a los jueces de salida, y la otra hay que entregarla en meta. No tengo ni idea del motivo, ni siquiera me lo puedo imaginar, pero, claro, ¿para qué hacerlo sencillo?

El dorsal era autoadhesivo, pero en el sexto kilómetro ya había sudado lo suficiente para que se desprendiera, así que tuve que llevarlo en la mano. Probe a metérmelo dentro de la camiseta, pero noté que en ese ambiente húmedo se iba desintegrando y, como además de dorsal era el resguardo del guardarropa, entendí que más me valía sacarlo de allí.

Con lo cual, de momento, termino con la primera parte y dejo lo que sucedió después para la siguiente entrada.

4 comentarios:

Esther Hhhh dijo...

Madre del amor hermoso. Estos rusos están muy mal.
Lo de las colas yo creo que ya es tradición rusa. Lo del ejército, bueno una demostración innecesaria de poderío, pero lo de las papeletas... Ains...
En fin, ardo en deseos de saber que ocurrio con guardarropía y el desintegrado dorsal..
Besitos

Alfor dijo...

Esther, lo malo es que hay gente que le encuentra sentido a eso de las papeletas, y que cree que son imprescindibles para controlar la carrera. Eso sí, detrás del mostrador de inscripciones había dos jueces trajinando con un portátil. Aquí, la informática no siempre simplifica los procesos: muchas veces los duplica.

Botas, ¿para qué? En estos casos en que soy incapaz de explicar las cosas, sólo tengo una respuesta: para servir a Dios y a España. Alguien tiene que hacerlo.

BAR dijo...

MMMM, LA VERDAD ES QUE A MI NO ME GUSTA NADA EL DEPORTE (SI YA SE QUE ES SALUDABLE Y ESAS COSAS) PERO NO SE ME DA, YO NACI ARTISTA,Y CREO QUE ESO Y EL DEPORTE NO SE LLEVAN BIEN, AMBOS REQUIEREN DE TODA LA DEDICACION...SALUDOS

Esther Hhhh dijo...

Jajaja, BAR, todo el mundo puede practicar deporte, hasta los artistas. Alomejor es que no has encontrado lo que realmente te haga pasarlo bien.
besitos